massobreloslunes

martes, 3 de enero de 2012

El lector

Quiero dedicarle esta entrada a Byron, que sé que le gusta que escriba sobre libros.

Ayer paseaba con D. por la parte de atrás del Realejo y bueno, lo siento, D., creo recordar que me dijiste que no pensara en el paseo como material para el blog, pero es que viene al hilo de lo que quiero contar y no puedo evitarlo. En cualquier caso, él hablaba de problemas de amor, que es de lo que terminamos hablando todos, y decía que debería haber hecho tal o cual cosa, que se equivocó en éste u otro momento. "Qué triste cuando uno repasa lo que ocurrió buscando el punto donde lo hizo mal", contesté yo. No por él en concreto: todos lo hacemos, yo también lo hago, y es triste porque está lleno de arrepentimiento y porque el arrepentimiento anula la verdad de lo que viviste entonces.

"El lector", de Bernhard Schlink, es toda la novela un ejercicio de comprensión del pasado. De intentar averiguar dónde se torció la cosa. El libro empieza despacito, contenido, poniendo juntas las piezas de la realidad como si fueran ladrillos. Con cierta voluntad tenaz de obrero de la verdad. Y poco a poco te va envolviendo en ese ejercicio sincero y valiente en el que se ha metido, hasta que llegas a un final que no por anunciado es menos doloroso.

Hoy me he pasado el día comiendo y bebiendo por los bares de Granada por tener un pretexto para poder leer. Ni he ido al Albayzín, ni al Sacromonte, ni pollas, que dirían allí. Ha llegado un punto en el que dudaba entre subir o no al Mirador de San Nicolás y he pensado "al carajo, ya he visto la Alhambra mil veces", y me he sentado en una terraza a tomarme un té y terminarme el libro.

Estaba yo ahí, pegadita a la estufa de gas que habían puesto debajo del toldo, con el abrigo sobre las rodillas y dándole sorbos a mi té verde. El camarero entraba y salía llevando bandejas, un señor jugaba a las tragaperras dentro y un chico un poco raro pero no especialmente feo me miraba de reojo. Yo me precipitaba hacia el final del libro y llegué al punto en el que pude predecir lo que iba a pasar: la historia no tendría sentido de otra manera, yo lo sabía y el autor también.

Entonces la narración se vuelve trepidante, pero no porque pasen muchas cosas: trepidan en el sentido más amplio de la palabra las emociones y los pensamientos, se descorren cortinas, se muestra el dolor y lo que de verdad pasa detrás de los personajes, y de repente ahí me tenéis a mí, pelirroja de vocación, bebiendo té con sacarina porque el azúcar me sienta fatal y llorando sola en un bar de Granada a las tres de la tarde. Por ese momento en que el protagonista continúa preguntándose qué pasó, qué quiso decir esa parte de su vida, todo lo que sintió y vivió, por qué se ha equivocado, por qué traicionó a la mujer a la que ama y dónde está ella ahora, dónde está él ahora. Lloré porque en algún punto él, o yo, o los dos, nos damos cuenta de que hay cosas en la vida que sencillamente son. Nadie se ha equivocado: no podría ser de otra forma, y ese dolor tan grande que te causa es tu dolor, y sé que al mirar hacia atrás tienes la sensación de que la has liado y de que la historia está completamente torcida. Pero es tu historia. Punto. Por eso lloraba yo mientras me miraba el chico raro pero no feo y el camarero se resistía a traerme un vaso de agua.

Después me fui, punto. Seguí con mi vida. No deja de ser una pena prestada. Enfilé Real de Cartuja hacia donde tenía aparcado el coche, me peleé con el Spotify de la Blackberry a ver si era posible volver a Málaga escuchando Extremoduro, di vueltas por las rotondas hasta conseguir salir de la ciudad. El sol de la tarde me daba en los ojos, y la segunda vez que tuve miedo verdadero de quedarme ciega en la autovía decidí parar en un bar a tomarme un colacao. Y allí saqué otra vez el libro de mi bolso y releí las últimas páginas.

"Al principio quería escribir nuestra historia para librarme de ella. Pero la memoria se negó a colaborar. Luego me di cuenta de que la historia se me escapaba, y quise recuperarla por medio de la escritura, pero eso tampoco hizo surgir los recuerdos. Desde hace unos años he dejado de darle vueltas a esta historia. He hecho las paces con ella. Y ha vuelto por sí misma con todo detalles, y tan redonda, cerrada y compuesta que ya no me entristece. Durante mucho tiempo pensé que era una historia muy triste. No es que ahora piense que es alegre. Pero sí pienso que es verdadera y que por eso la cuestión de si es triste o alegre carece de importancia.

En cualquier caso, eso es lo que pienso cuando me viene a la cabeza sin más. Pero cuando me siento herido vuelven a asomar las antiguas heridas, cuando me siento culpable vuelve la culpabilidad de entonces, y en los deseos y las añoranzas de hoy se ocultan el deseo y la añoranza de lo que fue. Los estratos de nuestra vida reposan tan juntos los unos sobre los otros que en lo actual siempre advertimos la presencia de lo antiguo, y no como algo desechado y acabado, sino presente y vívido. Lo comprendo. Pero a veces me parece casi insoportable. Quizá sí escribí la historia para librarme de ella, aunque sé que no puedo."

