Decía John en Denver que, después de vivir muchos años en Boulder, había decidido marcharse porque le parecía que los boulderitas vivían apartados de la realidad. "Es como una burbuja", explicaba. Le llamó la atención que yo hubiera llegado a la misma conclusión en menos de veinticuatro horas.
Aun así, el miércoles admito que me alegro de estar otra vez aquí mientras camino bajo la nieve en dirección al meeting couchsurfero. Caminar me convierte en un bicho igual de raro que en Denver, pero las monísimas casitas bajas con las Rocosas al fondo parecen menos hostiles.
El meeting couchsurfero es básicamente una excusa para que la gente que vive aquí y está en Couchsurfing se junte una vez por semana a tomar margaritas. Yo soy la única que está viajando y que no es americana. Aun así, me siento bastante orgullosa porque lo entiendo casi todo, e incluso hago un par de chistes. Me preguntan sesenta veces que de dónde soy, qué hago aquí y qué grado escalo. Incluso se organiza de repente un pequeño foro sobre la siesta: cinco yanquis que me miran con suma atención intentando enterarse de qué va eso de dormir en mitad del día.
Cuando termina el meeting, me han ofrecido pases gratis para el roco, planes de escalada variados e incluso un road trip hacia Seattle. Aquí escalar es como jugar al fútbol en España; aunque nadie sea un crack, todos pueden quedar para echar una pachanga. Enseguida me encuentro hablando de los mismos temas que en España: que si el miedo, que si las caídas, que si los tipos de roca.
Al día siguiente, de hecho, mientras camino feliz bajo el sol de Boulder observando cómo se derrite la nieve, pienso que no creo que vuelva a hacer turismo "normal" nunca más. Esto es como la furgo: no creo que haya vuelta atrás, al menos mientras el cuerpo aguante. Nunca me ha gustado demasiado el consumismo viajero de metabolizar museos, edificios y ciudades, de comprar y comer y comer y comprar y sacarse muchas fotos delante de todo. Esto es distinto: viajas para hacer cosas, y tienes acceso a una parte distinta de la vida.
Estoy motivada a morir, lo confieso, y es un rollo, porque aún hay nieve y no podremos salir a la roca en unos días. Después de hacer compras en la zona comercial de la calle 29 y de tomarme mi par de cafés de rigor, camino hasta Movement para entrenar un rato con Pablo y Jenna. Decidimos que mañana iremos de acampada a Shelf Road, una zona de escalada a unas tres horas de Boulder. Hacemos cincuenta millones de vías y terminamos con los antebrazos para partir nueces, y luego nos vamos a tomar hamburguesas al centro. Pero no estamos hablando de hamburguesitas a un euro de McDonalds, nonono, sino de enormes trozos de vaca sangrante (perdona, Marina vegetariana del pasado) que hay que hacer un considerable esfuerzo para levantar del plato.
De vuelta a casa, mientras me quedo grogui en el jacuzzi junto a la nieve, Pablo me pregunta si me alegro de haber venido. "Uy, qué va - digo yo, con los ojos cerrados -. Esto es horrible. Ojalá me hubiera quedado en Madrid, haciendo dos horas de metro al día y sentada frente al hospital, mirándolo fijamente."
Después, tumbada en mi colchón hinchable, se me ocurre que no deja de ser apropiado haber ido a parar a Boulder, esta burbuja de gente guapa en mitad del lejano Oeste. Es verdad que está algo desconectado de la realidad, y también que la vida no consta sólo de escalada, sol sobre la nieve y alegres "how’s your day going?", pero también es verdad que después de estos meses en Muertelandia, pensando que el mundo era un erial de enfermedad y dolor, está bien compensar con esta alegría increíble.
Ya os contaré el domingo cómo va el finde, que intuyo que va a ser un no parar de sufrir: que si escalar, que si hacer fuego, que si escalar más, que si mirar las estrellas... Mi vida es, como diría mi colega Juanjo, ultradura.
Por cierto, que gracias a la infinita amabilidad couchsurfera se van perfilando los planes de mi road trip. No obstante, al más puro estilo del SSHP, lo iré contando a medida que vaya sucediendo, que así tiene más emoción y no dejáis de leerme para iros con otros/as.
Cuidaos infinitamente. Se os aprecia.
viernes, 3 de mayo de 2013
CACP VII: Vidalandia
Etiquetas:
Crazy American Climbing Project
Ubicación:
East Boulder Boulder
jueves, 2 de mayo de 2013
CACP VI: gatos, nieve y adorables paleogurús
Me levanto con la sensación de haber dormido muy profundamente en el sótano de John. Es el típico sótano de descuartizar, con escaleras empinadas y luz temblorosa, pero John, que tiene la cocina llena de tomate biológico y un gato persa de cinco kilos llamado Momo, no tiene pinta de descuartizar a nadie. A través de la ventana de la cocina se ve el patio cubierto por una gruesa capa de nieve; las previsiones no mentían, y aunque antes de ayer casi me quemo paseando por Boulder, hoy esto parece una escena navideña.
Ayer protagonicé un momento absurdo empeñándome en pasear hasta casa de John. Preguntadme por qué. Pues, porque como muy bien apuntó Neikos en su comentario, este no es país para paseos. Caminé bajo la llovizna durante una hora y me crucé literalmente con dos personas. Al principio me daba un poco de miedo que me atracaran. Después concluí que un atracador en esta zona no haría ningún negocio, así que dejé de preocuparme.
Después de Jeremy, con sus bolitas de patata y su whiskey de canela, John me parece una monje zen. Vive en un barrio con carteles que anuncian patrullas vecinales de vigilancia. Me prepara un vaso de leche de almendra calentita y nos sentamos a hablar de meditación y del Buda. Cuando hablo de estos temas, es extraño: aunque es un alivio encontrar a alguien que comprende tus rarezas, las opiniones respecto a la espiritualidad o a la meditación están tan unidas al ego como todo lo demás. Es tan difícil arañar tus trocitos de verdad o, por lo menos, de la verdad que a ti te funciona, que te encuentras defendiéndola a capa y espada delante del otro. Le cuento a John el asunto de las celivibraciones y me temo que suena mejor en español, porque se ríe con amabilidad y me dice que quizá esté siendo un poco dramática.
La noche me recibe con una sorpresa agradable: alguien ha aceptado mi petición de alojamiento en Moab, Utah. Se trata de Mark: un rubio tan rubio que parece que le hayan sumergido la cabeza en agua oxigenada. Según su perfil, ha pasado varios años viajando por zonas de escalada y ahora se ha instalado junto al desierto. Sus brutales fotos escalando fisuras me sugieren que aquello está bastante por encima de mis posibilidades, pero me da igual: seré feliz yendo allí y mirando el paisaje. Por la mañana me escribe otro chico: un argentino que también pasará allí la semana escalando. Me dice que trae material y que si me apetece probar las fisuras. Antes de ayer, Pablo y yo tuvimos una conversación sobre escalar fisuras y sobre gente que dice que ha vomitado del esfuerzo. Quizá haya fisuras para principiantes. Ya me enteraré.
Después de desayunar orgánico en casa de John, salgo al nevado exterior con toda mi ropa de abrigo encima. Mientras camino por las aceras observando el manto blanco sobre las casas y los árboles, me entra una curiosa empatía alpinista. Debe de ser el silencio lo que engancha, me digo; este olor (porque la nieve huele) y, sobre todo, la espesa capa de silencio blanco. Me acuerdo de IA la última vez que le vi, inclinado sobre un plato de canelones, tratando de explicarme por qué le gustaba escalar en hielo. En sus ojos verdes brillaba el entusiasmo, y yo casi podía escuchar los golpes del piolet contra las cascadas. Pero hoy, caminando sobre las calles nevadas de Denver, me obligo a prometerme que no me va a dar por el alpinismo, ni el hielo, ni nada parecido. Mi combinación de despiste y taras físicas me llevaría a enmarronarme y morir en unas cinco horas.
De hecho, cuando pierdo el autobús al Downtown por esperarlo en la parada equivocada y tengo que pasar media hora bajo la nieve, temo morir de hipotermia. Trato de mantener la dignidad leyendo en el Kindle bajo mi paraguas de lunares, pero intuyo que los denverinos me miran raro desde detrás de sus ventanas.
Cuando consigo por fin llegar al Downtown sin perderme y sin que la máquina maligna de los billetes se trague mi dinero, entro a The Market: un gigantesco café donde he quedado con Peggy Emch. Me encanta mortalmente desde el primer momento en que la veo. El día que empecé a leer su blog y vi sus fotos tuve exactamente la impresión que tengo ahora: que es una mujer satisfecha de estar en su piel. Se cortó el pelo hace dos días y lo donó a una asociación que fabrica pelucas para niños con cáncer, y ahora está guapísima con unos pendientes naranjas y las uñas pintadas de color plata.
Hablamos un buen rato de nutrición, acné, dieta paleo y disciplina alimentaria. "La comida ya no es un tema para mí", me explica, con una serenidad apabullante. Estamos hablando de alguien que, en su búsqueda por la solución a sus problemas de salud, se pasó dos años alimentándose de pescado crudo, arroz cocido y zumos de fruta. Peggy es la persona que más y de forma más sistemática ha experimentado con su dieta que conozco, y su perseverancia me admira, sobre todo porque a mí el tema dieta y acné casi me vuelve loca.
De todas formas, ver a Peggy me afirma de nuevo en algo que intuyo desde hace tiempo: que llevar la dieta que quieres tiene que ver con llevar la vida que quieres y con sentirte satisfecho con todo lo demás. Es tan encantadora que dan ganas de abrazarla todo el rato, pero al final es ella quien me abraza, diciéndome que ha pasado un rato muy agradable y que siente no poder acercarme a Boulder, pero que tiene que recoger a su hija.
Después paseo exactamente cinco minutos bajo la nieve; lo bastante como para encontrar algún sitio donde comer algo antes de volver a Boulder. Dudo entre "Hospitalidad sureña" y "El huevo delicioso"; al final me decido por el huevo y engullo una tortilla de vegetales, una pechuga de pollo y un par de tostadas integrales. Después del micropaseo por la nieve, me sabe a gloria. Peregrinaje a la nave nodriza Starbuckera para comunicarme con Pablo y leer un ratito, y después de vuelta a Boulder. Ahora estoy tomando (otro) café y escribiendo esto. He de reconocer que estoy abusando un poco de tomar cafés hoy, pero si encontráis algo mejor que hacer bajo una tormenta ininterrumpida de nieve junto a las Rocosas, acepto sugerencias.
En un rato, meeting couchusurfero y jacuzzi en la nieve en casa de Pablo y Jenna. He de decir, por cierto, que el sentimiento viajero se está apoderando de mi mente. Después de estos días extraños, empiezo a relajarme. Creo que ya voy computando el exterior como lo normal y puedo mecerme en este vaivén extraño de alegres expresiones de cortesía, omnipresentes coches gigantes y café aguado.
See you soon, guys ;)
Ayer protagonicé un momento absurdo empeñándome en pasear hasta casa de John. Preguntadme por qué. Pues, porque como muy bien apuntó Neikos en su comentario, este no es país para paseos. Caminé bajo la llovizna durante una hora y me crucé literalmente con dos personas. Al principio me daba un poco de miedo que me atracaran. Después concluí que un atracador en esta zona no haría ningún negocio, así que dejé de preocuparme.
