massobreloslunes

domingo, 31 de octubre de 2010

Actualización: piel



Hace mucho tiempo que no hablo de mi acné del averno.

Resumiendo:

Fui al centro de estética aquel. Sufrí indecibles dolores físicos, padecimiento mental y descamación cutánea. Mi acné seguía igual (o peor) y la señora decía que nunca se había enfrentado a unas glándulas sebáceas como las mías. Lo dejé tras unos meses, bastante tocada económica y emocionalmente. Aprendí que no hay que creer en las beneficiosas casualidades del destino. Las cosas van pasando porque sí, por puro azar, y a veces no llegan para tu beneficio, sino que te joden la vida y punto.

Tomé otro ciclo de Roacután de 4 meses. Era el CUARTO, y los efectos secundarios fueron peores que nunca (dolor muscular, cansancio, eczemas). Mi acné se curó. Empecé a tomar la píldora y me mantuve estable unos meses. Luego decidí dejar de tomar la píldora y tuve otro brote.

Volví a tomar la píldora y fui al homeópata, que me mandó bolitas, suplementos y dieta de la Zona. Al mismo tiempo, fui al dermatólogo, que me mandó antiandrógenos. Mi acné empezó a mejorar, pero dado que dejé la homeopatía a las dos semanas porque en realidad me parece una patraña sin sentido, creo que fueron los antiandrógenos. De la dieta de la Zona pasé mil, porque estaba con el PIR y no tenía fuerza de
voluntad como para eso.

He estado bien aproximadamente un año (¡viva y bravo!). Entonces empecé a retener líquidos por culpa de la píldora con sus consiguientes desagradables efectos secundarios (celulitis, piernas cansadas, arañas vasculares y ganancia de peso). Fui al dermatólogo para preguntar si había conexión entre mi acné y mis hormonas. Me dijo que tenía que ir al ginecólogo. Fui al ginecólogo para preguntarle lo mismo. Me dijo que tenía que ir al dermatólogo.

En estos momentos de mi existencia, he dejado la píldora (y perdido tres o cuatro kilos) y estoy atacando la vía dietética. Llevo mucho tiempo en manos de médicos y han resultado ser, con todos mis respetos, unos completos inútiles. Así que me he puesto en serio con el tema de la alimentación y he dejado de comer, de momento:
- Lácteos.
- Cereales. Sí, también los integrales.
- Legumbres.
- Azúcar y derivados.
- Grasas vegetales refinadas.
- Comidas procesadas en general.
- Alcohol.
- Café, té, chocolate.

¿Qué como? Pues carne, pescado, verduras, frutas, marisco y huevo. Lo que se conoce últimamente en los círculos de nutrición friki como paleodieta (ponedlo en google, que paso de escribirlo). Quien piense que me estoy pasando o que es una dieta muy dura, sólo os diré que probéis con doce años de acné recurrente y me digáis si después tenéis o no ganas de hacer dieta.

Ahora mi cara está bastante bien y va camino de mejorar. Además, me siento mucho mejor de algunas de mis otras taras, como el cansancio crónico o los bajones de azúcar cercanos al desmayo a media mañana. Estoy muy contenta de estar consiguiéndolo por fin, después de haber intentado tantas cosas, y sin basura hormonal o química en mi cuerpo o sobre mi piel. Si mejoro y me mantengo, daré más detalles sobre la relación entre acné y dieta, como contribución al mundo de los pobres sufridores cutáneos.

Y bueno, este es un post previo a lo que yo realmente quería escribir hoy, así que seguiré más tarde.

Como colofón, una fotito de cómo está mi cara en estos momentos.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Teatro

Queriditos:

Me he apuntado a unos talleres de teatro de la UCA y está siendo todo un poco desastroso.

El primero era de teatro griego y la profesora me odia. No sé por qué; yo no le he hecho nada. Pero dice que no declamo a Esquilo con la suficiente intensidad y me pone de decorado.


Prueba gráfica. La del centro es la prota, la otra es decorado principal y yo soy decorado secundario. Ese día éramos tres alumnas.


Prueba gráfica dos: mi lenguaje corporal dice que estoy excluida.


