massobreloslunes

martes, 8 de junio de 2010

Ciudades

Siempre me pasa lo mismo. Me echo la siesta a mediodía y a esta hora estoy espabilada, fresca y llena de inspiración y lo último que me apetece es meterme en la cama.

Llevo un rato bocetando estupideces, revisando escritos antiguos y releyendo diarios. Me ha gustado especialmente un texto que escribí el día que descubrí Google Earth y estuve caminando virtualmente por Barcelona y por Pamplona. Empieza con "hoy en la siesta no he podido dormir", y continúa hablando sobre lo duro que me resultaba revivir la yo que fui en aquellas calles. De hecho, aunque se supone que pretendo hablar tanto de Barcelona como de Pamplona, al final me quedo anclada en Barcelona, y es un texto duro y triste que termina de forma bastante desesperanzadora. Lo que pasa es que ahora la desesperanza ha desaparecido, ha desaparecido la sensación de fracaso, y al releer el texto sólo me llega su intensidad.

Se me acaba de ocurrir pasear virtualmente por Granada, pero si algo me pasa con esa ciudad es que me sé las calles de memoria, las tengo grabadas a fuego en el cerebro y soy capaz de verlas en mi mente con muchísima más claridad que con el streetview. Creo que es porque las he paseado con muchísima profundidad, y he pensado y escrito con la mente y con las manos mucho sobre ella. No era sólo lo que me pasaba allí: yo tenía una relación con la ciudad en sí, con sus rincones y sus detalles, como si estuviera analizando una personalidad gigantesca y compleja con la que podía relacionarme directamente.

Así que después de esa relación tan apasionada con mi ciudad favorita, me extraña un poco sentirme tan a gusto en Cádiz. Y es una forma distinta de sentirse a gusto. Es como cuando cambias de novio y estás bien, estás contenta, pero hay muchísimas cosas distintas, y te sientes casi culpable porque te guste algo tan diferente.

Hoy, por ejemplo, no he sido capaz de encontrar un chino razonablemente cerca de mi casa para comprarme un tupper de arroz tres delicias. En Granada había un chino por cada tres habitantes, aproximadamente. A mí me gustaba mucho ir porque era mi oportunidad de comer en plan restaurante, con mesitas, platos y cantidades ingentes de comida, de forma razonablemente barata. Recuerdo que en primero de carrera, cerca de mi piso de Plaza Einstein, había un chino en el que podías comer un menú de tres platos por menos de cuatro euros. Me acuerdo de que Josy y yo cenábamos allí uno de cada dos días, y después de ponernos ciegas a salsa de soja y glutamato monosódico nos entraba lo que habíamos definido como “chinosis”, y nos retorcíamos de náusea en los sofás de nuestro piso-zulo. Sin embargo, al día siguiente, por algún extraño mecanismo secreto chino, nos olvidábamos de la chinosis y nos abalanzábamos otra vez sobre los tallarines con ternera y bambú.

Y en Cádiz no hay chinos, o por lo menos no tantos. Tampoco hay tapas (eso estoy empezando a superarlo ahora), ni montañas, ni Albayzín. La configuración de la ciudad es completamente distinta, pero tambien es armónica a su manera. Para llegar al centro (a Cádiz, Cádiz, según los de aquí) hay que atravesar lo que se conoce como Puertatierra, que imagino que es la puerta de la antigua muralla. A partir de ahí, la ciudad es casi una isla de callecitas estrechas rodeada de mar. Así que estoy en mi piso con el balcón abierto y casi puedo sentir que alrededor de mi barrio y de la ciudad entera sólo hay mar, kilómetros y kilómetros y millones de litros cúbicos de agua que te protege de la tristeza y de los hombres malos.

Pasado mañana viajo a Pamplona, e igual que Granada está grabada a fuego en mi cerebro, me doy cuenta de que a Pamplona apenas la recuerdo. Tenía una distribución confusa, y yo me dejaba arrastrar por las manos largas de Funes y nunca sabía muy bien dónde me encontraba porque estaba demasiado ocupada en contar las horas que me quedaban antes de irme.

De Pamplona recuerdo la sensación de mirar las caras de la gente y envidiar su pertenencia a aquel lugar. No es que yo quisiera vivir allí (líbreme Dios), pero en un momento en que mi vida consistía básicamente en ir y venir entre allí, Barcelona y Málaga, en un momento en el que estaba empezando a descubrir lo que era estar desarraigado, envidiaba la certeza tranquila que tenían los pamploneses de que se levantarían allí durante los próximos meses y años de su vida.

