Vuelvo a casa después de cenar sushi con Toni. Escucho Vetusta Morla y canto todo lo alto que me permite mi sentido de la vergüenza, mientras me tapo con el paraguas y trato de ignorar este frío extraño de primavera anómala. Mi vida madrileña ha cambiado bastante desde que volví de EEUU. Rehúyo el metro, traumatizada por el transbordo entre la línea amarilla y la azul oscuro en Plaza de España. No salgo de cañas, no entreno y divido mi día entre trabajar, escribir, meditar y comunicarme de forma constante y compulsiva con P. Mientras camino sobre las baldosas mojadas, me viene a la mente que me siento impermeable. Como si esta ciudad me resbalara.
Me molesta el ojo derecho y llevo unos días con las gafas puestas; como están mal graduadas, no veo muy bien, así que bajo la cabeza y fijo la mirada un par de metros por delante de mí. Me recuerda a algo que me contó mi madre acerca de los monjes que están muy cerca de la iluminación: se supone que deben caminar mirando al suelo para no recibir nuevos estímulos que dificulten su progreso.
Yo estoy tan lejos de la iluminación como lo puede estar un ser humano y, aun así, me gusta esta mirada de monje. Después del entusiasmo inicial madrileño y posterior derrumbe y sufrimiento en el infierno de Muertelandia, he concluido que Madrid para mí no es buena ni mala; simplemente, es demasiado. Demasiada gente, demasiados bares, demasiadas tiendas. Todo podría estar bien en menor cantidad, o podría estar bien si a mí la vida me la soplara, pero soy sensible y esta sobreestimulación me agota.
Invierto mucho, ya lo sabéis todos. Invierto en general. Está bien, porque en general recibo beneficios, pero las operaciones que salen mal me dejan agotada. No es que Madrid haya salido mal. Lo que he aprendido aquí no podría haberlo aprendido en Cádiz. Pero estoy cansada de invertir. Quiero guardar mi energía y tratar por un momento de que las cosas me toquen lo justo.
Así que camino impermeable, mirando al suelo y resistiéndome a esforzarme en los dos meses que me quedan. Negándome a querer hacerme un hueco. Renunciando a todo lo que sé que no voy a vivir aquí y abriendo los brazos a todo lo que quizá sí viva. Y, sobre todo, camino intentando aproximarme a uno de los dos lados de la acera, porque tengo que practicar para recordar cómo caminas cuando no vas sola.
jueves, 30 de mayo de 2013
miércoles, 29 de mayo de 2013
El amor perjudica seriamente la escritura
El amor, el Skype hasta altas horas... llámalo X.
Eso es asín.
PD: Viene el 6.
Eso es asín.
PD: Viene el 6.
domingo, 26 de mayo de 2013
Sonrisas y lágrimas
Ayer fui con mi madre a ver el musical de Sonrisas y Lágrimas. SyL fue mi película favorita durante toda la infancia; después la reemplazó Dirty Dancing, que muy probablemente va a ocupar ese lugar hasta el día de mi muerte. A no ser, claro está, que me haga mayor e, igual que Patrick Swayze vino a sustituir a Friedrich, un seductor bailarín geriátrico conquiste mi corazón.
No entiendo muy bien por qué me gustaba tanto esa peli. Además, normalmente veía sólo la primera parte: hasta que María volvía del convento para culminar su amor por el capitán Von Trapp. A partir de ahí, la historia de amor, los nazis y la huida montañosa me la traían floja. Hoy reflexionaba sobre el musical (que, por cierto, es precioso) y trataba de enumerar los componentes posiblemente responsables de mi obsesión:
1) Familia numerosa. A mí de pequeña me gustaban las familias numerosas. No entiendo por qué; no aguantaba a mi hermano, así que no sé para qué quería más. Quizá para tener alternativas. El caso es que todos esos niños juntos, organizando teatros de marionetas, canciones por el pueblo y locos bailes regionales me parecían lo más.
2) Uniformes. Yo de pequeña quería llevar uniforme. Imagino que si lo hubiera llevado, habría querido ropa normal. El caso es que para mí levantarme de la cama y no tener que pensar qué ponerme era una maravilla.
3) Desfilar. Yo qué sé. Me parecía diver. Y dar pasos al frente, y decir mi nombre, y tener institutrices. Era una niña rara. Algún día os contaré lo de querer que estallara una guerra para poder escribir sobre ella como Ana Frank y hacerme famosa.
4) El campo. Yo soy campófila. En un entorno más apropiado, habría evolucionado como montañera hasta terminar enmarronándome hasta la muerte en los Himalayas. Cuando veía SyL quería vivir en Austria, corretear por las montañas, beber leche muy espesa que me dejara bigote y tener vacas. Todo el kit.
