massobreloslunes

sábado, 24 de julio de 2010

Desencuentros en la tercera fase

- Hay que joderse, milenios para conseguir comunicarnos telepáticamente a través del espacio para esto.
- Yo es que no lo entiendo... ¡Es el único lugar en el que pasa!
- Es que en el resto de los planetas son menos duros de mollera.
- Normalmente nuestros mensajes son recibidos con extrañeza, pero siempre terminan por ser aceptados y divulgados.
- Ya.
- Y sin embargo, en la Tierra, no falla.
- Terrícola con el que contactamos...
- ... terrícola al que diagnostican de esquizofrenia e ingresan en agudos.
- Exacto.
- Qué putada.

lunes, 19 de julio de 2010

EEUU

Hoy estaba viendo las fotos en EEUU de una conocida bloguera y he pensado en las gigantescas ganas que tengo de ir allí. Llevo un día completamente absurdo y absolutamente normal al mismo tiempo. He ido a la compra y después a devolver una camisa a Zara, y he acabado en mi casa con dos camisetas que no pensaba comprarme y un bloc tamaño A3.

Quiero dibujar, así que dibujo. Me pongo Quique González y me paso una hora intentando plasmar en el papel un perfumero celeste que compré en Granada la última vez que estuve allí. En realidad lo que querría es salir a la calle a dibujar, pero entre lo lentísima que soy y que todavía no he ubicado lugares para dibujar en Cádiz, al final me he quedado en casa. En casa con Quique González, mi nuevo bloc tamaño A3 y el perfumero.

Dibujar en Granada es un bonito recuerdo, pero ahora mismo no opino que sea bonito. Ahora mismo, mientras dibujo, la melancolía me pasa por encima como una ola gigante y yo echo el aire por la nariz mientras espero a que pase para salir a respirar. Quiero volver a Granada o, en su defecto, ir a EEUU, y ahora no puedo hacer ninguna de las dos cosas. Pero recuerdo a mi amiga Andrea un día que estuvimos tomando un helado en Puerta Real y hablando de esto. "Las cosas se van haciendo poco a poco", decía. "Míranos a Guillermo y a mí: primero nos compramos el ordenador, luego el coche... poquito a poco. Ya irás a EEUU algún día".

Pienso que tiene razón mientras paseo la vista por mi piso. Mi piso me parece tan sumamente bonito y acogedor que a ratos, cuando no tengo nada que hacer, me siento en el sofá y me quedo mirándolo. Hace dos años ni habría soñado en tener un piso así para mí sola. Y aquí estoy. La soledad no me molesta en absoluto. Me limpia por dentro, como si después de pasarme la mañana escuchando locos necesitara estos ratos en silencio, este no intercambiar información con nadie para poder reacomodar en las neuronas la que he recibido.

Hoy hemos tenido un intento de suicidio, un ansioso, un deprimido, dos esquizofrénicos y un caso de acoso laboral. Entendedme, que cuando digo "un esquizofrénico" realmente debería decir "una persona diagnosticada de esquizofrenia". Para ser políticamente correcta, y tal. Bueno, pues hoy he tenido pacientes diagnosticados de todas esas cosas. Y yo después he seguido en mi día normalísimo y absurdo, durmiendo la siesta, comprando en el carrefour, gastándome demasiado dinero en ropa y pensando que estoy boba, que a ver si a estas alturas me voy a volver yo una fashion victim.

Y planeo ir ahorrando mis euros de a poquito. Porque estoy escribiendo en el Macbook que quería en el piso que anhelaba sobre los locos que un día quise conocer. Pienso, mientras repaso con el lápiz el contorno del perfumero, que a veces los sueños se van cumpliendo despacito. Y estoy tan orgullosa de mí misma que no puedo respirar.

Algún día iré a EEUU. Seguro.

sábado, 17 de julio de 2010

A puerta cerrada

La nueva chica de administración subió al archivo a colocar las historias clínicas. Eran las dos y media de la tarde y casi todos los trabajadores del centro (psiquiatras, psicólogos, enfermeras y auxiliares) habían terminado de pasar consulta. Apenas llevaba dos o tres días en el centro de salud mental y no le disgustaba. Era un edificio de nueva construcción, muy moderno y limpio. Había menos trasiego de gente que en el centro de salud normal y se estaba fresquito a pesar de los treinta y pico grados que había en la calle.

La chica terminó de meter las carpetas amarillas en los cajones. Entonces se le ocurrió una idea traviesa. Cerró la puerta con el pie y sacó el contenido de una de ellas. Tenía muchísima curiosidad por saber qué tipo de cosas se anotaban allí. “Paciente de 32 años que acude a consulta con sintomatología alucinatoria simple y delirios no estructurados, sensación de angustia, ánimo decaído y brotes de auto y hetero agresividad”.

