massobreloslunes

domingo, 19 de junio de 2011

The Michellian Challenge, tropecientasmil

Soy el negro de Marina, no el negro de "mi negro cubano" sino la que escribe cuando Marina no quiere. La señorita está cansada, ha escalado como una valiente y ya ha tenido bastante challenge, así que pide disculpas y os saluda hasta mañana con todo el cariño.
Saludos

sábado, 18 de junio de 2011

Cosas veredes -- TMC7

Cuando yo era pequeña, mi abuela vivía en una casa muy grande en Calle Manrique, en el barrio de la Victoria. Estaba formada por dos pisos unidos y tenía (esperad que los cuente) cinco dormitorios, tres baños, la cocina, el salón y un cuarto de estar. En mi memoria la casa está llena de la luz de las mañanas de la infancia, cuando te levantas un sábado y no te importa la hora que es ni el número de cosas que te va a dar tiempo a hacer antes de comer.

Me encantaba esa casa. No era la casa más abuelil del mundo, porque de por sí mi abuela es poco abuelil, pero estaba llena de libros antiguos, bisutería anudada en el fondo de los cajones y objetos extraños, como un postizo hecho con el pelo de una de mis tías cuando era pequeña, rollo mujercitas. Yo vagaba por las habitaciones y todo me parecía misterioso y fascinante, porque de pequeña estaba llena de pajas mentales y no quería más que tener amigos invisibles, volar y que estallara una guerra para ser como Ana Frank, por ese orden.

Hace unos años, mi familia decidió vender la casa. Sacaron todos los trastos y los fueron colocando junto a la basura para que la gente se los llevara. Limpiaron a fondo, quitaron los grifos para llevarlos a la casa de veraneo y trasladaron a mi abuela. A mí me daba pena pensar que nunca iba a volver a explorar esa casa buscando tesoros entre la morralla de los cajones; por otra parte, tenía ya más años que un gnomo y tampoco pegaba corretear por los pasillos de casa de mi abuela creyéndome Bastian Baltasar Bux.

Ahora que mi casa se ha quemado, mi madre y mi hermano se han instalado allí porque no encontraban piso para alquilar tan poco tiempo. La mitad de la casa está sin bombillas, las persianas no se bajan y los marcos de las ventanas no encajan. Apenas hay muebles, y lo tienen todo esparcido por el suelo como en un piso de yonkis. "Elige un cuarto", me dijo mi hermano. "Cada uno tiene un inconveniente". Elegí el pequeño cercano al baño, que tiene el inconveniente de que parece un zulo, y ahora mi hermano me llama Ortega Lara y me dice que me afeite la barba.

Me tengo que ir, así que sólo me queda tiempo para una rápida conclusión: la vida es rara, rara rara. No menospreciéis su capacidad de sorprenderos.

viernes, 17 de junio de 2011

Timing -- TMC6

Él se había levantado tarde aquella mañana. Entraba el sol a chorros por la ventana del salón mientras desayunaba un café y una tostada con aceite. Leyó un poco en diagonal las últimas páginas del libro que ella le había dejado. Solía acabar todos los libros por costumbre, pero había estado a punto de hacer una excepción con aquel. Era pesado, lento, de argumento absurdo. Recordó con una media sonrisa la expresión de la cara de ella cuando se lo tendía: "tienes que leer este libro, es una preciosidad". Con los libros, como con la vida, a veces coincidían completamente y a veces se llevaban a matar.

Terminó el desayuno, ojeó un rato el dominical y agarró el teléfono para llamarla. Iban a quedar más tarde para tomar algo y habían acordado hablar por la mañana para fijar la hora. Buscó su número en la agenda y esperó a que su voz alegre cortara los tonos de espera. Le gustaba de ella que siempre estaba alegre por las mañanas.
- Hey, hola.
- Hola, bonita. ¿Qué tal?
- Bueno, aquí ando. ¿Y tú?
- Lo mismo, desayunando. Acabo de terminar de leerme el libro que me dejaste.
- ¿Ah, sí? ¿Y qué tal, te ha gustado?

Él notó en su voz la ilusión breve de ella e hizo una pausa, pero las mentiras piadosas nunca fueron su estilo.
- Qué va, la verdad. No me ha gustado nada.
- ¿En serio?
- En serio.
- Vaya...

