massobreloslunes

lunes, 24 de marzo de 2008

Recuerdos divertidos para superar la depresión posvacacional

Creo que cuando sea vieja me pasaré el tiempo ensoñada, recordando qué ha sido de mi vida los últimos 70 u 80 años. Lo digo porque ahora, que tengo sólo 22, recuerdo a menudo cosas que he hecho y me pongo a sonreír sola, caminando por la calle o sentada en el escritorio.

Hoy, por ejemplo, he estado recordando los vídeos que grabábamos mis locas amigas y yo cuando estaba en el colegio. No es que se nos ocurriera a nosotras por la cara: nuestros profesores eran muy progres y hacíamos muchas actividades rollo LOGSE, como museos de los inventos, simulaciones de conferencias de paz e invención de teatros y canciones. Grabamos varios vídeos para varias asignaturas, y hoy estaba acordándome de los dos más antológicos.

- El vídeo de Ally McBeal. Éste lo hicimos para inglés, y se trataba de representar un capítulo de una serie de televisión. Yo acababa de cortarme el pelo en plan melenita, y eso, unido a mi falta de formas que perdura hasta la actualidad delgadez, me convirtió en la candidata perfecta para hacer de protagonista. De ese vídeo sólo me recuerdo a mí misma bailando a cámara lenta en la escalera de la PK, con una minifalda gris y los tacones de aguja de mi madre. Bailé sola durante TODA la canción de presentación, y no pensaba que durase tanto hasta que tuve que verme en la televisión delante de toda la clase. No me extraña que no ligara en secundaria.

- El vídeo de la seguridad infantil. Hicimos un trabajo para Tecnología (yo tampoco sé de qué iba la asignatura, ¿vale?) que podemos archivar en la categoría "trabajos en los que saqué muy buena nota haciendo más bien poco", junto con "aquella vez que copié para Plástica cuadrado rojo sobre fondo blanco" y "cuando me inventé los resultados del tratamiento de una fobia en cuarto de carrera".

Este trabajo en concreto trataba sobre la seguridad en las guarderías. Con las escasas habilidades de búsqueda bibliográfica que teníamos, y que consistían básicamente en ir a la diminuta biblioteca del colegio y buscar entre tomos roídos de enciclopedias temáticas, y sin el apoyo inestimable de Google (oh, dios mío, ¿cómo se vivía entonces?), nos inventamos prácticamente todo el trabajo. Para suplir las carencias evidentes de la teoría, decidimos hacer un vídeo ilustrativo. En tan apasionante documento aparecemos la PK, Sandra (que ya no es mi amiga) y yo vestidas con una camiseta y una sábana enorme enrollada entre las piernas y peinadas con dos coletas. Sería gracioso si tuviéramos 10 años, pero teníamos 14, lo que lo convierte en grotesco. El resto de las participantes, que tenían más sentido del ridículo, hacían de profesoras de la guardería.

Fragmento de guión:

Voz en off: en una guardería, es muy importante no dejar enchufes al descubierto.
Primer plano de un enchufe.
Travelling de la PK entrando en la habitación, chupándose un dedo y gateando.
(Insisto, ¡¡14 años!!).
La PK mete el dedo en el enchufe y hace como que se electrocuta.
Aparece Caro con una bata blanca, sostiene en sus brazos el cadáver de la PK y menea la cabeza con desaprobación.
Caro: esto es algo que nunca debéis hacer.
Cambio de habitación de mi casa escena.
Voz en off: También es importante no dejar líquidos peligrosos al alcance de los niños.
Primer plano de una botella de lejía.
Travelling de mí gateando hacia la botella y bebiendo.
Convulsiono y escupo baba blanca.
Bea Pacheco entra en escena con bata blanca, me coge en brazos y sale corriendo, presumiblemente al hospital.
Voz en off: si un niño bebe accidentalmente un líquido tóxico, hay que llevarle enseguida al hospital.
(No sé si tenía más valor cinematográfico que didáctico o viceversa)

El vídeo culminaba con imágenes de nosotras experimentando con los efectos de la cámara (grabar en espejo, en sepia, etc etc). Al final salimos la PK y yo, aún vestidas de bebés gigantes, tarareando "Carros de Fuego" y bailando a cámara lenta.

Dios mío: gracias, gracias por atrasar las cámaras digitales y el youtube hasta unos años después de que acabara la secundaria. Gracias. Gracias.