Hay libros que no me gustan y pienso que podría escribir yo si quisiera. Hay libros que me gustan y que pienso que podría escribir si me esforzara lo suficiente. Y hay libros que me gustaría haber escrito pese a saber que jamás podré hacer algo parecido. "El lector" es de ese tercer tipo. Corred a comprarlo o a sacarlo de la biblioteca. Y leedlo. Ahora.

Lo que te hace grande

No sé ni dónde anda, pero me ha chivado el Facebook que hoy es su cumpleaños. Y de entre todas las maneras que hay de felicitar a alguien en este mundo tecnológico y extraño, quizá ésta es la más mía. Porque bueno, es mi blog, y porque no sé si le va a llegar o no, y no le obliga a contestar y también porque, ya lo he dicho alguna vez: la escritura es un regalo.

No sé ni dónde anda, pero intuyo que está por ahí dando vueltas con su furgo. Porque tiene una bonita furgo verde, muy nuevecita y cuidada, excepto por la raja que le hice a uno de los aislantes de las ventanas, que ya me vale. Es una furgo equipada con cariño, con detalles como huecos donde cabe justo una botella de agua mineral. Con un armario donde mete su ropa, sus bonitas camisetas de escalada, sus mallas térmicas para cuando el frío se pone perro. Con una cocina de alcohol: la cocina de la señorita Pepis, la llama él, y requiere cierta habilidad para apagar el fuego de un único soplido potente. Con una mesa y sillitas para desayunar fuera en las mañanas de sol, y un par de tazas que le regalé y que imagino que seguirá usando.

Es mortal de guapo. No puedo omitir ese detalle. A lo mejor no es objetivamente súper hiper mega guapo, pero tiene unos ojitos y una sonrisa que si quiere te pueden bajar las bragas a distancia. Una especie de superpoder. La nariz aguileña, porque se la partió cuando era pequeño y no dijo nada para que su madre no se enfadara, y al parecer le soldó mal. Pero le queda bien: encaja con el resto de su cara. Y una cicatriz en la sien, y un lunar pequeñito encima de la ceja izquierda. Su cuerpo es como una pelota antiestrés: gustoso. Fibra pura recubierta de piel suave. Él sabe que es guapo: no soy ningún troll, dice, y sonríe despacio y con peligro desde encima de su cuello moreno.

Le gusta el hielo, lo que no deja de ser simbólico. Y el frío, la montaña, las alturas. Le pega; hay quien, como yo, florece con el sol, y quien sin embargo se siente feliz a diez grados bajo cero. Es aventurero de verdad: sus anécdotas empiezan con "estaba yo en el Mont Blanc" y terminan con "y nos pasamos una semana encerrados en la tienda comiendo pasas". Su amor por la naturaleza es puro, total: le gustan las cumbres, lo lejano, lo solitario y el cielo abierto. Hace fotos de amaneceres en los Alpes, y cuando miras sus fotos le puedes ver un trozo de corazón. A mí me gustan mucho, pero ya no se lo digo para que no se flipe.

Gruñe a veces: por las mañanas, porque necesita su buen par de horitas y sus dos o tres tazas de café para ponerse en marcha. Y de noche si no le dejan dormir, y a veces también cuando conduce. Pero es bueno. Yo reconozco que tengo un sesgo, que me gusta ver la bondad en los ojos de la gente, pero él es bueno detrás de sus gruñidos. Y tiene una cara que es sólo suya: la sonrisa-miedo, que es cuando me sonríe pero abre un poco más de la cuenta sus ojitos verdes y puedes ver eso: el miedo detrás de esa sonrisa, y no creo que sea miedo a mí, porque yo soy un trozo de pan, pero está ahí y es suyo.

Es un chico complicado y ahora mismo está un poco perdido, lo cual, en realidad, define a un 90% de la población viva. Pero bueno. Él tiene su propia complicación y su propia pérdida. Y, aún así, yo confío en que se encuentre con una fe absurda para lo poco que le conozco. No sé por qué. A lo mejor porque también tiene sonrisas-sonrisas, en las que se ríe con la boca y los ojos. Y por las fotos de las montañas; creo que es por eso: porque creo que nadie que tenga una pasión puede estar de verdad perdido. Se lo dije ya y se lo repito: sigue haciendo las cosas a tu manera. Sigue viajando por la vida con ese amor por la montaña y la aventura que te posee y te conmueve.

Ayer escuchaba Vetusta y me acordé de ti. Lo que te hace grande: esa canción te pega, así que escúchala hoy despacio. Tal vez, lo que te hace grande no entienda de cómo y por qué. Tal vez, cada guiño esconda la llave que intentas tener. En el vaivén de planes sin marcar... no hay colisión, ni ley, ni gravedad que te pueda hacer caer. Aunque tiren a dar.

Quédate con eso. No te pueden hacer caer. Está lo que te hace grande: tú eres grande.

No sé ni dónde anda y seguramente no se merezca esto. De mí, quiero decir. Estas palabras, esta felicitación.

Pero la vida no va de lo que la gente se merece.

Sé feliz, pequeño.

Yo estoy, tú llegas y yo...

