massobreloslunes

viernes, 14 de mayo de 2010

Rubik


Ya os he contado que últimamente me siento aquí sin tener ni puta idea de qué escribir. Escribo, borro, observo mi habitación. Escribo, borro, miro por la ventana. Escribo, borro, examino mi mesa de estudio, y como me he hartado de borrar pienso que voy a escribir un post sobre lo primero que me llame la atención.

A mi izquierda tengo el cubo de Rubik que me regaló mi amigo Adri. Desde que aprendí a resolverlo pienso que en el mundo hay dos tipos de personas: las que cuando ven un cubo de Rubik quieren saber la solución y las que pueden vivir sin conocerla jamás. Mi amigo Adri, por ejemplo, buscó en Internet los algoritmos y practicó él solo hasta que le salió. A mí me enseñó él y practiqué hasta que conseguí resolverlo sola. Mi amigo Funes (¡Ey, Funes, voy a dejar de llamarte mi ex! Lo he decidido así) todavía no sabe resolver el cubo ni tiene ningún interés por aprender.

De la gente que tengo alrededor, la mayoría me ha preguntado alguna vez cómo se resuelve el cubo y ha aprendido a hacer la primera capa. Normalmente no pasan de ahí. Creo que solo Elsa fue capaz de llegar hasta el final, y hasta se compró un cubo en los chinos para practicar en casa. Yo no tengo muy claro qué diferencia a una persona que aprende a resolver el cubo hasta el final y a otra que no; solo sé que yo sería incapaz de vivir con ese enigma delante de mis narices.

Por último, contaré que más allá de limitarse a resolver el cubo en plan normal, hay todo un colectivo de "cuberos" que intentan resolverlo en menos tiempo, con algoritmos más complicados y eficaces, con una sola mano o con los ojos cerrados. Lubrican sus cubos con spray de silicona, organizan competiciones nacionales e internacionales e intentan superar sus marcas. Podría decirse que son frikis absurdos, pero a mí me encanta esa gente y la manera en que están absortos en ese trocito de inutilidad tan exacta y pura que es un cubo de Rubik.

P.D.: No vale quejarse de la temática del post de hoy. En mi escritorio hay, entre otros objetos, ibuprofenos, tapones para los oídos, un aparato para los mosquitos, una disquetera portátil y un pañuelo para las gafas, así que el post podría haber sido mucho más terrible.

jueves, 13 de mayo de 2010

Gorda

Los días de sentirse gorda son como el nublado. Llegan, pasan y punto. Y no tienen que ver con que hayas aumentado realmente de peso o de volumen. Tú te sientes gorda aunque sigas cabiendo en una treinta y seis. Sientes claramente la frontera entre tu cuerpo y el mundo y te da la impresión de que si tuvieras que alimentar con tu culo a un pequeño país africano les daría para repetir.

Yo hoy estoy aquí haciendo mudanza y sintiéndome gorda. Mi cuarto está cubierto de ropa tirada y de objetos desparramados por la mesa. Voy haciendo cajas poco a poco, despacito y buena letra, mezclando los libros con la ropa para que no pesen demasiado. Después escribo en la superficie lo que contienen: "Adornos, tetera, algunos libros". "Zapatos y bolsos". No me disgusta tanto mudarme como podría parecer. Realmente, es agradable poder ordenar los objetos que necesitas, meterlos en cajas, llevártelos a otro lugar y dejar abandonados los recuerdos que te sobran. Después te quieres cambiar de casa y es lo mismo: recoges tu vida, la metes pulcramente en otras cajas, te vas a otro lugar, lo habitas y te parece que has estado allí siempre. Entonces te das cuenta de que la entidad a la que tú llamas vida es un conjunto de objetos colocados en un lugar, un conjunto de actividades desplegadas a lo largo de tus días, un conjunto de personas con las que te relacionas. Cambian los objetos, cambian las actividades, cambian las personas, cambia toda tu vida. Al menos los objetos pueden meterse en cajas.

