Esta mañana me levanto otra vez en modo shiny happy people. Suena la alarma a las seis y media y ahí estoy yo: extremadamente avionil, fresca como una lechuga y cantando las maravillas de la alimentación paleo. Pongo la cafetera, bebo agua fría, me masajeo la cara con las manos como leí en alguna revista que hay que hacer para que se te quite la hinchazón matutina. Tap, tap, tap, hacen las puntas de mis dedos por debajo de mis ojos.
Me doy una ducha rápida, me visto con vaqueros y camiseta, miro mi culo en vaqueros desde unos cuantos ángulos y salgo a la calle. Me encantan estos momentos matutinos de limpieza y silencio, y el color azulón del cielo detrás de las paredes de las casas. Saludo al barrendero junto a mi portal y chancleteo con gracia hasta el autobús, que espera con paciencia de animal dormido a que den las ocho menos veinte.
Me siento junto al fluorescente que más alumbra y saco el libro que estoy leyendo: "La última hora", de David Benioff. Normalmente intento aprovechar el autobús para estudiar un poco, pero hoy es lunes y me merezco ficción. Empiezo a leer deprisa, absorta en la historia. De Benioff me entusiasmó "Ciudad de ladrones" y también "Descalza sobre el trébol", una recopilación de cuentos que compré hace poco. "La última hora" tarda en arrancar, pero cuando te quieres dar cuenta te ha envuelto en un ritmo trepidante y en una compasión exquisita hacia sus personajes. El autobús avanza por San Fernando, cruza la bahía en dirección a Cádiz y yo no hago más que calibrar mentalmente la relación tiempo-páginas que me quedan antes de llegar al hospital.
Al final no tengo más remedio que bajarme y todavía no he terminado el libro. Miro la hora y descubro que todavía son las ocho y diez. Normalmente llego a esta hora, subo andando las nueve plantas hasta endocrino para entrenar pulmones, me pongo la bata y zascandileo un poco antes de entrar en la sesión clínica. Pero hoy estoy sumamente preocupada por la suerte del protagonista, así que decido acercarme al paseo y terminar el libro.
Hay momentos en la vida que deben ser honrados, y sin duda terminar un buen libro es uno de ellos. Uno debe atacar el final con avidez, determinación y cierta reverencia. En las últimas páginas un autor puede cubrirse de gloria en el buen y en el mal sentido. El sello de esa novela en tu corazón y la impronta que deje no podrá apartarse de la suerte final de sus personajes.
Cruzo la avenida por el semáforo y camino deprisa los cincuenta metros que me separan del paseo. Ya casi ha amanecido del todo esta luz loca e intensa de Cádiz, y la acera está salpicada de corredores voluntariosos y paseantes resignados. Desde que trabajo, siempre pienso que los que pasean por el paseo marítimo son deprimidos que practican la activación conductual. Eso es deformación profesional y lo demás tonterías. Pasa un carrito de limpieza despidiendo chorros de agua a ambos lados, y cuando llega a donde yo estoy, el empleado baja educadamente los aspersores para no mojarme. Agradezco con un gesto de la mano su amabilidad y me siento en un banco frente al enorme y hermoso Atlántico.
Y allí, a las ocho y cuarto de la mañana, sin prisa pero sin pausa, termino el libro. He de decir que Benioff lo cierra muy bien. Lo cierra muy, muy brillantemente, y yo respiro tranquila, porque el recuerdo de "La última hora" será ya siempre redondo y bonito en mi cerebro. Me quedo un momento suspendida en este instante: la quietud de la playa y también la quietud momentánea de la mente cuando acabas de terminar un libro. Ese salto sobre el vacío entre la ficción y tu realidad. Recuerdo que hace un año y pico, cuando trabajaba en el equipo y estaba un poco depre, mirar la playa por la mañana me ponía triste. Era como un mundo de libertad y belleza al que no tenía acceso porque me obligaban a encerrarme en un despacho. Hoy, sin embargo, he tenido este momento de libertad y belleza y he honrado el final de las palabras de Benioff, y eso me alegra.
Hace un par de días pensaba en la buena fama que tienen los libros y en si será merecida. En que, a lo mejor, leer un libro no es ni más ni menos intelectual o kármicamente beneficioso que ver una peli o jugar al ajedrez. Ahora me digo que los buenos libros tienen esta cualidad mágica: crear momentos entre tus momentos, como cuando en matemáticas nos enseñaban que entre un par de números cualquiera cabe el infinito. Los libros son tan grandes porque enseñan que la alegría verdadera de la belleza está siempre, literalmente, al alcance de nuestra mano.
Y después de cerrar la novela, me congratulo porque es bonita y porque ya tengo tema para el post de hoy y me dirijo, volando sobre mis alas de avioncito existencial, a empezar un nuevo día en el hospital de Cádiz.
lunes, 10 de septiembre de 2012
miércoles, 5 de septiembre de 2012
El lector
El lector nunca se aburre. Acepta, y
casi se diría que busca, las colas en los bancos, la espera en el
dentista, la impuntualidad de la cita para tomar café o ir al cine.