Después de Jeremy, con sus bolitas de patata y su whiskey de canela, John me parece una monje zen. Vive en un barrio con carteles que anuncian patrullas vecinales de vigilancia. Me prepara un vaso de leche de almendra calentita y nos sentamos a hablar de meditación y del Buda. Cuando hablo de estos temas, es extraño: aunque es un alivio encontrar a alguien que comprende tus rarezas, las opiniones respecto a la espiritualidad o a la meditación están tan unidas al ego como todo lo demás. Es tan difícil arañar tus trocitos de verdad o, por lo menos, de la verdad que a ti te funciona, que te encuentras defendiéndola a capa y espada delante del otro. Le cuento a John el asunto de las celivibraciones y me temo que suena mejor en español, porque se ríe con amabilidad y me dice que quizá esté siendo un poco dramática.
La noche me recibe con una sorpresa agradable: alguien ha aceptado mi petición de alojamiento en Moab, Utah. Se trata de Mark: un rubio tan rubio que parece que le hayan sumergido la cabeza en agua oxigenada. Según su perfil, ha pasado varios años viajando por zonas de escalada y ahora se ha instalado junto al desierto. Sus brutales fotos escalando fisuras me sugieren que aquello está bastante por encima de mis posibilidades, pero me da igual: seré feliz yendo allí y mirando el paisaje. Por la mañana me escribe otro chico: un argentino que también pasará allí la semana escalando. Me dice que trae material y que si me apetece probar las fisuras. Antes de ayer, Pablo y yo tuvimos una conversación sobre escalar fisuras y sobre gente que dice que ha vomitado del esfuerzo. Quizá haya fisuras para principiantes. Ya me enteraré.
Después de desayunar orgánico en casa de John, salgo al nevado exterior con toda mi ropa de abrigo encima. Mientras camino por las aceras observando el manto blanco sobre las casas y los árboles, me entra una curiosa empatía alpinista. Debe de ser el silencio lo que engancha, me digo; este olor (porque la nieve huele) y, sobre todo, la espesa capa de silencio blanco. Me acuerdo de IA la última vez que le vi, inclinado sobre un plato de canelones, tratando de explicarme por qué le gustaba escalar en hielo. En sus ojos verdes brillaba el entusiasmo, y yo casi podía escuchar los golpes del piolet contra las cascadas. Pero hoy, caminando sobre las calles nevadas de Denver, me obligo a prometerme que no me va a dar por el alpinismo, ni el hielo, ni nada parecido. Mi combinación de despiste y taras físicas me llevaría a enmarronarme y morir en unas cinco horas.
De hecho, cuando pierdo el autobús al Downtown por esperarlo en la parada equivocada y tengo que pasar media hora bajo la nieve, temo morir de hipotermia. Trato de mantener la dignidad leyendo en el Kindle bajo mi paraguas de lunares, pero intuyo que los denverinos me miran raro desde detrás de sus ventanas.
Cuando consigo por fin llegar al Downtown sin perderme y sin que la máquina maligna de los billetes se trague mi dinero, entro a The Market: un gigantesco café donde he quedado con Peggy Emch. Me encanta mortalmente desde el primer momento en que la veo. El día que empecé a leer su blog y vi sus fotos tuve exactamente la impresión que tengo ahora: que es una mujer satisfecha de estar en su piel. Se cortó el pelo hace dos días y lo donó a una asociación que fabrica pelucas para niños con cáncer, y ahora está guapísima con unos pendientes naranjas y las uñas pintadas de color plata.
Hablamos un buen rato de nutrición, acné, dieta paleo y disciplina alimentaria. "La comida ya no es un tema para mí", me explica, con una serenidad apabullante. Estamos hablando de alguien que, en su búsqueda por la solución a sus problemas de salud, se pasó dos años alimentándose de pescado crudo, arroz cocido y zumos de fruta. Peggy es la persona que más y de forma más sistemática ha experimentado con su dieta que conozco, y su perseverancia me admira, sobre todo porque a mí el tema dieta y acné casi me vuelve loca.
De todas formas, ver a Peggy me afirma de nuevo en algo que intuyo desde hace tiempo: que llevar la dieta que quieres tiene que ver con llevar la vida que quieres y con sentirte satisfecho con todo lo demás. Es tan encantadora que dan ganas de abrazarla todo el rato, pero al final es ella quien me abraza, diciéndome que ha pasado un rato muy agradable y que siente no poder acercarme a Boulder, pero que tiene que recoger a su hija.
Después paseo exactamente cinco minutos bajo la nieve; lo bastante como para encontrar algún sitio donde comer algo antes de volver a Boulder. Dudo entre "Hospitalidad sureña" y "El huevo delicioso"; al final me decido por el huevo y engullo una tortilla de vegetales, una pechuga de pollo y un par de tostadas integrales. Después del micropaseo por la nieve, me sabe a gloria. Peregrinaje a la nave nodriza Starbuckera para comunicarme con Pablo y leer un ratito, y después de vuelta a Boulder. Ahora estoy tomando (otro) café y escribiendo esto. He de reconocer que estoy abusando un poco de tomar cafés hoy, pero si encontráis algo mejor que hacer bajo una tormenta ininterrumpida de nieve junto a las Rocosas, acepto sugerencias.
En un rato, meeting couchusurfero y jacuzzi en la nieve en casa de Pablo y Jenna. He de decir, por cierto, que el sentimiento viajero se está apoderando de mi mente. Después de estos días extraños, empiezo a relajarme. Creo que ya voy computando el exterior como lo normal y puedo mecerme en este vaivén extraño de alegres expresiones de cortesía, omnipresentes coches gigantes y café aguado.
See you soon, guys ;)
miércoles, 1 de mayo de 2013
CACP V: Cosas que hacer en Denver cuando estás vivo
Es la una del mediodía y estoy en un Starbucks de Denver, cerca de la estación de autobuses. Acabo de tomarme un descafeinado y una galleta de chocolate, con una absoluta falta de respeto hacia los horarios de comida americanos o españoles.
Estoy rara hoy. He venido a Denver porque, a pesar del espléndido día que hacía ayer en Boulder, hoy quizá llueva y mañana nevará; nada de trepar, entonces. Así que he quedado con Peggy, de The Primal Parent, y me he venido para acá a ver la ciudad y a hacer un poco de groupie bloguera. En un rato voy a quedar con Jeremy, otro couchsurfer con pinta de majete, para que me enseñe el centro.
Ayer pasé toda la mañana dando vueltas por Boulder. Boulder es... cómo lo diría... Tan mono que da un poco de miedo. Todo está cuidado, la gente es guapa y joven, hay miles de tiendas modernas, y cafés modernos, y restaurantes modernos. La gente en las tiendas, cafés, bares y demás te saluda con un "cómo estás, qué tal llevas tu día", que consiguen hacer sonar auténticamente amable. Todo el mundo me pregunta de dónde soy, cuánto tiempo voy a quedarme, y me aseguran que les encanta España y que se mueren de ganas de ir allí. Curiosamente, igual que esto nos suena como una exótica meca de la escalada a nosotros, a ellos España les suena igualmente exótico y deseable en lo que se refiere a roca. Cuando les digo que vengo desde allí para escalar, no sé si se imaginarán que soy una celebridad a pequeña escala que está aquí de turismo roquero.
Después estuve entrenando con Pablo en Movement, un gigantesco rocódromo al que van los famosos. Y con famosos quiero decir Lynn Hill. Que quede claro que estoy haciendo un enorme esfuerzo para no sentarme como una chalada en la puerta del roco a esperar a que vaya a entrenar y que me firme la magnesera. Si conozco a Lynn Hill en persona, igual me desmayo. Pablo y yo hicimos cinco millones de vías y después pasamos por el súper a reponer provisiones. Los supermercados aquí son una locura. Una especie de canto a la libertad de elección. El señor Hacendado lloraría de humillación al pasear por estas estanterías con dieciocho millones de tipos de TODO. A mí no sé si eso me gusta o me aberra; los supermercados me encantan tanto que si viviera aquí creo que podría echar una tarde entera para hacer la compra de la semana.
Imagino que todavía tengo que pasar más tiempo en EEUU (y ver más lugares) para hacerme una idea más o menos clara de lo que hay. Pero en Boulder mi sensación es un poco que la gente está apartada de la realidad, en un bonito mundo feliz de deportes de montaña y comida orgánica. Lo cual no tiene por qué ser necesariamente malo, que conste, pero sí me sabe a un presente sólo a medias, desconcertantemente plano. Es lo que tiene trabajar en Salud Mental en general y en Muertelandia en particular, además de pasar unos meses en Madriz: te empiezas a creer que la realidad es una cosa atestada y amenazante, y este microcosmos boulderita de calles anchas te da un poco de miedo.
En el ámbito de las malas noticias, mi Bicho Ipadero no acepta tarjetas SIM americanas, así que no voy a estar tan comunicada con el mundo como me gustaría. Lo que, por otra parte, quizá no sea una mala noticia. Ya tengo teléfono americano, sin embargo, y además es un antiguo nokia de estos que no tienes que cargar cada seis horas (¡qué sensación!).
Esta mañana, como ya he dicho, me encuentro rara. Desasosegada. Me he dejado la tarjeta de crédito en Boulder. La parte buena es que no la he perdido, así que no tendré que cancelarla y liarla parda. Creo que quizá el problema tiene que ver con la muerte neuronal que estaba experimentando en Madrid. Quizá sigue su proceso. Por una parte, aquí Madrid, Muertelandia y todas mis angustias de los últimos meses parecen pertenecer a otra vida. Por supuesto; a eso me refería con la Dimensión Desconocida. Pero hay algo aún (cierta tensión, cierto atontamiento) que no ha desaparecido, y que me aturde mientras trato de entender de qué va esto de los USA.
Ya me vais conociendo. Necesito arraigar en los sitios, aunque sea un poquito. Me pregunto si me dará tiempo a arraigar en la Dimensión Desconocida, o si es un proyecto demasiado ambicioso incluso para mí.
He de hacer un break. Jeremy, uno de mis anfitriones couchsurferos, viene para acá a tomar un café. Seguiré contando luego.
Jeremy aparece por una esquina del Starbucks en bermudas, camiseta y chanclas. Me pregunto cómo se las apañan los guiris para parecer guiris incluso en su propio país. En cualquier caso, las diferencias culturales empiezan enseguida. Si un europeo te dice que vais a tomar un café y que luego te enseñará su ciudad, tú esperas que se siente a tomar un café y después deis un paseo juntos. Si un americano te dice lo mismo, os tomaréis el café en el coche mientras conducís por la ciudad.
Jeremy habla rapidísimo. Enseguida me recuerda a la versión americana de Joaco, el asturiano: mismo entusiasmo anfetamínico, misma amabilidad desmedida. Por suerte para mis celivibraciones, no está ni la mitad de bueno. Me lleva por la ciudad enseñándome edificios modernos y estatuas de animales gigantes. Me dice que haga fotos a los animales gigantes o, todavía mejor, que él me hará fotos con los animales gigantes.