El mundo es raro, raro, raro de cojones. Lo pienso prácticamente cada día. Cada día pienso en lo extraño que es estar viva, moverse, respirar, en el bonito diseño del cuerpo humano, en el sufrimiento, en la muerte, en el hecho de viajar en un planeta redondo a través de un universo de límites desconocidos. Es rarísimo, rarísimo, y sobre todo es rara la manera que tenemos los humanos de comportarnos como si no nos fuéramos a morir nunca y como si realmente este mundo fuera todo lo que hay y tuviera algún sentido. El problema es que si eres consciente de eso muy a menudo acabas viendo el mundo como un entretenimiento curioso en el que no merece la pena partirse demasiado los cuernos. Para mí últimamente todo es un poco como jugar a los Sims. Me noto poco implicada en el rollo este de la vida.

Excepto, por supuesto, en esos días en los que me siento gorda.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Compras


Me voy de tiendas a comprarme ropa para trabajar. Me pasé el verano pasado deambulando en chanclas por la biblioteca, así que mi armario da lástima. ¿Qué se supone que hay que ponerse para trabajar? Pienso en que quiero ir mona, pero no con pinta de guarra. Razonablemente arregalada, pero no ridículamente emperifollada. La ropa de esta temporada es horrorosa. Todo es rosa palo, beige, azul pálido o color coral. Todo tiene un montón de flores y estampados tipo abuela. Lo que no tiene flores es tipo marinero y, por si fuera poco, alguien ha decidido que ya es hora de que vuelva la chaqueta vaquera.

Yo vago por el centro comercial como un barco a la deriva cargado de bolsas. En algunas tiendas hace frío, en otras demasiado calor, y yo paseo los ojos por las estanterías y soy incapaz de computar tantísimas posibilidades de taparse con telas; me gustan prendas aisladas, pero no sé si puedo combinarlas entre sí, y mucho menos añadirles cinturones, pendientes y pulseras a juego. Investigo con curiosidad a las mujeres que dan vueltas a mi alrededor y observo cómo combinan la ropa las que me parece que van bien vestidas. Me gustan los tacones. Me gusta verlos y me gusta llevarlos, aunque me duelan los pies, y aunque realmente casi nunca los lleve por no desentonar con mis amigas jipis. Me gustan los fulares de colores, aunque nunca se me ocurre con qué podría llevarlos. Me gustan los vestidos.

De toda la ropa que me llevo sólo me convence claramente una camiseta. El resto me resulta difícil de combinar o no termina de quedarme bien, pero me lo llevo por si cambio de opinión cuando llegue a casa. Me compro un vestido rojo de estos que sabes que no te podrás poner en la vida, porque no habrá ninguna ocasión lo suficientemente arreglada pero informal y, sobre todo, lo suficientemente roja como para ponértelo. Me da igual, porque estoy divina, parezco Audrey Hepburn pero más rubia y menos escuálida, y me imagino con mis zapatos de tacón blanco y mi vestido rojo y pienso que no lo puedo dejar en la tienda, tan solito.

Después me siento en un bar del centro comercial y me tomo una cocacola. Fuera llueve, yo he traído la moto y tengo que matar el tiempo hasta que escampe, así que leo a Henning Mankell mientras mantengo mis bolsas bien guardadas entre los pies. Leer a Henning Mankell es como tener un colega en Suecia e ir a verle de vez en cuando. Todo te resulta extraño y familiar al mismo tiempo: el clima hostil, los suecos que se tutean, la densidad de población de un sueco por cada cien kilómetros cuadrados. Pienso que me gusta hacer cosas sola. Me gusta comprar sola y tomar algo sola. No es que no me importe; es que me gusta, disfruto de mi propia compañía como si yo fuera otra persona increíblemente inteligente y apasionadamente divertida con la que tengo la suerte de pasar el rato. A veces me pregunto si mi problema en esta vida no va a ser encontrar a un tío que me quiera tanto como yo me quiero a mí, y no sé si eso es estupendo o terrible.

