massobreloslunes

lunes, 7 de enero de 2013

La de Zuckerberg


Yo tendría que estar escribiendo una entrada mortal de conmovedora sobre dejar Cádiz, la luz blanca que baña los edificios y lo mucho que voy a llorar cuando la gente a mi alrededor no diga "pisha". En lugar de eso, estoy haciendo la de Zuckerberg, a saber: me he puesto frente al ordenador con una cafetera y medio roscón de reyes y A DIOS PONGO POR TESTIGO de que no me levantaré de aquí hasta que no tenga lista Psicosupervivencia.

Así que hoy el cafelito os lo tomáis allí ;)

domingo, 6 de enero de 2013

Por qué no tengo un iPad

Yo lo del iPad nunca lo vi claro. No se puede teclear bien, cansa la vista si quieres leer en él, no es lo que se dice súper-portátil y total, para tenerlo en casa puedes utilizar el ordenador.

Hasta que lo probé.

Hay que reconocerlo: el iPad es chulo. La forma, los colores de la pantalla, la interacción táctil-erótica. Estuve con él una mañana en casa de mi amiga María la MIR (¿Miría?) mientras ella dormía y fue amor. De inmediato, mi mente decidió que QUERÍA UN IPAD YA y me preguntaba cómo coño había hecho toda mi vida para vivir sin ella.

Miré iPads de segunda mano en internet. Miré los precios de las nuevas en la tienda Apple. Leí foros que comparaban las que sólo tienen wi-fi con las de 3G. Me pregunté si sería cómoda una vez le incorporaras un teclado. Lo mejor del asunto es que me inventé que realmente necesitaba el iPad. Porque claro, ahora me voy a Madrid y me voy a pasar el día en la calle porque tendré que currar de forma infernal, y en los ratos muertos puedo sacar mi iPad y jugar a diva de Internet con el Twitter, el Facebook y sus muertos.

Y claro, ya empieza el difunto Steve Jobs a meterse en mi mente. Porque ya que te compras un iPad, no te vas a comprar la 2. Chica, cómprate la 3, que tiene pantalla retina y una cámara de la ostia, y nosecuántos píxeles más por centímetro cuadrado que el ojo humano no puede distinguir, y un procesador de veintemil núcleos rápido como gacela. Y ya que te vas a gastar ese pastizal, pues te gastas un poco más y te la compras con 3G, porque vale que ahora no quieras meterle una tarjeta, pero ¿y más adelante? ¿para qué quieres un iPad si no puedes estar conectada EN TODAS PARTES? Y bueno, por supuesto, habrá que comprarse una funda, un protector de pantalla y un teclado.

¿Estás loca, Marina? ¿En serio?

Tengo un portátil, un smartphone muy bueno y un Kindle. Tengo una cámara réflex y una compacta. Tengo libros de papel, libretas y bolígrafos. ¿¿Para qué cojones quiero un iPad?? ¿¿En serio quiero estar conectada en todas partes a ese bicho?? ¿¿Es serio me estoy planteando gastarme setecientos pavos en eso??

El dinero quieto no es nada. El dinero en la cuenta no existe; sólo cobra sentido cuando lo gastamos. No es más que la forma que tiene el mundo de devolvernos el valor que aportamos. Si yo he aportado valor con mi trabajo y mi tiempo, el mundo me da vales que me permiten recuperar ese valor, haciendo uso del trabajo y el tiempo de otros mediante la adquisición de bienes y servicios.

Por esto, hay que tener mucho cuidado cuando se gasta el dinero. Porque si estamos vendiendo nuestro tiempo para después vender todavía más tiempo en forma de adicción incontrolable a la conectividad y a las pantallitas, algo no va del todo bien. Porque realmente no quiero tener un estilo de vida que me exija estar conectada en todas partes. Yo quiero que mi dinero me regale más tiempo, que sea una inversión en solucionar problemas y en disfrutar de la vida que elijo llevar. Quiero que el dinero compre mis sueños, no los que otro me está fabricando.

Todo esto, queridos lectores, para contaros que al final cogí el dinero que me iba a gastar en el iPad y me compré un billete de avión a Denver para visitar a Pablo y a Jenna, la encantadora pareja que me acogió en Oviedo durante el SSHP.