Es adorablemente naïve. Me explica que, como ahora mismo no tiene trabajo, se dedica a mirar la página de Couchsurfing una vez a la semana y a buscar a gente a la que alojar y enseñar la ciudad. Me lleva a la casa de una de las supervivientes del Titanic: la Insumergible Molly Brown. Me encanta ese apodo; me encantaría ser la Insumergible Marina Lunes. Jeremy me explica que es capaz de intuir las personalidades de la gente y enseñarles lo que piensa que va a gustarles más. Por alguna extraña razón, decide que yo soy una persona de casas, así que me lleva a la periferia de la ciudad a enseñarme chalets gigantescos. "Son casas con personalidad - me explica -. No son antiguas ni nada, pero es divertido mirarlas".
Después me pregunta si quiero algo para comer. Yo no he almorzado, así que me parece bien. Me explica que va a llevarme a comer algo "realmente americano", y cuando me quiero dar cuenta estoy delante de algo llamado toats: unas bolitas de patata con queso azul y salsa barbacoa, envueltas en harina, fritas en vete a saber qué y mojadas en nosequé otra cosa. "Y ponles ketchup", me dice. Yo me estoy divirtiendo bastante, aunque siento cómo cada una de las pelotitas agujerea ferozmente mi estómago. Jeremy se excusa: "yo no vendría aquí normalmente, pero es muy americano". Después me hace una foto con una especie de croquetas de perrito caliente que también ha pedido.
De camino a su casa me pone en el reproductor a un grupo de Denver, los Lumineers. Le explico que no los conozco porque soy una inculta musical y una basurilla, pero que eso no quiere decir que no sean famosos en Europa. Llegamos a su casa, donde ha quedado con una amiga para ir a ver jugar los play-offs a los Nuggets de Denver. Los dos están emocionadísimos. Se toman dos o tres chupitos de whiskey de canela (verídico) y después caminamos hacia el estadio mientras comparten una bebida energética con cafeína, ginseng y (al loro) un montón de vitamina B. La amiga, Emily, habla a la misma velocidad que Jeremy, y es alta, flaca y tan decididamente amistosa como todos los demás jóvenes coloradenses que he conocido hasta ahora.
Jeremy me ofrece coger un autobús para llegar al centro, que está a cuatro calles (literalmente). Este chico es tan inocente en su personificación del tópico que dan ganas de darle abrazos. Y me siento un poco así como vieja y europea, con ganas de decirle: siglos de historia me contemplan, chaval, y aquí estás tú, con tus animales gigantes, tus bolitas de patata y tu fobia al pasear. Pero mola. Me ha molado esta tarde, en serio, aunque sólo sea porque los Lumineers son awesome.
Ahora estoy otra vez en el Starbucks, que se está convirtiendo en algo así como mi nave nodriza en Denver. Escucho a los Lumineers en bucle y escribo, mientras examino mi extraño estado interior. Me está faltando algo estos días y no se qué es. Cierta pertenencia, supongo. Cierto no terminar de hacerme una idea de dónde estoy. A veces pienso que soy bastante más lenta que la mayoría de la gente para adaptarme a los sitios. Por otra parte, quizá viajar no se trata de adaptarse, y quizá por eso me resulta complicado. No me gusta limitarme a ver cuatro museos, hacer fotos y absorber información. Yo quiero enterarme. Me gusta saber cómo vive la gente y qué cosas les importan.
Denver, en cualquier caso, tiene una vibración amable. Un poco más real que Boulder, no sé si me explico. Un sitio como muy... No sé. Muy Normal. Si es que eso tiene algún sentido. Hasta ahora, Denver es un poco como los Lumineers.
Esta noche me quedo en casa de John, otro couchsurfer que medita Vipassana y que al menos no parece pertenecer al conjunto de denverinos borrachuzos con los que me he topado hasta ahora. Mi plan es vagabundear un rato y después cenar algo en alguna cafetería mientras leo. En realidad, ahora mismo no le pido al viaje más que eso: relajarme. Quiero estar relajada, y simplemente dar vueltas, tomar un número absurdo de cafés y mirar a la gente. Mañana por la mañana desayunaré con Peggy, y después quizá vaya a ver museos sobre indios, vaqueros y la fiebre del oro. El jueves para Boulder otra vez, y si el tiempo es clemente, pasaremos el finde acampando y escalando en algún lugar que se prevé abrumadoramente bonito.
Seguiremos informando.
Mañana nieva, por cierto.
Nota: estoy escribiendo esto desde la aplicación del BI, y no me deja hacer algunas cosas, como colocar las fotos en su sitio o poner enlaces, así que lo siento si no estoy aprovechando cien por cien las posibilidades del medio blog.
Sobre las fotos: la primera es Boulder, con su Shiny Happy People. La segunda soy yo con los animales gigantes. En la tercera salimos Jeremy y yo, y en la cuarta brindan Jeremy y Emily por la victoria de los Nuggets. En realidad, supongo que cualquier persona con un coeficiente normal podría haber deducido todo esto, pero bueno :D Ah, y si queréis de verdad conectar con mi estado de ánimo actual, escuchad Ho Hey, de los Lumineers.
Estoy rara hoy. He venido a Denver porque, a pesar del espléndido día que hacía ayer en Boulder, hoy quizá llueva y mañana nevará; nada de trepar, entonces. Así que he quedado con Peggy, de The Primal Parent, y me he venido para acá a ver la ciudad y a hacer un poco de groupie bloguera. En un rato voy a quedar con Jeremy, otro couchsurfer con pinta de majete, para que me enseñe el centro.
Ayer pasé toda la mañana dando vueltas por Boulder. Boulder es... cómo lo diría... Tan mono que da un poco de miedo. Todo está cuidado, la gente es guapa y joven, hay miles de tiendas modernas, y cafés modernos, y restaurantes modernos. La gente en las tiendas, cafés, bares y demás te saluda con un "cómo estás, qué tal llevas tu día", que consiguen hacer sonar auténticamente amable. Todo el mundo me pregunta de dónde soy, cuánto tiempo voy a quedarme, y me aseguran que les encanta España y que se mueren de ganas de ir allí. Curiosamente, igual que esto nos suena como una exótica meca de la escalada a nosotros, a ellos España les suena igualmente exótico y deseable en lo que se refiere a roca. Cuando les digo que vengo desde allí para escalar, no sé si se imaginarán que soy una celebridad a pequeña escala que está aquí de turismo roquero.
Después estuve entrenando con Pablo en Movement, un gigantesco rocódromo al que van los famosos. Y con famosos quiero decir Lynn Hill. Que quede claro que estoy haciendo un enorme esfuerzo para no sentarme como una chalada en la puerta del roco a esperar a que vaya a entrenar y que me firme la magnesera. Si conozco a Lynn Hill en persona, igual me desmayo. Pablo y yo hicimos cinco millones de vías y después pasamos por el súper a reponer provisiones. Los supermercados aquí son una locura. Una especie de canto a la libertad de elección. El señor Hacendado lloraría de humillación al pasear por estas estanterías con dieciocho millones de tipos de TODO. A mí no sé si eso me gusta o me aberra; los supermercados me encantan tanto que si viviera aquí creo que podría echar una tarde entera para hacer la compra de la semana.
Imagino que todavía tengo que pasar más tiempo en EEUU (y ver más lugares) para hacerme una idea más o menos clara de lo que hay. Pero en Boulder mi sensación es un poco que la gente está apartada de la realidad, en un bonito mundo feliz de deportes de montaña y comida orgánica. Lo cual no tiene por qué ser necesariamente malo, que conste, pero sí me sabe a un presente sólo a medias, desconcertantemente plano. Es lo que tiene trabajar en Salud Mental en general y en Muertelandia en particular, además de pasar unos meses en Madriz: te empiezas a creer que la realidad es una cosa atestada y amenazante, y este microcosmos boulderita de calles anchas te da un poco de miedo.
En el ámbito de las malas noticias, mi Bicho Ipadero no acepta tarjetas SIM americanas, así que no voy a estar tan comunicada con el mundo como me gustaría. Lo que, por otra parte, quizá no sea una mala noticia. Ya tengo teléfono americano, sin embargo, y además es un antiguo nokia de estos que no tienes que cargar cada seis horas (¡qué sensación!).
Esta mañana, como ya he dicho, me encuentro rara. Desasosegada. Me he dejado la tarjeta de crédito en Boulder. La parte buena es que no la he perdido, así que no tendré que cancelarla y liarla parda. Creo que quizá el problema tiene que ver con la muerte neuronal que estaba experimentando en Madrid. Quizá sigue su proceso. Por una parte, aquí Madrid, Muertelandia y todas mis angustias de los últimos meses parecen pertenecer a otra vida. Por supuesto; a eso me refería con la Dimensión Desconocida. Pero hay algo aún (cierta tensión, cierto atontamiento) que no ha desaparecido, y que me aturde mientras trato de entender de qué va esto de los USA.
Ya me vais conociendo. Necesito arraigar en los sitios, aunque sea un poquito. Me pregunto si me dará tiempo a arraigar en la Dimensión Desconocida, o si es un proyecto demasiado ambicioso incluso para mí.
He de hacer un break. Jeremy, uno de mis anfitriones couchsurferos, viene para acá a tomar un café. Seguiré contando luego.
Jeremy aparece por una esquina del Starbucks en bermudas, camiseta y chanclas. Me pregunto cómo se las apañan los guiris para parecer guiris incluso en su propio país. En cualquier caso, las diferencias culturales empiezan enseguida. Si un europeo te dice que vais a tomar un café y que luego te enseñará su ciudad, tú esperas que se siente a tomar un café y después deis un paseo juntos. Si un americano te dice lo mismo, os tomaréis el café en el coche mientras conducís por la ciudad.
Jeremy habla rapidísimo. Enseguida me recuerda a la versión americana de Joaco, el asturiano: mismo entusiasmo anfetamínico, misma amabilidad desmedida. Por suerte para mis celivibraciones, no está ni la mitad de bueno. Me lleva por la ciudad enseñándome edificios modernos y estatuas de animales gigantes. Me dice que haga fotos a los animales gigantes o, todavía mejor, que él me hará fotos con los animales gigantes.
Es adorablemente naïve. Me explica que, como ahora mismo no tiene trabajo, se dedica a mirar la página de Couchsurfing una vez a la semana y a buscar a gente a la que alojar y enseñar la ciudad. Me lleva a la casa de una de las supervivientes del Titanic: la Insumergible Molly Brown. Me encanta ese apodo; me encantaría ser la Insumergible Marina Lunes. Jeremy me explica que es capaz de intuir las personalidades de la gente y enseñarles lo que piensa que va a gustarles más. Por alguna extraña razón, decide que yo soy una persona de casas, así que me lleva a la periferia de la ciudad a enseñarme chalets gigantescos. "Son casas con personalidad - me explica -. No son antiguas ni nada, pero es divertido mirarlas".
Después me pregunta si quiero algo para comer. Yo no he almorzado, así que me parece bien. Me explica que va a llevarme a comer algo "realmente americano", y cuando me quiero dar cuenta estoy delante de algo llamado toats: unas bolitas de patata con queso azul y salsa barbacoa, envueltas en harina, fritas en vete a saber qué y mojadas en nosequé otra cosa. "Y ponles ketchup", me dice. Yo me estoy divirtiendo bastante, aunque siento cómo cada una de las pelotitas agujerea ferozmente mi estómago. Jeremy se excusa: "yo no vendría aquí normalmente, pero es muy americano". Después me hace una foto con una especie de croquetas de perrito caliente que también ha pedido.
