Esta mañana, por primera vez en semanas (o quizá meses), he dormido nueve horas del tirón. Con mantita. En medio de una absoluta oscuridad. Al despertar, me ha costado un poco menos orientarme que en días anteriores: sigo en Jaca, mis músculos ya no duelen tanto, hoy me marcho de aquí. Miro la hora: no me puedo creer que sean las diez. Y yo que quería madrugar y salir tempranito. Pero bueno; qué prisa hay. Estoy de vacaciones.
Jorge me dice que él también ha dormido estupendamente. Nos comunicamos los mutuos estados de nuestro estómago: parece ser que los dos nos medio intoxicamos de tragar agua en el barranco (nota mental: añadir razón para no volver a hacer barranquismo jamás) y ayer pasamos el día con la tripa levantada. Compartimos un desayuno de tostadas, café y queso de Arriel en el salón inundado de sol de su piso. Recojo mis cosas, que en cuatro días parecen haberse reproducido por su casa, cargo la furgo y nos despedimos. Jorge me desea suerte, yo le prometo que para cuando nos reencontremos habré aprendido algo de escalada clásica y nos podremos ir por ahí a subir muros espectaculares.
Programo el GPS para Polientes y cojo la carretera. Hace un día tan luminoso que cuando paso junto a Pamplona cualquiera diría que estoy en Marbella. Esto no es El Norte, que me lo han cambiado. Paro a comer en un área de descanso en la frontera entre Navarra y Álava, junto a un riachuelo y una cueva enorme donde en teoría se escala. En la práctica, parece que hoy nadie tiene ganas de freírse en las paredes. Me preparo un poco de puré de patatas para mi estómago chungo, leo un rato en mi ebook a la sombra de los árboles, lavo los platos en el riachuelo frotándolos con arena en plan trampero-jipi-no contaminante.
A partir de Vitoria, el GPS me lleva por carreteras secundarias y estrechas a través de un paisaje que mezcla el norte verde con la Castilla extensa y árida. Me cruzo literalmente con cinco o seis coches en todo el camino. Paro en Oña para comprar algo de comida, porque no me fío del tamaño de los pueblos que me quedan hasta Polientes. Recuerdo cuando estuvimos de campamento con los scouts por la zona de Burgos. Habíamos programado una ruta calculando las compras de comida en función de los pueblos que aparecían en el mapa. Cuando nos dimos cuenta de que en Burgos un pueblo equivalía a tres casas y una vaca, ya era demasiado tarde y tuvimos que pasar una semana comiendo arroz blanco.
Oña es un pueblo bastante animado con un monasterio gigante que ni de coña me apetece visitar. El día sigue absurdamente azul, y los paisanos se agrupan en las terrazas con cara desconcertada. Yo voy tienda por tienda recolectando comestibles: jamón y morcilla en la charcutería, aceite y leche en el súper, media barra de pan en la panadería. Entonces paso junto a una plaza con una fuente que queda justo en medio de un chorro de sol. A un lado, en el suelo, se ha sentado una niña de unos trece años, con cuerpo patilargo de adolescente y un rostro extraño, casi ido. Se ha remangado la falda sobre los muslos y se los moja con agua de la fuente. Me quedo mirándola, echando de menos la cámara y preguntándome qué piensa mientras se moja las piernas al sol, qué es de su vida, a quién espera.
En general, si miras la vida con la suficiente atención, te das cuenta de que todo el mundo tiene un pequeña o gran preocupación, lo que no es más que una forma distinta de decir que todo el mundo tiene su pequeña o gran historia. Cuando viajas lo percibes todavía con más potencia. Qué lleno está el mundo de personitas, y qué importantes y triviales son todas. También es fácil darse cuenta de que el dolor está muy cerca en casi todo el mundo: que lo que marca la frontera entre no conocer y conocer a alguien es darte cuenta de que, como todos, está roto en alguna parte. Esto voy pensando yo mientras camino por Oña, y me pregunto si no será un requisito para ser un buen escritor o un buen psicólogo: reconocer la dignidad y la belleza de todas las historias, reconocer y rendirse ante la presencia del dolor.
Sigo camino hacia Polientes. Conduzco fascinada y tranquila por las carreteritas del norte de Castilla; está claro que lo que hace estresante conducir es el hecho molesto de tener que compartir la carretera con más coches. Carlos, el chico que me aloja, me ha advertido de que Valderredible, el valle donde está su pueblo, no es la típica zona verde norteña que yo tengo asociada en mi cabeza a Cantabria, así que a medida que me acerco y el paisaje sigue plano y amarillo, me resigno a que el norte me siga escamoteando el verde. Pero de repente en un cartelito pone "Cantabria", el camino gira hacia la izquierda y aparece un valle encantador con el Ebro al fondo, lleno de vegetación, bosquecitos y campos de cultivo. ¡Pero qué bonito es esto!, exclamo en voz alta. Paro la furgo en un merendero junto al río y me preparo un bocadillo de jamón y dos colacaos, dos (pero sólo porque las tazas de mi furgo son muy pequeñas. En serio).
A las ocho y media aparece Carlos en una furgo blanca. Viene de hacer surf en Asturias y es encantador de principio a fin. Vive en un piso grande y destartalado en el único edificio de Polientes que alquila habitaciones, y enseguida me instala en un cuarto de camas gemelas y me deja meter mi comida en su nevera. Nos reunimos en el salón con otras dos amigas suyas. Parecen gente linda, gente sana que estudió medioambientales y ama cosas raras, como los animales o las cortezas de los árboles. A mí me entra una nostalgia tonta de Jaca, que al lado de Polientes parece Nueva York, pero enseguida me fascino por la Cantabria profunda y me engancho a leer los cómics que Carlos dibuja en las tarde de invierno.
Ahora estoy sentada en la cama, que acabo de hacer con las sábanas de franela que me ha prestado Carlos. Sábanas de franela. Qué arte. Me imagino poniendo sábanas de franela en Agosto en Cádiz y me pica el cuerpo. Estoy instalada en la habitación de los deportes: el cuarto donde Carlos guarda la bici, la tabla de surf, los cascos de bici, los pies de gato, y una vez más me sorprende esta constatación de la de vidas que hay en el mundo y la extraña presencia que tienen las cosas cuando sus dueños no están.
Y sin más me despido, que mañana me llevan a una ruta hacia un bosque de ¿hayedos? ¿robles? No lo tengo claro. Mi amor por la naturaleza es inversamente proporcional a mi interés por sus detalles teóricos. Sed felices. Viajar es bonito. Se ven más cosas, se vive más, todo se amplía y el tiempo se extiende en tu mente por el benéfico efecto de la dopamina cerebral. Viajad, viajad, malditos. Y contadlo luego.
martes, 28 de agosto de 2012
lunes, 27 de agosto de 2012
SSHP 5: Recordadme que la próxima vez que me ofrezcan hacer un barranco me niegue en redondo
Me despierto en mi cama de Jaca y compruebo constantes vitales. La respuesta de mi cuerpo es clara. Dolor. Voy probando músculo por músculo. ¿Gemelos? Dolor. ¿Cuádriceps? Dolor. ¿Bíceps, tríceps, dorsales? Dolor, dolor, dolor. Yo que ya pensaba que este pobre cuerpo mío se estaba acostumbrando a recuperar rápido, y me encuentro en una de esas resacas deportivas horribles que ya hacía tiempo que no vivía.
Me paso toda la mañana sin poder moverme. Verídico. Nivel no querer abrocharme el sujetador. Jorge me dice de ir a escalar esta tarde, y lo peor es que todavía tengo el valor de pensármelo. ¿Escalar, Marina? Seamos objetivos: no puedes andar, así que resígnate a descansar hoy. El resto de la mañana transcurre en medio de objetivos concretos y pequeños: paracetamol. Agua. Dormir.
