massobreloslunes

domingo, 2 de septiembre de 2012

SSHP 9: El guaje Joaco


A las ocho y cuarto de la mañana está entrando Joaquín con su Ibiza negro en el aparcamiento de El Molinón. Lo primero que hace es tenderme el kit de desayuno: un termo de café, un tupper con leche y un poco de azúcar envuelta en papel de plata. Me tomo el café con un sobao pasiego y salimos en la furgo en dirección a Arenas de Cabrales, a los pies de Picos de Europa, donde él estuvo currando como profe durante un año. El plan es trepar, pero parece ser que puede que llueva, así que Joaquín mete en la parte trasera como cinco mochilas diferentes y la tabla de surf. “Hay que estar preparado para todo”, me dice. Al llegar, efectivamente, llueve, así que decidimos subir andando hasta Bulnes, un pueblecito que antes estaba incomunicado y que ahora tiene su propio funicular.

Joaquín me explica que le puedo llamar Xoacu, que es su nombre en asturiano, o Joaco, como le dicen su familia y sus amigos. Para Joaco los niños son guajes, todo (es) algu y las cosas le prestan (le gustan). Cada vez que le doy las gracias por algo me increpa con un “¡calla, ho!”, y yo le imito y me descojono. Y la verdad es que a lo largo del día voy teniendo un montón de motivos para darle las gracias. Camina conmigo hacia Bulnes y me dice que él es mi sherpa, que le diga cuándo quiero parar o estoy cansada. Desde detrás, mientras intento no asfixiame subiendo con mis patitas, observo cómo el estira despacio sus pasos largos. “No te preocupes por mí – me tranquiliza – estoy practicando técnica”.  En el pueblo me lleva a comprar una miel espesa y oscura que vende un paisanu y tomamos cañas con más pinchos, porque Joaco siempre tiene un hambre alegre y desorbitada. Flipo sin parar con la belleza desmesurada de Picos de Europa. Es tan verde, tan ajeno, tan parecido a un país mágico y encantado, que no puedes parar de mirar y abrir mucho la boca y los ojos.

El problema, por otra parte, es que Joaco está tremendo; no me queda más remedio que admitirlo cuando se cambia la camiseta sudada después de andar. Tiene el físico atlético y fibroso de los tíos que no buscan tener un físico atlético y fibroso, sino hacer un montón de deporte y vivir sanos y felices. Utiliza mucho la expresión "ir como un avión": dícese de andar o correr veloz o potente. Tú sí que estás como un avión, pienso sin remedio. Es mirarle y saber de forma instintiva que está fuera de mi liga, que dicen los americanos. Qué putada lo mío: soy una guapa mental de gustos exquisitos encerrada en el aspecto de una normalera.

De todas formas, a lo largo del día no es la evidente belleza de Joaco lo que me perturba, que también, sino la forma que tiene de hablar de sus alumnos, de sus guajes, y cómo saluda a los que se encuentra por la calle en Cabrales. Cómo me explica el método que utiliza para que sean capaces de correr diez minutos seguidos, para motivarles, que se tomen el deporte en serio y puedan disfrutar de él. La forma de cuidarme, como si darme gratis su atención y su tiempo fuera lo más natural del mundo. Cómo me lleva por la noche a casa de su hermana para que me duche y se queda viendo una serie sentado en el sofá con ella, porque aunque la serie le parezca textualmente una mierda, sabe que se siente un poco sola desde que lo dejó con su novio.

Joaco es amor y yo a él no le gusto. Lo saben mis huesos.

Aun así, noto como se va generando en mí el típico síndrome de “este tío me mola tela”, y mi SSHP, que hasta ahora fluía guay entre nuevos amigos e inofensivas celivibraciones, se impregna de la angustia de querer muy mucho tocar su cuerpo, y no sólo como el parque de atracciones que tiene pinta de ser, sino para estar cerca de ese corazón tan lindo que tiene.

