massobreloslunes

martes, 19 de marzo de 2013

Seca II

Estoy pasando una época mala. Creo que más o menos os habéis dado cuenta. No sé si es el curro, el frío o cierta soledad persistente. Me vienen a la mente a menudo las palabras de El caballero de las espuelas de oro. No me dejes sola con esta soledad y con este frío. El caso es que me levanto como si llevara una losa a cuestas. La última vez que me sentí así de mal fue hace ya casi dos años, poco antes de terminar el primer año de la residencia. Me despertaba y preparaba el desayuno pensando en autolesionarme para poder darme de baja. No lo pensaba en serio, creo, pero se me pasaba por la cabeza. Hay un problema con esta profesión. Cuando estás bien, es estupenda; cuando estás mal, la idea de sentarte delante de alguien que también está mal se te hace enorme.

Hoy he visto a una paciente con un proceso de duelo. Hemos hecho un ejercicio de respiración y me ha contado que ha visualizado su corazón. "Le falta un trozo - me explicaba -, como si tuviera un agujero en la carne, en el músculo. He pensado que tenía que llenar ese trozo con algo. Que yo no quiero estar así". Yo me sentaba frente a ella sintiéndome como la Soledad de San Pablo: arrodillada y con las palmas abiertas. Sin nada que añadir a eso.

Me encuentro muy cansada. Quizá escriba menos de la cuenta aquí en estos días. Necesito recuperar algún tipo de equilibrio y recordar lo que mantuve en mente la última vez que me sentí así de mal: que hay que aguantar el tirón, porque nunca se sabe cuándo las cosas pueden empezar a mejorar. Fue cierto entonces. Esperemos que lo sea ahora.

domingo, 17 de marzo de 2013

Dos yos

Disociación.

Es una palabra que se repite últimamente mucho en mi curro. Disociación.

Tiene que ver con distanciarse. Con ser de una forma distinta en uno y en otro lugar. Nos comenta la tutora de rotación que debemos estar atentos para detectarlo en los pacientes. Que no hace falta parecer ida para estar disociada; que quizá tenga que ver con un ligero cambio de voz, o con un desacompasamiento entre el gesto y la palabra.

Yo me siento disociada. No sé explicarlo muy bien, pero hay distancia entre algunas partes de mí. Recuerdo un fragmento de un libro de Natalie Goldberg. Algo como estar sentado escribiendo, con una expresión ciertamente anodina en la cara, pero ser salvaje por dentro. Yo soy salvaje por dentro, y últimamente siento como si algo dentro de mí se estuviera muriendo, marchitando. Me siento seca. Y creo que tiene que ver con esa distancia. Esa disociación. Con una especie de fuego que arde dentro de mí y que tengo que apagar para que no lo vea el mundo. Con la buena cara que terminas por exhibir en tantos lugares. En el trabajo. Con los amigos. Con la familia.

Integración.

Esa es la carta que me salió el otro día en el tarot de Osho. Sí, lo confieso: a veces Cris y yo nos echamos las cartas frente a un vaso de café o de vino, y les preguntamos qué opinan acerca de la vida en general o de algún tío en particular. Las cartas de Osho me dicen que me integre. Que encuentre la forma de unir esas dos partes de mí. Yo me pregunto cómo hacerlo, porque siento que es cierto. Independientemente de las cartas y de la casualidad que encierra su mensaje: hay algo que necesito integrar. Tiene que haber una forma de que no me sienta tan separada de mí, de que no sienta que hay partes enteras de mí que tengo que dejar a un lado para llevar una vida comprensible.

No me estoy explicando nada, y lo sé, pero para mí esto tiene muchísimo sentido. De verdad.

jueves, 14 de marzo de 2013

El pensamiento más raro del día

Esta mañana hemos hecho un taller de mindfulness con los pacientes. Se trata de reunirlos a todos en una sala de grupos y enseñarles mini-meditaciones y estiramientos tipo yoga. Es agradable. Hoy pensaba mucho en el contacto con los pacientes y en la extraña forma en que enriquecen mi vida. Me dan la oportunidad de estar y de escuchar de otra manera. Te entrenan en absorber por completo tu atención en el otro, en dejar tu ego a un lado y enterarte de verdad de lo que te están contando. Además, son auténticos. Es curioso, porque yo tenía mis prejuicios respecto al tipo de relación que se puede establecer entre un paciente y su terapeuta. Pensaba que no podía ser otra cosa que un vínculo forzado. Pero no es así; quizá sea porque me encariño con un apio, pero yo a mis pacientes les quiero, y les agradezco de una forma que nunca podrán imaginarse que se muestren frente a mí tal y como son.

