Es curioso, pero la enfermedad mental me genera mucha más compasión que la física. Es ir por el hospital viendo a todos esos ancianos pluripatológicos y mi sensación, más que de comprensión y solidaridad por su sufrimiento, es que algo va muy, muy mal. "La esperanza de vida ha aumentado gracias a los avances en medicina", me dice mi madre, orgullosa, y yo pienso que para ser una especie de zombi dolorido que se mantiene vivo a base de insulina, estatinas y antihipertensivos, aliñado con analgésicos que van del gelocatil a la morfina, y regado todo ello con una generosa dosis de omeprazol que evite que se te agujeree el estómago, prefiero morirme.
Hoy estábamos atendiendo a un anciano en la interconsulta. Interconsulta quiere decir que te avisan de otros servicios del hospital porque los pacientes necesitan ayuda psicológica o psiquiátrica. Del rollo de "paciente ingresado durante un año dice estar deprimido" (lógico) o "paciente de 27 años con intervención de quiste medular que ha resultado en paraplejia verbaliza sintomatología ansiosa" (y quién no). El anciano de hoy, más que deprimido, estaba cabreado. "Si es que yo no he bebido nunca alcohol, señorita", decía, "ni fumado tabaco. Yo esperaba poder disfrutar de mi vejez y mi vejez me ha engañado". Luego decía que se le estaba clavando la cuña en la espalda y gritaba algo como "¿usted se cree que se le puede hacer esto a un cristiano?".
Su puntito histriónico lo tenía, el buen señor.
Los martes por la tarde me quedo en la UCI pediátrica, y como ahora paso toda la mañana dando vueltas por el hospital, procuro salir a comer fuera para despejarme. Hoy estaba el día un poco nublado, y como ahora me he vuelto nortéfila, casi agradecía el punto melancólico y el relativo fresquito del mediodía. Camino hacia la orilla de la playa, extiendo el pañuelo con estrellitas que llevaba en el cuello esta mañana y me siento encima con las piernas cruzadas. Me tomo mi cartón de gazpacho del Mercadona y unos pastelitos de bonitato y salmón que cociné ayer en el horno.
Después entro otra vez en el hospital, me pongo la bata, suspiro. Lo de ponerse la bata está lleno como de resignación, y al mismo tiempo te da cierto poder extraño. La bata dentro del hospital te cambia. Los médicos te saludan aunque no te conozcan, la gente te deja sitio en el ascensor, todo el que te ve caminar asume que tienes algo que hacer y que es importante.
Me resulta curioso que, a estas alturas de la vida y después de haber jurado que no quería ser médico, esté trabajando ahora en un hospital. Me siento un poco como jugando a Anatomía de Grey, y tengo que esforzarme por recordar que mi misión en esta vida no es entender cómo se insuliniza a un paciente. Me doy cuenta una vez más de que las cosas que nos interesan a mí y a mis locos compañeros de Salud Mental, en general al resto de la gente le importa un pimiento. A mí me resulta extraño lo de los médicos. ¿Cómo se pueden disociar los síntomas físicos de la vida de la persona? ¿Por qué no les entra curiosidad por saber qué hace que la obesa mórbida no pueda dejar de comer, o que el adolescente se niegue a controlarse la diabetes?
Puede sonar raro, pero me sentía mucho más cómoda en Agudos. Los locos son ciento cincuenta millones de veces más interesantes, sorprendentes, variados y (para mi gusto) dignos de compasión que los enfermos somáticos. Que te cuenten que les duele mucho la planta de los pies porque no les llega el riego sanguíneo no se puede comparar a que te cuenten que, de repente, todos los policías de la comisaría del pueblo se han convertido en zombis. Supongo que sobre gustos no hay nada escrito.
En general, en estos días, al llegar a casa tengo que sacudirme el poso de la enfermedad como si fuera un olor persistente que se te ha quedado pegado. Mirarme los pies y congratularme de que no tengan úlceras, agradecer a mi páncreas su funcionamiento razonablemente eficiente, tocarme la cintura para asegurarme de que no acumulo michelines que me van a llevar a la diabetes. Recordar que nada de lo que haga es un seguro para que la vejez no me traicione y, a la vez, que no debo aplazar las cosas.
Interesante currar en un hospital, cierto. Pero me alegro de que mañana sea miércoles, que son los días de Vejer, de la terapia con Anxo y de esos momentos en los que te das cuenta de que las palabras son tan poderosas como las estatinas, y de que con cuatro paredes, imaginación y un poco de amor por el riesgo y de amor a secas, en una buena consulta de psicologia puede pasar cualquier cosa.
martes, 18 de septiembre de 2012
lunes, 17 de septiembre de 2012
Ola de pena
Esta mañana me he levantado tristona. En plan como se levanta la gente normalmente los lunes. Iba caminando por mi calle en plan me aprietan los vaqueros, estoy más que harta de la paleo dieta estricta, tengo frío pero no voy a subir otra vez a casa por la chaqueta, es súper temprano, me queda un montón indecente de horas antes de volver a mi dulce hogar, es SÚPER TEMPRANO, no quiero ver diabéticos hoy, echo de menos viajar. And so on.
De camino a la parada del autobús, todavía de noche, el primer día de escuela se iba haciendo notar. Paso junto al colegio que hay al lado de mi casa y alguien está abriendo la puerta en la oscuridad. Ni siquiera le veo la cara. Es esa persona de cuya existencia ni te percatas cuando eres pequeño, porque para ti el colegio simplemente está abierto siempre, está ahí. Después, al cruzar la calle, tres niños de unos once o doce años esperan junto a un coche a que el padre baje para llevarlos. Las mochilas parecen enormes, y ellos tienen las caras extrañadas del madrugón. "No he dormido nada esta noche", le escucho decir a uno mientras paso al lado frotándome los brazos.
El primer día de colegio no es malo. Te sorprende el fresquito de la mañana, eso sí, porque tú ya te creías que la temperatura no bajaba del calorazo que te encuentras cuando te levantas tardísimo en Andalucía un día de septiembre. Pero he aquí la cruda realidad: ya refresca, y estas horas también son ahora tus horas. Metías lo básico en la mochila: un cuaderno, la carpeta delgadita con hojas en blanco, el estuche con un surtido de bolis y rotuladores. El primer día de colegio yo todavía pensaba que podía ser, por una vez en la vida, organizada, ordenada y eficiente, así que lo apuntaba todo con mucho primor en la primera hoja de mi cuaderno y me proponía llevar siempre ordenada mi carpeta clasificadora. Después el caos se iba apoderando de mí y terminaba con todo mezclado y doblando los bordes de los libros que había olvidado forrar.
