massobreloslunes

domingo, 17 de agosto de 2008

El amante del Círculo Polar

Estoy sentada en mi habitación a oscuras e intento sentir con claridad cómo el aire se desliza suavemente por mis fosas nasales. Despido a los pensamientos de mi cabeza, como si apartara con el brazo los objetos de una mesa atestada.
Cuando estoy a punto de entrar en el sexto samadhi, me interrumpe el vibrador del móvil. Aparece en la pantalla la cara sonriente de J., que está en Finlandia de viaje con unos amigos.
- ¡Hola, gorda! - J. siempre parece alegre cuando llama por el teléfono. Eso está en mi lista de "razones para amar a J.", justo debajo de "se levanta de buen humor todos los días" y encima de "casi todas las películas le gustan" -. ¿Sabes desde dónde te llamo?
- ¿Desde Finlandia?
- ¡Desde Laponia! Estoy al lado del Círculo Polar. Y no sé, me he acordado de ti, porque he pensado que esto te encantaría. Todo es verde, hay muchos lagos, es precioso.
- Qué guay – intento aparentar entusiasmo, sonreír hacia el norte de Europa desde mi habitación a oscuras. La voz de J. se escucha tan clara, tan cercana, que me parece absurdo que me esté llamando desde Laponia. La compañía telefónica debería tener un Servicio Realismo, que hiciera sonar la voz del que habla lejana y difusa e intercalara rachas de frío viento polar entre frase y frase. En lugar de eso, el aire acondicionado zumba en mi habitación, y yo no cierro los ojos porque total, estoy a oscuras y el efecto es el mismo.
- Tendrías que verlo, en serio. Es como cuando fuimos a Cantabria, pero como si Cantabria la hubieran extendido por un país entero y la hubieran llenado de lagos.
Me río.
- Ya, te entiendo.
- Y hay un montón de renos. Cruzan por mitad de la carretera, como las vacas de nuestro viaje, ¿te acuerdas?
Pienso en Cantabria, hace exactamente un año. Pasamos diez días juntos. Nos dormíamos abrazados y nos levantábamos juntos por la noche para ir al baño. J. es el único tío que conozco, y casi la única persona, que va más veces al baño que yo. Salíamos de la tienda y caminábamos cogidos de la mano hacia la caseta de duchas del camping, y nos separábamos para entrar cada uno por el lado que le correspondía. De pronto estoy llorando a oscuras, y J. se queda callado a un montón de kilómetros de distancia.
- ¿Qué haces, gorda?
- Nada – digo – que me he emocionado.
- ¿Por los renos? – pregunta, y es una pregunta tan idiota y tan suya que me pongo a llorar más todavía.
- No importa – sollozo –, de verdad, no pasa nada, es que me has pillado en un día tonto.
Hablamos un poco más, me cuenta que allí casi no hay turistas y que la gente les mira como a bichos raros, que intenta desconectar pero piensa en su futuro, que está empezando a tener frío. Yo le escucho y sonrío a través de las lágrimas, y ni siquiera me pregunta qué me pasa porque supongo que lo sabe, y yo también lo sé, y ponerlo en palabras no tiene ningún sentido. Nos despedimos. “Te quiero mucho”, le digo, y es verdad. “Yo también te quiero”, me contesta, y también es cierto.
Es tan corto el amor y tan largo el olvido, que diría Neruda. Mierda de amor, diría yo, que caduca como los yogures y te tiene meses retorciéndote de indigestión y de nostalgia.

viernes, 18 de julio de 2008

He vuelto de Italia llena de fuerza y de proyectos. Por primera vez en muchos meses, me siento libre y viva.
Y no tengo ganas de escribir aquí.
Llevar este blog es estupendo, pero estos últimos días me he dado cuenta de que estoy un poco cansada de Internet. Es verano, hace un tiempo magnífico, tengo dos manos y dos pies y no quiero que mi mayor muestra de creatividad a lo largo del día sea mi nick del messenger. Ya sé que hace nada despotricaba sobre las personas que cuelgan el blog en verano. Pero cambio a menudo de opinión, por si aún no os habíais dado cuenta.
Así que igual escribo menos, o no escribo nada en absoluto.
Además, curiosamente me apetece callarme las cosas. Por una vez en la vida.
Ya sabéis cuál es mi correo. Soy un buena corresponsal.
Echadme de menos. Os quiero.