El caso es que estaba ahí sentada, intentando encontrar un mínimo de paz en medio de un lugar que es la guerra, y entonces he girado un momento la cabeza para ver quién estaba a mi lado. Era una señora mayor, de unos setenta y muchos u ochenta años. Su piel era bonita, de esa forma en que sólo puede serlo una piel que ha cambiado tanto que ya no se compara consigo misma, y que ha adquirido una textura de arrugas y manchas totalmente nueva. Le brillaba el pelo ralo y blanco a la luz que entraba por las persianas entrecerradas.

Entonces he pensado: "cómo va a molar ser vieja". Y me he quedado sorprendidísima por ese pensamiento, porque yo no quiero ser vieja ni tampoco quiero morirme. No quiero estar funcionalmente limitada ni pensar que me queda poco tiempo en este mundo precioso. Y, aun así, en ese momento concreto, no sé si por el taller de mindfulness o por mi loco cerebro ciclotímico, he tenido ese pensamiento con mucha claridad. A menudo pienso en lo que queda por venir en los próximos años y me alegro, porque pienso que va a ser bueno. Pero esta mañana me ha entrado mucha intriga por imaginar cómo voy a ser cuando sea anciana, y cómo me sentiré cuando me mire al espejo y observe mis mejillas arrugadas y mi pelo blanco. Qué clase de mirada tendrán mis ojos. Me gustaría ser una anciana hipersabia y amorosa, tener el cerebro a pleno rendimiento y vivir en una casa muy bonita con muebles de colores. Haber encontrado el amor el amor y envejecido como los viejecitos de "Up", sin hijos pero felices y con quizá un par de gatos, y que él se muera antes que yo, porque será así de galante, y echarle mucho de menos y hacer galletas para los nietos de otra gente.

Después se me ha pasado, lógico, porque insisto en que no quiero ser vieja; de hecho, quiero ponerme súper fuerte y escalar muy locamente. Pero me ha gustado esa sensación. Esa curiosidad. Me contó Anxo hace algún tiempo que, al parecer, cuando le preguntaron a Erickson qué iba a hacer cuando cumplió 90 años, dijo que intentaría descubrir qué cosas bonitas podía ofrecer la vida a esa edad. Ojalá yo también llegue a los 90, y ojalá pueda ser de esa manera.

Y eso. Que si total, ya escribo como las viejas a veces; al menos, cuando sea anciana no quedará tan raro.

Verdad. Ficción.

Me dice el señor M. que escribo poca ficción, aunque a mi favor diré que hay ya 76 posts con la etiqueta "relatos", así que ni tan mal.  Yo antes pensaba que no escribía ficción porque no tenía la imaginación suficiente. Últimamente, como tengo delirios de omnipotencia, estoy convencida de que podría escribir toda la ficción que quisiera si. Si tuviera más tiempo. Más energía. Más ganas.

La ficción es una florecilla delicada que crece en condiciones propicias. Es complicada. Si quiero escribir ficción, tengo que poner mi cerebro en ese modo. El pensamiento analítico, que es uno de mis mejores colegas, deja de servirme, y he de colocar la mente en el modo de las asociaciones laxas. Entonces me vuelvo inútil para todo lo demás y camino con torpeza a través de mi trabajo y de la vida cotidiana, así que no puedo pasarme con la ficción. Por otra parte, hoy he aprendido en un libro sobre hábitos que mientras más tiempo pasa uno pensando en un problema, más creativas son las soluciones que encuentra. Es complicado ser creativo en los cinco minutos que tengo a diario para reflexionar sobre qué escribir aquí.

