Ya conté una vez aquí mi ambivalente relación con los concursos literarios. También dije que me había presentado al V Certamen de Relato Universitario, convocado por una gente cuyo nombre no voy a decir para no hacerles publicidad, y que no tenía ningún tipo de esperanza de ganarlo. Obviamente, eso es mentira. Creo que uno siempre tiene esperanza: de ganar concursos, de ganar la lotería o de que Brad Pitt te escriba un mail diciendo que ha visto tus fotos en Flickr y cree haberse enamorado perdidamente de ti. El caso, que me pierdo, es que he pasado todo mayo pensando a ratos en el concurso y en lo que haría con los 6000 euros si ganaba. Comprarme un piano electrónico. Irme a Estados Unidos a asediar la casa de Paul Auster. Montar un fiestón con champán y exquisiteces e invitar a todo el que se dejara.
Como os podéis imaginar, no he ganado. De lo contrario, este post tendría exclamaciones, letras de colores, fotos de mí desnuda y demás expresiones de alegría. Ayer, por fin, encontré por Internet el relato ganador y me apresuré a leerlo. Estaba mentalizada. No tengas prejuicios, Marina, me decía; acéptalo con deportividad: este tío escribe mejor que tú y ya está.
Cuál no sería mi sorpresa al darme cuenta de que el relato es malo. Tiene su gracia al principio, sí, la movida de los acertijos, las alusiones literarias... el estilo es un poco como de alguien que ha leído aproximadamente tres libros en su vida, pero más o menos se puede obviar. Pero llega ese final absurdo, esos personajes planos como papeles de fumar, esos diálogos sacados de la interiorización de todas las malas películas y series que hemos visto en nuestra vida.
No quiero parecer resentida. Mi relato es mejor, pero es que eso tampoco tiene mucho mérito. Lo que me pasa es que me siento frustrada. ¿Qué cojones se ha premiado ahí? ¿El estilo? ¿La supuesta originalidad? ¿El bagaje literario del autor? Me pueden decir misa, pero eso NO es buena literatura. No lo es, y ya está. He leído mucho, y a mí no me la coláis, señores del jurado. Es un relato curioso, con truquito, que se deja leer, pero NO es bueno. Y perdonadme por insistir, pero es que me siento como el niño que dice que el emperador está desnudo.
Un concurso de este tipo debería, en mi opinión, impulsar una literatura relativamente seria (no seria en el contenido, que el humor es una cosa muy seria, sino en el oficio), cuidada, innovadora. Un cuento no es una novela corta: forma parte de un género con sus características, sus reglas y su propia trayectoria en la literatura. Premiar una obra como ésta me parece faltarle al respeto al relato corto como manera de contar: a su historia, a sus límites y a sus posibilidades. Me parece quedarse en lo fácil.
Lamento lloriquear aquí porque no me han dado el premio a mí. A mi favor diré que hace poco quedé finalista en otro concurso y me gustó más el relato ganador que el mío (que tampoco era muy allá). J. lo calificó como "cortazarino tonto", pero creo que lo hacía por animarme, y la verdad es que estaba bien escrito y emanaba una sinceridad y una calidez que no son, ni de lejos, fáciles de conseguir. Pero esto concretamente me parece una estafa.
Aish, perdonadme, necesitaba desahogarme. Éste es mi duelo por los 6000 euros; es más, es incluso mi duelo por no haber quedado siquiera de los 10 finalistas y salir en el libro.
Pero resistiré cual aldea gala. Voy a seguir escribiendo como me gusta hacerlo. No voy a caer en la trampa de los relatos "concursables" o "no concursables", como les llama K. Y si acabo publicando muerta y/o con una oreja de menos, ya disfrutarán mis herederos las ganancias, exhibiendo mis libros con una foto en la solapa de mi perfil no desorejado.
martes, 17 de junio de 2008
lunes, 16 de junio de 2008
Hoy, post Amélie
Me gustan los exámenes de Junio.
Me gusta levantarme prontito, cuando todavía hace fresco, y coincidir con los niños que entran al colegio. Me encanta verles, tan pequeñitos, agarrados de la mano de sus padres, parloteando sobre sus profesores y sacándole antes de tiempo la pegatina al bollycao.