Supongo que parte de lo que me hace sentirme bien aquí es que estoy anclada. Como un barco sin fecha para su próxima salida; como un barco abandonado, casi. No hay relaciones a distancia que me tengan todo el día colgada del teléfono, y el autobús tardaría tanto en llevarme a Málaga que ahora mismo ni me planteo ir allí. No sé cómo va a ser mi vida, pero sí sé que de momento pienso construirla en un solo sitio.

jueves, 3 de junio de 2010

Corredores

Yo sé dónde están los tíos buenos de Cádiz.

Están corriendo por el paseo marítimo de al lado de mi casa.

Por las calles no ves más que feos, calorros, gordos, calvos. Tíos demasiado viejos o demasiado jóvenes. Es porque todos los guapos veinte y treintañeros están corriendo por el paseo marítimo (o, me figuro, haciendo surf en Tarifa, pero esa parte ya no la trabajo). Así que cuando salgo yo a correr, o más bien a desplazarme al trote cochinero, con mi reloj fluorescente de los chinos y las zapatillas que me compré cuando tenía dieciséis años, me los voy cruzando uno detrás de otro. Tíos morenos, fibrosos, con el pelo corto, con las piernas delgadas y musculosas. Tíos con barba de tres días, con el culo pequeño y las manos grandes.

(Suspiro, suspiro)

Y yo, que aunque no lo parezca estoy muy necesitada, me planteo: ¿cómo se liga corriendo? ¿Cómo aprovechar el medio segundo que tienes para cruzarte al trote con tu objetivo? ¿Me tiro en plancha delante de alguno como si me hubiera torcido el tobillo?

Lesionarme a propósito no me termina de convencer, así que he aquí mi Técnica en Fase de Prueba para Ligar Corriendo (TFPLC).:

1. Les veo venir desde lejos y calibro el tipo, la estatura y la edad.
2. Cuando alguno me mola (que es casi siempre) decelero un poco mientras nos acercamos.
3. Entonces, justo cuando estamos a punto de cruzarnos, yergo la cabeza, estiro la espalda, activo mi zancada elástica y resoplo con elegancia, cambiando mi típico "arf, arf" por un femenino "fuuu, fuuu", mientras cruzo junto al tío con cara de concentración.
4. Nos miramos con intensidad, o quizá yo miro con intensidad y él con sorpresa y pavor, quién sabe.

Después ya está: te vas. Con suerte, te volverás a cruzar al mismo tío cuando ambos vayáis de vuelta. Ahí es donde empleo el paso cinco de mi Técnica en Fase de Prueba para Ligar Corriendo (TFPLC): sonreír con suavidad, que no es fácil cuando estás intentando combinarlo con "fuuus" femeninos.

Mi TFPLC aún está bastante verde y es un punto de partida difícil para una relación, lo confieso. Así que, mientras la perfecciono, se me ocurre montar stands de avituallamiento a lo largo del paseo marítimo donde charlar mientras bebes Gatorade. Se me ocurren quedadas de single runners en las que conocerse corriendo por parejas, rollo citas rápidas pero en movimiento. ¿Se lo planteo al ayuntamiento de Cádiz? No puedo dejar pasar (literalmente) tantos tíos monos, morenos y fibrosos tres tardes a la semana. Lo llevo fatal.

(Ahora, para terminar el post, podría hacer juegos de palabras con "correr" y "correrse", pero paso).

martes, 1 de junio de 2010

El brazo de A.

Hoy nos cuenta un padre en la UCI pediátrica que su hijo de cinco años tuvo un infarto cerebral hace quince días. Están él y su mujer en el despacho que nos han asignado a los residentes para la atención continuada, y que en realidad es un almacén sin ventanas con una mesa y un par de sillas. Los padres de A., que tiene cinco años y la mitad del cuerpo paralizada, son jóvenes y parecen tranquilos. Son fuertes, optimistas, inquietos. La madre es más dulce, más reposada, pero el padre habla mucho y quiere entenderlo todo a la primera, tener las cosas claras y que alguien le diga cómo explicarle a su hijo qué es un infarto cerebral.

Hablan con mi R2 de etapas y de procesos, y a mitad de la conversación, el padre dice: "Él se da cuenta, claro que se da cuenta. Él se da cuenta, porque yo le vi hace unos días mirarse el bracito, tocárselo con la otra mano e intentar moverlo cuando creía que yo no estaba en la habitación, y al final la enfermera le tuvo que cambiar de posición para que dejara de examinarse".