Me voy a dormir con su imagen flotando en el techo de mi furgo, un poco mosqueada, un pelín esperanzada porque nunca se sabe y bueno, está el karma. Mañana me ha invitado a una manifestación por la escuela pública. Yo voy a ir porque el espíritu del SSHP tiene que ver con decir que sí, fluir, conocer la vida de la gente y demás, pero sobre todo voy a ir porque me apetece tenerle cerca, y eso me cabrea.

jueves, 30 de agosto de 2012

SSHP 8: Asturies, qué guapina que yes (o algo así dice por aquí la gente)


 Estoy en el aparcamiento del campo del Sporting. Verídico. ¿No querías bucolismo y naturaleza, Marina? Hale, pues aquí te hayas, a las afueras de un estadio por donde pasan tres coches cada dos segundos. Yo habría buscado algo más apartado, pero Joaquín el asturiano me ha traído aquí, y cualquiera le dice que no a Joaquín. Es un profesor de educación física verborreico e hiperactivo que tiene todas las papeletas para ganarse el título al mayor personaje del SSHP, y mira que hay competencia. Lo confirmaré cuando haya pasado más tiempo con él.

Esta mañana he salido de Polientes después de desayunar. Al levantarme he pillado a Carlos haciéndome un dibujo de despedida como Couchsurfer. “Menos mal que te has despertado”, me ha dicho, “porque después del dibujo no sabía qué poner”. Salgo de la aldea en dirección a la costa cantábrica con la nostalgia renovada. Polientes ha sido una parada muy interesante: un curioso oasis friki en la Cantabria profunda.


El dibujito de Carlos. ¿No es genial?


A partir de Reinosa, el Norte parece haber dicho “aquí estoy yo” y lo ha llenado todo de niebla. Estoy encantada a pesar de no ver un carajo, y conduzco con música siniestra por la autovía de la costa. Paro al llegar a San Vicente de la Barquera porque lo veo muy bonito y porque me apetece comerme uno de los sobaos que, hoy ya por fin, he podido comprar en una tienda del pueblo.

La playa de San Vicente es pequeña y está casi vacía. Me acerco a la orilla sobao en mano a mirar a los surferos. Lo del surf me intriga. En una escala de deportes que me apetecen, donde el diez es escalar y el uno es el curling, el surf no creo que supere el tres. Por una parte tengo prejuicios hacia los surferos y surferas de largos y rubios cabellos que se pasean por la playa con su tabla y su neopreno, mirándonos a los demás por encima del hombro. Por otra parte los surferos dan como mucha lástima. Ahí de pie mirando las olas y esperando a que venga alguna buena. He estado un montón de rato en la playa y he visto coger tres olas a sendos surferos, verídico; todos los demás se han limitado a esperar. 

Bueno, ya vale, que en realidad tampoco tengo nada en contra del surf. Muy probablemente mis mayores problemas sean que soy a) friolera, b) torpe, c) friolera. El caso es que cuando me harto de mirar gente parada en medio del agua, me tumbo boca arriba a reflexionar sobre la playa norteña. Yo no sé si será la acústica, pero juro por Dios que hasta las olas hacen menos ruido que en el sur. Es todo como nostálgico, como si el verano ya hubiera pasado antes de terminar y tú estuvieras poniéndote morriñosa de antemano. Las conversaciones son sosegadas. La gente lee con las camisetas puestas en sus sillas caleteras, o como le llamen aquí a las sillas de playa (¿Concheras? Por La Concha. Es un chiste, lo juro).

Me levanto pronto, porque toda esta tristura de playa norteña me está dando pereza. Que soy de Cádiz y mucho se lo van a tener que currar en el ámbito marítimo para impresionarme. No tengo plan para trepar esta tarde, así que decido tirar para Cangas de Onís, un poco porque sí y otro poco porque me apetece acercarme a los Picos. Y cuando, efectivamente, veo asomar el macizo a mi izquierda, me sobrecoge como cada vez que lo he visto. Qué brutal. Es de estas bellezas que olvidas de una vez para otra. Conduzco hacia Cangas poseída por los doscientos cincuenta tonos de verde que tiene el campo. Pero-cómo-puede-esto-ser-tan-bonito, repito una y otra vez, atontada.

Almuerzo ensalada de garbanzos en un área de descanso cercana a Cangas mientras leo en mi Kindle. No tengo muy claro el plan de la tarde, así que decido tirar haciá Gijón y ya veré qué hago allí. Entonces me llega un whassapp de Pablo, otro contacto asturiano de escalada, que va a trepar cerca de Oviedo con su novia. Estoy a punto de decirle que no, que mejor lo dejamos, porque mientras llego a Oviedo y demás se me va a hacer muy tarde, pero luego recuerdo mi espíritu SSHP de decir sí a la vida y aceptar lo que me ofrece, y recuerdo también que tengo un montón de ganas de escalar, así que voy para allá.

