Va, de verdad, lo prometo, me voy a concentrar muy fuerte y NO voy a convertir este blog en una crónica de mi patético acoso a ChMM, porque me conozco y luego todo va mal, y me flipo enseguida, y después todos tienen novia o sucedáneo, o pasan de mí y lloriqueo, así que va, en serio, lo juro por la gata Mia, que está sentada en la cama haciéndose una limpieza de piel a lengüetazos, y lo juro por mi Olivetti rosa que me mira desde el escritorio, que voy a poner todo mi esfuerzo en respirar cual preñada y no contar que ChMM me hace reír de una forma criminal y que eso me desarma desde siempre, que es muy, muy gracioso incluso para alguien como yo que se ríe de una farola, y voy a beber agua a ver si bajo las endorfinas de combinar el entrenamiento con el tonteo, y me voy a sumergir los genitales en hielo o lo que haga falta, pero de verdad que es verdaderamente Muy Mono, tiene los ojos de algún color entre azul y verde, y la gata Mia se me acaba de subir al regazo como diciendo que estoy jurando en falso por su vida gatuna, pero a ver, Mia, es que además es Ingeniero y está haciendo el Doctorado y la inteligencia me pone casi tanto como la risa porque, ¿te he dicho ya que me hace reír muchísimo?
Esto va a acabar fatal.
jueves, 24 de enero de 2013
miércoles, 23 de enero de 2013
Abu
Mi abuela tiene un carácter difícil. Sin más. Nunca ha sido la típica abuela que te hace comidas ricas y muchos regalos. Es más bien el tipo de abuela que te regaña porque no vas a verla, que te ignora mientras escucha la COPE y que en la nevera guarda medio aguacate, un paquete de actimel y cinco botellines llenos de agua fría. Mi hermano la llama la antiabuela.
Ahora tiene noventa años y está perdiendo la cabeza. Lo más curioso es que se le nota porque se está volviendo muy, muy simpática. Que me alegro mucho de saber de ti, Marina, me dice hoy al coger el teléfono. ¿En qué trabajas? Soy psicóloga, abu, le explico. Vaya, así que tú también te dedicas a esas cosas, ¿no? Intuyo que se refiere a mi prima, que es terapeuta ocupacional. Sí, abuela, a ayudar a la gente. Es el rollo que a mí me mola. Así me gusta, cariño.
Te quiero, abu, le digo antes de colgar. Yo a ti también, hija, me contesta, y creo que es la primera vez que me dice algo así en... no sé, quizá en su vida.
Cuando mis padres consiguieron la plaza fija en Málaga me mandaron a mí primero para que empezara el nuevo curso mientras ellos completaban el traslado desde Córdoba. Viví un tiempo sola en casa de mi abuela y dormía con ella todas las noches. Recuerdo que me agarraba a su brazo derecho como un koalita mientras ella escuchaba el transistor tumbada bocarriba. Nunca me había planteado lo incómodo que debe ser permanecer bocarriba con una niña de siete años colgada de tu brazo.
Está bien que se esté demenciando hacia la simpatía. Es mejor que volverse (más) cascarrabias y que todos la recordemos como un infierno de mujer. Ahora se desdibuja la antiabuela, la matriarca resistente que vivió en el Sahara con su marido y con sus seis hijos, y aparece un ser más tierno y más indefenso. Me da pena la otra, sin embargo: mi abuela con mal carácter, mi abuela raruna. Se ha ido y supongo que ya no volverá. Esta señora es un poco otra persona, y me parece que vamos a tener que aprender a conocerla de nuevo antes de que se vaya. Ya no habla de política, porque se cabrea; ahora escucha Radio María todo el rato. Mi madre dice que se está poniendo en paz con Dios.
Mi abuela, mi única abuela, que ha sobrevivido veintiséis años a la más longeva de todos los demás. Que hace dos años decidió que quería usar pantalones y pidió un chándal por reyes, pero más como muestra excéntrica de su carácter que como una señal adorable de no querer envejecer. Que se rompió por dentro cuando la guerra y no se ha vuelto a recomponer. Se irá y espero que nos acordemos de esta señora más amable que nos hace sonreír en vez de mosquearnos.
[Si algo me consuela, por otra parte, es que al final ha vivido lo suficiente como para cumplir su deseo de no morirse con Zapatero en el gobierno]
Ahora tiene noventa años y está perdiendo la cabeza. Lo más curioso es que se le nota porque se está volviendo muy, muy simpática. Que me alegro mucho de saber de ti, Marina, me dice hoy al coger el teléfono. ¿En qué trabajas? Soy psicóloga, abu, le explico. Vaya, así que tú también te dedicas a esas cosas, ¿no? Intuyo que se refiere a mi prima, que es terapeuta ocupacional. Sí, abuela, a ayudar a la gente. Es el rollo que a mí me mola. Así me gusta, cariño.