Así que en mayo, por fin, viajaré a EEUU y escalaré en Boulder, Colorado.



Flipa.

A dormir, lectores. Y que os traigan muchas cosas los reyes. Si es lo que queréis, incluso un iPad estará bien.

jueves, 3 de enero de 2013

Un buen día

Llevo unos días escuchando "Un buen día", la canción de los Planetas. Me gusta. La letra, la estructura sin estribillo, la forma en que vuelve a esos momentos de tristeza que se cuelan entre los días mejor pensados.

J. siempre decía que la última parte, la de las rayas que se mete el pavo con su colega, estropeaban el resto de la canción. Yo creo que sólo estropean el final. Porque el tipo dice "y no he podido dormir, como siempre me pasa", y en lugar de pensar uno que es porque muere de desamor, no te queda más remedio que decirle: claro que no has podido dormir, inútil, si vas super drogado; ahora te aguantas y comes techo.

Lo que quiero decir es que hay días, como hoy, que son buenos, y en los que una hace todo lo que se supone que tiene que hacer: trabaja duro, se ríe bastante, lee, queda con un colega couchsurfero que pasaba por la ciudad, escala en el roco y se sienta aquí a escribir, pensando que va a ser la ostia, que todo eso que está haciendo y sintiendo y pensando se va a escurrir hasta sus dedos y se plasmará en forma de belleza inefable. Pero no es así.

Me siento rara hoy. A veces es muy extraño estar poniendo tanto esfuerzo en algo sin saber si va a llegar a alguna parte. No me refiero a Psicosupervivencia, que al fin y al cabo es un proyecto que está todavía en pañales, sino a escribir en general. ¿Sabéis que llevo ya 941 entradas publicadas? En dos o tres meses llegamos a las mil, chavales. Mil entradas. Suponiendo un promedio de una hora por entrada, son mil horas aquí sentada como una capulla, teclea que te teclea. Hay días en que escribir te salva y lo ves clarísimo, y otros en los que, como hoy, escribes porque crees que el hábito debe ser más fuerte que el desánimo, pero tampoco firmarías ningún papel jurando que así es como hay que hacer las cosas.

Sin más, me despido. No os equivoquéis; estoy contenta. Sólo un poco desconcertada.

Sed felices.

miércoles, 2 de enero de 2013

Los libros que no te vas a leer nunca

Mi definición de mi estado económico ideal es: "te puedes comprar libros sin mirar el precio". Un par de veces al año, normalmente coincidiendo con las pagas extra o con el aguinaldo, llego a ese estado económico y hago pedidos enfermizos a Agapea. Ahora estamos en esa época, así que esta tarde he sorteado el atasco de gente-absurda-que-se-cree-que-comprar-en-rebajas-es-ahorrar-cuando-ahorrar-es-no-comprar-y-punto, y me he incrustado en el Bahía Sur a recoger unos libros.

Había cola en la tienda y todo el mundo andaba envolviendo para regalo. Espero que los libros no se conviertan en uno de esos objetos que sólo se adquieren para regalar, como las velas aromáticas o los pijamas. Yo echaba un ojo a la sección de libros infantiles, un poco cabreada por el cartel de "No tocar". Vale que los cuentos de ahora son obras de arte. El otro día, de hecho, me quedé fascinada por Ondina, de Benjamin Lacombe. Pero de ahí a que no los puedas tocar para mirarlos, hay un paso.

 Lacombe de mi vida: amo los lagrimales de tus personajes

El otro día, en Málaga, hablaba con mi padre del libro electrónico. Le hice un resumen de sus ventajas, que para mi padre son omitibles porque él no lee inglés, ni viaja, ni lee artículos científicos, ni novelas de Marian Keyes. Además, el factor pijama, es decir: poder comprar libros en pijama desde tu casa, para mi padre es un contra más que un pro. A mí me gusta ir a la librería, Marina, me explica. Voy allí, echo el rato, miro todos los libros que hay a mi alrededor. Me gusta que estén allí. Incluso los que no voy a leer nunca.

