Aquí había un post que he borrado porque no me sentía cómoda con él. Por cosas mías.
Hoy he pasado toda la tarde en casa de mi abuela, coloreando sobre la mesa camilla con mis primas pequeñas. Me ha encantado aburrirme y colorear durante horas. Me ha encantado hartarme y tener ganas de irme: me ha dado la sensación de estar realmente allí, con ellos, de compartir un pedazo de vida auténtica y monótona.
He estado ojeando un libro de pintura y fotografía: "Las mujeres que leen son peligrosas". No pensaba que "mujeres leyendo" diera tanto de sí como temática. Varias de las mujeres retratadas aparecen desnudas, y es curiosa la sensación que evocan las dos intimidades: la de leer, que va hacia dentro, y a la que no le importa que nadie mire, y la de estar desnudo, que va hacia fuera y que siempre sabe que hay alguien mirando.
Me gusta leer porque es una afición respetuosa y solitaria (escribir, sin embargo, es solitario pero exhibicionista a voces). Cuando uno lee de verdad, no le importaría quedarse solo en el mundo si con él se quedara su libro. Además, nunca he tenido que pedirle a nadie que lee que baje el volumen.
¿Por qué me gustan las personas que leen? Si, al fin y al cabo, no se puede leer a la vez que alguien, no es algo que pueda disfrutarse en grupo. ¿Es porque las personas que leen son más cultas? Yo leo mucho y todo me suena, pero saber, lo que se dice saber, no sé apenas nada. Creo que lo importante de leer (y de escribir, si me apuráis, pero sobre todo de leer, porque leer es mucho más bonito, desinteresado y puro que escribir) es ir haciéndose cada vez más sensible a la vida, dejarse conmover cada vez por más cosas: no sólo por lo que me conmueve a mí, Marina, sino también por lo que conmovía a Buckowski, a García Márquez, a Chejov. Leer bien me va haciendo cada vez más y más persona (no mejor persona, sino más persona, que no es lo mismo).
Así que cuando me gusta alguien que lee, no me gusta la persona que acumula datos y que vive luego de su grasa literaria durante el largo invierno de las tertulias de escritores. Ésos me dan pena. Cuando me gusta alguien que lee, me gusta que le guste leer, que pueda hacerle feliz.
He dejado en casa de mi abuela algunos de los libros que tenía cuando era pequeña para mis primas. Al principio elegí algunos que estaban bien, pero no mis favoritos, porque no quiero perderlos. Luego decidí ser generosa con la vida y escogí mis títulos favoritos. Charlie y la Fábrica de Chocolate. El rey de Katoren. Doneval. Cuando Hitler Robó el Conejo Rosa. Cuando los llevé a casa de mi abuela, les hice jurar a mis primas que harían una lista anotando cuáles se llevaban, y que los protegerían con su vida. Hoy he pensado que total, qué más da, si yo no voy a volver a leerlos por no estropear el placer que me dieron en su momento con estúpidas reflexiones adultas, si sólo los quiero para pasarles el dedo por el lomo, y para eso, que salgan al mundo otra vez, que ya es hora.
Volvamos a esta tarde, mientras coloreaba en la mesa camilla de casa de mi abuela. Mi prima Emma ha cogido uno de los libros que les dejé, "Un museo siniestro", de Miguel Ángel Mendo. Me ha preguntado qué tal está. He sonreído: "Es un libro buenísimo", le he dicho "muy original. Muy siniestro, como su propio nombre indica". Con los libros me pasa como dice el profesor Frink en un capítulo de los Simpson: que no creo que otros niños vayan a disfrutarlos a tantos niveles como yo. Mi prima se ha metido a leer en uno de los dormitorios. Más tarde, de camino al baño, la he mirado un rato por la puerta entreabierta. Sólo tenía una lámpara encendida, y nada en el mundo hubiera podido molestarla.