La chica sintió un escalofrío y guardó los papeles de nuevo en su carpeta. Había que estar loco para trabajar allí. Nunca mejor dicho.

Salió de la pequeña habitación de archivo y se dirigió a la puerta del estar de personal. Al intentar abrirla, se dio cuenta de que estaba cerrada con llave. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón para ver si la llevaba y recordó que no. Mierda, pensó. Alguien debe de haber subido al baño, no se ha dado cuenta de que yo estaba aquí y ha cerrado la puerta al salir.

Echó una ojeada alrededor. Había un par de ventanas, pero no se podían abrir, como las de los hospitales; imaginó que para evitar que los enfermos se tiraran. Pensó que alguien se daría cuenta de que no había bajado y subiría a abrirle y se sentó en el sofá del estar. A los dos minutos se levantó de nuevo, inquieta. Ella era nueva. Nadie la esperaba para desayunar ni para salir después. Se dijo que verían su bolso colgado en el perchero de administración. Pero ¿y si a nadie se le ocurría pensar que era el suyo? ¿Y si la gente no tenía interés por saber de quién era el bolso que iba a quedarse allí toda la tarde y lo único que querían era irse a sus casas a comer?

Sintió una punzada de angustia en el estómago y empezó a martillear la puerta con las manos. Después se puso a gritar


Alberto estaba sentado en la sala de espera, aguardando a que le atendiera la doctora Gálvez. Ya no quedaban más pacientes esperando, pero Alberto estaba acostumbrado. Llevaba años yendo a aquella consulta cada tres o cuatro meses. La doctora le reconocía desde lejos, “¡Hola, Alberto!” le decía amablemente, y después le pedía por favor que le disculpara un ratito que tenía pacientes que atender.

Él veía entrar al resto de la gente. Entraban, salían, entraban, salían, y con cada crujido de la puerta él escuchaba las voces que le decían: “cuando entres no vas a salir”, “¿vas a tirarte esta vez a la doctora?”, “eres un salido, un ser repugnante”. Ya no se tapaba los oídos ni les tenía tanto miedo. Aquellas voces asquerosas. Canturreaba y pensaba en la Virgen y en su madre. Y cuando la doctora le preguntaba si las seguía oyendo, él negaba con la cabeza y sonreía.

Por fin, la psiquiatra le hizo pasar.

- ¿Cómo estamos, Alberto? - le preguntó, con las manos bajo la barbilla.

- Bien, doctora, bien.

- ¿Qué tal la medicación?

- Bien también... un poco gordo, ¿no, doctora?

- Ya, Alberto, pero sabes que eso es por los efectos secundarios. ¿Estás comiendo bien?

- Sí, doctora, mucha ensalada. Ensalada, verdura... eso.

- Muy bien, Alberto, muy bien. Oye – la doctora cruzó los brazos y se acomodó en la silla -. ¿Y cómo van esas voces?

Alberto se quedó unos minutos callado. Normalmente decía que bien, bien, miraba hacia otra parte e ignoraba los gritos de las voces, que le decían “está con ellos, la muy zorra”, “¡tíratela ya, maricón!” y cosas por el estilo. Pero hoy había algo que tenía que contarle a la psiquiatra.

- Mis voces bien, bien, se han ido, casi siempre, creo... pero hay alguien en el piso de arriba, doctora. Da golpes, da golpes y grita: “¡Estoy aquí, estoy aquí!”. Pero esto es verdad, no son mis voces, doctora. A mis voces las conozco, estas son nuevas, se escuchan fuerte, como usted, ¿me entiende?

La doctora Gálvez enarcó las cejas y miró a Alberto detrás de la mesa. Observó su aspecto extraño de niño gigante e hinchado por los neurolépticos, con la expresión bovina que se les pone a los esquizofrénicos de larga duración. Parecía preocupado de verdad por aquellas voces nuevas.

- Alberto... - dijo, alargando la mano hacia su talonario de recetas -. Me parece muy bien que me hayas contado lo de estas nuevas voces.

- ¿Sí, doctora? ¿Van a sacar al que está ahí arriba encerrado?

- Claro, claro – la doctora Gálvez asintió con vigor -. Ahora subimos y le sacamos.

Alberto sonrió, satisfecho.