Esta tarde estoy de pie frente al mostrador cuando veo expuestos en la estantería superior dos libros, uno al lado del otro. El primero es el de las cartas de Benedicto XVI y el escándalo de la Iglesia Católica. Como si hicieran falta escándalos para desacreditar a la Iglesia, ese desafío colectivo a la lógica más evidente. Al lado hay un libro escrito por el propio Papa sobre la infancia de Jesús. Enseguida me pregunto de qué irá. ¿De dónde ha sacado la información? ¿Ha descubierto otro evangelio? ¿Se la ha inventado? Se supone que la infancia de Jesús es misteriosa; nace en el pesebre, se pierde en el templo y poco más. Me pregunto si el Papa Mazinger se habrá currado esa parte de la historia para dar un poco de coherencia argumental al hilo, porque pasar de los turrones buenrrollistas al asunto gore de la cruz es un poco brusco.

Entonces siento un tonto entusiasmo por el libro del Papa. No porque me importe un carajo la infancia de Jesús (aunque tengo curiosidad. ¿Cuál fue su primera palabra? ¿Mamá? ¿Jehová? ¿Andaba sobre la bañera? ¿Y la preadolescencia? ¿Soltaba gallos Jesucristo? ¿Le enseñó a afeitarse San José o le dijo, despechado, que se lo pidiera a su padre verdadero "ya que es tan poderoso"?). Lo que me parece guapo es que el Papa se haya sentado a escribir todo un libro sobre eso y que a la gente le importe y se lo vaya a comprar. No creo que lea nunca el libro del Papa, pero está bien saber que sus ideas, buenas o malas, científicas o imaginarias, reposan ahí entre dos cubiertas de papel, para quien quiera enterarse. El mundo lleno de libros como cerebros empaquetados.

Os dejo y me voy a empezar mi primer cerebro empaquetado de 2012: Qué es el qué, de Dave Eggers, una de las trece recomendaciones de "El guardián entre el centeno", puro talento bloguero recién descubierto. Sed felices. Leed mucho.

Año nuevo


A veces pienso que en fin de año se sale a muerte sólo para que el día uno se queden las calles vacías, y que con ese decorado de persianas bajadas y carreteras desiertas podamos creernos que empezamos una etapa verdaderamente limpia, verdaderamente nueva.

Desde que decidí que me voy a Colorado en mayo (más detalles próximamente), mi mente está en modo sacar dinero de debajo de las piedras, así que ayer no se me ocurrió otra cosa que apuntarme a la guardia de hoy. El festivo lo pagan doble y no tenía ningún problema en no ir de fiesta el 31. Así que esta mañana salí de casa a las nueve y media con la mochila, el portátil y la nariz enterrada debajo de la bufanda. Me crucé con un grupo de adolescentes borrachos de camino a la furgo. Me dolía un poco la cabeza del cava de ayer, pero estaba contenta: empezar el año madrugando me da buen rollo.

De camino al hospital iba escuchando Vetusta Morla en la furgo: Año Nuevo. Yo es que la música la contextualizo. No había visto nunca tan vacías las carreteras de la Bahía, y el cielo sobre las marismas estaba a medias azul y a medias de un gris algodonoso y empapado. Dentro de una semana ya no estaré aquí, y mientras canturreaba Vetusta y frotaba los dedos en mi ambientador de azahar y naranja pensaba que es como si me hubieran dejado a solas con Cádiz para despedirme.

La guardia transcurre tranquila. Razonablemente tranquila en escala Salud Mental, quiero decir: hemos tenido nuestros intentos de suicidio y nuestras cuatro cosas. Pero estoy con Pilar, mi psiquiatra favorita, y nos reímos de chorradas mientras remojamos en mayonesa la tortilla del comedor para hacerla comestible. "¿Os vais a olvidar de mí cuando esté en Madrid?", le pregunto, haciendo morritos, mientras me termino el arroz con leche. "Qué va, mujer. Nos vas a dar envidia".

A mí ocho meses se me hacen largos, eternos, mientras pienso en todas las cosas que van a pasar aquí sin que yo no esté. No creo que vaya a cambiar nada fundamental. El menú de los sábados en el hospital seguirá siendo chuletas con fideuá. En el roco se seguirá entrenando con Fuel Fandango o con el ska horrible del Mallorquín. Llegarán los carnavales y pasarán; llegará la semana santa y pasará; llegará la primavera y la gente empezará a conquistar las playas a golpe de silla caletera, y después el verano con su mezcla entre invasión y éxodo. Y a todo esto yo fuera, sin poder asistir un año más a todos esos pequeños grandes eventos desde mi primera fila de gaditana conversa.

