massobreloslunes

martes, 16 de agosto de 2011

31. Antes

Antes de saber que existías no me preocupaba que te abrieras la cabeza con una tabla de surf.
Me daban igual los minutos que le quedaban a mi tarifa plana.
Antes no pensaba en que me ibas a echar la bronca por escalar y no dejar puesta la primera cinta.
Ni consideraba estar sana como condición para poder verte.
Antes, la verdad, no tenía muy claro dónde estaba tu ciudad ni cómo llegar a ella.
No pensaba en mi vida como algo que contarte ni en mi barrio como algo que enseñarte.
Antes ciertas canciones eran sólo canciones.

No quiero echarte de menos. Echar de menos es restar, y tú no restas. Tú has ido sumando desde que nos conocimos.
Lo importante no es el tiempo que no estoy contigo; es la posibilidad de verte.
No es el momento de colgar, sino el el de coger el teléfono.

No es que no estás, sino que existes.
No es la frustración, es la ilusión.

Y ahora, hazme el puto favor de ponerte bueno. Monguer.

lunes, 15 de agosto de 2011

30. Joan y las noches de verano

Fotito de este finde en las escasas horas del día en que no hacía calor. ¡Mirad, tengo bíceps!


He vuelto hace unas horas de freírme de calor y no querer más que morirme escalar y playear en Bolonia, y estoy aquí esperando a ver si IA me da un toque para confirmar que ha llegado a casa y no se me ha matado de daño cerebral después de tener un pequeño accidente con una tabla de surf. Desde aquí te lo digo, IA: procura no matarte, por lo menos no antes de que vuelva a verte. He de comprobar que eres real y no un producto de mi imaginación calenturienta. Menos mal que te hice fotos.

Ahora estoy sentada en mi salón, con la ventana abierta y el aire acondicionado puesto, en un derroche de frescor veraniego que puedo justificar porque llevo tres días siendo natural y dejándome la vida en el puto desierto de Mojave San Bartolo, Cádiz. Ésta es, oficialmente, mi primera noche de vacaciones, es decir: mañana la gente que no esté de vacaciones trabajará y yo no. Muahaha. En realidad me caigo de sueño, pero voy a aguantar nada más que por joder y demostrar que nadie me obliga a madrugar mañana. Ah, y por comprobar que IA sigue vivo, no lo olvidemos.

Estar aquí en pijama, con la ventana abierta, el ordenador encendido y los ojos como platos me recuerda al verano de los dieciséis años, cuando me había hecho colega de la gente del club de montaña del colegio porque uno de ellos me molaba y me ignoraba. Curioso cómo se repiten los patrones; al año siguiente me hice amiga de otra gente totalmente distinta porque MQEN me molaba y me ignoraba. Menos mal que al final conquisté su corazón y mi amistad de conveniencia no fue del todo inútil.

Como decía, cuando tenía dieciséis años quedaba con la gente del club en el paseo marítimo de Pedregalejo. No sé si alguien de ese grupo me leerá todavía, porque últimamente me sale peña antigua por todas partes, pero si estáis ahí disculpad lo que voy a decir: vuestro plan era aburrido a morir. Nos limitábamos a sentarnos en el poyo del paseo marítimo y a charlar de chorradas. Además, el chaval que me gustaba era muy guapo, muy lindo y tenía una tripa perfecta, pero su conversación estaba al nivel de la de una ameba. Lo que yo hacía aquel verano era pasar unas horas muriéndome del aburrimiento en aquel paseo marítimo, hacerle ojitos a Guapo Simple (en adelante, GS) y largarme a casa cuando la cosa empezaba a decaer.

Cuando llegaba a casa mi madre y mi hermano solían estar dormidos o ausentes. Entonces encendía mi enorme ordenador de mesa y me quedaba en pantalones de pijama y sujetador. Por aquella época conseguí la enorme proeza de acumular unos tres sujetadores de mi mini talla y me encantaba ponérmelos y sentirme adulta. Abría las dos ventanas de mi cuarto, enchufaba el antimosquitos y me dedicaba a escribir y a hablar por el messenger con Joan, un chico catalán al que había conocido después de colgar un poema en un foro (ya apuntaba maneras, yo).