Te quiero, abu, le digo antes de colgar. Yo a ti también, hija, me contesta, y creo que es la primera vez que me dice algo así en... no sé, quizá en su vida.
Cuando mis padres consiguieron la plaza fija en Málaga me mandaron a mí primero para que empezara el nuevo curso mientras ellos completaban el traslado desde Córdoba. Viví un tiempo sola en casa de mi abuela y dormía con ella todas las noches. Recuerdo que me agarraba a su brazo derecho como un koalita mientras ella escuchaba el transistor tumbada bocarriba. Nunca me había planteado lo incómodo que debe ser permanecer bocarriba con una niña de siete años colgada de tu brazo.
Está bien que se esté demenciando hacia la simpatía. Es mejor que volverse (más) cascarrabias y que todos la recordemos como un infierno de mujer. Ahora se desdibuja la antiabuela, la matriarca resistente que vivió en el Sahara con su marido y con sus seis hijos, y aparece un ser más tierno y más indefenso. Me da pena la otra, sin embargo: mi abuela con mal carácter, mi abuela raruna. Se ha ido y supongo que ya no volverá. Esta señora es un poco otra persona, y me parece que vamos a tener que aprender a conocerla de nuevo antes de que se vaya. Ya no habla de política, porque se cabrea; ahora escucha Radio María todo el rato. Mi madre dice que se está poniendo en paz con Dios.
Mi abuela, mi única abuela, que ha sobrevivido veintiséis años a la más longeva de todos los demás. Que hace dos años decidió que quería usar pantalones y pidió un chándal por reyes, pero más como muestra excéntrica de su carácter que como una señal adorable de no querer envejecer. Que se rompió por dentro cuando la guerra y no se ha vuelto a recomponer. Se irá y espero que nos acordemos de esta señora más amable que nos hace sonreír en vez de mosquearnos.
[Si algo me consuela, por otra parte, es que al final ha vivido lo suficiente como para cumplir su deseo de no morirse con Zapatero en el gobierno]
martes, 22 de enero de 2013
Tuesday, happy tuesday
Os voy a contar mi martes así sin ningún tipo de pretensión literaria, simple y llanamente porque ha sido un buen martes.
A primera hora he tenido supervisión de casos, que consiste en que nos reunimos diez jipis trabajadores en el rollo este absurdo de la salud mental a debatir cómo le podemos arreglar la vida auna pobre víctima un paciente. Que todos estemos ahí empeñados en encontrar la manera de que la persona funcione mejor, siempre de la forma más respetuosa y honesta posible, me conmueve y me hace creer en la buena intención de la gente. A mitad de la supervisión empieza a nevar por la ventana, y el frente andaluz-sureño de los residentes sale al exterior a hacerse fotos con los iPhones y atrapar copos con la punta de la lengua.
Después, en el hospital, un paciente MEJORA, y eso es un súper-milagro. Consigue dormir sin que le añadan más somníferos después de hablar con su familia de lo que le procupa y de una intervención paradójica, algo como "póngase usted a pensar en el cáncer y en la muerte media hora de reloj antes de dormir". La paradoja es El Bien y mis pacientes, como vosotros, son puro amor.
Luego vengo a casa y almuerzo sola rollo mindful, que son los deberes que nos han mandado en un taller que estamos haciendo en la rotación y que consisten en intentar estar completamente presente con la comida. Ayer, en el taller, nos pasamos cinco minutos comiéndonos una pasa: la olisqueamos, la hicimos sonar junto al oído, la colocamos al trasluz y después le dimos mini bocaditos hasta tragarla. Fue curioso. Hoy intento una versión rapidita, porque me tengo que comer un puré y una ensalad, pero también va bastante bien.
Escribo un rato, aparece Cris, le echo una mano para colocar las cosas. Trae sus trastos y a sus gatas, Mía y Musa, que son amor. Después echo a correr hacia el roco, a través del aire helado de la tarde madrileña, y me paso dos horas escalando con tanto ímpetu que en algunos momentos tengo ganas de vomitar (verídico) y admirando la estructura ósea de ChMM que, por cierto, sí que es guapo (o quizá es mera exposición).