5) La música y los bailes. Obvio. Me encanta canturrear, y me encantan los musicales porque la gente se pone a cantar a lo chalao en mitad de la calle y a todo el mundo le parece normal. También me gustan los flashmobs, y versionar temas, y todavía echo de menos La Parodia Nacional. Verídico.
6) Friedrich. Ya os lo he contado. Ese chico me ponía palota. Después evolucioné y me gustaba Rolf, y ahora, como ya confesé en su momento, me está empezando a parecer atractivo el capitan Von Trapp. Qué triste es envejecer.
Sin embargo, si pienso en las tres películas vergonzosas que me han encantado a lo largo de mi vida (SyL, DD y Sister Act 2: de vuelta al convento), el elemento común podría llamarse... no sé... evolución, supongo. Posibilidad de cambio. Porque los niños Von Trapp no cantaban y de repente cantan genial; Baby era súper torpe y luego se vuelve una bailarina sexy y experta; los chicos del instituto St. Francis eran unos macarras chungos y tras mucha práctica asombran al mundo con una versión marchosa y noventera de "Joyful, joyful".*
Lo que me gusta de SyL es la posibilidad de la magia.
Yo siempre intento vivir mi vida así, con la posibilidad de la magia a un lado, y a veces la siento crecer calentita y emocionante en el fondo del corazón y me doy cuenta de que es porque he tomado demasiado café esa mañana. Después sigo adelante y pienso que la magia es una cuestión de probabilidad y de crear el entorno apropiado, como cuando ponía semillas en algodones húmedos dentro de botes de yogur.
Ahora es curioso todo. Porque cuando alquilé el Acurrucoche en Boulder y enfilé hacia Moab con menos gasolina de la cuenta, pensaba: ¿y si conozco a un chico interesante, y se me va la olla, y cambio todo el plan, y nos vamos a escalar por ahí, y es todo como súper romántico, y después seguimos en contacto, y hacemos viajes transoceánicos, y volvemos a Utah después de veinte años para celebrar nuestro aniversario?
Luego pensaba: qué va. Yo no soy el tipo de chica al que le pasan esas cosas.
Entonces quedé para escalar con un chico de un foro y acabé muriendo de amor en Idaho. I-da-ho.
¿Moraleja? Quizá no todos estemos hechos para cantar en un coro, o quizá en nuestras próximas vacaciones no haya un profe de baile cañón que nos vaya a dar lecciones y bambú al mismo tiempo. Pero la posibilidad de la magia existe. Siempre. Aunque a veces haya que estar dispuesto a viajar hasta Utah, Idaho o cualquier otro lugar perdido de la mano de Dios** para encontrarla.
* Me sigue encantando este vídeo. Si no se os pone la piel de gallina con la introducción de Lauryn Hill, es porque estáis muertos por dentro.
** En teoría, por otra parte, Utah no es precisamente un lugar dejado de la mano de Dios.
No entiendo muy bien por qué me gustaba tanto esa peli. Además, normalmente veía sólo la primera parte: hasta que María volvía del convento para culminar su amor por el capitán Von Trapp. A partir de ahí, la historia de amor, los nazis y la huida montañosa me la traían floja. Hoy reflexionaba sobre el musical (que, por cierto, es precioso) y trataba de enumerar los componentes posiblemente responsables de mi obsesión:
1) Familia numerosa. A mí de pequeña me gustaban las familias numerosas. No entiendo por qué; no aguantaba a mi hermano, así que no sé para qué quería más. Quizá para tener alternativas. El caso es que todos esos niños juntos, organizando teatros de marionetas, canciones por el pueblo y locos bailes regionales me parecían lo más.
2) Uniformes. Yo de pequeña quería llevar uniforme. Imagino que si lo hubiera llevado, habría querido ropa normal. El caso es que para mí levantarme de la cama y no tener que pensar qué ponerme era una maravilla.
3) Desfilar. Yo qué sé. Me parecía diver. Y dar pasos al frente, y decir mi nombre, y tener institutrices. Era una niña rara. Algún día os contaré lo de querer que estallara una guerra para poder escribir sobre ella como Ana Frank y hacerme famosa.
4) El campo. Yo soy campófila. En un entorno más apropiado, habría evolucionado como montañera hasta terminar enmarronándome hasta la muerte en los Himalayas. Cuando veía SyL quería vivir en Austria, corretear por las montañas, beber leche muy espesa que me dejara bigote y tener vacas. Todo el kit.
5) La música y los bailes. Obvio. Me encanta canturrear, y me encantan los musicales porque la gente se pone a cantar a lo chalao en mitad de la calle y a todo el mundo le parece normal. También me gustan los flashmobs, y versionar temas, y todavía echo de menos La Parodia Nacional. Verídico.