Joan era muy majo. Tampoco es que le diera el coco para mucho muchísimo, pero era un chico dulce y como superexótico, ¡¡catalán!! Yo me lo imaginaba guapérrimo. En aquella época no existía el Facebook, recordemos, y tampoco había dos cámaras digitales por habitante, así que Joan y yo no habíamos visto fotos el uno del otro. Él se describía como delgado, moreno, pelo rapado y ojos verdes y claro, en mi mente se dibujaba un cañón monumental (imagino que parecido al que se proyectaría en la suya cuando yo le dijera que era delgada, rubia, ojos castaños y pequeña-pero-proporcionada... cuando en realidad yo con dieciséis años era un callo pero total, admitámoslo).

En resumen, que Joan y yo hablábamos un montón de rato por el messenger todas las noches. Él tenía la letra roja y cometía muchas faltas de ortografía porque decía que el castellano se le daba mal. Con él aprendí mi primera frase en catalán, chispas, que era "et veig als meus somnis" (te veo en mis sueños). Sí, de ese rollo íbamos Joan y yo. Quién me iba a decir a mí que acabaría viviendo en Barcelona y parlant català com la que mès.

A pesar del planazo vital que me traía yo, a saber: babear por GS, aburrirme, volver a mi casa y dedicarme a escribir y chatear, recuerdo aquel verano como muy agradable. Me lo pasaba muy bien charlando con Joan. Era emocionante. También escribía mucho, y fue entonces cuando empecé mi novela física o química recientemente terminada y a la espera de ser impresa y quemada en un vertedero. A las tres o a las cuatro de la mañana bajaba a la cocina y cogía guarradas de comer, como pavo mojado en salsa de yogur o salchichas crudas con ketchup y mayonesa. Subía y comía con una mano mientras tecleaba con la otra. Me acostaba a las mil, me levantaba a las mil y en fin, veraneaba a lo adolescente furibunda.

Al final quedé con Joan un par de veces en Barcelona: una cuando fui a hacer la matrícula con Elsa y otra cuando ya vivía allí. De la vez con Elsa no recuerdo nada. Creo ese día nos habíamos levantado a las cuatro de la mañana para coger el avión y que luego desayunamos cinco veces, así que entre eso y que me parece que Joan traía marihuana, la amnesia es casi comprensible. Desde aquí proclamo: Els, si tú te acuerdas de cómo era el chaval, por favor, refréscame la memoria. La otra vez fui a su casa y escuchamos música en el ordenador mientras su madre y su abuela veían la tele en el cuarto contiguo. Su madre estaba medio depresiva y su abuela tenía una pinta muy extraña, súper arrugada, vestida de negro y catatónica como el padre de Torrente. De Joan recuerdo dos cosas: una, que era más bien feo, y otra que parecía mucho más interesante por el Messenger que en la realidad. Aun así, le tengo cierto cariñito.

Ahora mi vida ha mejorado, en general, y me lo paso mejor en el mundo 3D. Chateo menos y charlo más. Ah, y me pongo en pijama, que el sujetador a estas alturas me incomoda un poco. Pero diez años después no dejan de tener su gracia las noches de verano, cuando no hay que madrugar y puedes escribir con las ventanas abiertas, comer guarradas a media noche e ir conociendo poco a poco a algún chico guapo de ojos verdes al que encontrarte después en la realidad y en los sueños.

sábado, 13 de agosto de 2011

29. Psicóloga

Hoy me he puesto a pensar en por qué me hice psicóloga. Mi madre dice que para ser feliz tienes que acertar con el trabajo y con la pareja, y aunque creo que es mucho exigirse a uno en cuestión de precisión vital, sí que es verdad que equivocarse en cualquiera de las dos áreas acarrea mucho sufrimiento. A mí me gusta mi curro, así que al menos no vivo en la angustia vital de estar vendiendo mi tiempo al mejor postor sin sacar nada a cambio. Es una suerte muy grande y no está de más recordármelo de vez en cuando para ser capaz de apreciarlo.