Sabe que es una oportunidad única para sacar el libro que tiene
entre manos y atacarlo con la alegre perversidad del que abre la
nevera a escondidas y mete el dedo en el pastel de chocolate o en la
masa cruda de las croquetas.
El lector sabe encontrar la bondad en
los ojos de la gente. Porque, a fuerza de observar vidas ajenas, ha
aprendido que todos tenemos nuestras secretas motivaciones y nuestras
historias, y que en la buena literatura incluso el personaje más
cruel es digno de amor. Un amor que nace de nuestra intención de
averiguar más sobre él; que, como decía Kundera, es un preguntar
constante. Por eso el lector busca y encuentra la bondad y la
belleza: porque sabe que la redención siempre es una posibilidad.
El lector es generoso. Desea que todos
compartan con él la alegría y la sabiduría que le dan las páginas
escritas. Por eso, la primera solución que piensa para los problemas
ajenos siempre es un libro, y los va apuntando en post-it amarillos y
en el reverso de los tickets de la compra para repartírselos a
amigos y familia. Ellos los cogen con cierta reserva, sin tener la
mayoría de las veces la intención de buscar o leer el libro, y no
saben que en esas letras garrapateadas deprisa el lector les está
entregando su secreto para la felicidad. Porque él cree de verdad
que en un buen libro puede estar la diferencia entre saber o no una
lección importante, o entre un día estupendo y un día de mierda.
Porque ha encontrado en la ficción la comprensión de la realidad
más profunda que conoce.
El lector es optimista. Sabe que su
afición es barata y que apenas necesita de esfuerzo físico, por lo
que estará ahí disponible hasta en los peores momentos. En las
gripes, los largos viajes en tren y las dolorosas rupturas
sentimentales. Sabe que, incluso cuando todo lo real parezca negro,
sus libros, esos animalitos dormidos, seguirán escondiendo bajo las
cubiertas una promesa de luz. Sabe que la verdad y la belleza le
corresponden como ser humano y que las tiene mucho más cerca que el
resto de la gente.
El lector es un cotilla disfrazado, un
voyeur con buena fama, un curioso insaciable que sabe que el motor de
su existencia no puede ser otro que el mismo que, cada vez que tiene
un libro entre las manos, le impulsa a seguir pasando las páginas
una tras otra, aunque mañana tenga que currar o le estén esperando
para comer. Ama la vida y sus posibilidades y sabe, a veces de manera
consciente y a veces inconsciente, que en ella suceden
cosas buenas y malas, pero que lo que hace que merezcan la pena no es su dudosa moralidad ni un esperado final feliz, sino la intensidad,
a veces dolorosa, que convierte la materia de nuestra existencia en una buena historia.
El lector, sobre todo, lee. ¿Por qué?
Porque le gusta.
Superando positivamente la depresión posvacacional
Estoy en el mostrador de una de las
plantas del hospital. No tengo muy claro en cuál, porque llevo todo
el día dando vueltas atendiendo interconsultas y ya hace un par de
horas que me desorienté. Apoyado en la mesa, mi jefe escribe una
historia mientras yo charlo con la MIR de psiquiatría, que
curiosamente es de Gijón.
El hospital es como 13 Rue del
Percebe, pero en triste. Un montón de habitaciones, un montón de
historias y el drama mezclándose con la risa. A mí se me graban en
la retina las caras de la gente como fotografías de colores vivos.
La chica con sospecha de anorexia que pesa treinta y cuatro kilos,
sentada en la cama como los niños cuando los llevan a las
operaciones, manoseando distraída un peluche de Hello Kitty. El
señor al que tuvieron que quitarle la laringe y que ahora escribe en
letras desiguales en un cuadernillo azul como los que tenía yo para
el vocabulario de inglés. “Yo tengo mucha paciencia, porque he
estado 34 años embarcado”, explica con su bolígrafo. Del
estómago le sale un tubo por el que circula un líquido amarillento,
y la piel surcada de hematomas se hincha alrededor como un globo de
cumpleaños.
Ahora estoy un poco aburrida, pasando
el peso de un pie al otro mientras la MIR teclea en su iPhone. Me
pregunto qué hora es. Tengo hambre y me toca pasar la tarde aquí.
He traído un tupper para poder comer en la calle y no pasar todo el
día encerrada.
Entonces giro la cabeza hacia la
habitación que tengo justo detrás y veo a una señora mayor de piel
muy blanca y a una adolescente alta de piel oscura y largo pelo
negro. No sé qué le pasa a la chica, pero a pesar de que está de
pie frente al asiento del acompañante y viste ropa de calle, no
parece estar bien. Hay algo extraño en sus gestos: cierta lentitud,
cierto aplanamiento. Quizá un retraso mental o un trastorno del
comportamiento, o quizá yo me estoy apresurando y sobreestimando mi
ojo clínico.
