massobreloslunes

viernes, 28 de mayo de 2010

Zen en el supermercado


Hace unos días estaba en el Carrefour, esperando para pagar unas cuantas botellas de agua mineral y unos tomates. Yo pensaba en mis cosas mientras escuchaba a las cajeras a ver si decían precios con el número ocho, como “ocho con sesenta” o “diecinueve con ochenta”, para escuchar el sonido suave de la “ch” gaditana.

Delante de mí había dos mujeres jóvenes. Tenían el aspecto un poco desgastado de las madres de barrio: la piel apagada bajo los focos halógenos, el pelo de un rubio amarillento y los hombros tostados de pasarse las tardes en la playa de la Caleta. Dos niñas pequeñas, imagino que sus hijas, jugaban cerca de la caja y delante de la frutería con los guantes de plástico que se utilizan para elegir la fruta. Correteaban de un lado a otro mientras las madres charlaban con un ojo en la cinta transportadora y el otro en ellas.

El cliente anterior, un chico joven con pinta de extranjero, estaba sacando el monedero para pagar. Las dos mujeres ya tenían colocada la mayor parte de su compra sobre la cinta y avanzaron un poco. Entonces, lo sé porque casi pude oír sus cerebros, las dos pensaron a la vez en llamar a sus hijas, que todavía jugaban junto a la frutería agitando los guantes de plástico. Volvieron las cabezas y se prepararon para tomar aire. Yo me quedé mirándolas y, de repente, fue como si el tiempo se ralentizara. Mi mente se vació y mis ojos se quedaron fijos en sus caras. Y supe que sus mentes también estaban vacías, absortas en los movimientos de sus hijas junto a las cajas de fruta, porque sus dos pares de labios perfilados demasiado oscuro se curvaron hacia arriba muy despacio, con mucha delicadeza, en una sonrisa tan suave que parecía una ilusión óptica. Yo me quedé parada, mi mente prendida en las suyas prendidas a la vez en la de sus hijas, y durante unos segundos las tres permanecimos muy quietas mientras se oían los bips de la caja registradora.

Entonces el tiempo volvió a ponerse en marcha, desaparecieron las sonrisas secretas y las niñas vinieron junto a la caja para ayudar a colocar los objetos que aún quedaban en el fondo del carrito. Las madres guardaron la compra en bolsas, la cajera dijo “veintiosho con oshenta y cinco” y yo pensé que no me extraña que la gente no quiera morirse.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Pasos

Las llamadas de J. siempre me turban un poco. Estoy aquí, esforzándome en cambiar mi vida lo suficiente como para que él no quepa en ella, y aparece su nombre en la pantalla del móvil. J. deslizándose en mi salón desde su estudio en Málaga. Su voz alegre y nerviosa cruzando el aire hasta llegar a mis oídos. A veces me cabreo, ¿qué querrá éste ahora? ¿Por qué no me deja tranquila de una puta vez? Nos hemos llamado tanto, en contextos tan diferentes. He visto tantas veces parpadear su nombre en la pantalla de mi móvil.

Hoy vuelvo a casa después de llevar la bici a arreglar y me encuentro una perdida suya. Le doy un toque (que se gaste él el dinero) y me devuelve la llamada enseguida. “Tenía muchas llamadas tuyas – me dice -. Me estabas llamando con insistencia, y cuando lo he cogido sólo se escuchaba el rumor de tus pasitos sobre la acera. ¿Llevabas el móvil en el bolsillo?”. “No, en el bolso”, contesto yo. “Pues eso, que sólo quería decirte que bloquees el móvil para que la gente no pueda escuchar tus pasos ”.

No me hables como si estuvieras escribiendo un post, pienso ahora, pero en ese momento sólo puedo asentir, sonreír, darle las gracias y despedirme. “Hasta luego, guapo”. Y después no siento nada; ni tristeza, ni ganas de verle, ni nada. Simplemente guardo el móvil y sigo haciendo la cena.

Ay, J. Me gustas poco ahora mismo, pero aún te quiero mucho. Me acuerdo de ti cuando veo las largas olas que forma el viento de poniente sobre la playa de la Victoria, y te imagino dando por saco con la tablita de surf y reclamando que te mire desde la orilla. Tiene huevos que de entre toda mi agenda mi móvil desbloqueado tenga que elegirte precisamente a ti para que oigas el ruido que hacen mis pasos sobre las calles de la ciudad.

domingo, 23 de mayo de 2010

Domingo

Domingo por la mañana. Sol reluciente en Cádiz, ligero viento suavizado por las callecitas estrechas del centro. Me levanto a las nueve fresca como una lechuga, medito una hora, desayuno un colacao con una tostada y me echo a la calle, portátil en mano, con el propósito de acercarme a la plaza de la Catedral y aprovecharme de la wifi gratis que pone el ayuntamiento.