A la vuelta vengo charlando por teléfono con la PK, que se va a la India (flipa), y me encanta escucharla aunque se me estén quedando las manos heladas de sujetar el teléfono. Es un frío muy honesto el de Madrid. Compro dos copas de chocolate y nata en el Día, que por lo que cuestan deben de estar hechas de grasa extraída de las arterias de gordos muertos y harina de algarroba, pero que me apetecen mucho después de entrenar como si me creyera la versión quintogradista de Lynn Hill. Subo, preparo arroz con pescado y leche de coco y cenamos Cris y yo frente a dos copas de Jerez dulce. Me tomo la copa de grasa arterial, que está muy buena, y me vengo frente al escritorio como un condenado a galeras.
Mía se me sube al regazo y me paso cinco minutos de reloj abrazándola para sentir cómo ronronea, verídico, mientras pienso que igual mi futuro de solterona rodeada de gatos tampoco es tan terrible. Inspiran mucho amor estas bolitas de pelo. Ahora escribo esto mientras se me seca en las uñas el esmalto rojo, no sólo porque no tenga nada concreto que quiera contaros, sino porque me gusta que se empiecen a perfilar las rutinas felices de Madriz.
Ha sido un día awesome. Nieve, gatos, chocolate, pintaúñas, roco, chicos guapos y pacientes que son amor. Un día de estos que hace que firmes por seguir muchos, muchos años subida a este planeta loco. Uno de esos así con tanta belleza que me hace acordarme de este post de Golfo y de su último párrafo:
Es todo tan hermoso que de pronto no me importa que entre tú y yo no hayan ido bien las cosas, al menos no todo lo bien que podrían… después de todo, creo que no soy yo precisamente quien se está perdiendo un paraíso.
Y esto no va para nadie, que conste, que ahora mismo no tengo cuentas pendientes y vivo feliz en mi gatunismo sentimental. Es, simplemente, que me gusta el concepto y que bueno, cualquier excusa es buena para que leáis a Golfo.
Feliz miércoles, queridos.
A primera hora he tenido supervisión de casos, que consiste en que nos reunimos diez jipis trabajadores en el rollo este absurdo de la salud mental a debatir cómo le podemos arreglar la vida a
Después, en el hospital, un paciente MEJORA, y eso es un súper-milagro. Consigue dormir sin que le añadan más somníferos después de hablar con su familia de lo que le procupa y de una intervención paradójica, algo como "póngase usted a pensar en el cáncer y en la muerte media hora de reloj antes de dormir". La paradoja es El Bien y mis pacientes, como vosotros, son puro amor.
Luego vengo a casa y almuerzo sola rollo mindful, que son los deberes que nos han mandado en un taller que estamos haciendo en la rotación y que consisten en intentar estar completamente presente con la comida. Ayer, en el taller, nos pasamos cinco minutos comiéndonos una pasa: la olisqueamos, la hicimos sonar junto al oído, la colocamos al trasluz y después le dimos mini bocaditos hasta tragarla. Fue curioso. Hoy intento una versión rapidita, porque me tengo que comer un puré y una ensalad, pero también va bastante bien.
Escribo un rato, aparece Cris, le echo una mano para colocar las cosas. Trae sus trastos y a sus gatas, Mía y Musa, que son amor. Después echo a correr hacia el roco, a través del aire helado de la tarde madrileña, y me paso dos horas escalando con tanto ímpetu que en algunos momentos tengo ganas de vomitar (verídico) y admirando la estructura ósea de ChMM que, por cierto, sí que es guapo (o quizá es mera exposición).
A la vuelta vengo charlando por teléfono con la PK, que se va a la India (flipa), y me encanta escucharla aunque se me estén quedando las manos heladas de sujetar el teléfono. Es un frío muy honesto el de Madrid. Compro dos copas de chocolate y nata en el Día, que por lo que cuestan deben de estar hechas de grasa extraída de las arterias de gordos muertos y harina de algarroba, pero que me apetecen mucho después de entrenar como si me creyera la versión quintogradista de Lynn Hill. Subo, preparo arroz con pescado y leche de coco y cenamos Cris y yo frente a dos copas de Jerez dulce. Me tomo la copa de grasa arterial, que está muy buena, y me vengo frente al escritorio como un condenado a galeras.
Mía se me sube al regazo y me paso cinco minutos de reloj abrazándola para sentir cómo ronronea, verídico, mientras pienso que igual mi futuro de solterona rodeada de gatos tampoco es tan terrible. Inspiran mucho amor estas bolitas de pelo. Ahora escribo esto mientras se me seca en las uñas el esmalto rojo, no sólo porque no tenga nada concreto que quiera contaros, sino porque me gusta que se empiecen a perfilar las rutinas felices de Madriz.
Ha sido un día awesome. Nieve, gatos, chocolate, pintaúñas, roco, chicos guapos y pacientes que son amor. Un día de estos que hace que firmes por seguir muchos, muchos años subida a este planeta loco. Uno de esos así con tanta belleza que me hace acordarme de este post de Golfo y de su último párrafo:
Es todo tan hermoso que de pronto no me importa que entre tú y yo no hayan ido bien las cosas, al menos no todo lo bien que podrían… después de todo, creo que no soy yo precisamente quien se está perdiendo un paraíso.