Hoy casi me lo salto. El post, quiero decir. Porque para escribir porquería autocompasiva, o hablar de lo cansada que estoy, o de esta sensación que tengo últimamente de estar quedándome vacía a fuerza de intentar dar y, aun así, no ser capaz de hacer otra cosa... bueno, todo eso no sirve para nada. Aun así, escribo. Por daros de leer, como decía siempre J. Reflexiono sobre la ficción y pienso que es otro escalón, otro estamento de la creación literaria. Esta tarde he ido con Guille a la FNAC a mirar libros. Era para vernos, caminando Lavapiés arriba, yo llorando contra su hombro de pura angustia existencial después de un día de curro asqueroso, él consolándome suavito. En la FNAC los libros de no ficción y de ficción están separados en plantas distintas. Ya hablé una vez acerca de los libros que no vas a leer nunca, y de cómo aun así te hacen bien, reposando sobre las estanterías. Me hace bien la no ficción, ese saber colectivo que espera a que tengas el tiempo suficiente para dedicárselo. Pero la ficción, es decir: las novelas, los relatos, todas esas historias colocadas una junto a otra, todo el fruto de las horas de trabajo de una gente que se dedica a inventarse lo que no existe como si importara... eso me convence de que hay un Dios. Entendiendo a Dios como un ente espiritual indefinido, o un propósito colectivo universal, o algún otro tipo de destilado de belleza.

He comprado "El regreso", lo último de Schlink. Queremos mucho a Schlink en este blog, ¿verdad, chavales? Saltaba escaleras abajo con el libro en la mano, mientras Guille decía: "a los niños, caramelos; a las adolescentes, un novio; a Marina, un libro". "Pero no cualquier libro - decía yo -. No cualquier libro".

A vees te salvan las palabras que no existen. A veces, las que existen.

En una estantería he encontrado un libro de minicuentos que me ha llamado la atención y de cuyo nombre no puedo acordarme. Sí recuerdo, sin embargo, el relato que más me ha gustado de los que he leído.

"Quiero echarte de menos. Quiero darme la vuelta y encontrarte".

No recuerdo el título. Pero es eso. Es exactamente eso.

martes, 12 de marzo de 2013

Las palabras que no existen




Que me gusta mucho Vetusta Morla es un hecho, y que me gusta mucho Rey Sol es otro. Casi diría que es mi canción favorita de ellos. Es extrema e intensa. Sobre todo, es una canción que varía, que muta. Dice Nick Hornby en 31 canciones que dejamos de escuchar las canciones cuando las resolvemos; en ese sentido, y aunque probablemente la haya escuchado varias decenas de veces, yo todavía no he resuelto Rey Sol. Cada vez que la escucho, me parece que habla de una cosa. Cuando conocí a IA, me parecía que hablaba de amor. Cuando estuve de huelga, pensaba que hablaba de revolución. Otras veces la escucho y no pienso en nada: sólo pronuncio las palabras despacio y saboreo su gusto metálico.

Hoy subía caminando desde el roco y estaba un poco triste. No sé por qué. Decir que estaba triste porque hemos estado probando bloques y sólo he completado dos es un poco friki. Es más profundo que eso. Llevo un mes parada y dos y pico sin tocar la roca. Me duelen bastante las rodillas, y eso me preocupa. Me jode el hecho de no llevar una vida que me deje escalar todo lo que querría y todo lo bien que querría, lo cual es francamente absurdo, porque tengo más años que un gnomo, y cero predisposición genética, y nada ni nadie en el mundo da un duro por que yo escale. Y además tengo un trabajo, y me gusta un montón, y que no me deje tiempo para escalar más es un mal absolutamente menor. Por no hablar de que me hice un esguince hace un mes, y demasiado que hoy he sido capaz de caer desde el techo en los colchones sin hacerme daño. Pero no sé. Estaba triste, como si caminara despacio con mis sueños recortados.

Esta mañana he ido a ver a un paciente al hospital de día de oncología, mientras esperaba a que le pusieran la quimio. Trabajar en onco es una puta mierda por muchas cosas, pero una de las peores es el hecho de que no puedes hablar de ello, ni escribir sobre ello, sin que todo el mundo ponga mucha cara de gravedad y, al mismo tiempo, de "qué mal rollo, yo no quiero hablar de la muerte". Cuesta un montón acostumbrarse a hablar de la muerte a diario, y sé que no puedo pretender que mis interlocutores lo consigan en un segundo. Luego escribes sobre ello y es más de lo mismo, en el sentido de que te parece que estás utilizando el sufrimiento como material, o queriendo generar algún tipo de compasión primaria en tus lectores, y tampoco es así. Escribo sobre onco porque es lo que me pasa ahora.