- ¿Ya estás despierta?
- ¿Qué haces tú aquí?
- Tú sabrás...
- Pues... supongo que lo de siempre. Mi imaginación, Granada, tú: es todo uno.
- A mí no me mires.
- Qué pereza.
- Venga, gruñona. No está tan mal. Si llevo contigo desde ayer, admítelo. Desde que viste las choperas a la entrada, y te acordaste de aquel día que nos fuimos a pasar el día a una... y luego hiciste el chiste del coche que está en lo alto del poste, en el desguace.
- "La gente ya no sabe dónde aparcar".
- Y te reíste. No mucho, pero te reíste.
- Yo siempre me voy a reír de tus chistes. Aunque los repitas mil veces.
- Estás muy guapa por las mañanas.
- Venga ya, por Dios. Si llevo un careto horrible. Estoy llegando a ese momento de la vida en que te miras al espejo y dices "¿quién es esa señora?".
- A mí me gustas. Así con los ojos hinchaditos... pareces un esquimal.
- Estás como una regadera... Oye, ¿sabes que el Lobos ya no existe?
- ¿En serio?
- En serio. Ahora se llama Hendrix y tiene más luz y menos fotos. Y han quitado los panchitos.
- Pues los panchitos eran un ochenta por ciento del encanto.
- Eso y el camarero calvo que no me quería poner Los Piratas. Y el mistela. Tampoco hay mistela.
- Ten cuidado, chiquita, que los mistelas los carga el diablo.
- Psé.
- ¿Y lo estás pasando bien en Granada?
- Sí, no sé, es raro. Hermoso, pero triste. Me acuerdo de ti. De nuestros portales.
- Que también los carga el diablo.
- Sí, no sé, las calles vacías, las persianas metálicas de las puertas y tú besándome contra una de ellas y haciendo un montón de ruido.
- Qué recuerdos.
- En Granada no puedo pensar, ¿sabes? Cosas nuevas, quiero decir. No puedo hacer una vida nueva porque todo son recuerdos. Todas las calles, todas las putas esquinas. Supongo que si me quedara más tiempo acabaría por surgir, trazaría nuevos caminos, como decías tú siempre.
- Los recorridos del recuerdo.
- Pero esta ciudad ya no es mía, supongo. Y lo triste es que pensé que lo era.
- ¿Y qué ha cambiado?
- ¿Qué quieres decir?
- Desde la última vez que estuviste, ¿qué ha cambiado?
- Pues creo que ha cambiado Cádiz. Ahora Cádiz sí es mía.
- Te has vuelto a enamorar.
- Algo así, sí. Y me siento como si hubiera traicionado un poco este recuerdo.
- Entiendo.
- ¿Va a ser así siempre?
- ¿Así el qué? ¿La tristeza granadina?
- Sí, no sé, todo. Siempre la voy a echar de menos. Seguiré volviendo y todo seguirá cambiando. Y al final, de mi ciudad no quedarán más que los restos.
- Es ley de vida, chiquita.
- ¿Y a ti? ¿También te voy a echar siempre de menos?
- Claro que sí. Y yo a ti. Me vas a faltar siempre.
- Pues eso es una mierda.
- Ya...
- Estamos muy lejos, ¿no te parece?
- ¿Tú de mí? ¿O los dos de Granada?
- Las dos cosas, supongo. Tú estás muy lejos, yo estoy muy lejos, todo cambia y yo ya no sé dónde está mi hogar.
- Tú estás aquí, yo estoy allí y tu hogar está donde está tu presente.
- Creo que me voy a ir a desayunar. Al Lisboa, quizá.
- A esta hora no da el sol allí. Ve mejor al Albayzín, al Aixa.
- Me gusta que sepas cuándo da el sol en las terrazas de Granada.
- Ya sabes que yo conozco Granada como la palma de mi mano. Sabes que la construí en siete días, y luego me senté en el Lisboa y vi que era bueno.
- Es verdad.
- Construí una ciudad entera para impresionarte.
- Se lo dirás a todas.
- Bruja...
- Rollero...
- Cuídate, chiquita.
- Y tú, mi niño. Cuídate.

lunes, 2 de enero de 2012

Estoy muy puteada hoy. Pero mucho. Llevo una hora aquí sentada, en el salón de la casa de mi abuela, comiendo mantecados de chocolate e intentando escribir algo. Me invade una especie de superstición. El año pasado escribí que uno tiene que empezar el año como quiere que sea el resto, y si yo lo comencé escuchando Kamikazes Enamorados y, de hecho, después terminé precipitándome al vacío emocional como un avión en llamas, no me quiero ni imaginar qué va a pasar este año si empiezo escribiendo desde el cabreo gigantesco que tengo.

Estoy cabreada porque me siento desubicada y rara aquí. Porque echo de menos a mi casita de Cádiz como a un ser vivo, y fantaseo con mi cama y mi superpoderoso calentador de agua. Y al mismo tiempo, no quiero ser esa persona: no quiero no poder estar lejos de mi casa, que es muy triste. También porque sé que estar aquí, con mi familia, me pone de los nervios, y tampoco puedo escribir eso porque no quiero herir los sentimientos de nadie. Pero es que es lo que hay. Me ponen de los nervios, es así, y estoy aquí metida sintiéndome como Ana Frank, aunque nadie tiene la culpa de que nuestra casa se quemara y yo no pueda reconquistar mi cuarto adolescente y mi chimenea. Doy vueltas por la casa, salgo a la calle, vago por el centro de Málaga examinando escaparates y escribiendo con la mente. Echo de menos algo y no sé bien qué.