Y esto no va para nadie, que conste, que ahora mismo no tengo cuentas pendientes y vivo feliz en mi gatunismo sentimental. Es, simplemente, que me gusta el concepto y que bueno, cualquier excusa es buena para que leáis a Golfo.
Feliz miércoles, queridos.
lunes, 21 de enero de 2013
La postura del loto
- Así que nos sentamos todas en la posición del loto - dice el profesor -. Quien no pueda ponerse en loto completo, que cruce una sola pierna.
Carolina cruza las dos. Siempre ha sido muy flexible. Le hace gracia ese "todas", y mira al único alumno masculino de la clase: Jonathan, un colombiano la mar de majo que se pasa todo el rato hablando de su novia de ultramar, en un intento desesperado (piensa Carolina) por demostrar su homosexualidad.
Se siente sudorosa y cansada. Quedan diez minutos para que acabe la clase y no se ha relajado ni un poco. Todas cierran los ojos, y ella pasea la vista por el círculo de señoras extrañamente sentadas. Alguna gruñe al notar la tensión en las rodillas. Carolina piensa que vaya pandilla de inadaptadas son todas, obligadas a que alguien les diga cómo relajarse y cómo estar presentes. Piensa que tiene que correr después del trabajo para llegar a la clase, y que tiene que correr al salir de clase para no perder el último autobús, así que se pregunta si no estará anulando con tanta carrera el efecto supuestamente beneficioso del yoga.
- Ahora quiero que visualicéis una escena - dice el profesor -. Debe ser una escena que tenga que ver con lo que os ha traído a estar hoy aquí. A tomar la decisión de inscribiros en esta clase.
Carolina no sabe si ha entendido bien las instrucciones, pero le tiran los muslos en la posición del loto y, sin darse cuenta, ya está pensando en Jaime. No tiene nada que ver con lo que le ha llevado a estar en esta clase, pero todo aquello le aburre tanto, le aburren tan inmensamente la docena de señoras perimenopáusicas que intentan escapar de la frustración retorciéndose los cartílagos, que decide que al menos se dará el capricho de fantasear. Y fantasea. Recuerda la última vez que estuvieron juntos. Les recuerda sentados en el sofá uno junto a otro, viendo una película, los calcetines de ella sobre el regazo de él.
- Visualizad bien la escena - insiste el profesor -. Imaginad todos los detalles.
Ella piensa en la cara de Jaime cuando empezó a frotarle los talones en la entrepierna, y su eterno "no creo que esto sea una buena idea", y ella contestando que todavía estaba a tiempo de levantarse e irse. Después se recuerda incorporándose sobre él, recorriéndole el perfil de la cara con el índice mientras él cerraba los ojos y alzaba la cabeza, mientras la película seguía sonando sin que nadie la escuchara.
- Pensad en todos los que están presentes en la escena, si es que hay otras personas además de vosotras.
Carolina piensa que eran dos, tres si contamos el televisor, y que a pesar de la resistencia inicial tampoco es que él tardara mucho en quitarse la camiseta y los pantalones de chándal o en sacarle a ella el vestido por encima de la cabeza. Después se recrea despacio mientras el profesor dice nosequé chorrada de acompasar la respiración y ella se da cuenta de que todo eso le da tan igual que no estaría allí si ahora mismo pudiera teletransportarse otra vez a la cama de Jaime.
- Permaneced presentes en la escena, totalmente presentes.
Ella sabe que no habría podido estar más presente aunque quisiera y que casi se le secan los ojos de tanto abrirlos. Que cada vez que puede hundir los dedos en la carne magra de Jaime, que le puede recorrer con la lengua los huesos de las caderas, que puede mirarle con los ojos muy abiertos mientras él se mueve sobre ella, no hay ni una célula de su cuerpo que no sea consciente de su presencia.
- Ahora, preguntaos cuál es vuestra intención. Qué intención tenéis en ese momento. Qué os ha llevado hasta donde estáis.
"Mi intención, querido, es que este hombre haga conmigo lo que quiera durante lo que me queda de vida", piensa Carolina, y se le escapa una sonrisa mientras piensa en las escenas anodinas de la cabeza de todas esas perimenopáusicas y en cómo ella se está escapando a su oasis particular, a su spa mental donde Jaime no puede irse a ningún lado una vez hayan terminado.