De camino a su casa me pone en el reproductor a un grupo de Denver, los Lumineers. Le explico que no los conozco porque soy una inculta musical y una basurilla, pero que eso no quiere decir que no sean famosos en Europa. Llegamos a su casa, donde ha quedado con una amiga para ir a ver jugar los play-offs a los Nuggets de Denver. Los dos están emocionadísimos. Se toman dos o tres chupitos de whiskey de canela (verídico) y después caminamos hacia el estadio mientras comparten una bebida energética con cafeína, ginseng y (al loro) un montón de vitamina B. La amiga, Emily, habla a la misma velocidad que Jeremy, y es alta, flaca y tan decididamente amistosa como todos los demás jóvenes coloradenses que he conocido hasta ahora.
Jeremy me ofrece coger un autobús para llegar al centro, que está a cuatro calles (literalmente). Este chico es tan inocente en su personificación del tópico que dan ganas de darle abrazos. Y me siento un poco así como vieja y europea, con ganas de decirle: siglos de historia me contemplan, chaval, y aquí estás tú, con tus animales gigantes, tus bolitas de patata y tu fobia al pasear. Pero mola. Me ha molado esta tarde, en serio, aunque sólo sea porque los Lumineers son awesome.
Ahora estoy otra vez en el Starbucks, que se está convirtiendo en algo así como mi nave nodriza en Denver. Escucho a los Lumineers en bucle y escribo, mientras examino mi extraño estado interior. Me está faltando algo estos días y no se qué es. Cierta pertenencia, supongo. Cierto no terminar de hacerme una idea de dónde estoy. A veces pienso que soy bastante más lenta que la mayoría de la gente para adaptarme a los sitios. Por otra parte, quizá viajar no se trata de adaptarse, y quizá por eso me resulta complicado. No me gusta limitarme a ver cuatro museos, hacer fotos y absorber información. Yo quiero enterarme. Me gusta saber cómo vive la gente y qué cosas les importan.
Denver, en cualquier caso, tiene una vibración amable. Un poco más real que Boulder, no sé si me explico. Un sitio como muy... No sé. Muy Normal. Si es que eso tiene algún sentido. Hasta ahora, Denver es un poco como los Lumineers.
Esta noche me quedo en casa de John, otro couchsurfer que medita Vipassana y que al menos no parece pertenecer al conjunto de denverinos borrachuzos con los que me he topado hasta ahora. Mi plan es vagabundear un rato y después cenar algo en alguna cafetería mientras leo. En realidad, ahora mismo no le pido al viaje más que eso: relajarme. Quiero estar relajada, y simplemente dar vueltas, tomar un número absurdo de cafés y mirar a la gente. Mañana por la mañana desayunaré con Peggy, y después quizá vaya a ver museos sobre indios, vaqueros y la fiebre del oro. El jueves para Boulder otra vez, y si el tiempo es clemente, pasaremos el finde acampando y escalando en algún lugar que se prevé abrumadoramente bonito.
Seguiremos informando.
Mañana nieva, por cierto.
Nota: estoy escribiendo esto desde la aplicación del BI, y no me deja hacer algunas cosas, como colocar las fotos en su sitio o poner enlaces, así que lo siento si no estoy aprovechando cien por cien las posibilidades del medio blog.
Sobre las fotos: la primera es Boulder, con su Shiny Happy People. La segunda soy yo con los animales gigantes. En la tercera salimos Jeremy y yo, y en la cuarta brindan Jeremy y Emily por la victoria de los Nuggets. En realidad, supongo que cualquier persona con un coeficiente normal podría haber deducido todo esto, pero bueno :D Ah, y si queréis de verdad conectar con mi estado de ánimo actual, escuchad Ho Hey, de los Lumineers.
lunes, 29 de abril de 2013
CACP IV: Tocando roca
Hay algo raro en América. Algo irreal. Por una parte, todo es igual, es decir: todo es occidental, puedes entenderlo y compartirlo. Pero por otra, todo es sutilmente distinto, con un aire de recién fabricado, como de parque temático. Y ya para terminarlo de arreglar, lo has visto todo en las películas,así que esa misma sensación de novedad se mezcla con la de haber estado aquí millones de veces.
Ayer, después de escribir y tomarme un vaso de leche, fui con Saeed a la estación de autobuses de Denver para salir hacia Boulder. Por el camino iba mirándolo todo por la ventana, mordisqueando el pan de plátano que había comprado en Starbucks y tratando de retener los detalles. Otra cosa curiosa aquí es la poca gente que se ve por las calles. En las pelis no te llama la atención, pero en la vida real resulta raro; como si hubiera habido un cataclismo nuclear y sólo quedaran algunos supervivientes.
Boulder está al pie de las Rocosas y, según me han explicado Pablo y Jenna, es la antiamérica en lo que a obesidad se refiere. Aquí la gente está en forma, vive para el deporte y se pasea por la calle sin camiseta. Verídico. Pasear por la calle sin camiseta es el tipo de cosas que haces en Cádiz y quedas como un cani, pero que haces en Boulder y quedas como un cosmopolita sanote.
Pablo y Jenna me reciben en la estación de autobuses y me llevan a su casa: un bonito apartamento de dos habitaciones en una urbanización residencial. Preparamos rápidamente las mochilas y nos vamos a escalar a una zona cercana: Clear Creek Canyon. Por cierto, que resulta que Boulder está a casi 2000 metros, así que hay que tener cuidado con el mal de altura: te deshidratas, te mareas y no sé cuántas cosas más. El mal de altura y el jet-lag son la mar de útiles para echarles la culpa de todo. Si no estás escalando bien: mal de altura. Si tienes sueño: jet-lag. Si tienes hambre: mal de altura. And so on.
De todas formas, no escalo mal en mi primera intentona americana. Clear Canyon es granito, lo que en teoría es malo, porque la adherencia no es muy allá. Lo que pasa es que yo no he probado mucho granito, pero el que he probado en Madrid se parece a escalar la encimera de tu cocina, así que éste no lo veo ni tan mal. De todas formas, si hay algo que motive a escalar es haber volado miles de kilómetros para hacerlo. Estás ahí y piensas: ¿he volado doce horas para decir "pilla, pilla, que me da miedo"? Ni de coña.
Yo hago cordada con un chico colombiano muy majete que se llama Luis. Escalamos una vía equipada de dos largos y voy de primera con bastante dignidad en el segundo. Equipada quiere decir que ya están puestos los seguros en la roca, y de dos largos quiere decir que el primero sube, se queda arriba y te asegura desde allí, y después sigue el que ha subido segundo y se repite la operación.
(Prometo que voy a empezar a escribir las partes sobre escalada en otro color para no aburriros)
Después de escalar, mientras Pablo intenta una vía complicada que le está dando bastantes quebraderos de cabeza, camino un rato junto al cañón. El cielo está claro y se escucha el arroyo al pie de las montañas. Yo voy mirando las plantas, en las que se produce el mismo efecto de "parecido pero distinto" que en el resto de Estados Unidos. Hay cactus extraños y algo que huele cono el tomillo pero que está blandito y húmedo. Me siento en una roca a tratar de escuchar a las montañas. Desde que vivo en Madrid, creo que no había estado en un espacio tan abierto y tranquilo como éste. Pensar que todos mis problemas y mis historias están ahora mismo en la otra punta del planeta me reconforta. Cuando miro los paisajes de aquí y pienso en los pioneros y el salvaje oeste, me pregunto cómo debieron de sentirse avanzando cada vez más por estas tierras inmensas, sin tener idea de dónde acababan o de lo que iban a encontrarse. También pienso en los indios, tan tranquilitos, invadidos y masacrados de repente por aquellos desconocidos. La raza humana es rara. No podemos quedarnos nunca donde estamos; queremos seguir, avanzar, mejorar. Miradme a mí: no me vale Cádiz, ni Madrid, ni España, ni Europa, ni siquiera avanzar en horizontal. No tengo ni idea de si eso es bueno o una llamada constante a la insatisfacción.
Después de escalar, Pablo, Jenna y yo nos vamos a cenar a una brewery, que al parecer son unos bares-restaurantes que se han puesto ahora de moda y donde fabrican su propia cerveza. En honor a la vigorexia boulderita, cenamos miles de vegetales megafrescos; como yo sigo con mi política de no alcohol, pruebo la root beer, que resulta ser un brebaje dulzón con cierto aire inquietante a enjuague bucal.
Ahora estoy sentada en la moqueta de la habitación que me han adjudicado en el aparatmento. Hace un día precioso fuera. Mi plan es desayunar y salir a dar un paseo para solucionar un par de temas relacionados sobre todo con las comunicaciones, a saber: conseguirle una tarjeta al BI y otra al móvil americano, para que cuando empiece mi Great Roadtrip me pueda comunicar con el mundo y muy especialmente con mi madre. Después tengo que planificar un poco la semana por orden de prioridades, es decir: averiguar primero cuánto podré escalar y rellenar el tiempo restante con otras cosas.
De momento, eso es todo por yanquilandia, queridos. Estoy muy, muy contenta. Ayer una chica me deseó un feliz viaje. "Ya estoy feliz - le expliqué yo -, así que en adelante sólo puede mejorar".
Ayer, después de escribir y tomarme un vaso de leche, fui con Saeed a la estación de autobuses de Denver para salir hacia Boulder. Por el camino iba mirándolo todo por la ventana, mordisqueando el pan de plátano que había comprado en Starbucks y tratando de retener los detalles. Otra cosa curiosa aquí es la poca gente que se ve por las calles. En las pelis no te llama la atención, pero en la vida real resulta raro; como si hubiera habido un cataclismo nuclear y sólo quedaran algunos supervivientes.
Boulder está al pie de las Rocosas y, según me han explicado Pablo y Jenna, es la antiamérica en lo que a obesidad se refiere. Aquí la gente está en forma, vive para el deporte y se pasea por la calle sin camiseta. Verídico. Pasear por la calle sin camiseta es el tipo de cosas que haces en Cádiz y quedas como un cani, pero que haces en Boulder y quedas como un cosmopolita sanote.
Pablo y Jenna me reciben en la estación de autobuses y me llevan a su casa: un bonito apartamento de dos habitaciones en una urbanización residencial. Preparamos rápidamente las mochilas y nos vamos a escalar a una zona cercana: Clear Creek Canyon. Por cierto, que resulta que Boulder está a casi 2000 metros, así que hay que tener cuidado con el mal de altura: te deshidratas, te mareas y no sé cuántas cosas más. El mal de altura y el jet-lag son la mar de útiles para echarles la culpa de todo. Si no estás escalando bien: mal de altura. Si tienes sueño: jet-lag. Si tienes hambre: mal de altura. And so on.
De todas formas, no escalo mal en mi primera intentona americana. Clear Canyon es granito, lo que en teoría es malo, porque la adherencia no es muy allá. Lo que pasa es que yo no he probado mucho granito, pero el que he probado en Madrid se parece a escalar la encimera de tu cocina, así que éste no lo veo ni tan mal. De todas formas, si hay algo que motive a escalar es haber volado miles de kilómetros para hacerlo. Estás ahí y piensas: ¿he volado doce horas para decir "pilla, pilla, que me da miedo"? Ni de coña.