Por la tarde recupero parecialmente las ganas de vivir y voy a visitar la quesería de la familia de Arriel, el compañero de piso de Jorge. Nos enseña las instalaciones y el obrador y nos da a probar el queso. Las ocas que compraron para hacer foie siguen vivas porque les dieron pena, y amenazan con alas abiertas y chillidos salvajes a cualquiera que ose acercarse a ellas. A Arriel le gusta el trabajo y se le nota; "ojalá no me gustara, porque así huiría de aquí", dice justo antes de explicar, encantado, cómo su madre y él charlan de las cosas del día mientras rellenan los moldes de queso antes de meterlos en la prensa.
Mañana me marcho de Jaca en dirección a Polientes, en Valderredible, al sur de Cantabria. Me da penita irme, porque es curioso lo poco que se tarda en habituarse a un sitio y a una gente. Un viaje es una buena metáfora de la vida: gente que llega y que se va, conocer y encariñarte con algo y perderlo justo después. Vivir muy consciente el presente porque sabes que nunca va a ser lo mismo que esto: nunca vas a vivir de nuevo la experiencia de llegar aquí sin conocer a nadie y que te traten bien porque sí, que te lleven a escalar, que te den las llaves de una casa. Hoy he leído que la vida no va de merecerse, sino de permitir. Permitir que te pasen cosas buenas: el amor, la amistad y la generosidad. Creo que a mi autosuficiencia esta generosidad tan gratuita del couchsurfing le está sentando bien. Es como un bálsamo que te ofrezcan cosas sin esperar más que los mínimos.
De todas formas, me apetece seguir viaje. Mañana la Dobloneta y yo saldremos temprano en dirección a Cantabria. Mis planes cántabros se vertebran sospechosamente en torno a buscar y consumir la mayor cantidad posible de sobaos pasiegos. Sobaos que rezumen mantequilla. Sobaos que pesen en mis manos como diciendo: aquí estoy, soy una bomba calórica, ven a mí. Y entre sobao y sobao, quizá dar algún paseíto y demás. Allí me alojaré con Carlos, un andaluz exiliado que sale los fines de semana a buscar y fotografiar animales.
Seguimos informando. Me da la impresión de que las agujetas causadas por la parte Hill del proyecto se están cargando la calidad literaria de la parte Steinbeck, pero qué le vamos a hacer.
Me paso toda la mañana sin poder moverme. Verídico. Nivel no querer abrocharme el sujetador. Jorge me dice de ir a escalar esta tarde, y lo peor es que todavía tengo el valor de pensármelo. ¿Escalar, Marina? Seamos objetivos: no puedes andar, así que resígnate a descansar hoy. El resto de la mañana transcurre en medio de objetivos concretos y pequeños: paracetamol. Agua. Dormir.
Por la tarde recupero parecialmente las ganas de vivir y voy a visitar la quesería de la familia de Arriel, el compañero de piso de Jorge. Nos enseña las instalaciones y el obrador y nos da a probar el queso. Las ocas que compraron para hacer foie siguen vivas porque les dieron pena, y amenazan con alas abiertas y chillidos salvajes a cualquiera que ose acercarse a ellas. A Arriel le gusta el trabajo y se le nota; "ojalá no me gustara, porque así huiría de aquí", dice justo antes de explicar, encantado, cómo su madre y él charlan de las cosas del día mientras rellenan los moldes de queso antes de meterlos en la prensa.
Mañana me marcho de Jaca en dirección a Polientes, en Valderredible, al sur de Cantabria. Me da penita irme, porque es curioso lo poco que se tarda en habituarse a un sitio y a una gente. Un viaje es una buena metáfora de la vida: gente que llega y que se va, conocer y encariñarte con algo y perderlo justo después. Vivir muy consciente el presente porque sabes que nunca va a ser lo mismo que esto: nunca vas a vivir de nuevo la experiencia de llegar aquí sin conocer a nadie y que te traten bien porque sí, que te lleven a escalar, que te den las llaves de una casa. Hoy he leído que la vida no va de merecerse, sino de permitir. Permitir que te pasen cosas buenas: el amor, la amistad y la generosidad. Creo que a mi autosuficiencia esta generosidad tan gratuita del couchsurfing le está sentando bien. Es como un bálsamo que te ofrezcan cosas sin esperar más que los mínimos.
De todas formas, me apetece seguir viaje. Mañana la Dobloneta y yo saldremos temprano en dirección a Cantabria. Mis planes cántabros se vertebran sospechosamente en torno a buscar y consumir la mayor cantidad posible de sobaos pasiegos. Sobaos que rezumen mantequilla. Sobaos que pesen en mis manos como diciendo: aquí estoy, soy una bomba calórica, ven a mí. Y entre sobao y sobao, quizá dar algún paseíto y demás. Allí me alojaré con Carlos, un andaluz exiliado que sale los fines de semana a buscar y fotografiar animales.
Seguimos informando. Me da la impresión de que las agujetas causadas por la parte Hill del proyecto se están cargando la calidad literaria de la parte Steinbeck, pero qué le vamos a hacer.
domingo, 26 de agosto de 2012
SSHP4: Arkaitz y las sardinas picantes
Son las cuatro de la tarde y Jorge, Arkaitz y vamos en furgo después de salir de hacer barranquismo en Las Peoneras, en la sierra de Guara. Llevo despierta desde las seis y dando trechas por las rocas desde las nueve, así que estoy básicamente que no puedo con mi vida. El estado de mi estómago podría definirse como "tengo un hueco aquí".
Arkaiz es un vasco con ojos de abuelo y sonrisa de niño que nos ha hecho de guía por el barranco. Tiene una tranquilidad pastoril, de esta que parece que sólo puedes adquirir si te pasas la infancia en un caserío y la edad adulta siendo guía de montaña. Ahora nos vamos los tres a trepar, pero antes barajamos la posibilidad de hacernos unos bocatas. Me parece bien, porque creo que mis reservas calóricas de una semana se las ha tragado el barranco.
Paramos en una gasolinera para comprar pan, nos sentamos en el bordillo y Jorge saca unas cuantas latas de sardina, un tarro de foie gras y una navaja. Arkaitz trae una cocacola y empezamos a comer con entusiasmo. "Qué rico", dice Arkaitz mientras saca las sardinas picantes con las manos. Se está comiendo la lata como si fuera la primera persona en la tierra que ha comido sardinas, o como si le hubieran servido un plato de diseño en el Bulli.
Nos ha contado hace un rato que en 2006 se cayó bajando una vía porque al que se aseguraba se le terminó la cuerda. Se precipitó desde unos 13 metros y se partió el coxis, una vértebra, los calcáneos y no sé qué otras cosas. Dice, sin embargo, que empezó a estar contento desde el mismo momento en que se dio cuenta de que podía mover y sentir los pies. Mientras caía, explica, le dio tiempo a pensar que se iba a reventar por dentro, que se quedaría paralítico y no podría volver a trepar ni a hacer montaña. En el hospital, mientras se recuperaba, se sentía feliz.
Podría pensarse que a partir del accidente Arkaitz fue capaz de saborear la vida como está saboreando ahora mismo las sardinas en lata, pero no lo creo. Opino que él ya era así antes, y que si cuando se cayó le dio por alegrarse en vez de por pensar en la putada que es romperse todos esos huesos, es porque lo llevaba de serie: mirar el lado bueno, agarrarse a la parte viva. Eso pienso mientras le veo saborear un cortado de máquina con entusiasmo mientras nos mira y dice, muy serio: "de verdad, que esto es un buen café":
Cuando terminamos de trepar y volvemos a Jaca, yo estoy tan cansada que ni siquiera tengo claro si respiro. Apoyo la cabeza en la ventanilla y me adormilo mientras escucho cómo Jorge y Arkaitz charlan tranquilamente y con muchas eses sobre conocidos comunes y cómo les va a cada uno. Hay algo reconfortante en esta serenidad norteña. A medida que cruzamos el puerto de Monrepós y los Pirineos aparecen al fondo, Arkaitz puntea la conversación con exclamaciones de asombro. Señala las montañas, las llama por su nombre y habla de lo bonito que es el color del cielo, como si fuera la primera vez, y no la enésima, que cruza ese puerto.