El profesor hace sonar la campanilla, les dice que reorienten su atención al exterior y les pregunta qué tal la experiencia. Ellas (y Jonathan) descruzan las piernas despacio, quejándose de las artritis y las condromalacias, y comienzan a andar hacia el vestuario.
Y Carolina se siente casi bien, casi contenta, casi nada frustrada por pasarse las tardes en clase de yoga y las noches sola comiendo verdura frente al televisor, y podría irse así con esa sensación tan agradable, de no ser porque, en ese momento, Puri, la más perimenopáusica de todas, la que se pasa la vida comentando los precios de la colección fitness del Decathlón, yergue la cabeza, sonríe y dice, dirigiéndose a todas y a ninguna al mismo tiempo:
- Que levante la mano la que no estaba pensando en sexo.
Carolina cruza las dos. Siempre ha sido muy flexible. Le hace gracia ese "todas", y mira al único alumno masculino de la clase: Jonathan, un colombiano la mar de majo que se pasa todo el rato hablando de su novia de ultramar, en un intento desesperado (piensa Carolina) por demostrar su homosexualidad.
Se siente sudorosa y cansada. Quedan diez minutos para que acabe la clase y no se ha relajado ni un poco. Todas cierran los ojos, y ella pasea la vista por el círculo de señoras extrañamente sentadas. Alguna gruñe al notar la tensión en las rodillas. Carolina piensa que vaya pandilla de inadaptadas son todas, obligadas a que alguien les diga cómo relajarse y cómo estar presentes. Piensa que tiene que correr después del trabajo para llegar a la clase, y que tiene que correr al salir de clase para no perder el último autobús, así que se pregunta si no estará anulando con tanta carrera el efecto supuestamente beneficioso del yoga.
- Ahora quiero que visualicéis una escena - dice el profesor -. Debe ser una escena que tenga que ver con lo que os ha traído a estar hoy aquí. A tomar la decisión de inscribiros en esta clase.
Carolina no sabe si ha entendido bien las instrucciones, pero le tiran los muslos en la posición del loto y, sin darse cuenta, ya está pensando en Jaime. No tiene nada que ver con lo que le ha llevado a estar en esta clase, pero todo aquello le aburre tanto, le aburren tan inmensamente la docena de señoras perimenopáusicas que intentan escapar de la frustración retorciéndose los cartílagos, que decide que al menos se dará el capricho de fantasear. Y fantasea. Recuerda la última vez que estuvieron juntos. Les recuerda sentados en el sofá uno junto a otro, viendo una película, los calcetines de ella sobre el regazo de él.
- Visualizad bien la escena - insiste el profesor -. Imaginad todos los detalles.
Ella piensa en la cara de Jaime cuando empezó a frotarle los talones en la entrepierna, y su eterno "no creo que esto sea una buena idea", y ella contestando que todavía estaba a tiempo de levantarse e irse. Después se recuerda incorporándose sobre él, recorriéndole el perfil de la cara con el índice mientras él cerraba los ojos y alzaba la cabeza, mientras la película seguía sonando sin que nadie la escuchara.
- Pensad en todos los que están presentes en la escena, si es que hay otras personas además de vosotras.
Carolina piensa que eran dos, tres si contamos el televisor, y que a pesar de la resistencia inicial tampoco es que él tardara mucho en quitarse la camiseta y los pantalones de chándal o en sacarle a ella el vestido por encima de la cabeza. Después se recrea despacio mientras el profesor dice nosequé chorrada de acompasar la respiración y ella se da cuenta de que todo eso le da tan igual que no estaría allí si ahora mismo pudiera teletransportarse otra vez a la cama de Jaime.
- Permaneced presentes en la escena, totalmente presentes.
Ella sabe que no habría podido estar más presente aunque quisiera y que casi se le secan los ojos de tanto abrirlos. Que cada vez que puede hundir los dedos en la carne magra de Jaime, que le puede recorrer con la lengua los huesos de las caderas, que puede mirarle con los ojos muy abiertos mientras él se mueve sobre ella, no hay ni una célula de su cuerpo que no sea consciente de su presencia.
- Ahora, preguntaos cuál es vuestra intención. Qué intención tenéis en ese momento. Qué os ha llevado hasta donde estáis.
"Mi intención, querido, es que este hombre haga conmigo lo que quiera durante lo que me queda de vida", piensa Carolina, y se le escapa una sonrisa mientras piensa en las escenas anodinas de la cabeza de todas esas perimenopáusicas y en cómo ella se está escapando a su oasis particular, a su spa mental donde Jaime no puede irse a ningún lado una vez hayan terminado.
El profesor hace sonar la campanilla, les dice que reorienten su atención al exterior y les pregunta qué tal la experiencia. Ellas (y Jonathan) descruzan las piernas despacio, quejándose de las artritis y las condromalacias, y comienzan a andar hacia el vestuario.