El caso es que la mujer mayor está
mirando muy fijamente a la chica, sonriendo un poco, y le pasa la
mano abierta por delante de la cara. Arriba, y la chica abre los
ojos. Abajo, y los cierra despacio. Lo hace varias veces con un
murmullo que parece una canción de cuna. En un momento dado, empuja
con suavidad la frente de la chica, con un toque apenas perceptible,
y ella sonríe y se deja caer en la silla, inclina la cabeza y se
duerme. Entonces la señora la besa en la nariz y la frente, y justo
en ese momento se vuelve hacia mí y yo retiro la mirada,
avergonzada, como si me hubieran pillado espiando.
Me quedo pensando en la vida como
códigos secretos, intercambios de ternura o mudas corrientes de
hipnosis como las que siempre menciona Anxo. Preguntándome qué se oculta debajo del iceberg de esta pequeña
escena. Me llegan la calidez y la ternura, pero no lo entiendo del
todo, y recuerdo que en el fondo no sabemos nada de lo que esconde la
gente. Cuando logro aprehender algo de ese tesoro escondido, aunque sea un poco, es como meter la mano en un cofre y sacar una brillante moneda de plata. Y una vez más, mientras mi jefe mete la hoja de interconsulta
en la historia del paciente, y la MIR cierra la tapa del móvil, y la
señora de la habitación entorna la puerta, me asombro de una forma
tonta de poder venir aquí todos los días y que me paguen por ello.
domingo, 2 de septiembre de 2012
SSHP 11 y 12: agridulzura, retorno, conclusiones y cierre
WARNING: Post Obscenamente Largo Y Autocompasivo.
(Iba a poner las iniciales, pero me ha dado la risa)
El último día del viaje es raro. Me
doy cuenta de que Joaco, sus sándwiches, sus gemelos y sus “calla,
ho” han sido una perturbación en la Fuerza. De repente no sé qué
hacer ni a dónde ir. Me siento sola y absurda, no sé si llamarle,
pienso que debería dedicarme a descansar, o quizá incluso tirar ya
hacia Cádiz. Y aunque hace sol y Pablo me ha invitado a ir con ellos a nosequé poza paradisiaca, reservo un
hostal en el centro de Gijón y me marcho a la playa hasta que llega
la hora de poder entrar en la habitación. Llevo todos estos días
acompañada y tranquila, fluyendo con confianza en el viaje en
particular y en la vida en general, y ahora es como que todo se me
atasca, y me pierdo buscando la playa, me siento sucia y no quiero
más que dormir. Voy a un Mercadona y me proveo de crema depilatoria,
hidratante y un rímel. Como en un chino y después me dedico a
lavarme y a dormir con intensidad en la estupenda habitación del
hostal. Cuando abro la puerta y veo la enorme cama pienso que, de
hecho, casi que preferiría tirarme a la habitación antes que a
Joaco.
Pero no debe de ser verdad, porque
cuando me informa de que se va con los colegas a la Fiesta de la Sidra, en Villaviciosa, me apunto sin pensármelo dos veces. No tengo
ropa decente ni limpia, pero tiro la casa por la ventana y me compro
unos vaqueros en el Stradivarius, como una versión cutre y barata de Pretty
Woman. A mi favor diré que, como ya expliqué, llevaba un tiempo
buscando vaqueros. Después me pinto los ojos, me unto de crema, me
recorto un poco el flequillo con las tijeras de las uñas y suspiro.
Me miro al espejo: esto es lo que hay. No hay mucho más. Quiero
decir, que sí lo hay, que joder, soy una persona estupenda, pero eso
Joaco no lo ha visto o bueno, sí que lo ha visto, pero soy estupenda
modo ando contigo por el monte, no modo me encierro contigo en una
habitación con una caja de condones y un paquete de muesli.
En la cena me lo paso como los indios.
Y eso es lo peor, que me lo estoy pasando como los putos indios,
porque los amigos de Joaco son encantadores y están muy borrachos,
son muy asturianos y cantan muy alto, me animan a mí para que
cante y cuando me quiero dar cuenta estoy improvisando fandangos y
todo el bar me da palmas. Eduardo, un chico alto con una cara dulce y
familiar, no para de mirarme y sonreír borracho; “tienes una
energía muy linda”, me cuenta, “se nota que eres muy sensible”.
Explícaselo a tu amigo, me entran ganas de decirle, a tu amigo el
moreno de ojos claros con la camiseta celeste, que baila como si el
mundo y la pista le pertenecieran, que me trae café a la furgo y me
llama “Marinuca”, que sin quererlo vuelve a despertar al león
hambriento que llevo en el estómago y después lo deja mordiéndose las garras.