Me gustaría hacer propósitos para el año que viene, pero propósitos valientes, verdaderos. Uno de ellos podría ser decir las cosas malas igual que digo las buenas. Que a la mayoría de la gente le pasa al revés; se les atascan los elogios en las mandíbulas y están siempre dispuestos a criticar. Pero a mí no: yo soy muy de "eres genial, todo está bien" y muy poco de "me has hecho daño" o "te estás comportando como un auténtico hijo de perra". Hoy, sin ir más lejos, le he escrito un mail a mi amigo A., el que no me habla, por si le apetecía quedar para tomar un café. Y le he puesto que no me conteste si no quiere, y que en realidad sé que me va a decir que no le apetece, pero que bueno, que yo sigo aquí, y lo he adornado todo con muchas caritas sonrientes. Cuando a lo mejor debería decirle que se puede ir mucho al carajo por tenerme aquí castigada de cara a la pared emocional desde hace ya dos años.

Así que bueno, el año comienza de esta manera. Cabreada y agobiada. Con muchas ganas de trincar mi maleta pasado mañana y enfilar camino a Cádiz, porque el miércoles van mis amigos a escalar a Bolonia y si algo me haría feliz en estos días es poder colgarme un rato del Mosaico. Con propósitos que incluyen ser capaz de decirle a la gente cuándo y por qué me está haciendo daño. Y también escribir con valor sobre las cosas que duelen, y que no me importe nada lo que los demás puedan pensar de mí. Lo siento, pero es mi cabeza y os basta con no abrir la página.

Estoy muy cansada hoy. No sé si releer lo anterior o publicarlo tal cual. Decía el otro día Coseta en su Facebook algo de la gente con la barbilla lo suficientemente firme como para que no le tiemble al escribir con honestidad. Ése podría ser uno de mis propósitos. Fortalecer la honestidad. Hacer dominadas de barbilla. Con un poco de suerte, se me pondrá tan fuerte como los bíceps y entonces sí que nada en el mundo me dará miedo.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Balance del año, 2: Un meme

Pues hoy voy a pasar del mundo y voy a hacer un meme. Que ya os habréis dado cuenta de que no soy muy fan, porque no me suele gustar leerlos y por tanto no me parece justo escribirlos. Pero he visto éste en el blog de Deira y me ha hecho gracia. Quien quiera que lo lea y quien no pues que espere a mañana.

2011: BALANCE PARA VAGOS

1. ¿Qué hiciste en 2011 que nunca habías hecho antes?
Escalar. Escribir todos los días. Dormir en una furgo. Tomarme en serio lo del deporte. Dominadas. Comer hígado crudo. Viajar en avión para conocer a un tío. Probar el eme. Andar descalza por la calle. Hacerme un seguro de vida.

2. ¿Mantuviste tus resoluciones de Año Nuevo, y harás nuevas?
No hice ninguna, porque me conozco. Y creo que este año voy a probar a hacer resoluciones mensuales. Ya os contaré qué tal.

3. ¿Se casó alguien cercano a ti?
Sí, mi primo Sergio, y anda que no di calor con el tema.

4. ¿Nació alguien cercano a ti?
Tahira, mon amour.

5. ¿Murió alguien cercano a ti?
No, afortunadamente. Madera, madera.

6. ¿Qué países visitaste?
Jop, pues países ninguno, me temo. Viajo menos que Kant. Ciudades sí: Madrid, Toledo, Santiago, León, Valladolid, Barcelona, Sevilla... Algo es algo.

7. ¿Qué te gustaría tener en 2012 que no has tenido en 2011?
¡Un novio! Que me quiera y me mime y se deje querer. Que me dé calorcito por las noches y sexo cariñoso. Que me recuerde la compasión. En su defecto, una aventura sexual satisfactoria.

Ah, y una furgo. Diría que un novio con furgo sería perfecto, pero quiero mi propia furgo.

8. ¿Qué fechas de este año permanecerán en tu memoria?
Así que me acuerde del día, me temo que el cinco de agosto.

9. ¿Cuál es tu mayor logro del año?
Mis bíceps.

10. ¿Cuál ha sido tu mayor fracaso?
Supongo que el nanowrimo, que duré tres días.

11. ¿Has sufrido una enfermedad o herida?
Umm... ¿el Acné del Averno cuenta? Si no, pues afortunadamente nada grave. Sólo muchas mataúras resultado de la escalada novata extrema.

12. ¿Qué ha sido lo mejor que has comprado?
El machacaajos y mi cuerda de escalada.

13. ¿El comportamiento de quién merece celebración?
El de mi compañero de curro José Luis. Me inspira y me anima cada día que paso a su lado.

14. ¿La actitud de quién te ha hecho sentir deprimido u horrorizado?
Eso no se dice, que está muy feo.

15. ¿Dónde ha ido la mayor parte de tu dinero?
A la comida. La paleodieta es cara :(

16. ¿Qué te ha hecho mucha ilusión?
Aprender a escalar. Comprobar que puedo empezar cosas nuevas. Conocer a tantísima gente linda. Ponerme fuerte. Que escribieran un post sobre mí.

17. ¿Qué canción te recordará siempre el 2011?
Creo que "Party Rock Anthem", porque la oí en bucle un par de semanas y dudo que la escuche muchas más veces. Hay otras que me evocan mucho este año, pero creo que las escucharé toda la vida y el efecto se diluirá.

18. Comparando con hace un año, estás:

i. ¿Más contenta o más triste?
Más contenta, sin duda.

ii. ¿Más delgada o más gorda?
Peso más, pero es músculo. Yo me veo más buenorra.

iii. ¿Más rica o más pobre?
Más rica, viva y bravo.

19. ¿Qué te gustaría haber hecho más?
Umm... meditar, supongo. Durante la segunda mitad del año me he cubierto de gloria, espiritualmente hablando.