Todo va bien. El sol brilla, los pájaros cantan, y aunque el café esté un poco más cargado de la cuenta no me importa. Mi Macbook se yergue orgulloso bajo el sol e la mañana y los dos últimos capítulos de la sexta temporada de Anatomía de Grey viajan a toda velocidad hacia mi disco duro.

Todo va bien hasta que oigo a mi derecha el sonido de Satán. Y Satán suena como una flauta de pan afinándose en el aire tranquilo de la mañana de Domingo.

Los putos indios músicos de los cojones.

Cinco minutos después encienden el maldito hilo musical de su teclado barato, lo conectan a sus amplificadores y empiezan a vomitar por la plaza basura en forma de instrumentos de viento tradicionales. Odio a los putos indios músicos y, por extensión, a los putos músicos peruanos. Odio sus versiones de Titanic y de Let it Be. Odio que se entrometan en mi hermosa mañana de mayo y la emponzoñen con sus putas flautitas de madera. Odio esa pseudomúsica blanda hecha para que los guiris y los simples se paren enfrente y admiren sus tristes penachos de plumas falsas.

Para que luego digan que la música amansa a las fieras.


miércoles, 19 de mayo de 2010

Cádiz


Estoy en la biblioteca pública de Cádiz, sentada junto a la ventana. No es tan bonita como la de Granada ni tan horrorosa como la de Málaga. Las mesas están llenas de universitarios y opositores, y por la ventana sólo veo un trozo del edificio de al lado y un fragmento pequeño pero poderoso de cielo azul. Una buena regla de vida es ir localizando las bibliotecas de las ciudades para no sentirse perdido; uno no puede sentirse solo cuando hay cubiertas de Anagrama para acariciar en las estanterías.

Perdón por no actualizar, pero aún no tengo internet en el piso y he estado liada desde que llegué. Ahora el problema es que se me han acumulado tantas impresiones y tantos pensamientos que no sé por dónde empezar. Así que segmentemos.

La ciudad.

La ciudad me gusta. A ratos echo de menos estar en Granada y saber exactamente dónde hay una copistería, una cafetería agradable, una librería o una tienda de pan ecológico, en vez de tener que dar vueltas por las calles preguntando a la gente con cara de idiota. Y creo que siempre me parecerá antinatural que la bebida no venga con tapa. Pero en general la ciudad me gusta. El Atlántico es azul eléctrico y parece más ancho que el Mediterráneo, me imagino que por el efecto óptico de verlo comparado con la lengua de tierra de la ciudad. El centro es como un pueblo grande, lleno de fruterías, mercerías, zapateros, cuchilleros, afiladores y muchos otros oficios bizarros que pensaba que ya no practicaba nadie.

La gente es simpática hasta el absurdo. Hoy el conductor de autobús me ha dejado subir gratis porque no llevaba suelto. Todo el mundo se pone a charlar a la mínima de cambio en cualquier tienda. Cantan por las calles y pronuncian la "ch" como "sh", y se llaman unos a otros "shosho" y "pisha". Como dice Erika, eso no está del todo mal; es en plan "tú tienes lo tuyo y yo tengo lo mío; dejémoslo claro desde un principio".

Aun así, no quiero apresurarme. Hace falta tiempo para conocer a las ciudades. Pero me gusta ver el mar a diario más de lo que estaba dispuesta a admitir.

El trabajo.

Aún no he empezado. Doy vueltas por los centros de salud y por el hospital conociendo a gente y entregando papeles. Mi R3 (el residente de tercer año; no hagáis bromas de la Guerra de la Galaxias, que están muy vistas) me ha acogido amablemente bajo su ala y me está ayudando muchísimo. La semana que viene tendremos el acto de bienvenida y algunos cursos más bien enfocados a médicos que van a hacer guardias en urgencias, así que me imagino que me dedicaré a ir a la playa solucionar importantes asuntos pendientes. Después empezaré por el centro de salud mental de adultos.

¿Tengo ganas de empezar? ¿Estoy nerviosa? Es lo que me pregunta todo el mundo. Digamos que creo que aún no me he implicado del todo con lo que conlleva estar aquí y comenzar la residencia. Voy tomándome los días uno por uno y las impresiones a medida que van llegando. Creo que hacerme realmente consciente de todo lo que implica mi nuevo trabajo me aplastaría, y creo que debo mantener un cierto distanciamiento si no quiero pasarme las tardes llorando en casa por lo injusto que es el mundo. En fin. Ya iré contando cuando esté más metida en faena.