Pablo y Jenna son una de estas parejas que te hacen pensar: vale, os habéis encontrado el uno al otro, menos mal, porque sois lindísimos de principio a fin los dos, así que hacedme el favor de no separaros nunca, seguid siendo así de lindos y demostrad que hay gente buena y criad a miles de chiquillos lindísimos. De verdad: Pablo y Jenna son amor incluso para los estándares del SSHP, que ya están altos. Hay muchas formas distintas de escalar con alguien, y ellos son compañeros capaces de hacerte sentir segura, confiada, relajada y con ganas. Trepamos un poco hasta que se va la luz mientras yo alucino con el paisaje y ellos insisten en que esto es lo más feo que me voy a encontrar en Asturias.
Volvemos a Gijón y tomamos algo en el paseo. De verdad que son lindos estos dos. Qué gente más simpatiquísima. Me han ofrecido volver a trepar el viernes y presentarme a sus colegas si no encuentro gente para escalar el sábado. Viva y bravo.

Cuando se marchan Pablo y Jenna llega Joaquín, que parece el conejito Duracell puesto de anfetas. Ya ha planificado el día de mañana, y sólo he sacado en claro que a) vamos a Cabrales, b) vendrá a despertarme a la furgo tempranito para que nos cunda el día y c) va a traer café. Joaquín es gracioso de verdad. No le entiendo un carajo con el acento asturiano, pero parece entusiasta.

Ahora me voy a dormir, confiando en que el parking del Sporting no sea digamos el punto de reunión entre los camellos y las putas de Gijón. Pero tranquilidad, que hay muchas furgos y caravanas por aquí cerca y confío razonablemente en no morir. De hecho, me preocupa bastante más trepar con Joaquín mañana que dormir aquí esta noche.

Hasta mañana, queridos lectores, y gracias por acompañarme de forma virtual en este viaje al que, por desgracia, ya le va quedando menos (muero de la pena).

miércoles, 29 de agosto de 2012

SSHP 7: Viviendo en modo gatuno


Me despierto en Polientes en medio de un silencio absoluto, en la oscuridad, debajo de dos mantas. Es la segunda noche consecutiva que me levanto con la sensación de haber dormido profundamente, y es cojonudo. De camino al baño me encuentro con que me ha bajado la regla; qué buen rollo lo de no tener sexo, en el sentido de que ni siquiera llevaba la cuenta de cuándo me tocaba para prever posibles hijitos no deseados.

En el salón están Carlos, el andaluz exiliado que me aloja, y Maika, una amiga suya de Jaén que lleva todo el verano trabajando aquí. Los dos están como unas maracas y son alegres de una forma absurda y sanota. Muy jienenses. Bea, una chica que trabaja en el mismo lugar que Carlos y vive arriba, nos saluda por la ventana de la cocina mientras riega su albahaca. “Os espero a las once y cuarto en la puerta”, nos recuerda a Maika y a mí, porque va a llevarnos de ruta por un robledal cercano.

Hace un sol y un calor de flipar. Empiezo a pensar que lo del Norte frío y húmedo es todo propaganda. mientras me asfixio al subir el cortafuegos que da comienzo a la ruta. ¿Estoy mayor? ¿Tengo toda la sangre acumulada en el útero? Caminamos entre robles durante horas y nos hacemos fotos en el interior de un tronco centenario, y le explico a Maika que en Jaca subí a un monte con la cámara y el trípode y me estuve sacando un reportaje mientras la gente me miraba con cara de “qué pobre, no tiene amigos”. 
Bea nos explica la diferencia entre los distintos tipos de roble y Maika persigue a los insectos con su Nikon maldiciendo la falta de macro. Me cuenta que se apuntó a un curso de fotografía, pero que se equivocó y trataba sólo de retratos. “A mí es que me gustan los bichos”, me explica. Yo alucino con eso de que hay gente para todo, porque a mí me fascinan las caras y las mentes de la gente, y que alguien se pueda apasionar por cosas como las hojas de roble o los hemitórax de los insectos me resulta tierno en su frikismo. “Los insectos son tan pequeños y tienen una vida tan grande”, me explica Maika, entusiasmada.

A la vuelta me zambullo en mi camita con mantas a echarme la siesta. Parece que toda mi energía se concentra en eliminar los restos inservibles de sangre uterina. Espléndido. Dos horas de sueño, medio litro de colacao fresquito y un espidifén más tarde soy casi persona. Viene a recogernos Carlos en su furgo para llevarme de ruta por el valle. Valderredible quiere decir algo como “Valle en torno al río Ebro”, y recorremos la carretera escuchando todo el rato el rumor del agua. A mí, como a buena andaluza, lo de que haya agua así corriendo en libertad sin nadie que abra grifos ni que proteste por la sequía me fascina.