Una cosa que me gustaría dejar clara es que no creo que ser psicóloga sea el único trabajo que me puede hacer feliz. El trabajo de mi vida sería ser escritora full time, seguro. Creo que he nacido para eso. Pero por cuestión de prioridades en la vida y por no convertirme en una John Kennedy Toole más rubia y con menos talento, he decidido aplicar eso del primum vivere, deinde scribire, o más bien primum laborare y ganar dinero, que eso ya no sé decirlo en latín.

Pero incluso no siendo escritora ni siendo psicóloga, estoy segura de que hay muchos otros trabajos que me podrían hacer feliz y que podría desempeñar bien. Tiendo a entusiasmarme con las cosas. Casi cualquier profesión que fuera un poco creativa y que me permitiera aplicar la inteligencia podría valerme. A veces me planteo incluso que en algún momento me gustaría intentar algo completamente diferente, como vivir en el campo, trabajar en la naturaleza o ser cirujana menor para pasar los días tocando el cuerpo de la gente.

Aun así, ser psicóloga se parece bastante a mi trabajo ideal. La primera e importante razón es que me permite usar el cerebro. Cada consulta es diferente, y todos los pacientes retan tu capacidad de analizar, sintetizar, abordar, convencer y hasta manipular, en el buen sentido de la palabra. Y si eso me entusiasma ahora, que lo hago de forma intuitiva y sin tener ni puta idea, no quiero imaginarme cuando vaya controlando un poco más el asunto. También es muy creativo, sobre todo si como os he dicho no tienes ni puta idea y lo solventas inventando tareas raras y escenificando tú sola cuentecitos tipo Jorge Bucay.

Pero aunque me mola poner a prueba a mi cerebro, para mí no es la ventaja más importante de mi curro.

¿Queréis saber por qué me decidí al final a hacer psicología? Porque lo estaba pasando tan de puta pena después de haber dejado el periodismo y Barcelona que quería ayudar en lo posible a que otras personas lo pasaran un poco menos mal. Me di cuenta de que lo que más hace sufrir en esta vida es una mente mal entrenada. El infierno es uno mismo. Me atravesó una vocación tremenda por aliviar el sufrimiento ajeno, y es esa vocación extraña e inesperada la que me hace tirar adelante en los días malos.

Cuando uno vincula su felicidad a objetivos o a situaciones termina por sentirse vacío. Se alcanza una meta, luego otra, luego otra y al final uno siempre vuelve a la insatisfacción como motor y a lo bien que iría todo si solo tuviera otro trabajo, encontrara pareja o se le quitara de una puñetera vez el Acné del Averno. Yo intento vincular mi felicidad a valores que pueda poner en práctica todos los días. Creo que estoy aquí para intentar, con mi minúscula voluntad y mi corazón cansado, ser cada día un poco más consciente y un poco más compasiva. Procuro aprender de todo lo que me pasa. Mi trabajo me permite ejercitar esos valores. Y encima me pagan.

Hace algún tiempo leí que en la vida todos tenemos un proyecto exterior y uno interior. El interior es en realidad el más importante, y el exterior es el que lo soporta económicamente, logísticamente o llámalo X. Supongo que en mi caso los dos coinciden, se nutren mutuamente y se hacen más fuertes. No sé si ha sido mi acierto, la suerte o el destino, pero no está de más recordar que es así, porque si no es fácil ver la botella medio vacía y olvidar que, lo mire por donde lo mire, soy una privilegiada.

Y tengo que parar ya con el optimismo asqueroso y la felicidad desbordante, porque me vais a odiar de principio a fin y os vais a ir a leer blogs de penas, que son más entretenidos.

viernes, 12 de agosto de 2011

28'5. Todo llega

A partir de hoy al mediodía...