Al segundo taller no pude ir porque era por la mañana, y todo el mundo dice que es el mejor y una flipada (típico que justo al que no voy sea el mejor). El tercero es esta semana, y llevo desde el lunes siendo martirizada cuatro horas al día por una bailarina atlética que intenta enseñarnos expresión corporal.

Hoy estaba en mi casa, echándome mi merecida siesta en el chaise longue, y cuando pensaba que tenía que ir al aulario de letras para seguir haciéndome moratones en las rodillas, se me abrían las carnes. He pensado ¿pero qué cojones pinto yo allí, arrastrándome por un parqué polvoriento cual mopa humana? Y después de algunos momentos intensos de lucha interior he decidido que paso de todo y me he quedado escribiendo con la persiana bajada.

Cuando quería meterse conmigo, J. me decía que soy una joiner (de join, unirse a). Que me gusta apuntarme a talleres y cursos porque sí. Una noche, paseando junto al Genil cuando yo aún vivía en Granada, hablábamos del tema y yo le preguntaba qué problema hay por querer aprender cosas distintas. Entonces él me dijo algo que me ha hecho pensar mucho desde entonces.

- Yo es que creo que para aprender verdaderamente sobre uno mismo en el arte, hay que profundizar en algo. ¿Qué sentido tiene hacer taller tras taller, percusión, capoeira, pintura, danza africana? Elige algo, dedícate a eso, profundiza en ti misma a través de ello.

Y tenía razón. No sé si me estaré haciendo vieja, pero noto que ya no se desborda el Ganges de mi ridículo entusiasmo por cualquier actividad a la que me apunte. Más que nada, es como si ya no me apeteciera aprender porque sí. No quiero que mi vida se convierta en una sucesión de divertidas obligaciones. Lo mismo me pasa con las experiencias. Me importa menos viajar, me importa menos ver películas, me importa menos ir a obras de teatro independiente. Todo eso llega y pasa. ¿Y luego qué? ¿Hacia dónde estás yendo? ¿Hacia dónde va tu barco?

Lo digo porque tengo una consulta llena de personas que se han dado cuenta de que su vida ha sido una sucesión de experiencias y sensaciones que han llegado, se han ido y se han llevado consigo parte de su energía y su tiempo. Cada vez les queda menos energía, cada vez menos tiempo y no tienen ni zorra de hacia dónde se dirigen. Yo ya voy teniendo una ligera idea y no quiero desviarme.

Por otra parte, tampoco hay que olvidar que estoy cansada y tengo agujetas. Y que mi capacidad para montarme rollos y justificarme por cosas es desproporcionada.

domingo, 24 de octubre de 2010

Día tonto

Hoy he tenido el día tonto. He empezado soñando con J., en un sueño mitad romántico mitad guarro, y me he levantado con el ánimo revuelto. Ya hace tiempo que me paso los días sin pensar en él, las cosas como son, así que tenerle hoy revoloteando sobre mi cabeza no me ha hecho ninguna gracia. En un impulso autodestructivo he mirado su blog y lo que he leído no me ha hecho mucha gracia. Había escrito aquí un par de frases poco amables sobre el tema, pero resumiendo: tiene sexo con otras y, aunque yo ahora mismo sólo me lo tiraría si fuera mudo, tampoco me muero de gracia de la idea.

(Lo de tirármelo si fuera mudo tampoco es que sea como súper gentil, pero es que no estoy en mi mejor momento)

Hecha esta constatación tan masoquista, me he pasado la tarde escuchando el último de Quique González, tostándome lentamente en la tristeza y el rencor como un pavo al horno. Cuando he salido a la calle para tomar algo con mis compañeros de teatro, ya estaba tocada. Tocada y hundida ha sido tener que aguantar a una de las chicas contándome su reciente ruptura con su novio, para ver si "yo como psicóloga" le puedo arreglar la vida.

Y todo ese dolor en sus ojos, la decepción, la incomprensión de que una excusa absurda sirva para dejarte... Sentirte engañada, estafada, repasar las últimas semanas para ver si te dio una pista, si había algo que podrías haber hecho... y pensar en qué hace él, con quién está, por qué ya no eres suficientemente buena y por qué no te quiere y quizá no te quiso nunca... Todo eso me parece que es universal, y a mí se me han levantado las ampollas del recuerdo y me he vuelto a casa lloriqueando entre el aire húmedo de Cádiz en otoño.