Yo hago cordada con un chico colombiano muy majete que se llama Luis. Escalamos una vía equipada de dos largos y voy de primera con bastante dignidad en el segundo. Equipada quiere decir que ya están puestos los seguros en la roca, y de dos largos quiere decir que el primero sube, se queda arriba y te asegura desde allí, y después sigue el que ha subido segundo y se repite la operación.
(Prometo que voy a empezar a escribir las partes sobre escalada en otro color para no aburriros)
Después de escalar, mientras Pablo intenta una vía complicada que le está dando bastantes quebraderos de cabeza, camino un rato junto al cañón. El cielo está claro y se escucha el arroyo al pie de las montañas. Yo voy mirando las plantas, en las que se produce el mismo efecto de "parecido pero distinto" que en el resto de Estados Unidos. Hay cactus extraños y algo que huele cono el tomillo pero que está blandito y húmedo. Me siento en una roca a tratar de escuchar a las montañas. Desde que vivo en Madrid, creo que no había estado en un espacio tan abierto y tranquilo como éste. Pensar que todos mis problemas y mis historias están ahora mismo en la otra punta del planeta me reconforta. Cuando miro los paisajes de aquí y pienso en los pioneros y el salvaje oeste, me pregunto cómo debieron de sentirse avanzando cada vez más por estas tierras inmensas, sin tener idea de dónde acababan o de lo que iban a encontrarse. También pienso en los indios, tan tranquilitos, invadidos y masacrados de repente por aquellos desconocidos. La raza humana es rara. No podemos quedarnos nunca donde estamos; queremos seguir, avanzar, mejorar. Miradme a mí: no me vale Cádiz, ni Madrid, ni España, ni Europa, ni siquiera avanzar en horizontal. No tengo ni idea de si eso es bueno o una llamada constante a la insatisfacción.
Después de escalar, Pablo, Jenna y yo nos vamos a cenar a una brewery, que al parecer son unos bares-restaurantes que se han puesto ahora de moda y donde fabrican su propia cerveza. En honor a la vigorexia boulderita, cenamos miles de vegetales megafrescos; como yo sigo con mi política de no alcohol, pruebo la root beer, que resulta ser un brebaje dulzón con cierto aire inquietante a enjuague bucal.
Ahora estoy sentada en la moqueta de la habitación que me han adjudicado en el aparatmento. Hace un día precioso fuera. Mi plan es desayunar y salir a dar un paseo para solucionar un par de temas relacionados sobre todo con las comunicaciones, a saber: conseguirle una tarjeta al BI y otra al móvil americano, para que cuando empiece mi Great Roadtrip me pueda comunicar con el mundo y muy especialmente con mi madre. Después tengo que planificar un poco la semana por orden de prioridades, es decir: averiguar primero cuánto podré escalar y rellenar el tiempo restante con otras cosas.
De momento, eso es todo por yanquilandia, queridos. Estoy muy, muy contenta. Ayer una chica me deseó un feliz viaje. "Ya estoy feliz - le expliqué yo -, así que en adelante sólo puede mejorar".
domingo, 28 de abril de 2013
CACP III: hospitalidad y mal de altura
Estoy sentada en la cocina de Saeed, tomándome un vaso de leche gigante de una botella gigante. Qué americano. Saeed y otras dos couchsurferas mexicanas duermen la resaca en una combinación inverosímil de camas, futones y moquetas.
Saeed es hospitalario hasta límites preocupantes. Cuando llegamos ayer a su casa, me señaló una cama de tamaño gigante y me dijo: "that's for you. Get crazy. I'll sleep in the floor." Resulta que se había confundido de día y pensaba que yo llegaba el mes que viene, así que había ofrecido su casa a las dos mexicanas. Al darse cuenta del error, no quiso cancelar y había decidido asignarse la moqueta.
Yo podría haber dormido en la moqueta sin problema; a esas alturas del viaje, podría haber dormido de pie. De hecho, en el camino en bus desde el aeropuerto vi una fábrica gigante de colchones y tuve una alucinación en la que yo dormía en todos ellos, saltando alegremente de uno a otro en un frenesí del descanso.
Al llegar a casa, Saeed y las dos mexicanas, Fabiola y Annalissa, empezaron a ponerse tibios de vodka con RedBull de arándanos, con la idea de quemar la noche denverina. Yo brindaba con leche. Saeed tiene 21 años y hace algo así como currar de mecánico y estudiar derecho (¡qué americano!) y es, en serio, preocupantemente amable. Me busca el horario de bus de mañana, me da la clave de su wi-fi y me explica que todo lo que hay en esta casa es mío y que, por favor, no se la queme.
Una de las mexicanas sucumbre al brebaje morado y cae en coma sobre el otro colchón. "Es la altura - me explica su amiga -. Aquí te emborrachas con mucha facilidad". Venga ya; como si no la hubiera visto beber brebaje morado sin respirar hace cinco minutos. Pero me hace gracia esta gente. Son como la mutación americana de un estudiante granadino de primer año. "Me encanta couchsurfing y me encantáis vosotras", exclama Saeed, poniéndose otra copa. Luego me pide otra vez que no le queme la casa y se va de fiesta con la mexicana consciente que, en mi opinión, le quiere dar bambú.
Ahora estoy haciendo tiempo hasta que salga el bus para Boulder. La idea es que Pablo me recogerá allí y nos iremos a escalar del tirón, viva y bravo. Hace un hermoso día en Colorado, y se ven las montañas cubiertas de nieve detrás de la ciudad. Yo estoy muy contenta.Es difícil explicar la sensación de estar aquí, porque todo es parecido pero distinto, y como el efecto peli es innegable, a una le parece que le hubieran metido por sorpresa en un parque temático. Pero mola. Estoy lejos de todo y lista para ver qué pasa. Me gusta estar en la Dimensión Desconocida.
Seguiremos informando.
Saeed es hospitalario hasta límites preocupantes. Cuando llegamos ayer a su casa, me señaló una cama de tamaño gigante y me dijo: "that's for you. Get crazy. I'll sleep in the floor." Resulta que se había confundido de día y pensaba que yo llegaba el mes que viene, así que había ofrecido su casa a las dos mexicanas. Al darse cuenta del error, no quiso cancelar y había decidido asignarse la moqueta.
Yo podría haber dormido en la moqueta sin problema; a esas alturas del viaje, podría haber dormido de pie. De hecho, en el camino en bus desde el aeropuerto vi una fábrica gigante de colchones y tuve una alucinación en la que yo dormía en todos ellos, saltando alegremente de uno a otro en un frenesí del descanso.
Al llegar a casa, Saeed y las dos mexicanas, Fabiola y Annalissa, empezaron a ponerse tibios de vodka con RedBull de arándanos, con la idea de quemar la noche denverina. Yo brindaba con leche. Saeed tiene 21 años y hace algo así como currar de mecánico y estudiar derecho (¡qué americano!) y es, en serio, preocupantemente amable. Me busca el horario de bus de mañana, me da la clave de su wi-fi y me explica que todo lo que hay en esta casa es mío y que, por favor, no se la queme.
Una de las mexicanas sucumbre al brebaje morado y cae en coma sobre el otro colchón. "Es la altura - me explica su amiga -. Aquí te emborrachas con mucha facilidad". Venga ya; como si no la hubiera visto beber brebaje morado sin respirar hace cinco minutos. Pero me hace gracia esta gente. Son como la mutación americana de un estudiante granadino de primer año. "Me encanta couchsurfing y me encantáis vosotras", exclama Saeed, poniéndose otra copa. Luego me pide otra vez que no le queme la casa y se va de fiesta con la mexicana consciente que, en mi opinión, le quiere dar bambú.
Ahora estoy haciendo tiempo hasta que salga el bus para Boulder. La idea es que Pablo me recogerá allí y nos iremos a escalar del tirón, viva y bravo. Hace un hermoso día en Colorado, y se ven las montañas cubiertas de nieve detrás de la ciudad. Yo estoy muy contenta.Es difícil explicar la sensación de estar aquí, porque todo es parecido pero distinto, y como el efecto peli es innegable, a una le parece que le hubieran metido por sorpresa en un parque temático. Pero mola. Estoy lejos de todo y lista para ver qué pasa. Me gusta estar en la Dimensión Desconocida.
Seguiremos informando.
CACP II: desvaríos interestatales
(Nota: al final no conseguí publicar esto en el avión, así que ahora mismo estoy en casa de Saeed, alucinando después de 25 horas sin dormir. Ya os contaré más sobre él, que está muy loco. Lo importante es que he llegado sana y salva a Denver, ¡viva!)
¡Lo he conseguido! ¡Estoy en América!
Es raro, las cosas como son. La Dimensión Desconocida se parece preocupantemente a la vida real. Quiero decir, que hasta ahora es ciertamente como en las pelis, pero tiene textura de vida real, como si alguien hubiera montado un parque temático en Madrid.
He comido en un asiático en el aeropuerto. Tofu con brócoli y agua purificada de los profundos pozos de Maine a la que le han añadido minerales "para dar sabor". ¡Qué americano!
No puedo juzgar un país a partir del aeropuerto de Filadelfia, y además mi cerebro está en modo "en mi país ya son las doce de la noche y no entiendo qué hace todavía el sol por aquí". Qué puedo decir. La gente es de momento más bien simpaticota. Un señor me ha golpeado levemente con su maleta al pasar, se ha parado, se ha dado la vuelta y me ha preguntado si estaba bien con una preocupación muy profunda. Qué salao.
Ahora estamos cruzando el país y tengo... No sé cómo se llamaría... ¿Interiorfobia? Nunca había estado tan lejos del mar. Imaginar tanta tierra alrededor me da un poco de angustia. Quizá sea absurdo.
Querría escribir cosas profundas, pero no me sale. Es que todo es raro. Quiero dormir. De repente me siento un poco sola. No sola como aburrida, sino sola como desconectada. Esto de experimentar directamente lo grande que es el mundo y la de gente que hay en él me trilla un poco el cerebro. ¿Sentimiento viajero o pródromo psicótico? Lo iremos descubriendo a medida que avanza el viaje.
Por lo demás, mis planes para esta noche son poco ambiciosos. He contactado vía CS con un denvereño llamado Saeed, que se ofreció a alojarme cuando publiqué que necesitaba pasar allí la noche. La gente es maja con alevosía. Si todo va bien y al final de este viaje no me ha descuartizado nadie, creo que estaré tan agradecida que alquilaré una casa con dos habitaciones y dedicaré una sólo a alojar couchsurfers.
Creo que ya lo comenté hace un par de posts, pero no sé hasta qué punto estoy en modo viaje. Porque ya lo he dicho: mis neuronas apoptosan, el jetlag me abruma, Muertelandia casi acaba conmigo y ahora me vengo a aventurear durante 22 días. ¿Cuál es mi problema? En este momento, por ejemplo, me da una pereza horrible pensar que tengo que llegar a Denver, buscar la manera de llamar a Saeed, encontrar el autobús, no perderme por Denver, encontrar a Saeed, dormir, despertar, ir a Boulder y escalar. La virgen. ¿Es esto necesario? A lo mejor no sirvo para la vida viajera. Quizá sólo sirvo para quedarme en casa muy tranquilita.