V
iajar
Aviones
Ciudades
Adorable Interlocutor
Campo
Ilusión
Olas
Sexo


Pero qué mal vivo, joder.

jueves, 11 de agosto de 2011

28. Dos vicios

Mi vida es últimamente tan genial que no tengo grandes problemas. Están el Acné del Averno, el Mal Articular, mi casa quemada y poco más. Sin embargo, si hay dos asuntos que me preocupan verdaderamente y que hacen de mí una persona peor, o al menos no tan sensata y racional a la par que interesante y espontánea.

La primera es el tema del chocolate. IA flipó este finde viéndome consumirlo con urgencia de yonqui. Háztelo mirar, me ha dicho hoy, que vas a heredar la Nestlé. Esta mañana me he comprado dos tabletas, dos, de chocolate ecológico marca Yoguitea, uno con jengibre y limón y el otro con canela y especias. Me han costado casi siete euros en total. ¡Siete euros en chocolate, por el amor de Dios! ¿Qué me pasa?

El tema del chocolate me supera. A veces creo que es malo para el Acné del Averno y me desintoxico durante unas dos semanas. Luego concluyo que el AA es maligno y perdurable, y que ya que parece que me perseguirá toda la vida, prefiero sobrellevarlo comiendo chocolate. Es un sabor que me alucina por lo complejo y perverso que me resulta, y supongo que la prohibición lo hace todavía más deseable. Dicen que es el sustituto del sexo. Ja. A lo sumo, el sexo es el sustituto del chocolate.

El otro problema que tengo son los esmaltes de uñas. Que antes bueno, eran un vicio permisible porque me cundían, pero desde que me di al trepar indiscriminado cada vez lo veo más absurdo. Para empezar, mis manos y antebrazos cada vez se parecen más a los de Angelina Jolie, y no hacen más que salirme venas raras. Y no sé por qué, el hecho de pintarme las uñas como que exacerba el efecto travelo. Aunque no fuera así, escalar te destroza la manicura, no lo vamos a negar, por no hablar de mis pobres pies de princesa, que firman un destino futuro de juanetes y podólogos cada vez que se introducen en los gatos.

Aun así, sigo comprando esmaltes a pares como una capulla. El tema es que hay tantos tonos. Y los matices son tan sutiles. Y me veo convenciéndome de que no puedo vivir sin este esmalte rosa, porque a ver, tengo rosa chicle, rosa fresón y rosa coral, pero justo este rosa un poco violeta y con un toque de purpurina no lo tengo, y total, ¿qué daño le hago al mundo?

Hago esta reflexión porque hoy me he gastado casi veinte euros en esmaltes y chocolate y me siento un poco culpable, lo confieso. Además, me estoy dando cuenta de que esta es la típica entrada en la que los lectores dirán algo como "¿y a mí qué cojones me importa?". Pero yo qué sé, qué queréis que os diga, cada día escribo más tarde y más espesa, mañana cojo las vacaciones y cuando una tiene que inventarse los problemas para rellenar los post es porque su vida, en general, no debe de ir ni tan mal.

miércoles, 10 de agosto de 2011

27. Palabras para Sergio

En un mes se me casa mi primo favorito y me ha pedido que lea algo en su boda. Me lo dijo hace un año y medio y estoy viendo que lo prepararé la última semana. Esta noche he soñado que ya era la boda, que Sergio me preguntaba si lo tenía todo listo y que yo fingía que sí, pero en realidad tenía que irme a un rincón a improvisar algo en un cuaderno chungo. Así que he de ponerme ya al tema. La cosa es que no sé muy bien por dónde empezar; si hablar del amor así en general, si hablar de mi primo en particular o si inventarme alguna historia alegórica y contarla poniendo voz de cuentacuentos. Estoy algo confusa.