Al final... pues bueno, tampoco quiero
entrar en detalles, porque incluso a mí me parece todo demasiado
íntimo y humillante, pero aunque puedo comprobar que Joaco,
además de todo lo anterior, besa que-te-cagas, la noche la acabo
sola y algo bebida, durmiendo en el asiento de la furgo cubierta con
el edredón porque no quiero que me haga soplar la policía en la
rotonda de Villaviciosa. Es un final bastante triste y sórdido para
un viaje precioso, y me paso todo el camino hasta Gijón regañándome.
Eres una absurda, Marina, joder, estás chiflada y no eres capaz de
interpretar señales ni de asumir cosas, eres un ser impar que no
capta las frecuencias que le corresponden y tienes una incapacidad
patológica para despertar en los demás el interés y el cariño que
tú experimentas con tanta facilidad. Eres absurda, insisto, absurda
e impulsiva, y por culpa de ser absurda has pagado una habitación de
hostal en la que no vas a dormir, y te vas a presentar media hora
tarde y con resaca a recoger al notas del coche compartido, y vas a hacerte un
viaje de diez horas en coche habiendo dormido una, en tu coche y
borracha, y estás, como diría tu tía Maripaz, gilipollas del
cuerpo entero.
Todo esto voy diciéndome por el
camino, y para cuando recojo a Alejandro, mi compañero de coche
compartido, no puedo parar de pedirle perdón y de contarle mis
movidas con la misma verborrea incontenible que tenía Cris el
primer día del SSHP, hace ya como un millón de años. Alejandro,
que es un jipi nervioso de treintaymuchos con botas de montaña y una
larga trenza gris, debe de estar flipando, pero al menos se presta a
conducir primero y escucha toda la historia de Joaco con la
resignación del que no tiene otro medio de viajar a Cádiz. Poco a
poco me tranquilizo, tomamos café, echamos gasolina, me separo con
una pena intensa de las montañas verdes y cautivadoras de Asturias y
todo se va normalizando. Hablamos durante las diez horas de viaje de amor, música y viajes compartidos. Elaboramos una lista de reglas de las relaciones para La Nueva Marina, a saber:
- La Nueva Marina ya no le entra ni a Dios. El que quiera algo, que me busque, y quizá me pierda algunos besos pero voy a ganar paletadas de dignidad.
- La Nueva Marina no mezcla el alcohol con los hombres.
- La Nueva Marina no lo intenta de nuevo con tíos de su pasado (con matices si se trata de J).
- La Nueva Marina intenta relajarse y confiar en el proceso, aunque no tenga muy claro qué significa eso.
Alejandro añade: "la nueva Marina no es tan dura consigo misma", y a mí me gusta tanto que me alegro y vuelvo a recordar
todo lo bonito y la manera en que la Vida, con mayúsculas, me ha
cuidado en estos doce días. Tanto, tanto me ha cuidado que hasta en
el día en que la lío parda y termino borracha y sola en el asiento
de mi furgo me manda a este chico paciente para conducir y charlar
conmigo en el camino a casa.
Ahora, mientras escribo esto, me entra
una ternura profunda hacia mí misma y bastante agradecimiento. La
llegada a Cádiz ha sido traumática. Todo este viento, la
desproporcionada luz, de nuevo el calor y yo pensando que no sé, de
verdad que no sé, cómo voy a ir mañana a trabajar, cómo voy a
reincorporarme a mi vida después de estos doce días. Porque
estoy ilusionada con el otoño, como siempre, y tengo proyectos,
amigos, mi precioso piso, más ganas de escalar que nunca, pero este
viaje ha sido una maravilla, uno de estos paréntesis hermosos y
relucientes en Matrix que te hacen recuperar fe perdida, emociones
dormidas, confianza en el proceso.
Al final es un poco eso con lo que me
quedo. Cuando en el viaje dejé de confiar en el proceso, cuando
empecé a forzar y a apretar en el mal sentido, noté cómo la cosa
se torcía, cómo me tensaba y estaba a punto de destruir algo
bonito. Joaco me ha llamado mientras conducía de vuelta, afortunadamente.
Estaba resacoso, contento como siempre y, según sus propias
palabras, “extremadamente avionil”. Me alegra comprobar que no me
odia ni me ignora. Me duele, de verdad que me duele, ver otra vez que
determinadas cosas, determinadas personas que son como países
ignotos y bellos, parecen ser para otros, y que desde hace un tiempo
esa parte de la vida me la han vetado. Y me jode, no puedo
evitarlo, me jode, y lo estoy escribiendo aquí porque creo que
merece la pena decirlo sin vergüenza. Es una putada irte de viaje
sola a escalar por ahí, dormir en tu furgo, conocer a gente
maravillosa de verdad, trepar mucho y bien, ver paisajes hermosos,
sentirte viva y valiente y, aun así, tener que afrontar el rechazo y
la verdad dolorosa de que no lo puedes controlar todo, y que todo tu
amor, tu ilusión y tus ganas de querer y cuidar no sirven para nada
antes las uñas crudas de la realidad.