Y Carolina se siente casi bien, casi contenta, casi nada frustrada por pasarse las tardes en clase de yoga y las noches sola comiendo verdura frente al televisor, y podría irse así con esa sensación tan agradable, de no ser porque, en ese momento, Puri, la más perimenopáusica de todas, la que se pasa la vida comentando los precios de la colección fitness del Decathlón, yergue la cabeza, sonríe y dice, dirigiéndose a todas y a ninguna al mismo tiempo:
- Que levante la mano la que no estaba pensando en sexo.
domingo, 20 de enero de 2013
Más sobre los libros con churros
Hace justo un año escribí esto sobre los libros, los churros y las
tardes de invierno. No sabía que un año después me encontraría
leyendo otra vez a Franzen en otra ciudad, también en una tarde de
invierno y también comiendo churros. El mecanismo lectoculinario
sirve exactamente igual. Es importante conservar el meñique limpio
para pasar las páginas y Franzen sigue pareciéndome
devastadoramente bueno.
Llevaba todo el día sola. A media tarde
me saqué a patadas de mi estupendo piso a pesar de la llovizna:
mueve tu culo, Marina, que estás en la capital. Caminé hasta Sol y compré maquillaje,
líquido de lentillas y el libro de Franzen. Luego tenía frío y un
poco de hambre, así que entré en un Café&Té, pedí chocolate
con churros y me puse a leer. Estaba en la planta superior, justo en
el borde, y podía ver las mesas de debajo. Era una perspectiva
bonita: todas aquellas parejas, grupitos o personas solitarias,
tomándose su té, o su café, o su tarta, charlando un rato de las
cosas que les importaban y saliendo después otra vez al frío de
fuera.
Al cabo de un rato, pensé que ya no estaba sola. Era como
si llevara una hora sentada en frente de Franzen escuchándole
hablar. Él me estaba contando, con esa manera animalmente precisa
que tiene de utilizar el lenguaje, sus ideas sobre el amor, la
literatura y la muerte. Me lo imaginé sentado enfrente, con sus
gafas de pasta, quizá animándose a probar los churros. Hablando
despacio y puntuando también sus palabras con comas invisibles.
Tiene un cerebro hermoso, Jonathan Franzen. Dice que un escritor debe escribir en cada momento el mejor libro posible, y que si quiere seguir mejorando no tendrá más remedio que convertirse en la persona capaz de escribir un libro todavía mejor. Escribe también sobre el amor. “Es en el amor donde empiezan nuestros problemas”, afirma, y después explica cómo el amor verdadero y concreto por algo o por alguien nos saca de nuestra caja abstracta y distante de observadores imparciales y hace más fácil, y no más difícil, convivir con nuestra rabia, nuestra desesperación y nuestro dolor. Qué bonito es tener una cabeza capaz de pensar eso y un corazón capaz de sentirlo.
Ahora acabo de subir de tomar un vino con B.,
una lectora de largo recorrido. Intimida saber que alguien lleva
leyéndote cinco años. Cinco años escuchando mentalmente tus
chorradas. Por la mañana había desayunado con M., otra lectora más
reciente pero igualmente fiel. Pienso que, salvando las distancias,
también es como si yo me sentara a tomar café con un montón de
desconocidos (vosotros) que, por alguna razón, tenéis interés por
mis opiniones sobre el amor, la vida y la literatura. Hay un
desajuste en eso, “un desequilibrio”, dice B., imitando una
balanza con sus manos blanquitas. Pero es un desequilibrio en ambos
sentidos, pienso yo: por una parte es verdad que yo de ella, o de
vosotros, apenas sé nada; también es verdad que llevo muchos años
monopolizando la conversación.
Ahora intento construir este
texto. Barajo la esquizofrenia entre lo que escribo y la realidad,
entre la interacción segura y unidireccional de este espacio y el
doloroso contacto cuerpo a cuerpo entre dos humanos imperfectos.
Intento encontrar una conclusión que me sirva de cierre: algo como
que prefiero la palestra de la realidad al mundo seguro e
hiperprotegido de la literatura. Pero luego es mentira, porque si
tuviera que elegir, preferiría leer a Franzen que hablar con él.
Así que si algún día me sucede algo parecido, si algún día
alguien elige leerme a hablar conmigo, quizá no debería lamentarme
por el desprecio a mi vulnerable y defectuoso ser real. Quizá
debería sólo sentirme una escritora fabulosamente buena.
jueves, 17 de enero de 2013
#cosasdeMadriz
Hoy estoy rara. Como un poco disociada. Camino entre mi roco y mi casa mirando el GPS del móvil. Las calles tienen sentido porque unen un punto con otro, pero no forman parte de algo más grande en mi cabeza y no tengo muy claro hacia dónde voy. Cuando llego a casa, ceno algo rápido y me siento en mi habitación, frente al escritorio. Oye: que esto que tienes debajo es Madrid, me digo, y es raro. Aún no siento esta vida como mía.
