massobreloslunes

viernes, 30 de noviembre de 2012

Largo lunes de noviazgo

Son las doce de la noche y yo salgo ahora de tomar algo con las niñas cerca del mercado. He venido hoy a Málaga por las circunstancias menos agradables del mundo, y en plena vorágine huelguística no sé si recordar que hay más vida aparte de la huelga me sienta bien o mal.

Camino hacia la plaza de la Merced y, como siempre, recuerdo tu casa. El año que pasaste en ese ático azul y luminoso con el sol entrando a través de la cortina de colores. De tus siestas de gato y tu incapacidad para tener organizadas las bolsas de reciclaje.

Sobre todo, recuerdo nuestras mañanas. El despertador sonando, tú gruñendo y encendiendo la luz para buscar una camisa, yo tapándome la cara con las manos. Te escuchaba ducharte mientras intentaba apurar el sueño. Salías del baño y te abalanzabas sobre mí con el pelo húmedo y la piel fría. Luego me levantaba yo y desayunábamos juntos en las bandejas de madera que tanto te gustaban. Cantabas loas al inventor de los cereales rellenos de Mercadona. Dudabas una eternidad entre dos camisas prácticamente iguales.

Bajábamos juntos en el ascensor. Tú, yo y la bicicleta como el tercero en discordia. Y a mí esos minutos se me hacían tan cortos. Yo iba a estudiar a la biblioteca y tú a trabajar todo el día frente al ordenador, y me agobiaba pensar que no había nada que yo pudiera hacer para mantenerte conmigo. Que tu empresa tenía más derecho que yo sobre tu cuerpo.

De aquella época recuerdo sobre todo esa imagen. Tú alejándote inexorablemente con tu bicicleta. Yo con el corazón encogido, como si te fueras a la guerra, a pesar de tu imagen desenfadada de treintañero chic. Desde entonces pienso que el amor es rebelarse todo el rato frente a los momentos en que la vida nos separa por fuerza. Como el trabajo, o los sueños. O a veces, qué te voy a contar a ti, simplemente las circunstancias. O el timing. O la falta de intenciones claras.

Ahora estás lejos de verdad, y no deja de ser curioso que no me importe ni la mitad que entonces.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

La pluma

Cuando saqué el PIR, mi padre me regaló una pluma azul y plateada muy bonita. Fue un regalo de mierda, no os equivoquéis, porque yo no escribo a mano casi nunca y no escribo con pluma Jamás. Él me lo vendió como que "una escritora debe tener una pluma", y también me dijo que así podría firmar con ella mi primer contrato.

Recuerdo cuando me la entregó. Habíamos ido a comer a un japonés fusión muy bueno que hay en el centro de Málaga y atacábamos un surtido de maki sushi. Cuando me dio la pluma pensé esto mismo que os estoy contando: que si lo primero que me dices cuando me das el regalo es "yo sé que tú no escribes con pluma, pero aun así te la voy a regalar", me estás demostrando que lo que yo necesite o quiera te importa un carajo. A lo mejor estoy siendo un poco dura, pero el tema de los regalos me toca especialmente las narices. No es tan difícil ser capaz de mirar al otro el tiempo suficiente como para encontrar lo que le hace ilusión.

Todo esto viene a que llevo peleada con mi padre desde el jueves pasado por su apoyo más bien justito a mi huelga indefinida. Entre otras cosas. Esto es un poco como lo de la pluma: una incapacidad para mirar más allá de su ombligo. A ver, papá, que eres mi padre. Que deberías ser algo así como mi fan number one. Si a mí me pinchan, tú sangras, y si yo me voy a la huelga, tú conmigo a muerte hasta que el cuerpo aguante. Así que me he declarado en huelga indefinida de hijismo hasta que me relaje un poco y sea capaz de renegociar nuestra relación en términos justos.