La verdad, desde que trabajo vivo desorientada. Antes estaba muy claro: vacaciones era igual a verano, estudiar era igual a todo lo que no era verano. Podía situarme bien en el calendario. Ahora septiembre me cuesta: buen tiempo y trabajar, ¿de qué me suena esto? ¿no lo he hecho ya en junio y en julio? ¿dónde estoy? Ya empieza a sonar la navidad como referencia temporal, y a mí se me pone la carne de gallina. Me he apuntado a un curso de Vipassana para esa fecha, pero aún no sé si tendré plaza.
Hoy ha sido como un primer día de colegio para mí. En el sentido de que ha sido el típico día en que te das cuenta de que, por muchas novedades que aparezcan, por contenta que te sientas en general, algunas cosas siguen, y siguen, y no se paran, y los días al fin y al cabo no son más que una sucesión de pequeñas tareas que tú te esfuerzas por terminar a tiempo. Extraño la libertad. Iba caminando por la calle y me he cruzado con un chico que se parecía a Jorge, mi anfitrión de Jaca, y he recordado la sensación cuando llegué al pueblo y le encontré con sus amigos jugando al ultimate frisbee. El estado mental de sorpresa y alegría que me acompañó durante todo el proyecto, y que te puede convertir en una verdadera yonki de viajar, de moverse, de no tener una lista que tachar al final del día.
Hago una pausa para intercambiar unos cuantos whassap con Joaco, que me agradece las fotos de la manifestación que he colgado en Facebook. Me pregunta por mis obesos y los llama "fartones" (porque se fartan). Oh, echo de menos a ese chico, las cosas como son, y mira que le conocí poco. Pero echo de menos justo eso: la sensación de ir conociéndole, su acento asturiano, su energía desmesurada.
Vuelvo a mis escritos y pienso en qué me falta ahora, y en realidad, hoy lo iba pensando, el mayor problema que tengo de un tiempo a esta parte es que me siento creativamente seca. Muy, muy seca. Es decir, que vengo aquí, me exprimo el cerebro y algo sale, porque tengo práctica, pero me falta un impulso, un proyecto, algo más profundo e intenso que estos posts. Y no sé de dónde sacarlo porque no tengo tiempo ni espacio mental; y también porque ya lo escribí hace bastante tiempo: para escribir con intensidad parece que necesito al amor o al desamor, y ahora mismo no tengo ninguna de las dos cosas.
En fin. No os dejéis engañar por este post: la ola de pena de otoño nos alcanza a todos y es difícil quedarse impertérrito cuando te cubre la cabeza con su melancólica espuma de anochecer temprano. Habrá proyectos. Habrá alegría. Y vive dios que habrá amor y/o desamor, porque mi corazón entusiasta no va a dejar que sea de otra manera.
De camino a la parada del autobús, todavía de noche, el primer día de escuela se iba haciendo notar. Paso junto al colegio que hay al lado de mi casa y alguien está abriendo la puerta en la oscuridad. Ni siquiera le veo la cara. Es esa persona de cuya existencia ni te percatas cuando eres pequeño, porque para ti el colegio simplemente está abierto siempre, está ahí. Después, al cruzar la calle, tres niños de unos once o doce años esperan junto a un coche a que el padre baje para llevarlos. Las mochilas parecen enormes, y ellos tienen las caras extrañadas del madrugón. "No he dormido nada esta noche", le escucho decir a uno mientras paso al lado frotándome los brazos.
El primer día de colegio no es malo. Te sorprende el fresquito de la mañana, eso sí, porque tú ya te creías que la temperatura no bajaba del calorazo que te encuentras cuando te levantas tardísimo en Andalucía un día de septiembre. Pero he aquí la cruda realidad: ya refresca, y estas horas también son ahora tus horas. Metías lo básico en la mochila: un cuaderno, la carpeta delgadita con hojas en blanco, el estuche con un surtido de bolis y rotuladores. El primer día de colegio yo todavía pensaba que podía ser, por una vez en la vida, organizada, ordenada y eficiente, así que lo apuntaba todo con mucho primor en la primera hoja de mi cuaderno y me proponía llevar siempre ordenada mi carpeta clasificadora. Después el caos se iba apoderando de mí y terminaba con todo mezclado y doblando los bordes de los libros que había olvidado forrar.
La verdad, desde que trabajo vivo desorientada. Antes estaba muy claro: vacaciones era igual a verano, estudiar era igual a todo lo que no era verano. Podía situarme bien en el calendario. Ahora septiembre me cuesta: buen tiempo y trabajar, ¿de qué me suena esto? ¿no lo he hecho ya en junio y en julio? ¿dónde estoy? Ya empieza a sonar la navidad como referencia temporal, y a mí se me pone la carne de gallina. Me he apuntado a un curso de Vipassana para esa fecha, pero aún no sé si tendré plaza.
Hoy ha sido como un primer día de colegio para mí. En el sentido de que ha sido el típico día en que te das cuenta de que, por muchas novedades que aparezcan, por contenta que te sientas en general, algunas cosas siguen, y siguen, y no se paran, y los días al fin y al cabo no son más que una sucesión de pequeñas tareas que tú te esfuerzas por terminar a tiempo. Extraño la libertad. Iba caminando por la calle y me he cruzado con un chico que se parecía a Jorge, mi anfitrión de Jaca, y he recordado la sensación cuando llegué al pueblo y le encontré con sus amigos jugando al ultimate frisbee. El estado mental de sorpresa y alegría que me acompañó durante todo el proyecto, y que te puede convertir en una verdadera yonki de viajar, de moverse, de no tener una lista que tachar al final del día.
Hago una pausa para intercambiar unos cuantos whassap con Joaco, que me agradece las fotos de la manifestación que he colgado en Facebook. Me pregunta por mis obesos y los llama "fartones" (porque se fartan). Oh, echo de menos a ese chico, las cosas como son, y mira que le conocí poco. Pero echo de menos justo eso: la sensación de ir conociéndole, su acento asturiano, su energía desmesurada.
Vuelvo a mis escritos y pienso en qué me falta ahora, y en realidad, hoy lo iba pensando, el mayor problema que tengo de un tiempo a esta parte es que me siento creativamente seca. Muy, muy seca. Es decir, que vengo aquí, me exprimo el cerebro y algo sale, porque tengo práctica, pero me falta un impulso, un proyecto, algo más profundo e intenso que estos posts. Y no sé de dónde sacarlo porque no tengo tiempo ni espacio mental; y también porque ya lo escribí hace bastante tiempo: para escribir con intensidad parece que necesito al amor o al desamor, y ahora mismo no tengo ninguna de las dos cosas.
