martes, 20 de mayo de 2008
Obviedad
Me doy la vuelta, indignada, y le digo que eso es una chorrada. Que todo el mundo quiere ser feliz. El problema es que no sabemos cómo.
Pero bueno, tiene buena intención, la criatura.
lunes, 19 de mayo de 2008
Nunca podré ser la musa de un escritor
Recuerdos
Cuando él la dejó, ella se dio cuenta muy pronto de que, puesto que había pasado los dos últimos años a su lado, casi todo lo que había hecho, leído, oído y casi pensado durante ese tiempo le recordaba a él. El dolor era tan grande y tan parecido a una aguja traspasándole en pecho que decidió buscar una solución. Con la ayuda del Photoshop, el procesador de textos y su imaginación, inventó todo un pasado alternativo que no tenía nada que ver con él. Detalló mes a mes los viajes que había hecho sin él, las personas a las que había conocido, los tíos a los que se había follado (todos guapos, todos interesantes, todos locos por ella). Escribió que la primera vez que escuchó la canción que solían bailar abrazados estaba en un bar del centro, tonteando con un divertido actor de teatro. Escribió que era aquel gallego tan tímido que nunca bebía café quien le había hablado por primera vez de Houellebecq y de Stefan Zweig. A partir de su ingeniosa maniobra, paseaba por la calle enlazando silenciosamente los estímulos externos con sus falsos recuerdos, sustituyendo la aguja afilada por una agradable descarga de nostalgia. Consiguió ser razonablemente feliz durante bastante tiempo.
sábado, 17 de mayo de 2008
Lo que hace la playa mientras no la ve nadie
Nota: aún quiero saber cuáles son vuestras palabras favoritas, así que he dejado un enlace en la barra lateral para poder seguir posteando entre tanto.
Esta mañana me he levantado temprano con la intención de dar un paseo en bici y bañarme en la playa vacía. Me he vestido con el bikini debajo, he embadurnado de crema mi debilitada piel y he bajado al garaje a coger mi pobre bici, que este año se ha quedado en Málaga porque a mi casero y a todos los inquilinos de ésa su comunidad no les parece bien que la suba por las escaleras y/o la guarde en el balcón. Un mundo donde una potencial mancha de rueda de bici en la pared es más importante que la ecología y la felicidad a pedales quizá no merezca salvarse. El caso es que mi plan ha quedado descartado cuando he descubierto que mi hermano, ese ser que nació para que yo no me sintiera sola, le ha quitado las ruedas a mi bici para llevarlas a su clase de dibujo y se las ha dejado allí. Le he chillado y sacudido un buen rato en su cama, pero lo que tiene la resaca es que es una buena defensa frente a las hermanas indignadas. Después me he dicho: bueno, es temprano, estoy vestida y el mar sigue en el mismo sitio. Así que he cogido la moto y me he ido al Balneario.
Aquí hago un inciso para decir que esta noche he tenido sueños especialmente vívidos y curiosos. Al principio de la noche, he soñado que Gasol (sí, el jugador de baloncesto) estaba en mi clase (¿en mi clase de qué?) y yo le molaba. Esto es curioso y divertido por dos razones: una, que Gasol nunca me ha gustado, ni interesado, ni parecido mínimamente atractivo; otra, que me saca casi sesenta centímetros, lo que hace nuestra relación anatómicamente imposible. Después he soñado con Mi Querido Ex Novio (que me saca treinta y cinco centímetros, iba de altos la cosa esta noche), que montaba en bicicleta y me llevaba en el asiento mientras él pedaleaba. Yo daba palmitas de felicidad hasta que, de pronto, me daba cuenta de que estábamos en el Balneario y todo estaba lleno de grúas y camiones que vertían cemento en el suelo. Entonces me echaba a llorar. El Balneario es una antigua casa de baños situada en mitad del paseo marítimo de Málaga. Con el tiempo se ha ido convirtiendo en una preciosa ruina con un bosque de eucaliptos al lado que, como la aldea gala, resiste con gracilidad a los ruidos invasores y a la fealdad del mundo. Foto aquí. Ahora parece que quieren construir allí un parque con quioscos, tiendas y cafeterías de dos euros el café, y supongo que de ahí mi sueño.