6) Friedrich. Ya os lo he contado. Ese chico me ponía palota. Después evolucioné y me gustaba Rolf, y ahora, como ya confesé en su momento, me está empezando a parecer atractivo el capitan Von Trapp. Qué triste es envejecer.
Sin embargo, si pienso en las tres películas vergonzosas que me han encantado a lo largo de mi vida (SyL, DD y Sister Act 2: de vuelta al convento), el elemento común podría llamarse... no sé... evolución, supongo. Posibilidad de cambio. Porque los niños Von Trapp no cantaban y de repente cantan genial; Baby era súper torpe y luego se vuelve una bailarina sexy y experta; los chicos del instituto St. Francis eran unos macarras chungos y tras mucha práctica asombran al mundo con una versión marchosa y noventera de "Joyful, joyful".*
Lo que me gusta de SyL es la posibilidad de la magia.
Yo siempre intento vivir mi vida así, con la posibilidad de la magia a un lado, y a veces la siento crecer calentita y emocionante en el fondo del corazón y me doy cuenta de que es porque he tomado demasiado café esa mañana. Después sigo adelante y pienso que la magia es una cuestión de probabilidad y de crear el entorno apropiado, como cuando ponía semillas en algodones húmedos dentro de botes de yogur.
Ahora es curioso todo. Porque cuando alquilé el Acurrucoche en Boulder y enfilé hacia Moab con menos gasolina de la cuenta, pensaba: ¿y si conozco a un chico interesante, y se me va la olla, y cambio todo el plan, y nos vamos a escalar por ahí, y es todo como súper romántico, y después seguimos en contacto, y hacemos viajes transoceánicos, y volvemos a Utah después de veinte años para celebrar nuestro aniversario?
Luego pensaba: qué va. Yo no soy el tipo de chica al que le pasan esas cosas.
Entonces quedé para escalar con un chico de un foro y acabé muriendo de amor en Idaho. I-da-ho.
¿Moraleja? Quizá no todos estemos hechos para cantar en un coro, o quizá en nuestras próximas vacaciones no haya un profe de baile cañón que nos vaya a dar lecciones y bambú al mismo tiempo. Pero la posibilidad de la magia existe. Siempre. Aunque a veces haya que estar dispuesto a viajar hasta Utah, Idaho o cualquier otro lugar perdido de la mano de Dios** para encontrarla.
* Me sigue encantando este vídeo. Si no se os pone la piel de gallina con la introducción de Lauryn Hill, es porque estáis muertos por dentro.
** En teoría, por otra parte, Utah no es precisamente un lugar dejado de la mano de Dios.
jueves, 23 de mayo de 2013
Obsesiones
"¿Cuáles son tus obsesiones?", me pregunta P. por mail. Se está leyendo "El gozo de escribir", y es el tipo de persona que hace las tareas de cada capítulo a medida que avanza. Le contesto que primero quiero saber las suyas. Me las manda, así que no me queda más remedio que hacer los deberes.
Se supone que las obsesiones son aquello que se filtra a través de lo que escribimos. Que vuelve una y otra vez y que está lleno de energía. Doy un repaso a las etiquetas del blog y a los relatos de ficción. Reflexiono sobre los programas que emite mi cadena mental a lo largo del día. No tengo claro si distingo bien entre gustos y obsesiones, entre intereses y obsesiones, pero aun así lo intento. Empiezo a escribir sin pensar demasiado y lo intento.
Me obsesiona escribir. Escribo todos los días. Me obsesiona hacerlo bien y encontrar la forma de utilizarlo para profundizar en mi cerebro y en las vidas de los demás.
Me obsesiona la psicoterapia. Hoy un párrafo de Mahoney sobre la profesión de psicoterapeuta ha hecho que se me saltaran las lágrimas. Hablaba de tocar a los demás y de dejar que te toquen, y del peso silencioso que uno lleva sobre sus hombros si se dedica profesionalmente a esto.
Me obsesiona el amor, o la posibilidad del amor, o la plausibilidad de la monogamia. ¿Por qué? Imagino que porque es una bonita promesa. Un Eldorado apetecible. Hace poco estuve pensando que igual la solución para mi efecto apio, a saber: mi capacidad para enamorarme de casi cualquier ser vivo, eran las relaciones abiertas, o el poliamor, o llámalo X. Dejando de lado lo que me cuesta encontrar siquiera a uno, claro. Pero en realidad no creo mucho en eso. Punto uno, porque me ocuparía demasiado tiempo y esfuerzo, y bastante tengo ya con lo mío. Punto dos, porque esto del amor a mí me recuerda un poco a las excursiones del colegio: cuando te cogías de la mano con alguien y era tu responsabilidad no soltar a esa persona, y él o ella se comprometía a no soltarte a ti. Somos muchos. Si unos nos encargamos de otros en grupitos de a dos, quizá la cosa sea menos complicada.