Me llevan a un pueblito que parece un belén, con cascadas cayendo en pozas azules como en un cuento de hadas. Luego subimos a unas formaciones rocosas que moldea el deshielo a través de las paredes. Visitamos una ermita rupestre de arenisca y acabamos en una casa abandonada llena de trastos viejos. Yo me alumbro la cara con la linterna del móvil para asustar a Bea. “¿Sabes? - le digo -, yo en realidad empecé mi viaje en invierno. Había neblina y hielo en la carretera, y al tomar una curva me salí... y ahora viajo de Couchsurfing por los pueblos de Cantabria para advertir a la gente”. Bea se ríe, chilla, se queja a Carlos de que “la couchsurfer es siniestra”.

De camino a la furgo, no sé por qué, empezamos a cantar “Bajo el mar”, y resulta que Carlos tiene en el mp3 la mayor recopilación de canciones Disney que he visto en mi vida, así que acabamos chillando en grupo grandes éxitos como “Vaya tiarrón es Gastón” o “El genio genial”. Carlos se sabe todas las canciones a la perfección, incluyendo coros y voces secundarias. Hay algo decididamente tierno en este andaluz flaquito y animalófilo que lleva el peluche de un urogallo en el salpicadero.

Volvemos a casa y Bea se marcha a preparar unas verduras con cuscús que va a invitarnos a comer en su casa. Parece ser que es mi fiesta de despedida y bienvenida. “Despenida... o binvedida”, propongo yo, con mi habitual fanatismo neológico. Corto queso de Arriel en la cocina, preparamos una ensalada y Carlos saca unas patatas fritas jienenses que tiene en reserva en las profundidades de la despensa. Las patatas jienenses están brutales, el cuscús de Bea también, y mientras escuchamos reggae tumbados en el sofá y dejo que la cena se me digiera despacio en el estómago, me digo que esto es bueno. Esto de aceptar la vida tal y como viene, lo que la gente te ofrece generosamente. En los cursos de Vipassana no se permite pagar nada, entre otras cosas porque se supone que eso te predispone a aceptar las condiciones como son, sin esperar nada a cambio de tu dinero. Aquí, en esta casa ajena, bebiendo y comiendo lo que me dan, asistiendo a las visitas que me proponen, viendo los sitios a donde me llevan y cantando lo que me ponen en el coche, me siento un poco así. Capaz de no esperar más de lo que la vida me va dando, que es muchísimo, sin necesidad de esperar, de retener, de ajustar la realidad a mis perspectivas. Teniendo como única misión ser agradecida y generosa a la vez con lo que yo sí puedo dar: queso, alegría, escucha, fregar platos.

Paro un momento de escribir para recalentar la infusión de hierbabuena con miel de brezo que me estoy tomando. En el valle hay un silencio profundo. Carlos y Maika se han acostado hace un rato, e intuyo que Bea también duerme en el piso de arriba. Podría hacer esto mucho tiempo, me digo, esto de viajar. Quiero decir, que tengo ganas de volver a Cádiz, pero no por nada, sino por estar en Cádiz, porque Cádiz me encanta y me gusta estar allí, porque quiero ver a mis pacientes y escalar con mis amigos. Pero no siento todavía esa necesidad de estar en Mi Cama, en Mi Casa, con Mis Cosas; estoy a gusto levantándome en camas ajenas aún sin tener muy claro hacia qué lado tengo que sacar los pies.

Me reafirmo en el convencimiento que tengo últimamente de que lo que hace de la vida algo curioso, divertido y digno de ser vivido, lo que la distingue de ser un puto erial asqueroso y lleno de decepciones, es la gente. Nuestra capacidad de relacionarnos, comunicarnos y sentir con otros. No importa que la gente también pueda ser la parte cabrona. Este viaje no será Jaca, ni las paredes de Vadiello, ni el monte Oroel, ni el barranco de las Peoneras, ni los encadenes, ni los robles, ni el urogallo, ni los sobaos pasiegos, ni la piedra en seco. Este viaje serán Cris, Mauricio, la PK, Antonio, Ro, Erika, Serbal, Lobito, Bloguero/a Misterioso/a, Jorge, Arriel, Aitor, Lucía, Arkaitz, Marta, Ann, Aoiffee, Raquel,Tomás, Carlos, Maika, Bea y los que me queden por conocer. Gente linda que me ha dado sólo por ser yo: tortilla, vino, fajitas, queso, ánimos para escalar, aseguramiento, barrancos, más vino, kilómetros en furgo, pateos, fotos, agua, pan y muchas más cosas.