miércoles, 16 de julio de 2008

Marco

Intento escribir sobre Marco y no me sale. Tal vez porque lo mejor ya se lo escribí a él en su casa, mientras tocaba la guitarra con Shiva tumbado a sus pies y me miraba por el rabillo del ojo. Habíamos pasado ya una noche juntos en la playa: una de esas noches perfectas, de novela, con sus ojos brillando en la oscuridad enmarcados por las copas de los árboles. Nos abrazamos, nos besamos, hicimos el amor dos veces, nos reímos con juegos de palabras mitad en español, mitad en italiano, aprendimos cómo se decía en la lengua del otro cada una de las partes del cuerpo.

La noche que pasamos en su casa, sin embargo, es extraña, turbulenta. Los dos estamos cansados y yo me marcho mañana. Marco se acerca y se aleja alternativamente, como un animal desconfiado, y cada uno de sus gestos me dice que me mantenga a una distancia prudente para no asustarle. Por la mañana da vueltas a mi alrededor como un satélite, como la luna, y yo, sentada a medio vestir en la cama, le miro y pienso en lo mucho que me gusta este chico, en cómo tiemblo sólo teniendo cerca su presencia eléctrica. Está tan lejos y, sin embargo, puedo sentirle muy cerca, rodeada de sus libros, sus objetos, sus pañuelos colgados en un somier en vertical, la mezcla seca de pinturas acrílicas sobre su paleta de madera.

Marco toca la guitarra de esa forma en que tocan los músicos y que a mí me pone a veces un poco nerviosa: como si no le importara mucho si le escuchas o no. Al final de cada canción, sin embargo, me mira y me pregunta “Ti piace?”, y yo contesto, sonriendo, que me gusta mucho, que es bellísima. Todo lo que podríamos decirnos si compartiéramos una de nuestras lenguas nos mira, agazapado, desde las esquinas de su casa enorme. No sé cómo contarle que puedo sentir su fuerza vibrando desde cada uno de sus gestos, que me llegan al mismo tiempo su luz y una oscuridad profunda e insondable, su gran ternura y su dolor. No sé cómo decírselo, así que le pido un papel y un boli (ya le he dicho que escribo), y me hago un hueco en su mesa atestada mientras él me mira de reojo con un punto de desconfianza. Me pongo el bolígrafo entre los dientes, tamborileo con los dedos, intento encontrar una primera frase que funcione. Escribo en la parte superior “Marco”, y después empiezo: Marco tiene los pies anchos y morenos, y una mirada larga, de pestañas negras y mentirosas, que te dice “derrítete”; y la primera vez que me mira, yo obedezco y me derrito”. Escribo sin parar varias páginas y, por primera vez en toda la mañana, noto que Marco está desorientado, porque ahora es él quien me siente lejos, quien nota cómo mi burbuja me envuelve y le mantiene a una distancia de seguridad, y no sabe qué hacer entretanto. Barre el suelo, le pone la comida a Shiva, alisa la almohada sobre la cama, se sienta a ver un vídeo de Pink Floyd. Cuando termino, cierro la libreta y la dejo sobre la mesa, porque no quiero imponerle mis palabras. Sin embargo, él me pide que se lo lea, así que me siento al otro lado de la cama y leo en castellano, despacio, confiando en que pueda entender lo suficiente pero no todo. Le cuento algo de lo que he visto en él y de lo que he sentido; lo bueno de no volver a verle nunca es que en estos momentos no tengo miedo de nada. Él me mira fijamente, y cuando termino me sonríe, gatea hasta donde yo estoy y se me tumba encima, abrazándome. Yo le abrazo también y me parece oírle sollozar un poco mientras le acaricio la cabeza, despacio.