A lo mejor me estoy poniendo
dramática (recordemos que he dormido una hora), pero es así como me
siento ahora. Infinitamente agradecida, sin duda, de que todo haya
salido bien. Ni un contratiempo, ni un robo, ni una pérdida
importante más allá de un pendiente en Jaca y otro en Gijón. Gente
generosa, buen tiempo, actividades variadas y una alegría casi
constante. Pero también esto. Esta soledad. Esta distancia.
Llego a casa y no me ducho, no deshago
el equipaje, no ceno; me siento en la mesa del salón frente al
secreter, porque la silla me la he dejado en la furgo, y escribo
estas cuatro páginas del tirón. Tengo la esperanza de sentirme
mejor al hacerlo, pero ya veis: casi he llegado al final y no me
siento mejor. Estoy triste. Me da pena que todo se haya terminado.
Los preparativos, los planes, los contactos, los números de móvil
apuntados en la agenda con las ciudades detrás (“Jorge Jaca”,
“Bea Polientes”, “Joaquín Gijón”), pensar dónde voy a
dormir hoy o qué voy a comer, los paisajes, la voz monótona pero
tremendamente útil del GPS, la admiración por los paisajes.
Sólo me queda recordar que hoy,
mientras conducía de camino a Cádiz y charlaba con Alejandro, me ha
entrado un ramalazo extraño de ganas de ver pacientes, y que bueno,
la vida sigue, y si soy lista archivaré los ojos de Joaco en el
rincón de mi corazón donde guardo los sentimientos inútiles, los
arbolitos extraños y torcidos que me crecen en el alma, e intentaré
vivir como en este viaje. Intensamente en el presente, escuchando
mucho, abriendo mucho los ojos, confiando en que todo va a salir
bien. Siendo agradecida por todo lo que se me ha dado y generosa con
una vida que es más que generosa conmigo.
Con esto termino la crónica del SSHP,
que podemos calificar como un éxito. Si os digo la verdad, nunca
pensé que realmente fuera a hacerlo, es decir: me veía viajando,
pero no pensaba que fuera a lograr escalar o relacionarme con
desconocidos. Este alien chalado y con piercing que ha poseído mi
cuerpo se lo monta bastante mejor de lo que yo pensaba. A lo mejor es
a ella a quien tengo que darle más las gracias.
SSHP 10: Mr. Brightside, seisbegradista y el maldito karma
El viernes emerjo de la furgo con el estómago
hecho una basurilla. Tanto es así que le mando un whassap a Joaco
para decirle que paso de manifa, pero él me llama antes de leerlo y
da tan por sentado que vamos a ir que al final me animo, me tomo un
par de yogures con miel de los Picos de Europa y tiro para allá. En
el coche Joaco ha puesto The Killers a todo volumen, “Mr
Brighside”, y yo, además de acordarme de cuando la tocaba con J.
en el Guitar Hero, pienso que a Joaco esa canción le pega. Porque
busca el lado brillante y está lleno de una energía limpia y
potente, como los molinos eólicos.
La manifestación es interesante y
pacífica. Joaco me ha prestado una camiseta verde a favor de la
escuela pública, y cuando sus amigos me preguntan en qué cole trabajé
el año pasado tengo que explicar que no, que soy psicóloga, que he
venido a escalar, que conozco a Joaco por Internet, etcétera,
etcétera, etcétera. Llevo la réflex y camuflo los momentos en que
no sé qué hacer sacando fotos a las caras de la gente al sol. Una
manifestación es buen momento para robar retratos sin parecer una
chiflada.
Después tomamos cañas con los colegas de Joaco Qué gente, los asturianos. En este viaje estoy intentando
escuchar más de lo que hablo y practicar las conversaciones tipo tú.
No cortar lo que dice el otro con un “pues yo”, sino seguir
preguntando, casi como en consulta. Los profesores asturianos andan
como todos los jóvenes de España: precarios, interinos, a media
jornada, opositando en medio país para intentar optar a alguna
plaza. Y como la mayoría de los jóvenes, son lindos, están preparados e implicados en su trabajo. En este viaje me
está sorprendiendo la insospechada energía de mi generación; cómo, a pesar de lo mal que están las cosas, sigue
existiendo un espíritu animoso, generoso, disfrutón, y se comparte
lo que se tiene o se vuelve la cabeza hacia iniciativas nuevas. Me
conmueve que Joaco me traiga sandwiches que hace en casa de sus
padres o que Pablo y Jenna, que confiesan estar tiesos para pedir
algo de cenar, me inviten a la copa de vino porque yo, muy en mi
línea, estaba en el baño cuando trajeron la cuenta.
Cuando terminamos las cañas marchamos
de nuevo en dirección Gijón y pasamos por casa de Joaco a preparar
bocatas para ir a la playa. Sigo sin gustarle. Me lo dice su lenguaje
corporal, la forma poco entusiasmada de ponerme crema, la distancia a la
que coloca su toalla, el nulo tonteo que existe entre nosotros. Pero
a mí él me gusta, verídico e inevitable, y no puedo evitar
fantasear con que a lo mejor, aunque no juegue en su liga, está
encandilado porque soy lista y graciosa y rubia natural.