Estoy en una nube de "todo esto es tan genial". Podría ponerme friki y decir que viajar escalando es muy guay: que ciertos rituales, maneras, lenguaje y espíritu parecen ser comunes en todas partes y crean un vínculo especial a través de la cuerda. Podría hablar de lo bonito de los viajes compartidos, los sofás ofrecidos y, en general, la amable solidaridad que permanece a pesar (o quizá a causa de) esta crisis asquerosa. Pero si me tengo que quedar con algo hoy es con el entusiasmo de Arkaitz por los montes que conoce, los barrancos que ha hecho mil veces y las sardinas picantes. Porque aunque piense que le viene de fábrica, no deja de tener mucho mérito.
Arkaiz es un vasco con ojos de abuelo y sonrisa de niño que nos ha hecho de guía por el barranco. Tiene una tranquilidad pastoril, de esta que parece que sólo puedes adquirir si te pasas la infancia en un caserío y la edad adulta siendo guía de montaña. Ahora nos vamos los tres a trepar, pero antes barajamos la posibilidad de hacernos unos bocatas. Me parece bien, porque creo que mis reservas calóricas de una semana se las ha tragado el barranco.
Paramos en una gasolinera para comprar pan, nos sentamos en el bordillo y Jorge saca unas cuantas latas de sardina, un tarro de foie gras y una navaja. Arkaitz trae una cocacola y empezamos a comer con entusiasmo. "Qué rico", dice Arkaitz mientras saca las sardinas picantes con las manos. Se está comiendo la lata como si fuera la primera persona en la tierra que ha comido sardinas, o como si le hubieran servido un plato de diseño en el Bulli.
Nos ha contado hace un rato que en 2006 se cayó bajando una vía porque al que se aseguraba se le terminó la cuerda. Se precipitó desde unos 13 metros y se partió el coxis, una vértebra, los calcáneos y no sé qué otras cosas. Dice, sin embargo, que empezó a estar contento desde el mismo momento en que se dio cuenta de que podía mover y sentir los pies. Mientras caía, explica, le dio tiempo a pensar que se iba a reventar por dentro, que se quedaría paralítico y no podría volver a trepar ni a hacer montaña. En el hospital, mientras se recuperaba, se sentía feliz.
Podría pensarse que a partir del accidente Arkaitz fue capaz de saborear la vida como está saboreando ahora mismo las sardinas en lata, pero no lo creo. Opino que él ya era así antes, y que si cuando se cayó le dio por alegrarse en vez de por pensar en la putada que es romperse todos esos huesos, es porque lo llevaba de serie: mirar el lado bueno, agarrarse a la parte viva. Eso pienso mientras le veo saborear un cortado de máquina con entusiasmo mientras nos mira y dice, muy serio: "de verdad, que esto es un buen café":
Cuando terminamos de trepar y volvemos a Jaca, yo estoy tan cansada que ni siquiera tengo claro si respiro. Apoyo la cabeza en la ventanilla y me adormilo mientras escucho cómo Jorge y Arkaitz charlan tranquilamente y con muchas eses sobre conocidos comunes y cómo les va a cada uno. Hay algo reconfortante en esta serenidad norteña. A medida que cruzamos el puerto de Monrepós y los Pirineos aparecen al fondo, Arkaitz puntea la conversación con exclamaciones de asombro. Señala las montañas, las llama por su nombre y habla de lo bonito que es el color del cielo, como si fuera la primera vez, y no la enésima, que cruza ese puerto.
Estoy en una nube de "todo esto es tan genial". Podría ponerme friki y decir que viajar escalando es muy guay: que ciertos rituales, maneras, lenguaje y espíritu parecen ser comunes en todas partes y crean un vínculo especial a través de la cuerda. Podría hablar de lo bonito de los viajes compartidos, los sofás ofrecidos y, en general, la amable solidaridad que permanece a pesar (o quizá a causa de) esta crisis asquerosa. Pero si me tengo que quedar con algo hoy es con el entusiasmo de Arkaitz por los montes que conoce, los barrancos que ha hecho mil veces y las sardinas picantes. Porque aunque piense que le viene de fábrica, no deja de tener mucho mérito.
sábado, 25 de agosto de 2012
SSHP 3: De donde no hay...
... mmmm.... he tenido una... una cena mexicana o parecido... con ¡¡fajitas!! Fajitas de morcilla. El norte es raro. Y... vino, había vino, seguro, y esta mañana he subido un monte aaaaalto aaaaalto y por la tarde he estado escalando en un sitio con... ¡con un arroyo! Flipa. Y la gente decía que hacía calor. Nononono, perdona, calor es tener que meterte en una acequia para no morir. Y mañana voy a hacer un barranco y... no estoy para hacer barrancos, francamente, pero.... todo es fluir. ¡Y después a Rodellar! Qué fuerte. La gente del norte es muy maja. Graciosa. He aprendido una expresión nueva: "fornicio intersectorial". La gente del norte tiene el mismo plomillazo que los del sur.
Creo que he tomado demasiado vino.
El SSHP mola diez mil.
Creo que he tomado demasiado vino.
El SSHP mola diez mil.
viernes, 24 de agosto de 2012
SSHP 2: Serbal, Lobito y el picnic del frisbee
Me despierta la PK en Chamberí poco antes de irse a currar. Se te nota un montón la marca del bikini, cabrona, me dice mirándome dormitar sobre la cama gigante de la habitación Virginiawolfiana. ¿Te caliento pan? Qué genial, pienso, me recuerda a cuando vivimos juntas. Está tan mayor y tan guapa con su falda castaña y una camiseta de rayitas en tonos azules. Me despierto, desayuno con ella y le compongo un mínimo de dos odas con la música de "Amigos para siempre", de Los Manolos, mientras gruñe mitad avergonzada y mitad (sospecho) contenta de tenerme cerca.
A las once he quedado en la calle Ferraz con Serbal y Lobito, mis dos pasajeros de hoy. Son sus nicks de la web de compartir coche, obvio, pero me encantan los nombres, y desde que ella me los escribió yo les llamo así en mi mente: Serbal y Lobito. Serbal es alta y guapísima: camina sobre sus chanclas moviendo con suavidad una falda de colores y me mira desde detrás de unos ojos dulces y pelín tristes. Lobito tiene cinco años y medio y observa la furgo medio hosco debajo de su pelo castaño. Beltza, la perra de los dos, se acomoda rápido en la parte trasera y emprendemos el viaje.
Serbal y Lobito marchan a una granja del Pirineo a cambiar trabajo por comida y alojamiento. "Llevo dos años dormida y he despertado en primavera", me explica Serbal. Desde el asiento de detrás, Lobito interrumpe la conversación con un ritmo sincopado de "tengo calor-estoy mareado-me aburro-quiero parar". Pide comida dulce y llora a ratos. En menos de doscientos kilómetros he averiguado que Lobito, igual que yo, tiene un problema con los helados, así que le prometo uno gigante de chocolate blanco en cuanto lleguemos a Zaragoza si es capaz de no pedir paradas más de una vez cada hora. Lo voy sobornando poquito a poco con bizcochitos All Bran, música variada y refuerzo positivo, y así hacemos las tres primeras horas de camino mientras nos vamos contando las vidas.
Serbal es dulce a morir, o a lo mejor es que a mí esto del acento del norte me puede. Me cuenta que en realidad no sabe cuánto tiempo se quedará en la granja o si les irá bien. Está un poco nerviosa, confiesa, pero contenta de haberse puesto por fin en movimiento. "En Madrid me estaba mustiando", dice. Apunta en una libretita algunas de las cosas de las que hablamos: la página de couchsurfing, la dirección de mi blog, Spotify. Es como si llevara mucho tiempo encerrada y ahora tuviera que acostumbrarse de nuevo a ver el mundo.