PD: Otro día que me aburra os contaré "Aquella vez que hicimos de Spice Girls para la super pop" o "Cuando compusimos un musical para Educación Física".

sábado, 22 de marzo de 2008

Sobre madurar, aprender, etc.

Escribí esto hace ya dos años y medio.

Y en todo ese tiempo, no he aprendido absolutamente nada.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Piano




Hola, fondo norte:

Hoy voy a hablaros del piano. Llevo una hora o así tocando y me he quedado relajada como después de un buen polvo. Y eso que, con la falta de práctica (en Granada no puedo tocar), mis manos son como torpes pinzas de langosta. Pero bueno: toco cosas sencillitas y disfruto igual.

Cuando yo era pequeña, mis padres tomaron la sabia decisión de no meterme en el conservatorio. Digo sabia porque yo era una niña con tendencia a agobiarme, y no quiero imaginarme qué habría pasado de haber entrado en la espiral de auto/hetero-exigencia y disciplina militar que supone estudiar música. Además, creo sinceramente que yo habría sido una pianista con talento, con lo cual a) o hubiera llegado al estrellato, cosa que dudo, porque soy muy vaga o b) lo habría dejado, como tanta gente, en mitad de la adolescencia, y me habría sentido frustrada y chunga. Así que de niña no sabía tocar ningún instrumento, más allá de la mítica flauta de música al nivel de un hippie de calle Elvira. Cuando veía a los niños que sí estaban en el conservatorio, me daban algo parecido a la envidia. Yo me acercaba a un piano y tocaba la música de Sonrisas y Lágrimas ("Do es trato de varón", etc) con el índice, y aquellos pequeños superdotados, aquellos iniciados en la magia de la coordinación bimanual, ponían todos los dedos sobre las teclas y conseguían hacer salir melodías como cascadas de agua.

De pequeña tuve el típico teclado de tres escalas, y me ponía musiquitas de fondo y tocaba la melodía con la derecha. Con trece o catorce años, mis padres me compraron un teclado un poquito más grande, por no se qué ocurrencia de Reyes, y un libro de partituras de Alejandro Sanz (Suspiro. Suspiro, suspiro). Con mis muy rudimentarios conocimientos de solfeo, que consistían básicamente en que en la segunda línea va sol, pseudoleí algunas de las partituras y aprendí a pseudotocarlas en mi tecladillo. Luego, en unas vacaciones que pasé en Inglaterra, la niña de la familia me enseñó una pequeña pieza que se llamaba algo relacionado con un payaso, y practiqué y practiqué hasta que los "Oh, you're a very good player" se convertieron en "Could you please play quietly?". Total, que ahí me tenéis con catorce años, tocando "Lo ves", mi canción del payaso y la marcha fúnebre poniendo el teclado en modo órgano de iglesia. De vez en cuando, escuchaba la Marcha Turca de Mozart en las melodías presintonizadas y pensaba que yo nunca nunca jamás en la vida podría hacer algo parecido a eso, que era por lo menos de semidioses, y sacaba la melodía de la izquierda e intentaba tocarla sin hacerme demasiado lío con los dedos.

Y un día, mi vecina dijo que su hijo estaba dando clases de piano y mi madre me preguntó si me apetecía aprender. Acepté enseguida. A mis padres les agradezco, además de la manutención durante 23 años y el cariño casi incondicional que me profesan, las oportunidades que me han dado para desarrollarme en habilidades que luego no me han servido para nada. Y especialmente, nunca le agradeceré lo bastante a mi madre que, durante tres años y medio, me pagara los veinte eurazos la hora que valían las clases de piano y me comprara un piano de pared para practicar en casa.

Empecé con las típicas piecitas adaptadas para niños, con sus dibujos y todo. Como avanzaba rápido, poco a poco mis partituras dejaron de tener arranged escrito en la parte superior, y me fui atreviendo con cosas más complicadas. Mi profesora, una ucraniana alta que comía poquísimo porque decía que el hambre era buena para el arte, no me daba mucho la brasa con el solfeo y me iba enseñando cositas sobre la marcha. Leo música como una retrasada mental, pero llegué a tocar pasablemente, teniendo en cuenta lo tarde que había empezado. Sé que nunca conseguía dominar bien bien ninguna pieza; íbamos avanzando sin que quedaran perfectas, porque al fin y al cabo se trataba de divertirse, y a mí me faltaba habilidad manual para muchas de ellas. Pero ser capaz de perpetrar la Marcha Turca, o la Sonata en Do, o la Para Elisa, fue conseguir unirme por fin al club de las personas superespeciales que eran capaces de hacer surgir de sus dedos cascadas de notas.

