massobreloslunes

sábado, 1 de diciembre de 2007

Queridos reyes magos:

Este año he sido inusualmente buena, así que, por favor, traedme:

Tiempo libre abundante, pero no excesivo.
Una piel normal. No excepcionalmente hermosa, de marfil, como en los cuentos: normal.
Buenas notas para poder elegir el prácticum que más me guste.
Relativa independencia económica (esto es difícil, pero por eso sois magos).
Ecuanimidad y compasión. Debería haber puesto esto en primer lugar.

Y ya en el plano material:

Una suscripción a "Mente y Cerebro".
Un cuchillo de cocina poderoso y una sartén que no se pegue.
Entradas para ver Jesucristo Superstar cuando la estrenen en Madrid.
Unas converse rojas talla 38.

(A ver si cuela)

Gracias de antemano.
Besitos.

Marina.

viernes, 30 de noviembre de 2007

Hoy voy a hablar de algo de lo que nunca pensé que hablaría en este blog. Pensé que no hablaría aquí porque una de las cosas buenas de los blogs es que no te ven la cara, en general, si tú no quieres, e incluso cuando la enseñas puedes hacerte una de esas fotos con la cabeza muy inclinada, o muy girada, o a contraluz, o medio desenfocada, en la que igual podrías ser Audrey Tatou que Mónica Cervera.

Eso de lo que no quería hablar es mi acné.

En mi piel hay una cepa de bacterias superpoderosas que aparece y desaparece según la temporada o el remedio que esté probando en esos momentos. Llevo así desde los doce años. Por supuesto, no llevo desde los doce años con la cara hecha una facha; la mayoría de las veces, es algo relativamente soportable y, a excepción de cuando me estaba sacando el carnet del coche y me volví como Freddy Krugger, nunca he sido una de esas de mirarla y pensar “pobrecita”.
(Todo esto para que no os asustéis).

Tener acné recurrente tiene varios problemas.

a) La gente cree que te hinchas a comer porquerías. Mientras sostienen en la mano su donut de chocolate, te dicen “A lo mejor deberías evitar las grasas”. Si a ellos, en la lotería de la genética, les ha tocado una piel limpia y suave, creen que es porque tú, a escondidas, te pones hasta el ojo de chocolate y de cucharadas de mantequilla. A ver, hombre de dios, que si todo lo que comes te saliera por la cara, sería un cachondeo vernos a todos por ahí con los poros rezumando tomate frito o salsa de soja. Que las cosas no van exactamente así.
(Vale, lo del tomate frito es un argumento estúpido, pero hay ya muchos estudios que demuestran que el acné no es, ni mucho menos, consecuencia directa de la alimentación).

b) La gente (normalmente la misma de antes) se cree que no te lavas. Puedo prometer y prometo que, excepto algunas noches de juerga descomunal o de amor pasional, me he lavado la cara con lo que estuviera usando en ese momento un mínimo de dos veces al día, y seguido escrupulosamente todos los tratamientos que dermatólogos, naturópatas o la siempre seductora publicidad me han recomendado.

c) La gente (y esto lo hace incluso gente inteligente, o que te quiere, o ambas cosas) piensa que tú en tu casa no tienes espejo o que, si lo tienes, no te miras en él. Por eso te deleitan con frases del tipo de “oye, tienes la cara peor, ¿no?” o “vaya grano que te ha salido ahí”. Gracias. Tu frase no sólo ha hecho que yo baje del limbo en el que me creo que mi piel es perfecta y mire la realidad, sino que contribuirá muchísimo a la mejora de mi estado.

d) Todo el mundo conoce un remedio que a ellos mismos, o a una amiga, o al novio de su prima, le han ido estupendamente. A lo largo de mis casi diez años de problemas de piel, lo he probado casi todo. Cuando digo casi todo, quiero decir casi todo: jabones, cremas, lociones, geles, antibióticos, anticonceptivos, antiandrógenos (pastillas que bajan el nivel de hormonas masculinas y se les recetan a los violadores, hay que joderse) y, como colofón, TRES tandas de Roacután.