Llegamos a Zaragoza en medio de un sol de justicia. Allí he quedado con bloguero/a-misterioso/a-cuya-identidad-secreta-no-puedo-desvelar y, por lo mismo, no puedo dar muchos detalles. Sólo diré que disfruto de buena comida y buena charla junto a la basílica del Pilar, y que para cuando terminamos encuentro a Serbal y a Lobito zambullidos en una de las fuentes públicas que hay en la plaza. Le saco fotos al enano, que gatea encantado en gayumbos en el estanque y caminamos los cuatro (cinco, si contamos a Beltza) en dirección a la furgo para seguir viaje. Serbal es de estas personas que puede ser elegante en chanclas, con una falda de colores y una camiseta de algodón: camina cimbreando despacio las caderas, asentando bien cada pie que pone en el mundo, sonriendo al sol.
Continuamos hacia Huesca, y cuando se perfilan al fondo los Pirineos yo empiezo a emocionarme. Carreteras de montaña, picos gigantes en el horizonte y yo de nuevo sobrecogida por ese miedo a que algo pueda ser tan grande y tan indiferente a mi pequeña vida. Serbal y Lobito se quedan en Sabiñánigo. Allí el amigo que ha venido a recogerles me regala tomates ecológicos y me invita a colacao mientras me explica la rivalidad entre Huesca y Zaragoza, y que a los de Huesca se les llama Almendraleros, o algo parecido. Serbal le pregunta por el trabajo de la granja y su amigo le explica algo sobre vigilar cabras con espíritu pirenaico. Lobito señala entusiasmado a unas gallinas. "Marina", me dice, "¿has visto a esas pitas?". Me da la impresión de que va a ser feliz en su nueva vida de niño campestre, aunque mientas le veo comer el segundo helado del día me pregunto cómo va a llevar lo de sobrevivir sin Magnum Doble Chocolate. "Algunos helados dan ganas de saltar", me dice, mientras bota contento alrededor de nuestra mesa.
Cuando veo marchar a Serbal y a Lobito se me encoge un poco el corazón. No sé, hay algo trágico en ellos, algo que da muchas ganas de protegerles y llevarles con cuidado igual que les he llevado en la furgo desde Madrid. Les deseo mucha suerte y me da penita verdadera ver cómo se van. Después llamo a Jorge, mi anfitrión en Jaca, para que me explique cómo localizarle y me subo otra vez en la furgo. Últimamente mi vida es un bucle de meter la primera una y otra vez.
Doy un par de vueltas por Jaca, que está muy animado porque hoy ha llegado la vuelta ciclista, y por fin localizo a Jorge y a sus amigos, que juegan un partido de frisbee al final de un parque enorme. Aquí a lo mejor ha llegado el momento de explicar lo que es el couchsurfing y cómo exactamente me lo voy a montar en estos días norteños. Couchsurfing.org es una página para viajeros donde gente de todo el mundo se inscribe para viajar y ofrecer alojamiento y contacto en sus ciudades. En función de tus gustos y tu disponibilidad puedes ofrecer sofá, compañía, un café o lo que te apetezca. Cuando decidí que me iba al norte cayera quien cayese, busqué a gente en couchsurfing desde Picos de Europa hasta Pirineos en cuyo perfil apareciera la palabra climbing, y me dediqué a explicarles que quería escalar, que traía equipo, furgo y ganas, y que lo único que necesitaba era alguien que me enseñara las escuelas y se ofreciera a asegurar. La respuesta fue increíblemente generosa, y al final conseguí perfilar un plan de viaje que empieza hoy en Jaca y que ya he dicho que os iré desvelando a medida que transcurre.
Mientras Jorge termina el partido de frisbee, yo paseo por el parque, miro los montes e intento imaginarme cómo será vivir aquí siempre, cuando en invierno sople el viento frío a través de los árboles y a estas horas la gente esté metida en sus casas con la chimenea (o la calefacción) encendidas. Cuando regreso han terminado de jugar y en cero coma han montado un picnic de veinte notas multiculturales encima de un par de alfombras. Hay cinco tipos de tortilla, un par de tabouleh, un postre irlandés hecho de cereales y chocolate fundido, una cosa llamada pan de pera que a mí me sabe un poco a morcilla. Ofrezco el jerez dulce que he traído de Cádiz y Jorge y yo nos lo vamos pimplando mientras hablamos de escalada. Antes de darme cuenta ya he confesado mis niveles de frikismo (tipo tengo la biografía de Lynn Hill o tipo este viaje se llama el Summer Steinbeck-Hill Project). Jorge asiente y sonríe bastante; no sé si le he caído bien o es el jerez.
Ahora estoy en su piso, en la habitación que tiene para invitados, intentando que la brisa que se cuela por la ventana refresque el aire. Aquí también está haciendo más calor que en mucho tiempo, y parece que no puedo escapar de los áticos recalentados. Le he explicado que tengo que escribir al final de cada jornada, y también que quiero enseñarle mi relato sobre un podólogo, ya que él trabaja en eso. Por cierto, que también he podido preguntarle qué coño motiva a una persona para querer pasarse la vida mirando pies; la respuesta es compleja e interesante, pero me la guardo para dejaros con la intriga y que tengáis que buscar a vuestro propio podólogo.
Este viaje está siendo terriblemente genial y divertido y sólo llevo dos días. Me preocupa. No tengo ni idea de qué vamos a hacer mañana, ni me importa. Creo que Jorge anda dándole vueltas a ver a dónde se lleva a trepar a la gaditana zumbada fanática esta que lleva una foto de Lynn Hill como salvapantallas del móvil. A ver qué pasa.
Y me voy a dormir sumamente feliz y dejándome fluir con las cosas divertidas y sorprendentes que tiene el mundo. Ya os contaré mañana. Sed felices y disfrutad de esta cosa bonita llamada vida.
A las once he quedado en la calle Ferraz con Serbal y Lobito, mis dos pasajeros de hoy. Son sus nicks de la web de compartir coche, obvio, pero me encantan los nombres, y desde que ella me los escribió yo les llamo así en mi mente: Serbal y Lobito. Serbal es alta y guapísima: camina sobre sus chanclas moviendo con suavidad una falda de colores y me mira desde detrás de unos ojos dulces y pelín tristes. Lobito tiene cinco años y medio y observa la furgo medio hosco debajo de su pelo castaño. Beltza, la perra de los dos, se acomoda rápido en la parte trasera y emprendemos el viaje.
Serbal y Lobito marchan a una granja del Pirineo a cambiar trabajo por comida y alojamiento. "Llevo dos años dormida y he despertado en primavera", me explica Serbal. Desde el asiento de detrás, Lobito interrumpe la conversación con un ritmo sincopado de "tengo calor-estoy mareado-me aburro-quiero parar". Pide comida dulce y llora a ratos. En menos de doscientos kilómetros he averiguado que Lobito, igual que yo, tiene un problema con los helados, así que le prometo uno gigante de chocolate blanco en cuanto lleguemos a Zaragoza si es capaz de no pedir paradas más de una vez cada hora. Lo voy sobornando poquito a poco con bizcochitos All Bran, música variada y refuerzo positivo, y así hacemos las tres primeras horas de camino mientras nos vamos contando las vidas.
Serbal es dulce a morir, o a lo mejor es que a mí esto del acento del norte me puede. Me cuenta que en realidad no sabe cuánto tiempo se quedará en la granja o si les irá bien. Está un poco nerviosa, confiesa, pero contenta de haberse puesto por fin en movimiento. "En Madrid me estaba mustiando", dice. Apunta en una libretita algunas de las cosas de las que hablamos: la página de couchsurfing, la dirección de mi blog, Spotify. Es como si llevara mucho tiempo encerrada y ahora tuviera que acostumbrarse de nuevo a ver el mundo.