Al final para de llover, y yo dejo a Kurt Wallander en el sur de Suecia y me encamino hacia la moto con mis bolsas. Voy pensando en mi vestido rojo y en qué camiseta pegaría con mis nuevos pantalones negros de tipo tailandés. Voy pensando que probablemente mañana tendré sesión de compra inversa, es decir: peregrinar por las tiendas devolviendo todo lo que me he comprado y no me va a gustar cuando me lo pruebe de nuevo. El aire de la tarde está húmedo y frío, pero el cielo se ha aclarado rápidamente y enmarca en azul oscuro la silueta de los edificios. Llego a mi casa helada de frío y dejo las bolsas en el suelo.

Me quedan tres días para irme de casa.

martes, 11 de mayo de 2010

La carta de los quince

Al final, contra todas mis predicciones, he encontrado mi carta de los quince años metida en mi "cajón de los recuerdos", junto con otro montón de basura sentimentaloide. La carta estaba metida en un sobre rosa (!) y llevaba dentro una pulserita de hilo de colores que ni siquiera recuerdo si hice yo.

No la voy a copiar entera, pero hay algunos trozos que no tienen desperdicio y que me gustaría compartir con vosotros.

Espero que sigas fiel a mí, que tengo fe y que aún creo que puedo comerme el mundo. ¡No olvides tus sueños! Aunque estés en el paro, o amargada, ¡sigue adelante!. Me hace gracia porque de pequeña siempre me imaginaba futuros terribles, y de hecho hoy me he escrito mi carta para los treinta y cinco y también me imaginaba un futuro muy triste y solitario. No sé por qué hago eso. ¡No estoy en el paro, ni amargada! ¡Supero mis expectativas de los 15 años! ¡¡Yuhu!!

¿Y cómo va ese cuerpo? ¿Ya tienes tetas?. Qué grande. A los quince años mi tema principal de preocupación eran las tetas. Me iba a la cama rezando para que me crecieran. Las medía, las miraba en el espejo, las estrujaba a ver si su consistencia había cambiado. Y ahora... a ver, Marina del pasado, no te voy a mentir: no está la cosa mucho mejor que hace diez años. Pero ya no me importa. A los tíos sí les importa, pero menos que con quince años.

¿Se ha quedado ya antiguo Internet?. Me meo. Creo que pensaba que diez años serían mucho más tiempo.

¿Y de amores? Ya ves, yo aún estoy pillada por Guille... Supongo que a tu edad ya se me habrá pasado. Pues claro, hija de mi vida, claro que se te ha pasado. Que no hay mal que cien años dure. Además, lamento decirte que Guille te va a dar calabazas en un par de meses cuando te declares por Internet, ese invento moderno.

¿Tienes novio? Ahora mismo no, ¿tienes que venir del pasado a hacerme preguntas de abuela, Marina querida? ¿Has vivido ya un gran amor?. Uf, y dos, y tres. Si yo te contara, Marina del pasado... ¿Te han partido el corazón?. Qué va, lo he partido yo siempre. He progresado desde lo de Guille, que lo sepas. Supongo que ya lo has "hecho", porque si sigues virgen a los veinticinco, ¡menuda pena! Sí, primor, sí, lo he hecho. Lo he hecho muchas veces. Y tienes razón: habría sido tristísimo ser virgen a los veinticinco. Pero no lo soy. Otro triunfo de la yo del presente.

Y luego en la posdata pone sabrás más de mí... ¡¡Diablilla!! (espero que recuerdes a qué me refiero). Pues no. No tengo ni puñetera idea de qué quería decir con eso. ¿Diablilla? Se referirá a Don Diablo? ¿A alguna historia con la Ouija?

Tengo que decir que la experiencia de leer la carta no ha sido tan buena como me imaginaba cuando la escribí, ni tan mala como pensé que sería hace unos días. La verdad es que tampoco me da la impresión de que haya pasado tanto tiempo. Siento bastante continuidad entre esa Marina y yo. Además, tengo tantos diarios, cuentos, cartas y notas de cuando era pequeña/adolescente/joven/actuales que leer mis chorradas tampoco me llama tanto la atención.

