domingo, 1 de junio de 2008
Mente de mono
Una vez pasa, miramos atrás, recolectamos esos pensamientos y esos sentimientos y los pegamos en nuestra memoria como en un álbum de recortes. Entonces parecen relatos. Tienen un comienzo, un principio y un final. Y nos gustan. Parece que tienen un sentido; si se los presentáramos a un grupo de lectura, sabrían sacar una enseñanza y escribir varias páginas de reflexión sesuda. Podrían haberle pasado a cualquiera. A lo mejor ésa es la clave: que podrían haberle pasado a cualquiera. Entonces nos encariñamos de nuestras historias, como si de verdad cualquier tiempo pasado hubiera sido mejor, y creemos que en el futuro es eso lo que vamos a vivir: historias con sentido. Y no nos damos cuenta de que el presente sigue siendo pegajoso e inconexo como un sueño.
Y así vivimos la vida. Así, hasta que nos morimos.
Mi querido HDP
Este señor y su asignatura son la versión moderna de los esclavos egipcios que construían pirámides arrastrando piedras. Podría licenciarme sólo con las horas de trabajo que le he echado a P de la E.
Es difícil explicar la personajez del HDP (curiosa coincidencia de siglas)en palabras de nuestro idioma. Es un señor realmente entusiasmado por su asignatura, convencido de que mandarnos setecientas prácticas, doscientas actividades de clase y quinientos trabajos complementarios de crédito europeo es lo mejor que puede hacer por nosotros y nuestra formación. Comienza todas las clases diciendo “esto es muy interesante, ¡interesantísimo! Esto lo pueden aplicar ustedes en su futuro profesional”, y saca un taco de transparencias pintadas de rotulador que nos explica con genuina pasión.
Lo peor del HDP es que se lee los trabajos. Cuando nos manda una actividad, llega al cabo de unas semanas con unas ojeras hasta los pies, porque se ha pasado la noche corrigiéndolas y haciendo transparencias con los mejores y peores ejercicios para que aprendamos de nuestros aciertos y errores. Si descubre que alguien se ha copiado, hace transparencias del plagio y pone con su rotulador rojo al lado: ¡¡¡COMPORTAMIENTO ACADÉMICO INACEPTABLE!!!, y lo proyecta en clase para aleccionarnos.
Mientras exponemos en clase, asiente con una sonrisa beatífica e interrumpe para poner sus transparencias sobre el tema y leernos cuentos de Jorge Bucay. El último día, nos despidió con un power point directamente sacado de los forwards de su bandeja de entrada, con fotitos de flores y velas y más cuentos sobre la educación, la paciencia y el luminoso poder de la esperanza. Y con transparencias.
Todo esto estaría bien si el examen fuera relativamente fácil. Pero encima su examen consta de preguntas del tipo de ésta:
Recuerda cuando trabajamos en clase el artículo de García (1998). ¿En cuál de sus enfoques sobre el aprendizaje podría enmarcarse la teoría de Ausubel?
a) Primero.
b) Segundo.
c) Tercero.
d) Cuarto.
(No es una exageración. Había una pregunta así en el examen de febrero).
(Obviamente, el artículo de García estaba impreso en una transparencia).
Es un profesor que cree fervientemente que aprender no es empollar el último día. Que tenemos que retenerlo, asimilarlo, relacionarlo e integrarlo TODO. Que al final de curso seremos mejores psicólogos y seres humanos. Como ya os he dicho, es un personaje.
Y lo más gracioso de todo esto es que hoy, domingo, mientras termino las prácticas del HDP (cada una de ellas un taco de folios con lecturas, artículos en inglés y análisis estadísticos), y me acuerdo de toda su familia, no puedo evitar pensar que es un señor bastante adorable. Qué poco hace falta para tenerme contenta.
sábado, 31 de mayo de 2008
En fin. Lo bueno y lo malo que tiene el tiempo es que, por mucho que te esfuerces, no puedes hacer nada por controlaro.
Tengo que reconocerlo
jueves, 29 de mayo de 2008
Una historia de amor
Cuando ella le conoció, él, no le hacía ni caso. Ella le observaba en silencio, le hablaba con timidez, imaginaba cómo era su vida cuando no podía verle. “Sería tan maravilloso si él me amara”, pensaba. “Todo iría bien si él se enamorara de mí”.
Entonces, nadie sabe muy bien por qué, él se enamoró de ella. Vivieron algunos meses de inefable éxtasis más propio de ángeles que de humanos. Caminaban de la mano e irradiaban luz. En la cama, se convertían en un solo ser. Sin embargo, él vivía en otra ciudad, y ella le echaba de menos durante todas sus horas de vigilia. “Sería tan maravilloso si se viniera a vivir a mi ciudad”, se decía. “Le amo tanto que no puedo vivir sin él. Si estuviera aquí, todo estaría bien”.