- Pero antes – dijo la doctora, haciendo salir con un clic la punta del bolígrafo – te vamos a subir un poquito el Risperdal.

martes, 13 de julio de 2010

La rutina, mi tía y la silla caletera


Hoy me he comprado una silla de playa, una de estas bajitas de lona a rayas. En Cádiz casi todo el mundo tiene silla. Imagino que es porque cuando salta el levante y te tumbas en la toalla no haces más que comer arena; en la silla, sin embargo, sólo te da el viento, y puedes mantener una dignidad razonable mientras comentas con tu vecina que hay que ver el levante que lo de detrás lo pone delante.

El caso es que después de darle vueltas durante dos meses a si era excesivamente marujil-viñero lo de la silla, me he liado la manta a la cabeza y me he comprado una a rayas rojas y naranjas. La he sacado del plástico al llegar a mi casa y la he colocado en el centro del salón para probarla. Lo bien que voy a estar yo en la Caleta por las tardes en mi silla naranja con un libro en las rodillas, he pensado al sentarme. Se me van a poner hombros caleteros, que son los hombros siempre rojizos porque es donde te da el sol de media tarde. Después me he tumbado en el sofá a leer, luego he estado hablando por teléfono con MQEN y, por último, he abierto el Open Office para intentar escribir algo.

Últimamente tengo averiado el chip de la ficción. Que no es que lo haya tenido yo nunca súper activo, que soy más una escritora realista (prosa de la experiencia, que diría García Montero). Pero en mis tiempos era capaz de escribir algún que otro cuento, no como ahora, más concretamente desde que me puse con el PIR, que no me sale nada que no sea mi vida. Que es bastante estupenda, cierto, pero no deja de ser unidimensional, y para contar la única vida que me ha tocado vivir sobre la tierra, pues escribo un diario.

Y yo hoy estaba empeñada en escribir ficción, pero no me salía. Tampoco se pueden escribir cuentos con prisas, la verdad. Me puede la impaciencia. Así que me he sentado en mi silla de playa a ver si se me ocurría algo. Oye, en la gloria se estaba ahí, con el balcón abierto y el vientecito de poniente, que me traía el olor del mar y de la hierbabuena que compré el otro día en la Plaza de las Flores. Y me he acordado de mi tía Maripaz, la de Madrid, que lleva treinta años pasándose las noches de verano en la terraza de su piso de Torre del Mar, jugando a las cartas, comiendo pipas, charlando y mirando pasar a la gente.

Me pregunto cómo es la vida cuando se compone de esas rutinas tan prolongadas. Que hoy en día se nos está yendo un poco la pinza con la ausencia de rutina y parece que vivimos vidas revueltas, sacudidas, como si tuviéramos miedo de quedarnos quietos mientras el mundo se agita y se expande a nuestro alrededor. Me pregunto si la rutina es una vida limitada o si esconde la profundidad del espacio que proporciona, del amplio margen para el ensayo de los gestos, las conversaciones; de colocarle al tiempo unos límites tan amplios que te parezca que no pasa. Me acuerdo de las noches de verano mirando por la ventana y esperando a que pasara el camión de la basura y, mucho más tarde, a que llegaran mis primos de estar de marcha en el Copo.

Sigo filosofando sentada en mi silla de playa, en mitad de mi mini-salón. Pienso en mi tía y en las cantidades industriales de amor que tengo para ella. Me llama casi todos los días y me pregunta cómo me va y qué me he hecho de comer o de cenar. Luego yo le pregunto a ella: ¿tú qué vas a poner? No qué has hecho, no, sino qué vas a poner, que es una construcción mucho más bonita. Y me explica sus platos perfeccionados a lo largo de años y años de ser ama de casa. Voy a poner lentejas, pero el chorizo lo cuezo aparte, porque así le quito la grasa y engordan menos. ¿Y tú qué lentejas pones? Yo las chiquititas. Yo también, a mí me gustan más. Sí, quedan más tiernas y se deshacen menos.

Al final me levanto y me digo: bah, Marina. Escribe cualquier cosa. Cualquier mierda, actualiza, para eso tienes el blog, para actualizar con chorradas y mantenerte activa. Empieza por la silla de playa. Y me encuentro con que me conmueve pensar en mi tía de Madrid, que ahora no puede estar de pie porque tiene una hernia en la columna y le duelen las piernas, pero que al menos puede seguir sentándose en la terraza en las noches de verano, incluso aunque ya sus hijos no vuelvan tarde del Copo.

Y pienso que no es ficción, vale, pero menos da una piedra.

domingo, 11 de julio de 2010

El sueño va sobre el tiempo flotando como un velero

Al final no he publicado la otra mitad de este post. No por nada, sino porque pasaron cosas y se quedó obsoleto. Para compensar, he devuelto a la vida al massobreloslunes original. Y, por si fuera poco, he importado mi blog primigenio, marinainthemiddle.