Desde que empecé la carrera he dejado de tocar regularmente, y es una pena, porque se pierde habilidad y fuerza en los dedos a una velocidad pasmosa. Sólo cuando vengo a casa en vacaciones intento mantener, aunque sea, algunas de las piezas que más me gustan, y refresco otras que ya no recuerdo, avanzando farragosamente por las partituras, contando "do re mi fa sol" como los niños pequeños. Pero sigue haciéndome muy feliz. Es una de las pocas cosas que no me cuesta trabajo ponerme a hacer. Me gustaría que me cayera del cielo algo de dinero para poder comprarme un piano digital y seguir practicando viva donde viva. Si no, mi plan es llevarme algún día el piano de aquí a mi futura solución habitacional y seguir aprendiendo. Vale que mis neuronas no son ya tan plásticas y versátiles como las de los niños que empiezan con el método Yamaha, pero no se me da mal.

En el primer ordenador que tuve, el Word me daba un consejo cada día, en plan "Puedes guardar tus documentos pulsando Ctrl+G", o "Microsoft Word puede ayudarte a buscar sinónimos en Herramientas->Idioma->Sinónimos". Un día, el consejo que me dio el procesador fue "Nunca es tarde para aprender a tocar el piano". Y tanto. Supongo que nunca es tarde para hacer lo que uno realmente desea hacer. O casi nunca: ya no estáis a tiempo de ser gimnastas de élite o el dalai lama. Pero espero que se entienda el mensaje.

PD: Por cierto, para los que estabais preocupados por mi estado de ánimo semanasantero, ya me encuentro mucho mejor. La proximidad de mi regreso a Granada y el intercambio social con amigos y familiares me está haciendo mucho bien.

martes, 18 de marzo de 2008

Querida Kitty:

No tengo mucho que contar hoy, pero me apetecía escribir. Me gustan los blogs que actualizan a menudo, incluido el mío. Me he levantado hace una hora en mi casa materna (que no paterna) y he desayunado restos de pan. La mayoría de los universitarios pseudoemancipados aprovechan las vacaciones para reponer fuerzas en las normalmente bien surtidas neveras de sus madres. No es mi caso: mi frigorífico de Granada, además de estar cubierto de frigopoesía, está bastante mejor surtido que el de aquí, sobre todo ahora que he salido momentáneamente de la penuria económica.

Mi gata, la dulce dulce Clementina, ha estado un rato haciéndome compañía detrás del portátil.


Así.

Desde que la gatusa vive en Málaga, su constitución ha pasado de graciosamente regordeta a preocupantemente obesa, gracias a la costumbre de mi madre de darle jamón york a demanda, de la que os hablaré otro día. Nuestro otro gato, Bandido, estaba ayudando a la Clemen a mantener un peso medio normal a base de bullying, pero desde que le castramos ya no es el mismo.

Después de un rato de paz humano-gatuna, cuando me disponía a empezar un post bucólico sobre lo estupendo que es estar de vacaciones, escribiendo, con el sol entrando por la ventana y la gata ronroneando feliz, la Clemen ha intentado comerse un trozo de algodón y la he regañado levemente. Como es una gata muy digna, se ha levantado, ha salido por la ventana y, después de balancearse un poco al borde del alféizar, se ha tirado en plan "adiós mundo cruel". Que vivamos en un adosado le ha quitado bastante efecto a su gesto, pero tengo que reconocer que el "plof" ha sido preocupante. Espero que se deba sólo al sobrepeso, porque la Clemen tetrapéjica tiene que estar insoportable.

Así que aquí estoy, inmovilizada en mi hogar como una Ana Frank moderna, sin moto por causas ajenas a mi voluntad, con la bicicleta desmontada por mi puñetera culpa y sin ganas de bajar andando desde mi bonito barrio residencial hasta el mundo habitado y no-pijo. Esta Semana Santa no me está gustando nada. Mi Mejor Amigo se ha largado a Chipre (¿vosotros sabéis qué hay de interés en Chipre? Yo tampoco). Mi querido Ex Novio está en el curso de meditación al que fui yo este septiembre, y como no puede llamar por teléfono en el tiempo que esté allí, no paro de mesarme los cabellos y preguntarme si se habrá vuelto loco ya o si, por el contrario, está camino de la iluminación. Ya no tengo Novio y, aunque lo tuviera, se habría largado a Senegal sin mí (cosas buenas de cortar conmigo: puedes irte a África solo y sentirte liberado en vez de culpable). Y yo podría llamar a mis amigas y pasármelo bien si no hubiera entrado ayer en un preocupante periodo de angustia existencial sin causa aparente.