Yo recuerdo cómo es un niño de cinco años, porque estuve trabajando en una escuela de verano hace tiempo y los veía todos los días. Son muy pequeñitos. Sus ropas son pequeñitas, sus manos son pequeñitas y usan un 28 de zapato. No son capaces de esperar una cola o de tumbarse cinco minutos con los ojos cerrados.

Así que de todo este día se me queda en la mente la imagen de A. tumbado en su cama de hospital, mirándose el bracito cuando cree que no le ve nadie y moviéndose la mano y los dedos con su mano izquierda. Me lo imagino absorto como se absorben los niños, que todavía no guardan en la cabeza la cantidad de tiempo, espacio y pensamientos que acumulamos los adultos. Observando su brazo derecho como cuando uno se toca con curiosidad un pie dormido o la cara después de la anestesia del dentista.

A mí me pasa que veo más las escenas de la vida que la imagen global. De hecho, ver la imagen completa me cuesta un poco. Sintonizo más con un solo momento mientras sea lo suficientemente intenso. Y lo que me ha impresionado de A. no ha sido la tristeza obvia de no poder mover la mitad del cuerpo. Lo que más me ha impresionado ha sido pensar en el niño descubriendo con extrañeza su discapacidad y navegando por su mar particular de confusión y de afasia. Y su padre mirándole desde el umbral de la puerta como en una escena de serie americana.

lunes, 31 de mayo de 2010

Lessatín con piña

Quedarse quieta esperando la inspiración está bien cuando estás metida en tu cuarto a las doce de la noche y nadie te ve divagar con la mirada perdida y las manos sobre el teclado. Pero yo ahora estoy de nuevo en la plaza de la catedral y todo es tan perfecto, la luz es tan blanca y tranquila, la gente parece tan buena que yo, que llevo el pelo recogido en una coleta y una camiseta recortada por las mangas, que escribo en mi Macbook blanco con un zumo de piña sobre la mesa, parezco rescatada de un anuncio de compresas o de leche de soja. Aquí queda raro divagar con el ordenador enfrente y, de hecho, si una se queda mucho rato observando el ir y venir acompasado de las personas a través de la plaza (no como los movimientos individuales, sino como la coreografía de corrientes humanas entrando y saliendo por las callecitas), no se le ocurre más que pensar que la vida está bien, que el mundo está bien como está, incluso aunque una sepa que eso es una mentira como la copa de un pino.

Pienso en mi primer día de trabajo. Me pregunto si al final la salud mental no va a acabar haciéndome más feliz o, por lo menos, más consciente de mi suerte en la vida. Los pacientes van pasando por la consulta y yo, que estoy de observadora en una esquinita, no hago más que arreglarles el pelo a todos con la mente: a ti te teñiría las raíces, a ti te cambiaría el color, a ti te cortaría esa coletilla horrenda. Escucho relatos que parecen salidos de una película de Almodovar mientras cambio el color de las camisetas y limo las uñas de los pies. Y después se van a casa con sus consejos, si los hay. Con sus pautas, si las hay. Con su cóctel de medicamentos, que lo hay prácticamente siempre. Incluso los que vienen al psicólogo traen enchufada su dosis de ansiolítico y antidepresivo. En esos momentos, cuando veo salir a Menganito con las gafas de sol baratas sobre el pelo, a Fulanita con su flequillo pasado de moda y su bolso agarrado contra la cadera, pienso en cómo será la vida para ellos. Cómo la percibirán.

Cuando era pequeña me preguntaba cómo sería la vida a través de los ojos de las personas que no eran yo. Si pensaban más o menos, si se sentían de forma distinta por dentro. Recuerdo haber pensado que mi cara era muy bonita y simétrica, y haberme preguntado cómo sería para los que tenían caras más feas y más asimétricas que yo mirarse al espejo. Y con veinticinco años aquí estoy todavía preguntándome lo mismo. Reflexionando sobre la suerte de mi propia compañía, de mis momentos tranquilos escuchando música y preparándome la cena, de ser capaz de escribir y de dar un sentido a mi vida con el relato de los hechos que considero importantes. Estoy con mi capacidad de ser feliz con las novedades de Anagrama o con la estantería de quesos del supermercado, sabiendo que a pesar de la cantidad de modalidades de horror que tiene la vida dispongo de inteligencia, de sensibilidad, de sentido del humor y de un montón de palabras para capearla. Y me pregunto cómo navega por la vida Fulanita, con su caja de lexatines en el bolso y la certeza absoluta de que ni ella, ni su vida, ni siquiera su flequillo pasado de moda tienen ya remedio.