Hoy he encontrado la pluma en mi bolso. Hace un par de semanas decidí tratar de utilizarla más a menudo y me la coloqué en el bolsillo de la bata, pero resultó que se le había acabado la tinta y me la traje para cambiarle el cartucho. Al desenroscar la parte superior ha caído un papelito enrollado. En él pone lo siguiente:

¡Hola! 
Si estás leyendo esto, significa que he perdido mi pluma. Me la regaló mi padre y es muy importante para mí. Te agradecería mucho que me la devolvieras. Ofrezco gratificación.  Después añado mi teléfono y mi firma.

Una nota de socorro en un regalo de mierda. Ese es el retrato de mi relación con mi padre.

Y lo peor es que en esta huelga está bastante claro quién dará el primer paso hacia la negociación.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Cansada

Quiero que termine ya la huelga.

No por el dinero. El dinero es lo de menos. Quiero trabajar y ver a mis pacientes. Les echo un montón de menos, queda poco para que termine el rotatorio y aún tenemos muchas cosas por hacer. Quiero ir a Vejer con Anxo a pasar consulta. Quiero recuperar mi rutina y mi energía, seguir escribiendo para Psicosupervivencia y entrenar en el roco. Quiero escalar. Estoy muy cansada de todo esto. Estoy muy cansada de tener que justificar día tras día tras día una protesta que ni siquiera debería tener lugar porque lo que se está haciendo con nosotros es ILEGAL. Estoy harta de currar para un sistema que no me valora a mí ni a todos mis compañeros, personitas brillantes, trabajadoras y dulces que llevan toda la semana partiéndose los cuernos con unos niveles de tensión enormes. Juro por Dios que me voy a hacer autónoma porque no pienso volver a hacer una huelga en mi vida.

Estoy vacía de temas en estos días. En el tiempo que paso en casa no hago mucho más que intentar dormir, comer con cierto orden y conectarme al Facebook para enterarme de cómo van las cosas. Claro que tiene cosas bonitas esto. Conocer a los compañeros, empuñar el megáfono con soltura, sentir que estás donde tienes que estar en el momento en que tienes que hacerlo. Que se te acerque una señora a darte su DNI para que le ayudes a firmar en señal de apoyo. Irte de cañas con los demás huelguistas el viernes por la noche porque no queréis más que olvidaros de todo y beber como si no hubiera un mañana, y terminar la noche charlando con un intensivista majísimo que promete llevarte a hacer surf. Saber que amas tanto tu trabajo que te cuesta pasear por el hospital sin pasarte por las habitaciones de los pacientes.

Pero la cuestión no es poner las cosas en una balanza. Personalmente, siento que no tengo opción. Que mientras esta huelga no se desconvoque o el resto de Andalucía no esté de acuerdo, no puedo permitir que otros luchen por mis derechos mientras yo no hago nada. Lo siento por mi hucha, por mis tareas pendientes y mis nervios destrozados. No me moverán.

Espero poder venir pronto a contaros otras cosas. Tened un muy feliz lunes y recordad a esta niña tan indignada como triste.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Seguimos en la lucha

Donando sangre para nuestros pacientes hoy en el Hospital Puerta del Mar. Dándolo todo por ellos. Como siempre.

(Y sí, por si alguno se lo pregunta, yo soy la del megáfono xDDDD)

Tres días

El primer día es fácil. Hay mucha gente. Vas a Sevilla. Cantas, bailas, gritas, hablas para la cámara y le haces rimas a la consejera.

El segundo día es peliagudo. Ahora estamos menos. Muchos se han descolgado. No sabes muy bien qué decir ni cómo ponerte en la entrada de tu hospital y la gente te mira raro. Lo primero que aprendes es que nadie sabe qué es un residente. Que la consejera recuerda que estáis en formación y que tenéis que agradecer que cobráis por formaros en vez de pagar. A ti te entran ganas de decirle que vale: que cambie el sistema y contrate a facultativos para hacer el trabajo que haces tú. Después recuerdas que tú cuestas tres veces menos que un facultativo y empiezas a entender las cosas.