Llegamos a Zaragoza en medio de un sol de justicia. Allí he quedado con bloguero/a-misterioso/a-cuya-identidad-secreta-no-puedo-desvelar y, por lo mismo, no puedo dar muchos detalles. Sólo diré que disfruto de buena comida y buena charla junto a la basílica del Pilar, y que para cuando terminamos encuentro a Serbal y a Lobito zambullidos en una de las fuentes públicas que hay en la plaza. Le saco fotos al enano, que gatea encantado en gayumbos en el estanque y caminamos los cuatro (cinco, si contamos a Beltza) en dirección a la furgo para seguir viaje. Serbal es de estas personas que puede ser elegante en chanclas, con una falda de colores y una camiseta de algodón: camina cimbreando despacio las caderas, asentando bien cada pie que pone en el mundo, sonriendo al sol.
Continuamos hacia Huesca, y cuando se perfilan al fondo los Pirineos yo empiezo a emocionarme. Carreteras de montaña, picos gigantes en el horizonte y yo de nuevo sobrecogida por ese miedo a que algo pueda ser tan grande y tan indiferente a mi pequeña vida. Serbal y Lobito se quedan en Sabiñánigo. Allí el amigo que ha venido a recogerles me regala tomates ecológicos y me invita a colacao mientras me explica la rivalidad entre Huesca y Zaragoza, y que a los de Huesca se les llama Almendraleros, o algo parecido. Serbal le pregunta por el trabajo de la granja y su amigo le explica algo sobre vigilar cabras con espíritu pirenaico. Lobito señala entusiasmado a unas gallinas. "Marina", me dice, "¿has visto a esas pitas?". Me da la impresión de que va a ser feliz en su nueva vida de niño campestre, aunque mientas le veo comer el segundo helado del día me pregunto cómo va a llevar lo de sobrevivir sin Magnum Doble Chocolate. "Algunos helados dan ganas de saltar", me dice, mientras bota contento alrededor de nuestra mesa.
Cuando veo marchar a Serbal y a Lobito se me encoge un poco el corazón. No sé, hay algo trágico en ellos, algo que da muchas ganas de protegerles y llevarles con cuidado igual que les he llevado en la furgo desde Madrid. Les deseo mucha suerte y me da penita verdadera ver cómo se van. Después llamo a Jorge, mi anfitrión en Jaca, para que me explique cómo localizarle y me subo otra vez en la furgo. Últimamente mi vida es un bucle de meter la primera una y otra vez.
Doy un par de vueltas por Jaca, que está muy animado porque hoy ha llegado la vuelta ciclista, y por fin localizo a Jorge y a sus amigos, que juegan un partido de frisbee al final de un parque enorme. Aquí a lo mejor ha llegado el momento de explicar lo que es el couchsurfing y cómo exactamente me lo voy a montar en estos días norteños. Couchsurfing.org es una página para viajeros donde gente de todo el mundo se inscribe para viajar y ofrecer alojamiento y contacto en sus ciudades. En función de tus gustos y tu disponibilidad puedes ofrecer sofá, compañía, un café o lo que te apetezca. Cuando decidí que me iba al norte cayera quien cayese, busqué a gente en couchsurfing desde Picos de Europa hasta Pirineos en cuyo perfil apareciera la palabra climbing, y me dediqué a explicarles que quería escalar, que traía equipo, furgo y ganas, y que lo único que necesitaba era alguien que me enseñara las escuelas y se ofreciera a asegurar. La respuesta fue increíblemente generosa, y al final conseguí perfilar un plan de viaje que empieza hoy en Jaca y que ya he dicho que os iré desvelando a medida que transcurre.
Mientras Jorge termina el partido de frisbee, yo paseo por el parque, miro los montes e intento imaginarme cómo será vivir aquí siempre, cuando en invierno sople el viento frío a través de los árboles y a estas horas la gente esté metida en sus casas con la chimenea (o la calefacción) encendidas. Cuando regreso han terminado de jugar y en cero coma han montado un picnic de veinte notas multiculturales encima de un par de alfombras. Hay cinco tipos de tortilla, un par de tabouleh, un postre irlandés hecho de cereales y chocolate fundido, una cosa llamada pan de pera que a mí me sabe un poco a morcilla. Ofrezco el jerez dulce que he traído de Cádiz y Jorge y yo nos lo vamos pimplando mientras hablamos de escalada. Antes de darme cuenta ya he confesado mis niveles de frikismo (tipo tengo la biografía de Lynn Hill o tipo este viaje se llama el Summer Steinbeck-Hill Project). Jorge asiente y sonríe bastante; no sé si le he caído bien o es el jerez.
Ahora estoy en su piso, en la habitación que tiene para invitados, intentando que la brisa que se cuela por la ventana refresque el aire. Aquí también está haciendo más calor que en mucho tiempo, y parece que no puedo escapar de los áticos recalentados. Le he explicado que tengo que escribir al final de cada jornada, y también que quiero enseñarle mi relato sobre un podólogo, ya que él trabaja en eso. Por cierto, que también he podido preguntarle qué coño motiva a una persona para querer pasarse la vida mirando pies; la respuesta es compleja e interesante, pero me la guardo para dejaros con la intriga y que tengáis que buscar a vuestro propio podólogo.
Este viaje está siendo terriblemente genial y divertido y sólo llevo dos días. Me preocupa. No tengo ni idea de qué vamos a hacer mañana, ni me importa. Creo que Jorge anda dándole vueltas a ver a dónde se lleva a trepar a la gaditana zumbada fanática esta que lleva una foto de Lynn Hill como salvapantallas del móvil. A ver qué pasa.
Y me voy a dormir sumamente feliz y dejándome fluir con las cosas divertidas y sorprendentes que tiene el mundo. Ya os contaré mañana. Sed felices y disfrutad de esta cosa bonita llamada vida.
Etiquetas:
Escapadas,
Furgoneteo,
Personas,
Summer Steinbeck-Hill Project
jueves, 23 de agosto de 2012
SSHP 1: La tatuadora enamorada y el fluflú de invitados
Me suena el movil a las seis de la mañana. He dormido en ciclos sucesivos de despertarme muerta de calor-poner el aire-despertarme muerta de frío-quitar el aire, y me despierto sintiendo una mezcla entre sueño, resaca y entusiasmo ridículo. Mi casa parece Hiroshima. Ayer me dediqué a dar vueltas por la Bahía pagando las compras del viaje con monedas de dos euros autorrobadas de la hucha que me regaló mi padre, y cuando llegó el momento de hacer el equipaje me había convertido en un manojo inservible de sueño y hambre. Me cociné los restos que encontré en la nevera y me eché a dormir con todo por medio y sin mucho cargo de conciencia. Es mi viaje y me lo follo cuando quiero.
Pero no es exactamente así, porque he quedado a las ocho en Chiclana para recoger a una pasajera con la que voy a compartir coche. Me lo sugirió mi hermano y me pareció una buena idea desde el principio, sobre todo cuando hice el cálculo de cuánto iba a gastar en gasolina si pretendía cruzarme España con la furgo. A las nueve y media, en teoría, deberíamos llegar a Sevilla para recoger al segundo pasajero, que además se ha ofrecido para turnarse conduciendo.
Salgo tarde, como siempre, pero estoy tan contenta de hallarme ya en camino que ni me importa. Enfilo la autovía camino de Chiclana. La zona entre Chiclana y Conil está poblada de asentamientos dispersos, y cuando intento localizar los sitios por aquí es como una versión sólo un poco menos amenazante de "Carretera Perdida". Cris, la pasajera de Chiclana, es una madrileña que me llamó ayer por la tarde explicándome que no tenía forma de llegar hasta San Fernando tan temprano. "Tú tranquila - le dije -, que yo te recojo". Desde que empecé a preparar en serio el SSHP no quiero más que generar buen karma. Como iré desvelando en los próximos días, el proyecto se basa en gran medida en la buena voluntad ajena, así que estoy dispuesta a ponerlo todo de mi parte para devolver generosidad al universo.