Hace unos días leí algo sobre los gatos, y cómo van por la vida como si se lo merecieran todo. Yo soy mucho más gatuna que perruna, y algún día expondré detalladamente por qué, pero una de las cosas que me mola de ellos es eso. Ese caminar por la vida conscientes de que ocupan el espacio que necesitan y reclaman, ni más ni menos, y que merecen mimitos, comida, rascadas en la barbilla, calor y cosas buenas sólo por ser bonitos y estar vivos, sin necesidad de hacer nada más que eso. Me gusta ser gatuna y existir digna y agradecida en medio de cuscús, infusiones de brezo y vías de escalada.

¿Por dónde siguen los planes del SSHP?

Mañana planeo levantarme, descargar en mi mp3 todas las canciones Disney de Carlos y tirar millas dirección Asturias. Ya van picando las yemas y es cuestión de volver a escalar. Por allí cuento con Joaquín, un gijonés que acaba de volver de Yosemite y ha prometido llevarme a trepar, así que si da señales de vida antes de la tarde es posible que acabe por alguna de las escuelas de allí mordiendo la pared como una desesperada.

Estos cuatro días que me quedan querría dormir en la furgo. Lo de las camas ajenas mola, pero me apetece amortizar la Dobloneta y despertarme con los pies sucios y el corazón contento. Tengo unas ganas locas de llegar a Asturias. Allí también voy a conocer a Nieves, mi bloguera fotógrafa favorita, a la que voy a intentar arrancar el secreto de su arte y quizá (sólo quizá) unos cuantos culines de sidra.

Lo único que va mal en el viaje es la búsqueda del sobao pasiego hipercalórico. Me voy a encomendar a los dioses viajeros para que mañana pongan unos cuantos en mi camino. Ah, bueno, y lo de la noche de pasión que en teoría me gané a fuerza de perderme por los campos de Conil para buscar a Cris. Pero he llegado a la conclusión de que de un tiempo a esta parte emito unas vibraciones célibes o Celivibraciones que apartan de mi camino a los machos en disposición de dar bambú, así que me resignaré a sublimarlo en la comida y la escalada hasta que cambie el viento.

Me despido y me marcho a dormir en mi cama con sabanitas de franela. Se os quiere.

martes, 28 de agosto de 2012

SSHP 6: Sábanas de franela

Esta mañana, por primera vez en semanas (o quizá meses), he dormido nueve horas del tirón. Con mantita. En medio de una absoluta oscuridad. Al despertar, me ha costado un poco menos orientarme que en días anteriores: sigo en Jaca, mis músculos ya no duelen tanto, hoy me marcho de aquí. Miro la hora: no me puedo creer que sean las diez. Y yo que quería madrugar y salir tempranito. Pero bueno; qué prisa hay. Estoy de vacaciones.

Jorge me dice que él también ha dormido estupendamente. Nos comunicamos los mutuos estados de nuestro estómago: parece ser que los dos nos medio intoxicamos de tragar agua en el barranco (nota mental: añadir razón para no volver a hacer barranquismo jamás) y ayer pasamos el día con la tripa levantada. Compartimos un desayuno de tostadas, café y queso de Arriel en el salón inundado de sol de su piso. Recojo mis cosas, que en cuatro días parecen haberse reproducido por su casa, cargo la furgo y nos despedimos. Jorge me desea suerte, yo le prometo que para cuando nos reencontremos habré aprendido algo de escalada clásica y nos podremos ir por ahí a subir muros espectaculares.

Programo el GPS para Polientes y cojo la carretera. Hace un día tan luminoso que cuando paso junto a Pamplona cualquiera diría que estoy en Marbella. Esto no es El Norte, que me lo han cambiado. Paro a comer en un área de descanso en la frontera entre Navarra y Álava, junto a un riachuelo y una cueva enorme donde en teoría se escala. En la práctica, parece que hoy nadie tiene ganas de freírse en las paredes. Me preparo un poco de puré de patatas para mi estómago chungo, leo un rato en mi ebook a la sombra de los árboles, lavo los platos en el riachuelo frotándolos con arena en plan trampero-jipi-no contaminante.