Lo que nos da un total de 447 entradas a lo largo de más de cinco años.

Guau.

El jueves pasado me entró un súbito ataque de pena. Salí pronto de trabajar, así que, aunque tenía que volver al hospital por la tarde, decidí ir a comer en casa. Me gusta parar un rato al mediodía. Me eché una siesta en el sofá, con la almohada atravesada sobre mi estupendo chaise longue, y me desperté triste. Sin más.

Yo hace tiempo que no intento buscar y solucionar las razones de mi tristeza, porque es lo que tiene la ciclotimia. Sin embargo, el jueves sí que había algo que se deslizaba sin parar sobre aquella sensación tan desagradable. Era la pérdida. Mientras más vive uno, más pierde, y a medida que avanza la vida la distancia entre lo que uno tiene en un momento dado y lo que ha perdido es cada vez mayor.

Podemos mantener un número limitado de amigos en cada época de nuestra vida; sin embargo, la lista de personas de las que nos distanciamos aumenta sin parar. Al mismo tiempo, mientras intentamos vivir el insignificante presente, las historias, sensaciones y experiencias que no volverán nunca se acumulan a nuestras espaldas como una pila de periódicos atrasados.

Como decía Mafalda, ¿quién se cree la vida que es para hacerle esas porquerías a la gente?

La cuestión es que a veces me siento como si viviera sobre el agua. No es una mala sensación. Al fin y al cabo, es lo que más se acerca a la realidad. Constante cambio, constante pérdida. Es la primera gran verdad que enseñó Buda. Pero es una verdad que duele, aunque sea yo quien ha elegido cambiarse de ciudad y venirse a un lugar sin pasado y aunque fuera yo quien escogió borrar el blog.

Ahora mismo ni siquiera recuerdo bien por qué quité el blog en su momento, de hecho. Uno de mis arrebatos, supongo. A veces duele pasarse la vida tan expuesta, incluso aunque sea la forma en que quieres vivir tú y aunque te guardes la mitad de la baraja bajo la manga. Recuerdo haber pensado que quien quisiera conocerme y compartirme iba a tener que hablar conmigo en lugar de leerme.

Hoy republico desde mis orígenes para cubrirme del miedo que me da estar escribiendo siempre sobre el agua del tiempo. Para que me respalde un poco todo lo que he sido y he vivido los últimos cinco años. Y porque la gran mayoría de lo que he escrito me gusta. Hay textos que todavía me sorprenden y me hacen reír.

Además, se me ha pasado ese rollo de "quien quiera conocerme que me hable y me aguante en vivo". Conocerme no es leerme. Me acuerdo de una peli que vi hace tiempo en la que una chica le daba un trozo de hígado a su novio para un transplante y luego le dejaba porque descubría que le había sido infiel. "Me has dado lo mejor de ti", decia él, intentando que volviera. "Lo mejor de mí es mi vida", le contestaba ella.

Pues eso.

Que os aproveche.

lunes, 5 de julio de 2010

Mi mundial en cifras

- Partidos vistos: cuatro (los de España a excepción del de Suiza. Se ve que soy el amuleto de la selección).

- Rankings de jugadores buenorros elaborados mentalmente: diez o doce. No consigo ordenar adecuadamente a Casillas, Xabi Alonso y Cesc Fábregas. Quizá gane Casillas por antigüedad, pero no me gusta cómo le queda el azul pitufo.

- Veces que me he preguntado por qué Sergio Ramos considera que guarrearse el pelo de gomina antes de cada partido es una buena idea: docenas y docenas. Cada una de estas veces va seguida por un "pero por lo menos quítate la cinta de la frente, Sergio Ramos, o colócatela mejor, o algo". Pero ni caso.

- Cantidad de penita sentida por Iniesta y su cara de niño enfermo: abundante. Por no hablar de cuando le hacen una falta al pobre mío, que parece que a él le duele el doble que a los demás. Y digo yo: tantos millones, tantos millones, ¿y no se puede dar unos UVA la criatura? ¡Que resplandeces en la pantalla, Andrés! ¡Que no me hace falta verte el número para saber que eres tú!

- Veces que me he emocionado absurdamente escuchando la canción de Bisbal: una. Pero porque estaba en un bar y me dejé contagiar por las masas.

- Gritos desaforados de "tío bueno" a los primeros planos de Iker Casillas: al menos cuatro. Todos en el susodicho bar.