Acaba de llamarme mi padre. Hay que ver este hombre, que basta con que pise yo Málaga para que anule sus compromisos y se desviva por verme. Me propone tomar una cerveza (80% de sus labores como padre; el otro 20% se divide en proporción variable entre llamar por teléfono y pagar la pensión alimenticia. Claro que ya tengo casi 23 añazos, y debería ir asumiendo que mi padre ya no puede hacer mucho más por mí, pero cualquier oportunidad de hacerme la víctima acerca de mi desestructurada familia es buena). Al menos me sacará de la Casa de Atrás y me dará un poco el sol en mi roacutanizado rostro. Y la cerveza no es mal remedio para la angustia (a corto plazo: a largo plazo causa adicción, cirrosis y demencia precoz, e incluso la angustia es mejor que eso).

Los Aliados avanzan por el frente Oeste, querida Kitty, y nosotros esperamos ansiosos la noticia de nuestra liberación. Espero escribirte mañana como la chica libre y divertida que un día fui.

Se despide:

Tu Marina I. Frank.

sábado, 15 de marzo de 2008

Astrología

TAURO (del 21 de abril al 21 de mayo).

SALUD: es posible que su acné recurrente desaparezca a corto-medio plazo, ya que, en vista de la poca efectividad de los tratamientos no farmacológicos, su dermatólogo le ha hecho el gran favor de recetarle su CUARTA tanda de isotretinoína (Roacutan). Hidrate labios y mucosas varias y dedíquese a imaginar la de fotos que se hará cuando esté curada y hermosa. Aun así, recuerde que hay vida más allá del acné.

DINERO: Por primera vez en meses, puede respirar tranquila gracias a la inyección de dinero y paz mental que ha supuesto el reciente pago de su malditamalditabeca. No obstante, no se confíe: un despilfarro excesivo en tapas y lujos marca hacendado podría conducirle de nuevo a la precariedad económica en un plazo menor del que se imagina.

AMOR: Ahora que no tiene vd. pareja estable, haga el favor de tener cuidadito, que en cuanto la dejan suelta tiene bastante peligro. En cualquier caso, este astrólogo se considera incapaz de hacer ninguna predicción fiable y/o válida respecto a su vida amorosa a medio-largo plazo. Sabe perfectamente que tiene las mismas posibilidades de acabar encontrando a su media naranja que de morir vieja y sola y ser comida por pastores alemanes.

TRABAJO: No pierda la perspectiva y no deje que el Crédito Europeo ensombrezca su visión, de natural optimista, sobre su desarrollo laboral. Procure ignorar al Hombrecito De la Posguerra, a la chalada de Educación Especial, al pequeño Hitler de Teórica y a demás freaks que tiene por profesores, y concéntrese en el hecho incuestionable de que en un año y medio podrá decir adiós a este universo de caos y mezquindad que es la universidad y lanzarse de morros en el mucho más terrible mundo laboral.

LE SENTARÁN BIEN: los amigos, el sol con protección (precaución con su tediosamente delicada piel), la familia en dosis moderadas y el descanso.
CUIDADO CON: la rumiación emocional, la culpa, abusar del mortífero combo cervecita+tapita (por el bien de la operación bikini) y el gasto en móvil.

lunes, 10 de marzo de 2008

Mira tu cuerpo como si fuera la primera vez que lo vieras. La manera en que tus pies y tus piernas mantienen el equilibrio sobre la pequeña superficie de tus pies. Las complejas pinzas de las manos, los cinco dedos desiguales rematados por uñas insensibles. Mírate como si fueras un crustáceo enorme y, con asombro, contempla los movimientos coordinados y cuidadosos de tus miembros.

Mira el mundo como si fuera la primera vez que lo vieras. La forma caprichosa en que se distribuye la tierra sobre el agua. Los continentes, cercando los mares y mirándose desde las orillas de los océanos. Piensa que podría haber sido de otra manera, que las orogenias y los terremotos podrían haber colocado lo sólido y lo líquido de cualquier otra forma. España es una isla. La bota de Italia ahora es un brazo, o un pez, o una enorme llanura en medio de la tundra.