[ROACUTÁN: medicamento superpoderoso, carísimo e hiperagresivo, que te tienen que autorizar en una parte especial del hospital (no vale una receta normal) y para el que te hacen firmar un papel en el que aseguras que conoces los riesgos y no te vas a quedar embarazada, si eres niña, porque es altamente teratogénico (provoca malformaciones en el feto). Algunos de sus divertidos efectos secundarios son: sequedad, sequedad, SEQUEDAD, en labios, ojos, nariz y demás mucosas, además de en el resto del cuerpo (me fui una vez de ruta tomándolo y toda parte de mi pie que rozaba la bota se puso en carne viva). Te sube el colesterol, tu hígado se hace polvo y no puedes exponerte al sol ni beber alcohol mientras dure el tratamiento. Hay quien dice que causa depresión y que el chico que estrelló la avioneta contra un edificio en EEUU hace unos años lo tomaba. Aunque, por otra parte: ¿fue el Roacután la gota que colmó el vaso de su odio a la vida? ¿O fue su simpática vecina diciéndole que a lo mejor debería comer menos chocolate?. Pensadlo.
Pros del Roacután: se te quita el acné TOTALMENTE Y PARA SIEMPRE en un 80% de los casos. Contras: yo estoy en el 20%]

También he probado la levadura de cerveza, la bardana y otras infusiones, dejar los lácteos, hervir aguacates y lavarme con el agua restante, frotarme limones por la cara, la meditación, el poder de mi mente y las mascarillas de la superpop. Así que, a no ser que conozcas un tratamiento tipo cambiarme la cara con alguien como John Travolta y Nicolas Cage en Face to face, por favor: déjame tranquila.

Estas son mis quejas sobre el acné en lo que se refiere a los demás. En cuanto a cómo lo llevo yo, pues… bueno, según temporadas. En las Épocas Aceptables pienso que no hay para tanto, me cambio el corte de pelo y me creo que nunca volverá. En las Épocas Chungas no me hago fotos; lo último que pienso al acostarme y lo primero que pienso al levantarme es cómo tendré la cara por la mañana; no voy a cortarme el pelo porque no soporto este momento cruel en el que te sacan del lavabo, con el pelo recogido en la toalla, y tienes que mirarte al espejo en todo tu esplendor… En fin, que lo llevo regular.

Últimamente, a raíz de todo el estrés académico-emocional al que he estado sometida, estaba empezando a atravesar una de esas Épocas Chungas, después de más de un año de estar bastante bien (como atestiguan un montón de idílicas fotos con J. en las que salgo estupenda. Véase).



(Ahora mismo no puedo creerme que ésa sea yo. Pero lo soy)
Nota: YA había hablado de mi gorro rosa antes. No os metáis ahora con él, que no es el tema.

El problema de empezar una Época Chunga es que, como nunca tienes muy claro qué es lo que te ha hecho bien antes y qué podría ser peor, no sabes muy bien qué hacer para volver a una Época Aceptable. Así que el sábado pasado, después de intentar sin éxito cubrirme de maquillaje hasta parecer normal, acabé hartándome de llorar y diciendo que yo así no salía a la calle. Vale que tengo veitidós años, y no quince. Pero probad a pasar la mitad de vuestra vida con una afección cutánea desfigurante y básicamente aleatoria y a ver si sois capaces de llevarlo estupendamente todos los días.

Entonces, al día siguiente, en el autobús, conocí a Reme. Para que se juntaran nuestros caminos en la senda de la vida, tuve que perder de una forma extrañísima el autobús anterior (tenía billete, me subí a tiempo, pero se había colado gente de las siete y me tuve que bajar; al final Alsina me regaló el billete para compensar) y levantarme del sitio donde me había sentado en primer lugar porque un niño estaba jugando ruidosamente a la videoconsola en el asiento de al lado. Así fue como, gracias a la fuerza del destino, aterricé al lado de, probablemente, la única persona de aquel autobús que tenía un centro de estética para tratar el acné. Hablamos del tiempo, de los autobuses, del tráfico y de la vida en general y, al final, con mucha delicadeza, Reme me dijo que, si quería, podía pasarme por su clínica y me hacían un estudio sin compromiso.