En fin. No os dejéis engañar por este post: la ola de pena de otoño nos alcanza a todos y es difícil quedarse impertérrito cuando te cubre la cabeza con su melancólica espuma de anochecer temprano. Habrá proyectos. Habrá alegría. Y vive dios que habrá amor y/o desamor, porque mi corazón entusiasta no va a dejar que sea de otra manera.
domingo, 16 de septiembre de 2012
Analizando profundamente Los Puentes de Madison: yo estoy mal
Nota previa: para entender este post tienes que haber visto Los Puentes de Madison. Si no la has visto y, aun así, quieres seguir leyendo, aviso: SPOILERS.
Esta mañana, después del desayuno, he estado releyendo Los Puentes de Madison County. Sí: existe un libro además de la peli y sí: me lo he leído. Sé que eso eleva mis niveles de cursilismo a tres mil, pero no me importa. Lo releía porque hace poco comentaba con alguien el fragmento en el que Robert le dice a Francesca: "estás guapísima como para que los hombres salgan corriendo, gritando por la desesperación de no poseerte”. La imagen me hace mucha gracia: un montón de hombres ahí corriendo como chalados con las manos en la cabeza, gritando a todo volumen: "¡¡Francescaaaa!!". Eso es un piropo y lo demás tonterías.
(Y sí, me sé trozos de memoria. Dios.)
Yo con Los Puentes de Madison (la peli y, por extensión, la historia en sí) (en adelante LPM) tengo varios problemas. El primero es que, como dice mi madre, Clint Eastwood sale incapaz. Meryl la Magnífica está preciosa, con su belleza espiritual y austera, con esos ojos que te hacen pensar: no sólo soy guapa y famosa, sino que además tengo una rica vida interior y un sentido del humor muy agudo. [Por cierto: ¿qué pasa con Meryl Streep? ¿Alguna vez habéis conocido a alguien a quien no le guste? ¡Nos gusta a todos! Muy probablemente es uno de los pocos puntos unánimes de la humanidad.]
En cambio Clint... uf, Clint está mayor. Esas arrugas. Esas greñas. ¿En serio alguien puede enamorarse perdidamente del Clint madisonero? Yo qué sé.
Además, LPM es una peli cuyo final hace que arañes con las uñas el asiento del sofá. En plan: Francesca, por el amor de Dios, ¿eres boba? Bájate AHORA del coche y súbete AHORA con Clint y sus greñas y pírate por ahí a vivir la vida. Tu familia sobrevivirá. ¿Por qué quieres ir de salvadora de la Humanidad? Sobrevivirán y tendrán sus propias familias taradas, y a tu marido abandonado irán a verle las vecinas con tarta de manzana y probablemente se lo rifen las viudas jóvenes o las solteronas del pueblo. Y entretanto tú andarás por ahí teniendo sexo increíble con Clint, viendo mundo y sintiendo en tus carnes el amor verdadero.
Fuera de coña. Hoy, leyendo el libro así a trozos (las partes bonitas e intensas), me he fijado en otro párrafo de esos que todos deberíamos anotar por si alguna vez se lo podemos decir a alguien paraque moje las bragas conquistar su corazón. A saber:
Finalmente se abrazaron durante largo tiempo. Y él le susurró:
—Sólo tengo una cosa que decir, una sola; nunca volveré a decírsela a nadie, y te pido que la recuerdes: en un universo de ambigüedades, esta certeza viene una sola vez, y nunca más, no importa cuántas vidas le toque a uno vivir.
Ahí lo llevas, Francesca.
En ese sentido, yo soy completamente Roberesca. Él había visto más mundo y sabía positivamente lo difícil que es encontrar a alguien especial y además darse cuenta, y que ese alguien se diera cuenta también. Estaba dispuesto a liarse la manta a la cabeza porque era consciente de que si uno ve un billete de quinientos euros en la calle, no puede dejarlo ahí pensando que seguro que hay otro un poco más adelante.
"Yo apostaría fuerte", le decía el otro día a un amigo hablando del mismo tema. Y mira que me gustan mi independencia y mis cosas, mi Cádiz, la vida que me he construido con bastante esfuerzo y, aun así, si yo tuviera esa certeza de una vez en la vida y encima tuviera la suerte de ser correspondida, me pararía al borde del camino, dejaría mis bártulos y le diría a mi Francesco: aquí estás y aquí estoy yo. Me quedo contigo.
Cuando volví de Gijón con Alejandro, uno de mis viajeros de coche compartido, se me ocurrió preguntarle cuál era la lección más importante que había aprendido en la vida. A mi favor diré que había dormido una hora, llevábamos ocho viajando y me patinaban un poco las neuronas. Le dije que si me contaba su lección más importante, la que transmitiría a sus hijos en su lecho de muerte, yo le contaría la mía. Pensó un rato y me dijo su lección: "sigue adelante en la inercia libre de miedo". Me explicó que para él la inercia funciona en las cosas bellas: amar, trabajar, ser generoso, construir, viajar. Uno empieza y la propia fuerza de esos actos los va retroalimentando. Y que si uno funciona sin miedo en esa hermosa inercia, puede ser feliz.
Yo le dije que mi lección más importante es que en esta vida casi todo va sobre la gente. Que los problemas que me cuentan en consulta, la mayoría de las veces lo que tienen detrás del todo es a las demás personas y nuestras relaciones con ellas. Y que esas personas son lo único que no puede sustituirse, ni manejarse, ni crearse de la nada: lo único independiente de nuestros deseos y proyectos, lo único tan verdadero como nosotros mismos. Hay mucha gente y mucha gente linda, pero al mismo tiempo todos son insustituibles. Y si, por ejemplo, mi amigo A. el que no me habla insiste en no hablarme, dará igual la de gente con la que me encariñe en mi vida o los SSHP que pueda emprender alrededor del mundo: no habrá nunca jamás nadie como él.
Así que yo me iría con Robert, Francesca; qué quieres que te diga. Yo apostaría fuerte. Es una pena que todo el capital amoroso que estoy dispuesta a invertir se quede muerto de risa en mi corazoncito, porque de verdad que es mucho. Soy como el chino que, al parecer, quiso comprar hace poco un parque de bomberos en Cádiz porque habían puesto como protesta unos carteles en los que se leía "en venta". El chino creía de verdad que podía comprar el parque porque tenía dinero suficiente para ello, pero resulta que no le dejaban. Vale, reconozco que es una comparación un poco traída por los pelos, pero no doy para más.