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Ella se despertó más tarde de lo que esperaba y supo que el gatito había muerto porque no le habían despertado los maullidos débiles y quejumbrosos pidiendo comida y calorcito. En realidad lo habiá sabido a media noche, la última vez que se había levantado a darle el biberón. Estaba medio dormida, con los ojos hinchados por la falta de sueño, e intentaba que aquella criatura diminuta que nunca había abierto los ojos no se muriera de hambre. Entonces el gatito empezó a rechazar la leche, retiraba la cabeza de la tetina de plástico y se iba quedando dormido, y ella supo por instinto que se estaba muriendo.
- No te mueras, no te mueras - empezó a decir bajito, mientras le acariciaba la cabeza con la punta del dedo. Mientras pensaba que lo raro era que no se hubiera muerto antes. Lo había traído a casa dos días antes, cobijándolo entre las manos del fuerte sol del mediodía, y llevaba desde entonces intentando obligarle a sobrevivir.

Abandonó el intento de darle de comer, lo colocó en su caja con la bolsa de agua caliente recién rellena y se fue a dormir. A la mañana siguiente lo encontró tan rígido y ligero que parecía de mentira, como un llavero kitsch comprado en una gasolinera.

Le daba pena tirarlo a la basura, así que decidió enterrarlo. Lo más parecido a una pala que encontró era una cuchara grande de servir. Echó una ojeada a la calle vacía de su urbanización antes de echar a andar hacia el descampado que había junto a la pista de tenis, con la cuchara en una mano y la caja con el gatito muerto en la otra.

Le costó más de lo que pensaba abrir un agujero en la tierra, que estaba dura y reseca después de meses sin lluvia. Al final dejó la cuchara y arañó la tierra con las manos, sacó unas cuantas piedras y consiguió hacer un hueco decente. Cogió al gatito muerto con la punta de los dedos y se estremeció al sentir otra vez aquella ligereza extraña. Lo colocó en el agujero y lo tapó con tierra y unas cuantas piedras. Te habría llamado Shere-Khan, le dijo bajito, porque quería que fueras un tigre.

Cuando volvió a su casa le sobresaltó el timbre del teléfono. Era él, que la llamaba para quedar aquella tarde. Se preguntó si habría terminado de leer el libro que le dejó; un libro tan bonito y tan mágico que se lo había prestado como si fuera una rodaja luminosa de su vida.

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Él nunca entendió por qué le sentó tan mal aquello. Al fin y al cabo, sólo era un libro.
Ella no tuvo ganas de explicarle que a veces los malentendidos humanos son sólo una cuestión de timing.

jueves, 16 de junio de 2011

The Challenging Challenge -- TMC5

Lectores queridos: después de venir en autobús desde Cádiz y cenar como los pavos con MQEN, me he venido a casa de mi abuela a la velocidad del rayo sólo para no faltar al Michelian Challenge. Recordemos que mi casa se quemó, y ahora mi familia está viviendo aquí hasta que terminen de reconstruirla.

Francamente, el Michelian Challenge está siendo mucho más complicado de lo que pensaba. La red de mi casa de Cádiz sigue sin pirular. Aquí no hay suficientes colchones y tenemos que ir al otro piso de mi abuela a dormir. Estoy escribiendo en el miniportátil diseño ferrari de mi hermano mientras mi madre ve Friends en una tele gigante que han comprado para reemplazar a la quemada. Este piso estaba vacío esperando a venderse, así que mi madre y mi hermano lo han medio habilitado con colchones en el suelo y sillas donde doblar la ropa. No deja de tener cierto encanto okupa-estudiantil, aunque todos mis pisos de estudiantes eran como el Ritz en comparación con esto.

Todo para justificar que no pienso escribir nada mucho más complejo que esto, y que demasiado que me las he apañado para llegar aquí antes de las doce cual Cenicienta virtual. Mañana más y mejor, lo prometo.

miércoles, 15 de junio de 2011

Contemplaciones -- TMC4


Hoy estaba yo en la estación de autobuses, haciendo cola para comprar el billete e irme mañana a Málaga, cuando unos metros por delante de mí he visto a un monje. Un monje monje, con su hábito, su capucha y hasta su tonsura. Estaba de espaldas y pedía un billete para no sé dónde, porque no alcanzaba a oír su voz.

Eso tendría que ser yo, he pensado. Monja. Católica, budista, tanto me da; apartarme del mundanal ruido. Acababa de llegar corriendo desde el centro de salud mental, después de pasar la tarde puteada a partes iguales por mis pacientes y mi jefe, y se me iba a salir el corazón por la boca.