Poco a poco vas encontrando tu sitio. Extiendes pancartas. Empiezas a gritar un poco. Alguien saca una cacerola. Te entusiasmas. En dos minutos se hace un escote y se compra un megáfono, pilas y media docena de silbatos. Alguien dice que no hagamos ruido, por los pacientes, pero la gente quiere hacer ruido. Estamos muy cabreados y queremos que se note. Para esto les importan los pacientes; para otras cosas, parece que no tanto.

De alguna forma, el segundo día por la tarde se deciden muchas cosas. Se cruzan mensajes de facebook y de twitter. Se cualgan vídeos. Se hacen apuestas sobre cuántos seremos mañana.

Entonces llega el tercer día, y para tu sorpresa la gente es más puntual que el primero, y hay más gente, y se grita más, y los ciudadanos empiezan a enterarse de qué es un residente. Se enteran de que residente es el que te ve en la puerta de urgencias a las tres de la mañana, o el que te atiende solo en una consulta de especialista, o el que procesa las muestras para análisis en el laboratorio, o el que te lleva la nutrición o las medicinas. Que un residente trabaja tanto o más que un facultativo.

Además, el tercer día ya conoces las caras, ya sabes dónde se guardan las pancartas, hay que comprar más pilas al megáfono pero ya os sabéis bien el camino hasta el chino, ya no te da vergüenza pedir firmas. Te repartes, subes fotos al facebook, te apañas para reírte, vas a la facultad de medicina, acabas entrando en la sala donde se diseccionan los muertos y aunque te mueres del asco viendo tu primer cadáver, Chispas, te tienes que reír, porque tu compañero, que acaba de soltarles a los estudiantes un discurso tipo Braveheart, ahora está en el pasillo abanicándose con las hojas de firmas y diciéndote que se le va a salir el estómago por la boca.

El tercer día ya sois un grupo. Ya se cuelgan en el Facebook vídeos de discursos épicos de 300 o de El Señor de los Anillos. Ya se tienen chistes compartidos, se planea para mañana y tú sabes que hay un alto porcentaje de gente que ha erradicado la duda de su mente. Tú misma te has abstraído. Has dejado de hacer cálculos. El dinero te da igual, y asaltarás tu hucha de monedas de dos euros si es necesario. Estás luchando por tu dignidad. Estás luchando porque todas esas horas, esos marrones, esos pacientes y esas dudas que te llevas comiendo durante casi tres años no se las lleve el viento.

Te das cuenta de que eres más que tú, más que un residente: eres un reflejo de lo que está pasando con la juventud en este país de los huevos. Que no os respeta nadie. Que trabajéis en lo que trabajéis, no tenéis derecho ni a respirar. Que da igual que seas un médico y estés salvando vidas, o un psicólogo que lleva a sus espaldas el peso de la locura ajena, o un biólogo, un farmacéutico; lo que sea. No tienes derecho a nada. No tienes derecho a pedir, a costa del montón de dinero que te está costando esta huelga, que te dejen hacer igual que a los adjuntos cuyo puesto sustituyes con tanta alegría: trabajar MÁS cobrando lo mismo.

El tercer día es un follón de emociones. Te quieres ir a la cama, pero no quieres. Tienes miedo de lo que vaya a pasar mañana. Piensas que esto no sirve de nada. Piensas que estáis haciendo historia. Quieres de verdad que esto se termine en alguna dirección, porque te sientes agotada. No te puedes despegar del ordenador.

Y al final, igual que ayer, se te saltan las lágrimas a última hora. A lo mejor es porque te tienes que poner con la regla. Pero miras el facebook y las fotos de tus compañeros y ves sus sonrisas. En medio de la que les está cayendo, les ves sonreír de verdad, con la boca y con los ojos. Y esas sonrisas indefensas de chicos que en dos, tres o cuatro años estarán en la puta calle y que están luchando ahora para no tener un presente de mierda además de un futuro de mierda, te parten el corazón.