Después de eso ya no hay nada. Ni direcciones, ni más fotos que las que ya tengo en la cámara digital, ni números de teléfono. Me dice que me buscará cuando vaya a España, pero se trata de una mentira tan lejana y tan bonita que tampoco le hago mucho caso. Me despido de él con la sensación de haber vislumbrado por unas horas una tierra desconocida y hermosa, y con el alivio de saber que me alejo de un hombre que podría volverme loca si quisiera. Le miro mientras recoge sus cosas, se pone su sombrero de camorrista y se cuelga la guitarra a la espalda, y disfruto del deseo y la avidez de tenerle cerca. La verdad es que no sé qué ha pasado por su cabeza en estos dos días; es difícil distinguir sus emociones de sus maneras de seductor impenitente. Sí sé, sin embargo, lo que ha pasado por la mía, y ha sido bonito, y extraño, e intenso, y fugaz, y se lo agradezco de verdad.

Aunque, por qué no confesarlo, el corazón me duele un poco.

Ya estoy aquí

Buenas a todos.
Ya he vuelto de Italia y estoy un poco de bajón. Ha sido un viaje maravilloso, con romance italiano incluido del que os hablaré en breve (nota: no a los tópicos antes de tiempo sobre los italianos, por favor).
Ahora estoy triste. Aquí no están mis amigas, nadie habla italiano, no hay bicis de paseo ni te despierta el frutero cantando "I pomodori per la salsa". Me siento como cuando era pequeña y volvía de los campamentos y, de repente, la soledad que había echado a ratos de menos se me hacía enorme.
En fin, que estoy un poco alucinada por la falta de sueño (apenas he dormido en tres días, entre el mencionado romance y el tren nocturno), pero quería dar señales de vida y agradecer los comentarios que me habéis dejado. Es tierno lo mucho que habéis tardado algunos (no miro a nadie) en enteraros de cómo iba lo de los posts programados.
Mañana sigo, entonces. Buenas noches y un beso grande.