Yo.

Yo estoy bien. De momento me está encantando lo de vivir sola. Mis naturales tendencias hacia el aislamiento se ven colmadas en mis 42 metros cuadrados de piso coqueto. A ratos me aturrulla un poco tener tanto control sobre mi tiempo y mi espacio, pero en general me gusta mucho. Aún no he escrito un "top ten de cosas geniales de vivir sola", pero está al caer, creedme. De momento creo que va ganando "echarme la siesta en el sofá", seguido de cerca por "nadie me impone su música de Satán".

De momento, eso es todo. A alguien en la biblioteca le huelen muchísimo los pies y en un ambiente así es difícil encontrar inspiración. Seguiremos informando desde la tacita de plata.

viernes, 14 de mayo de 2010

Rubik


Ya os he contado que últimamente me siento aquí sin tener ni puta idea de qué escribir. Escribo, borro, observo mi habitación. Escribo, borro, miro por la ventana. Escribo, borro, examino mi mesa de estudio, y como me he hartado de borrar pienso que voy a escribir un post sobre lo primero que me llame la atención.

A mi izquierda tengo el cubo de Rubik que me regaló mi amigo Adri. Desde que aprendí a resolverlo pienso que en el mundo hay dos tipos de personas: las que cuando ven un cubo de Rubik quieren saber la solución y las que pueden vivir sin conocerla jamás. Mi amigo Adri, por ejemplo, buscó en Internet los algoritmos y practicó él solo hasta que le salió. A mí me enseñó él y practiqué hasta que conseguí resolverlo sola. Mi amigo Funes (¡Ey, Funes, voy a dejar de llamarte mi ex! Lo he decidido así) todavía no sabe resolver el cubo ni tiene ningún interés por aprender.

De la gente que tengo alrededor, la mayoría me ha preguntado alguna vez cómo se resuelve el cubo y ha aprendido a hacer la primera capa. Normalmente no pasan de ahí. Creo que solo Elsa fue capaz de llegar hasta el final, y hasta se compró un cubo en los chinos para practicar en casa. Yo no tengo muy claro qué diferencia a una persona que aprende a resolver el cubo hasta el final y a otra que no; solo sé que yo sería incapaz de vivir con ese enigma delante de mis narices.

Por último, contaré que más allá de limitarse a resolver el cubo en plan normal, hay todo un colectivo de "cuberos" que intentan resolverlo en menos tiempo, con algoritmos más complicados y eficaces, con una sola mano o con los ojos cerrados. Lubrican sus cubos con spray de silicona, organizan competiciones nacionales e internacionales e intentan superar sus marcas. Podría decirse que son frikis absurdos, pero a mí me encanta esa gente y la manera en que están absortos en ese trocito de inutilidad tan exacta y pura que es un cubo de Rubik.

P.D.: No vale quejarse de la temática del post de hoy. En mi escritorio hay, entre otros objetos, ibuprofenos, tapones para los oídos, un aparato para los mosquitos, una disquetera portátil y un pañuelo para las gafas, así que el post podría haber sido mucho más terrible.

jueves, 13 de mayo de 2010

Gorda

Los días de sentirse gorda son como el nublado. Llegan, pasan y punto. Y no tienen que ver con que hayas aumentado realmente de peso o de volumen. Tú te sientes gorda aunque sigas cabiendo en una treinta y seis. Sientes claramente la frontera entre tu cuerpo y el mundo y te da la impresión de que si tuvieras que alimentar con tu culo a un pequeño país africano les daría para repetir.

Yo hoy estoy aquí haciendo mudanza y sintiéndome gorda. Mi cuarto está cubierto de ropa tirada y de objetos desparramados por la mesa. Voy haciendo cajas poco a poco, despacito y buena letra, mezclando los libros con la ropa para que no pesen demasiado. Después escribo en la superficie lo que contienen: "Adornos, tetera, algunos libros". "Zapatos y bolsos". No me disgusta tanto mudarme como podría parecer. Realmente, es agradable poder ordenar los objetos que necesitas, meterlos en cajas, llevártelos a otro lugar y dejar abandonados los recuerdos que te sobran. Después te quieres cambiar de casa y es lo mismo: recoges tu vida, la metes pulcramente en otras cajas, te vas a otro lugar, lo habitas y te parece que has estado allí siempre. Entonces te das cuenta de que la entidad a la que tú llamas vida es un conjunto de objetos colocados en un lugar, un conjunto de actividades desplegadas a lo largo de tus días, un conjunto de personas con las que te relacionas. Cambian los objetos, cambian las actividades, cambian las personas, cambia toda tu vida. Al menos los objetos pueden meterse en cajas.