Pero al menos hoy tienes claro por qué es.


 Y la rubia en medio con el megáfono xD


(Voy a parar con la segunda persona, que me acabaré pareciendo a Paul Auster).

martes, 20 de noviembre de 2012

Cenayuno

La cenayuno es una cena que, en realidad, es un desayuno. Un desayuno antipaleo, para colmo, porque tú ya hace unas cuantas semanas que has decidido que estás hasta el potorro de restricción dietética y que necesitas un poco de aire antes del siguiente embate. Así que llegas a casa y no tienes ninguna gana de cocinar, pero ninguna, y piensas que ya que has comprado molletes antequeranos esta mañana en el Covirán, te vas a dar el gusto y te vas a hacer un cenayuno con pan, aceite, jamón serrano y colacao.

El desayuno es la comida más reconfortante del día, y tú lo sabes. Y hoy necesitas que te reconforten. Porque te has pasado la mañana gritando como una desquiciada en la puerta del hospital y de repente te estás dando cuenta de lo triste que te pone el hecho de tener que denunciar ciertas cosas a través de un megáfono. Porque después de una semana sin dar señales de vida y de que salieras ayer en canal sur porque tu colectivo intenta luchar por sus derechos, tu padre médico inaugura la conversación preguntándote que cómo es eso de que después de un año hay que pagar el whatsapp. Y te lo pregunta por whatsapp Porque has pasado la tarde con Anxo a medias hablando sobre un paciente complicado y a medias echándole un ojo a su hijo de tres años, que correteaba junto a vosotros por la plaza de Candelaria, y justo antes de irte, cuando te has acuclillado junto al niño para despedirte, te ha mirado con sus ojos adormilados y su cara llena de churretes, te ha tendido los brazos y te ha plantado un beso en los morros con sus labios húmedos de casi bebé. Y a ti ese beso te ha partido el corazón y no sabes por qué.

Así que hoy cenas desayuno, porque total, a quién le importa. Si ya no está tu padre para preguntarte qué quieres de cenar, y que tú le digas que algo ligero, y él te conteste que una liebre; ni tu madre para pedirte desde el salón que le hagas también ensalada a ella si te estás cocinando algo; ni J. para quejarse de que una ensalada no es una "cena cenosa" y que él quiere algo acogedor, "como un huevo". A nadie le importa un carajo que comas o no paleo o que cenes desayuno o desayunes cena, Marina. Así que tuesta el mollete sobre la vitrocerámica, caliéntate la leche hasta que esté a punto de quemarte el paladar y tómate tu cenayuno sin cargo de conciencia. Sigue escribiendo después, sigue leyendo, no te rindas. Quizá mañana seas capaz cenar brócoli y desayunar huevos revueltos. Pero por hoy está bien así. Colacao y molletes. Vete a dormir. Descansa. Te lo has ganado.

Corazón partido

El icono de la página de Facebook de los residentes recortados de mi hospital es un corazón roto. Imagino que lo han elegido por similitud semántica con el tema de los recortes, pero para mí es muy revelador.

A los residentes se nos está partiendo el corazón.

Hoy hemos empezado una huelga indefinida y lo hemos celebrado plantándonos en Sevilla. Era bonito de ver. Una marea de gente joven con batas blancas gritando, bailando y sonriendo. Hemos caminado por el centro hasta los servicios centrales del SAS y allí hemos gritado un buen rato con las manos en alto. Ha sonado el himno de Andalucía y a mí, que en el fondo soy una sentimental, se me han saltado las lágrimas.