Y con esto y unbizcocho snack paleo libre de aditivos y gluten, me despido y os deseo un feliz lunes, mucha energía y el suficiente valor como para apostar bien alto si alguna vez os llega una buena mano.
Esta mañana, después del desayuno, he estado releyendo Los Puentes de Madison County. Sí: existe un libro además de la peli y sí: me lo he leído. Sé que eso eleva mis niveles de cursilismo a tres mil, pero no me importa. Lo releía porque hace poco comentaba con alguien el fragmento en el que Robert le dice a Francesca: "estás guapísima como para que los hombres salgan corriendo, gritando por la desesperación de no poseerte”. La imagen me hace mucha gracia: un montón de hombres ahí corriendo como chalados con las manos en la cabeza, gritando a todo volumen: "¡¡Francescaaaa!!". Eso es un piropo y lo demás tonterías.
(Y sí, me sé trozos de memoria. Dios.)
Yo con Los Puentes de Madison (la peli y, por extensión, la historia en sí) (en adelante LPM) tengo varios problemas. El primero es que, como dice mi madre, Clint Eastwood sale incapaz. Meryl la Magnífica está preciosa, con su belleza espiritual y austera, con esos ojos que te hacen pensar: no sólo soy guapa y famosa, sino que además tengo una rica vida interior y un sentido del humor muy agudo. [Por cierto: ¿qué pasa con Meryl Streep? ¿Alguna vez habéis conocido a alguien a quien no le guste? ¡Nos gusta a todos! Muy probablemente es uno de los pocos puntos unánimes de la humanidad.]
En cambio Clint... uf, Clint está mayor. Esas arrugas. Esas greñas. ¿En serio alguien puede enamorarse perdidamente del Clint madisonero? Yo qué sé.
Sí, sí, pero mi pelo brilla.
Fuera de coña. Hoy, leyendo el libro así a trozos (las partes bonitas e intensas), me he fijado en otro párrafo de esos que todos deberíamos anotar por si alguna vez se lo podemos decir a alguien para
Finalmente se abrazaron durante largo tiempo. Y él le susurró:
—Sólo tengo una cosa que decir, una sola; nunca volveré a decírsela a nadie, y te pido que la recuerdes: en un universo de ambigüedades, esta certeza viene una sola vez, y nunca más, no importa cuántas vidas le toque a uno vivir.
Ahí lo llevas, Francesca.
En ese sentido, yo soy completamente Roberesca. Él había visto más mundo y sabía positivamente lo difícil que es encontrar a alguien especial y además darse cuenta, y que ese alguien se diera cuenta también. Estaba dispuesto a liarse la manta a la cabeza porque era consciente de que si uno ve un billete de quinientos euros en la calle, no puede dejarlo ahí pensando que seguro que hay otro un poco más adelante.
"Yo apostaría fuerte", le decía el otro día a un amigo hablando del mismo tema. Y mira que me gustan mi independencia y mis cosas, mi Cádiz, la vida que me he construido con bastante esfuerzo y, aun así, si yo tuviera esa certeza de una vez en la vida y encima tuviera la suerte de ser correspondida, me pararía al borde del camino, dejaría mis bártulos y le diría a mi Francesco: aquí estás y aquí estoy yo. Me quedo contigo.
Cuando volví de Gijón con Alejandro, uno de mis viajeros de coche compartido, se me ocurrió preguntarle cuál era la lección más importante que había aprendido en la vida. A mi favor diré que había dormido una hora, llevábamos ocho viajando y me patinaban un poco las neuronas. Le dije que si me contaba su lección más importante, la que transmitiría a sus hijos en su lecho de muerte, yo le contaría la mía. Pensó un rato y me dijo su lección: "sigue adelante en la inercia libre de miedo". Me explicó que para él la inercia funciona en las cosas bellas: amar, trabajar, ser generoso, construir, viajar. Uno empieza y la propia fuerza de esos actos los va retroalimentando. Y que si uno funciona sin miedo en esa hermosa inercia, puede ser feliz.
Yo le dije que mi lección más importante es que en esta vida casi todo va sobre la gente. Que los problemas que me cuentan en consulta, la mayoría de las veces lo que tienen detrás del todo es a las demás personas y nuestras relaciones con ellas. Y que esas personas son lo único que no puede sustituirse, ni manejarse, ni crearse de la nada: lo único independiente de nuestros deseos y proyectos, lo único tan verdadero como nosotros mismos. Hay mucha gente y mucha gente linda, pero al mismo tiempo todos son insustituibles. Y si, por ejemplo, mi amigo A. el que no me habla insiste en no hablarme, dará igual la de gente con la que me encariñe en mi vida o los SSHP que pueda emprender alrededor del mundo: no habrá nunca jamás nadie como él.
Así que yo me iría con Robert, Francesca; qué quieres que te diga. Yo apostaría fuerte. Es una pena que todo el capital amoroso que estoy dispuesta a invertir se quede muerto de risa en mi corazoncito, porque de verdad que es mucho. Soy como el chino que, al parecer, quiso comprar hace poco un parque de bomberos en Cádiz porque habían puesto como protesta unos carteles en los que se leía "en venta". El chino creía de verdad que podía comprar el parque porque tenía dinero suficiente para ello, pero resulta que no le dejaban. Vale, reconozco que es una comparación un poco traída por los pelos, pero no doy para más.
Y con esto y un
viernes, 14 de septiembre de 2012
Couchsurfing para principiantes
Ayer vine de Cádiz en coche con Matej, mi huésped esloveno. Qué encanto de chaval, de verdad. Qué dulzura la suya y vaya cabecita privilegiada para su corta edad. Hicimos el viaje a noventa por hora para ahorrar gasolina, charlando en inglés sobre la vida, el trabajo y la inmortalidad del cangrejo. Después le dejé a un par de calles de distancia de su hostal, haciéndole jurar que me llamaría si necesitaba algo. Creo que el pobre estaba un poco sobrepasado con mi amabilidad postviajera.
Hoy voy a romper una lanza a favor del couchsurfing. Que sepáis que no es sólo una página o una forma de viajar barato: es un movimiento. Tiene muchísimas cosas buenas. Te pone en un estado de generosidad cuando acoges y de aceptación cuando viajas, y los dos estados son, creo yo, sanos para la mente. El agradecimiento couchsurfero es de una clase especial: la que te surge cuando estás solo en una ciudad desconocida y sabes que podrás llegar a una casa con una ducha calentita, comida decente y alguien amable con quien charlar.