lunes, 14 de julio de 2008

Vacaciones

Cuando Pablo y yo entramos aquella mañana en la cocina restregándonos los ojos de sueño, mi madre colocó sobre la mesa dos cuencos de helado medio derretido.
- ¿Me lo puedo comer? – preguntó Pablo, mirando el tazón de plástico con los ojos muy abiertos. Pablo siempre pide permiso para todo: para tomarse una fanta, para subirse al columpio y hasta para quitarse una piedra del zapato. Yo ya había metido la cuchara hasta el fondo, porque mi madre es de las que cambian enseguida de idea.
- El frigorífico se ha estropeado – dijo mamá, mientras apilaba en la encimera las bolsas de palitos de pescado -. Tenemos que comernos el helado antes de que se derrita. ¡Jaime! ¿Has encontrado ya el número?
La voz de papá llegó desde el salón.
- He llamado a Balay y me han dicho que eso es el servicio técnico y que ahora me dan el número. Estoy esperando.
Mamá se recogió el pelo con una mano. Siempre estaba sudando. Ella decía que era porque trabajaba como una esclava, y más en vacaciones que durante el año. Decía que estaba deseando volver a casa para tomarse unas vacaciones de verdad. Yo creo que tenía calor porque casi nunca bajaba a la piscina con nosotros: se quedaba en casa limpiando el polvo y haciendo unos cuencos enormes de gazpacho que siempre tenía que tirar, porque ni a Pablo ni a mí nos gustaba nada.
Nosotros ya habíamos terminado el helado. Empecé a dar golpes con la cuchara en el tazón.
- ¡Más, más, más! – Pablo se me unió, entusiasmado.
- ¡Ya vale! A ver, Os voy a poner más, pero esto es sólo hoy, ¿vale? Mañana desayunamos cereales otra vez.
- ¿El frigorífico no va a seguir roto mañana? – preguntó Pablo.
- Espero que no. Además, mañana ya no quedará helado.
- Bueno – dije yo – compramos más helado y mañana volvemos a romper el frigorífico, ¿vale?
Estaba claro que era una broma, pero a mamá no pareció hacerle mucha gracia. Pablo se retorcía de risa. Las gotas de colores le caían por la barbilla hasta la tripa desnuda.
- ¡Jaime! ¿Qué pasa con el técnico? - mamá limpió a Pablo con un trapo.
- Que tiene que ser mañana – papá entró en la cocina. Él también estaba sudando. Yo pensé que si el técnico no venía, lo mejor que podíamos hacer era irnos todos a la piscina, porque a pesar de lo temprano que era hacía mucho calor.
Mamá se sujetó la cabeza con las manos, como si le doliera.
- Se nos va a estropear todo. No me lo puedo creer. Llevamos tres días aquí y nos pasa esto, y con la compra recién hecha. Es que no me lo puedo creer…
Papá le puso el brazo en el hombro.
- Vamos, tranquila. Esto tiene alguna solución, seguro.
- Pues no sé yo qué solución. Quita, que me das calor.
- ¿Nos vamos a la piscina? – pregunté.
Irnos a la piscina me parecía una buena idea, porque hacía calor y ya no tenía más ganas de helado, y papá y mamá no parecían querer comer helado tampoco. Pero los dos me miraron como si yo fuera tonto y siguieron discutiendo sin contestarme siquiera.
- Bueno, Raquel, pero no me hables así porque no es culpa mía, ¿vale? Vamos a buscar alguna solución. ¿Y si les llevamos las cosas a los vecinos?
- ¿A quiénes, a los de Santander? Sí, vaya, como son tan simpáticos… Además, que todo el mundo acaba de llegar, Jaime, que no van a tener sitio porque acaban de hacer la compra, igual que nosotros.
- Pues a mí me cae bien Javi – dije yo. Era verdad. No me parecía justo que mamá se metiera con su familia; al fin y al cabo, era nuestro frigorífico el que se había roto. Javi sabía hacer surf y tenía una tabla super chula, y me enseñaba de vez en cuando, aunque casi nunca me la dejaba porque decía que era muy cara.
- Ya, Dani – dijo papá -, si Javi es muy simpático, y sus papás también. Es que mamá está un poco nerviosa por lo del frigorífico, ¿sabes?
- ¡Ya estamos con los nervios de mamá! ¡Yo no estoy nerviosa! ¡Si fuera una inconsciente como tú, a lo mejor no estaría tan nerviosa! ¡Que con este calor se van a pudrir las cosas en nada de tiempo, y a ti te da igual!
Para no estar nerviosa, mamá no parecía nada tranquila. Esta vez, sin embargo, no dije nada.
- Bueno, ¿y si cocinamos las cosas? Así aguantarán hasta mañana y luego lo congelamos todo.
- Cocinamos, dice, ¡ja! – mamá se rió, pero era una risa como la que hacemos nosotros en el colegio cuando alguien dice algo sin gracia -. Cocino yo, querrás decir, porque tú no tocas un plato.
- Mira, Raquel, si te vas a poner en ese plan…
Miré a Pablo, que estaba chupando el cuenco de colores. Se lo quité de la cara y vi que se había llenado de helado el pelo y la frente.
- ¿Qué plan, eh? ¿Qué plan?
- Mamá…
- Porque es muy fácil hablar de planes si tú no cocinas nunca…
- Mamá…
- Y cuando te digo lo liada que estoy, tu solución es que comamos en la calle. ¡Como si fuera gratis!
- ¡Mamá!
- ¡Qué!
- Que mira cómo se ha puesto Pablo.
- Ay, Daniel, de verdad, pues iros a la piscina y así se limpia, anda, y de paso no estáis por medio.
- Sí, eso – dijo papá – y tú deberías bajarte con ellos, Raquel, y así te refrescas y te calmas un poco.
- ¿Bajarme a la piscina? ¿Con la que hay montada? ¡Bájate tú, que todo te da igual!
- ¡Pues a lo mejor me bajo!
- ¡Pues muy bien!
Papá salió de la cocina dando un portazo. Cogí a Pablo de la mano, lo llevé a nuestra habitación y le puse el bañador de Spiderman. Cuando cruzamos el pasillo para salir a la calle, vi que mamá lloraba en la cocina, mirando un paquete lleno de líquido amarillo. Me di cuenta de que era la mantequilla y pensé que a lo mejor desayunar helado no estaba tan bien, después de todo.