Doy vueltas por Chiclana mientras amanece despacio detrás de los campos. La neblina cubre un sol de un amarillo apagado y yo disfruto de la novedad de no tener que poner el aire. Cuando, después de unas cuantas vueltas, llego a la venta donde habíamos quedado, me reciben un chico con rastas y cara de buena persona y una chica alta y pálida con el cuerpo lleno de tatuajes. Ella coloca la mochila en la furgo y, mientras escribo al chico de Sevilla para avisarle de que llegaremos tarde, se come al chaval a besos en la puerta del bar. Hay algo muy tierno en los besos, algo mucho más cariñoso que apasionado, y yo no sé si mirar a otro lado o negarme a ser el volante ejecutor que separe a estos dos chicos tan lindos. En el porche de la venta, unos cuantos hombres mayores toman café y observan el paisaje quieto, mientras la luz de Cádiz va tiñendo el campo del resplandor hiperrealista que me enamora.
Cogemos la carretera que cruza los cultivos. El chico nos sigue en un ciclomotor, y Cris asoma medio cuerpo con la ventanilla mientras le dice adiós con la mano. "Vaya disgusto que tengo", susurra cuando perdemos de vista al chaval, y después empieza a llorar mientras me explica que ella en realidad es una chica dura y fría y sin sentimientos, pero que ahora mismo lo siente muchísimo pero no puede hacer otra cosa.
La historia es de best seller. Se conocieron porque ella, que es tatuadora, entró en el estudio de él, que también es tatuador, cuando estaba pasando unos días en Conil con unas amigas. Se encantaron, ella volvió a Madrid, después regresó a pasar cinco días y ya lleva allí quince. No se quiere ir. Llegó siendo una urbanita escéptica y ahora llora campo a través mientras me explica cómo es la casa del chico, la máquina que ha inventado para destilar el agua, los jabones que fabrica y su costumbre de llevarla por ahí a ver atardeceres y estrellas. Cris ya odia Madrid, la ciudad y todo lo que no tenga que ver con el chico de las rastas y con su corazón atrapado en los campitos de Conil.
Tardamos unos veinte kilómetros en empezar a filosofar de la vida y del amor, y yo empleo todo mi kamizakismo sentimental en animarla. Que es muy difícil esto que te ha pasado, le explico. Enamorarte, que se enamoren de ti y que ambas cosas pasen con la misma persona. Encontrar esta magia pequeña pero potente que te ha sucedido en Cádiz. Esto que te ha cambiado. Que te tomes tu tiempo, claro, pero joder, que de verdad, yo lo daría todo si me pasara algo así. "El día que te encuentre en el camino/ yo dejo todas mis cosas, me quedo contigo", cantaba un tipo al que vi hace unos meses en Youtube. Y es así, de verdad: el día que Te encuentre, lo juro, yo me paro, dejo mis cosas, me quedo contigo. Porque para todo lo demás hay sustitutos, Cris, de verdad: que me lo digan a mí, que me voy sola a escalar y a viajar tirando de Internet y de la buena voluntad de la peña, que trabajo y escribo y vivo como quiero. Pero un ser así no te lo puedes inventar. No puedes escribirlo de la nada, ni moldearlo con arcilla ni diseñarlo por ordenador. Te tiene que pasar, y si te pasa hay que ser agradecido.
Sólo llevamos una hora de viaje y la cosa ya se está poniendo intensa, así que agradecemos que se incorpore Mauricio, el tercer pasajero. Adaptamos la conversación, que imagino que el chaval estará flipando al entrar a las diez de la mañana en un coche cargado de confesiones femeninas, feromonas y resaca emocional. Los tres conectamos bien. Mauricio es desarrollador de videojuegos y me explica cómo eran los frikis antes de que existiese Internet: una tribu que intercambiaba disquetes vía correo y que cubría los sellos con papel celo para poder quitarle después el matasellos con salivilla y reutilizarlos.
Nos coordinamos como una pequeña familia transitoria. Cris duerme a ratos en el asiento trasero y Mauricio conduce un par de horas mientras yo saco fotos con la réflex. Charlamos sobre cooperación, democratización de la cultura, trueques, huertos ecológicos, micromecenazgo. Mauricio está lleno de una fe pragmática en que esta época es un nuevo Renacimiento. Éste también es su primer viaje compartido y va encantado; "me van a faltar estrellitas para valoraros positivamente en la web", me explica.
Para cuando llegamos a Madrid, Cris se ha ofrecido a acompañarme a mirar pies de gato cerca de su casa, Mauricio me llama "comerrocas" y quiere presentarme a amigos que escalan y los tres hemos sucumbido al típico síndrome post-experiencia compartida de "jo-ahora-me-da-pena-que-nos-separemos". Así que aterrizamos en Lavapies, aparco la furgo y esperamos en casa de Cris a que se limpie el tatuaje que su amor chiclanero le hizo llorando ayer. Le extiendo el Bepanthol con suavidad mientras sus gatas nos observan desde el suelo del piso, bebemos algo de agua fría frente al ventilador y salimos en dirección a la calle del Rastro. Allí visitamos varias tiendas de montaña, y al final consigo unos gatos interesantes por muy buen precio mientras me aterrorizo pensando en el porcentaje de sueldo que se me va a quedar el año que viene en estas calles. Volvemos despacio hacia mi furgo y antes de llegar compramos helado para los tres. "No es de Donetes, pero no está mal, ¿no?", dice Mauricio, porque lleva escuchándome hablar del helado de Donetes desde Mérida.
Nos despedimos con penalegría: dícese del sentimiento de pena porque se acaba un rato bueno con gente linda, alegría porque algo ha salido bien. Mientras cruzamos la plaza de Lavapiés, Cris me explica que ayer estuvo a punto de coger un autobús para Madrid, pero que decidió que si encontraba a alguien que la trajera en coche, se quedaba una noche más. "Así que gracias por una noche más", me dice, "ha sido un gran favor, has hecho buen karma". Yo levanto la vista al cielo: "es decir, que el Destino me debe una noche de amor en este viaje, ¿no? Al menos una". Cris y Mauricio están de acuerdo: ya hemos decidido los tres que, por lo menos hoy, el destino está de nuestra parte.
Después de casi morir conduciendo por las calles de Madrid, llego a casa de la PK. Allí es todo pues... como estar con la PK, que es genial de principio a fin. Nos alimentamos exclusivamente de vino y brownies de chocolate, jugamos al bingo, bailamos sevillanas, encadenamos chorradas que muy probablemente no le harían gracia a nadie más. Me lleva encantada a la cocina y me enseña el bote de spray con agua fría que guarda para las noches madrileñas. Después saca otro: "es el fluflú de invitados y es para ti", me explica. Doy palmitas, entusiasmada, y pasamos el resto de la noche flufluseándonos alternativamente.
Ahora estoy escribiendo en la habitación de la abuela de la PK, que podría ser perfectamente la habitación propia de la que hablaba Virginia Woolf. Es enorme y tiene una cómoda, una mesa camilla y un armario más grande que mi casa. La PK ha gruñido un poco cuando me he retirado a escribir, pero le he explicado que TENGO que escribir hoy, que es parte del proyecto. Me apetece contar este día. Ha sido un buen día. Así que insisto y me siento aquí, frente al enorme armario de espejos, a teclear deprisa y con sueño. Barajo la idea de servirme una última copa de vino, pero mañana hay que conducir de nuevo.
El SSHP ha empezado estupendamente. Con su parte Hill (comprar gatos y acariciar embelesada el material de montaña) y su parte Steinbeck (ahora), con gente linda, helados, vino, risa y baile. Va, Jesusito, con que se mantenga así me conformo. Hasta te puedo perdonar el asunto de esa noche de pasión que me debes.
Mañana más, pero no mejor.
Nota: estoy sacando fotos medio decentes con la réflex, pero tendréis que esperar al final del viaje para que las suba.