Couchsurfing nace de la confianza y también de la libertad. Una de las cosas buenas que tiene es que no estás obligado a nada; puedes dar hasta donde se te antoje. Si no os sentís cómodos metiendo a extraños en casa, podéis probar a ofreceros para tomar café o enseñar la ciudad. Son también bonitas maneras de compartir algo sin sentirse demasiado expuesto. La página también dispone de un sistema de verificación de identidad y de localización, de forma que si realmente-realmente te da miedo lo que los guiris puedan hacer en tu piso, puedes optar por alojar o buscar alojamiento sólo con personas cuya identidad esté verificada.
De todas formas, yo opino que en la vida en general uno puede pecar de desconfiado o de confiado. Si pecas de confiado, tendrás mil experiencias buenas por cada una mala y, sobre todo, tu corazón estará más tranquilo. Couchsurfing también tiene un sistema de valoraciones similar al de Ebay que motiva bastante a ser un buen huésped y/o anfitrión y sirvecomo sistema detector de psicópatas.
La experiencia couchsurfera, tanto alojando como buscando alojamiento, ha sido muy reveladora para mí. Como dice Matej: life-changing. Te hace confiar otra vez en la bondad de la gente y en su voluntad de ayudar a otros. Te vuelves humilde, adaptable y fluido cuando viajas; y también generoso, ingenioso y amable cuando recibes. Saca lo mejor de ti. Cuando viajas es genial, pero también lo es cuando puedes acoger a quien está viajando y compartir su alegría y su sorpresa. Me ha encantado explicarle a Matej hasta dónde llega Cádiz-Cádiz, por qué a los de San Fernando se les llama cañaíllas o de dónde proviene la mafiosa influencia que mi gruísta de confianza ejerce en la Isla (ya os contaré más sobre esto último en próximos posts).
Además, como os decía, creo que couchsurfing es un todo un movimiento, y que está formado por gente que se sale de la norma. Porque la norma hoy es el individualismo, el miedo y el reservar semanas de hotel a pensión completa por módico precio. Salirse de las reglas, ofrecer a cambio de nada, no consumir ni producir y, aun así, pasarlo bien y enriquecerse, es casi subversivo. Además, es fácil olvidar la de posibilidades que tiene la vida cuando te pasas las mañanas entre cuatro paredes rodeada de gente que se dedica a planear sus bodas. La gente que conoces de couchsurfeo suele ser peculiar, tener proyectos raros, estar un poquito al margen del mundo. Contactar con ellos, que son la sal de la tierra, es sano y necesario si quieres tener un coco mínimamente alternativo, en el buen sentido de la palabra.
¿Consejos para viajeros? Fluye. Acepta. Di que sí. Sonríe mucho. Mejor pasarte de agradecido que de desagradecido. Friega los platos. Cocina algo de tu tierra. Deja algún detalle si te vas. Intégrate. Pregunta. Abre bien los oídos y los ojos. Di otra vez que sí, aunque te parezca una locura. Piensa que te lo mereces. Vincúlate. Aprende cuatro palabras del idioma. Enamórate un poco en cuanto veas una mínima oportunidad.
¿Consejos para anfitriones? Fluye. Ofrece. Sé creativo. Busca ideas. Siéntete orgulloso. Redescubre tu ciudad y tu vida. Involucra. Incluye. Cocina algo de tu tierra. Canta algo típico. Enseña palabras. Mejor pasarte de generoso que de agarrado. Ten sábanas limpias. Cuida. Encaríñate. Llámale "home" a tu casa. Comparte. Enamórate también, aunque sea con calma.
Y sin más, me despido. Si pasáis por San Fernando y me mandáis una buena solicitud couchsurfera, tenéis un sofá asegurado en el zulo más autolimpiable de la Isla.
Hoy voy a romper una lanza a favor del couchsurfing. Que sepáis que no es sólo una página o una forma de viajar barato: es un movimiento. Tiene muchísimas cosas buenas. Te pone en un estado de generosidad cuando acoges y de aceptación cuando viajas, y los dos estados son, creo yo, sanos para la mente. El agradecimiento couchsurfero es de una clase especial: la que te surge cuando estás solo en una ciudad desconocida y sabes que podrás llegar a una casa con una ducha calentita, comida decente y alguien amable con quien charlar.
Couchsurfing nace de la confianza y también de la libertad. Una de las cosas buenas que tiene es que no estás obligado a nada; puedes dar hasta donde se te antoje. Si no os sentís cómodos metiendo a extraños en casa, podéis probar a ofreceros para tomar café o enseñar la ciudad. Son también bonitas maneras de compartir algo sin sentirse demasiado expuesto. La página también dispone de un sistema de verificación de identidad y de localización, de forma que si realmente-realmente te da miedo lo que los guiris puedan hacer en tu piso, puedes optar por alojar o buscar alojamiento sólo con personas cuya identidad esté verificada.
De todas formas, yo opino que en la vida en general uno puede pecar de desconfiado o de confiado. Si pecas de confiado, tendrás mil experiencias buenas por cada una mala y, sobre todo, tu corazón estará más tranquilo. Couchsurfing también tiene un sistema de valoraciones similar al de Ebay que motiva bastante a ser un buen huésped y/o anfitrión y sirvecomo sistema detector de psicópatas.
La experiencia couchsurfera, tanto alojando como buscando alojamiento, ha sido muy reveladora para mí. Como dice Matej: life-changing. Te hace confiar otra vez en la bondad de la gente y en su voluntad de ayudar a otros. Te vuelves humilde, adaptable y fluido cuando viajas; y también generoso, ingenioso y amable cuando recibes. Saca lo mejor de ti. Cuando viajas es genial, pero también lo es cuando puedes acoger a quien está viajando y compartir su alegría y su sorpresa. Me ha encantado explicarle a Matej hasta dónde llega Cádiz-Cádiz, por qué a los de San Fernando se les llama cañaíllas o de dónde proviene la mafiosa influencia que mi gruísta de confianza ejerce en la Isla (ya os contaré más sobre esto último en próximos posts).