Luego ha vuelto al salón y me ha dicho "Está chulísimo", y yo sabía que se refería al libro. Me he sentido orgullosa de mi prima, de su inteligencia, que ya sabe apreciar la belleza de lo siniestro. Y he entendido a los pintores del libro. A mí también me habría gustado pintarla a ella esta tarde, Emma con su libro, sola y feliz en su círculo de luz.
domingo, 17 de febrero de 2008
jueves, 14 de febrero de 2008
Querido J.:
Vale que no me mandes flores porque se chuchurren y no merece la pena.
Vale que no salgamos a cenar, porque en casa estamos más tranquilitos y nos sale más barato.
Vale que no me regales nada, porque dices que hoy es el día del Corte Inglés y porque, en cualquier caso, tú ya has cumplido de sobra.
Vale que no me mandes flores porque se chuchurren y no merece la pena.
Vale que no salgamos a cenar, porque en casa estamos más tranquilitos y nos sale más barato.
Vale que no me regales nada, porque dices que hoy es el día del Corte Inglés y porque, en cualquier caso, tú ya has cumplido de sobra.
Pero como este año no me felicites antes que yo a ti, te la cargas.
Que una va de alternativa pero también tiene su corazoncito.
Estás avisado.
viernes, 8 de febrero de 2008
Planes de futuro
Lunes:
Voy a hacer el doctorado en neurociencias. Me gusta aprender, y el doctorado supone seguir aprendiendo sobre lo que me interesa. Podría pedir becas, y si me dan la beca FPU (también conocida como Beca Poderosa) es como un sueldo, y encima me pagan estancias en el extranjero los veranos. Y seré neurocientífica. Y doctora.
Martes:
Voy a opositar y a ser orientadora escolar. Si total, no me mata, pero me gusta, y tendría mi placita fija y vacaciones de profe, para escribir, hacer danza del vientre y pollardear. Que lo importante es la calidad de vida.
Miércoles:
Voy a hacer el PIR. Es difícil, pero tengo buen expediente y si me pongo lo saco. Y luego tengo un sueldecillo tres años, aprendo un montón y al terminar ya soy psicóloga clínica, pongo una consulta y me forro. Y a vivir de puta madre comiendo yogur griego todos los días.
Jueves:
Voy a hacer algún máster, a aprender aromaterapia y flores de Bach, y a montármelo en plan alternativo. Que en el fondo es lo que más vende y lo que menos esfuerzo cuesta.
Viernes:
Voy a pedir una beca para escribir que vi el otro día anunciada, y si me la dan me paso un año escribiendo y veo si eso es realmente lo mío. Y mientras, monto talleres de escritura terapéutica y a lo mejor hago negocio y todo.
Sábado:
Me voy a ir a la India de voluntaria y después ya se verá.
Domingo:
Voy a quedarme preñada y que me mantenga J.
Voy a hacer el doctorado en neurociencias. Me gusta aprender, y el doctorado supone seguir aprendiendo sobre lo que me interesa. Podría pedir becas, y si me dan la beca FPU (también conocida como Beca Poderosa) es como un sueldo, y encima me pagan estancias en el extranjero los veranos. Y seré neurocientífica. Y doctora.
Martes:
Voy a opositar y a ser orientadora escolar. Si total, no me mata, pero me gusta, y tendría mi placita fija y vacaciones de profe, para escribir, hacer danza del vientre y pollardear. Que lo importante es la calidad de vida.
Miércoles:
Voy a hacer el PIR. Es difícil, pero tengo buen expediente y si me pongo lo saco. Y luego tengo un sueldecillo tres años, aprendo un montón y al terminar ya soy psicóloga clínica, pongo una consulta y me forro. Y a vivir de puta madre comiendo yogur griego todos los días.
Jueves:
Voy a hacer algún máster, a aprender aromaterapia y flores de Bach, y a montármelo en plan alternativo. Que en el fondo es lo que más vende y lo que menos esfuerzo cuesta.
Viernes:
Voy a pedir una beca para escribir que vi el otro día anunciada, y si me la dan me paso un año escribiendo y veo si eso es realmente lo mío. Y mientras, monto talleres de escritura terapéutica y a lo mejor hago negocio y todo.