Ahora estoy mejor. He meditado una hora y estoy cansada, pero me encuentro mejor. Iba a meterme directamente en la cama, pero me da miedo lo que pueda aguardarme al otro lado de mi subconsciente. Así que escribo un poco porque la escritura son las grapas de mi vida, y la tristeza que vivo y luego se vuelca en palabras es como menos triste, más literaria. Menos real. Como si yo no fuera más que un personaje y mi dolor pudiera resumirse en letras negras sobre fondo blanco, y después cerrarse y colocarse en la mesilla de noche.

PD: Que nadie me diga que la culpa es mía por leer el blog, que no está el horno para bollos.

jueves, 21 de octubre de 2010

Trabajadora del SAS

Si algo aprendes trabajando en el ámbito sanitario es que la vida te puede cambiar en un momento.

Tienes cuarenta años, haces deporte, comes sano, te cuidas y, de repente, te da un infarto, se te muere un tercio del corazón y te encuentras convertido en una bomba de relojería andante, limitada y muerta de miedo.

O estás preñada de seis meses, tan contenta y, sin venir a cuento, se te rompe la placenta y en cinco días tienes un bebé de un kilo cien que se debate entre la vida y la muerte.

O te operas de columna, no queda bien y te ves obligado a convivir con el dolor toda tu vida.

O tu hija tiene un accidente de moto y muere en el acto.

O estás un poco triste, el médico de cabecera te manda un antidepresivo y das un viraje, te pones maniaco y te has convertido de repente en un TMG (Trastorno Mental Grave).

O tu hijo, que era tan rarillo de adolescente, te empieza a hablar de conspiraciones y voces y, de la noche a la mañana, se convierte en un TMG atiborrado de neurolépticos.

Nadie se espera la desgracia y, sin embargo, las desgracias ocurren. Lo que quiero decir es que el cuerpo es frágil. La mente es frágil. Nada es seguro. Así que vivid y amad a todo lo que os den vuestros cuerpos y vuestras mentes. No esperéis a que os duela la rodilla para querer escalar. No esperéis a la crisis de los cuarenta para plantearos qué estáis haciendo con vuestras vidas. La salud es un bien valioso, aunque a todos se nos vayan más los ojos hacia el amor y el dinero.

Si no valoras tu salud es porque la tienes. Entonces eres muy afortunado. Aprovecha.

miércoles, 20 de octubre de 2010

La vida, y punto

De la vida no me gustan las pérdidas.
La perversidad polimorfa de la desdicha.
Echar de menos, olvidar, perder el contacto.
La culpa, el pasado, lo irrevocable.

De la vida me gusta el movimiento.
La persistencia sorprendente de la bondad.
Abrirse, conocer, hacer amigos.
El perdón, el futuro, las segundas oportunidades.

martes, 19 de octubre de 2010

La lectura difícil

Y un comentario más sobre el post de ayer y mi ingesta selectiva de novelas.

A veces me pregunto si mi forma de leer es la correcta. Porque hay quien dice que algunos libros son difíciles, pero ahí está su encanto. Que a veces hay que esforzarse para llegar hasta donde el autor quería llevarte. Que no todo tiene que ser jiji jaja y engancharte al libro y no querer soltarlo hasta que lo acabas. Que leer, a veces, requiere su esfuerzo.

Pero luego me digo que mi vida está llena de obligaciones. Me obligo a trabajar, a meditar, a nadar, a preparar sesiones clínicas, a comer pescado, a levantarme de la siesta a la media hora, a depilarme las piernas con cera, a destender la ropa y a veinte mil cosas.

Así que no voy a obligarme a leer esto y lo otro. Paso de que me regalen libros, y paso de apuntarme a clubs de lectura. Elijo las novelas buscando primero en las cubiertas amarillas de Anagrama. Dejo de leer los libros que me aburren y puedo zamparme cuatro o cinco seguidos de un mismo autor si descubro que me gusta. Y me la refanfinfla no haber leído a gente mortalmente famosa e intelectual.

Empezaré con los libros aburridos cuando me haya leído todos los divertidos.

Porque leo lo que me apetece para poder preservar al menos un espacio de placer puro y perverso en esta vida perra.