Pero no es exactamente así, porque he quedado a las ocho en Chiclana para recoger a una pasajera con la que voy a compartir coche. Me lo sugirió mi hermano y me pareció una buena idea desde el principio, sobre todo cuando hice el cálculo de cuánto iba a gastar en gasolina si pretendía cruzarme España con la furgo. A las nueve y media, en teoría, deberíamos llegar a Sevilla para recoger al segundo pasajero, que además se ha ofrecido para turnarse conduciendo.
Salgo tarde, como siempre, pero estoy tan contenta de hallarme ya en camino que ni me importa. Enfilo la autovía camino de Chiclana. La zona entre Chiclana y Conil está poblada de asentamientos dispersos, y cuando intento localizar los sitios por aquí es como una versión sólo un poco menos amenazante de "Carretera Perdida". Cris, la pasajera de Chiclana, es una madrileña que me llamó ayer por la tarde explicándome que no tenía forma de llegar hasta San Fernando tan temprano. "Tú tranquila - le dije -, que yo te recojo". Desde que empecé a preparar en serio el SSHP no quiero más que generar buen karma. Como iré desvelando en los próximos días, el proyecto se basa en gran medida en la buena voluntad ajena, así que estoy dispuesta a ponerlo todo de mi parte para devolver generosidad al universo.
Doy vueltas por Chiclana mientras amanece despacio detrás de los campos. La neblina cubre un sol de un amarillo apagado y yo disfruto de la novedad de no tener que poner el aire. Cuando, después de unas cuantas vueltas, llego a la venta donde habíamos quedado, me reciben un chico con rastas y cara de buena persona y una chica alta y pálida con el cuerpo lleno de tatuajes. Ella coloca la mochila en la furgo y, mientras escribo al chico de Sevilla para avisarle de que llegaremos tarde, se come al chaval a besos en la puerta del bar. Hay algo muy tierno en los besos, algo mucho más cariñoso que apasionado, y yo no sé si mirar a otro lado o negarme a ser el volante ejecutor que separe a estos dos chicos tan lindos. En el porche de la venta, unos cuantos hombres mayores toman café y observan el paisaje quieto, mientras la luz de Cádiz va tiñendo el campo del resplandor hiperrealista que me enamora.
Cogemos la carretera que cruza los cultivos. El chico nos sigue en un ciclomotor, y Cris asoma medio cuerpo con la ventanilla mientras le dice adiós con la mano. "Vaya disgusto que tengo", susurra cuando perdemos de vista al chaval, y después empieza a llorar mientras me explica que ella en realidad es una chica dura y fría y sin sentimientos, pero que ahora mismo lo siente muchísimo pero no puede hacer otra cosa.
La historia es de best seller. Se conocieron porque ella, que es tatuadora, entró en el estudio de él, que también es tatuador, cuando estaba pasando unos días en Conil con unas amigas. Se encantaron, ella volvió a Madrid, después regresó a pasar cinco días y ya lleva allí quince. No se quiere ir. Llegó siendo una urbanita escéptica y ahora llora campo a través mientras me explica cómo es la casa del chico, la máquina que ha inventado para destilar el agua, los jabones que fabrica y su costumbre de llevarla por ahí a ver atardeceres y estrellas. Cris ya odia Madrid, la ciudad y todo lo que no tenga que ver con el chico de las rastas y con su corazón atrapado en los campitos de Conil.
Tardamos unos veinte kilómetros en empezar a filosofar de la vida y del amor, y yo empleo todo mi kamizakismo sentimental en animarla. Que es muy difícil esto que te ha pasado, le explico. Enamorarte, que se enamoren de ti y que ambas cosas pasen con la misma persona. Encontrar esta magia pequeña pero potente que te ha sucedido en Cádiz. Esto que te ha cambiado. Que te tomes tu tiempo, claro, pero joder, que de verdad, yo lo daría todo si me pasara algo así. "El día que te encuentre en el camino/ yo dejo todas mis cosas, me quedo contigo", cantaba un tipo al que vi hace unos meses en Youtube. Y es así, de verdad: el día que Te encuentre, lo juro, yo me paro, dejo mis cosas, me quedo contigo. Porque para todo lo demás hay sustitutos, Cris, de verdad: que me lo digan a mí, que me voy sola a escalar y a viajar tirando de Internet y de la buena voluntad de la peña, que trabajo y escribo y vivo como quiero. Pero un ser así no te lo puedes inventar. No puedes escribirlo de la nada, ni moldearlo con arcilla ni diseñarlo por ordenador. Te tiene que pasar, y si te pasa hay que ser agradecido.
Sólo llevamos una hora de viaje y la cosa ya se está poniendo intensa, así que agradecemos que se incorpore Mauricio, el tercer pasajero. Adaptamos la conversación, que imagino que el chaval estará flipando al entrar a las diez de la mañana en un coche cargado de confesiones femeninas, feromonas y resaca emocional. Los tres conectamos bien. Mauricio es desarrollador de videojuegos y me explica cómo eran los frikis antes de que existiese Internet: una tribu que intercambiaba disquetes vía correo y que cubría los sellos con papel celo para poder quitarle después el matasellos con salivilla y reutilizarlos.
Nos coordinamos como una pequeña familia transitoria. Cris duerme a ratos en el asiento trasero y Mauricio conduce un par de horas mientras yo saco fotos con la réflex. Charlamos sobre cooperación, democratización de la cultura, trueques, huertos ecológicos, micromecenazgo. Mauricio está lleno de una fe pragmática en que esta época es un nuevo Renacimiento. Éste también es su primer viaje compartido y va encantado; "me van a faltar estrellitas para valoraros positivamente en la web", me explica.
Para cuando llegamos a Madrid, Cris se ha ofrecido a acompañarme a mirar pies de gato cerca de su casa, Mauricio me llama "comerrocas" y quiere presentarme a amigos que escalan y los tres hemos sucumbido al típico síndrome post-experiencia compartida de "jo-ahora-me-da-pena-que-nos-separemos". Así que aterrizamos en Lavapies, aparco la furgo y esperamos en casa de Cris a que se limpie el tatuaje que su amor chiclanero le hizo llorando ayer. Le extiendo el Bepanthol con suavidad mientras sus gatas nos observan desde el suelo del piso, bebemos algo de agua fría frente al ventilador y salimos en dirección a la calle del Rastro. Allí visitamos varias tiendas de montaña, y al final consigo unos gatos interesantes por muy buen precio mientras me aterrorizo pensando en el porcentaje de sueldo que se me va a quedar el año que viene en estas calles. Volvemos despacio hacia mi furgo y antes de llegar compramos helado para los tres. "No es de Donetes, pero no está mal, ¿no?", dice Mauricio, porque lleva escuchándome hablar del helado de Donetes desde Mérida.
Mía y Musa, las gatas de Cris
Nos despedimos con penalegría: dícese del sentimiento de pena porque se acaba un rato bueno con gente linda, alegría porque algo ha salido bien. Mientras cruzamos la plaza de Lavapiés, Cris me explica que ayer estuvo a punto de coger un autobús para Madrid, pero que decidió que si encontraba a alguien que la trajera en coche, se quedaba una noche más. "Así que gracias por una noche más", me dice, "ha sido un gran favor, has hecho buen karma". Yo levanto la vista al cielo: "es decir, que el Destino me debe una noche de amor en este viaje, ¿no? Al menos una". Cris y Mauricio están de acuerdo: ya hemos decidido los tres que, por lo menos hoy, el destino está de nuestra parte.
Después de casi morir conduciendo por las calles de Madrid, llego a casa de la PK. Allí es todo pues... como estar con la PK, que es genial de principio a fin. Nos alimentamos exclusivamente de vino y brownies de chocolate, jugamos al bingo, bailamos sevillanas, encadenamos chorradas que muy probablemente no le harían gracia a nadie más. Me lleva encantada a la cocina y me enseña el bote de spray con agua fría que guarda para las noches madrileñas. Después saca otro: "es el fluflú de invitados y es para ti", me explica. Doy palmitas, entusiasmada, y pasamos el resto de la noche flufluseándonos alternativamente.