Sábado:
Me voy a ir a la India de voluntaria y después ya se verá.
Domingo:
Voy a quedarme preñada y que me mantenga J.
martes, 5 de febrero de 2008
Es sábado por la noche, y salgo de la biblioteca nocturna con la mochila a la espalda como mi casita de caracol. Vamos a ir al cine a ver Juno (que, por cierto, no es para tanto), y hemos quedado directamente frente al micrilla, porque J. ha ido antes a casa a hacer las palomitas para ahorrarnos el abuso de poder del ambigú. Camino por Severo Ochoa con la cabeza embotada y esa agradable sensación de que la obligación ya se ha acabado, y ahora toca el placer.
J. está de pie junto al coche. Puedo ver su figura delgada bajo el precioso abrigo pijo que le ha comprado mi elegante suegra. Habla por el móvil y sujeta las bolsas de plástico llenas de palomitas de microondas, y levanta en alto las provisiones para saludarme cuando me ve. Me entra una oleada de amor atávico: ahí está, ése es mi hombre, mi hombre que me caza palomitas baratas y que llega puntual a la cita para que yo no me pierda los trailer.
- Las palomitas llevan el nombre de cada uno escrito - me dice, mientras me alarga la bolsa para que la camufle en mi mochila.
- ¿En serio? - me río y coloco los apuntes en el maletero.
- Claro, porque mientras hacía las tuyas imaginaba que tú estabas ahí conmigo y me decías "¡Sácalas ya, J.! ¡'Que no me gustan las palomitas quemadas y tú siempre las quemas!", así que las he sacado antes de lo que yo las habría sacado y pienso que están bien para ti.
- Y les has puesto mi nombre.
- Sí. Bueno, no es tu nombre en realidad, pero vamos, que se ve que son tuyas.
Más tarde, cuando llegamos al cine con tiempo de sobra para que yo vea los trailer mientras J. se tapa los oídos y los ojos, saco mi paquete de palomitas no quemadas y veo que J. ha pintado con boli una M dentro de un corazón.
Soy la M dentro del corazón de alguien.
Y a veces no sé bien qué he hecho para merecer ese honor.
J. está de pie junto al coche. Puedo ver su figura delgada bajo el precioso abrigo pijo que le ha comprado mi elegante suegra. Habla por el móvil y sujeta las bolsas de plástico llenas de palomitas de microondas, y levanta en alto las provisiones para saludarme cuando me ve. Me entra una oleada de amor atávico: ahí está, ése es mi hombre, mi hombre que me caza palomitas baratas y que llega puntual a la cita para que yo no me pierda los trailer.
- Las palomitas llevan el nombre de cada uno escrito - me dice, mientras me alarga la bolsa para que la camufle en mi mochila.
- ¿En serio? - me río y coloco los apuntes en el maletero.
- Claro, porque mientras hacía las tuyas imaginaba que tú estabas ahí conmigo y me decías "¡Sácalas ya, J.! ¡'Que no me gustan las palomitas quemadas y tú siempre las quemas!", así que las he sacado antes de lo que yo las habría sacado y pienso que están bien para ti.
- Y les has puesto mi nombre.
- Sí. Bueno, no es tu nombre en realidad, pero vamos, que se ve que son tuyas.
Más tarde, cuando llegamos al cine con tiempo de sobra para que yo vea los trailer mientras J. se tapa los oídos y los ojos, saco mi paquete de palomitas no quemadas y veo que J. ha pintado con boli una M dentro de un corazón.
Soy la M dentro del corazón de alguien.
Y a veces no sé bien qué he hecho para merecer ese honor.
jueves, 31 de enero de 2008
Esta mi comunidad
Una de las cosas que tienes que aguantar cuando vives en un piso de estudiantes es que te miren raro cada vez que entras con alguien del edificio al portal. Si me abre alguien mientras estoy buscando mis llaves, no paro hasta que las encuentro y las exhibo retadora delante del vecino desconfiado de turno.