En fin. Mi carta a la yo de los treinta y cinco se resume en "dudo mucho que hayas conseguido encontrar a alguien con quien reproducirte, pero no te deprimas, yo te quiero igual": Veremos por dónde sale la cosa.

lunes, 10 de mayo de 2010

domingo, 9 de mayo de 2010

Entre fogones

La primera persona que me hizo amar la cocina fue mi padre. Me enseñó dos cosas importantes: la primera, que toda persona que quiera ser independiente física y emocionalmente debe saber cocinar aceptablemente. Me diréis que se puede ser independiente comiendo pasta, huevos fritos y las lentejas congeladas de mamá. Error. Uno nunca consigue desprenderse del pecho materno si no aprende a cocinar, si no encuentra su propia combinación favorita de especias y su propia manera de hacer las cosas.

La segunda cosa importante me la enseñó mi padre lavando un pimiento. Me dijo: "en la cocina hay que trabajar con cariño, pero con energía". Por aquel entonces, me utilizaba de pinche cuando preparaba la comida los fines de semana. Ésta es una de las reglas fundamentales para cocinar en armonía: cuando cocinan dos, uno debe ser el jefe de cocina y el otro el pinche. Esto es así porque cocinar es una toma constante de decisiones, y si no es uno solo quien las toma acabará surgiendo un conflicto sutil pero definitivo por asuntos tan importantes como qué especias utilizar o cuánto ajo añadir. Mi cometido como pinche consistía en abrirle las cervezas a mi padre y ayudar en tareas inocuas, como lavar verduras y pelar con las manos los tomates escaldados.

Mis primeros pasos como cocinera en solitario los di con la repostería. Yo hacía la masa del bizcocho o de los crepes y mis padres me ayudaban con la sartén y con el horno. Sin embargo, hoy en día la repostería es mi bestia negra. Soy terrible con el horno. Ayer, por ejemplo, preparé una cena de cumpleaños con entrantes, ensalada, plato principal y postre, y todo estaba riquísimo menos el bizcocho, que no se podía comer.

Pero algo importante de la cocina es que hay que tomarse los fallos con humor.


Creo que la repostería se me da tan mal porque tiene un único secreto: la precisión, y yo soy de todo menos precisa. Cuando se guisa en el fuego, uno puede añadir los ingredientes y las especias más o menos a ojo, con mejor o peor intuición. Con la repostería, sin embargo, hay que medir, pesar y cronometrar y, por supuesto, conseguir buenas recetas.

Las recetas son un tema. Con el tiempo he aprendido a desarrollar un olfato aceptable para saber si las que saco de Internet o de los libros son buenas o no. El mejor criterio para saber si una receta es o no buena es el detalle con el que se describe. La cocina es detalle, y el detalle es cariño. Mi receta favorita de arroz con leche precisa que al añadir la canela en rama hay que partirla fuera de la olla, porque si no caen astillas en el arroz y son molestas para comer. Los detalles y el cariño al describir o al elaborar una receta tienen que ver con la capacidad de experimentar, de innovar y de aprender de los errores anteriores. Porque para ser un buen cocinero lo único que hay que intentar es no cometer el mismo error dos veces.

Cuando se cocina hay miles de maneras de hacer cada cosa. Algo tan sencillo como freír una cebolla puede dar cientos de resultados distintos en función de cómo combinemos parámetros como el corte de la cebolla, la temperatura del fuego o la cantidad de aceite, en función de si tapamos o no la sartén, de si echamos la sal antes o después de freírla. La cocina es misteriosa y química, y así, por ejemplo, hace falta que alguien te explique que el aceite es lo último que se le echa a la ensalada porque si no impide que la sal y el vinagre se fijen a los alimentos. Porque la cocina te la tienen que explicar, ya sea una persona o un libro. Tienes que aprender por qué haces las cosas, por qué no es bueno poner un huevo a cocer directamente de la nevera, o por qué hay que esperar a que el aceite esté caliente antes de echar las verduras. Tienes que estar dispuesto a aprender siempre y de cualquier persona. Así, poco a poco, si pones el suficiente interés, te convertirás en un cocinero consciente y sabio.