He valorado en un microsegundo mis preocupaciones actuales y las que tendría siendo monja. Acné del Averno, jefe que me putea y pacientes que se empeñan en contarme problemas versus crisis de fe y apego a los placeres sensoriales. Me he imaginado en mi convento, de la capilla al huerto y del huerto a la cocina, lo mismo cultivando tomates que haciendo mazapanes caseros y yemas de Santa Teresa. Metiendo el dedazo en la masa cuando no mirara la superiora. Engordando sin pudor, con mis colegas las novicias africanas y sudamericanas y haciéndome la dueña del cotarro cuando se fueran muriendo todas las monjas viejas. Ni tan mal.

Entonces he girado la cabeza y he visto a un chico de unos veintitantos inclinado sobre su maleta. Por encima del pantalón asomaba la parte baja de una espalda estrecha, lisa y morena. Me he quedado absorta en esa curva de piel vertiginosa: alguien debería inventar una palabra nueva para definir ese medio palmo de huesos, músculos y carne. De repente mis neuronas estaban reproduciendo la sensación de hundir los dedos en los dos hoyuelos que le intuía sobre la base del culo y acariciar después la parte de espina dorsal que se le notaba bajo la piel.

Todo ha sido tan rápido: la evocación de la vida contemplativa y, de repente, el descenso a los abismos del deseo. He comprado mi billete con resignación, casi escuchando la voz de MQEN en mi oído: "Te gustan demasiado los chulazos morenos, Peq". Luego podría decir que me he quedado observando con envidia al monje, que se alejaba despacio en dirección a un destino desconocido y tranquilo. Pero en realidad estaba demasiado ocupada mirando al moreno, que seguía rebuscando nosequé en su maleta, y rezando silenciosa y sacrílegamente para que no lo encontrara nunca.

martes, 14 de junio de 2011

Mala suerte y voluntad -- TMC3



Mala suerte: que la red gratuita que pillas en tu casa desde hace meses deje de funcionar justo el segundo día después de empezar el Michelian Challenge.

Voluntad: dispuesta a no defraudar a tus sufridos lectores, agarras la bici, que lleva tirada en el armario desde que te diagnosticaron rodillas de anciana, le inflas las ruedas y allá que te vas a la plaza de la Catedral a pillar wifi gratis. Todo sea por no quedar en ridículo el tercer día de tu propio y autoestablecido Desafío Micheliano.

Así que aquí estoy, en la Catedral, como las primeras semanas de mi vida gaditana. Está terminando de anochecer, porque Cádiz tiene los días más largos de la península, y el cielo es de un bonito color turquesa oscuro. En las escaleras no hay ningún guiri chateando con su novia transoceánica, así que estoy solita absorbiendo inspiración y ancho de banda. Me gusta esta catedral a espaldas del mar, con la piedra agujereada por la sal del aire, rodeada de palmeras que se balancean con la brisa. Hace una noche perfecta, y al menos el Michelian Challenge me ha servido para recordar lo feliz que es ir en bici por una ciudad que oscurece.

Hoy no tengo mucho que escribir. Es uno de esos días que terminan y te dejan con la sensación de ser Sísifo: exhausto, contemplas la piedra que por fin has conseguido subir a la montaña y sabes que mañana estará otra vez al pie de la ladera. ¿Esto es la vida? Me pregunto. ¿Esta sucesión de días? Levanto la cabeza, veo los balcones abiertos y las luces encendidas y casi puedo imaginar la sensación de estar en tu casa en una noche como ésta, con el balcón abierto y el vientecito fresco y salado entrando hasta la cocina. Si la vida es esto, esta noche está fingiendo bien, la cabrona. Se las está apañando para aparentar que tiene momentos así, calmados, perfectos, con la temperatura justa, con el psicótico viento de Cádiz parado por una vez.

A lo mejor este momento perfecto es una recompensa. Porque me siento heroica viniendo a escribir en bicicleta después de un día agotador. Siento que soy una caballera andante en su montura metálica que viene a cumplir la estúpida misión de salvar al mundo escribiendo un post. Aquí estoy, mundo. Para ti soy sólo una rubia en chanclas que escribe en su mac, con la bici a los pies como un animal que descansa. Para mí soy grande hoy, a la altura de Mariana Pineda y Juana de Arco: una heroína de la prosa de la experiencia.