A partir de Vitoria, el GPS me lleva por carreteras secundarias y estrechas a través de un paisaje que mezcla el norte verde con la Castilla extensa y árida. Me cruzo literalmente con cinco o seis coches en todo el camino. Paro en Oña para comprar algo de comida, porque no me fío del tamaño de los pueblos que me quedan hasta Polientes. Recuerdo cuando estuvimos de campamento con los scouts por la zona de Burgos. Habíamos programado una ruta calculando las compras de comida en función de los pueblos que aparecían en el mapa. Cuando nos dimos cuenta de que en Burgos un pueblo equivalía a tres casas y una vaca, ya era demasiado tarde y tuvimos que pasar una semana comiendo arroz blanco.

Oña es un pueblo bastante animado con un monasterio gigante que ni de coña me apetece visitar. El día sigue absurdamente azul, y los paisanos se agrupan en las terrazas con cara desconcertada. Yo voy tienda por tienda recolectando comestibles: jamón y morcilla en la charcutería, aceite y leche en el súper, media barra de pan en la panadería. Entonces paso junto a una plaza con una fuente que queda justo en medio de un chorro de sol. A un lado, en el suelo, se ha sentado una niña de unos trece años, con cuerpo patilargo de adolescente y un rostro extraño, casi ido. Se ha remangado la falda sobre los muslos y se los moja con agua de la fuente. Me quedo mirándola, echando de menos la cámara y preguntándome qué piensa mientras se moja las piernas al sol, qué es de su vida, a quién espera.

En general, si miras la vida con la suficiente atención, te das cuenta de que todo el mundo tiene un pequeña o gran preocupación, lo que no es más que una forma distinta de decir que todo el mundo tiene su pequeña o gran historia. Cuando viajas lo percibes todavía con más potencia. Qué lleno está el mundo de personitas, y qué importantes y triviales son todas. También es fácil darse cuenta de que el dolor está muy cerca en casi todo el mundo: que lo que marca la frontera entre no conocer y conocer a alguien es darte cuenta de que, como todos, está roto en alguna parte. Esto voy pensando yo mientras camino por Oña, y me pregunto si no será un requisito para ser un buen escritor o un buen psicólogo: reconocer la dignidad y la belleza de todas las historias, reconocer y rendirse ante la presencia del dolor.

Sigo camino hacia Polientes. Conduzco fascinada y tranquila por las carreteritas del norte de Castilla; está claro que lo que hace estresante conducir es el hecho molesto de tener que compartir la carretera con más coches. Carlos, el chico que me aloja, me ha advertido de que Valderredible, el valle donde está su pueblo, no es la típica zona verde norteña que yo tengo asociada en mi cabeza a Cantabria, así que a medida que me acerco y el paisaje sigue plano y amarillo, me resigno a que el norte me siga escamoteando el verde. Pero de repente en un cartelito pone "Cantabria", el camino gira hacia la izquierda y aparece un valle encantador con el Ebro al fondo, lleno de vegetación, bosquecitos y campos de cultivo. ¡Pero qué bonito es esto!, exclamo en voz alta. Paro la furgo en un merendero junto al río y me preparo un bocadillo de jamón y dos colacaos, dos (pero sólo porque las tazas de mi furgo son muy pequeñas. En serio).

A las ocho y media aparece Carlos en una furgo blanca. Viene de hacer surf en Asturias y es encantador de principio a fin. Vive en un piso grande y destartalado en el único edificio de Polientes que alquila habitaciones, y enseguida me instala en un cuarto de camas gemelas y me deja meter mi comida en su nevera. Nos reunimos en el salón con otras dos amigas suyas. Parecen gente linda, gente sana que estudió medioambientales y ama cosas raras, como los animales o las cortezas de los árboles. A mí me entra una nostalgia tonta de Jaca, que al lado de Polientes parece Nueva York, pero enseguida me fascino por la Cantabria profunda y me engancho a leer los cómics que Carlos dibuja en las tarde de invierno.

Ahora estoy sentada en la cama, que acabo de hacer con las sábanas de franela que me ha prestado Carlos. Sábanas de franela. Qué arte. Me imagino poniendo sábanas de franela en Agosto en Cádiz y me pica el cuerpo. Estoy instalada en la habitación de los deportes: el cuarto donde Carlos guarda la bici, la tabla de surf, los cascos de bici, los pies de gato, y una vez más me sorprende esta constatación de la de vidas que hay en el mundo y la extraña presencia que tienen las cosas cuando sus dueños no están.