Después de la playa me marcho a Otura
a escalar otra vez con Pablo. La furgo y yo somos un solo ser, y
empiezo a conocerme las rotondas de Gijón mejor que las de Chiclana.
Otura está muy cerquita de Oviedo y, aun así, la carretera que
lleva hacia allí parece el inicio del país de los gnomos, llena de
árboles altos, hierba y musgo verde. Es una escuelita pequeña a pie
de carretera con vías de caliza pinchuda que me recuerdan a las de
la Veredilla.
Pablo asegura con su amabilidad
descomunal y chorros de motivación. Cuando pruebo un 6b corto de
pasos duros y delicados, me anima a matizar toda la secuencia antes
de darle otro pegue. Él escala otra vía mientras mis antebrazos
descansan y después vuelvo al 6b. Me caigo hasta cuatro veces y,
como es corto, Pablo me anima otras tantas a bajar, desatarme el nudo
y probar de nuevo desde abajo. Cuando me sale el paso difícil estoy
tan emocionada que tiemblo, y apenas sé salir de la sección
facilita de la vía, que tiene cantos enormes y buenas repisas para
los pies. Encadeno y ya está, ya he hecho un 6b, y me encanta que
haya sido aquí en Asturias, como bonito añadido a todo lo bueno que
ya me llevo de este viaje. La tradición dice que cuando subes de
grado tienes que invitar, pero como yo me voy pronto porque he quedado en
el centro, reparto simbólicamente mis tortitas de maíz del
Mercadona y me voy caminando contenta hacia la furgo carretera abajo,
con cardenales en las rodillas, magnesio en las manos y el material
de escalada en equilibrio sobre unos hombros cada vez más fuertes.
Llego a Gijón tarde y sucia. Menos
mal que Nieves, que también es amor, me perdona el desliz con cariño
de lectora benevolente. Me va a matar por contarlo, pero me lleva a
una sidrería vía GPS y después me levanta de la mesa porque no hay
platos vegetarianos en el menú. A mí me da igual y me parece
sumamente divertido todo: el GPS, el vegetarianismo, dar vueltas por
Gijón, hablar de blogs y de la vida, escuchar a Nieves y atender a sus preguntas de fan
curiosa. Terminamos en un italiano estupendo, y lo cierto es que
resulta difícil aguantarle la mirada porque es de estas
personas verdaderamente bellas; no por tener unos rasgos perfectos ni
nada, sino por su piel blanca y sus ojos vivos color verde Asturias,
la voz suave, la sonrisa encantadora.
Le cuento el asunto de Joaco. “Debería
pasar algo – me dice ella – porque el karma te lo debe y, sobre
todo, porque pega con la historia. Con el SSHP”. “¿Verdad que
sí?”, contesto, entusiasmada. Pero Joaco se ha ido a cenar con
sus amigos del fútbol, y cuando me llama es para decir que marcha ya
para casa. A las tres de la mañana, sin embargo, mientras yo ando
perdida por Gijón buscando el sitio donde aparqué ayer la furgo, me
llega un whassap, “que me he liado”, y a mí ese interés por
decírmelo ya me huele a la ambivalencia rara que algunos tíos se
traen conmigo. Cuando pasan de la fase amigos a la fase me creo que
tu corazón es un punchingball. Me voy a dormir mitad mosqueada,
mitad confusa. No quiero que me pase esto. No quiero que me guste un
chico al que no le gusto yo. No quiero más rechazos. Me propongo
firmemente quedarme quieta y ni siquiera contesto el último whassap;
creo que hasta duermo con los ojos apretados de frustración, maldiciendo al karma, a los
norteños buenorros y a mi puñetero corazón defectuosamente
programado.
SSHP 9: El guaje Joaco
A las ocho y cuarto de la mañana está
entrando Joaquín con su Ibiza negro en el aparcamiento de El
Molinón. Lo primero que hace es tenderme el kit de desayuno: un
termo de café, un tupper con leche y un poco de azúcar envuelta en
papel de plata. Me tomo el café con un sobao pasiego y salimos en la
furgo en dirección a Arenas de Cabrales, a los pies de Picos de
Europa, donde él estuvo currando como profe durante un año. El plan
es trepar, pero parece ser que puede que llueva, así que Joaquín mete en la
parte trasera como cinco mochilas diferentes y la tabla de surf. “Hay
que estar preparado para todo”, me dice. Al llegar, efectivamente, llueve, así que decidimos subir andando hasta Bulnes, un pueblecito que antes estaba incomunicado y que ahora tiene su propio funicular.