Sin embargo, esta mañana el Balneario aún seguía en su sitio, endiabladamente hermoso, con sus columnas rotas y el mar azulísimo batiendo suavemente contra las rocas. En la arena, una mujer gorda untaba crema bronceadora en sus pechos enormes y desnudos. En un rincón, al abrigo del chamizo que hace de techo, un hombre joven y rapado hacía yoga sobre una colchoneta. He cruzado el bosque de eucaliptos, y las mismas cosas que siempre me fascinan y conmueven han vuelto a hacerlo. La fuente de donde manaba vino las noches de fiesta, la vasija enorme y rota por un lado en cuya base han empezado a arraigar las plantas. Desde las viejas pistas de tenis llegaba el ruido sordo de la pelota al golpear contra la raqueta y las exclamaciones de los jugadores.
He salido hacia el paseo de Pedregalejo y he paseado cruzando las pequeñas calas a través de la arena. Son como piscinas tranquilísimas, cada una con su propia belleza redonda y transparente, donde las olas apenas se levantan. Algunas bicicletas rodaban tranquilamente por el paseo, y un hombre tiraba una pelota a dos perros pequeños y feos que corrían detrás, enloquecidos. Los pescadores arreglaban las barcas, acostándolas bajo sus mantas de lona en sus lechos de arena. En la cala más grande, frente al hotel Cohiba, me he quitado las chanclas (es una palabra bonita ésta también: chancla) y he recorrido la orilla con los pantalones remangados. El agua estaba helada, y entre eso y la brisa fría que erizaba la superficie del mar he decidido que no iba a bañarme. Aun así, he sumergido las piernas hasta las pantorrillas, sintiendo cómo el frío dolía al principio y cómo mis venas, mis músculos y mi sangre trabajaban hasta adaptarse a él. Todo era tan hermoso.
Mi paseo ha durado hasta que he notado cómo, lenta pero perceptiblemente, el mundo empezaba a llenarse de personas, y cada vez había más bicicletas, más paseantes, más perros. Que no es que no me guste, porque me encanta la gente que pasea aunque sea gratis, pero esta mañana quería quedarme con la imagen de la playa vacía, donde los pocos que van lo hacen precisamente por eso, porque está vacía.
He vuelto a mi moto. Los trabajadores de los astilleros aupaban trabajosamente una barca, girando una palanca a la que habían atado una cuerda y cuyo nombre me encantaría saber. Entre los eucaliptos, un hombre desnudo hacía una gran hoguera con troncos y ramas y se ponía de pie frente a ella, empapándose de humo. Al borde del mar, un chico con un violín a la espalda miraba el agua desconcertado. Me he acordado de una frase del libro que estoy leyendo: “Qué extraños recipientes de tristeza somos todos”. Y me he ido a casa a desayunar yogur con muesli y cereales y una gran taza de té verde.
viernes, 16 de mayo de 2008
Vuestro regalo de cumpleaños
Quiero que me hagáis un regalo de cumpleaños. Yo sé que los regalos son como los besos y los porros, que no se piden, pero bueno... es un regalo tan pequeño, y significaría tanto para mí...
El año pasado, o el anterior, no me acuerdo, la RAE organizó una votación para ver cuál era la palabra más bonita de la lengua española. Leo en google que ganó amor. Por dios, qué cursis todos, qué poca imaginación, qué obviedad tan grande. Me gustaría que como regalo atrasado me dijérais cuál es vuestra palabra favorita en castellano, y las palabras tipo amor, amistad, paz, justicia y esperanza quedarán descalificadas. ¿Por qué? Bueno, pensad en que en Eurovisión no dejan participar a los grupos ya consagrados. Estas palabras, en mi opinión, juegan con ventaja.
Enpiezo yo con la mía. Durante mucho tiempo, fue firmamento. Al final, sin embargo, ha acabado pareciéndome un poco pretenciosa y ahora tengo otra:
acurrucarse:
(Quizá del lat. corrugāre, arrugar).
1. prnl. Encogerse para resguardarse del frío o con otro objeto.
Me resulta tan deliciosamente evocadora, cálida, íntima... y al mismo tiempo es una palabra como muy de andar por casa.