Y sin más me despido, que mañana me llevan a una ruta hacia un bosque de ¿hayedos? ¿robles? No lo tengo claro. Mi amor por la naturaleza es inversamente proporcional a mi interés por sus detalles teóricos. Sed felices. Viajar es bonito. Se ven más cosas, se vive más, todo se amplía y el tiempo se extiende en tu mente por el benéfico efecto de la dopamina cerebral. Viajad, viajad, malditos. Y contadlo luego.

lunes, 27 de agosto de 2012

SSHP 5: Recordadme que la próxima vez que me ofrezcan hacer un barranco me niegue en redondo

Me despierto en mi cama de Jaca y compruebo constantes vitales. La respuesta de mi cuerpo es clara. Dolor. Voy probando músculo por músculo. ¿Gemelos? Dolor. ¿Cuádriceps? Dolor. ¿Bíceps, tríceps, dorsales? Dolor, dolor, dolor. Yo que ya pensaba que este pobre cuerpo mío se estaba acostumbrando a recuperar rápido, y me encuentro en una de esas resacas deportivas horribles que ya hacía tiempo que no vivía.

Me paso toda la mañana sin poder moverme. Verídico. Nivel no querer abrocharme el sujetador. Jorge me dice de ir a escalar esta tarde, y lo peor es que todavía tengo el valor de pensármelo. ¿Escalar, Marina? Seamos objetivos: no puedes andar, así que resígnate a descansar hoy. El resto de la mañana transcurre en medio de objetivos concretos y pequeños: paracetamol. Agua. Dormir.

Por la tarde recupero parecialmente las ganas de vivir y voy a visitar la quesería de la familia de Arriel, el compañero de piso de Jorge. Nos enseña las instalaciones y el obrador y nos da a probar el queso. Las ocas que compraron para hacer foie siguen vivas porque les dieron pena, y amenazan con alas abiertas y chillidos salvajes a cualquiera que ose acercarse a ellas. A Arriel le gusta el trabajo y se le nota; "ojalá no me gustara, porque así huiría de aquí", dice justo antes de explicar, encantado, cómo su madre y él charlan de las cosas del día mientras rellenan los moldes de queso antes de meterlos en la prensa.

Mañana me marcho de Jaca en dirección a Polientes, en Valderredible, al sur de Cantabria. Me da penita irme, porque es curioso lo poco que se tarda en habituarse a un sitio y a una gente. Un viaje es una buena metáfora de la vida: gente que llega y que se va, conocer y encariñarte con algo y perderlo justo después. Vivir muy consciente el presente porque sabes que nunca va a ser lo mismo que esto: nunca vas a vivir de nuevo la experiencia de llegar aquí sin conocer a nadie y que te traten bien porque sí, que te lleven a escalar, que te den las llaves de una casa. Hoy he leído que la vida no va de merecerse, sino de permitir. Permitir que te pasen cosas buenas: el amor, la amistad y la generosidad. Creo que a mi autosuficiencia esta generosidad tan gratuita del couchsurfing le está sentando bien. Es como un bálsamo que te ofrezcan cosas sin esperar más que los mínimos.

De todas formas, me apetece seguir viaje. Mañana la Dobloneta y yo saldremos temprano en dirección a Cantabria. Mis planes cántabros se vertebran sospechosamente en torno a buscar y consumir la mayor cantidad posible de sobaos pasiegos. Sobaos que rezumen mantequilla. Sobaos que pesen en mis manos como diciendo: aquí estoy, soy una bomba calórica, ven a mí. Y entre sobao y sobao, quizá dar algún paseíto y demás. Allí me alojaré con Carlos, un andaluz exiliado que sale los fines de semana a buscar y fotografiar animales.

Seguimos informando. Me da la impresión de que las agujetas causadas por la parte Hill del proyecto se están cargando la calidad literaria de la parte Steinbeck, pero qué le vamos a hacer.

domingo, 26 de agosto de 2012

SSHP4: Arkaitz y las sardinas picantes

Son las cuatro de la tarde y Jorge, Arkaitz y vamos en furgo después de salir de hacer barranquismo en Las Peoneras, en la sierra de Guara. Llevo despierta desde las seis y dando trechas por las rocas desde las nueve, así que estoy básicamente que no puedo con mi vida. El estado de mi estómago podría definirse  como "tengo un hueco aquí".