Joaquín me explica que le puedo llamar Xoacu,
que es su nombre en asturiano, o Joaco, como le dicen su familia y sus
amigos. Para Joaco los niños son guajes, todo yé (es) algu y las
cosas le prestan (le gustan). Cada vez que le doy las gracias por
algo me increpa con un “¡calla, ho!”, y yo le imito y me
descojono. Y la verdad es que a lo largo del día voy teniendo un
montón de motivos para darle las gracias. Camina conmigo hacia
Bulnes y me dice que él es mi sherpa, que le diga cuándo quiero
parar o estoy cansada. Desde detrás, mientras intento no asfixiame
subiendo con mis patitas, observo cómo el estira despacio
sus pasos largos. “No te preocupes por mí – me tranquiliza – estoy practicando técnica”. En el pueblo me lleva a comprar una miel
espesa y oscura que vende un paisanu y tomamos cañas con más
pinchos, porque Joaco siempre tiene un hambre alegre y desorbitada.
Flipo sin parar con la belleza desmesurada de Picos de Europa. Es tan
verde, tan ajeno, tan parecido a un país mágico y encantado, que no
puedes parar de mirar y abrir mucho la boca y los ojos.
El problema, por otra parte, es que
Joaco está tremendo; no me queda más remedio que admitirlo cuando
se cambia la camiseta sudada después de andar. Tiene el físico atlético y fibroso de
los tíos que no buscan tener un físico atlético y fibroso, sino
hacer un montón de deporte y vivir sanos y felices. Utiliza mucho la expresión "ir como un avión": dícese de andar o correr veloz o potente. Tú sí que estás como un avión, pienso sin remedio. Es mirarle y saber
de forma instintiva que está fuera de mi liga, que dicen los
americanos. Qué putada lo mío: soy una guapa mental de gustos
exquisitos encerrada en el aspecto de una normalera.
De todas formas, a lo largo del día
no es la evidente belleza de Joaco lo que me perturba, que también,
sino la forma que tiene de hablar de sus alumnos, de sus guajes, y
cómo saluda a los que se encuentra por la calle en Cabrales. Cómo
me explica el método que utiliza para que sean capaces de correr
diez minutos seguidos, para motivarles, que se tomen el deporte en
serio y puedan disfrutar de él. La forma de cuidarme, como si darme
gratis su atención y su tiempo fuera lo más natural del mundo. Cómo
me lleva por la noche a casa de su hermana para que me duche y se
queda viendo una serie sentado en el sofá con ella, porque aunque la
serie le parezca textualmente una mierda, sabe que se siente un
poco sola desde que lo dejó con su novio.
Joaco es amor y yo a él no le gusto.
Lo saben mis huesos.
Aun así, noto como se va generando en
mí el típico síndrome de “este tío me mola tela”, y mi SSHP,
que hasta ahora fluía guay entre nuevos amigos e inofensivas
celivibraciones, se impregna de la angustia de querer muy mucho tocar
su cuerpo, y no sólo como el parque de atracciones que tiene pinta
de ser, sino para estar cerca de ese corazón tan lindo que tiene.
Me voy a dormir con su imagen flotando
en el techo de mi furgo, un poco mosqueada, un pelín esperanzada
porque nunca se sabe y bueno, está el karma. Mañana me ha invitado
a una manifestación por la escuela pública. Yo voy a ir porque el
espíritu del SSHP tiene que ver con decir que sí, fluir, conocer la
vida de la gente y demás, pero sobre todo voy a ir porque me apetece
tenerle cerca, y eso me cabrea.
jueves, 30 de agosto de 2012
SSHP 8: Asturies, qué guapina que yes (o algo así dice por aquí la gente)
Estoy en el aparcamiento del campo del Sporting. Verídico. ¿No querías bucolismo y naturaleza, Marina?
Hale, pues aquí te hayas, a las afueras de un estadio por donde
pasan tres coches cada dos segundos. Yo habría buscado algo más
apartado, pero Joaquín el asturiano me ha traído aquí, y cualquiera le dice que
no a Joaquín. Es un profesor de educación física verborreico e hiperactivo que tiene
todas las papeletas para ganarse el título al mayor personaje del
SSHP, y mira que hay competencia. Lo confirmaré cuando haya pasado
más tiempo con él.
Esta mañana he salido de Polientes
después de desayunar. Al levantarme he pillado a Carlos haciéndome
un dibujo de despedida como Couchsurfer. “Menos mal que te has
despertado”, me ha dicho, “porque después del dibujo no sabía
qué poner”. Salgo de la aldea en dirección a la costa cantábrica
con la nostalgia renovada. Polientes ha sido una parada muy interesante: un curioso oasis friki en la Cantabria profunda.
El dibujito de Carlos. ¿No es genial?
A partir de Reinosa, el Norte parece
haber dicho “aquí estoy yo” y lo ha llenado todo de niebla.
Estoy encantada a pesar de no ver un carajo, y conduzco con música
siniestra por la autovía de la costa. Paro al llegar a San Vicente
de la Barquera porque lo veo muy bonito y porque me apetece comerme
uno de los sobaos que, hoy ya por fin, he podido comprar en una
tienda del pueblo.