El amor a la cocina también tiene sus aspectos negativos. El primero es que corres el riesgo de volverte un maniático. Como ya he dicho, hay miles de formas de hacer las cosas, y para gustos se hicieron los colores, así que cuando tú has experimentado y has encontrado la mejor manera de preparar el gazpacho, la paella o la tortilla de patatas, puedes tener grandes choques con otros cocineros igualmente apasionados que piensan que echarle menos de tres dientes de ajo al gazpacho es un anatema. Entonces te acabas enzarzando en sutiles competiciones que normalmente dan como resultado comida confusa.

El tema del ajo me trae a la cabeza otro asunto peliagudo: los ingredientes polémicos. Son ingredientes polémicos aquellos que a alguna gente le encantan y a otra le aberran. Ejemplos de ingredientes polémicos: el roquefort, las aceitunas, las alcaparras, la mostaza, el vinagre, el picante, el ya mencionado ajo. Cuando estás preparando una cena para tus amigos, te darás cuenta de que se establece dentro de ti una pavorosa lucha entre echarle a la comida tus deliciosos y adorados ingredientes polémicos, corriendo el riesgo de que a alguien no le guste nada, o renunciar a ellos y cocinar en la segura mediocridad.

Todo el mundo debería aficionarse a la cocina. Para empezar, porque es necesaria. Hoy en día, todos debemos cocinar en algún momento de nuestras vidas. Y la diferencia entre cocinar con cariño y cocinar sin él supone un cambio importante en nuestra calidad de vida. No es lo mismo llegar a casa un día de invierno y ser capaz de hacerse una sopita casera, o poder preparar unas lentejas, o un potaje igual o mejor que el de tu madre, que pasarse la vida entre pasta y fritos congelados. Además, aprender a cocinar es algo que puede ejercitarse diariamente y que proporciona un refuerzo contingente e inmediato. Es gratificante, porque hace disfrutar a la gente que te rodea, y puede adaptarse a las personas que van a consumir tus platos sin sentir que te estás vendiendo a las masas capitalistas. Permite ejercitar la paciencia y el cuidado de los pequeños detalles. Y, como la mayoría de cosas en la vida, es un arte lleno de posibilidades infinitas.

Por último, la cocina es el arte más agradecido. Si no me creéis, haced una prueba. Reunid en casa a cinco o seis amigos y decidles que habéis hecho canelones y habéis escrito un cuento. Luego dadles a elegir entre leer vuestro cuento o comer canelones. Os daréis cuenta de que nadie ama la literatura tanto como el queso gratinado.

sábado, 8 de mayo de 2010

A mis quince y diez

Me quedan tres días para cumplir veinticinco años. Lo peor de cumplir veinticinco no es que rime con estantería, ni hacerme vieja y haber empezado ya a echarme contorno de ojos. No. Lo peor es que hace diez años se me ocurrió escribir una carta para la yo de veintinco años, y hace cinco escribí otra para la yo de treinta. Así que ahora tengo que hacer dos cosas: una, buscar entre la cantidad de basura que acumulo en mi dormitorio la carta de los quince y leerla; dos, escribirme otra carta para cuando tenga treinta y cinco. Qué estrés.

Esto es flipante. Creo que cuando tenía quince años no era del todo consciente de que los veinticinco llegarían. Estoy intentando hacer memoria de lo que escribí en aquella carta. Algo así como "¿has conseguido casarte con Guillermo?". Guillermo era el chaval que me gustaba entonces. Bueno, probablemente no puse "casarte con Guillermo", sino "liarte con". No, mini-Marina, no he conseguido liarme con Guillermo. Me dio calabazas con quince y dudo mucho que le interesara con veinticinco. Por lo demás, no recuerdo absolutamente nada de lo que ponía en esa carta. ¿La encontraré? Joder, va a ser siniestro leerla. No me apetece nada. Seguro que está escrita como por una señora de cincuenta años y dice cosas como "sigue escribiendo y no renuncies a tus sueños". Señor, Señor.

Voy a escribirle una carta a la yo de quince años. No le va a llegar, lo sé, pero quién sabe si al final existen los viajes en el tiempo o si toda la realidad no está transcurriendo simultáneamente en planos paralelos de existencia.