Aun así, insisto, me parece que el amor es una promesa ilusoria. Una de esas cosas que huelen mejor de lo que saben. Estoy leyendo sobre recompensa alimentaria para Psicosupervivencia, y me llama la atención que el concepto de recompensa no tiene que ver con que algo te guste o no: tiene que ver con hasta qué punto te sientes motivado para ir a buscar lo mismo una y otra vez.
Como si el cerebro fuera incapaz de olvidar que la primera vez tampoco fue suficiente.
Me obsesiona mi piel, aunque ahora no, porque está estupenda. He recuperado mi cuello y mis mandíbulas y, sobre todo, el montón de espacio mental que hace unos meses dedicaba al acné. Pero sé que la obsesión desaparece cuando desaparece la causa, y que si mañana me levantara con la cara cubierta de granos, volvería a hacerme la vida imposible exactamente igual que antes.
Me obsesiona la alimentación, y comer, y estar bien nutrida, y que la comida sepa rica, y comer cuando me aburro, y preparar cosas para gente, y simplificar la comida, y comer lo mismo muchos días, o comer distinto cada día, y los macronutrientes, y los micronutrientes. Me obsesiona averiguar por qué comemos más de lo que debemos, o por qué la idea de privarme de algo para siempre me hace tener ganas de arrancarme los ojos. Igual que con el amor, me obsesiona la promesa de una vida mejor a través de una dieta mejor.
Me obsesiona la utilidad. Me obsesiona que los cambios se vean, y el concepto de cambio, y el concepto de posibilidad, y aprovechar bien mi tiempo y el de los demás.
Me obsesiona mirar las cosas. Me obsesionan los detalles y la certeza de que, por mucho que viva, la inmensa mayoría de este mundo se me va a escapar.
Me obsesionan las historias, las novelas, las buenas series de televisión, lo que me cuentan mis pacientes.
Me obsesiona la idea de progresar espiritualmente, entendiéndolo como un todo: la práctica y la ética. Me obsesiona ser capaz de meditar y desarrollar una mente firme. Me obsesiona, de hecho, la idea de fortaleza.
Me obsesiona la preocupación de morir sola y ser comida por los perros.
Me obsesiona comunicar y contactar. Me obsesiona abrirme hasta límites absurdos.
Me obsesiona evitar a toda costa construir una familia disfuncional, incluso si eso significa evitar a toda costa construir una familia. Me obsesiona la idea de no esparcir mi sufrimiento por el mundo. Me obsesiona la inocuidad.
Me obsesiona la escalada. Me obsesiona la posibilidad de poder pasar una época de mi vida escalando todos los días. Me obsesiona la fortaleza mental necesaria para seguir adelante, arriba, arriba, siempre arriba, y también el inmenso mundo que se me ha abierto desde que empecé a tocar la roca.
Me obsesionan las caras de la gente. Los retratos a lápiz, las fotografías de rostros, las descripciones y las miradas en el metro. Me obsesionan los nombres.
Me obsesiona la voluntad de construir una vida que sea mía y que nazca de la autenticidad. Me obsesiona evitar cumplir con los plazos fijos del ciclo vital estándar. Me obsesiona irme.
Me obsesionan, en menor medida, la infancia, la infidelidad, los recuerdos, el sexo. Granada, Cádiz, el chocolate. La locura, el cubo de Rubik, tirar a la basura lo que no sirve, las recetas de repostería desde un punto de vista teórico, las máquinas de escribir antiguas, la certeza de que voy a morirme, las siestas, terminar las comidas con algo dulce, el olor de los colegios, las tazas bonitas, Estados Unidos, mi ex novio J., los baños calientes y la certeza de que todo podría ir peor todo el rato.
Me obsesiona este blog, siempre.
martes, 21 de mayo de 2013
Entre el jetlag y la nostalgia
Lo peor no es no estar de vacaciones. Ni siquiera no estar en USA o estar dramáticamente lejos de P. Lo peor es la sensación de que lo bueno de la vida, el relax, la fluidez y la alegría van a ser siempre sólo temporales; que lo normal, lo natural y lo que nos corresponde son los días llenos de momentos que no es que te disgusten, pero que tampoco elegirías si tuvieras opción.
Mañana empiezo rotación nueva. ¡Adiós, Muertelandia! Esta vez se trata de un hospital de día para pacientes con diagnóstico de psicosis (esquizofrenia y similares) que, por lo que me han contado, emplea un abordaje medio jipi-alternativo del trastorno que puede resultar interesante.
El tema no es el dispositivo. El tema es que es la octava rotación que empiezo en el PIR y me da mucha pereza repetirlo todo: presentarte, aprenderte los nombres de la gente, saber a qué hora se desayuna, localizar a la administrativa apañada que te va a resolver todos los marrones y a la torpe que la liará siempre. Entender qué esperan de ti, intentar hacer lo que crees que está bien, descubrir si será posible y escurrirte silenciosamente entre las grietas que deja el sistema. Conocer y querer a pacientes nuevos.