Un año más. Un año menos que dolerse de esta herida y de esta luz, dice Vetusta, y eso pienso mientras conduzco. Esta herida y esta luz. Así me siento esta mañana del 1 de enero de 2013, en mi vigésimo octavo año de viaje sobre este bonito planeta. Con una herida cada vez más honda y, al mismo tiempo, una luz cada vez más intensa.

Iba a escribir la versión de este año de los doce momentos, pero ayer se me echó el tiempo encima y hoy ya como que no pega. Algo dentro de mí se rebela. A lo mejor es una tontería, como dice Centinel, celebrar algo tan irremediable como que el planeta dé otra vuelta alrededor del sol. Pero, sea como sea, una parte de mí ha pasado página y no quiere mirar atrás. Está ocupada explorando las carreteras vacías y limpias del año nuevo. Y, sobre todo, está demasiado entusiasmada ante el futuro como para andar dando vueltas a lo que no va a regresar nunca.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Ser el nunca

Acabo de releer uno de los últimos capítulos de "Pájaro a Pájaro", el libro sobre escritura de Anne Lamott. Se titula "Escribir es un regalo".

Siguen quedando cosas que decir para pintar retratos de gente a la que hemos querido - dice Anne -, para tratar de expresar aquellos momentos que nos parecen tan inexpresablemente hermosos, aquellos que nos cambian y nos hacen más profundos. 

Después sigue hablando de cómo escribió dos de sus libros para su padres y su mejor amiga, que murieron de cáncer.

¿Te lo puedes imaginar? Escribí para una audiencia de dos a quienes quería y respetaba, que me querían y me respetaban. Así que escribí para ellos con todo el cuidado y el cariño que pude, que es, claro está, como me gustaría escribir siempre.

Ayer pasé parte del día mandando mails a la gente que ha hecho de mi 2012 algo especial. Entre ellos estaba Joaco, el asturiano extremadamente avionil que me robó un poco el corazón este verano. Le mandé un mensaje bonito, pero contenido. Puedo ser mucho más cursi que eso. Le dije que me gusta lo mucho que ama su trabajo y cómo les enseña a correr a los chicos de los pueblos. Le agradecí el termo de café que me preparó el primer día y el viaje a la manifa de Oviedo escuchando Mr. Brightside.




Me contestó anoche con su entusiasmo proverbial. "Qué pasada - decía -. Nunca me habían escrito algo así. Emocionásteme y tou".

Me gustó y, al mismo tiempo, me dio como ternurilla. Pensé que todo el mundo se merece escritos entusiastas. Hay algo afortunado en ser capaz (más o menos) de ponerle palabras a las cosas. Ayer tomaba chocolate caliente con José Luis en el Woodstock, frente a la playa de la Victoria, y hablábamos de escribir. "Cuando estoy contigo siento cosas - decía él - y después voy a tu blog, las leo y es como si me diera cuenta de que eso es lo que habría querido decir. Que ahí están esos sentimientos".

Al leer el mail de Joaco también pienso que no sé si es un propósito o una vocación, pero está bien poder ser el nunca de alguien. El "nunca me habían escrito algo así", o "nunca había conocido a nadie como tú", o "nunca nadie me había hecho un regalo tan bonito". Es complicado, porque no hay nada nuevo bajo el sol, pero está bien cuando sucede. Es un buen objetivo por el que esforzarse.

También me ha contestado Pablo, el chaval con el que trepé en Oviedo y que era un encanto. Se muda con su mujer a Boulder, Colorado, y se ofrece como contacto de escalada. Yo he mirado mi nómina, lo que me queda de aguinaldo después de volverme loca en las tiendas online de montaña y la página de viajar.com, y como la cosa me medio cuadre, igual me voy a los EEUU en mayo. Ir a EEUU es un sueño supergigante que tengo desde hace tiempo. Hasta me he comprado esta tarde la guía de los parques naturales del Oeste en el Corte Inglés, como quien planta semillitas a escondidas a ver lo que sale.