Me gusta llegar a la biblioteca y disponer mis apuntes y mis preciosos y brillantes rotuladores de subrayar, y levantarme a la media hora para ir a cotillear y tomar café en el bar de la esquina.
Me gusta cuando bajo al baño de la hemeroteca porque el otro está cerrado y la sala está llena de abuelitos que se van allí a leer gratis el periódico.
Me gusta leer culpablemente en los descansos.
Me gusta mirar a un chico mono toda la tarde y plantearme seriamente dejarle un post-it que diga algo como "Perdona, pero no puedo estudiar contigo delante, ¿te importaría ser un poco menos guapo?".
Me gustan estas noches cálidas, cordiales, y tomar helado de yogur en Puerta Real mirando las luces de la fuente contra el cielo índigo de antes de que anochezca.
Me gustan los placeres nocturnos culpables. Como un mistela en el Lobos con el chico de los ojos grises. O ciertas conversaciones con cierto bloguero ególatra de cuyo nombre no quiero acordarme.
Me gusta que después de cinco años, ya todo esto me da un poco igual.
Y me gusta, como hoy, levantarme temprano, hacer un examen, volver a casa, meterme otra vez en la cama y reiniciar mi día desde mi cuarto de persianas bajadas.
Así que os veo luego.
Me gusta levantarme prontito, cuando todavía hace fresco, y coincidir con los niños que entran al colegio. Me encanta verles, tan pequeñitos, agarrados de la mano de sus padres, parloteando sobre sus profesores y sacándole antes de tiempo la pegatina al bollycao.
Me gusta llegar a la biblioteca y disponer mis apuntes y mis preciosos y brillantes rotuladores de subrayar, y levantarme a la media hora para ir a cotillear y tomar café en el bar de la esquina.
Me gusta cuando bajo al baño de la hemeroteca porque el otro está cerrado y la sala está llena de abuelitos que se van allí a leer gratis el periódico.
Me gusta leer culpablemente en los descansos.
Me gusta mirar a un chico mono toda la tarde y plantearme seriamente dejarle un post-it que diga algo como "Perdona, pero no puedo estudiar contigo delante, ¿te importaría ser un poco menos guapo?".
Me gustan estas noches cálidas, cordiales, y tomar helado de yogur en Puerta Real mirando las luces de la fuente contra el cielo índigo de antes de que anochezca.
Me gustan los placeres nocturnos culpables. Como un mistela en el Lobos con el chico de los ojos grises. O ciertas conversaciones con cierto bloguero ególatra de cuyo nombre no quiero acordarme.
Me gusta que después de cinco años, ya todo esto me da un poco igual.
Y me gusta, como hoy, levantarme temprano, hacer un examen, volver a casa, meterme otra vez en la cama y reiniciar mi día desde mi cuarto de persianas bajadas.
Así que os veo luego.
domingo, 15 de junio de 2008
- Besas tan bien...
- No, tú besas bien.
- Eres tú el que besa bien.
- ¿Y por qué te gusta tanto como beso?
"Besas como si me quisieras", pensó ella; pero no dijo nada.
- No, tú besas bien.
- Eres tú el que besa bien.
- ¿Y por qué te gusta tanto como beso?
"Besas como si me quisieras", pensó ella; pero no dijo nada.
sábado, 14 de junio de 2008
Divorcio
- Ella siempre me echa la culpa a mí, pero la verdad es que ella fue la que jodió nuestro matrimonio. Por cantar, tío. Por las puñeteras canciones.
- ¿Qué canciones?
- Cantaba todo el día. Por los pasillos, en la habitación. Mientras fregaba los platos o ponía la lavadora. Ni siquiera ponía la radio, sólo cantaba ella: una puta canción tras otra, mezclando trozos sin sentido, a voz en grito.
- Pero cantar es alegre, ¿no? No es para tanto.
- Tenía una voz horrible. Era como hacer chirriar una jodida plancha de metal contra el suelo. Una voz espantosa, tío, y no hacía más que cantar, y decía que no se daba cuenta, que no podía evitarlo. Me crispaba los nervios el puto chirrido, todos los días al llegar a casa: nada más que ese canturreo infernal. Ni siquiera tenía buen oído. A veces si siquiera sabías qué canción era.
- Así que la dejaste.