Espera, repite:
Conocer y querer a pacientes nuevos.
Va, que se me olvida. Se me olvida mi factor apio y mi capacidad de encariñarme con casi todo. Conoceré y querré a pacientes, y también a facultativos, y quizá termine llevándole un trozo de brownie el último día a mi auxiliar favorita, que está en otra planta. Me reiré de los jefes, me solidarizaré con los residentes y espero aprender algo útil. Seguro que no es tan malo.
Lo que pasa es que después de mucho tiempo en que no sabía dónde querría estar si me lo preguntaran, hoy sí lo sé. En una cama king size de un motel de Moab, tecleando en la pantalla del bicho ipadero mientras miro cómo te afeitas por el rabillo del ojo. Cómo te miras a tus propios ojos en el espejo, te acercas, examinas el resultado entrecerrando los párpados y te alejas de nuevo. Hay algo muy decidido en ese gesto que no sé si me enternece o directamente me pone. En cualquier caso, quiero estar ahí, entre las sábanas tiesas, con una camiseta de tirantes y las gafas puestas, bebiendo descafeinado repugnante sólo porque me encanta que haya una máquina en la habitación. Esperando a que vengas oliendo a after-shave para morder risueña tu cara de niño. Con un colchón vacío de obligaciones que se extienda lo bastante alrededor de nosotros como para hacer que nos sintamos seguros.
Frente a eso, es complicado mirar el lado positivo de según qué cosas.
(Pero estamos trabajando en ello, bicho. Estamos trabajando en ello).
Mañana empiezo rotación nueva. ¡Adiós, Muertelandia! Esta vez se trata de un hospital de día para pacientes con diagnóstico de psicosis (esquizofrenia y similares) que, por lo que me han contado, emplea un abordaje medio jipi-alternativo del trastorno que puede resultar interesante.
El tema no es el dispositivo. El tema es que es la octava rotación que empiezo en el PIR y me da mucha pereza repetirlo todo: presentarte, aprenderte los nombres de la gente, saber a qué hora se desayuna, localizar a la administrativa apañada que te va a resolver todos los marrones y a la torpe que la liará siempre. Entender qué esperan de ti, intentar hacer lo que crees que está bien, descubrir si será posible y escurrirte silenciosamente entre las grietas que deja el sistema. Conocer y querer a pacientes nuevos.
Espera, repite:
Conocer y querer a pacientes nuevos.
Va, que se me olvida. Se me olvida mi factor apio y mi capacidad de encariñarme con casi todo. Conoceré y querré a pacientes, y también a facultativos, y quizá termine llevándole un trozo de brownie el último día a mi auxiliar favorita, que está en otra planta. Me reiré de los jefes, me solidarizaré con los residentes y espero aprender algo útil. Seguro que no es tan malo.
Lo que pasa es que después de mucho tiempo en que no sabía dónde querría estar si me lo preguntaran, hoy sí lo sé. En una cama king size de un motel de Moab, tecleando en la pantalla del bicho ipadero mientras miro cómo te afeitas por el rabillo del ojo. Cómo te miras a tus propios ojos en el espejo, te acercas, examinas el resultado entrecerrando los párpados y te alejas de nuevo. Hay algo muy decidido en ese gesto que no sé si me enternece o directamente me pone. En cualquier caso, quiero estar ahí, entre las sábanas tiesas, con una camiseta de tirantes y las gafas puestas, bebiendo descafeinado repugnante sólo porque me encanta que haya una máquina en la habitación. Esperando a que vengas oliendo a after-shave para morder risueña tu cara de niño. Con un colchón vacío de obligaciones que se extienda lo bastante alrededor de nosotros como para hacer que nos sintamos seguros.
Frente a eso, es complicado mirar el lado positivo de según qué cosas.
(Pero estamos trabajando en ello, bicho. Estamos trabajando en ello).
domingo, 19 de mayo de 2013
CACP, X: Despedida
Así que se acaba esta aventura desquiciada de escalada y pereza. El miércoles hice bloque en otro gigantesco rocódromo de aquí, el jueves algo de clásica en Eldorado Canyon y ayer todo un día de apretar en vías de deportiva a diez minutos de Boulder. Hoy me duele todo el cuerpo, así que sentada en "The Cup", una cafetería intelectual y carísima en Pearl Street, pienso en todas estas cosas que seguirán sin mí cuando yo me vaya. ¿Qué hago, entonces, con todo lo que he aprendido estos días?
