massobreloslunes

sábado, 9 de julio de 2011

Novatos -- TMC28

¿Cuántos blogs nuevos se abrirán cada día? Y de todos esos, ¿cuántos aguantan más de una, dos, cinco, diez entradas? Alguna vez he pensado en cambiar de dirección y hay un montón que ya están cogidas y que no tienen más de dos post. Que, por otra parte, si pillas una dirección chula y luego no escribes, déjala libre para que la aprovechemos los demás, especie de egoísta de las ideas.

Ya he dicho que mi blog me encanta, y entre otras cosas me gusta el simple hecho de haber sido capaz de mantenerlo. No ha sido fácil. Ha habido épocas de desmotivación, marrones con familiares, amigos y ex novios, dificultades con la conexión a Internet, ausencia de comentarios en post que a mí me parecían maravillas de la literatura contemporánea... y un largo etc.

Escribir un blog, además de mantenerte en movimiento, te enseña a ser desapegado. Es un ejercicio de generosidad. También es peligroso, porque no deja de ser una ventana al mundo. Ya lo he dicho alguna vez: los que defienden que escriben el blog para ellos mismos mienten como perras. Si fuera así, escribirían un diario. Si escribes un blog quieres que en algún momento te lean: quieres contactar.

Si tuviera que darle un solo consejo a alguien que va a empezar a escribir un blog sería el siguiente: si no quieres que alguien lea algo, no lo escribas. No importa que intentes esconderte detrás de un seudónimo. La blogosfera es enana. Un comentario o un enlace te pueden delatar. Así que si escribes algo sobre alguien, tiene que ser porque si lo leyera podría fastidiarte, pero lo soportarías, y esa persona también podría soportarlo. Seguirías adelante con tu blog porque quieres escribir y eso es lo más importante para ti. Desde que tengo presente esa regla no he vuelto a tener movidas con gente por el blog. Sé que los que me quieren, en general, tienen que apencar con lo que hay aquí escrito, porque he puesto en una balanza lo que significa para mí publicarlo y lo que significaría que lo leyeran y gana lo mío.

(Esto no quiere decir que no esté dispuesta a retirar nada de lo que hay aquí, o que piense que nunca voy a volver a herir a alguien escribiendo. Soy falible pese a mi genialidad intrínseca).

Otro consejo importante es: resiste. No importa que le des igual a todo el mundo. No importa que te parezca que otros blogueros sean mucho peores que tú y les lea media España y parte de Sudamérica. No te preocupes de los demás. No te preocupes de los comentarios, ni de los seguidores, ni de las visitas. Resiste. Debe de ser algo que disfrutes mientras lo hagas, e igual que debes estar dispuesto a que te lea todo el mundo, debes estar dispuesto a que no te lea nadie.

¿Más consejos? Comprométete. Con el blog y con lo que sea. Si empiezas un blog y quieres que te lleve a alguna parte, tendrás que resistir más allá de dos, diez o hasta cien entradas. Igual que si empiezas a dibujar o a escalar. Mira que a mí me cuesta, porque yo soy de las que empieza con algo, se entusiasma y luego se harta... pero J. me lo dijo una vez, y tenía toda la razón: no sirve hacer un taller de fin de semana y dedicarte a otra cosa. Para que algo te sirva debes comprometerte y profundizar. Escribir entradas buenas y entradas de mierda, unas más graciosas, otras más tristes, liarla a tope y tener que borrar post porque tu madre o tu novio se han cabreado contigo y no te hablan.

Y ya está. Poco más. Escribir un blog es mucho menos inofensivo de lo que parece al principio, y mucho más importante. Aunque sólo sea porque hace falta valor para dejar constancia de tu experiencia en palabras escritas, y porque todo lo que implica relacionarse con humanos tiene el peligro de terminar hiriendo. Las personas se quieren y se hacen daño, me dijo una vez mi amigo A., el que ya no me habla. Sucede, ya está. Qué le vamos a hacer. Las palabras no son inocuas y hay que vivir con ello. Pero si esto de escribir te importa de verdad, si tienes dentro la llama que te hace querer sacudirte las emociones por las puntas de los dedos en dirección a un teclado Qwerty, encontrarás la forma de sacar la cabeza por el otro lado, tomar una bocanada de aire y seguir adelante. Seguirás posteando. Seguirás escribiendo.

viernes, 8 de julio de 2011

Poesía económica IV: Romance de la renta básica -- TMC27

¡Renta de emancipación,
es grande mi excitación
y en mi futuro yo veo
la posible automoción!