Definitivamente, aún es demasiado pronto para saber si la salud mental me va a hacer más o menos mentalmente sana.

viernes, 28 de mayo de 2010

Zen en el supermercado


Hace unos días estaba en el Carrefour, esperando para pagar unas cuantas botellas de agua mineral y unos tomates. Yo pensaba en mis cosas mientras escuchaba a las cajeras a ver si decían precios con el número ocho, como “ocho con sesenta” o “diecinueve con ochenta”, para escuchar el sonido suave de la “ch” gaditana.

Delante de mí había dos mujeres jóvenes. Tenían el aspecto un poco desgastado de las madres de barrio: la piel apagada bajo los focos halógenos, el pelo de un rubio amarillento y los hombros tostados de pasarse las tardes en la playa de la Caleta. Dos niñas pequeñas, imagino que sus hijas, jugaban cerca de la caja y delante de la frutería con los guantes de plástico que se utilizan para elegir la fruta. Correteaban de un lado a otro mientras las madres charlaban con un ojo en la cinta transportadora y el otro en ellas.

El cliente anterior, un chico joven con pinta de extranjero, estaba sacando el monedero para pagar. Las dos mujeres ya tenían colocada la mayor parte de su compra sobre la cinta y avanzaron un poco. Entonces, lo sé porque casi pude oír sus cerebros, las dos pensaron a la vez en llamar a sus hijas, que todavía jugaban junto a la frutería agitando los guantes de plástico. Volvieron las cabezas y se prepararon para tomar aire. Yo me quedé mirándolas y, de repente, fue como si el tiempo se ralentizara. Mi mente se vació y mis ojos se quedaron fijos en sus caras. Y supe que sus mentes también estaban vacías, absortas en los movimientos de sus hijas junto a las cajas de fruta, porque sus dos pares de labios perfilados demasiado oscuro se curvaron hacia arriba muy despacio, con mucha delicadeza, en una sonrisa tan suave que parecía una ilusión óptica. Yo me quedé parada, mi mente prendida en las suyas prendidas a la vez en la de sus hijas, y durante unos segundos las tres permanecimos muy quietas mientras se oían los bips de la caja registradora.

Entonces el tiempo volvió a ponerse en marcha, desaparecieron las sonrisas secretas y las niñas vinieron junto a la caja para ayudar a colocar los objetos que aún quedaban en el fondo del carrito. Las madres guardaron la compra en bolsas, la cajera dijo “veintiosho con oshenta y cinco” y yo pensé que no me extraña que la gente no quiera morirse.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Pasos

Las llamadas de J. siempre me turban un poco. Estoy aquí, esforzándome en cambiar mi vida lo suficiente como para que él no quepa en ella, y aparece su nombre en la pantalla del móvil. J. deslizándose en mi salón desde su estudio en Málaga. Su voz alegre y nerviosa cruzando el aire hasta llegar a mis oídos. A veces me cabreo, ¿qué querrá éste ahora? ¿Por qué no me deja tranquila de una puta vez? Nos hemos llamado tanto, en contextos tan diferentes. He visto tantas veces parpadear su nombre en la pantalla de mi móvil.

Hoy vuelvo a casa después de llevar la bici a arreglar y me encuentro una perdida suya. Le doy un toque (que se gaste él el dinero) y me devuelve la llamada enseguida. “Tenía muchas llamadas tuyas – me dice -. Me estabas llamando con insistencia, y cuando lo he cogido sólo se escuchaba el rumor de tus pasitos sobre la acera. ¿Llevabas el móvil en el bolsillo?”. “No, en el bolso”, contesto yo. “Pues eso, que sólo quería decirte que bloquees el móvil para que la gente no pueda escuchar tus pasos ”.

No me hables como si estuvieras escribiendo un post, pienso ahora, pero en ese momento sólo puedo asentir, sonreír, darle las gracias y despedirme. “Hasta luego, guapo”. Y después no siento nada; ni tristeza, ni ganas de verle, ni nada. Simplemente guardo el móvil y sigo haciendo la cena.

Ay, J. Me gustas poco ahora mismo, pero aún te quiero mucho. Me acuerdo de ti cuando veo las largas olas que forma el viento de poniente sobre la playa de la Victoria, y te imagino dando por saco con la tablita de surf y reclamando que te mire desde la orilla. Tiene huevos que de entre toda mi agenda mi móvil desbloqueado tenga que elegirte precisamente a ti para que oigas el ruido que hacen mis pasos sobre las calles de la ciudad.