jueves, 3 de junio de 2010
Corredores
Están corriendo por el paseo marítimo de al lado de mi casa.
Por las calles no ves más que feos, calorros, gordos, calvos. Tíos demasiado viejos o demasiado jóvenes. Es porque todos los guapos veinte y treintañeros están corriendo por el paseo marítimo (o, me figuro, haciendo surf en Tarifa, pero esa parte ya no la trabajo). Así que cuando salgo yo a correr, o más bien a desplazarme al trote cochinero, con mi reloj fluorescente de los chinos y las zapatillas que me compré cuando tenía dieciséis años, me los voy cruzando uno detrás de otro. Tíos morenos, fibrosos, con el pelo corto, con las piernas delgadas y musculosas. Tíos con barba de tres días, con el culo pequeño y las manos grandes.
(Suspiro, suspiro)
Y yo, que aunque no lo parezca estoy muy necesitada, me planteo: ¿cómo se liga corriendo? ¿Cómo aprovechar el medio segundo que tienes para cruzarte al trote con tu objetivo? ¿Me tiro en plancha delante de alguno como si me hubiera torcido el tobillo?
Lesionarme a propósito no me termina de convencer, así que he aquí mi Técnica en Fase de Prueba para Ligar Corriendo (TFPLC).:
1. Les veo venir desde lejos y calibro el tipo, la estatura y la edad.
2. Cuando alguno me mola (que es casi siempre) decelero un poco mientras nos acercamos.
3. Entonces, justo cuando estamos a punto de cruzarnos, yergo la cabeza, estiro la espalda, activo mi zancada elástica y resoplo con elegancia, cambiando mi típico "arf, arf" por un femenino "fuuu, fuuu", mientras cruzo junto al tío con cara de concentración.
4. Nos miramos con intensidad, o quizá yo miro con intensidad y él con sorpresa y pavor, quién sabe.
Después ya está: te vas. Con suerte, te volverás a cruzar al mismo tío cuando ambos vayáis de vuelta. Ahí es donde empleo el paso cinco de mi Técnica en Fase de Prueba para Ligar Corriendo (TFPLC): sonreír con suavidad, que no es fácil cuando estás intentando combinarlo con "fuuus" femeninos.
Mi TFPLC aún está bastante verde y es un punto de partida difícil para una relación, lo confieso. Así que, mientras la perfecciono, se me ocurre montar stands de avituallamiento a lo largo del paseo marítimo donde charlar mientras bebes Gatorade. Se me ocurren quedadas de single runners en las que conocerse corriendo por parejas, rollo citas rápidas pero en movimiento. ¿Se lo planteo al ayuntamiento de Cádiz? No puedo dejar pasar (literalmente) tantos tíos monos, morenos y fibrosos tres tardes a la semana. Lo llevo fatal.
(Ahora, para terminar el post, podría hacer juegos de palabras con "correr" y "correrse", pero paso).
miércoles, 2 de junio de 2010
martes, 1 de junio de 2010
El brazo de A.
Hablan con mi R2 de etapas y de procesos, y a mitad de la conversación, el padre dice: "Él se da cuenta, claro que se da cuenta. Él se da cuenta, porque yo le vi hace unos días mirarse el bracito, tocárselo con la otra mano e intentar moverlo cuando creía que yo no estaba en la habitación, y al final la enfermera le tuvo que cambiar de posición para que dejara de examinarse".
Yo recuerdo cómo es un niño de cinco años, porque estuve trabajando en una escuela de verano hace tiempo y los veía todos los días. Son muy pequeñitos. Sus ropas son pequeñitas, sus manos son pequeñitas y usan un 28 de zapato. No son capaces de esperar una cola o de tumbarse cinco minutos con los ojos cerrados.
Así que de todo este día se me queda en la mente la imagen de A. tumbado en su cama de hospital, mirándose el bracito cuando cree que no le ve nadie y moviéndose la mano y los dedos con su mano izquierda. Me lo imagino absorto como se absorben los niños, que todavía no guardan en la cabeza la cantidad de tiempo, espacio y pensamientos que acumulamos los adultos. Observando su brazo derecho como cuando uno se toca con curiosidad un pie dormido o la cara después de la anestesia del dentista.