Y entre fanfarrias y plantillos lo dejo ya, que no quiero más que irme a casa y echarme a dormir.

lunes, 13 de junio de 2011

Cirujana menor -- TMC2

Desde hace tres semanas estoy rotando por Atención Primaria. Pensaba que iba a ser una rotación chunga y aburrida, pero la verdad es que me lo estoy pasando pipa. Entro con el médico de cabecera y aprendo un montón de cosas cada día. Algunas más útiles, otras más inútiles, pero que en general tienen que ver con la experiencia de la salud, la de la enfermedad y en general la de la vida. Yo pienso, como decía Adriano, que nada de lo humano me es ajeno.

El viernes no venía mi médico y estuve toda la mañana en cirugía menor. Que la noche anterior pensaba yo: qué se te ha perdido a ti en cirugía menor, Marina, si tú eres psicóloga y en parte lo eres porque es una especialidad como mucho más limpita. Pero si hay algo que me está gustando de Atención Primaria es la fisicalidad. Es curioso, porque algunos médicos pueden ser emocionalmente distantes, pero son muy físicos. Recuerdo uno de los primeros días como residente, cuando le comenté al MIR de psiquiatría que me habían hecho la prueba del mantoux para ver si tenía tuberculosis. Él me agarró el antebrazo y empezó a palparme la piel a ver si se me había inflamado, y a mí me sorprendió esa invasión tan súbita de mi espacio personal y la confianza con que me tocaba sin casi conocerle.

Así que ya os digo: cirugía menor. Yo pensaba observar y punto, así que cuando el enfermero me colocó el bisturí eléctrico en la mano y me dijo “esa verruga la quitas tú”, pensé “ni de coña”. Pero como estoy loca y no sé decir que no, agarré el bisturí con una mano, la pinza con otra y corté una verruga con estas manitas. Y luego otra. El enfermero que hace cirugía menor es una de estas personas que parece perfectamente feliz con su vida y su trabajo, que sabe que ocupa un lugar en el mundo, que tiene una función y la desempeña bien. Le gusta explicar y lo hace con paciencia y claridad. Piensa que no hay ningún problema en que una psicóloga lista y habilidosa empuñe un bisturí eléctrico sin tener ni puñetera idea.

Después había que extirparle nosequé cosa de la cara a una anciana graciosísima y verborréica: noventa y tres años de vitalidad en silla de ruedas. Nos lavamos a lo quirúrgico, sacamos el material estéril, nos pusimos los guantes y nos movimos con las manos levantadas como en Anatomía de Grey. Limpié la sangre mientras el enfermero rebanaba y suturaba. Observé cómo pasaba el hilo por la grasa subcutánea para no dejar cicatriz. Nunca en mi vida había pensado que podía tener tanto estómago.

La cuestión de todo este rollo de la Atención Primaria y la fisicalidad tiene que ver con algo que oí hace un par de semanas en una peli tremendamente chunga que vi con mi amiga María. La ha dejado el novio y está tristísima, y como yo había viajado hasta Toledo para unas jornadas, decidí acercarme un día a Madrid para consolarla un poco. Vimos, como os digo, una peli terrible llamada “La niñera y el presidente”. Bueno, pues en un momento dado la protagonista le decía a una de las niñas a las que cuidaba “hay que aguantar, querida, porque nunca se sabe cuándo las cosas van a empezar a cambiar”. Estas últimas semanas estaba un poco triste, pero me repetí esa frase, siendo consciente de que es todavía más triste repetirte una frase que has oído en una película chunga de sobremesa con esta señora como protagonista.

Así que hoy estaba pasando consulta con la médico de cabecera, observando gargantas y oídos, renovando recetas y repasando analíticas, y han llamado por teléfono. Era el enfermero, que necesitaba ayuda para una intervención y me preguntaba si quería bajar. ¡A mí! Nunca jamás en la vida me hubiera podido imaginar que ayudaría a alguien a hacer cirugía menor. Al sacar los guantes estériles de la estantería me ha preguntado cuál era mi talla. El seis y medio, he contestado yo con seguridad. Y he pensado: “Heme aquí, sabiendo mi talla de guantes quirúrgicos”. No quiero decir que esto sea un cambio a mejor en mi vida, sino que constantemente pasan cosas inesperadas, constantemente te encuentras superando límites y conociendo a personas, ampliando el campo de tu experiencia. Y eso es bonito.

Y con esto y un bizcocho, dejo aquí el post para que me dé tiempo a publicar antes del plazo estipulado por el TMC. Esto quiere decir que no me da tiempo a corregirlo, así que perdonadme por lo inconexo.

Ah, por último: ahí tenéis una prueba documental de mis experiencias cirujanas. Y creo que los guantes me quedan un poco grandes, así que igual el próximo día los pido del seis :D