Los vecinos de esta comunidad, concretamente, son de lo peorcito que me he encontrado en cuatro años. No te dejan ni atar la bici en el portal. Por eso me puse un poco nerviosa el otro día, cuando entré con una ancianita que se plantó delante del ascensor mirándome de reojo. En este tipo de situaciones, a veces directamente paso y me subo por la escaleras, pero ese día venía del súper cargada de bolsas, y decidí reivindicar los cien eurazos mensuales que pagamos en mi piso de comunidad.
- Buenos días - dije, concentrándome para que el pelo se me pusiera más rubio (¿más rubio? ¿o solamente rubio? que últimamente estoy de un castaño insoportable) y me diera aspecto angelical.
- Mshmshs - contestó amablemente la señora.
Había dejado de mirarme de reojo y me examinaba sin pudor. El ascensor se abrió y la pobre se vio obligada a compartir el pequeño espacio con el peligroso metro y medio* de psicópata estudiante semirrubia armada con bolsas del Dani.
- Yo voy al segundo - dije, y rogué para que ella fuera a otro piso y no creyera que todo era un premeditado plan para estrangularla (una vez que soltara las bolsas y me volviera a circular la sangre por los nudillos) y robarle los Lladrós.
- Mhhhmmjjj - hizo esta vez, y pulsó el segundo y luego el tercero.
Aproximadamente a los cinco segundos de tenso recorrido visual por mi jersey de colorines, formuló la pregunta que llevaba deseando soltar todo el camino.
- ¿Tú vives aquí?
- ¡Claro! - dije yo, intentando enfatizar que ¡Claro que vivo aquí! y ¡Claro que no soy una de esas de los timos del gas!
- Pues no te he visto nunca.
Curioso, señora. Y yo que pensaba que la probabilidad de que una se cruce en tres meses con todos sus vecinos de edificio es igual al suceso seguro.
- Bueno, es que he llegado este año.
- Aahhh... entonces claro... - la señora suspiró, aliviada. Obviamente, nadie que viva aquí más de un año escapa a su mirilla avizor.
Se abrió la puerta del ascensor y huí, apuntando con mi llave en dirección a mi puerta para ver si la anciana-segurata podía percibir que encajaban y quedarse tranquila.
Descuide, señora. Si alguna vez entro a robar en una casa, puede que lo haga a plena luz del día, a cara descubierta y confiando en la fuerza de mis cuarenta y siete kilos para reducirles a usted y a su yorkshire. Puede que coja el ascensor con usted para facilitarle las futuras ruedas de reconocimiento.
Pero seguro, seguro que las bolsas del súper me las dejo en casa.
*1'57 m, y aún estoy en edad de crecimiento.
Los vecinos de esta comunidad, concretamente, son de lo peorcito que me he encontrado en cuatro años. No te dejan ni atar la bici en el portal. Por eso me puse un poco nerviosa el otro día, cuando entré con una ancianita que se plantó delante del ascensor mirándome de reojo. En este tipo de situaciones, a veces directamente paso y me subo por la escaleras, pero ese día venía del súper cargada de bolsas, y decidí reivindicar los cien eurazos mensuales que pagamos en mi piso de comunidad.
- Buenos días - dije, concentrándome para que el pelo se me pusiera más rubio (¿más rubio? ¿o solamente rubio? que últimamente estoy de un castaño insoportable) y me diera aspecto angelical.
- Mshmshs - contestó amablemente la señora.
Había dejado de mirarme de reojo y me examinaba sin pudor. El ascensor se abrió y la pobre se vio obligada a compartir el pequeño espacio con el peligroso metro y medio* de psicópata estudiante semirrubia armada con bolsas del Dani.
- Yo voy al segundo - dije, y rogué para que ella fuera a otro piso y no creyera que todo era un premeditado plan para estrangularla (una vez que soltara las bolsas y me volviera a circular la sangre por los nudillos) y robarle los Lladrós.