Recuerdo el proceso de ser parte de algo y cómo me fui gaditanizando poco a poco. ¿Qué necesitas para ser de un sitio? Quererlo un poco. Poder prever ciertas cosas. Que algunos movimientos se conviertan en hábitos, mientras conservas la capacidad de dejarte sorprender.
Cosas que me encantan de Madrid a dia de hoy:
- El metro. Es tan bizarro. Todos corriendo por ahí como si fuéramos los ejércitos del mal. La gente en silencio subiendo y bajando escaleras, con sus pasos firmes resonando entre los túneles: pam, pam, pam. En el transbordo entre las línes 3 y 10 en Plaza de España, justo a los pies de la escalera mecánica, hay uno de esos puntos musicales, y cada día te sorprende un notas diferente. El martes había un chico que cantaba pop británico con una guitarra. Ayer un mariachi que desafinaba tela. Hoy un tipo que había construido una batería con regaderas: verídico. Sus músicas extrañas llenan el ambiente y no consiguen humanizar el metro: al contrario, le dan un aire todavía más siniestro, más de distopía cutre. Pero yo lo miro desde fuera, y me río, y me mola correr escaleras arriba como quien hace ejercicio.
- La calefacción. Bendita seas. Bendito calor en todas partes, benditas puertas cerradas de los bares. Se acabó esa negación andaluza de "como estamos en Cádiz no concebimos el frío". Amo la calefacción y el Ikea Lifestile de meterme en casa a las tres y ver tranquilamente cómo anochece sobre mis tejados.
- ChMM. No es guapo, pero es realmente Muy, Muy Mono, y muy divertido. Tiene algo tierno. Me hace reír en dos frases, y eso me encanta, y me da igual que escribirlo en letra de tamaño normal me lo gafe: mola ChMM y es un buen aliciente para entrenar.
- Mi calle. Es guapísima. Está llena de bares, de pequeños comercios y de gente por las calles. Las tiendas tienen un montón de comidas raras marroquís y sudamericanas. Hoy he encontrado una cosa que se llama harina de plátano y no quiero más que comprarla y comerla todo el rato, aunque no sepa exactamente lo que es.
- El bullibulli. Me gusta que parece que hay muchas cosas y mucha vida. Como si todo estuviera fácilmente accesible, y uno pudiera extender la mano y coger lo que le apeteciera. No es real, por supuesto; no creo que en realidad todo este mucho más cerca aquí que en Cádiz desde el punto de vista existencial. Pero me gusta la sensación de que podría pasar cualquier cosa.
- Lo nuevo, en general. Me gusta la gente nueva, la casa nueva, la calle nueva, el roco nuevo... desempolvar otra vez la mirada curiosa de recién llegada e ir construyendo una vida ladrillo a ladrillo. Me gusta formar lazos. Reírme con los residentes frente al café asqueroso del McDonalds, que otro compañero del roco me enseñe las fotos de cuando estuvo escalando en hielo en Davos, tender la ropa de Cris porque a ella no le da tiempo.
No voy a hacer una lisa de lo que no me gusta, porque me parece una pérdida de tiempo. Me pregunto qué pensaré de este post cuando pasen seis meses. De momento, voy a tratar de no agobiarme cuando siento que no soy yo entera, sino yo a trozos, y que estoy aterrizando en una rutina que no me pertenece. Voy a dejarme llevar por este pequeño y controlable caos. Voy a averiguar cómo se prepara la harina de plátano esa. Y, sobre todo, me lo voy a pasar la mar de bien.
Recuerdo el proceso de ser parte de algo y cómo me fui gaditanizando poco a poco. ¿Qué necesitas para ser de un sitio? Quererlo un poco. Poder prever ciertas cosas. Que algunos movimientos se conviertan en hábitos, mientras conservas la capacidad de dejarte sorprender.
Cosas que me encantan de Madrid a dia de hoy:
- El metro. Es tan bizarro. Todos corriendo por ahí como si fuéramos los ejércitos del mal. La gente en silencio subiendo y bajando escaleras, con sus pasos firmes resonando entre los túneles: pam, pam, pam. En el transbordo entre las línes 3 y 10 en Plaza de España, justo a los pies de la escalera mecánica, hay uno de esos puntos musicales, y cada día te sorprende un notas diferente. El martes había un chico que cantaba pop británico con una guitarra. Ayer un mariachi que desafinaba tela. Hoy un tipo que había construido una batería con regaderas: verídico. Sus músicas extrañas llenan el ambiente y no consiguen humanizar el metro: al contrario, le dan un aire todavía más siniestro, más de distopía cutre. Pero yo lo miro desde fuera, y me río, y me mola correr escaleras arriba como quien hace ejercicio.