Y punto.

domingo, 17 de octubre de 2010

Juliet, desnuda


Yo siempre digo que me gusta mucho leer, pero en realidad hay que matizar esa afirmación. Me gusta mucho leer lo que me gusta, y lo que no me gusta es mucho y además me aberra. No sé si me explico.

En general, y a no ser que me lo hayan aconsejado o que me interese el autor, no leo novelas españolas, sudamericanas, que transcurran en países exóticos, escritas hace más de tres o cuatro décadas, sobre la guerra civil, históricas, con composición rara (es decir: párrafos demasiado largos, diálogos sin guiones, sólo comas), ciencia ficción, con demasiadas metáforas o adjetivos o que, una vez que han pasado todo el filtro anterior, me aburran después de llegar al primer tercio.

Esto me deja un muestrario reducido de libros de autores contemporáneos ingleses o americanos, y lo poco que voy incorporando cuando me animo a experimentar con cosas nuevas. Mis pocas ganas de experimentar se deben a que odio aburrirme leyendo y prefiero no correr el riesgo.

Pero lo que me gusta me alucina. Me lo paso tan bien, tan bien leyendo, termino tan excitada y emocionada y entusiasmada que me dan ganas de decírselo a todo el mundo, de comentarlo con todo el mundo, y de hecho voy diciendo por ahí “me estoy leyendo un libro buenísimo”, y a nadie parece importarle.

Hace una semana entré en Quorum, la única librería decente del centro, que a mí no me gusta nada, porque los libros están revueltos sin orden aparente y hay un teléfono que nunca para de sonar. Pero entré por vicio, imagino, y vi que Nick Hornby había sacado un libro nuevo. Que es lo bueno que tiene que te gusten autores contemporáneos, que sacan libros cada cierto tiempo y a mí me hacen morir de la emoción. Agarré el libro sin leerme ni la contraportada y me fui al mostrador. Gano dinero para esto, y que le den si este mes he tenido que pagar luz y agua y en realidad no estoy como para muchos gastos extraordinarios.

Me he ido leyendo Juliet, desnuda despacio, en el autobús de camino al trabajo, en la cafetería del hospital mientras hago tiempo para entrar a la UCI. Me gusta Hornby. Es divertido, entretenido y compasivo con sus personajes, y es de estos escritores que hace que escribir parezca fácil. Y me hace reír, me descojono leyendo, que es algo que tiene mucho mérito. Me han gustado todos sus libros, desde que empecé con Cómo ser buenos, seguí con Alta Fidelidad y así, poco a poco, hasta llegar a Juliet, desnuda. Sé que soy capaz de leerme sus novelas de una sola vez y que se me atropellan los ojos y me salto párrafos, así que me he esforzado mucho para que éste me dure unos cuatro días.

Hoy he pasado un sábado solitario y tranquilo, cocinando, preparando la sesión clínica del jueves, bailando en el salón, meditando. He salido a dar una vuelta a eso de las nueve de la noche, y he caminado por el Paseo Marítimo desierto hasta la playa de Santa María. Corría un viento frío que creo que era poniente y me he quitado los zapatos para sentir la arena helada bajo los pies, extrañada de que fuera el mismo lugar donde se hacinaba la gente en agosto.

Luego he vuelto a casa sin ningún plan en concreto. Se me amontonaban las ideas en la cabeza. Quiero escribir mails y posts, quiero tocar la guitarra y cantar a voces, y hacerme una cena rica, y a lo mejor llamar a alguien para quedar pero en realidad no, porque estoy bien sola, descargándome de las voces que escucho sin parar durante toda la semana. Al final he decidido cenar y terminarme Juliet, desnuda, darme el gustazo de zamparme seguidas las ciento ochenta páginas que me quedaban

Ahora el libro se ha acabado y yo no sé qué hora es, y estoy tan feliz y complacida, y me siento tan plena que quiero que pasen muchos meses, que se me olvide y leérmelo otra vez. Porque no sé, es hermoso y divertido, con personajes bien construidos y una idea muy bonita. Me ha hecho soñar, emocionarme y vivir otras vidas a través de las palabras, que es de lo que se supone que va el rollo este de leer.

En fin, el post como crítica es una mierda, pero espero que se entienda el mensaje.