Estas cosas me ponen triste. Las manifestaciones. Ves a tanta gente linda, inquieta, creativa y solidaria, pisoteada por los de arriba sin ningún miramiento. Que los residentes nos cabreemos tiene tela, porque tragamos mucho. Somos un colectivo tan adoctrinado en la vocación, con un sentido del deber tan acusado, que llegamos al hospital dispuestos a aguantar lo que nos echen. Vemos a cientos de pacientes, hacemos guardias sin dormir, cubrimos los puestos de los adjuntos. Para que un residente se ponga en huelga, tiene que estar muy cabreado.

Hablo de lo mucho que me gusta mi trabajo, y es verdad. No importa cuánto me esfuerce: ni en un millón de años podré devolverles a mis pacientes lo que ellos me han dado a mí. Lo que no cuento es que curro en un sistema a quien mi esfuerzo se la pela mortal. Cómo veo día tras día que los recursos se distribuyen para apagar fuegos a corto plazo, y no para generar a largo plazo cambios reales. Conseguí evitar mi primera cirugía bariátrica, Chispas, con D.: un señor adorable que me agradece infinito darle la esperanza de que lo puede conseguir solo. El dinero que se ahorra el SAS en no operar a UN obeso equivale casi a la mitad de mi sueldo bruto anual, pero eso no importa, porque cuando me vaya en diciembre no se va a quedar nadie ahí para dar esperanza a otro montón de gente que "no puede" perder peso.

Hablo de lo mucho que aprendo cada día, pero no hablo de que puedo contar con los dedos de una mano las veces que un adjunto, o mi tutora, o mi jefe, me han dicho que valoran mi trabajo, que aprueban lo que hago en consulta o que mi función en el servicio es importante. No cuento que después de que en agosto me pasara lo peor que le puede pasar a un psicólogo, nadie se puso en contacto conmigo para preguntarme cómo me sentía. No hablo de que me piden que haga posters y comunicaciones que queden bien en mi currículum sin que el contenido de esos posters le importe a nadie un carajo.

Todo eso me da rabia, y por eso a veces, cuando la gente me dice que tengo que estar agradecida de poder currar en los tiempos que corren, me entran ganas de mandarlos a tomar viento. Porque yo ahora mismo no tengo más opción que quedarme en esta empresa con las condiciones que me impongan hasta mayo de 2014, si no quiero perder el trabajo que ya he hecho para obtener el título de especialista. 

La mayoría de las veces me da igual trabajar un día detrás de otro sintiendo que no importa lo bien o lo mal que lo haga, porque ya se ha decidido que ahí no tengo futuro. Otras es jodidamente frustrante. Es una de las razones por las que he vuelto a volcarme en Psicosupervivencia; porque si no siento que dedico al menos parte de mi esfuerzo a algo mío, a algo que perdure, me voy a volver loca.

Oficialmente, estamos en huelga para que se nos reconozca el derecho a ampliar la jornada a treinta y siete horas y media como a todo el mundo, en lugar de quitarnos dinero de nuestro ya justito sueldo para cuadrar las cuentas del SAS. Extraoficialmente, yo estoy en huelga por mi dignidad. Porque me gustaría que por una puta vez en la vida a los jóvenes de este país se nos tratara con respeto. Tenemos vidas humanas en nuestras manos, joder. Criaturas que vienen a consulta y ponen en tus manos su sangre, sus órganos y sus emociones. Toleramos unos niveles de estrés y sobrecarga laboral muy altos. Y desde arriba lo único que nos dicen es que tenemos suerte porque la especialidad se nos pague y no se haya convertido en un master privado.

Tócate los pies.

Me voy a dormir con sentimientos encontrados. Estoy contenta de haber compartido un día con tanta gente dispuesta a sacrificarse por lo que cree, pero estoy triste cuando pienso en nuestros gritos abajo, en la calle, y las ventanas cerradas arriba. Sólo me queda pensar que si al final esas ventanas no se abren, tendremos que gritar lo bastante fuerte como para romper los cristales.