Así que hoy voy a hablaros un rato de mi primo, para entrar en calor. Entretanto, acepto sugerencias sobre lecturas en bodas civiles, en las que no tengo mucha experiencia.

Mi primo Sergio vive en Madrid, me saca ocho años y me adora desde que nací, y yo le adoro a él supongo que desde que tengo uso de razón. ¿Por qué? Pues no lo sé, fue una especie de flechazo primil que nos tiene enamorados desde pequeños. Todos los demás primos saben que él me quiere más a mí que a ellos y que yo le quiero más a él que a ellos, y nos da exactamente igual.

La primera anécdota que os contará sobre mí es que cuando era un bebé nos bañamos juntos y me cagué en la bañera. Se la cuenta sistemáticamente a todas sus novias y a todos mis novios, no tengo claro si para avergonzarme o para mostrar lo escatológicamente unidos que estamos. Cuando era pequeña e iba a casa de mi tía siempre dormía con mi primo, sin rollos incestuosos, que conste. Él me contaba cuentos de miedo y fue el primero que insertó en mi cabeza el pánico irracional a que me enterraran viva, describiéndome historias de cadáveres que eran desenterrados años después con la tapa del ataúd llena de arañazos.

Cenábamos en la cocina y jugábamos a que éramos cavernícolas comiendo con las manos y masticando con la boca abierta. Una noche se puso a gritarme que estaba poseído y yo salí corriendo por el pasillo mientras él se descojonaba. Otro día cogió a mi muñeco favorito y se puso a girarle la cabeza como si fuera el muñeco diabólico, y después lo tuve que tirar a la basura porque me daba pesadillas. Me cantaba la canción de Freddy Kruger y se partía mientras yo me tapaba los oídos y gritaba para no escucharle. Aun así, cuando estaba con él nunca tenía miedo.

Fue un niño trasto y un adolescente imposible, pero para mí siempre encontraba tiempo, y recuerdo el olor de los abrazos que me daba con su chaqueta de cuero de rebelde de los noventa. Un día de verano se comió mis chucherías, y me enfadé tanto que a la tarde siguiente me sacó de paseo y me compró un helado de limón y todas las chucherías que quise, y nos fuimos por ahí los dos solos a tomar respectivamente cervezas y cocacolas mientras él se liaba cigarros y yo me sentía super adulta.

Fueron pasando los años, y en lugar de llevarme a comer chuches empezó a llevarme de bares. Recuerdo una vez que vino de visita a Málaga con unos amigos y me sacó a cenar, y después me llevó a casa antes de irse de copas. Cuando le estaba diciendo adiós por la ventana me dijo que era capaz de escalar hasta mi habitación si después yo me iba de fiesta con él. Trepó los dos pisos de mi adosado y acabamos borrachísimos en el Copo, en Torre del Mar, pasando un frío increíble de costa en Febrero y fumándonos un trozo de hachís que yo había sacado de no sé dónde.

Le he visto crecer, enamorarse, desenamorarse, irse de casa, volver a casa. Es muy trabajador, guapo a reventar y no creo que le caiga mal a nadie. Es comercial de productos de limpieza, y se siente orgulloso porque dice que "de otra cosa no sabrá, pero para vender papel del culo es el mejor". Tenemos poco o muy poco en común, objetivamente, porque él no acabó el BUP y yo soy una gafapasta de pacotilla, pero nos da igual, porque podemos hablar de cualquier cosa. Tiene tatuada una pierna hasta el muslo y un brazo hasta el hombro, y siempre dice que cuando me quiera hacer un tatuaje se lo diga, que él me lo regala.

Nos seguimos yendo de fiesta juntos. Es la única persona con la que me lo paso bien todo el rato y a la que no le sé decir que en general no bebo. Acabo tajándome muchísimo y bailamos cualquier cosa, los dos solos, cantando a gritos y pegando saltos mientras todo el bar nos mira. Recuerdo una vez que salimos con una amiga suya que era una petarda. Fingimos que nos íbamos ya para que la chavala se largara, y en cuanto desapareció por la esquina enfilamos sin hablar hasta el bar más cercano y nos pasamos otras tres horas bailando sin parar. Él me enseñó que no hay que mezclar nunca y por él me dio por beber Four Roses con zumo de naranja durante años.