Ahora sed buenos y decidme la vuestra. Vamos a saborear las palabras como si fueran carísimos bombones.
martes, 13 de mayo de 2008
Sobre cumplir años, hacerse mayor y madurar, que no es lo mismo
Me hubiera gustado escribir un bonito post místico el día de mi cumpleaños, que fue el sábado. Mi cumpleaños siempre me ha parecido una fecha superespecial. Cuando era pequeña, leí en un libro que si la noche antes de cumplir años subes a la cama con el pie izquierdo y le das la vuelta a la almohada, al día siguiente pueden ocurrir cosas maravillosas. Algunos años, si me acuerdo, lo hago (este año se me ha olvidado, por cierto). En cualquier caso, paso todos los 10 de Mayo con la extraña sensación de que la energía del universo se concentra en mí. Vale, reíros.
Este año ha sido un cumpleaños raro. No por las celebraciones, todas geniales, que han incluido una fiesta con globos y sandwiches, otra fiesta con una gymkana espiritual, una merienda con sunny y pipas en el monte, un picnic nocturno en un salón, una comida en un restaurante caro y mucho maki sushi... Ha sido la cifra. 23 ya no suena a 20. Con los 21 y los 22 me sentía como de puntillas al borde de la década 20-30, recién salidita de mi adolescencia turbulenta y feliz. Los 23 ya suenan a estar más asentada, a acercarse a la mitad. No quiero ser de esas personas que cada vez que cumplen años se deprimen y piensan que envejecen a toda velocidad, que su vida carece de sentido y blablabla. Si hago balance, estoy mejor ahora que hace un año, y mejor hace un año que hace dos, y si me dieran a elegir, no volvería atrás ni dos meses (mucho menos dos meses). Pero la vida pasa. Y te das cuenta. Y es inevitable pensar en ello y sentirte un poquito triste.
Cuando era pequeña y planeaba el mural mental de mi vida, los 23 eran la edad que marcaba la frontera de la universidad. Al final me voy a atrasar un año, pero es cierto que dentro de poco mi etapa universitaria, la única que voy a tener, habrá quedado atrás. Recuerdo cuando estaba en Barcelona e íbamos a la discoteca de Sabadell (el infierno en la tierra), y el DJ gritaba "¡que saluden esos universitarios!" y yo saludaba y me sentía universitaria y mayor y chachi. Ahora eso se acabó y en breve tendré que ganarme la vida, como mínimo y, si encarta, emparejarme y reproducirme. No me asusta, creo que lo haré todo muy bien, pero es raro. Cuando era niña, pensaba que la infancia y la juventud de los adultos que conocía estaba separada de su vida actual por una especie de bruma, un salto espacio-temporal que hacía que lo que había pasado entonces fuera de una consistencia distinta, como una película, o un sueño. Ahora veo que yo estoy cruzando ese puente, el que separa a los hijos de los padres, y que realmente no existe tal puente, sino que es como todo lo demás: días y días de vida alineados como soldaditos, que se parecen mucho los unos a los otros y que cuando te quieres dar cuenta, se te han acabado.
Cuando soplé las velas (una vela redonda en un sorbete de cava, en una cama llena de flores, con la ciudad iluminada impresa sobre un largo rollo de papel satinado... sólo quería daros envidia), recordé qué pedí en mi tarta del año pasado y qué he pedido en ésta. Durante este vigésimo cuarto año de mi vida sobre la tierra, quiero aprender a ser más consciente, más equilibrada y más amorosa. Quiero aprender a estar sola, física y mentalmente. Quiero ser fuerte para hacer lo que deseo hacer, porque las cosas que me hacen feliz requieren fuerza, y esfuerzo (unas más que otras).
A pesar de lo que he dicho, veintitrés es una cifra bonita (yo siempre he sido de impares) y, además, no me siento para nada como si los tuviera. Cuando conocí a J. hace tres años, me dijo: "hasta los 23 las niñas sois una bomba de relojería". No sé si es cierto, pero sí es verdad que hay algo en mí más sosegado, menos ansioso. Así que, para el que quiera saberlo, ya no voy a explotarle a nadie en la cara.