Y como es cierto que lo he probado todo, hasta los naturópatas (los homeópatas no, que no me gustan), pero que lo de los centros de estética no lo había intentado antes, y que al hermano de mi adorado ex novio se le quitó el acné en un sitio así, pues allá que fui a los dos días. Yo es que en eso de las señales del universo no creo a veces, pero aquélla me parecía una señal demasiado poderosa y demasiado rara como para no hacerle caso.

¿Cómo es mi vida ahora? Me gustaría decir que estoy estupenda, pero lo cierto es que los productos que me estoy echando para secar mi increíblemente grasa piel me han resecado el contorno de ojos y descamado algunas partes de la cara, y parezco una mezcla entre la novia de drácula y un lagarto mudando la piel. Esa foto no la pienso enseñar, que aún tengo dignidad. Pero creo que estoy mejor, y que de aquí a unas semanas lo estaré aún más. El tratamiento es infernalmente doloroso a ratos y me siento como Bukowski adolescente, o como si todo el karma de los puntos negros que he sacado a mis novios contra su voluntad estuviera volviéndose contra mí. Y a ratos me miro los ojos, un poco tristes detrás de los párpados y de la piel reseca y enrojecida, y lloro otra vez. Pero queridos: estoy segura de que, de aquí a unas semanas, podré colgar aquí una foto del después y sentarme a esperar luego junto a mi email las proposiciones de boda. Rezad por mí.

Y aquí unas cuantas frases de ánimo, para no dar penita:
1) El acné no impide tener relaciones con los hombres. Ni siquiera impide tener problemas con los hombres o con el exceso de ellos.
2) El acné no impide desarrollar aceptablemente la compasión y el amor, y me imagino que también permite iluminarse.
3) El acné intermitente enseña sobre la transitoriedad de la vida y contribuye a la mencionada iluminación.
4) El acné, al final, se acaba. Aunque sólo sea porque nuestra piel va a terminar, en todos los casos, deshecha, comida por los bichos y mezclada con la tierra.