En vista de que estoy empezando a desvariar, me voy a tirar a escuchar música. No sé si dormir un poco sería mejor o peor para mi sistema nervioso. A lo mejor debería haberme tajado y fingir que estoy aguantando despierta toda la noche porque voy de fiesta. Y tomar churros al llegar a Denver.
(Insisto: desvarío)
¡Lo he conseguido! ¡Estoy en América!
Es raro, las cosas como son. La Dimensión Desconocida se parece preocupantemente a la vida real. Quiero decir, que hasta ahora es ciertamente como en las pelis, pero tiene textura de vida real, como si alguien hubiera montado un parque temático en Madrid.
He comido en un asiático en el aeropuerto. Tofu con brócoli y agua purificada de los profundos pozos de Maine a la que le han añadido minerales "para dar sabor". ¡Qué americano!
No puedo juzgar un país a partir del aeropuerto de Filadelfia, y además mi cerebro está en modo "en mi país ya son las doce de la noche y no entiendo qué hace todavía el sol por aquí". Qué puedo decir. La gente es de momento más bien simpaticota. Un señor me ha golpeado levemente con su maleta al pasar, se ha parado, se ha dado la vuelta y me ha preguntado si estaba bien con una preocupación muy profunda. Qué salao.
Ahora estamos cruzando el país y tengo... No sé cómo se llamaría... ¿Interiorfobia? Nunca había estado tan lejos del mar. Imaginar tanta tierra alrededor me da un poco de angustia. Quizá sea absurdo.
Querría escribir cosas profundas, pero no me sale. Es que todo es raro. Quiero dormir. De repente me siento un poco sola. No sola como aburrida, sino sola como desconectada. Esto de experimentar directamente lo grande que es el mundo y la de gente que hay en él me trilla un poco el cerebro. ¿Sentimiento viajero o pródromo psicótico? Lo iremos descubriendo a medida que avanza el viaje.
Por lo demás, mis planes para esta noche son poco ambiciosos. He contactado vía CS con un denvereño llamado Saeed, que se ofreció a alojarme cuando publiqué que necesitaba pasar allí la noche. La gente es maja con alevosía. Si todo va bien y al final de este viaje no me ha descuartizado nadie, creo que estaré tan agradecida que alquilaré una casa con dos habitaciones y dedicaré una sólo a alojar couchsurfers.
Creo que ya lo comenté hace un par de posts, pero no sé hasta qué punto estoy en modo viaje. Porque ya lo he dicho: mis neuronas apoptosan, el jetlag me abruma, Muertelandia casi acaba conmigo y ahora me vengo a aventurear durante 22 días. ¿Cuál es mi problema? En este momento, por ejemplo, me da una pereza horrible pensar que tengo que llegar a Denver, buscar la manera de llamar a Saeed, encontrar el autobús, no perderme por Denver, encontrar a Saeed, dormir, despertar, ir a Boulder y escalar. La virgen. ¿Es esto necesario? A lo mejor no sirvo para la vida viajera. Quizá sólo sirvo para quedarme en casa muy tranquilita.
En vista de que estoy empezando a desvariar, me voy a tirar a escuchar música. No sé si dormir un poco sería mejor o peor para mi sistema nervioso. A lo mejor debería haberme tajado y fingir que estoy aguantando despierta toda la noche porque voy de fiesta. Y tomar churros al llegar a Denver.
(Insisto: desvarío)
CACP I: desvaríos transoceánicos
Llevo un rato tratando de meditar en el avión Madrid-Filadelfia sin conseguirlo en absoluto. No creo que tenga que ver (sólo) con que tengo la capacidad de concentración de una medusilla; es que estoy tan emocionada que no doy para más.
Hace cuatro meses que Pablo y Jenna vinieron a Madrid para coger el avión hacia EEUU. Quedamos en la sala The Climb, un rocódromo enorme que hay en Leganés, donde me hice daño en el hombro a los cinco minutos de empezar. Muy yo. A la salida fuimos a tomar una cerveza y hablamos de este viaje. "La primera vez que yo fui a EEUU - decía Pablo - pensaba todo el rato que sucedería algo que me impediría ir. Cuando me vi en el avión, no me lo creía, y al llegar allí todo me hacía ilusión. No era un coche; era un coche americano. No era una casa; era una casa americana." Dejando de lado que el fenómeno "qué americano todo" ya ha empezado a ocurrirme (¡Qué americano, gordos en la puerta de embarque con peluches de toritos! ¡Qué americano, pollo a la barbacoa en el avión!), mientras intentaba meditar me he dado cuenta de que una parte de mí tampoco se creía que fuera a viajar. Si hasta contraté un seguro de cancelación por causa médica. Y bueno: estoy yendo. A no ser que muera en un accidente aéreo, o de una extraña enfermedad tipo House durante el vuelo, voy a pisar suelo americano. Quizá me paren entrando al país (miedo americano número 1), me denieguen la entrada y me deporten, pero ESTOY YENDO.
Flipa.
Estas últimas semanas casi colapso. Podía visualizar a mi sistema nervioso agotándose poco a poco. Las neuronas apoptosando una a una (apoptosar es una palabra muy guay que quiere decir que las neuronas se suicidan. Verídico). He suspendido toda actividad superflua. Hasta he dejado de ir al roco. Estaba concentrada en combinar mi despertar espiritual con sobrevivir, trabajar y hacer el equipaje. No es que el tema del equipaje sea tan complicado, pero uno piensa: a ver, me voy a Otro Continente. Seguro, seguro, seguro que me estoy olvidando de algo. Y eso raya.
Además, he tenido abundantes y absurdas crisis de ciudadana del primer mundo increíblemente afortunada, que se pregunta todo el rato cómo, ¡oh, Dios!, cómo lo hará para bloguear mientras viaja porque no puede tolerar la idea de escribir en papel y buscar cibers por ahí. Al final he cedido al maligno espíritu de Steve Jobs y a la voz de mi madre, suplicándome "te lo ruego, Pitu, encuentra la manera de estar conectada a Internet", y lo he hecho: he abierto mi hucha de monedas de dos euros y me he comprado un iPad. Me siento un poco hipócrita, lo confieso, porque ahora tengo viaje Y iPad. Por otra parte, mi vida ya se basa en que soy absurdamente privilegiada, y ahora mismo estoy TAN feliz escribiendo esto en un vuelo transoceánico y pensando que podré bloguear muchísimo en estas tres semanas que todo lo demás me da igual.
(Apuesto a que a vosotros también os hace bastante felices lo del blogueo. Jijiji).
Impresiones del Bicho iPadero hasta ahora: me fascina casi tanto como mi Mac. Es bonito y molón. Es rápido. La escritura no es tan fluida como en un teclado físico, pero no va mal. Y, sobre todo, estoy escribiendo esto en un vuelo transoceánico, ¿lo he dicho ya? Soy muy feliz. Y muy buena hija.
Comencemos las crónicas del viaje, pues.
Como os decía, ayer estaba al borde del colapso. Fin de la rotación en Muertelandia. Despedida de mis pacientes y de la gente de La Paz con moderada penita. No creo que olvide nunca a mis pacientes de allí. Mira que he tenido muchos pacientes molones, que les tengo cariño a la mayoría y me acuerdo de bastantes. Pero estos son especiales.
Ayer me decía un señor ingresado después que le operaran de un tumor: "Y yo que creía que no me iba a morir nunca". Yo asentí, porque hasta hace un par de meses, yo también me lo creía. Dudo que ahora mismo esté mucho más cerca que antes de comprender la realidad de la no existencia, pero por lo menos es algo que pongo sobre la mesa con más facilidad. Ahora quiero estar lista para morir, aunque aún tenga que terminar de descubrir lo que eso significa.
Los preparativos para el viaje se habían desarrollado bien hasta ayer. Teniendo en cuenta el Inmenso Desastre Humano que soy, me he apañado para tener listos a tiempo:
- El localizador del vuelo impreso.
- El permiso internacional de conducir (un timo, por cierto: un cartón cutre y gris con aspecto de cartilla de racionamiento de la posguerra).
- Un móvil no smartphone que funciona en EEUU, cortesía de Erika.
- El BI o Bicho iPadero, con una funda que he conseguido no comprar en rosa.
- Una póliza de seguros que cubre la eventualidad de tener que ser rescatada de algún risco por HPY o Hercúleos Pilotos Yanquis (abreviatura copyright de Laura, mi lectora amorosa más fashion).
- Un puñado de dólares, por si hay cualquier problema con la tarjeta. Aún intento deshacerme de la preocupante sospecha de que son billetes de monopoly. Nota: que el dólar valga menos que el euro mola muchísimo. Es como si te regalaran dinero.
- Un adaptador para las clavijas de los aparatos eléctricos. Las baterías: esa nueva y adorable neurosis del siglo XXI.
Más allá de eso, mi equipaje es un intento razonable de minimalismo. Ropa sólo de montaña, porque quiero ser como esos guiris que vienen a España y visitan las ciudades con zapatos de trekking. En principio había instaurado una política de cero coquetería, porque ya os dije que he abrazado el celibato, pero a última hora he metido una camiseta así un poco mona (uuuhhh) y dos condones, dos, por si al final me pasa la del asturiano buenorro y tengo que ir otra vez a hacer de Pretty Woman por Boulder. Que me conozco. Aunque juro por el espíritu de Lincoln (me estoy ambientando, ¿vale?), que voy a hacer todo lo posible por evitar situaciones como la del Asturiano Buenorro. Que luego acabo resacosa y humillada comiendo sobaos a las afueras de cualquier pueblo norteño.
Quizá éste sea un buen momento para incluir aquí las normas de relación con el sexo opuesto que regirán durante todo el CACP:
1. Mantenerse alejada de toda sustancia con capacidad de alterar el sistema nervioso central: alcohol, drogas, cupcakes. Excepciones: cantidades moderadas de cafeína y teína. He dicho MODERADAS, que si me paso con el café también me pongo tonta. Esto no es exclusivo del CACP, que llevo sin beber desde Semana Santa, pero no viene mal recordarlo.
2. Todo elemento varón es una potencial fuente de Mal, así que hay que tratarles con precaución. Muy especialmente a los guapos, y muy, muy especialmente a los guapos que escalan, porque los carga el diablo. Esto quiere decir que ante cualquier maromo yanqui incluso levemente atractivo, deberé respirar hondo muchas veces, meditar con especial ímpetu y repetirme: "estás proyectando tus carencias emocionales y tu deprivación sexual en ese pobre chico, Marina, así que trabaja el desapego". Son autoinstrucciones un poco largas, así que a lo mejor debería abreviarlas. Algo tipo orden para perrito; un "sit" para mi corazón. Quizá: "Deattach, Marina! Deattach!".
3. Minimalismo estético. No me voy a rapar la cabeza, pero no me hagáis dar detalles sobre la depilación.
De momento, ése es el plan.
Lo de arriba es cachondeo sólo parciamente. Voy a aprovechar el momento "estoy sobrevolando el Atlántico y me aburro" para contaros el insight que he tenido en estos últimos días y que me ha cambiado la vida.
Todo ocurrió hace tres días tomando una cerveza (sin alcohol) con Carmen, otra lectora genial y paciente. Me pidió que le explicara por favor mi momento AEC o Abrazar El Celibato. Yo masticaba mi tostada de paté de berenjena con ahínco. Me puse a explicarle cómo en los últimos (dejadme pensar) siete años, las relaciones con el sexo opuesto no me han traído más que complicaciones. Buenos momentos, sí, y material suficiente como para escribir un libro sobre el pobre J. Pero muchas complicaciones, y un importante atraso espiritual. Si no fuera por los tíos, yo ya iría camino del Nirvana.