El caso es que me he sentado entre mi paciente y su mujer en las sillas de la sala de espera. Hemos hablado un buen rato. Hablar ha sido duro, pero además estaba esa sensación de sentarse en la sala de espera de oncología, esperando a que llamaran a los enfermos para darles la quimioterapia, escuchando el goteo de nombres por el altavoz. Nombres de gente a la que, no tengo muy claro por qué, les ha tocado un número muy malo en la lotería de la vida. Y era horrible, de verdad. Estar ahí sentada entre mi paciente y su mujer, escucharles a ellos y después oír los nombres por el altavoz, era horrible. Al terminar, caminaba a través de la plaza que hay entre los edificios del hospital, notando el viento frío por debajo de mi bata y pidiéndole a alguien invisible: por favor, límpiame esto, quítame esto.

Así que hace un rato subía la calle hacia la plaza de Lavapiés y, ya os digo, estaba triste. He llegado a casa, he cenado algo y pensaba en Rey Sol. Pensaba en el estribillo. "Las palabras que no existen nos pueden salvar". Podría hablar de amor. Cuántas veces dos personas se salvan por las palabras que no existen o, al menos, por el intento de ponerle palabras a las cosas que no existen. Podría hablar de lucha, seguro, porque hay que inventar palabras para construir algo nuevo. Esta noche, para mí, hablaba de escribir. Eso pensaba mientras ponía a cocer unos huevos para el almuerzo de mañana. Pensaba: hoy quiero escribir, pero sólo me podrían salvar las palabras que no existen, porque hoy quiero escribir algo que está más allá de lo poco que mis dedos torpes pueden expresar, y precisamente esa naturaleza inefable de lo que quiero escribir hace que sea imposible hacerlo.

Aun así, aquí estoy: intentándolo. Porque decía una amiga de Golfo que hay que traducir lo intraducible, y yo pienso que hay que escribir lo inescribible. Hay que encontrar palabras para todo lo que pasa en este mundo nuestro. Hay que buscar con todo el ardor que se pueda esas palabras que no existen, desenterrarlas y colocarlas una detrás de otra con el máximo valor del que seamos capaces. Y quizá entonces podamos salvarnos de algo, aunque todavía no tengo muy claro de qué. O quizá no. Quizá no sirva absolutamente para nada.

lunes, 11 de marzo de 2013

Pedro y la fe

Pedro es un chico que vende clínex y mecheros por las mañanas a la entrada del metro de Lavapiés. Todos los días saluda a cada persona con un "buenos días" que pronuncia algo así como "Bosdías". Está haciendo un tiempo asqueroso en Madrid y, aun así, día tras día, aunque nieve o haga frío, él sigue incansable en la entrada del metro, saludando a todo el mundo. 

Tiene una forma especial de saludar. No sé muy bien cómo describirla. Aquí hay mucha gente que pide dinero y te vende cosas, y creo que el problema está en la percepción que tenemos los espectadores de que la misma letanía ha sido repetida muchas veces. Pedro tiene la curiosa habilidad de ser capaz de decir "buenos días" a todas las personas que pasan y, aun así, dirigirse a cada una de ellas de una forma profundamente individual, muy personal. Es sutil. O quizá sólo lo noto yo, que soy una fantástica.

La cuestión es que me gusta mucho Pedro, porque no se rinde. Porque llevo dos meses viviendo en Madrid y me ha saludado cada mañana laborable aunque no le comprara nada. Diría incluso que me saludaba como si ya le hubiera comprado algo y esperara a que se lo pagase. Tanto es así que, de hecho, el viernes pasado me llevé un mechero para la hornilla. Me vendrá bien para las velas del quemador y es bonito: amarillo y morado, como el traje de un torero.