- Mhhhmmjjj - hizo esta vez, y pulsó el segundo y luego el tercero.
Aproximadamente a los cinco segundos de tenso recorrido visual por mi jersey de colorines, formuló la pregunta que llevaba deseando soltar todo el camino.
- ¿Tú vives aquí?
- ¡Claro! - dije yo, intentando enfatizar que ¡Claro que vivo aquí! y ¡Claro que no soy una de esas de los timos del gas!
- Pues no te he visto nunca.
Curioso, señora. Y yo que pensaba que la probabilidad de que una se cruce en tres meses con todos sus vecinos de edificio es igual al suceso seguro.
- Bueno, es que he llegado este año.
- Aahhh... entonces claro... - la señora suspiró, aliviada. Obviamente, nadie que viva aquí más de un año escapa a su mirilla avizor.
Se abrió la puerta del ascensor y huí, apuntando con mi llave en dirección a mi puerta para ver si la anciana-segurata podía percibir que encajaban y quedarse tranquila.
Descuide, señora. Si alguna vez entro a robar en una casa, puede que lo haga a plena luz del día, a cara descubierta y confiando en la fuerza de mis cuarenta y siete kilos para reducirles a usted y a su yorkshire. Puede que coja el ascensor con usted para facilitarle las futuras ruedas de reconocimiento.
Pero seguro, seguro que las bolsas del súper me las dejo en casa.
*1'57 m, y aún estoy en edad de crecimiento.
viernes, 25 de enero de 2008
Perdonar
Mi carrera es MUY interesante. Cuando uno entra en psicología, se piensa que todo va a ser terapias de grupo, cómo curar la depresión o charlitas rollo Bucay. Luego se encuentra con que una parte importante del plan de estudios (sobre todo en Granada) es psicología básica, es decir: cómo funciona el cerebro (o cómo se piensa que funciona), fundamentos de aprendizaje, de percepción, de pensamiento y de lenguaje, y se desespera. Creo que todo el mundo empieza psicología queriendo sentarse a la espalda de un diván, y la acaba examinándose por décima vez de psicobiología y análisis de datos.
Yo también pensé que no me gustaría la psicología básica, pero resulta que me encanta. Me gusta saber cómo funcionan las cosas, y el cerebro humano es tan potente, tan complejo y ten eficaz que a veces me pregunto cómo mi carrera no es la más importante y difícil de todas.
El lunes tengo el examen de psicología del lenguaje. Me gusta tanto que, una vez más, me doy cuenta de que soy una freak. Después de 15 temas, uno no ha añadido prácticamente nada a su esquema de conocimientos previo: lo único que ha hecho ha sido ahondar en lo que hace todos los días (hablar) y darle, más o menos, una explicación detallada. Cómo pasar del significado literal a las proposiciones, de ahí a la estructura sintáctica, morfológica y fonológica. Cómo se hace todo eso a la velocidad de la luz, sin aparente esfuerzo. Comunicarnos verbalmente, algo que todos hacemos a diario y con gran facilidad, requiere una gran cantidad de procesos, tanto lingüísticos como sociales y afectivos.
Uno de los temas de la asignatura se dedica a las reglas de cortesía. Según los apuntes, las personas nos comunicamos intentando preservar al máximo nuestra imagen pública: la imagen que los demás tienen de nosotros, que en la mayoría de los casos se corresponde con la que nosotros mismos tenemos. Hay dos tipos de imagen pública: la negativa está relacionada con el poder, el estatus y la capacidad de ser independiente y tomar decisiones (negativo y positivo no tienen aquí connotaciones de "bueno" o "malo"). La imagen positiva tiene que ver con los vínculos, con la solidaridad y los lazos afectivos que nos unen a nuestro interlocutor.
¿A qué viene todo esto?, os preguntaréis, si habéis hecho el esfuerzo de llegar hasta aquí.