La crisis me había asustado,
por perdida te había dado;
¡grande ha sido mi sorpresa
cuando te me han ingresado!

De ti es lo más atractivo
tu carácter retroactivo.
Diez meses todos de golpe
suman un gran efectivo.

Mileurista me he acostado
y rica me he levantado
y a la Erika y a PK
a almorzar las he invitado.

¡Renta de emancipación
hoy me llenas de emoción!
Más vale tarde que nunca...
qué sabio, ¡cuánta razón!

jueves, 7 de julio de 2011

Ser adulta -- TMC26

La gente empieza a llamarte de usted por defecto.

Compras juegos de sábanas de matrimonio y te planteas cambiar tu almohada por una de látex, porque es mejor para el cuello.

Pagas impuestos, así que puedes decir "eso lo pago yo con mis impuestos" con cara de justa indignación.

Tus amigas empiezan a procrear.

Tienes una casa. La pagas tú. También el agua y la luz. Es tu casa, aunque sea de alquiler.

Veintiséis días seguidos de vacaciones te parecen una barbaridad...

... y en esas vacaciones, en lugar de querer irte a hacer el camino de Santiago o a meditar, lo único que te apetece es tumbarte a la bartola mientras alguien te abanica.

Dices frases que empiezan por "mi jefe..." (y normalmente terminan con "capullo").

Tus gastos extraordinarios ya no son jamón york o un paraguas, sino algo más serio, como unas gafas o un horno.

Vives sola y te encanta.

Dices frases que empiezan por "me voy a currar" (y normalmente terminan con "y no me apetece una mierda").

Tienes que gastar en comidas de trabajo, regalos para compañeros que tienen hijos y/o funerales y décimo del Gordo de Navidad.

Te gastas el dinero en lo que te sale del potorro. Te sigues sintiendo culpable después de hacer un encargo online a Lush de 40 euros, pero un poquito menos.

Puedes hacer regalos de verdad, sin tener que pedirle dinero a tu madre para comprarle un regalo a tu padre, y viceversa.

Te abres una cuenta nómina y una cuenta de ahorro. Te robas a ti misma de la cuenta de ahorros, pero bueno.

Haces cosas como limpiar las tuberías de vez en cuando para que no se atasquen.

Te planteas contratar a alguien para que te limpie la casa. Pero no lo haces porque te has gastado todo el dinero en la tienda Lush online, entre otras cosas.

Haces listas de lo adulta que eres y te planteas cuándo todo lo anterior dejará de hacerte ilusión y empezará a parecerte un coñazo.

Mystery -- TMC25

El chico no demasiado atractivo ligaba muchísimo, y todos los demás se preguntaban siempre cuál era su secreto. Él se limitaba a observar a las mujeres, escoger un detalle absurdamente pequeño y elogiarlo con delicadeza y eficacia. Me encanta la forma en que se curvan los lóbulos de tus orejas con esos pendientes, decía, o tu manera de girar la muñeca para ver la hora, o cómo cada vez que te pregunto algo y no sabes la respuesta miras un segundo al cielo antes de encogerte de hombros. Sabía que la clave no estaba en la intensidad del elogio, ni siquiera en su adecuación, sino en lo pequeño del detalle. Sabía que ellas sólo quieren a alguien que les observe con ese grado de atención.

Puedo prometer y prometo...

Que ayer escribí un post. Lo juro por... por... los pintaúñas de colores, el chocolate y el honor micheliano. Pero Blogger no lo ha publicado. Quiero llorar. Ni siquiera lo ha guardado en borradores.

Lo único que puedo hacer a cambio es reescribirlo luego y publicar otro esta noche, para seguir cumpliendo con el Michelian Challenge. ¡Que ya me queda muy poquito!

Mis disculpas por las alteraciones en la programación.

martes, 5 de julio de 2011

Robado -- TMC24

El otro día me sacaron un robado. No sé si se dice así, en realidad, pero creo que sí. Me refiero a que un extraño me sacó una foto en la calle y sólo me di cuenta al final, justo cuando el fotógrafo bajó la cámara después de apretar el disparador.