La cuestión es que he cumplido un año más, y tiene su mérito. Preguntádselo a mi corazón, bombeando sangre todo el día, y a mis pulmones, respirando sin parar, y a todas las pequeñas células que forman mi cuerpecillo. Hasta el último operario del sistema digestivo te dirá que llevar un cuerpo humano, con su correspondiente mente ciclotímica dentro, cuesta su trabajo. Así que felicidades, Marina, y que cumplas muchos más.
jueves, 8 de mayo de 2008
Psycho-killer
Contexto: seguimos en la línea reivindicativa-dramática de mi última obra de ficción.
La cosa es sencilla. En la facultad de Psicología de la Universidad de Granada ya hace cuatro años que comenzó la experiencia piloto para adaptarse al Plan Bolonia. Como ya expliqué ampliamente en Euricienta, todo es una mierda, los alumnos no paran de hacer trabajos estúpidos y han perdido las ganas de vivir. Entonces, a mitad de curso más o menos, empiezan a sucederse escalofriantes asesinatos. Los profesores de la facultad van cayendo uno a uno, y lo más inquietante es que cada uno muere de acuerdo a la asignatura que enseña.
¿Una chorrada? Pues ahí está Seven. Diría más: ahí está Tuno Negro. Como idea es algo arriesgada, es verdad, pero la pericia de un buen director podría sacarle mucho partido.
Ejemplos:
El profesor de Psicobiología aparecería, lógicamente, muerto en posición de diseccionar su propio cerebro. O quizá se le obligaría a ponerse a sí mismo en el estereotáxico y perforar su cráneo para liquidar sus núcleos cerebrales uno a uno.
Los profesores de Condicionamiento y Aprendizaje serían comidos por las ratas que ellos mismos han entrenado. En otra versión, se les metería en una caja de Skinner gigante y se les darían descargas aleatorias mientras se les obliga a aprender complicados programas de refuerzo y castigo. Siempre se pueden combinar las dos opciones: muerte en caja de Skinner y cadáver comido por las ratas. Tendría que pensarlo.
Los profesores de Memoria, Percepción y Psicología Básica en general se verían obligados a hacer experimentos frente a ordenadores donde los errores serían castigados con descargas de cada vez más intensidad. La escena final de esta parte sería el profesor/a siendo aniquilado por la descarga final mientras en la pantalla aparece, en letras brillantes: "Gracias por tu participación. Que tengas un buen día". Lo de los experimentos daría mucho juego, según la macabra imaginación del guionista; podrían usarse electrodos, polígrafos, absurdos jueguecitos de cartas...
La muerte del Hombrecito de la Posguerra, que da Psicología de la Educación, aún tengo que pensármela. Probablemente le encerraría en una clase de secundaria con veinte alumnos, móviles de última generación y una conexión a Internet, y dejaría que el predecible devenir de las cosas hiciera el resto.
El departamento de Social y Psicología de los Grupos sucumbiría víctima de algún terrible y siniestro juego de rol vivo en el que tendrían que tomar decisiones grupales y hacer atribuciones causales. Sería una mezcla entre "El Método" y "Diez Negritos". Pero no importa qué dijeran, porque al final morirían todos.
A los de Clínica los soltaría en una habitación cerrada con unos cuantos esquizofrénicos sin medicar y/o psicópatas previamente aleccionados. Y a ver de qué les servían ahora los autoinformes y las técnicas cognitivo-conductuales.
Me quedan los de Metodología, Psicometría, Análisis de Datos y todas esas asignaturas tan divertidas. De momento sólo tengo ideas difusas relacionadas con proponer problemas de probabilidad y hacerles sacar bolitas de cajas para decidir quién va muriendo, pero reconozco que es lo más flojo del guión.
La protagonista sería una simpática estudiante de doctorado (yo no; yo sería la asesina) que acaba de llegar a la facultad y se ve dividida entre su lealtad a la alumna que hace poco que ha dejado de ser y su deseo de luchar por la justicia y la paz. Va desvelando poco a poco el misterio, pero al final de la película también muere por un certero golpe con su propia tesina. No sé cómo acabaría el guión, pero probablemente la asesina extendería su radio de acción a políticos y ministros de educación y acabaría ella sola con el plan Bolonia.
Bueno, me queda mucho para alcanzar la compasión y la ecuanimidad, pero creedme que me he desahogado bastante.