Prácticamente todas las formas de comunicación amenazan a una u otra vertiente de nuestra imagen pública. Ordenar algo amenaza la IP negativa del otro, porque le resta libertad y capacidad de decisión. Criticar amenaza su IP positiva, porque disminuye los lazos afectivos entre los hablantes.
Además, hay actos que amenazan la propia imagen pública, y uno de los más delicados es pedir perdón. Cuando pedimos disculpas, nos arriesgamos a que el otro nos estime menos que nosotros a él, es decir: nos jugamos su amor a la lotería. Reconocemos que nos hemos equivocado y perdemos IP- a chorros. También reconocemos que el otro no tiene por qué querernos ahora y nuestra IP+ baja a toda velocidad. Así que pedir disculpas es un acto que supone una gran amenaza para uno mismo y que requiere mucho valor.
Pero ¿qué pasa con el que tiene que disculpar al otro? De repente, sin hacer nada, ha ganado. Tiene una mejor IP que su interlocutor y puede mirarle por encima del hombro. Ganar nos gusta tanto a los seres humanos que hay estudios que demuestran que la gente es capaz de llevarse menos dinero en una situación de juego hipotética sólo para asegurarse de que se lleva más que un imaginario oponente. Cuando nos disculpamos, el ofendido tiene dos opciones: perdonar al otro y devolverle su IP perdida o continuar echándole en cara lo que hizo y ver cómo su propia barrita de IP aumenta (como en el street fighter o juegos así) mientras el otro se retuerce por el suelo y su barra se pone roja y parpadea.
Yo creo que pedir perdón es algo que todos podemos hacer, más o menos. Está socialmente bien visto, aunque mi libro de psicolingüística diga que no. Una persona que pide perdón es humilde, reconoce sus errores y tiene buen corazón y, por mucha IP que pierda, gana un montón de minipuntos de crecimiento personal. Es un poco como pasarle al otro la patata caliente "yo ya te he pedido perdón, no puedo hacer nada más". Lo verdaderamente elegante y difícil es renunciar al placer de ver al muñequito del contrario yacer en el suelo y tenderle la mano para que se ponga de pie. Devolver la la parcela de poder que hemos ganado, el superávit de IP que tenemos gracias a nuestra virtud, y quedarnos de nuevo empatados en el difícil ring de las relaciones personales. Ahí está el tema.
Esto debe ser lo que el HDP** de mi profe de Educación llama aprendizaje significativo.
**Hombrecito De la Posguerra. Malpensados.
Yo también pensé que no me gustaría la psicología básica, pero resulta que me encanta. Me gusta saber cómo funcionan las cosas, y el cerebro humano es tan potente, tan complejo y ten eficaz que a veces me pregunto cómo mi carrera no es la más importante y difícil de todas.
El lunes tengo el examen de psicología del lenguaje. Me gusta tanto que, una vez más, me doy cuenta de que soy una freak. Después de 15 temas, uno no ha añadido prácticamente nada a su esquema de conocimientos previo: lo único que ha hecho ha sido ahondar en lo que hace todos los días (hablar) y darle, más o menos, una explicación detallada. Cómo pasar del significado literal a las proposiciones, de ahí a la estructura sintáctica, morfológica y fonológica. Cómo se hace todo eso a la velocidad de la luz, sin aparente esfuerzo. Comunicarnos verbalmente, algo que todos hacemos a diario y con gran facilidad, requiere una gran cantidad de procesos, tanto lingüísticos como sociales y afectivos.
Uno de los temas de la asignatura se dedica a las reglas de cortesía. Según los apuntes, las personas nos comunicamos intentando preservar al máximo nuestra imagen pública: la imagen que los demás tienen de nosotros, que en la mayoría de los casos se corresponde con la que nosotros mismos tenemos. Hay dos tipos de imagen pública: la negativa está relacionada con el poder, el estatus y la capacidad de ser independiente y tomar decisiones (negativo y positivo no tienen aquí connotaciones de "bueno" o "malo"). La imagen positiva tiene que ver con los vínculos, con la solidaridad y los lazos afectivos que nos unen a nuestro interlocutor.