Es gracioso, porque yo me paso la vida observando a la gente, escribiendo sobre ellos y hablando sobre ellos, y cuando de repente el foco se vuelve hacia mí me quedo como desconcertada. Aunque en realidad, siempre he querido estar al otro lado. Ser el objeto del post en lugar del sujeto. Que alguien hable sobre, qué te digo yo, la chica rubia que escribe en las escaleras de la catedral y de vez en cuando deja las manos suspendidas sobre el teclado mientras mira cómo vuelan las gaviotas.

Así que el otro día iba en la bici por el Campo del Sur, que es como le llaman aquí a la parte de paseo marítimo de Cádiz antiguo. Estaba atardeciendo, y detrás de mí debía de verse la ciudad recortada contra el cielo turquesa y el mar plateado rompiendo contra el malecón. Yo pedaleaba despacio y giraba la cabeza a ratos para mirar la vista. Y entonces oí el clic, miré hacia el frente y vi al fotógrafo bajando la cámara con expresión un poco avergonzada. En mi mente se compuso la imagen que debió sacar su objetivo. El paseo y la chica en bicicleta que mira el mar. Me pareció una foto bonita y me sentí vagamente halagada.

Hoy pienso que ahora estoy en el disco duro de algún extraño. No me molesta, no pienso que me vayan a quitar el alma como los antiguos; me siento más bien honrada de poder ser un objeto medio artístico, o al menos el objeto de la sensibilidad de alguien. Equivale a que utilicen contigo la segunda persona del singular y te hace visible. Así que ahora escribo sobre el extraño que me fotografió. Porque me gustó el momento. Y porque, si al final resulta que sí que se llevó un trocito de mi alma, ahora yo tengo un pedazo de la suya atrapada en mi blog.

lunes, 4 de julio de 2011

Sobre ser vistos -- TMC 23

Hoy no tengo muchas ganas de pensar, así que voy a contar una breve anécdota de mi curro. Es curioso cómo, a medida que vas observando a la gente, cada vez te vas fijando más no sólo en lo que te cuenta, sino en todo lo que rodea a ese relato, incluso desde antes de entrar en la consulta.

La paciente en cuestión es una chica de 31 años que perdió a su madre hace cuatro meses a causa de un cáncer. Ahora su padre tiene demencia, es la pequeña de cinco hermanos y, entre que es la única mujer y que ahora está en paro, es la que se ocupa principalmente de él. Está tan desbordada que apenas come, no duerme y no es capaz de pensar con claridad.

Cuando ha llegado la hora de su cita, yo estaba de pie en mitad de la consulta del médico observando fijamente un poster de anatomía. De hecho, iba de camino a la puerta, pero me he distraído porque me encanta la anatomía. Me parece mágico cómo encajan todos esos huesos y músculos para formar personas. La chica ha llamado a la puerta y ha entrado. "No sabía si abrir o no", me dice.

Durante la consulta, una de las cosas que más me llama la atención es que repite "Me siento pequeñita. Nadie puede verme". De hecho, pesa cuarenta y tres kilos y medirá en torno al uno sesenta. Está volviéndose literalmente lo más invisible posible.

Al terminar me ha preguntado qué hacer la semana que viene, cuando vuelva a venir a verme para practicar algo de relajación. No sabe si llamar a la puerta si la encuentra cerrada. "Hoy he estado a punto de irme", me dice. "No te preocupes", contesto yo, "llama y ya está. Lo peor que puede pasar es que esté con otro paciente y tengas que esperar un rato". Le sonrío, ella sonríe un poco, se encoge de hombros y se va, diminuta dentro de sus vaqueros anchos.

Despues de que se marchara, me he quedado pensando. Está tan obsesionada con que nadie puede verla, con que nadie podrá ayudarla, que piensa que incluso yo, que trabajo en esto y que tengo una cita con ella apuntada en la agenda de mi ordenador, me voy a olvidar de atenderla y tendrá que marcharse. Hasta ese punto ha abandonado la esperanza.

Hoy comentaba un amigo que queremos tener pareja para que alguien sea testigo de nuestra existencia. Para importarle a alguien sobre la faz de la tierra. Me he acordado de mi paciente y de lo invisible que se sentía. He pensado que a veces mi función como profesional no es más que la de ser un par de ojos. Y también he pensado, no sé por qué, que abandonar la esperanza de que los demás puedan vernos es tirar la toalla demasiado abajo. No nos hemos vuelto invisibles. Siguen ahí nuestros huesos y nuestros músculos, animando nuestro espíritu por debajo de la piel. A veces sólo hace falta llamar a la puerta.