- La calefacción. Bendita seas. Bendito calor en todas partes, benditas puertas cerradas de los bares. Se acabó esa negación andaluza de "como estamos en Cádiz no concebimos el frío". Amo la calefacción y el Ikea Lifestile de meterme en casa a las tres y ver tranquilamente cómo anochece sobre mis tejados.
- ChMM. No es guapo, pero es realmente Muy, Muy Mono, y muy divertido. Tiene algo tierno. Me hace reír en dos frases, y eso me encanta, y me da igual que escribirlo en letra de tamaño normal me lo gafe: mola ChMM y es un buen aliciente para entrenar.
- Mi calle. Es guapísima. Está llena de bares, de pequeños comercios y de gente por las calles. Las tiendas tienen un montón de comidas raras marroquís y sudamericanas. Hoy he encontrado una cosa que se llama harina de plátano y no quiero más que comprarla y comerla todo el rato, aunque no sepa exactamente lo que es.
- El bullibulli. Me gusta que parece que hay muchas cosas y mucha vida. Como si todo estuviera fácilmente accesible, y uno pudiera extender la mano y coger lo que le apeteciera. No es real, por supuesto; no creo que en realidad todo este mucho más cerca aquí que en Cádiz desde el punto de vista existencial. Pero me gusta la sensación de que podría pasar cualquier cosa.
- Lo nuevo, en general. Me gusta la gente nueva, la casa nueva, la calle nueva, el roco nuevo... desempolvar otra vez la mirada curiosa de recién llegada e ir construyendo una vida ladrillo a ladrillo. Me gusta formar lazos. Reírme con los residentes frente al café asqueroso del McDonalds, que otro compañero del roco me enseñe las fotos de cuando estuvo escalando en hielo en Davos, tender la ropa de Cris porque a ella no le da tiempo.
No voy a hacer una lisa de lo que no me gusta, porque me parece una pérdida de tiempo. Me pregunto qué pensaré de este post cuando pasen seis meses. De momento, voy a tratar de no agobiarme cuando siento que no soy yo entera, sino yo a trozos, y que estoy aterrizando en una rutina que no me pertenece. Voy a dejarme llevar por este pequeño y controlable caos. Voy a averiguar cómo se prepara la harina de plátano esa. Y, sobre todo, me lo voy a pasar la mar de bien.
miércoles, 16 de enero de 2013
De nada
No te has enterado de nada, le dice en silencio mientras la mira dormir, sentado en el borde de la cama. Ella se ha acurrucado en el sofa vestida con una camiseta de tirantes demasiado grande, y no se ha dado cuenta de que la sábana que le tapa medio cuerpo es en realidad una bajera. Él se levanta, se acerca a la cocina, come un poco de queso y bebe agua directamente del grifo. No te has enterado, piensa, enfadado, y después vuelve a su cama a mirar cómo duerme, lo abandonada que está en el territorio que escogió al llegar a casa para dejar muy clara la frontera entre los dos.
No te has enterado de nada, repite, porque no sabes que no hacían falta las fronteras. Porque cuando te piense después de esta noche, lo que recuerde no será tu vientre desnudo, ni la curva de tus caderas moviéndose sobre las mías. Será esta versión de ti, tumbada en el sofá de una ciudad desconocida, con el hombro descubierto brillando bajo la luz de las farolas. Será la soledad que te empeñas en escoger una y otra vez. Será la idea de que seguro que tienes fría la piel que no te tapan las sábanas. Y serán estas ganas que voy a tener siempre de abrazarte fuerte, protegerte del mundo y consolarte de algo. Ni siquiera sé muy bien de qué.
No te has enterado de nada, repite, porque no sabes que no hacían falta las fronteras. Porque cuando te piense después de esta noche, lo que recuerde no será tu vientre desnudo, ni la curva de tus caderas moviéndose sobre las mías. Será esta versión de ti, tumbada en el sofá de una ciudad desconocida, con el hombro descubierto brillando bajo la luz de las farolas. Será la soledad que te empeñas en escoger una y otra vez. Será la idea de que seguro que tienes fría la piel que no te tapan las sábanas. Y serán estas ganas que voy a tener siempre de abrazarte fuerte, protegerte del mundo y consolarte de algo. Ni siquiera sé muy bien de qué.
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