- Además - añadí -, ahora mismo no estoy preparada para tener una relación.
Me quedé asombrada conmigo misma. ¿Cómo? A ver, ampliemos el concepto.
A mí me encantaría poder decir "quiero estar sola". En serio. Suena a ser muy autosuficiente. A buscarse a una misma. Rechazar una relación porque quieres estar sola tiene la misma elegancia que decir "no, gracias, no quiero postre". Lo que pasa es que en mi caso estaría mintiendo como una perra judía. Porque yo sí quiero una relación. Claro que la quiero, pero el universo no me da opción a aceptarla o rechazarla. Anyway, hasta ahora mi no vida amorosa se basaba en dos premisas:
1. Yo soy rarilla pero encantadora, y un ser humano maravilloso, y podría hacer muy feliz a casi cualquier maromo.
2. Por alguna extraña razón (¿celivibraciones?) el Universo aleja a los maromos de mí o, por lo menos, a los maromos a los que a mí me gustaría acercarme. Para los raros, soy un imán.
Pero ¿qué pasa si hubiera un tercer factor: el FACTOR APIO? El Factor Apio tiene que ver con que yo me enamoro de un apio, y el día que el apio se enamore de mí, me voy a encontrar casada con un apio e intentando ser encantadora y hacerle terriblemente feliz.
Y eso no va a ser bueno.
Lo que quiero decir es que ya se ha demostrado varias veces que a mí se me va la olla cuando me gusta alguien, y que lo único que me salva de que mi vida no sea un desastre son precisamente las celivibraciones. Me protegen de los apios del mundo. Son como mi ángel de la guarda. Y cuando no están ahí y consigo engañar a alguien, como en el caso del pobre J., me veo enredada en Años de enganche con alguien con quien yo sabía casi desde el principio que no había futuro.
Es decir: que NO estoy preparada para tener una relación. Estoy demasiado loca. Por lo menos, para el tipo de relación que yo quiero tener. No quiero repetir errores en bucle. No quiero volver al tonteo, a forzar mi mejor cara, a juzgar y sentirme juzgada, a poner el sexo sobre la mesa como un arma de doble filo. Quiero algo real, tranquilo y razonable. No quiero fingir ser quien no soy para gustarle a alguien.
Probablemente no me estoy explicando muy bien. Lo que quiero decir es que ya he probado los jueguecitos antes y no me gustan. No se me dan bien. Y lanzarme a lo kamikaze no sólo es poco útil, sino que tampoco es real. Hacerme la difícil no me sale porque es mentira, pero es que tirarme a la piscina y querer dejarlo todo cuando apenas conozco a alguien TAMBIÉN es mentira. Creo que esa era la pieza que le faltaba al puzle de mi erial amoroso. Que NO estoy preparada para tomar buenas decisiones en el amor, así que mejor ir con cuidado.
Que cada uno lo interprete como quiera. Yo entiendo que esto suena mucho a "pues ahora no respiro", e imagino que alguien podría responderme que tengo que estar dispuesta a sufrir porque quien ama sufre y tal. Pero es que yo ya no quiero jugar a eso. Es que no estoy dispuesta a sufrir. No estoy dispuesta a estar con alguien dos días y pasarlo mal durante meses. Tengo demasiadas cosas que hacer como para eso.
Así que no voy a volver a entrar en el juego. Seguir con lo mismo una y otra vez no tiene sentido. Con el próximo será diferente o no será. Y esta vez lo digo en serio. Estoy dispuesta a pasar sin contacto íntimo todo el tiempo que haga falta. Y si conozco a Alguien Especial, respiraré hondo, trataré de mantener la perspectiva e iré despacito.
Por no hablar de que haré todo lo posible por que ese alguien especial no esté en el puñetero salvaje oeste.
A ESO me refiero con Abrazar El Celibato.
Si alguien se ha leído todo este rollo, que empiece su comentario con la palabra "gatito".
Siguiendo con el tema equipaje. Ya comenté que ayer decidí ir a dormir a casa de mi tía, que vive cerca del aeropuerto, para evitar el fenómeno "Duendecillo del Equipaje". Ese fenómeno, en mi caso, consiste en que hay un ser maligno que me convence de que todo lo que no he hecho en semanas me dará tiempo a solucionarlo la mañana antes de salir de viaje levantándome una hora antes. Y es mentira. Lo que pasa es que empiezo el viaje mega estresada y dejo mi habitación o casa como si hubieran entrado a robar.
A pesar de mi esfuerzo, el DE me convenció ayer de que me iba a dar tiempo a hacerlo todo por la tarde, después de salir a comer con los del curro, ayudar a Cris a hacer croquetas de lentejas y comprar el BI. Así que mis pobres tíos me recogieron a las doce de la noche, agotada y alucinando con haberme olvidado del pasaporte, sin terminar de creerse mi caraja.
La parte buena es que la mañana ha sido zen. Me he despertado a una hora normal. He llegado al aeropuerto con tiempo, relajada, tranquila y con la BB cream puesta. Con un dolor de cabeza horrible, pero bueno; supongo que es lo mínimo que se despacha cuando estás a punto de cumplir el sueño de tu vida.
No me voy a extender sobre las aventuras del embarque, porque creo que se ha escrito todo lo que se podía escribir sobre lo ridículo y deprimente que resulta el control de seguridad para los aviones. Sólo diré que a mí, que soy bastante bienintencionada, se me han ocurrido ya como cinco maneras de meter objetos peligrosos en un avión sin quebrarse demasiado, así que no tengo claro hasta qué punto es todo esto útil.
Ahora he empezado mi viaje con un karma horrible, rechazando un cambio de asiento para que dos amigas se sentaran juntas. Pero qué queréis que os diga. Me gusta mi ventanilla, y total; ellas están sentadas cada una a un lado del pasillo, y además van con otras chavalas que se han puesto de pie en el pasillo, y están manteniendo una tertulia a voces que podría pasar por un teatrillo cortesía de la aerolínea para tener entretenido al pasaje.
Por lo demás, no hay mucho que contar. Pollo a la barbacoa y pretzels para comer (¡qué americano!), y no estoy nada aburrida. Me he comprado el nuevo de Marian Keyes en formato ebook y creo que mi amor total por el Kindle no va a hacer más que crecer en este viaje. Hay teles individuales con miles de películas, tengo al BI para contaros chorradas, puedo meditar y reflexionar sobre el viaje, y la emoción alimenta mi fuego.
Todo va bien.
Mis planes a corto plazo:
1. Sobrevivir a la performance de las chicas de al lado manteniendo la ecuanimidad.
2. Conseguir entrar al país y que no me retengan en Filadelfia, y tenga que buscar aliciente cantureando la banda sonora de la peli y alegrándome por no tener sarcoma de Kaposi.
3. Aspirar algo de espíritu americano en el aeropuerto e interactuar con algún yanqui para morir de la emoción.
4. No distraerme con el punto tres y coger sin problemas el vuelo a Denver.
5. Conectarme en el avión y publicar esto (ese avión tiene conexión a Internet. Alucina).
Lo voy a dejar aquí, que no os quiero acostumbrar a posts tan largos. Os quiero, chicos o, como dirían en los USA, I love you guys!
Hace cuatro meses que Pablo y Jenna vinieron a Madrid para coger el avión hacia EEUU. Quedamos en la sala The Climb, un rocódromo enorme que hay en Leganés, donde me hice daño en el hombro a los cinco minutos de empezar. Muy yo. A la salida fuimos a tomar una cerveza y hablamos de este viaje. "La primera vez que yo fui a EEUU - decía Pablo - pensaba todo el rato que sucedería algo que me impediría ir. Cuando me vi en el avión, no me lo creía, y al llegar allí todo me hacía ilusión. No era un coche; era un coche americano. No era una casa; era una casa americana." Dejando de lado que el fenómeno "qué americano todo" ya ha empezado a ocurrirme (¡Qué americano, gordos en la puerta de embarque con peluches de toritos! ¡Qué americano, pollo a la barbacoa en el avión!), mientras intentaba meditar me he dado cuenta de que una parte de mí tampoco se creía que fuera a viajar. Si hasta contraté un seguro de cancelación por causa médica. Y bueno: estoy yendo. A no ser que muera en un accidente aéreo, o de una extraña enfermedad tipo House durante el vuelo, voy a pisar suelo americano. Quizá me paren entrando al país (miedo americano número 1), me denieguen la entrada y me deporten, pero ESTOY YENDO.
Flipa.
Estas últimas semanas casi colapso. Podía visualizar a mi sistema nervioso agotándose poco a poco. Las neuronas apoptosando una a una (apoptosar es una palabra muy guay que quiere decir que las neuronas se suicidan. Verídico). He suspendido toda actividad superflua. Hasta he dejado de ir al roco. Estaba concentrada en combinar mi despertar espiritual con sobrevivir, trabajar y hacer el equipaje. No es que el tema del equipaje sea tan complicado, pero uno piensa: a ver, me voy a Otro Continente. Seguro, seguro, seguro que me estoy olvidando de algo. Y eso raya.
Además, he tenido abundantes y absurdas crisis de ciudadana del primer mundo increíblemente afortunada, que se pregunta todo el rato cómo, ¡oh, Dios!, cómo lo hará para bloguear mientras viaja porque no puede tolerar la idea de escribir en papel y buscar cibers por ahí. Al final he cedido al maligno espíritu de Steve Jobs y a la voz de mi madre, suplicándome "te lo ruego, Pitu, encuentra la manera de estar conectada a Internet", y lo he hecho: he abierto mi hucha de monedas de dos euros y me he comprado un iPad. Me siento un poco hipócrita, lo confieso, porque ahora tengo viaje Y iPad. Por otra parte, mi vida ya se basa en que soy absurdamente privilegiada, y ahora mismo estoy TAN feliz escribiendo esto en un vuelo transoceánico y pensando que podré bloguear muchísimo en estas tres semanas que todo lo demás me da igual.
(Apuesto a que a vosotros también os hace bastante felices lo del blogueo. Jijiji).
Impresiones del Bicho iPadero hasta ahora: me fascina casi tanto como mi Mac. Es bonito y molón. Es rápido. La escritura no es tan fluida como en un teclado físico, pero no va mal. Y, sobre todo, estoy escribiendo esto en un vuelo transoceánico, ¿lo he dicho ya? Soy muy feliz. Y muy buena hija.
Comencemos las crónicas del viaje, pues.
Como os decía, ayer estaba al borde del colapso. Fin de la rotación en Muertelandia. Despedida de mis pacientes y de la gente de La Paz con moderada penita. No creo que olvide nunca a mis pacientes de allí. Mira que he tenido muchos pacientes molones, que les tengo cariño a la mayoría y me acuerdo de bastantes. Pero estos son especiales.
Ayer me decía un señor ingresado después que le operaran de un tumor: "Y yo que creía que no me iba a morir nunca". Yo asentí, porque hasta hace un par de meses, yo también me lo creía. Dudo que ahora mismo esté mucho más cerca que antes de comprender la realidad de la no existencia, pero por lo menos es algo que pongo sobre la mesa con más facilidad. Ahora quiero estar lista para morir, aunque aún tenga que terminar de descubrir lo que eso significa.