Y como me dijo mi colega el Adri el otro día: yo no soy mi acné. Pero es parte de mí, y por eso quería hablar del tema hoy.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Estoy tan cansada.
Y todo para, al final, morirse.
Hace un tiempo me preguntaba por qué existe esa creencia generalizada de que los libros son mejores que la tele. Me planteé que a lo mejor es sólo porque leer cuesta más esfuerzo que ver la tele y, en general, el esfuerzo está sobrevalorado. Al fin y al cabo, pensé, igualmente las películas cuentan historias, y hasta las series de televisión tienen su punto. Como decía la Oruga en un post suyo que me encantó, ¿y si leer no fuera, al final, bueno? (cito de memoria, Oruga; no consigo encontrar el post).
Al volver hoy del mercadona, que es un sitio que, en general, me inspira mucho, he puesto música en la cocina y he guardado, despacito, toda la comida en su sitio. Me encantan los supermercados, y la posibilidad de ir y abastecerse de energía multiforme a cambio solamente de dinero. La cuestión es que estaba yo guardando los chocapic, que son la base de mi pirámide alimenticia, y he echado un vistazo a la contraportada a ver qué regalaban (ahora contestadme una pregunta, rápido, con sinceridad: ¿cuántas veces, de pequeños, habéis comprado una marca de cereales sólo por el regalo?. J. tiene la teoría de que ni los regalos de los huevos kinder ni los de las cajas de cerales son ya lo mismo. Le recuerdo el año pasado en mi cama, mascullando que iba a quejarse al Defensor del Consumidor, sosteniendo en la mano un ridículo llavero de plástico mientras, sobre mi bonita colcha azul, reposaba el cadáver del huevo de chocolate, abierto en dos.)
Detrás de la caja de cereales había fotos de unas brujulitas de plástico. ¡El Guíadestinos!, anunciaban. Cuatro diferentes. Póntelo en la frente (¡) mira a qué simbolito señala e interpreta sus augurios.
Joder, pensé yo, como el aletiómetro.
Entonces tuve una intuición fulminante. Le di la vuelta a la caja de cereales y ahí estaba el anuncio de la película: “La brújula dorada”, ponía, en grandes letras amarillas. Próximamente en cines. Y al lado, justo debajo del cuenco lleno de chocapic, la foto de una niña rubia montada en un oso polar.
Lyra, claro. Y Iorek Byrnison.
Lyra cruzando el hielo a espaldas del enorme oso acorazado, que se pelearía a muerte por ella con otro oso y se comería su corazón palpitante después de vencerle. Iorek Byrnison, alimentando a Lyra con riñones crudos de foca mientras cruzaban el hielo buscando a Lord Asriel.
La película de “Luces del Norte”, de Phillip Pullman. Hay libros de los que no sólo recuerdo el contenido, sino también dónde estaba yo mientras lo leía, y de “Luces del Norte” recuerdo llevarlo en el regazo mientras iba al colegio en el microbús, con once o doce años. Abro la caja de cereales y saco la diminuta, ridícula, brujulita de plástico, y me doy cuenta de que eso que tengo en mis manos es precisamente un aletiómetro.
No sé cómo va a ser la peli. A lo mejor no está mal. A lo mejor son capaces de explicar con claridad lo que es un daimonion, y que no es, en absoluto, una mascota. O la niña que hace de Lyra tiene su cualidad seria y valerosa (valiente como frente a la muerte o la soledad, no como lo son los niños en las películas, con el valor divertido de saber que todo saldrá bien). A lo mejor sale Serafina Pekkala, la reina de las brujas del lago Enara, diciendo aquello tan hermoso de que merece la pena sentir el frío polar con tal de notar cómo la luna te acaricia la piel (“pero tú ni siquiera lo intentes, Lyra, tú te morirías”).
Pero lo dudo.
Así que hoy pienso que por eso son mejores los libros que las películas.

PD: Acabo de ver en una web que Nicole Kidman será la señora Coulter, y creo que voy a suicidarme.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Frustración

Post modificado por el bien de mi karma
¿Os he contado que tengo una profesora con unas ideas ciertamente curiosas sobre la psicopatología?

"Bueno, es que en realidad todos somos un poco esquizofrénicos,es decir, que todos alucinamos un poco, ¿no? (sonrisa) Es como si yo me estoy secando el pelo y digo "Uy, ¿ha sonado el timbre?" (gesto de secarse el pelo, más sonrisa). Pues más o menos eso es lo que les pasa a los esquizofrénicos."

Pues eso.

jueves, 15 de noviembre de 2007

La canica

Este post es ñoño, y el que avisa no es traidor.

Hace ya la burrada de casi siete años, cuando terminé la ESO, nuestra profesora de ética llegó a la última clase del año con una bolsa llena de canicas. Nos íbamos del colegio al instituto, y la mayoría llevábamos allí desde preescolar (yo no, yo llegué en segundo y hasta hace poco mis amigas no han dejado de mirarme raro). La profesora de ética nos dijo que iba a repartirnos esas canicas y que les diéramos un significado que pudiéramos recordar toda la vida. Que serían un símbolo de nuestro paso por el colegio.

(La profesora de ética hizo eso porque es algo que tienen en común los profesores de ética y los de filosofía: que van de enrollados por la vida. A mí en realidad la ética nunca me gustó. De todo lo que hicimos aquel curso, sólo me acuerdo de dos cosas: de los dilemas morales, que no me molan porque no hay una respuesta correcta que yo pueda contestar, y de un collage que hice para definirme a mí misma y luego resultó ser totalmente falso y dañó enormemente mi ego)

A lo que íbamos: las canicas.