¿A qué viene todo esto?, os preguntaréis, si habéis hecho el esfuerzo de llegar hasta aquí.
Prácticamente todas las formas de comunicación amenazan a una u otra vertiente de nuestra imagen pública. Ordenar algo amenaza la IP negativa del otro, porque le resta libertad y capacidad de decisión. Criticar amenaza su IP positiva, porque disminuye los lazos afectivos entre los hablantes.
Además, hay actos que amenazan la propia imagen pública, y uno de los más delicados es pedir perdón. Cuando pedimos disculpas, nos arriesgamos a que el otro nos estime menos que nosotros a él, es decir: nos jugamos su amor a la lotería. Reconocemos que nos hemos equivocado y perdemos IP- a chorros. También reconocemos que el otro no tiene por qué querernos ahora y nuestra IP+ baja a toda velocidad. Así que pedir disculpas es un acto que supone una gran amenaza para uno mismo y que requiere mucho valor.
Pero ¿qué pasa con el que tiene que disculpar al otro? De repente, sin hacer nada, ha ganado. Tiene una mejor IP que su interlocutor y puede mirarle por encima del hombro. Ganar nos gusta tanto a los seres humanos que hay estudios que demuestran que la gente es capaz de llevarse menos dinero en una situación de juego hipotética sólo para asegurarse de que se lleva más que un imaginario oponente. Cuando nos disculpamos, el ofendido tiene dos opciones: perdonar al otro y devolverle su IP perdida o continuar echándole en cara lo que hizo y ver cómo su propia barrita de IP aumenta (como en el street fighter o juegos así) mientras el otro se retuerce por el suelo y su barra se pone roja y parpadea.
Yo creo que pedir perdón es algo que todos podemos hacer, más o menos. Está socialmente bien visto, aunque mi libro de psicolingüística diga que no. Una persona que pide perdón es humilde, reconoce sus errores y tiene buen corazón y, por mucha IP que pierda, gana un montón de minipuntos de crecimiento personal. Es un poco como pasarle al otro la patata caliente "yo ya te he pedido perdón, no puedo hacer nada más". Lo verdaderamente elegante y difícil es renunciar al placer de ver al muñequito del contrario yacer en el suelo y tenderle la mano para que se ponga de pie. Devolver la la parcela de poder que hemos ganado, el superávit de IP que tenemos gracias a nuestra virtud, y quedarnos de nuevo empatados en el difícil ring de las relaciones personales. Ahí está el tema.
Esto debe ser lo que el HDP** de mi profe de Educación llama aprendizaje significativo.
**Hombrecito De la Posguerra. Malpensados.
domingo, 20 de enero de 2008
Going Solo
Leer este precioso post de Aracne sobre Roald Dahl, uno de mis escritores y personas favoritas, me ha animado la tarde. Me ha gustado sobre todo el fragmento en el que habla de “Volando Solo”, y de cómo el libro transmite, como dice ella, “esa experiencia de soledad absoluta, esa percepción de la individualidad convertida en libertad, en la mayor satisfacción que una persona puede tener”.
Como llevo emparejada desde que el mundo es mundo, y además me implico bestialmente en las relaciones que tengo, alguna vez me han dicho que me convendría estar sola. A mí me parece una recomendación absurda, porque me siento sola la mayor parte del tiempo. No es algo negativo, no se trata de necesitar compañía o de tener que encender la tele para oír otra voz. Me siento sola porque es como estoy, objetivamente, durante casi todo el día, y no es en absoluto malo.
La experiencia de la soledad, de una soledad verdadera, es algo muy recomendable. Yo lo sentí cuando hice el curso de vipassana: estaba rodeada de gente y, sin embargo, sólo me tenía a mí, y sabía que no había nadie más a quien pudiera contarle lo que pasaba por mi cabeza. En ese momento fui muy consciente de mí, Marina, haciendo el viaje estelar de la existencia metida en una navecita hermética. Mis pensamientos rebotaban en la pared vacía del silencio y era yo quien tenía que tragárselos. Llegar al décimo día, ser capaz de aguantar a pelo el conjunto de estupideces y aciertos que soy yo, sin comunicárselos a nadie, sin hacer a nadie cargar con el peso de mis errores, me hizo sentir muy fuerte.