Arkaiz es un vasco con ojos de abuelo y sonrisa de niño que nos ha hecho de guía por el barranco. Tiene una tranquilidad pastoril, de esta que parece que sólo puedes adquirir si te pasas la infancia en un caserío y la edad adulta siendo guía de montaña. Ahora nos vamos los tres a trepar, pero antes barajamos la posibilidad de hacernos unos bocatas. Me parece bien, porque creo que mis reservas calóricas de una semana se las ha tragado el barranco.

Paramos en una gasolinera para comprar pan, nos sentamos en el bordillo y Jorge saca unas cuantas latas de sardina, un tarro de foie gras y una navaja. Arkaitz trae una cocacola y empezamos a comer con entusiasmo. "Qué rico", dice Arkaitz mientras saca las sardinas picantes con las manos. Se está comiendo la lata como si fuera la primera persona en la tierra que ha comido sardinas, o como si le hubieran servido un plato de diseño en el Bulli.

Nos ha contado hace un rato que en 2006 se cayó bajando una vía porque al que se aseguraba se le terminó la cuerda. Se precipitó desde unos 13 metros y se partió el coxis, una vértebra, los calcáneos y no sé qué otras cosas. Dice, sin embargo, que empezó a estar contento desde el mismo momento en que se dio cuenta de que podía mover y sentir los pies. Mientras caía, explica, le dio tiempo a pensar que se iba a reventar por dentro, que se quedaría paralítico y no podría volver a trepar ni a hacer montaña. En el hospital, mientras se recuperaba, se sentía feliz.

Podría pensarse que a partir del accidente Arkaitz fue capaz de saborear la vida como está saboreando ahora mismo las sardinas en lata, pero no lo creo. Opino que él ya era así antes, y que si cuando se cayó le dio por alegrarse en vez de por pensar en la putada que es romperse todos esos huesos, es porque lo llevaba de serie: mirar el lado bueno, agarrarse a la parte viva. Eso pienso mientras le veo saborear un cortado de máquina con entusiasmo mientras nos mira y dice, muy serio: "de verdad, que esto es un buen café":

Cuando terminamos de trepar y volvemos a Jaca, yo estoy tan cansada que ni siquiera tengo claro si respiro. Apoyo la cabeza en la ventanilla y me adormilo mientras escucho cómo Jorge y Arkaitz charlan tranquilamente y con muchas eses sobre conocidos comunes y cómo les va a cada uno. Hay algo reconfortante en esta serenidad norteña. A medida que cruzamos el puerto de Monrepós y los Pirineos aparecen al fondo, Arkaitz puntea la conversación con exclamaciones de asombro. Señala las montañas, las llama por su nombre y habla de lo bonito que es el color del cielo, como si fuera la primera vez, y no la enésima, que cruza ese puerto.

Estoy en una nube de "todo esto es tan genial". Podría ponerme friki y decir que viajar escalando es muy guay: que ciertos rituales, maneras, lenguaje y espíritu parecen ser comunes en todas partes y crean un vínculo especial a través de la cuerda. Podría hablar de lo bonito de los viajes compartidos, los sofás ofrecidos y, en general, la amable solidaridad que permanece a pesar (o quizá a causa de) esta crisis asquerosa. Pero si me tengo que quedar con algo hoy es con el entusiasmo de Arkaitz por los montes que conoce, los barrancos que ha hecho mil veces y las sardinas picantes. Porque aunque piense que le viene de fábrica, no deja de tener mucho mérito.

sábado, 25 de agosto de 2012

SSHP 3: De donde no hay...

... mmmm.... he tenido una... una cena mexicana o parecido... con ¡¡fajitas!! Fajitas de morcilla. El norte es raro. Y... vino, había vino, seguro, y esta mañana he subido un monte aaaaalto aaaaalto y por la tarde he estado escalando en un sitio con... ¡con un arroyo! Flipa. Y la gente decía que hacía calor. Nononono, perdona, calor es tener que meterte en una acequia para no morir. Y mañana voy a hacer un barranco y... no estoy para hacer barrancos, francamente, pero.... todo es fluir. ¡Y después a Rodellar! Qué fuerte. La gente del norte es muy maja. Graciosa. He aprendido una expresión nueva: "fornicio intersectorial". La gente del norte tiene el mismo plomillazo que los del sur.

 Creo que he tomado demasiado vino.

El SSHP mola diez mil.