Yo miré mi canica un rato y luego hice dos de las cosas que más me gustan en el mundo: me inventé un rollo y lo dije en alto para que todo el mundo lo oyera. Dije que mi canica no era totalmente redonda, que tenía una grieta en un lado, y que eso siempre me recordaría que la vida no es perfecta y que hay que aceptarla tal y como es. Así era yo con dieciséis años: una budista en potencia.

Después me imagino que el día siguió su curso, y creo que fue en el recreo cuando la PK (para quien no lo sepa: mi amiga del alma desde que llegué al colegio con siete años y le tocó quedársela al pilla pilla, porque ése es el primer recuerdo que tengo de ella) se llevó la mano al bolsillo y se dio cuenta de que había perdido la canica. Le afectó mucho, lógicamente. Pensaría algo así como: "Dios, he perdido la canica metafísica, ahora seguro que destrozaré mi vida y acabaré pinchándome heroína y vendiendo mi cuerpo". Ese tipo de cosas son las que te hacen pensar los profesores enrollados que hacen que pongas el sentido de tu vida en un objeto tan pequeño y fácil de perder.

Entonces, sin pensármelo dos veces, yo le di mi canica.

(Paréntesis: soy TAN generosa. Debería acabar el post aquí).

Para ser sinceros, pensé que, conociéndome, la canica me iba a durar aproximadamente un día, así que mejor se la daba a la PK, que se había quedado muy triste ahora que se veía en el arroyo existencial. También pensé que cuando la vida nos separara y yo pensara en la canica, me acordaría de la PK, y que acordarme de la PK siempre sería mejor que toda la chorrada aquella de la imperfección de la vida que había soltado antes (que total, es algo de lo que me acuerdo sin necesidad de pensar en la canica ni en la ética).

Pasaron los años, y aquellas dos muchachitas se convirtieron en dos mujeres en flor, o casi (creo que tengo prácticamente el mismo aspecto, en realidad). Desde entonces, me acuerdo de vez en cuando de la canica y pienso en la PK. Me acordaba en bachillerato y la veía en mi clase, sentada a unos pupitres de distancia, dibujando caricaturas en la agenda. Me acordaba en Barcelona y me la imaginaba en Irlanda, alimentándose de arroz blanco y aprendiendo palabrotas en japonés. Me he acordado aquí, en Granada, y la he visto en mi facultad (ella estudia Filosofía, pero da las clases en mi edificio), sentada en las escaleras, tomando el sol, riéndose todo el rato. Igual que siempre me quejo de que la vida te separa a menudo de las personas a las que quieres, tengo que reconocer que la vida, en su generosidad, ha mantenido siempre a la PK a mi lado, y no ya emocionalmente, sino físicamente. Gracias, vida. Es de lo mejor que has podido darme. No sabéis lo que es levantarse una mañana de invierno, subir a estudiar a la facultad cagándote en tus muertos y ver a la PK sentada en una mesa, tomando café y fumándose un cigarro. Es como un milagro.

Cuando le di la canica a la PK, pensé que me serviría para acordarme de ella cuando ya no estuviera. Sin embargo, la canica, o la ausencia de ella, me sirve para asombrarme de vez en cuando de que la PK siga cerca de mí.

Escribo esto porque este año está de erasmus en Italia y la echo muchísimo de menos.

Pero sé que el año que viene volverá, y nos intercambiaremos notitas en la biblioteca, y haremos fiestas de disfraces, y bailaremos regetón, y nos reiremos, y seguirá haciéndome ese regalo cotidiano e increíble que es ser mi amiga, y que ni ella se imagina todo el bien que me hace.
En el prólogo de la brillante y encantadora antología "Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades", Harold Bloom dice "a medida que la inteligencia y la consciencia se desarrollan en nosotros, nos damos cuenta de que lo mejor y más antiguo de nosotros es incognoscible para los demás". Y yo me he dado cuenta de que lo mejor, más antiguo y más incognoscible de mí es el profundo placer que me produce leer según qué cosas.

Me gustaría que me contárais, si os apetece, que es lo más incognoscible de vosotros. Si os apetece.

Besitos de becaria explotada.