- Sí. La dejé.
- Realmente te entiendo, tío. Cantar mal puede ser muy desagradable.
- Sí, tío.
- Sí.
- ¿Qué canciones?
- Cantaba todo el día. Por los pasillos, en la habitación. Mientras fregaba los platos o ponía la lavadora. Ni siquiera ponía la radio, sólo cantaba ella: una puta canción tras otra, mezclando trozos sin sentido, a voz en grito.
- Pero cantar es alegre, ¿no? No es para tanto.
- Tenía una voz horrible. Era como hacer chirriar una jodida plancha de metal contra el suelo. Una voz espantosa, tío, y no hacía más que cantar, y decía que no se daba cuenta, que no podía evitarlo. Me crispaba los nervios el puto chirrido, todos los días al llegar a casa: nada más que ese canturreo infernal. Ni siquiera tenía buen oído. A veces si siquiera sabías qué canción era.
- Así que la dejaste.
- Sí. La dejé.
- Realmente te entiendo, tío. Cantar mal puede ser muy desagradable.
- Sí, tío.
- Sí.
jueves, 12 de junio de 2008
Stendhal
Algunos hombres saben encontrar algo hermoso en todas las mujeres. A mí me gustan esos hombres, aunque no me casaría con ellos. Ésos que pueden aislar en un cuerpo inseguro unos hombros bonitos, o la boca generosa de una cara asimétrica. Ésos que siempre tienen los ojos idos detrás de las chicas que caminan por la calle, y le sueltan un piropo a la cajera sólo por ver cómo cambia cuando sonríe, atravesada por un breve relámpago de luz.
Se fijan en partes del cuerpo que ningún otro ve.
... tu nuca, te dicen.
... tu cuello.
... tus dedos.
... tus hermosos tobillos de princesa.
Una vez tuve un lío con un chico así. Él era guapo (estos hombres casi siempre lo son), y después de picotear un poco aquí y allá eligió por novia formal a una chica preciosa, de enormes ojos rasgados, labios oscuros y nariz respingona. La adoró durante meses, con palabras y besos y fotos. Luego la engañó tanto, y con tantas mujeres, y también tan hermosas.
A mí me gustan esos hombres, aunque les llamen golfos, o salidos, o donjuanes. No son malos; sólo tienen demasiado presente la polimórfica y perversa belleza femenina. Y les gusta tanto, la aman tanto, que les pasa que no saben qué hacer con tanto amor.
Se fijan en partes del cuerpo que ningún otro ve.
... tu nuca, te dicen.
... tu cuello.
... tus dedos.
... tus hermosos tobillos de princesa.
Una vez tuve un lío con un chico así. Él era guapo (estos hombres casi siempre lo son), y después de picotear un poco aquí y allá eligió por novia formal a una chica preciosa, de enormes ojos rasgados, labios oscuros y nariz respingona. La adoró durante meses, con palabras y besos y fotos. Luego la engañó tanto, y con tantas mujeres, y también tan hermosas.
A mí me gustan esos hombres, aunque les llamen golfos, o salidos, o donjuanes. No son malos; sólo tienen demasiado presente la polimórfica y perversa belleza femenina. Y les gusta tanto, la aman tanto, que les pasa que no saben qué hacer con tanto amor.
Omisión
Nadie tuvo corazón para decirle al ciego feo que la novedosa técnica para recuperar la vista por fin había sido probada, era un éxito y estaba lista para ser aplicada en cualquier hospital.
martes, 10 de junio de 2008
You made my day
Esta mañana se han dado cita en las coordenadas espacio-temporales a las que llamo mi vida una serie de hechos perturbadores. Ha empezado la única compañera de piso que me queda (algún día os contaré el misterioso efecto Agatha Christie que parece tener mi piso de este año) haciendo limpieza en su cuarto a las siete de la mañana, con gran profusión de cierre de puertas, arrastre de muebles y subida y bajada de persianas. A esto se han unido el nublado, un tenue pero potente síndrome premenstrual y una cucaracha agonizante a la puerta de mi habitación. Yo a las cucarachas no las mato, porque me da asco: espero a que mueran, luego les deseo una mejor reencarnación y las tiro al váter, acompañadas de toneladas de papel higiénico para que no se queden flotando. Así que esta mañana he pasado varias veces junto a la cucaracha poniéndome la mano junto al ojo en plan anteojera para no verla mover sus asquerosas patitas luchando por su vida.