20. ¿Qué te gustaría haber hecho menos?
Perder el tiempo en Internet. Aunque en realidad me mola.

21. ¿Cómo pasarás la Navidad?
La estoy pasando entre Málaga y Cádiz, descansando y viendo a la gente a la que quiero. También tengo programada una visita a Granada la semana que viene, con invitación a los baños árabes incluida. Jejeje.

22. ¿Te has enamorado en el 2011?
Psé.

23. ¿Cuántos rollos de una noche?
¿De una noche? Ninguno. Yo soy una chica seria, por Dior.

24. ¿Tu programa de televisión favorito?
Yo no veo la tele. Estoy demasiado enganchada a Internet. Pero va, Anatomía de Grey FOREVER.

25. ¿Odias a alguien a quien no odiaras a estas alturas del año pasado?
Qué va. Yo soy toda amor. De hecho, no odio a gente a la que odiaba a estas alturas del año pasado.

26. ¿El mejor libro que has leído?
"Quién vive, quién muere y por qué", de Lawrence Gonzales. De ficción me gustó mucho "Nunca olvides que te quiero", de Delphine Bertholon. A pesar del titulazo es una preciosidad de libro.

27. ¿Cuál ha sido tu mayor descubrimiento musical?
Vetusta Morla.

28. ¿Qué querías y conseguiste?
Escribir más y mejor. La renta de emancipación. Tener más lectores. Más tiempo libre.

29. ¿Cuál es tu mejor recuerdo de 2011?
Las tres primeras semanas después de conocer a IA. Como dice mi amigo José Luis, mi vida consistía en ir a la playa, escalar mucho, sonreír todo el rato y pensar en maneras de viajar a Valladolid.

30. ¿Tu película favorita del año?
He visto poquísimo cine. Muy, muy poco. Ahora mismo no me viene ninguna peli a la cabeza, de hecho; sólo la de Almodóvar, que me pareció HORRIBLE.

31. ¿Qué hiciste en tu cumpleaños y cuántos cumpliste?
Cumplí 26. Estuve en un curso sobre trastorno límite de personalidad en Madrid, con Luna. Por la tarde fui a una librería y me compré una moleskine y un libro de un chaval que lo estaba presentando esa tarde. Merendamos en el Starbucks y me tomé un caramel macchiato y una cookie, y por la noche cenamos sushi. Fue bastante guay :)

32. ¿Qué es lo que hubiera hecho tu año mucho más satisfactorio?
Lo sentimental ha sido muy mejorable, en muchos aspectos.

33. Describe tu concepto de la moda en 2011.
No poder comprar ropa de calle porque me he gastado el dinero en ropa campestre.

34. ¿Qué te ha hecho permanecer cuerdo?
Escribir todos los días y el deporte.

36. ¿Qué tema político te ha inquietado más?
Supongo que el 15 M, pero soy muy poco política, así que no ha sido una cosa muy allá.

37. ¿A quién has echado de menos?
A J.

38. ¿Quién es la mejor persona a la que has conocido?
Mi amigo Kpot. Está zumbado, pero sin duda ha sido la mejor adquisición de este año.

39. Dinos una lección valiosa que has aprendido de 2011.
Que las expectativas las carga el diablo.

40. ¿Dirías que el 2011 ha sido un buen año a pesar de todo?
Muy, muy bueno. Ha sido un año fabuloso. Ha sido un año del que todos los demás años podrían aprender mucho (ejem, 2008). Un año que quedará en mi memoria como uno de los más divertidos, emocionantes, variados, sorprendentes, conmovedores, entretenidos e intensos que he vivido sobre este bonito planeta. Estoy muy agradecida por este año. Espero que el 2012 sea por lo menos igual; con que no se acabe el mundo, en realidad, me conformo.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Balance del año, I: 12 momentos


(AVISO: Post Muy Largo... id al baño, haceros un café, cambiad de blog... whatever)

Enero

Estoy haciendo tiempo en la estación de tren de Cádiz hasta que salga el tren en dirección a Madrid, donde voy a pasar el fin de semana con mi familia. Hace escasamente media hora me ha llamado Arantxa. Que queremos compartir esto contigo, Marina, me dice. Que estamos la PK, Elsa y yo, y que Elsa dice que tiene un retraso y que ella normalmente es súper puntual. Está preñada, seguro, salto enseguida, no sé por qué, pero lo intuyo. Hablo con Elsa, le pregunto si nota "cosas especiales" en la tripa y cuándo coño se piensa hacer el predictor. Cuando venga Andrés, me explica, así que me quedo con la intriga, agarrada con desesperación a la barra del autobús de línea. Ahora estoy aquí sentada, hace un día de Enero helado y luminoso y el sol entra por los grandes ventanales de la estación. Así que miro al frente, al mundo soleado y brillante que me muestran las ventanas, y pienso: está embarazada. Mi amiga Elsa está embarazada. Viene un bebé al mundo y es de Elsa.


Febrero

Son las nueve de la mañana de un miércoles. Acabo de terminar de desayunar en el bar que hay frente al centro de salud mental y me he venido al despacho a corregir test y pasar historias al ordenador. Entonces entra el MIR de psiquiatría. ¡Hola, MIR!, le digo, contenta. ¡Hola, PIR! contesta él. Así nos llamamos el uno al otro, MIR y PIR, como dos personajes de dibujitos animados. Entre él y yo se ha cimentado una de esas amistades poco estridentes pero sólidas, y en estos días de invierno, cuando empiezo las mañanas deseando que alguien le prenda fuego al centro para no tener que ir, el MIR es la isla de contacto humano que impide que me muera de pena.