Así que él se mudó, y llegaron tiempos de profunda armonía. Podían verse siempre que quisieran, salir al cine, hacer el amor a diario. Sin embargo, él no quería que vivieran juntos, porque afirmaba que la magia se esfumaría. “¿Qué magia, mi amor?”, decía ella. “La magia es estar contigo”. Durante las horas que él pasaba lejos de ella y las noches que no quería quedarse a dormir, le extrañaba tantísimo. Sufría tan hondamente “Si se viniera a vivir conmigo”, pensaba, “sería tan maravilloso”.
Al cabo de un tiempo, él accedió y se mudó a vivir con ella. Nadie podría explicar la dicha que les embargó al colocar juntos sus cepillos de dientes y distribuir las tareas de la casa. Ella sintió que la felicidad era reposar su cabeza sobre el regazo de él mientras veían juntos las noticias de la noche. Después de los primeros tiempos de dulce convivencia, sin embargo, sintió que él empezaba a alejarse. Quería tener su propio espacio, salir con sus amigos, pasar algún tiempo a solas en su estudio. “Yo te doy, te doy y te doy”, decía ella, “y no recibo nada a cambio. ¿Es que ya no me amas?”. Se sentía sola, perdida como un pequeño barquito de cáscara de nuez en la inmensidad de un lago artificial. “Si tan sólo me prestara más atención”, suspiraba, “sería tan maravilloso”.
Y él la dejó.
Durante los largos y arduos meses que siguieron a la ruptura, ella lloraba durante casi todo su tiempo libre. El sufrimiento la atravesaba como un largo y afilado sable. No podía hacer más que recordar sus besos, sus miradas, los momentos que habían compartido. Le llamaba cada día por teléfono como quien lanza desesperadas señales de humo. Y cada noche, ahogándose casi entre mocos y lágrimas, con la cabeza enterrada en la almohada, se decía, una y otra vez: “Si él quisiera volver a estar conmigo… sería tan maravilloso…”.
martes, 27 de mayo de 2008
De gala
para verte
mis mejores tobillos.
lunes, 26 de mayo de 2008
De cómo Roald Dahl escribió su primer cuento
Me gusta mucho cómo escribe este chico. Tiene fuerza, honestidad y un sentido del humor diabólico y tremendo que me hace revolcarme de risa con capítulos que ya he leído varias veces. El otro día le pregunté si hacía mucho que escribía. "Fuckowski es lo primero que he escrito", me dijo. Hay que joderse. Tanta gente quemándose (quemándonos) las pestañas durante años, y ahí está el tío, con su montón de fans internautas y sus dos ediciones vendidas artesanalmente por correo. Como un campeón.
Esto me recordó a una historia que me gusta mucho y que va de Roald Dahl (aunque reconozco que casi todo lo que va de Roald Dahl me gusta). Cuando era joven, Dahl fue piloto de la RAF en la Segunda Guerra Mundial, y a su regreso un periodista quiso entrevistarle para escribir un relato sobre sus aventuras. Quedaron para tomar algo, pero por alguna razón el periodista no pudo completar sus notas y le pidió a Dahl que escribiera los sucesos que recordaba y se los enviara para que él pudiera construir el relato a partir de ahí.
Pues bien: Roald Dahl, que había sacado siempre notas mediocres en redacción y nunca se había planteado escribir nada, agarró una pluma, se sirvió una copa de coñac y empezó a escribir. Después de un par de horas, cuando consideró que había contado todo lo que tenía que contar, puso punto y final y se lo envió al periodista. Unos días después, éste le dijo que no había nada que cambiar en aquellas notas. Que ya era un relato. A partir de entonces, Dahl se puso a escribir y a vender sus relatos a revistas importantes. Fue escritor toda su vida y, en mi opinión, el mejor autor para niños (¿Mejor que Ende? Sí, mejor que Ende. ¿Mejor que J.K.Rowling? Por favor, vete de mi blog) y uno muy respetable para adultos.
Vale que esta historia se carga un poco todo el rollo de la disciplina del escritor, y eso tampoco es del todo justo. Truman Capote, otro grande,cuenta que de niño y adolescente pasaba horas ejercitándose con la pluma (creo que las palabras textuales eran ésas). Cuando publicó Otras voces, otros ámbitos siendo jovencísimo, se extrañó de que todo el mundo se asombrara de su calidad. "Llevo años trabajando", dijo. "Es normal que sea buena". Así que trabajar y ser disciplinado está bien. Lo que me gusta de verdad de la historia de Roald Dahl es que todo eso de sentirse escritor y tener grandes dudas existenciales sobre la literatura y la vida no es exactamente malo, pero no hace falta. Ser o no ser escritor, llevar o no gafas de pasta, decidir si es más importante la literatura o la vida. Qué cojones importa.
Basta con escribir (bien). Lo demás viene solo.
(Escribir mal tampoco es malo, lo que pasa es que puede que no te publiquen ni te conviertas en un autor famosísimo y respetado. Pero eso también da igual).
(Por otra parte, y quizá me estoy pasando de paréntesis a pie de página, escribir bien tampoco te asegura convertirte en un autor famoso y respetado).