La expresión es de IA. Día gocho. Te
vas de viaje escalador, pasas unos cuantos días seguidos trepando y,
de repente, te das cuenta de que no te quedan fuerzas. Tienes que
descansar. Así que echas un día gocho, vagueas, te bañas en una
poza, te tumbas al sol. Quizá tomes unas cervezas. Luego te vas a
dormir y al día siguiente sigues escalando.
Ser yo es jodidamente agotador. Mucho.
Porque yo soy una Persona Que Se Pasa La Vida Intentando Hacer Las
Cosas Bien. Todo bien. TODO. Hay gente que intenta hacer bien su
trabajo y descuida a la pareja, o que vuelca todo el esfuerzo en la
escalada, o que se ocupa sobre todo de sus hijos, o que es buen
lector pero está gordito porque no hace deporte. Yo intento que toda
mi vida esté bien de principio a fin: el sueño, la comida, las
relaciones, escribir, leer, aprovechar el tiempo, querer a la gente,
tomar el sol, entrenar a muerte, hacer dominadas, no olvidarme del
multivitamínico, tragar mi omega 3 de alta calidad, ahorrar,
mantener la casa limpia, ordenar la furgo, leer sobre psicología,
leer novelas, escribir más y mejor, desafiarme, viajar, tocar de vez
en cuando la guitarra, averiguar qué puedo hacer para quitarme la
alergia de forma natural, ordenar los armarios, estirar las
articulaciones, fortalecer los cuádriceps, resolver mis conflictos
emocionales, meditar, encontrar la forma de abrir a la primera la
maldita cerradura de mi casa, pintarme bien las uñas, no perder la
espontaneidad. Y así sucesivamente. Día tras día tras día.
Ayer dormí en mi furgo junto a la
playa, en un intento sólo parcialmente exitoso de no pasar calor y
huir del ruido que hacía un concierto en la plaza cercana a mi casa.
Esta mañana me he despertando escuchando al mismo tiempo las olas y
el camión de la limpieza. He recogido los trastos delante de un
barrendero sorprendido y me he ido a casa.
El resto del día ha sido un día
gocho. Al llegar a casa desayuné y me volví a dormir en el sofá.
Estoy muy cansada últimamente. No duermo bien desde hace semanas.
Luego fui a comprarme lentillas, después al supermercado a por cosas
ricas. Llevo dos años devanándome los sesos acerca de qué comer.
Primero por el tema del acné, después por intentar perder los dos o
tres kilos que pensaba que me sobraban. Hace unos días decidí que
iba a pasar por encima de mi neurosis y a comer exactamente lo que me
diera la gana en cada momento. Así que desayuno pastel y ceno
tarrinas enteras de mi último descubrimiento en materia de helado:
el helado de donetes. Es un helado genial. El heladero prepara una
bandeja y la recubre de donetes enteros, y cuando te sirve toma un
donete con la pala y lo machaca en tu tarrina. Así que comes helado
con tropezones de donetes mientras piensas que eso tiene que ser
pecado en varias religiones, seguro.
He dormido (dejadme que piense) dos
siestas más. He leído durante horas y he escrito un poco, pero sólo
hasta que me apetecía. He horneado un pastel de zanahorias. Estoy
leyendo mucho últimamente con esto de estar de vacaciones no tener
Internet en casa. Me tiro en el sofá y leo. Novelas malas y buenas,
libros de psicología, libros de autoayuda y relatos. En el Kindle y
en papel. Unos son mejores y otros peores.
Sobre la escritura, no sé. Echo de
menos el verano pasado y el Michelian Challenge. La sensación de
riesgo que tenía al escribir todos los días, cuando corría hacia
la plaza de la Catedral portátil en mano para poder pillar una wifi
antes de que dieran las doce. Echo de menos esa emoción, y también
cuando descubrí la escalada y me pasaba los días preguntándome si
volvería a probarla, como cuando esperas a que te llame un chico
guapo. Ahora mismo sigo y sigo escribiendo, no por inercia, no por
obligación, sino porque no puedo no escribir. Ya lo he dicho alguna
vez: como le leí a Paul Auster, no es que escribir me produzca un
gran placer, pero es mucho peor si no lo hago. Aunque es mentira;
escribir me produce muchas veces un gran placer. Pero otras no tanto.
Y, aun así, es mucho peor si no lo hago.
A ratos me pregunto si no será el
efecto iceberg. El efecto de todas las cosas que me callo; sé que
parece que no, pero hay cosas que no cuento. Temas que no toco o que
toco muy por encima, que deslizo de manera escondida y callada en los
márgenes de los post. A veces esos temas me queman por dentro y sé
que nadie lo sabe y que nadie lo va a saber nunca. Me encojo de
hombros, sigo adelante.
Hoy me he empeñado en no obligarme a
hacer nada (y, ahora que releo lo que acabo de escribir, a lo mejor también eso es una
obligación: sé vaga por un día, Marina, que eso también encaja en
la perfección, la salud mental, lo correcto. Uf). Me digo
con seriedad, mientras estoy tumbada en el sofá Kindle en mano, que
ya está bien. Que puedo descansar un rato de intentar ser esa
persona perfecta que quiero componer. Que puedo dejar los platos sin
fregar e incluso no escribir si no me apetece. Puedo no hacer deporte
y merendar galletas Oreo. A media tarde pongo música y bailo tipo
Bollywood. Bailo Party Rock Anthem. Bailo Shakira. Después sigo
leyendo, escribiendo, picoteando un poco del pastel de zanahoria
recién hecho.
Los días gochos también tienen su
razón de ser. Pienso, y no sé si IA lo sabe, que gos en catalán es
perro y que a lo mejor viene de ahí la expresión. Día perro. No
estoy exactamente triste. Echo de menos muchas cosas en estos días.
Es como si el revés de la moneda, es decir: todos los momentos que
ya no estoy viviendo precisamente por estar viviendo estos, cobraran
a veces más fuerza que nunca. Lo que no soy. Lo que no hago. Es como
si paseara por las telas superpuestas de mis recuerdos, y de repente
el olor del aire de verano me transporta a cuando tenía nueve años
y comía mikopetes en un chiringuito de Torre del Mar, y ya entonces
los veranos tenían esa cualidad nostálgica, efímera, como si
mientras los estaba viviendo supiera lo poco que iban a durar y lo
lejos que se quedarían enseguida en el tiempo. Echar de menos cosas
es un porcentaje muy grande de la existencia. El sentido de todo esto
se me escapa, y pensar que no tiene ningún sentido tampoco es lo más
reconfortante del mundo. En fin.
Buenas noches, pequeñines. Mañana me
marcho a escalar a Almería con el chico al que todavía no le he
encontrado un buen sobrenombre. Pero en plan amigos, que conste, que
estoy un poco cansada también del furgoneteo sentimental. Espero que
el chico al que no le he encontrado un buen sobrenombre piense lo
mismo. Lo que quiero decir es que pasaré unos días sin actualizar,
pero bueno; la blogosfera en verano es lo más parecido que existe a
esas pelis del desierto donde enormes bolas de pelusa giran sobre
desiertos caminos de tierra. Sed felices. Se os quiere. Shmuak.