El mundo es raro, raro, raro de cojones. Lo pienso prácticamente cada día. Cada día pienso en lo extraño que es estar viva, moverse, respirar, en el bonito diseño del cuerpo humano, en el sufrimiento, en la muerte, en el hecho de viajar en un planeta redondo a través de un universo de límites desconocidos. Es rarísimo, rarísimo, y sobre todo es rara la manera que tenemos los humanos de comportarnos como si no nos fuéramos a morir nunca y como si realmente este mundo fuera todo lo que hay y tuviera algún sentido. El problema es que si eres consciente de eso muy a menudo acabas viendo el mundo como un entretenimiento curioso en el que no merece la pena partirse demasiado los cuernos. Para mí últimamente todo es un poco como jugar a los Sims. Me noto poco implicada en el rollo este de la vida.

Excepto, por supuesto, en esos días en los que me siento gorda.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Compras


Me voy de tiendas a comprarme ropa para trabajar. Me pasé el verano pasado deambulando en chanclas por la biblioteca, así que mi armario da lástima. ¿Qué se supone que hay que ponerse para trabajar? Pienso en que quiero ir mona, pero no con pinta de guarra. Razonablemente arregalada, pero no ridículamente emperifollada. La ropa de esta temporada es horrorosa. Todo es rosa palo, beige, azul pálido o color coral. Todo tiene un montón de flores y estampados tipo abuela. Lo que no tiene flores es tipo marinero y, por si fuera poco, alguien ha decidido que ya es hora de que vuelva la chaqueta vaquera.

Yo vago por el centro comercial como un barco a la deriva cargado de bolsas. En algunas tiendas hace frío, en otras demasiado calor, y yo paseo los ojos por las estanterías y soy incapaz de computar tantísimas posibilidades de taparse con telas; me gustan prendas aisladas, pero no sé si puedo combinarlas entre sí, y mucho menos añadirles cinturones, pendientes y pulseras a juego. Investigo con curiosidad a las mujeres que dan vueltas a mi alrededor y observo cómo combinan la ropa las que me parece que van bien vestidas. Me gustan los tacones. Me gusta verlos y me gusta llevarlos, aunque me duelan los pies, y aunque realmente casi nunca los lleve por no desentonar con mis amigas jipis. Me gustan los fulares de colores, aunque nunca se me ocurre con qué podría llevarlos. Me gustan los vestidos.

De toda la ropa que me llevo sólo me convence claramente una camiseta. El resto me resulta difícil de combinar o no termina de quedarme bien, pero me lo llevo por si cambio de opinión cuando llegue a casa. Me compro un vestido rojo de estos que sabes que no te podrás poner en la vida, porque no habrá ninguna ocasión lo suficientemente arreglada pero informal y, sobre todo, lo suficientemente roja como para ponértelo. Me da igual, porque estoy divina, parezco Audrey Hepburn pero más rubia y menos escuálida, y me imagino con mis zapatos de tacón blanco y mi vestido rojo y pienso que no lo puedo dejar en la tienda, tan solito.

Después me siento en un bar del centro comercial y me tomo una cocacola. Fuera llueve, yo he traído la moto y tengo que matar el tiempo hasta que escampe, así que leo a Henning Mankell mientras mantengo mis bolsas bien guardadas entre los pies. Leer a Henning Mankell es como tener un colega en Suecia e ir a verle de vez en cuando. Todo te resulta extraño y familiar al mismo tiempo: el clima hostil, los suecos que se tutean, la densidad de población de un sueco por cada cien kilómetros cuadrados. Pienso que me gusta hacer cosas sola. Me gusta comprar sola y tomar algo sola. No es que no me importe; es que me gusta, disfruto de mi propia compañía como si yo fuera otra persona increíblemente inteligente y apasionadamente divertida con la que tengo la suerte de pasar el rato. A veces me pregunto si mi problema en esta vida no va a ser encontrar a un tío que me quiera tanto como yo me quiero a mí, y no sé si eso es estupendo o terrible.

Al final para de llover, y yo dejo a Kurt Wallander en el sur de Suecia y me encamino hacia la moto con mis bolsas. Voy pensando en mi vestido rojo y en qué camiseta pegaría con mis nuevos pantalones negros de tipo tailandés. Voy pensando que probablemente mañana tendré sesión de compra inversa, es decir: peregrinar por las tiendas devolviendo todo lo que me he comprado y no me va a gustar cuando me lo pruebe de nuevo. El aire de la tarde está húmedo y frío, pero el cielo se ha aclarado rápidamente y enmarca en azul oscuro la silueta de los edificios. Llego a mi casa helada de frío y dejo las bolsas en el suelo.

Me quedan tres días para irme de casa.