Además, como os decía, creo que couchsurfing es un todo un movimiento, y que está formado por gente que se sale de la norma. Porque la norma hoy es el individualismo, el miedo y el reservar semanas de hotel a pensión completa por módico precio. Salirse de las reglas, ofrecer a cambio de nada, no consumir ni producir y, aun así, pasarlo bien y enriquecerse, es casi subversivo. Además, es fácil olvidar la de posibilidades que tiene la vida cuando te pasas las mañanas entre cuatro paredes rodeada de gente que se dedica a planear sus bodas. La gente que conoces de couchsurfeo suele ser peculiar, tener proyectos raros, estar un poquito al margen del mundo. Contactar con ellos, que son la sal de la tierra, es sano y necesario si quieres tener un coco mínimamente alternativo, en el buen sentido de la palabra.
¿Consejos para viajeros? Fluye. Acepta. Di que sí. Sonríe mucho. Mejor pasarte de agradecido que de desagradecido. Friega los platos. Cocina algo de tu tierra. Deja algún detalle si te vas. Intégrate. Pregunta. Abre bien los oídos y los ojos. Di otra vez que sí, aunque te parezca una locura. Piensa que te lo mereces. Vincúlate. Aprende cuatro palabras del idioma. Enamórate un poco en cuanto veas una mínima oportunidad.
¿Consejos para anfitriones? Fluye. Ofrece. Sé creativo. Busca ideas. Siéntete orgulloso. Redescubre tu ciudad y tu vida. Involucra. Incluye. Cocina algo de tu tierra. Canta algo típico. Enseña palabras. Mejor pasarte de generoso que de agarrado. Ten sábanas limpias. Cuida. Encaríñate. Llámale "home" a tu casa. Comparte. Enamórate también, aunque sea con calma.
Y sin más, me despido. Si pasáis por San Fernando y me mandáis una buena solicitud couchsurfera, tenéis un sofá asegurado en el zulo más autolimpiable de la Isla.
miércoles, 12 de septiembre de 2012
Fruta y jabones
Llevo un rato tratando de escribir, para variar, y calculando inquieta el reloj en la esquina del portátil las horas que me quedan de sueño. Todavía no me habitúo a levantarme temprano para llegar a las ocho y media a Cádiz, y voy a arrastrando el sueño atrasado desde el lunes. Así que debería ponerme las pilas. ¿De qué quieres hablar hoy realmente, Marina?
Quiero hablar de que llevo todo el día con una frase de Paulo Coelho en la cabeza. Paulo Coelho. Te cagas. Y que la frase es, ni más ni menos: "Realmente la vida es generosa con quien vive su leyenda personal". A mí Coelho me parece un cursi y un sincretista espiritual, pero esa frase me está resonando últimamente. Si tuviera que destacar una palabra para describir mis últimas semanas sería esa: generosidad. La que he recibido y la que intento manifestar.
Hoy he estado en Vejer pasando consulta con Anxo. Él también me habló de generosidad hace tiempo. Ser generoso en el esfuerzo y compensar lo que nos falta como técnicos con lo que tenemos como humanos. Sí que somos generosos allí, porque siempre que voy salimos a las tantas. Pero no me importa: me gusta pasar consulta despacio y recrearme en los momentos, observar las caras de los pacientes como quien mira retratos, ver cómo la luz se les refleja en las lágrimas o en el brillo de la piel.
De camino a casa, me llega al móvil un mensaje de Matej. Matej es un chico esloveno de veinte años que se está quedando en mi casa vía couchsurfing. Es un chaval muy lindo y muy sensato que me está regalando de nuevo la alegría del viajero. Después del SSHP he quedado tan agradecida al universo que tenía muchas ganas de alojar a gente para devolver buen karma, así que intento cuidar a Matej todo lo que puedo: le cocino gazpacho y gambones a la plancha, le hablo entusiasmada de la luz de Cádiz y le pongo a Camarón para que lo escuche y se integre en la vidilla isleña. En el mensaje me dice que quiere prepararme una macedonia, que si hay alguna fruta que no me guste. Qué va, contesto, me gustan todas las frutas.
Cuando llego a casa me lo encuentro sentado en el sofá, leyendo El en corazón del sueño, un libro juvenil muy bonito sobre sueños lúcidos. Nos contamos qué tal nos ha ido el día y después me pregunta dónde está la frutería más próxima. Le oigo marcharse escaleras abajo mientras me tumbo en el sofá a descansar un rato. Pienso que no me dormiré, y entonces me despierta el ruido de la puerta: Matej cargado de fruta fresca, que se desliza silencioso hasta la encimera y empieza a cortar y pelar como si no hubiera un mañana. Yo remoloneo en el sofá y finalmente me levanto para hacerle compañía. La macedonia me sabe a gloria, y más todavía porque venía en el coche pensando cuánto me apetecía comer fruta. Terminamos y salimos de la casa en dirección a Cádiz, que he quedado con la roquipandi para tomar algo.
Mientras bajamos las escaleras, se abre la puerta de la oficina de abajo y es la chica de recepción para entregarme un paquete. Enseguida sé lo que es: unos jabones naturales que me ha mandado Pilar, una lectora encantadora de Madrid. Los hace ella para pieles con acné y van estupendos. Lo que más me gusta no son los jabones, que ya esperaba; me gusta que en el paquete ha dibujado una luna, unas estrellas y un par de corazones. Me encanta todo el cariño contenido en esos trazos a boli.
Hace unas semanas vi en consulta, también con Anxo, a un señor con problemas de piel. Estuve recordando cuando leí Skin deep, un libro sobre psicosomática de la piel y los mensajes que transmite. Había varios mensajes con los que podías identificarte según tu problema, y el que más me resonó a mí fue "mostrar a los demás que sufres". De acuerdo con eso, mi acné muestra que sufro, que necesito ayuda y que a mí también me duele. En su momento le encontré sentido y me pareció puteante. Pensé que debía empezar a mostrarme vulnerable y a pedir ayuda, a ver si así se me quitaba el maldito acné. Pero últimamente estoy hasta encariñándome con los brotes que me quedan. Ciertamente es una función digna. Me muestra muy humana. Y fíjate que ha servido para que Pilar me enviara la ayuda que piensa que necesito; eso es bonito.
Después quedo con la roquipandi y me alegro mucho de verles a todos. Hasta saco una foto churretosa con el móvil, simplemente porque me encanta ese momento: mis amigos morenos y felices tomando cervezas frente al mar y planeando el club de montaña que vamos a formar y el sitio donde iremos a trepar este fin de semana. A la vuelta compro tomates de Conil en la tiendecita que hay frente a la piscina, y mientras camino hacia el coche me vuelve la frasecita a la cabeza: realmente la vida es generosa con quien vive su leyenda personal.