Me gusta cuando estamos como hoy, él frente a mí contándome algún caso o hablándome del máster de psicopatología que ha empezado; yo corrigiendo tests a infravelocidad, peleándome con el sistema informático del SAS y criticando a mi jefe. Detrás de nuestra puerta cerrada está el mundo feo y adulto en el que no tenemos más remedio que integrarnos, pero aquí dentro somos él y yo: algo no sé si mejor, pero sí más joven y más ilusionado, y eso me alivia.


Marzo

Es lunes de carnaval, y me levanto tarde aunque ayer no salí. La PK está durmiendo en el sofá de mi salón; ella sí salió anoche, así que no cuento con que emerja de entre las sábanas hasta dentro de un par de horas. Me pongo a hacer café en mi cocina armario y, sorprendentemente, la PK se despierta con el ruido y empieza a contarme la de ayer: una historia chunga con un chaval al que conoció hace unos años, de estas que es bonita pero no tiene futuro.

Y mientras yo doy vueltas por la casa, preparo café y recojo un poco el salón, ella sigue relatando lo que pasó ayer con los ojos tristes y manchados de rímel, y a ratos dice "me duele el corazón", y sé que lo dice de verdad. Le pongo café, la abrazo, no sé muy bien qué puedo hacer para animarla... y ella sigue repitiendo que le duele el corazón, sentada en la cama como Frida Kalho y sin entender por qué las cosas del querer casi nunca son justas.


Abril

Voy en tren a Sevilla para servir en un curso de Vipassana. No quiero ir, no quiero, no quiero, y todo lo que pienso es que ahora mismo podría darme la vuelta, coger otro tren para Cádiz y llamar a J. Porque apenas hace un par de semanas que estuvimos juntos en Granada y lo pasamos muy bien, tuvimos un sexo fabuloso, y si me bajo del tren y le llamo seguro que le apetece venirse unos días. Y a mí me apetece él en mi piso: verle amanecer en mi cama maravillosa, en mi cuarto azul, ducharme con él en el espacio reducido de mi mampara, desayunar cereales con café mientras entra la luz blanca de Cádiz por el balcón. Quiero pasear con él por la calle y tomar café en la croisantería francesa que hay junto al mercado, quiero ver cómo se entusiasma como un niño con los vendedores de erizos y las olas largas de la playa de Santa María.

Pero me he comprometido a servir, me he comprometido a meditar y debo ir. Así que sigo adelante mientras el tren traquetea, con las manos agarradas a los brazos del sillón, alejándome de Cádiz tanto como sin saberlo me estoy alejando de J.


Mayo

Es la noche de mi cumpleaños, y Luna y yo hemos ido a cenar sushi en un restaurante cerca del Paseo del Prado. Llevo cinco días en Madrid con ella: cinco días preciosos que hemos pasado básicamente hablando y mirando zapatos. Ayer por la noche Fede Comín me dedicó un disco, y hoy me he comprado una moleskine en una preciosa tienda de libros y café que se llama "La Buena Vida".

Charlamos, aunque más bien podría decir que charlo yo, porque esta noche, no sé por qué, estoy como un poco triste. El sushi de anguila está riquísimo, y Luna me mira desde el otro lado de la mesa con el pintalabios color coral brillándole en medio de la piel blanca y perfecta. Luna escucha muy bien mientras le hablo de mi familia, de los tíos y del acné del Averno. Me siento dolorida y vulnerable, y un par de veces se me saltan las lágrimas mientras hablo, pero al mismo tiempo sé que esto es bueno. Porque aunque haya cosas que duelan, hoy cumplo veintiséis años y todo está más o menos bien.


Junio

Estoy sentada en la plaza mayor de Grazalema con Juanma, un chico al que conocí hace apenas tres horas. Tomamos café mientras esperamos a que llegue el profesor que nos dará el curso de escalada, un tal Jose Capote. Juanma y yo hemos venido charlando alegremente desde Cádiz; es un poco intenso y nada guapo, pero no parece mala gente.

Entonces aparecen un hombre y una mujer al otro lado de la plaza y enseguida sabemos que son ellos, porque tienen toda la pinta de ser escaladores. Ella está increíblemente fibrosa y tiene los dedos anchos y aplastados; él sonríe a menudo con unos ojos verdes preciosos y se le marcan los hombros por debajo de la camiseta. Se piden otro par de cafés y empiezan a explicarnos cosas sobre el curso: que si el material, que si los nudos, que si las caídas. Ella nos dice que hay un grupo de gente en Cádiz que está empezando a escalar, que después del curso a ver si nos damos los teléfonos por si nos apetece ir con ellos. Pero no sé, yo lo veo lejano y difícil, porque aunque siempre he querido escalar, nunca he pensado que pudiera hacerlo. Seguro que esto es una cosa de dos días. Seguro que me gusta, pero no tengo claro que vaya a seguir con ello.


Julio

Estoy aparcando la moto en la playa de Cortadura cuando me suena el teléfono. Yo sé perfectamente quién es, pero cuando veo el número largo en la pantalla no me queda más remedio que contestar "¿sí?", y entonces escucho una voz dulce y alegre que me dice "qué pasa, vergonzosa". Me aturrullo un poco mientras sujeto el teléfono con una mano y con la otra agarro la bolsa de playa y la silla caletera. Qué acento más gracioso tienes, me dice él, no me lo imaginaba leyéndote. Pues anda que tú, con todas esas eses, contesto yo.