Así que no me importa pasar los días más o menos sola. Es como estar en el avión del que habla Roald Dahl: tú tomas tus decisiones, eliges cómo manejar los mandos e intentas llevarte a buen puerto. A veces, cuando siento que realmente estoy siendo capaz de cuidar bien de mí misma, siento más seguridad que en la mejor de las siestas compartidas con J. Una sabe cuidar de una misma, a veces, en las cosas más absurdas, como la primera vez que lavé a mano un jersey: cuando se secó y olí el aroma a limpio de la lana, supe que yo podía darme la mayoría de las cosas que necesitaba.
A pesar de todo, me encantan las personas. Me encanta que, aunque todos sepamos que nacemos y morimos solos, y que es difícil diluir aunque sea por un momento la barrera que nos separa, nos empeñamos en conocer a otros, y que nos conozcan, y nos aferramos a los demás y al cariño que sentimos por ellos hasta el último momento. Me gusta pertenecer a esta especie humana tan extraña y cruel y noble, que se mata y se abraza a partes iguales.
Observo el universo desde arriba y los exámenes y los trabajos son lo más estúpido, pequeño y mezquino que hay en todo él. Y pensar así me sienta la mar de bien. Sobre todo en domingo.
Como llevo emparejada desde que el mundo es mundo, y además me implico bestialmente en las relaciones que tengo, alguna vez me han dicho que me convendría estar sola. A mí me parece una recomendación absurda, porque me siento sola la mayor parte del tiempo. No es algo negativo, no se trata de necesitar compañía o de tener que encender la tele para oír otra voz. Me siento sola porque es como estoy, objetivamente, durante casi todo el día, y no es en absoluto malo.
La experiencia de la soledad, de una soledad verdadera, es algo muy recomendable. Yo lo sentí cuando hice el curso de vipassana: estaba rodeada de gente y, sin embargo, sólo me tenía a mí, y sabía que no había nadie más a quien pudiera contarle lo que pasaba por mi cabeza. En ese momento fui muy consciente de mí, Marina, haciendo el viaje estelar de la existencia metida en una navecita hermética. Mis pensamientos rebotaban en la pared vacía del silencio y era yo quien tenía que tragárselos. Llegar al décimo día, ser capaz de aguantar a pelo el conjunto de estupideces y aciertos que soy yo, sin comunicárselos a nadie, sin hacer a nadie cargar con el peso de mis errores, me hizo sentir muy fuerte.
Así que no me importa pasar los días más o menos sola. Es como estar en el avión del que habla Roald Dahl: tú tomas tus decisiones, eliges cómo manejar los mandos e intentas llevarte a buen puerto. A veces, cuando siento que realmente estoy siendo capaz de cuidar bien de mí misma, siento más seguridad que en la mejor de las siestas compartidas con J. Una sabe cuidar de una misma, a veces, en las cosas más absurdas, como la primera vez que lavé a mano un jersey: cuando se secó y olí el aroma a limpio de la lana, supe que yo podía darme la mayoría de las cosas que necesitaba.
A pesar de todo, me encantan las personas. Me encanta que, aunque todos sepamos que nacemos y morimos solos, y que es difícil diluir aunque sea por un momento la barrera que nos separa, nos empeñamos en conocer a otros, y que nos conozcan, y nos aferramos a los demás y al cariño que sentimos por ellos hasta el último momento. Me gusta pertenecer a esta especie humana tan extraña y cruel y noble, que se mata y se abraza a partes iguales.
Observo el universo desde arriba y los exámenes y los trabajos son lo más estúpido, pequeño y mezquino que hay en todo él. Y pensar así me sienta la mar de bien. Sobre todo en domingo.
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