Los preparativos para el viaje se habían desarrollado bien hasta ayer. Teniendo en cuenta el Inmenso Desastre Humano que soy, me he apañado para tener listos a tiempo:
- El localizador del vuelo impreso.
- El permiso internacional de conducir (un timo, por cierto: un cartón cutre y gris con aspecto de cartilla de racionamiento de la posguerra).
- Un móvil no smartphone que funciona en EEUU, cortesía de Erika.
- El BI o Bicho iPadero, con una funda que he conseguido no comprar en rosa.
- Una póliza de seguros que cubre la eventualidad de tener que ser rescatada de algún risco por HPY o Hercúleos Pilotos Yanquis (abreviatura copyright de Laura, mi lectora amorosa más fashion).
- Un puñado de dólares, por si hay cualquier problema con la tarjeta. Aún intento deshacerme de la preocupante sospecha de que son billetes de monopoly. Nota: que el dólar valga menos que el euro mola muchísimo. Es como si te regalaran dinero.
- Un adaptador para las clavijas de los aparatos eléctricos. Las baterías: esa nueva y adorable neurosis del siglo XXI.
Más allá de eso, mi equipaje es un intento razonable de minimalismo. Ropa sólo de montaña, porque quiero ser como esos guiris que vienen a España y visitan las ciudades con zapatos de trekking. En principio había instaurado una política de cero coquetería, porque ya os dije que he abrazado el celibato, pero a última hora he metido una camiseta así un poco mona (uuuhhh) y dos condones, dos, por si al final me pasa la del asturiano buenorro y tengo que ir otra vez a hacer de Pretty Woman por Boulder. Que me conozco. Aunque juro por el espíritu de Lincoln (me estoy ambientando, ¿vale?), que voy a hacer todo lo posible por evitar situaciones como la del Asturiano Buenorro. Que luego acabo resacosa y humillada comiendo sobaos a las afueras de cualquier pueblo norteño.
Quizá éste sea un buen momento para incluir aquí las normas de relación con el sexo opuesto que regirán durante todo el CACP:
1. Mantenerse alejada de toda sustancia con capacidad de alterar el sistema nervioso central: alcohol, drogas, cupcakes. Excepciones: cantidades moderadas de cafeína y teína. He dicho MODERADAS, que si me paso con el café también me pongo tonta. Esto no es exclusivo del CACP, que llevo sin beber desde Semana Santa, pero no viene mal recordarlo.
2. Todo elemento varón es una potencial fuente de Mal, así que hay que tratarles con precaución. Muy especialmente a los guapos, y muy, muy especialmente a los guapos que escalan, porque los carga el diablo. Esto quiere decir que ante cualquier maromo yanqui incluso levemente atractivo, deberé respirar hondo muchas veces, meditar con especial ímpetu y repetirme: "estás proyectando tus carencias emocionales y tu deprivación sexual en ese pobre chico, Marina, así que trabaja el desapego". Son autoinstrucciones un poco largas, así que a lo mejor debería abreviarlas. Algo tipo orden para perrito; un "sit" para mi corazón. Quizá: "Deattach, Marina! Deattach!".
3. Minimalismo estético. No me voy a rapar la cabeza, pero no me hagáis dar detalles sobre la depilación.
De momento, ése es el plan.
Lo de arriba es cachondeo sólo parciamente. Voy a aprovechar el momento "estoy sobrevolando el Atlántico y me aburro" para contaros el insight que he tenido en estos últimos días y que me ha cambiado la vida.
Todo ocurrió hace tres días tomando una cerveza (sin alcohol) con Carmen, otra lectora genial y paciente. Me pidió que le explicara por favor mi momento AEC o Abrazar El Celibato. Yo masticaba mi tostada de paté de berenjena con ahínco. Me puse a explicarle cómo en los últimos (dejadme pensar) siete años, las relaciones con el sexo opuesto no me han traído más que complicaciones. Buenos momentos, sí, y material suficiente como para escribir un libro sobre el pobre J. Pero muchas complicaciones, y un importante atraso espiritual. Si no fuera por los tíos, yo ya iría camino del Nirvana.
- Además - añadí -, ahora mismo no estoy preparada para tener una relación.
Me quedé asombrada conmigo misma. ¿Cómo? A ver, ampliemos el concepto.
A mí me encantaría poder decir "quiero estar sola". En serio. Suena a ser muy autosuficiente. A buscarse a una misma. Rechazar una relación porque quieres estar sola tiene la misma elegancia que decir "no, gracias, no quiero postre". Lo que pasa es que en mi caso estaría mintiendo como una perra judía. Porque yo sí quiero una relación. Claro que la quiero, pero el universo no me da opción a aceptarla o rechazarla. Anyway, hasta ahora mi no vida amorosa se basaba en dos premisas:
1. Yo soy rarilla pero encantadora, y un ser humano maravilloso, y podría hacer muy feliz a casi cualquier maromo.
2. Por alguna extraña razón (¿celivibraciones?) el Universo aleja a los maromos de mí o, por lo menos, a los maromos a los que a mí me gustaría acercarme. Para los raros, soy un imán.
Pero ¿qué pasa si hubiera un tercer factor: el FACTOR APIO? El Factor Apio tiene que ver con que yo me enamoro de un apio, y el día que el apio se enamore de mí, me voy a encontrar casada con un apio e intentando ser encantadora y hacerle terriblemente feliz.
Y eso no va a ser bueno.
Lo que quiero decir es que ya se ha demostrado varias veces que a mí se me va la olla cuando me gusta alguien, y que lo único que me salva de que mi vida no sea un desastre son precisamente las celivibraciones. Me protegen de los apios del mundo. Son como mi ángel de la guarda. Y cuando no están ahí y consigo engañar a alguien, como en el caso del pobre J., me veo enredada en Años de enganche con alguien con quien yo sabía casi desde el principio que no había futuro.
Es decir: que NO estoy preparada para tener una relación. Estoy demasiado loca. Por lo menos, para el tipo de relación que yo quiero tener. No quiero repetir errores en bucle. No quiero volver al tonteo, a forzar mi mejor cara, a juzgar y sentirme juzgada, a poner el sexo sobre la mesa como un arma de doble filo. Quiero algo real, tranquilo y razonable. No quiero fingir ser quien no soy para gustarle a alguien.
Probablemente no me estoy explicando muy bien. Lo que quiero decir es que ya he probado los jueguecitos antes y no me gustan. No se me dan bien. Y lanzarme a lo kamikaze no sólo es poco útil, sino que tampoco es real. Hacerme la difícil no me sale porque es mentira, pero es que tirarme a la piscina y querer dejarlo todo cuando apenas conozco a alguien TAMBIÉN es mentira. Creo que esa era la pieza que le faltaba al puzle de mi erial amoroso. Que NO estoy preparada para tomar buenas decisiones en el amor, así que mejor ir con cuidado.
Que cada uno lo interprete como quiera. Yo entiendo que esto suena mucho a "pues ahora no respiro", e imagino que alguien podría responderme que tengo que estar dispuesta a sufrir porque quien ama sufre y tal. Pero es que yo ya no quiero jugar a eso. Es que no estoy dispuesta a sufrir. No estoy dispuesta a estar con alguien dos días y pasarlo mal durante meses. Tengo demasiadas cosas que hacer como para eso.
Así que no voy a volver a entrar en el juego. Seguir con lo mismo una y otra vez no tiene sentido. Con el próximo será diferente o no será. Y esta vez lo digo en serio. Estoy dispuesta a pasar sin contacto íntimo todo el tiempo que haga falta. Y si conozco a Alguien Especial, respiraré hondo, trataré de mantener la perspectiva e iré despacito.
Por no hablar de que haré todo lo posible por que ese alguien especial no esté en el puñetero salvaje oeste.
A ESO me refiero con Abrazar El Celibato.
Si alguien se ha leído todo este rollo, que empiece su comentario con la palabra "gatito".
Siguiendo con el tema equipaje. Ya comenté que ayer decidí ir a dormir a casa de mi tía, que vive cerca del aeropuerto, para evitar el fenómeno "Duendecillo del Equipaje". Ese fenómeno, en mi caso, consiste en que hay un ser maligno que me convence de que todo lo que no he hecho en semanas me dará tiempo a solucionarlo la mañana antes de salir de viaje levantándome una hora antes. Y es mentira. Lo que pasa es que empiezo el viaje mega estresada y dejo mi habitación o casa como si hubieran entrado a robar.
A pesar de mi esfuerzo, el DE me convenció ayer de que me iba a dar tiempo a hacerlo todo por la tarde, después de salir a comer con los del curro, ayudar a Cris a hacer croquetas de lentejas y comprar el BI. Así que mis pobres tíos me recogieron a las doce de la noche, agotada y alucinando con haberme olvidado del pasaporte, sin terminar de creerse mi caraja.
La parte buena es que la mañana ha sido zen. Me he despertado a una hora normal. He llegado al aeropuerto con tiempo, relajada, tranquila y con la BB cream puesta. Con un dolor de cabeza horrible, pero bueno; supongo que es lo mínimo que se despacha cuando estás a punto de cumplir el sueño de tu vida.
No me voy a extender sobre las aventuras del embarque, porque creo que se ha escrito todo lo que se podía escribir sobre lo ridículo y deprimente que resulta el control de seguridad para los aviones. Sólo diré que a mí, que soy bastante bienintencionada, se me han ocurrido ya como cinco maneras de meter objetos peligrosos en un avión sin quebrarse demasiado, así que no tengo claro hasta qué punto es todo esto útil.
Ahora he empezado mi viaje con un karma horrible, rechazando un cambio de asiento para que dos amigas se sentaran juntas. Pero qué queréis que os diga. Me gusta mi ventanilla, y total; ellas están sentadas cada una a un lado del pasillo, y además van con otras chavalas que se han puesto de pie en el pasillo, y están manteniendo una tertulia a voces que podría pasar por un teatrillo cortesía de la aerolínea para tener entretenido al pasaje.
Por lo demás, no hay mucho que contar. Pollo a la barbacoa y pretzels para comer (¡qué americano!), y no estoy nada aburrida. Me he comprado el nuevo de Marian Keyes en formato ebook y creo que mi amor total por el Kindle no va a hacer más que crecer en este viaje. Hay teles individuales con miles de películas, tengo al BI para contaros chorradas, puedo meditar y reflexionar sobre el viaje, y la emoción alimenta mi fuego.
Todo va bien.
Mis planes a corto plazo:
1. Sobrevivir a la performance de las chicas de al lado manteniendo la ecuanimidad.
2. Conseguir entrar al país y que no me retengan en Filadelfia, y tenga que buscar aliciente cantureando la banda sonora de la peli y alegrándome por no tener sarcoma de Kaposi.
3. Aspirar algo de espíritu americano en el aeropuerto e interactuar con algún yanqui para morir de la emoción.
4. No distraerme con el punto tres y coger sin problemas el vuelo a Denver.
5. Conectarme en el avión y publicar esto (ese avión tiene conexión a Internet. Alucina).
Lo voy a dejar aquí, que no os quiero acostumbrar a posts tan largos. Os quiero, chicos o, como dirían en los USA, I love you guys!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)