Hablamos dos horas seguidas, parando cinco minutos para que yo me dé un baño. Luego a él se le acaba la batería, pero me vuelve a llamar por la noche, después del roco, y yo no puedo creerme que exista alguien así, con esa mezcla inquietante de sinceridad y dulzura. Cuando colgamos no puedo dormir, así que me paso lo que me parecen horas tumbada bocarriba en la cama, sin taparme porque hace demasiado calor, con los ojos muy muy abiertos y la preocupante intuición de que esto es algo gordo.


Agosto

Voy en el asiento del copiloto de una Transporter, en una carretera del norte, camino a León. Él conduce a mi lado y habla de los campos de trigo en primavera, que son como un mar verde que se agita con el viento. La única época del año en que me gusta Valladolid, dice. Huele muchísimo a una colonia cara, y aunque en otras circunstancias me parecería excesivo, ahora mismo no me importa. Porque a él le hacen juego los ojos verdes con la camiseta y puedo ver la curva de su nariz y debajo su sonrisa, y sé que el olor de esa colonia será para siempre el olor de él, de este momento en que sólo puedo pensar en que vaya pedazo de maromo que me voy a calzar en las próximas horas. Y ahora mismo, aunque aún no haya pasado nada, todo es perfecto, porque aún somos él y yo, aún somos las voces ingenuas al otro lado del teléfono y, por otra parte, estamos aquí, y apenas nos separa un metro de espacio real. Y yo sé que nunca nada será mejor que este momento, esta certeza y esta anticipación porque, como decía nosequién, lo mejor de ir de putas es subir la escalera, y a partir de ahí todo va a peor.


Septiembre

La novia va a hacer su entrada, por favor, pónganse todos en pie, dice la jueza que está oficiando la ceremonia. A mí me sudan las manos sobre el papel del discurso que leeré en un rato, y tengo la terrible intuición de que me voy a dejar un tobillo con estos tacones. Sergio está de pie al principio del pasillo y mira a lo lejos. Entonces aparece Esther, que va preciosa con un vestido tipo griego y los rizos negros cayéndole por espalda, y suena una música italiana que no conocía. Meravigliosa creatura, dice la letra, meravigliosa paura. Maravilloso miedo, y eso es un poco lo que parece que tienen ellos. Y cuando por fin se ven se sonríen, se reconocen, casi avergonzados en medio de todo este tinglado, pero contentos. Cómplices. Y pienso en la suerte que tienen y en si yo alguna vez compartiré con alguien ese tipo de mirada, esa expectación, ese miedo maravilloso.


Octubre

Me estás mirando, llevas mirándome toda la noche, con esa mezcla cruel entre interés y pasotismo y, joder, es que estás muy guapo con tu sudadera naranja y la camiseta negra que te has puesto debajo. Te pareces un poco a Eminem, así tan rubio, con el pelo rapado y la capucha por encima, pero no te preocupes, que Eminem tiene su punto. Hemos oído a Vetusta, yo he cantado y bailado y me he emocionado muy muy mucho. A ti te ha gustado más el DJ de después, que no te conocía yo esa afición por la música electrónica, y ahora los dos vamos un poco borrachos y un poco puestos y hemos salido a fumarnos un cigarro. Y me estás mirando con las pupilas dilatadas, me estás mirando y yo te estoy mirando a ti, y algo intuirás cuando te levantas y dices "no puedo, no puedo, de verdad que no puedo", pero luego no sé cómo tenemos las bocas pegadas y uf, cómo hueles y qué suave tienes la espalda, pero no puede ser, no puede ser y me alejas con las manos extendidas mientras yo te miro, te miro como se mira lo que ya no se va a tener nunca.


Noviembre

Tienes que escribir un post que se llame reaching the top, me dice Kpot mientras caminamos en dirección a la vía que está probando. Claro, porque no todo va a ser darle cuatro pegues a la vía y caerse en la reunión, ¿no? A veces se llega. A veces se llega, y en ese momento no me doy cuenta del poder metafórico de las palabras que utilizo, porque estoy muy contenta de haber conseguido por fin encadenar "No es broma, es Kanfor", 6a+. Ese momento en que el encadene es posible, y entonces de repente te da miedo. Estás ahí arriba, has hecho el último tramo super despacio para no caerte por apresurarte, como la vez anterior. Y sabes que te quedan diez segundos, lo suficiente para agarrarte del canto con la derecha, coger la cuerda de tu cintura con la izquierda, deslizarla entre los dedos y chapar la reunión. Pesan todos los metros de cuerda que llevas debajo, te da miedo que no te queden fuerzas ni para abrir el mosquetón con los dedos, pero tienes que intentarlo, lo intentas y lo consigues, y conseguirlo te parece casi más irreal que caerte. Y para cuando escuchas los gritos de tus amigos y el Kpot te baja a toda velocidad para abrazarte, apenas te ha dado tiempo a asimilar que has llegado, que you have reached the top.