A mí me pasa que veo más las escenas de la vida que la imagen global. De hecho, ver la imagen completa me cuesta un poco. Sintonizo más con un solo momento mientras sea lo suficientemente intenso. Y lo que me ha impresionado de A. no ha sido la tristeza obvia de no poder mover la mitad del cuerpo. Lo que más me ha impresionado ha sido pensar en el niño descubriendo con extrañeza su discapacidad y navegando por su mar particular de confusión y de afasia. Y su padre mirándole desde el umbral de la puerta como en una escena de serie americana.
lunes, 31 de mayo de 2010
Lessatín con piña
Pienso en mi primer día de trabajo. Me pregunto si al final la salud mental no va a acabar haciéndome más feliz o, por lo menos, más consciente de mi suerte en la vida. Los pacientes van pasando por la consulta y yo, que estoy de observadora en una esquinita, no hago más que arreglarles el pelo a todos con la mente: a ti te teñiría las raíces, a ti te cambiaría el color, a ti te cortaría esa coletilla horrenda. Escucho relatos que parecen salidos de una película de Almodovar mientras cambio el color de las camisetas y limo las uñas de los pies. Y después se van a casa con sus consejos, si los hay. Con sus pautas, si las hay. Con su cóctel de medicamentos, que lo hay prácticamente siempre. Incluso los que vienen al psicólogo traen enchufada su dosis de ansiolítico y antidepresivo. En esos momentos, cuando veo salir a Menganito con las gafas de sol baratas sobre el pelo, a Fulanita con su flequillo pasado de moda y su bolso agarrado contra la cadera, pienso en cómo será la vida para ellos. Cómo la percibirán.
Cuando era pequeña me preguntaba cómo sería la vida a través de los ojos de las personas que no eran yo. Si pensaban más o menos, si se sentían de forma distinta por dentro. Recuerdo haber pensado que mi cara era muy bonita y simétrica, y haberme preguntado cómo sería para los que tenían caras más feas y más asimétricas que yo mirarse al espejo. Y con veinticinco años aquí estoy todavía preguntándome lo mismo. Reflexionando sobre la suerte de mi propia compañía, de mis momentos tranquilos escuchando música y preparándome la cena, de ser capaz de escribir y de dar un sentido a mi vida con el relato de los hechos que considero importantes. Estoy con mi capacidad de ser feliz con las novedades de Anagrama o con la estantería de quesos del supermercado, sabiendo que a pesar de la cantidad de modalidades de horror que tiene la vida dispongo de inteligencia, de sensibilidad, de sentido del humor y de un montón de palabras para capearla. Y me pregunto cómo navega por la vida Fulanita, con su caja de lexatines en el bolso y la certeza absoluta de que ni ella, ni su vida, ni siquiera su flequillo pasado de moda tienen ya remedio.
Definitivamente, aún es demasiado pronto para saber si la salud mental me va a hacer más o menos mentalmente sana.
viernes, 28 de mayo de 2010
Zen en el supermercado
Hace unos días estaba en el Carrefour, esperando para pagar unas cuantas botellas de agua mineral y unos tomates. Yo pensaba en mis cosas mientras escuchaba a las cajeras a ver si decían precios con el número ocho, como “ocho con sesenta” o “diecinueve con ochenta”, para escuchar el sonido suave de la “ch” gaditana.
miércoles, 26 de mayo de 2010
Pasos
Las llamadas de J. siempre me turban un poco. Estoy aquí, esforzándome en cambiar mi vida lo suficiente como para que él no quepa en ella, y aparece su nombre en la pantalla del móvil. J. deslizándose en mi salón desde su estudio en Málaga. Su voz alegre y nerviosa cruzando el aire hasta llegar a mis oídos. A veces me cabreo, ¿qué querrá éste ahora? ¿Por qué no me deja tranquila de una puta vez? Nos hemos llamado tanto, en contextos tan diferentes. He visto tantas veces parpadear su nombre en la pantalla de mi móvil.
Hoy vuelvo a casa después de llevar la bici a arreglar y me encuentro una perdida suya. Le doy un toque (que se gaste él el dinero) y me devuelve la llamada enseguida. “Tenía muchas llamadas tuyas – me dice -. Me estabas llamando con insistencia, y cuando lo he cogido sólo se escuchaba el rumor de tus pasitos sobre la acera. ¿Llevabas el móvil en el bolsillo?”. “No, en el bolso”, contesto yo. “Pues eso, que sólo quería decirte que bloquees el móvil para que la gente no pueda escuchar tus pasos ”.
No me hables como si estuvieras escribiendo un post, pienso ahora, pero en ese momento sólo puedo asentir, sonreír, darle las gracias y despedirme. “Hasta luego, guapo”. Y después no siento nada; ni tristeza, ni ganas de verle, ni nada. Simplemente guardo el móvil y sigo haciendo la cena.
Ay, J. Me gustas poco ahora mismo, pero aún te quiero mucho. Me acuerdo de ti cuando veo las largas olas que forma el viento de poniente sobre la playa de la Victoria, y te imagino dando por saco con la tablita de surf y reclamando que te mire desde la orilla. Tiene huevos que de entre toda mi agenda mi móvil desbloqueado tenga que elegirte precisamente a ti para que oigas el ruido que hacen mis pasos sobre las calles de la ciudad.