Querida Marina de quince años:

¿Cómo te va? ¿Qué tal la adolescencia? Una mierda, ¿verdad? Y lo peor todavía está por llegar. No te voy a contar lo que te queda por vivir hasta llegar a ser yo, porque te daría un perezón inmenso y acabarías suicidándote. ¿Te imaginas? Yo escribo esta carta, tú la lees por casualidades del continuo espacio-tiempo y yo y caigo fulminantemente muerta sobre mi teclado. Quien encuentre mi cadáver leerá este post y se rayará tela, y... espera, Marina, se me está yendo la olla. Disculpa. Quería decir que sólo te daré algunos consejos para que puedas llegar a los veinticinco sin desesperarte demasiado.

Algún día saldrás con tíos y practicarás sexo. Sé que eso ahora te preocupa un poco, que no sabes si llegarás a gustarle a alguien. Sí que llegarás. Le gustarás a algunos sibaritas del amor que te tratarán muy bien, y también a algún capullo que te dejará tirada como a una colilla. Pero ésos serán los menos, descuida. Te esperan al menos dos novios geniales y algún que otro rollete curioso. No tengas prisa por eso; a los veinticinco vas a estar soltera y contenta, así que, ¿qué más te da?

El acné. Bueno. Ahí tengo que ser sincera, Marina, cariño. Sé que piensas que te quedan un par de años de sufrimiento cutáneo. Pues no, ingenua: yo soy tú dentro de diez años y aunque ahora estoy preciosa y guapísima y con una piel estupenda, he tenido brotes espantosos que han ido y venido hasta hace unos meses. No puedo darte ningún consejo para eso. Es espantoso y lo sé. Pero también será parte de tu vida, pequeña. Y llegará un momento en el que te mirarás las cicatrices, los huequitos rojizos sobre la piel de las mejillas, y sentirás un orgullo extraño.

Ah, y con veinticinco tu ordenador nuevo traerá un programa de retoque fotográfico que te permitirá quitarle el acné a todas tus fotos antiguas. De nada.

¿Qué más? Te lo vas a pasar bomba los próximos años. Me das un poco de envidia, ¿sabes? Te quedan por delante los años de bachillerato, la universidad... no te diré qué vas a estudiar, que lo tienes que escoger tú solita sin que nadie te condicione. Pero te va a encantar. Y yo tengo trabajo, ¿qué te parece? Soy la élite entre los de mi edad, que lo sepas.

No puedo darte números de lotería y demás, porque estoy segura de que si algún día llegas a leer esto y te haces millonaria gracias a mí, se alterará el continuo espacio-tiempo y moriremos todos. Además, con lo que me he aburrido de vacaciones los últimos cuatro meses, creo que es mejor para nosotras que ni nos toque la lotería ni nada. Trabajar nos mantendrá sanas.

Escritura. Vas a seguir escribiendo. Inconsistente y perseverante al mismo tiempo. Pero no has conseguido superar a Espido Freire ganando el Planeta más joven que ella. Aunque ah, bueno, novedades: ya no nos interesa el Planeta. Ahora queremos ser escritoras de best seller o autoras de culto leídas por una minoría; no estamos seguras aún. Pero no te agobies por eso. La escritura no es tan importante. Nada lo es.

No te des a ti misma demasiada importancia. Eres un diminuto estornudo cósmico. Intenta ser buena y querer a la gente y no te comas demasiado la cabeza con el resto. Te vas a equivocar muchas veces, pero tendrás que vivir con ello. Tendrás que vivir con tu dolor y con el de los demás. Al final no sé si merece la pena; si realmente fueras a recibir esta carta, te daría algunos buenos consejos para no encontrarnos donde nos encontramos ahora en algunos sentidos. Pero no creo que la leas, así que simplemente te digo: en ti estaba la semilla de lo que yo soy ahora. Y mi vida tal y como la conozco se basa en la fe, pequeñita pero firme, de que voy mejorando, aunque sea a pasitos diminutos.

Ánimo. Lo tienes todo por hacer y en realidad no hay nada que perder.

Un abrazo,

Marina.