Que cuando llegas a cualquier sitio hay que preguntar cómo estás ("How are you doing?") y responder que estás bien, genial, de puta madre. Y que sólo cuando se ha completado esa transacción de interés verdadero o fingido empieza la transacción económica, o de información, o de servicios.
Que existen muchas formas de escalar. Que si aprietas demasiado un cam te será imposible sacarlo de la fisura, y que un stopper, o como quiera que se diga en castellano, tiene que tocar la mayor parte posible de la pared para aguantar tu peso si te caes. Que rapelar es mejor para el material del descuelgue, que los gemelos duelen cuando estás parado probando cacharros, que a las paredes de granito las carga el diablo.
Que los coches automáticos tienen una posición de parking y otra de neutro. Que salvo prohibición expresa, se puede girar en U en las carreteras y que, a ser posible, ese giro se realizará con un entusiasmado grito de "yay, u-turn!". Que una milla son uno con seis kilómetros, que dos personas son alta ocupación para un vehículo y tienen derecho a un carril especial, y que sin duda tú y yo y el material de escalada somos alta ocupación para un diminuto Cinquecento.
Que se puede comprar un plátano en cualquier gasolinera, que lo orgánico es tendencia en el Salvaje Oeste, que el relleno gratuito de la taza de café es amor. Que en Idaho los restaurantes cierran a las nueve, así que más nos vale elegir entre escalar hasta que oscurezca o cenar en un sitio bonito por mi cumpleaños. Que andar en Denver a diez metros del downtown te convierte en un alien. Que la propina no es un derecho, sino un deber.
Que sigo siendo más pequeña y más grande de lo que había pensado. Que es altamente recomendable entrar en Utah con el depósito lleno de gasolina. Que en los campings puedes hacer fuego, siempre y cuando sea dentro del anillo de metal de la parcela, y que el secreto para asar bien una nube de azúcar es la paciencia. Que si resisto el miedo y me quedo a tu lado, en mi estómago empiezan a pasar cosas extrañas. Que hay formas valientes y decididas de vivir la vida, y que el éxito se mide inventando constelaciones bajo el cielo nublado del desierto.
Estoy aquí sentada, como os decía, y me pregunto qué se hace con todo eso. Me pregunto qué voy a hacer dentro de dos días, cuando esté sentada en mi piso de Madrid y observe mi mochila a mis pies sin ganas de hacer la colada. Supongo que trataré de atajar el jetlag alternando somníferos y cafeína, y que me obligaré a hacer una compra decente y a renovar el abono transporte. Colgaré algunas fotos, miraré algunos vídeos, añadiré canciones a mis listas del Spotify y escribiré la enésima lista de propósitos. Y supongo que después, con los ojos como platos en mi cama de matrimonio, pensaré en este país que sigue sin mí, y que tiene tantas luces y sombras como intuía desde la distancia, e intentaré distinguir las semillas que pueden arraigar y las que es mejor dejar que se lleve el viento.
Que cuando llegas a cualquier sitio hay que preguntar cómo estás ("How are you doing?") y responder que estás bien, genial, de puta madre. Y que sólo cuando se ha completado esa transacción de interés verdadero o fingido empieza la transacción económica, o de información, o de servicios.
Que existen muchas formas de escalar. Que si aprietas demasiado un cam te será imposible sacarlo de la fisura, y que un stopper, o como quiera que se diga en castellano, tiene que tocar la mayor parte posible de la pared para aguantar tu peso si te caes. Que rapelar es mejor para el material del descuelgue, que los gemelos duelen cuando estás parado probando cacharros, que a las paredes de granito las carga el diablo.
Que los coches automáticos tienen una posición de parking y otra de neutro. Que salvo prohibición expresa, se puede girar en U en las carreteras y que, a ser posible, ese giro se realizará con un entusiasmado grito de "yay, u-turn!". Que una milla son uno con seis kilómetros, que dos personas son alta ocupación para un vehículo y tienen derecho a un carril especial, y que sin duda tú y yo y el material de escalada somos alta ocupación para un diminuto Cinquecento.
Que se puede comprar un plátano en cualquier gasolinera, que lo orgánico es tendencia en el Salvaje Oeste, que el relleno gratuito de la taza de café es amor. Que en Idaho los restaurantes cierran a las nueve, así que más nos vale elegir entre escalar hasta que oscurezca o cenar en un sitio bonito por mi cumpleaños. Que andar en Denver a diez metros del downtown te convierte en un alien. Que la propina no es un derecho, sino un deber.
Que sigo siendo más pequeña y más grande de lo que había pensado. Que es altamente recomendable entrar en Utah con el depósito lleno de gasolina. Que en los campings puedes hacer fuego, siempre y cuando sea dentro del anillo de metal de la parcela, y que el secreto para asar bien una nube de azúcar es la paciencia. Que si resisto el miedo y me quedo a tu lado, en mi estómago empiezan a pasar cosas extrañas. Que hay formas valientes y decididas de vivir la vida, y que el éxito se mide inventando constelaciones bajo el cielo nublado del desierto.