Es divertido, cariñoso y lindo. Me olvido de su cumpleaños sistemáticamente y no se enfada. Me llama cada pocas semanas, normalmente desde el coche, y nunca le entiendo absolutamente nada entre su acento de Madriz y lo mal que se escucha el manos libres, pero entre el gorgoteo de eses y ejques suelo captar que me quiere y me echa de menos. Es alucinantemente generoso y me sigue dando pasta cuando me ve aunque ahora yo trabaje. Nos queremos contra el tiempo y la distancia, de forma incondicional, aunque nos veamos dos veces al año cuando hay suerte.

Y ahora se me casa, y eso me hace feliz porque mi primo Sergio está hecho para el amor. Está hecho para querer porque es detallista y dulce, de los que regala flores, bombones y escapadas románticas a ciudades de interior. Es tierno y pegajoso y tiene a su novia como a una reina. Se compran camisetas a juego, siempre dice cosas bonitas de ella y le acompaña a mirar zapatos sin quejarse. No tiene miedo al compromiso ni al futuro, quiere con ganas y el corazón abierto y va a ser un marido genial y un padre estupendo. Y Esther es fantástica, es lista, guapa y estilosa, independiente y divertida, me trata muy bien (todas las novias de mi primo me han tratado bien, por la cuenta que les trae) y, sobre todo, le quiere muchísimo.

Y poco más puedo decir, salvo que en su boda me lo pienso pasar como los indios, voy a ir guapísima y a llevar unos tacones de infarto, voy a escribir el texto más bonito del mundo y le voy a hacer llorar. Me sentiré feliz de que exista, me sentiré feliz de que le pasen cosas buenas y después comeremos hasta hartarnos, beberemos whisky con naranja y bailaremos como locos hasta caernos muertos.

martes, 9 de agosto de 2011

26. Pause

Cuando estudiaba la carrera, a finales de curso, siempre había un momento en el que me daba la sensación de que todo se estaba yendo de las manos, y que si las vacaciones no llegaban pronto mi vida se iría definitivamente al traste. Se me desordenaban los apuntes, la casa acumulaba bolas de pelusa cada vez más aterradoras y el flequillo me empezaba a picar sobre los ojos.

Hoy me pregunto dónde coño está el botón de pause de la vida. Mi casa no es que esté desordenada; es que ha entrado en un estado anárquico de amontonamiento de objetos sobre superficies del que ya no sé por dónde empezar a sacarla. En el trabajo no hago nada y aun así me supera. Duermo mal, como peor, paso calor todo el rato y las siestas de verano están empezando a alargarse hasta lo indecente. Y en medio la vida sigue y se empeña en sorprenderme.

No sé si será porque quedan tres días para mis vacaciones, porque hace un levante furioso de estos que te hacen plantearte la emigración o porque llevo media hora delante del ordenador intentando sacar adelante un post que no hable ni de escalar ni de IA, pero en este justo momento siento que algo dentro de mí está diciendo basta. Quiero raparme la cabeza, prenderle fuego a la casa o agarrar un virus que me deje tres días en la cama. No quiero pensar en el acelerado e inevitable transcurrir del tiempo. No quiero sentir, al menos durante un ratito.

Pero como no hace ni una semana que me dejé una pasta en Llongueras, como no me quiero poner mala y como ya he tenido suficientes casas quemadas por este año, supongo que lo más parecido que tengo ahora mismo para darle al pause es irme a dormir. Y eso voy a hacer, lectores, incluso con esta mierda de post, aunque sólo sea para evitar que las lentillas resecas se me claven en la córnea y que este súbito hastío de vivir me empañe la alegría de estar viva.