Mira la Historia como si fuera la primera vez que te la contaran. Piensa que todo lo que ha pasado, todo, desde la caída del Imperio Romano hasta los atentados del 11 de Septiembre, no es más que una posibilidad entre miles, la consecuencia lógica de acontecimientos que muchas veces son producto del azar. Cuatro de los cinco hermanos de Hitler no llegaron a adultos. Quizá la Armada habría sido Invencible si ese día hubiera brillado el sol. Piensa en tu país, tu lengua, tu ropa, tu sistema de gobierno, y toma conciencia de cómo te alzas sobre los cadáveres de los millones de hombres y mujeres que vivieron antes que tú.

Mira tu vida como si fuera la primera vez que pensaras en ello. Podrías haber escogido otra carrera, otra pareja, otra ciudad. Cada día tomas caminos que cierran todos los demás, por cada cosa que haces pagas el precio de todo lo que dejas de hacer. Siente cómo crujen tus huesos bajo el peso de todas las vidas que no estás viviendo.

Abre los ojos. Mira a tu alrededor. Asómbrate del mundo.

sábado, 8 de marzo de 2008



Una de las cosas que me ha pasado este año es que me he enamorado de Granada. Llegué aquí casi de rebote, después de que Barcelona me escupiera como al hueso de una aceituna, y la he ido conociendo despacito, como se conoce a las personas a las que acabas por querer de verdad. Me siento feliz sólo estando en ella, sin necesidad de tomar sus famosas tapas o de irme de fiesta en su célebre ambiente universitario. Ni siquiera me hace falta estar en el mirador de San Nicolás, preguntándome asombrada cómo puede ser gratis una vista así. El otro día caminaba hacia casa de mi tía, que me invita a comer casero todos los jueves. Vive en un barrio nuevo, detrás de la estación de autobuses, con calles enormes, desangeladas, llenas de adosados clónicos y de edificios de nueva construcción, salpicadas de descampados cubiertos de esas flores silvestres, amarillas, que recolectaba yo cuando era pequeña para regalárselas a mi madre. No estaba en la plaza de la Catedral, ni en el Realejo que mi querido exnovio Funes idolatra y, aun así, levanté la cabeza, vi la sierra cubierta de nieve al fondo y el sol brillando sobre el cielo intensamente azul, y me sentí muy feliz de estar allí.

Así que me encanta esta ciudad. Me gusta mi facultad, encaramada en lo alto de Cartuja, y bajar andando los días de sol y frío oliendo las flores de los almendros. Me gusta caminar por las calles desiertas del centro las noches de diario, cuando vuelvo de tomar algo o de casa de Adri, y pensar que en algún lugar de la ciudad callada y hermosa hay un techo para mí. El fin de semana pasado, en Madrid, me comía la nostalgia, pensando en cómo podía haber alguien que viviera deliberadamente allí, todo el día encapsulado en ese metro odioso de luces fluorescentes, apabullado bajo los edificios enormes y los carteles brillantes de Starbucks, existiendo en algún lugar mi ciudad pequeña, preciosa y feliz. Vale, es amor de granadina, Madrid (supongo) tiene su punto, pero no podía evitar hacer comparaciones cuando nos pedían diez euros por un desayuno o cuando veía las caras derrotadas de la gente en los vagones de metro.

Me encanta esta ciudad, no lo puedo evitar, y ni siquiera tiene que hacer nada especial para encantarme. Le tengo un amor tan platónico, tan desmedido que, como cuando tenía trece años y me colgaba por un chico de un curso superior, me basta cualquier gesto suyo para soñar durante días. Levanto la cabeza en Constitución, veo el Albayzín y la sierra al fondo, y pienso que podría quedarme aquí toda la vida, pasando frío en invierno, achicharrándome en verano, demorándome en los bares por la noche y desayunando en las plazas los domingos. Podría quedarme toda la vida vagando por las bibliotecas con los apuntes bajo en brazo, subiendo al Sacromonte a ver atardecer, mirando los colores de la fruta en la plaza de la Romanilla. Algún día encontraré la manera de rapiñarle un sueldo a esta ciudad sin trabajo y me instalaré aquí, en cualquier barrio, en cualquier piso, y me alimentaré del sol de Granada los días helados del invierno, sintiendo cómo el viento baja directamente del Mulhacén para darme en la cara. Viajaré a Nueva York, a Tokio y a Barcelona, y en la más alta habitación del más lujoso hotel de la más cosmopolita de las ciudades pensaré en Granada, durmiendo tranquila al pie de la sierra y esperándome, y de verdad de verdad que no me hará falta nada más.