Estoy aquí sentada, como os decía, y me pregunto qué se hace con todo eso. Me pregunto qué voy a hacer dentro de dos días, cuando esté sentada en mi piso de Madrid y observe mi mochila a mis pies sin ganas de hacer la colada. Supongo que trataré de atajar el jetlag alternando somníferos y cafeína, y que me obligaré a hacer una compra decente y a renovar el abono transporte. Colgaré algunas fotos, miraré algunos vídeos, añadiré canciones a mis listas del Spotify y escribiré la enésima lista de propósitos. Y supongo que después, con los ojos como platos en mi cama de matrimonio, pensaré en este país que sigue sin mí, y que tiene tantas luces y sombras como intuía desde la distancia, e intentaré distinguir las semillas que pueden arraigar y las que es mejor dejar que se lleve el viento.
jueves, 16 de mayo de 2013
CACP, IX: El elefante en la habitación.
Estoy sentada en un Starbucks en Boulder, cerca del centro comercial de la 28. Mucho ha ocurrido desde la última vez que vine aquí. Cuando esta mañana Alannah, la empleada de la agencia de coches, ha dicho en voz alta la cifra del cuenta millas del Fiat que había alquilado, me he quedado asombrada. Casi dos mil desde que salí de Boulder, lo que equivale a tres mil doscientos de los antiguos kilómetros. Habría podido cruzar España tres veces.
Ahora estoy aquí sentada y no sé qué escribir. Verídico. Tiene cierta gracia que lo de abrazar el celibato en EEUU haya salido fatal, y quizá no sé cómo escribir porque estoy temiéndome hordas de "te lo dije". Te dije que tenías que relajarte, te dije que aparecería cuando menos te lo esperaras, etc., etc. Personalmente, creo que eso no es más que una sarta de chorradas. No creo que un extremadamente sensible sistema de detección de justicia universal se haya dado cuenta de que yo estaba lista para el amor desapegado y me haya mandado a alguien. Creo que decidir aterrizar en Moab a la vez que P., quedar con él para escalar y pasar los últimos siete días sonriendo como una idiota es una cuestión de pura casualidad.
Una casualidad estupenda, por otra parte.
Ahora me pregunto cómo escribir sobre esto. Es más: me pregunto si escribir sobre esto, porque es tan sano que no sé si tiene gracia desde el punto de vista literario. P. es la persona más normal y más extraordinaria que he conocido en mucho tiempo, así que estos días juntos han sido al mismo tiempo extraordinarios y normales. Millas y millas juntos a lomos de un Cinquecento que, francamente, si pudiera hablar tendría mucho que contarle a un psicólogo para coches. Decenas de cafés aguados con crema de vainilla. El suelo de una tienda, la cama de un hotel, una ducha, una piscina, un jaccuzzi al aire libre. Bolsas de frutos secos, bagels con mantequilla de cacahuete, un italiano, un mexicano, un chino. Escalar, hablar, caminar, hablar, comprar recuerdos, mirar libros, hablar.
En todo ese proceso, nos hemos comportado como auténticos idiotas. Lo que nosotros creíamos que era un fluir de romanticismo y momentos especiales, el resto del mundo debía de verlo como dos seres con el coeficiente intelectual por los suelos y las manos demasiado largas.
Por otra parte, y pese a lo que pueda parecer leyendo este blog, yo nunca he creído que hubiera mayor secreto. En serio. Conoces a alguien que te gusta y a quien le gustas tú, lo demostráis lo antes posible y después pasáis mucho tiempo juntos porque es divertido y porque, a estas alturas, ¿quién quiere atrasar las cosas? ¿Qué necesidad hay de hacerse el difícil cuando sospechas, como yo sospecho ahora, que tu vida junto a esa persona puede ser bastante mejor que tu vida sola?
¿Es esto el principio de algo? Sinceramente, creo que sí. Lo creo con una confianza preocupante. Porque se puede y, al parecer, se quiere (yo quiero, él quiere, nadie tiene miedo de que el otro le arranque la cabeza como a una mantis, etc. etc.). Lo que pasa es que esto es como contar el argumento de una historia. Así en frío suena estúpido. Lo iré desvelando con el tiempo.
De momento, os lo puedo ir presentando.
Es argentino, así que quizá, pero sólo quizá, la expresión "pelotudo/a" comience a aparecer en este blog con frecuencia. Por ejemplo: "cuando hablo con él, sonrío como una pelotuda".
Tiene los ojos azules, con motitas marrones sólo en el derecho. ¿Es un alien? Quizá.