Me gusta Pedro, me gustan sus buenos días y su incansable educación matutina. Pensaba que podría aprender de su esfuerzo, o de ese micro-marketing que se hace a sí mismo generando una lenta pero persistente deuda de reciprocidad con nosotros. Pero escribiendo esto me he dado cuenta de que es otra cosa. Es su fe. Es su capacidad para dejar de lado el rencor y la frustración y tratarte como si supiera que vas a comportarte como debes. Y ya os digo que me resulta difícil explicarlo, pero hay algo inspirador en eso. Podría decir que Pedro cree cada mañana en la gente que pasa. Pero igual me estoy pasando; quizá sólo es educado, o quizá yo sólo estoy buscando una frase bonita para acabar el post.

Mia y Musa, Musa y Mia

Todos los días pienso que tengo pendiente hablaros de Mia y Musa, las gatas de Cris. Esta semana Cris estaba en Amsterdam, así que las tres hemos vivido en el piso de Lavapiés cual simpáticas y bien avenidas Chicas de Oro. Durmieron conmigo hasta que me di cuenta de que apenas dormía porque no quería molestarlas, así que ahora las dejo fuera y por las mañanas me miran con rencor.

Si fuera una persona, Mia sería una adolescente rebelde. En realidad, tiene nueve años gatunos, pero quizá sea por su cuerpecillo estilizado de gata de bruja que parece una jovencita. Primero piensas que es cariñosa. Después piensas que es una pesada y quieres matarla. Después te das cuenta de que no puedes matarla porque es amor puro, aunque te vacile con sus miaus insistentes cada vez que intentas regañarle.

A mí Mia me enternece porque me recuerda un poco a mí: maúlla desesperada en busca de un maromo gatuno, y ni siquiera puede escalar para compensarlo. Está en celo dos veces al mes, y cuando no lo está sigue maullando como una desquiciada y nos pone los nervios de punta. Cris dice que yo la mimo. En realidad, lo único que hago es dejar que se siente en mi regazo mientras escribo, porque no molesta y está calentita. Cuando gorjea suspirando de amor, le acaricio el lomo. "Qué le vamos a hacer, enana -  le digo con resignación -. Está la cosa muy mala".

Lo más flipante de Mia es su momento peluche. Estás en la cama y se mete a tu lado, con el cuerpo bajo el edredón y la cabeza en la almohada, como el osito al que yo me abrazaba de pequeña. Luego se pone a ronronear como el motor de un coche, y cuando te ha metido los bigotes en los ojos tres veces no tienes más remedio que sacarla de la cama.

Si fuera una humana, Musa sería la niña empollona y buena que gana el premio máximo en el concurso de ciencias. Es una gata redonda y gris que me recuerda a mi Clementina; a veces, de hecho, la llamo foquita, como a mi gatusa, o le canto la canción "Clementina" de "El diluvio que viene", un musical que representamos en el cole hace un montón de años.

Musa es mágica. Me lo dijo Cris hace unas semanas y yo no me lo creía. "La gata se tumba donde te duele", me explicó, y yo asentí y le seguí la corriente. Desde entonces, Musa se ha tumbado con increíble precisión sobre mi tripa de regla, mi tobillo lesionado, mi cabeza jaquecosa, mis psoas doloridos y, todavía, más preocupante: mi corazón arrugado, en una tarde de sábado en la que estaba particularmente triste. Yo imagino que será casualidad, pero es MUCHA casualidad. Y me gusta, porque me recuerda que hay cosas que no se terminan de comprender y que te dejan en un estado de amable estupefacción.

Por la tarde-noche, hay una hora en la que Musa se vuelve loca, se le va la olla y patina por las paredes mientras Mia le bufa, mosqueada. A ratos se pelean. Otras veces te las encuentras durmiendo con las cabezas juntas. Si pisas a Mia, lo superará; si pisas a Musa, puede que Mia te mate.

Es raro, lo de los animales. Los tocas y te preguntas qué clase de espíritu habita en ellos. Imaginas cómo será ver la vida desde detrás de sus ojos, notas cómo les late el corazón, cómo se llenan y vacían sus pulmones. No puedo decir que sea amor total lo que me inunda cuando toco a las gatas. Se parece más al desconcierto. Sin embargo, hay ciertos momentos, cuando noto la totalidad de su entrega, cuando se sientan sobre mí confiadas en que no voy a hacerles daño y, a la vez, sintiéndose merecedoras de todo lo bueno de la vida, en que vislumbro un poco el calor de su conciencia. Y en esos momentos, las cosas como son, me conmueven de una forma que me resulta difícil explicar con palabras.