- Visionados del videoclip de Waka Waka de Shakira, mientras murmuro sola en mi casa "¿se puede ser más guapa y talentosa que tú, Shakira?": no pienso decirlo.

A ver si se acaba pronto el mundial, que me está trastornando el cerebro.

Cómo ser planta y no morir en el intento

Como ya os anuncié hace poco, resulta que he cobrado mi primera nómina. Aclaremos: yo ya había trabajado antes, pero lo de saber que esto se va a repetir cada mes es nuevo. Es una sensación alucinante. Casi he empezado a entender por qué la gente trabaja y tal.

Que me paguen por lo que estoy haciendo hasta ahora, observar y callar básicamente, me resulta increíble, más que nada porque no hay tanta diferencia entre las plantas de la consulta y yo, y no creo que ellas vean un duro. Mis días consisten, grosso modo, en lo siguiente:

Llego al equipo a las 8'30. O bien hay reunión o bien se va todo el mundo a tomar café durante tres cuartos de hora. Parece ser que desayunar en tu casa (y de paso ahorrar y dormir más) no está bien visto porque "llegas tarde". No intentéis entenderlo; a mí casi me explota la cabeza.

Después, dependiendo de si ese día ha habido o no reunión, o me meto directamente en consulta, o me quedo un rato estudiando (leyendo artículos y libros de psicología). Las consultas empiezan a las 10 y terminan a las 2'30-3, así que son casi cinco horas seguidas escuchando a los pacientes uno detrás de otro.

Vemos unos seis o siete pacientes diarios, aprox., y creedme que al sexto relato de desgracias, alucinaciones, crisis de ansiedad o intenciones de suicidio, no es raro que se te pase por la cabeza algo como "que sí, que ya lo he entendido, que su vecino le quiere robar el alma con unos prismáticos, pero hágame en favor de acabar ya que me quiero ir a comer".

Durante las consultas yo básicamente callo y escucho. Con algunos pacientes intervengo si considero algo que decir, pero esto no sucede tan a menudo como debería. Esto se explica porque gran parte de la consulta la paso con una psiquiatra que a) es estupenda y en general dice todo lo que tendría que decir en el momento apropiado y b) ve muchos pacientes bastante graves que tienen poco que hacer más allá de medicarlos e ir sacándolos para delante poquito a poco. Esto es triste, pero es así.

Total, que después de casi un mes observando, he desarrollado una técnica increíble de lo que yo llamo ASCA: Asentimientos, Sonrisas, Cara de Atención.

Hay básicamente tres modalidades de ASCA:

- AE: Asentimiento Estándar. Consiste en asentir con la cara seria y un lenguaje no verbal de total atención. Yo esto lo hago aunque el paciente esté básicamente dirigiéndose al adjunto. ¿Por qué? Uno, porque tener a un residente que está a su bola en un rincón apuntando tus desgracias no tiene que ser muy agradable; yo me siento mejor si doy la sensación de estar implicada, y creo que ellos también. Dos, porque como pongas cara de no atención, o cara rara, o bosteces, o enarques las cejas con estupor ante una declaración bizarra, ten por seguro que ese paciente que no te ha hecho ni caso en toda la hora dirigirá hacia ti su mirada inquisitiva justo en ese momento y TE JUZGARÁ.

- AS: Asentimiento con Sonrisa. Se utiliza cuando el paciente o la psiquiatra/psicóloga dicen algo razonablemente gracioso. Sucede con más frecuencia de la que podría parecer, creo que entre otras cosas porque hay muchos pacientes que utilizan el humor para desdramatizar lo que les está pasando. El AS es bastante fácil. Sólo hay que tener cuidado de no caer en una risa excesiva que haga parecer que eres joven y pueril.

Nota: para utilizar el AES es importante que el paciente o la psicóloga/psiquiatra TENGA INTENCIÓN de ser gracioso, no que a ti te lo parezca porque tienes un sentido del humor cruel.

- ASE: Asentimiento y Sonrisa Empática. Esto ya es un nivelazo de observador - planta. Quiere decir que compones una cara de suma atención combinada con empatía esperanzada, es decir: comprendes lo que le está pasando al paciente, empatizas con él, pero no tienes que dar la sensación de estar pensando "oh, Dios mío, ¡¡tu vida es una basura!!".

Mi apuesta personal: ojos muy abiertos, sonrisa breve, cejas levemente enarcadas en plan ligera penita. Creo que me sale muy bien, pero quizá alguien tendría que grabarme para comprobarlo.

El post sigue, pero voy a partirlo en dos para no tener que preocuparme por actualizar en unos días no saturar a los lectores con mi elocuencia.