En momentos como éste me siento como la protagonista de un relato de Robert Fulghum, el de "Todo lo que necesito saber lo aprendí en el parvulario". Habla de una chica que se pasó horas llorando en un aeropuerto porque había perdido su billete de avión, hasta que descubría que estaba sentada sobre él. Pienso en los días en que creo que la vida me supera o me siento sola, y luego descubro que llevo todo el rato sentada encima de mi billete. Hay tanta gente en este planeta, tanta, que si uno lo piensa bien, sentirse solo es imposible.

Escribidle mañana algo bonito a alguien que haya hecho de vuestro año un año mejor. Regalad palabras amables. Quizá recibáis una respuesta que os sorprenda. Las palabras son buenos regalos: le gustan a todo el mundo, no hay que acertar con la talla y son gratis. Que, tal y como está la cosa, no es moco de pavo.

De mi abuela a la Keyes, y viceversa



Hace un par de días, mientras estaba en Málaga, mi madre me dio un cuaderno de recetas que había pertenecido a mi abuela paterna. Lo encontró ordenando la casa después del incendio y quería que se lo llevara a mí tía la de Madrid. El cuaderno empieza en 1949, y parece ser que mi abuela empezó a escribirlo poco antes de casarse. Esas recetas eran su dote: lo que iba a aportarle al hombre al que amaba, su capacidad de cuidarle en la alegría y en las penas hasta que la muerte los separó.

Abro el cuaderno por la primera página. "Libro de recetas de cocina y repostería", se titula. "Este cuaderno pertenece a Marina Rodríguez Jiménez", añade después con su bonita caligrafía inglesa. Las recetas están numeradas hasta la última, la 83: lentejas guisadas. La leo con atención. Es una hermosa receta detallada. La cocina cariñosa se contiene en los detalles, y las lentejas de mi abuela los tienen a montones. "Limpiar las lentejas con cuidado, porque siempre traen chinos y trocitos de tierra", "remojar las lentejas y apartar las que suban a la superficie", "batir las patatas cocidas y añadirlas al caldo".

Un rato después, cuando salgo a la calle para ir al supermercado, voy pensando en el nombre de mi abuela muerta escrito en la primera página del cuaderno. Los nombres de los muertos significan tan poco. De repente se convierten en el traje vacío de alguien que se ha marchado. Al final nos morimos, pienso frente al sol insultante de la calle Real. Qué absurdo es todo. Qué absurdo querer vivir bien, tener penas de amor y preocuparse de cómo hacer unas buenas lentejas. Frente a mí, la gente pasea contenta en esta mañana de sábado; los altavoces atruenan con villancicos y las mesas de las terrazas están llenas.

Entro en la librería de la calle Rosario. Después del aguinaldo estoy súbitamente bien de dinero, así que me estoy autorregalando cosas. Ayer encargué un buen chaquetón de plumas y unos pies de gato buenísimos que van a escalar mejor que yo. Hoy me he dado el gusto y me he comprado el libro de repostería de Marian Keyes. Porque sí. Porque me encanta Marian Keyes, me encantan los dulces y quiero aprender a hacer galletas en forma de zapato.  El libro es fabulosamente rosa, con unas fotos espléndidas y la autora en la portada, con un delantal y su carita mofletuda de irlandesa sanota, rellenando cupcakes con una manga pastelera.

Aún no he mirado bien el libro, porque le pedí a la dependienta que me lo envolviera para disimular el oprobio y ahora me da pena abrirlo. Sí sé que MK habla de la depresión que le entró hace tres años y de cómo hornear repostería le está ayudando a salir de ella. Hay algo tan cariñoso en cocinar para otros. Miro el cuadernito de mi abuela al lado del mamotreto hortera de la Keyes. Mi abuela murió de cáncer cuando yo tenía un año. Me pregunto si en 1949 se pudo imaginar que su nieta, la que lleva su nombre, andaría comprándose vergonzosas obras anglosajonas para aprender a hacer tarta de queso invertida, y si se reconocería en este linaje de cocineras anónimas.

Y pienso que sí, que se reconocería. Porque mi abuela y yo sabemos y queremos cuidar.

Ahora sólo espero que 2013 sea un año lleno de gente para la que poder cocinar tartas y (si por fin aprendo) los famosos cupcakes de los que todo el mundo habla.