Ahora estoy escribiendo en la habitación de la abuela de la PK, que podría ser perfectamente la habitación propia de la que hablaba Virginia Woolf. Es enorme y tiene una cómoda, una mesa camilla y un armario más grande que mi casa. La PK ha gruñido un poco cuando me he retirado a escribir, pero le he explicado que TENGO que escribir hoy, que es parte del proyecto. Me apetece contar este día. Ha sido un buen día. Así que insisto y me siento aquí, frente al enorme armario de espejos, a teclear deprisa y con sueño. Barajo la idea de servirme una última copa de vino, pero mañana hay que conducir de nuevo.
Dándome al fluflú en mi habitación Virginiawolfense
Mañana más, pero no mejor.
Nota: estoy sacando fotos medio decentes con la réflex, pero tendréis que esperar al final del viaje para que las suba.
Etiquetas:
Escapadas,
Furgoneteo,
Personas,
Summer Steinbeck-Hill Project
martes, 21 de agosto de 2012
Norte
Jo. Alguien debería decirte lo mona que eres mientras aún eres mona.
De vuelta en Cádiz. Entro por la puerta del ZAL* después de un viaje en coche lento y ahorrativo y me sorprende el orden. ¿Estaré mutando a una adulta responsable que recoge su casa antes de marchar de viaje? ¿Se deberá todo a la autolimpiabilidad del Zulo? Me resulta extraño y genial estar otra vez aquí, que todas estas cosas sean mías y que nadie vaya a venir a interrumpirme. Recupero despacio a la Marina adulta a la que últimamente llaman "señora" por defecto.
Ahora estoy sentada con el aire acondicionado a tope, un par de velas encendidas y una botella de Comportillo a medias sobre el escritorio, así que reina un cierto ambiente satánico-alcohólico la mar de estimulante. ¿Por qué el vino? Pues por qué no, digo yo. Sobre todo, teniendo en cuenta que me he puesto perdida asesinando el corcho con un cuchillo porque tengo el sacacorhcos en la furgo. No me apetece escribir sobre nada porque estoy demasiado distraida con el SSHP; quiero coger ya el coche y tirar millas. El norte (El Norte) siempre ha tenido para mí una cualidad mágica. Lo conocí con los scouts, y nunca olvidaré la primera vez que viajamos a Asturias y amanecí en el autobús observando incrédula los prados a través de la ventanilla. Era como un anuncio de Central Lechera Asturiana. Mi infancia de niña andaluza que no tiene zapatos impermeables y asume el sol como una presencia segura se veía sacudida una vez al año por esos viajes al territorio del verde, de las vacas, de la gente que preguntaba de dónde éramos en cuanto nos escuchaba el acento.
No sé si sería capaz de vivir en El Norte o, si me apuras, en cualquier sitio de Despeñaperros hacia arriba. Quiero creer que sí: me calzaría las botas de Gore-Tex de modo permanente y me dedicaría a olfatear los prados y a patear las montañas. ¿Os he contado que la primera vez que besé a un chico fue en Asturias? Habíamos terminado la ruta del Cares y cnocí a un madrileño con los ojos azules y un colmillo torcido, que me eligió de entre todas mis amigas para darnos el lotazo sobre una caseta de electricidad. Se escuchaba el sonido del río y nos chocaban los dientes al besarnos, y me toqueteó con cierta gracia el broche de mi sujetador simbólico.
A pesar de que me confieso adicta a la sobredosis de luz gaditana, a los asombrosos matojos que resisten a la sequía y a las grandes planicies inundadas de agua, creo que necesito mi ración anual de Norte. Llego allí y doy palmitas entusiasmada observando los ríos, las extensiones de verde y la sensación de que hay algo por encima de ti: una naturaleza más impredecible y poderosa que la que tenemos aquí abajo.
Cuando viajamos a Cantabria hace unos años, J. y yo quisimos hacer una ruta a pie por el parque natural de Saja-Besaya. A J. el campo se la pela mortal, pero yo ya entonces echaba de menos el pateo y el olor a hierba, así que nos plantamos nuestras botas, metimos unas cuantas barras de muesli en la mochila y empezamos a caminar. No sé cómo nos pasamos el comienzo de la senda que marcaba la verdadera ruta, pero a medida que subíamos y cada vez había más vacas, más niebla y menos árboles, los dos empezamos a inquietarnos un poco. A las malas volvemos por donde hemos venido, decía yo. Nos dimos la vuelta, de hecho, y cuando nos quedaba poco para llegar al coche nos topamos con el comienzo de la senda correcta. Diez kilómetros, ponía. Eso se hace en dos horas largas, calculé muy puesta, así que todavía nos da tiempo.
De aquel paseo recuerdo cierto ambiente de proyecto de la bruja de Blair a medida que el sendero se internaba entre los árboles y la tarde caía despacio en medio de la niebla. No es que tuviera miedo-miedo, porque el camino estaba bastante claro y la opción de volver siempre permanecía pero, a medida que caminábamos más y más, cada vez me parecía más terrible tener que dar la vuelta, y la idea de la noche cayendo sobre nuestros cuerpos poco protegidos me asustaba. A veces teníamos que apartarnos del sendero porque estaba lleno de vacas o de caballos, y de vez en cuando algún animal salvaje de cuyo nombre no puedo acordarme (¿venados? ¿corzos?) cruzaba veloz el camino entre nuestros "ahs" asombrados.
Al final llegamos a una casa donde un mastín cántabro de 90 kilos casi nos asesina. De aquella excursión, que no fue nada del otro mundo, se me quedó esa inquietud de no controlar del todo lo que te rodea y de darte cuenta de lo lejos que estás de lo conocido. También me admiró la forma en que J. se tragó su miedo para cogerme de la mano y decirme que estuviera tranquila, que no iba a pasar nada.
Pensaba explicar con más detalle mis planes sobre el SSHP, pero creo que lo voy a ir contando a medida que suceda. Así es más emocionante. Sobre los preparativos diré que están siendo más bien cutres. Esta tarde la he pasado nadando en la piscina de Cortadura y dando vueltas desconcertada por el Carrefour, tratando de recordar qué coño había ido yo a comprar allí. Me planteo si ingresar mi hucha de monedas de dos euros o acarrearla conmigo en la furgo como reserva de emergencia. He de comprarme unos pies de gato nuevos en algún punto de la ruta, ya que los míos han decidido quedarse sin puntera, así que busco por internet compañeros de coche para ahorrar en gasolina y poder gastar en material de montaña. Todo un poco anárquico, francamente.
De momento, anticipo que la primera parada es el barrio de Chamberí y la casa de la PK. Pocas formas mejores se me ocurren para empezar un viaje que pasando una noche con una de mis personas favoritas. Beberemos vino, comeremos algo con rúcula y nos echaremos fluflú de agua fría a media noche para aguantar el calor madrileño. Hablaremos, nos reiremos y nos resarciremos de la extrañeza física de pasar tanto tiempo sin vernos. El jueves saldré a una hora indeterminada camino de Jaca, en el Pirineo aragonés. Digo Pirineo y me da saltitos el estómago, verídico. Y todo esto sucederá con el portátil a cuestas y una batería auxiliar para la furgo que me pienso agenciar mañana en el Leroy Merlin. Porque ya sabéis que mi vida pierde mucho la gracia si no os la cuento a vosotros.
Tengo la tecla suelta a fuerza de Comportillo, así que lo voy a dejar mientras decido de la forma más objetiva posible si debería o no bajar a la calle a por un helado de Donetes. Mañana vagaré sin rumbo por otro par de establecimientos y acabaré por tirar millas con un equipaje precario encomendándome a San Cristóbal (patrón de los viajes) y a Santa Rita (patrona de los imposibles). Preparar equipajes nunca fue lo mío. Casi que prefiero ir llenándolos con lo que encuentre por el camino.
*ZAL: Zulo AutoLimpiable. Zulo porque es pequeño, AutoLimpiable porque me lo limpia una señora. Marina: pensando en los lectores despistados desde 1985.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