Diciembre

Hoy no te trabajado. Ha sido el primer día de mis vacaciones de navidad y me he levantado tardísimo, para variar, porque llevaba una época que parecía una de esas viejas que despega los ojos a las ocho y ya no puede volver a quedarse dormida. Pero hoy no sé si será porque me ha bajado la regla y me encontraba un poco débil, que hasta las doce he estado metida en la cama, eludiendo la realidad bajo mi nórdico. Después he paseado hasta el hospital para entregar el impreso de las vacaciones, vestida con los pantalones anchos que uso para escalar, una camiseta, un polar rojo, gafas de sol y el brillo de labios de Chanel que me han regalado por navidad. Me sentía guapa y pelirroja bajo el sol brillante del mediodía. Porque vaya sol más brutal, vaya diciembre piadoso que nos está regalando Cádiz. Caminaba por el paseo y a mis pies veía a gente jugando a la pelota, haciendo el pino, corriendo descalza sobre la arena: todo tan idílico y precioso que no te lo podías creer.

Luego, a la vuelta, he parado en la heladería. ¿Tienes alguno sin azúcar? Fresa y nata, ése de ahí. Pues dame de turrón, que fresa y nata no me apetece y, además, estamos en navidad. El heladero se ha encogido de hombros, rollo a mí qué me cuentas, y yo he caminado hacia la orilla sujetando la tarrina con mis dedos de uñas rojas. Me he sentado frente al mar y me he comido mi helado despacito, saboreando el frío en el paladar mientras me daba el sol en la nuca descubierta. Podía oír las olas, y todo estaba tan vacío y expectante como sólo pueden estarlo los días de finales de diciembre. Y he sido feliz, de verdad. Por un momento perfecto y total, he sido feliz.

martes, 27 de diciembre de 2011

Aran

De mis Muy Mejores Amigas, Aran fue la última en llegar, aunque última en nuestro grupo signifique que hace diez años que la conocemos en lugar de veinte. Aun así, se pica un poco cuando le llamamos llamo "la nueva", o cuando le digo que le vamos a convalidar la infancia para que no se sienta marginada. Es intérprete de lengua de signos y está especializada en sordociegos, y también tenemos cierta coña con el tema de que su hobbie en la vida sean los discapacitados. Lo que no sé si ella sabe es lo mucho que admiro el trabajo que hace y su manera de poner el corazón en dar palabras a quien no las tiene.

Es valiente de cojones. Se fue a vivir a Mallorca sin conocer a nadie por un sueldo de seiscientos euros y acabó enamorada de la ciudad. Recuerdo cuando nos invitó a pasar unos días allí con ella. Por aquella época trabajaba por las tardes con Julio, un sordociego adulto, y le tocó llevarlo a comer uno de los días en que estábamos de viaje. De camino al restaurante ella iba delante con él, agarrándole de las manos mientras signaba. Nosotras caminábamos detrás, y recuerdo perfectamente cómo miraba a mi amiga, que llevaba una falda vaquera y una cinta verde en el pelo, y pensaba en lo fuerte y hermosa que me parecía y en lo orgullosa que me hacía sentir.

Ahora vive en un pueblo de Teruel. Allí la mandaron cuando ya se había acostumbrado a Mallorca, e igual que no se lo pensó la primera vez, no lo pensó después y allí anda, adorando a la niña con la que trabaja y apañándoselas para sentirse en casa. De todas nosotras, Aran es la única que tiene problemas de verdad. Problemas serios y tristes de los que ella no tiene la culpa. Pero tira para adelante, porque su capacidad para soportar el dolor y, aun así, mantenerse dulce y entera, es espectacular.

Aran es la que siempre va a estar ahí para mí, y eso lo sé y me tranquiliza. El año en que fuimos a pasar la Nochevieja a Granada y agarré una infección de orina de caballo, y me levanté por la mañana llorando de dolor y sin haber pegado ojo, sabía que a quien tenía que despertar para que me acompañara a la farmacia era a Aran. Si alguien tiene que llevarte al aeropuerto, o pagarte los billetes de avión para que hagas un viaje con ella, o hacerte un regalo espectacular, ésa es Aran.

Porque hace los mejores regalos del mundo. No se trata sólo de que se gaste el dinero, sino de que realmente te observa e intenta averiguar qué es lo que te haría ilusión, y te fabrica cosas, y hace montajes fotográficos con música para verlos contigo y que llores de la emoción. Es muy, muy cariñosa y nunca olvida un cumpleaños.

Y además está llena de poesía. Como a mí, le emocionan y conmueven las palabras, y a veces inventa algunas, como acurrucosa: dícese de la persona o cosa susceptible de ser acurrucada. De vez en cuando nos manda al correo textos sobre su vida en Alcañiz, sobre la niña con la que trabaja o la trompeta que está aprendiendo a tocar.

Tiene mucho talento y no sé si lo sabe. Le gusta la vida, le entusiasman las cosas hasta fronteras ridículas, le encanta la comida alta en carbohidratos y el ajo en polvo del Mercadona. Es limpia y cuidadosa, siempre huele bien y sabe hacer cajitas con postales. Adora a su familia, a sus amigos y a su chica. Es realista y entusiasta, activa y perezosa, dura y dulce. Tiene una gigantesca, enorme, indescriptible y admirable capacidad de amar.

Chanchita, te quiero mucho. Sé que están siendo unas navidades difíciles. Ojalá pueda contribuir un poco a hacértelas más fáciles.




Ciego te crees al sentir que no ves nada.... pero hasta que no cierres los ojos y veas color ante ellos, seguirás ciego y vacío de sentimientos.

(Lo escribió Aran el verano en que la conocí, creo que en una cajetilla de cigarros. Y ahí se quedó, clavado en mi corazón y en mi memoria, exactamente igual que ella).