sábado, 12 de julio de 2008

Si el silencio fuera sólido, verías en él las marcas de mis uñas clavadas. Las diez medias lunas de mi determinación aparentando indiferencia para salvar la vida.

jueves, 10 de julio de 2008

La maldita-maldita-beca (II)

Hoy ya me estoy empezando a cabrear. No he podido cambiar mi turno de mañana (recordemos que aún es lunes y no he salido de viaje) y mi coordinadora de la beca se lo ha tomado como si fuera el cardiólogo jefe del único hospital del país. A ver, coordinadora. Que sentarse cuatro horas a hablar por el messenger lo puede hacer cualquiera. Este problema entronca muy bien con el tema del post de hoy: la atención a alumnos, mi segunda función como becaria.

Para introducir el asunto, pongámonos en el lugar del alumno medio de la facultad de psicología.

"Hola, soy un alumno medio y estoy adaptándome al sistema de créditos ECTS. Gracias a la falta de idea y descoordinación que reina en la facultad acerca de dicho sistema ECTS, mi agenda de esta semana incluye catorce trabajos en grupo, seis lecturas de artículos, dos presentaciones en power point y un examen de prácticas. Me han informado de que hay unos simpáticos becarios en un despacho que me ayudan si tengo algún problema. Se me ofrecen dos opciones: ¿voy a que me ayuden los becarios y pierdo una tarde haciendo un trabajo decente? ¿O mejor hago las tareas para salir del paso y poder disfrutar parcialmente de la que se supone que es la mejor época de mi vida?".

Terrible dilema, vive dios.

Así que, como os podréis imaginar, nuestras horas de despacho transcurren en imponente soledad. Para colmo, las pocas veces que vienen alumnos se empeñan en preguntarnos sobre cosas que no sabemos (al menos yo): misteriosas técnicas de Excel, análisis de varianzas o cómo hacer que el Word no te cambie el formato cuando le apetece. Con lo cual mi parte dos del cometido como becaria se divide entre perder el tiempo y quedar como una tonta. Tendríair que ver la cara de "eres inútil" que te ponen los alumnos cuando te ven trastear con la barra de herramientas del Windows Vista como si fueras una madre intentando mandar un mail.

En general, sin embargo, mi beca no está mal. El problema es que es una beca ciclotímica: tan pronto pasas dos semanas asfixiada bajo montañas de tareas por corregir como te tienes que inventar los informes para que no parezca que no estás cumpliendo con tu importante cometido. Ejemplo:

Informe A: semana tipo alto ejecutivo.

Tarea: corregir ejercicios de metodología en la plataforma digital Ágora.
Tiempo: 5 horas.
Comentarios: ha sido una tarea exigente y agotadora.

Informe B: semana tipo "Los lunes al sol"

Tarea: revisar mi bandeja de entrada.
Tiempo: media hora.
Comentarios: he actualizado mi correo y me he puesto al día con los profesores de los diferentes departamentos.

Premio negociable a quien adivine cuál de los dos contiene una mayor carga de fanstasía becaria.

Y con este post queda más o menos resumido cómo me he ganado el pan durante este último curso. Hale, que me voy a dormir, que mañana hay que madrugar para llegar a Madrid, de allí a Roma y de allí a Lecce a ver a la PK-mon-amour :D