La mente humana es curiosa. O a lo mejor sólo me pasa a mí. El caso es que en mañanas como la de hoy, de verdad que pienso que todo esto no es más que un arrastrarse sin sentido, y me siento como esa pobre cucaracha, esperando a morir para que alguien me tire al váter. Lo que es absurdo, porque en pocas horas me vuelvo a poner contenta como unas castañuelas. Pero en esos momentos pienso que es terrible y que va a durar para siempre. ¿Qué me salva entonces la vida? ¿Pensar en lo afortunada que soy de tener comida, amigos y el número adecuado de cromosomas? Eso ya lo tengo asumido. Es un reforzador que ha perdido su efecto, como dirían en Psicología del Aprendizaje.
Al final hoy me salva Cortázar. Leo "Historias de Cronopios y Famas" sentada al sol, en este junio que se resiste a ser caluroso. Mientras me dejo mecer por la dulzura absurda de los famas, los cronopios (esos seres verdes, húmedos) y las esperanzas, me pregunto qué es lo que diferencia a Cortázar de todos sus imitadores. Igual que se hacen concursos de Elvis falsos, deberían hacerse concursos de falsos Cortázares o de falsas Magas, todos escribiendo estúpidamente sobre casas que se inclinan y encuentros casuales en puentes de hierro.
Al final pienso que J. tenía razón y que Cortázar es como Walt Disney: sabe algo que los demás no saben. O no sabemos. Los cronopios y los famas no se parecen a nada que yo haya leído antes. Es como si realmente él se lo creyera. Quiero decir, que no hay nada de "mira qué original soy" en él, nada de "fíjate en el mundo imaginario que he creado". Parece que lo haya escrito borracho, suavemente embriagado de vino dulce, viendo a los cronopios a su alrededor susurrando "cronopio cronopio cronopio".
Me he sentido como si en algún lugar del mundo hubiera un inmenso manantial de ingenio y belleza y yo hubiera podido tocarlo unos segundos. Ni siquiera el amor le puede con tanta fuerza al tedio.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca...
La mente humana es curiosa. O a lo mejor sólo me pasa a mí. El caso es que en mañanas como la de hoy, de verdad que pienso que todo esto no es más que un arrastrarse sin sentido, y me siento como esa pobre cucaracha, esperando a morir para que alguien me tire al váter. Lo que es absurdo, porque en pocas horas me vuelvo a poner contenta como unas castañuelas. Pero en esos momentos pienso que es terrible y que va a durar para siempre. ¿Qué me salva entonces la vida? ¿Pensar en lo afortunada que soy de tener comida, amigos y el número adecuado de cromosomas? Eso ya lo tengo asumido. Es un reforzador que ha perdido su efecto, como dirían en Psicología del Aprendizaje.
Al final hoy me salva Cortázar. Leo "Historias de Cronopios y Famas" sentada al sol, en este junio que se resiste a ser caluroso. Mientras me dejo mecer por la dulzura absurda de los famas, los cronopios (esos seres verdes, húmedos) y las esperanzas, me pregunto qué es lo que diferencia a Cortázar de todos sus imitadores. Igual que se hacen concursos de Elvis falsos, deberían hacerse concursos de falsos Cortázares o de falsas Magas, todos escribiendo estúpidamente sobre casas que se inclinan y encuentros casuales en puentes de hierro.
Al final pienso que J. tenía razón y que Cortázar es como Walt Disney: sabe algo que los demás no saben. O no sabemos. Los cronopios y los famas no se parecen a nada que yo haya leído antes. Es como si realmente él se lo creyera. Quiero decir, que no hay nada de "mira qué original soy" en él, nada de "fíjate en el mundo imaginario que he creado". Parece que lo haya escrito borracho, suavemente embriagado de vino dulce, viendo a los cronopios a su alrededor susurrando "cronopio cronopio cronopio".
Me he sentido como si en algún lugar del mundo hubiera un inmenso manantial de ingenio y belleza y yo hubiera podido tocarlo unos segundos. Ni siquiera el amor le puede con tanta fuerza al tedio.
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