La playa de San Vicente es pequeña y
está casi vacía. Me acerco a la orilla sobao en mano a mirar a los
surferos. Lo del surf me intriga. En una escala de deportes que me
apetecen, donde el diez es escalar y el uno es el curling, el surf no
creo que supere el tres. Por una parte tengo prejuicios hacia los
surferos y surferas de largos y rubios cabellos que se pasean por la
playa con su tabla y su neopreno, mirándonos a los demás por encima
del hombro. Por otra parte los surferos dan como mucha lástima. Ahí
de pie mirando las olas y esperando a que venga alguna buena. He
estado un montón de rato en la playa y he visto coger tres olas a
sendos surferos, verídico; todos los demás se han limitado a
esperar.
Bueno, ya vale, que en realidad
tampoco tengo nada en contra del surf. Muy probablemente mis mayores
problemas sean que soy a) friolera, b) torpe, c) friolera. El caso es
que cuando me harto de mirar gente parada en medio del agua, me tumbo
boca arriba a reflexionar sobre la playa norteña. Yo no sé si será
la acústica, pero juro por Dios que hasta las olas hacen menos ruido
que en el sur. Es todo como nostálgico, como si el verano ya hubiera
pasado antes de terminar y tú estuvieras poniéndote morriñosa de
antemano. Las conversaciones son sosegadas. La gente lee con las
camisetas puestas en sus sillas caleteras, o como le llamen aquí a
las sillas de playa (¿Concheras? Por La Concha. Es un chiste, lo
juro).
Me levanto pronto, porque toda esta
tristura de playa norteña me está dando pereza. Que soy de Cádiz y
mucho se lo van a tener que currar en el ámbito marítimo para impresionarme. No
tengo plan para trepar esta tarde, así que decido tirar para Cangas
de Onís, un poco porque sí y otro poco porque me apetece acercarme
a los Picos. Y cuando, efectivamente, veo asomar el macizo a mi
izquierda, me sobrecoge como cada vez que lo he visto. Qué brutal.
Es de estas bellezas que olvidas de una vez para otra. Conduzco hacia Cangas poseída por
los doscientos cincuenta tonos de verde que tiene el campo.
Pero-cómo-puede-esto-ser-tan-bonito, repito una y otra vez,
atontada.
Almuerzo ensalada de garbanzos en un
área de descanso cercana a Cangas mientras leo en mi Kindle. No
tengo muy claro el plan de la tarde, así que decido tirar haciá
Gijón y ya veré qué hago allí. Entonces me llega un whassapp de
Pablo, otro contacto asturiano de escalada, que va a trepar cerca de
Oviedo con su novia. Estoy a punto de decirle que no, que mejor lo
dejamos, porque mientras llego a Oviedo y demás se me va a hacer muy
tarde, pero luego recuerdo mi espíritu SSHP de decir sí a la vida y
aceptar lo que me ofrece, y recuerdo también que tengo un montón de
ganas de escalar, así que voy para allá.
Pablo y Jenna son una de estas parejas
que te hacen pensar: vale, os habéis encontrado el uno al otro,
menos mal, porque sois lindísimos de principio a fin los dos, así
que hacedme el favor de no separaros nunca, seguid siendo así de
lindos y demostrad que hay gente buena y criad a miles de chiquillos
lindísimos. De verdad: Pablo y Jenna son amor incluso para los
estándares del SSHP, que ya están altos. Hay muchas formas
distintas de escalar con alguien, y ellos son compañeros capaces de
hacerte sentir segura, confiada, relajada y con ganas. Trepamos un
poco hasta que se va la luz mientras yo alucino con el paisaje y
ellos insisten en que esto es lo más feo que me voy a encontrar en
Asturias.
Volvemos a Gijón y tomamos algo en el
paseo. De verdad que son lindos estos dos. Qué gente más
simpatiquísima. Me han ofrecido volver a trepar el viernes y
presentarme a sus colegas si no encuentro gente para escalar el
sábado. Viva y bravo.
Cuando se marchan Pablo y Jenna llega
Joaquín, que parece el conejito Duracell puesto de anfetas. Ya ha
planificado el día de mañana, y sólo he sacado en claro que a)
vamos a Cabrales, b) vendrá a despertarme a la furgo tempranito para
que nos cunda el día y c) va a traer café. Joaquín es gracioso de
verdad. No le entiendo un carajo con el acento asturiano, pero parece
entusiasta.
Ahora me voy a dormir, confiando en
que el parking del Sporting no sea digamos el punto de reunión entre
los camellos y las putas de Gijón. Pero tranquilidad, que hay muchas
furgos y caravanas por aquí cerca y confío razonablemente en no
morir. De hecho, me preocupa bastante más trepar con Joaquín mañana
que dormir aquí esta noche.
Hasta mañana, queridos lectores, y
gracias por acompañarme de forma virtual en este viaje al que, por
desgracia, ya le va quedando menos (muero de la pena).
Etiquetas:
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