Trata muy bien a todo el mundo, incluyendo a camareros, dependientes, etc. Es lo que se conoce como ridículamente amable.
Corre, escala, sube montes y se ríe como un niño.
Está MUY seguro de sí mismo y camina por la vida con paso confiado. Es admirable y humilde. Es fuerte por dentro y por fuera.
Le gustan los animales, le gusta la gente, le gusto yo. Cuando hablo, escucha.
Y cre que hasta aquí puedo leer sin sentir que traiciono su privacidad y esas cosas que en general me importan un carajo. ¡Qué fuerte! Me gusta nivel respetar su (nuestra) intimidad xD
Seguiré en breve contando cosas de Moab, de Idaho y de mi vuelta a Boulder. Pero de momento, era necesario hablar del elefante en la habitación.
Es un elefante lindísimo.
Seguiremos informando.
Ahora estoy aquí sentada y no sé qué escribir. Verídico. Tiene cierta gracia que lo de abrazar el celibato en EEUU haya salido fatal, y quizá no sé cómo escribir porque estoy temiéndome hordas de "te lo dije". Te dije que tenías que relajarte, te dije que aparecería cuando menos te lo esperaras, etc., etc. Personalmente, creo que eso no es más que una sarta de chorradas. No creo que un extremadamente sensible sistema de detección de justicia universal se haya dado cuenta de que yo estaba lista para el amor desapegado y me haya mandado a alguien. Creo que decidir aterrizar en Moab a la vez que P., quedar con él para escalar y pasar los últimos siete días sonriendo como una idiota es una cuestión de pura casualidad.
Una casualidad estupenda, por otra parte.
Ahora me pregunto cómo escribir sobre esto. Es más: me pregunto si escribir sobre esto, porque es tan sano que no sé si tiene gracia desde el punto de vista literario. P. es la persona más normal y más extraordinaria que he conocido en mucho tiempo, así que estos días juntos han sido al mismo tiempo extraordinarios y normales. Millas y millas juntos a lomos de un Cinquecento que, francamente, si pudiera hablar tendría mucho que contarle a un psicólogo para coches. Decenas de cafés aguados con crema de vainilla. El suelo de una tienda, la cama de un hotel, una ducha, una piscina, un jaccuzzi al aire libre. Bolsas de frutos secos, bagels con mantequilla de cacahuete, un italiano, un mexicano, un chino. Escalar, hablar, caminar, hablar, comprar recuerdos, mirar libros, hablar.
En todo ese proceso, nos hemos comportado como auténticos idiotas. Lo que nosotros creíamos que era un fluir de romanticismo y momentos especiales, el resto del mundo debía de verlo como dos seres con el coeficiente intelectual por los suelos y las manos demasiado largas.
Por otra parte, y pese a lo que pueda parecer leyendo este blog, yo nunca he creído que hubiera mayor secreto. En serio. Conoces a alguien que te gusta y a quien le gustas tú, lo demostráis lo antes posible y después pasáis mucho tiempo juntos porque es divertido y porque, a estas alturas, ¿quién quiere atrasar las cosas? ¿Qué necesidad hay de hacerse el difícil cuando sospechas, como yo sospecho ahora, que tu vida junto a esa persona puede ser bastante mejor que tu vida sola?
¿Es esto el principio de algo? Sinceramente, creo que sí. Lo creo con una confianza preocupante. Porque se puede y, al parecer, se quiere (yo quiero, él quiere, nadie tiene miedo de que el otro le arranque la cabeza como a una mantis, etc. etc.). Lo que pasa es que esto es como contar el argumento de una historia. Así en frío suena estúpido. Lo iré desvelando con el tiempo.
De momento, os lo puedo ir presentando.
Es argentino, así que quizá, pero sólo quizá, la expresión "pelotudo/a" comience a aparecer en este blog con frecuencia. Por ejemplo: "cuando hablo con él, sonrío como una pelotuda".
Tiene los ojos azules, con motitas marrones sólo en el derecho. ¿Es un alien? Quizá.
Trata muy bien a todo el mundo, incluyendo a camareros, dependientes, etc. Es lo que se conoce como ridículamente amable.
Corre, escala, sube montes y se ríe como un niño.
Está MUY seguro de sí mismo y camina por la vida con paso confiado. Es admirable y humilde. Es fuerte por dentro y por fuera.
Le gustan los animales, le gusta la gente, le gusto yo. Cuando hablo, escucha.
Y cre que hasta aquí puedo leer sin sentir que traiciono su privacidad y esas cosas que en general me importan un carajo. ¡Qué fuerte! Me gusta nivel respetar su (nuestra) intimidad xD
Seguiré en breve contando cosas de Moab, de Idaho y de mi vuelta a Boulder. Pero de momento, era necesario hablar del elefante en la habitación.
Es un elefante lindísimo.
Seguiremos informando.
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