Yo no sé si vivo mi leyenda personal o qué. Tampoco entiendo mucho el concepto. Yo vivo mi vida como es, y ya es bastante. Pero realmente la vida es generosa conmigo, y yo intento serlo con ella. No sé si me lo merezco más o menos que otros. Sé que estoy encantada con mis pacientes, mis macedonias y los corazones pintados sobre el papel marrón de los paquetes de correos. A veces, de hecho, esta burbujita de alegría en la que llevo habitando un tiempo me da hasta miedo. Luego recuerdo el dolor que hay todavía en mi realidad, los pies diabéticos, los niñitos que se mueren en la UCI neonatal, la soledad que a veces me atraviesa el cráneo, y pienso que vale, que por ahí a lo mejor me libro de enfadar a Dios con mi felicidad.
Y sin más lo dejo aquí, sin corregir nada porque tengo sueño y recomendando la generosidad a todos los niveles; no como rasgo o modo de vida, sino como activismo, como rebeldía y como puerta abierta a todo tipo de esperanzas tontas.
lunes, 10 de septiembre de 2012
La última hora
Esta mañana me levanto otra vez en modo shiny happy people. Suena la alarma a las seis y media y ahí estoy yo: extremadamente avionil, fresca como una lechuga y cantando las maravillas de la alimentación paleo. Pongo la cafetera, bebo agua fría, me masajeo la cara con las manos como leí en alguna revista que hay que hacer para que se te quite la hinchazón matutina. Tap, tap, tap, hacen las puntas de mis dedos por debajo de mis ojos.
Me doy una ducha rápida, me visto con vaqueros y camiseta, miro mi culo en vaqueros desde unos cuantos ángulos y salgo a la calle. Me encantan estos momentos matutinos de limpieza y silencio, y el color azulón del cielo detrás de las paredes de las casas. Saludo al barrendero junto a mi portal y chancleteo con gracia hasta el autobús, que espera con paciencia de animal dormido a que den las ocho menos veinte.
Me siento junto al fluorescente que más alumbra y saco el libro que estoy leyendo: "La última hora", de David Benioff. Normalmente intento aprovechar el autobús para estudiar un poco, pero hoy es lunes y me merezco ficción. Empiezo a leer deprisa, absorta en la historia. De Benioff me entusiasmó "Ciudad de ladrones" y también "Descalza sobre el trébol", una recopilación de cuentos que compré hace poco. "La última hora" tarda en arrancar, pero cuando te quieres dar cuenta te ha envuelto en un ritmo trepidante y en una compasión exquisita hacia sus personajes. El autobús avanza por San Fernando, cruza la bahía en dirección a Cádiz y yo no hago más que calibrar mentalmente la relación tiempo-páginas que me quedan antes de llegar al hospital.
Al final no tengo más remedio que bajarme y todavía no he terminado el libro. Miro la hora y descubro que todavía son las ocho y diez. Normalmente llego a esta hora, subo andando las nueve plantas hasta endocrino para entrenar pulmones, me pongo la bata y zascandileo un poco antes de entrar en la sesión clínica. Pero hoy estoy sumamente preocupada por la suerte del protagonista, así que decido acercarme al paseo y terminar el libro.
Hay momentos en la vida que deben ser honrados, y sin duda terminar un buen libro es uno de ellos. Uno debe atacar el final con avidez, determinación y cierta reverencia. En las últimas páginas un autor puede cubrirse de gloria en el buen y en el mal sentido. El sello de esa novela en tu corazón y la impronta que deje no podrá apartarse de la suerte final de sus personajes.
Cruzo la avenida por el semáforo y camino deprisa los cincuenta metros que me separan del paseo. Ya casi ha amanecido del todo esta luz loca e intensa de Cádiz, y la acera está salpicada de corredores voluntariosos y paseantes resignados. Desde que trabajo, siempre pienso que los que pasean por el paseo marítimo son deprimidos que practican la activación conductual. Eso es deformación profesional y lo demás tonterías. Pasa un carrito de limpieza despidiendo chorros de agua a ambos lados, y cuando llega a donde yo estoy, el empleado baja educadamente los aspersores para no mojarme. Agradezco con un gesto de la mano su amabilidad y me siento en un banco frente al enorme y hermoso Atlántico.
Y allí, a las ocho y cuarto de la mañana, sin prisa pero sin pausa, termino el libro. He de decir que Benioff lo cierra muy bien. Lo cierra muy, muy brillantemente, y yo respiro tranquila, porque el recuerdo de "La última hora" será ya siempre redondo y bonito en mi cerebro. Me quedo un momento suspendida en este instante: la quietud de la playa y también la quietud momentánea de la mente cuando acabas de terminar un libro. Ese salto sobre el vacío entre la ficción y tu realidad. Recuerdo que hace un año y pico, cuando trabajaba en el equipo y estaba un poco depre, mirar la playa por la mañana me ponía triste. Era como un mundo de libertad y belleza al que no tenía acceso porque me obligaban a encerrarme en un despacho. Hoy, sin embargo, he tenido este momento de libertad y belleza y he honrado el final de las palabras de Benioff, y eso me alegra.
Hace un par de días pensaba en la buena fama que tienen los libros y en si será merecida. En que, a lo mejor, leer un libro no es ni más ni menos intelectual o kármicamente beneficioso que ver una peli o jugar al ajedrez. Ahora me digo que los buenos libros tienen esta cualidad mágica: crear momentos entre tus momentos, como cuando en matemáticas nos enseñaban que entre un par de números cualquiera cabe el infinito. Los libros son tan grandes porque enseñan que la alegría verdadera de la belleza está siempre, literalmente, al alcance de nuestra mano.
Y después de cerrar la novela, me congratulo porque es bonita y porque ya tengo tema para el post de hoy y me dirijo, volando sobre mis alas de avioncito existencial, a empezar un nuevo día en el hospital de Cádiz.
Me doy una ducha rápida, me visto con vaqueros y camiseta, miro mi culo en vaqueros desde unos cuantos ángulos y salgo a la calle. Me encantan estos momentos matutinos de limpieza y silencio, y el color azulón del cielo detrás de las paredes de las casas. Saludo al barrendero junto a mi portal y chancleteo con gracia hasta el autobús, que espera con paciencia de animal dormido a que den las ocho menos veinte.
Me siento junto al fluorescente que más alumbra y saco el libro que estoy leyendo: "La última hora", de David Benioff. Normalmente intento aprovechar el autobús para estudiar un poco, pero hoy es lunes y me merezco ficción. Empiezo a leer deprisa, absorta en la historia. De Benioff me entusiasmó "Ciudad de ladrones" y también "Descalza sobre el trébol", una recopilación de cuentos que compré hace poco. "La última hora" tarda en arrancar, pero cuando te quieres dar cuenta te ha envuelto en un ritmo trepidante y en una compasión exquisita hacia sus personajes. El autobús avanza por San Fernando, cruza la bahía en dirección a Cádiz y yo no hago más que calibrar mentalmente la relación tiempo-páginas que me quedan antes de llegar al hospital.
Al final no tengo más remedio que bajarme y todavía no he terminado el libro. Miro la hora y descubro que todavía son las ocho y diez. Normalmente llego a esta hora, subo andando las nueve plantas hasta endocrino para entrenar pulmones, me pongo la bata y zascandileo un poco antes de entrar en la sesión clínica. Pero hoy estoy sumamente preocupada por la suerte del protagonista, así que decido acercarme al paseo y terminar el libro.
Hay momentos en la vida que deben ser honrados, y sin duda terminar un buen libro es uno de ellos. Uno debe atacar el final con avidez, determinación y cierta reverencia. En las últimas páginas un autor puede cubrirse de gloria en el buen y en el mal sentido. El sello de esa novela en tu corazón y la impronta que deje no podrá apartarse de la suerte final de sus personajes.
Cruzo la avenida por el semáforo y camino deprisa los cincuenta metros que me separan del paseo. Ya casi ha amanecido del todo esta luz loca e intensa de Cádiz, y la acera está salpicada de corredores voluntariosos y paseantes resignados. Desde que trabajo, siempre pienso que los que pasean por el paseo marítimo son deprimidos que practican la activación conductual. Eso es deformación profesional y lo demás tonterías. Pasa un carrito de limpieza despidiendo chorros de agua a ambos lados, y cuando llega a donde yo estoy, el empleado baja educadamente los aspersores para no mojarme. Agradezco con un gesto de la mano su amabilidad y me siento en un banco frente al enorme y hermoso Atlántico.
Y allí, a las ocho y cuarto de la mañana, sin prisa pero sin pausa, termino el libro. He de decir que Benioff lo cierra muy bien. Lo cierra muy, muy brillantemente, y yo respiro tranquila, porque el recuerdo de "La última hora" será ya siempre redondo y bonito en mi cerebro. Me quedo un momento suspendida en este instante: la quietud de la playa y también la quietud momentánea de la mente cuando acabas de terminar un libro. Ese salto sobre el vacío entre la ficción y tu realidad. Recuerdo que hace un año y pico, cuando trabajaba en el equipo y estaba un poco depre, mirar la playa por la mañana me ponía triste. Era como un mundo de libertad y belleza al que no tenía acceso porque me obligaban a encerrarme en un despacho. Hoy, sin embargo, he tenido este momento de libertad y belleza y he honrado el final de las palabras de Benioff, y eso me alegra.
Hace un par de días pensaba en la buena fama que tienen los libros y en si será merecida. En que, a lo mejor, leer un libro no es ni más ni menos intelectual o kármicamente beneficioso que ver una peli o jugar al ajedrez. Ahora me digo que los buenos libros tienen esta cualidad mágica: crear momentos entre tus momentos, como cuando en matemáticas nos enseñaban que entre un par de números cualquiera cabe el infinito. Los libros son tan grandes porque enseñan que la alegría verdadera de la belleza está siempre, literalmente, al alcance de nuestra mano.
Y después de cerrar la novela, me congratulo porque es bonita y porque ya tengo tema para el post de hoy y me dirijo, volando sobre mis alas de avioncito existencial, a empezar un nuevo día en el hospital de Cádiz.
miércoles, 5 de septiembre de 2012
El lector
El lector nunca se aburre. Acepta, y
casi se diría que busca, las colas en los bancos, la espera en el
dentista, la impuntualidad de la cita para tomar café o ir al cine.
Sabe que es una oportunidad única para sacar el libro que tiene
entre manos y atacarlo con la alegre perversidad del que abre la
nevera a escondidas y mete el dedo en el pastel de chocolate o en la
masa cruda de las croquetas.
El lector sabe encontrar la bondad en
los ojos de la gente. Porque, a fuerza de observar vidas ajenas, ha
aprendido que todos tenemos nuestras secretas motivaciones y nuestras
historias, y que en la buena literatura incluso el personaje más
cruel es digno de amor. Un amor que nace de nuestra intención de
averiguar más sobre él; que, como decía Kundera, es un preguntar
constante. Por eso el lector busca y encuentra la bondad y la
belleza: porque sabe que la redención siempre es una posibilidad.
El lector es generoso. Desea que todos
compartan con él la alegría y la sabiduría que le dan las páginas
escritas. Por eso, la primera solución que piensa para los problemas
ajenos siempre es un libro, y los va apuntando en post-it amarillos y
en el reverso de los tickets de la compra para repartírselos a
amigos y familia. Ellos los cogen con cierta reserva, sin tener la
mayoría de las veces la intención de buscar o leer el libro, y no
saben que en esas letras garrapateadas deprisa el lector les está
entregando su secreto para la felicidad. Porque él cree de verdad
que en un buen libro puede estar la diferencia entre saber o no una
lección importante, o entre un día estupendo y un día de mierda.
Porque ha encontrado en la ficción la comprensión de la realidad
más profunda que conoce.
El lector es optimista. Sabe que su
afición es barata y que apenas necesita de esfuerzo físico, por lo
que estará ahí disponible hasta en los peores momentos. En las
gripes, los largos viajes en tren y las dolorosas rupturas
sentimentales. Sabe que, incluso cuando todo lo real parezca negro,
sus libros, esos animalitos dormidos, seguirán escondiendo bajo las
cubiertas una promesa de luz. Sabe que la verdad y la belleza le
corresponden como ser humano y que las tiene mucho más cerca que el
resto de la gente.
El lector es un cotilla disfrazado, un
voyeur con buena fama, un curioso insaciable que sabe que el motor de
su existencia no puede ser otro que el mismo que, cada vez que tiene
un libro entre las manos, le impulsa a seguir pasando las páginas
una tras otra, aunque mañana tenga que currar o le estén esperando
para comer. Ama la vida y sus posibilidades y sabe, a veces de manera
consciente y a veces inconsciente, que en ella suceden
cosas buenas y malas, pero que lo que hace que merezcan la pena no es su dudosa moralidad ni un esperado final feliz, sino la intensidad,
a veces dolorosa, que convierte la materia de nuestra existencia en una buena historia.
El lector, sobre todo, lee. ¿Por qué?
Porque le gusta.
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