massobreloslunes

jueves, 23 de diciembre de 2010

Soneto a una paga extra


(Segunda parte de mi serie "Poesía de la emancipación", que continuará con "Romance de la renta básica").


Cuando yo ya me hallaba acostumbrada
a una nómina al mes, ¡oh, qué alborozo!
tú has llegado llenándome de gozo
por abundante y por inesperada.

Corría leyenda urbana que anunciaba
que la crisis te había recortado;
a la mitad me había resignado
y optimista y paciente te aguardaba.

¡Qué alegría al saber de tu llegada,
al comprobar que llegabas completa
paga extra sin impuestos recargada!

Mi Visa acabará con agujetas
que cuando la emoción se me desata
me cabe el corazón en la tarjeta.

martes, 21 de diciembre de 2010

Esta ciudad




Llevo unos cuantos días aplazando el escribir aquí. ¿Por qué? Pues, para empezar, porque escribir es una actividad como muy aplazable. No es urgente, no da hambre, ni sed, ni frío. Uno sólo tiene el gusanillo en el estómago, las ganas de contar debajo de la lengua, pero al fin y al cabo las ideas son mucho más bonitas en la propia cabeza que en los post. Mi cabeza está llena de ideas interesantes, de frases acertadas e ingeniosos diálogos. El blog es demasiado unidimensional y el resultado siempre se me queda corto.

La otra razón es que quería hablar de mi visita a Granada pero no sé muy bien cómo expresar las sensaciones que he tenido allí. Además, soy como un poco repetitiva, con mi rollo de Granada por aquí, Cádiz por allá. Un poco jartible, que dicen en Cádiz. Aun así, lo contaré, que es mi verdad y las verdades están para ser explicadas.

La cuestión es que pensaba que me pondría muy triste por no estar allí haciendo el PIR. Desde que empecé la residencia, a veces me pasa que tengo días de "debería-estar-en-Granada". Los días "debería-estar-en-Granada" son días en los que tengo cristalino que tendría que haber escogido el San Cecilio y me pregunto qué coño pinto yo en Cádiz con lo bien que vivía allí. Yo no suelo arrepentirme de las cosas. Lo veo una pérdida de tiempo. Pero los días "debería-estar-en-Granada" son pavorosamente claros y me llenan de certidumbre sobre lo equivocada que estoy.

Así que ir a Granada por primera vez durante la residencia era un reto. Pensaba que me iba a morir de la pena y a arrepentir como el infierno. Sin embargo, aunque he muerto de la pena, era una pena distinta a la que preveía. Pensaba que mi pena vendría de no estar allí. Pero una vez allí, me sentía extraña por las calles, como caminando en los sueños de otro. Como si los sentimientos me los estuvieran prestando. La densidad de recuerdos por metro cuadrado de la ciudad es excesiva, mayor que en ningún otro lugar, incluso que en Málaga. Camino por allí como los botes salvavidas del Titanic: apartando cadáveres con los remos.

Y eso que allí he sido muy feliz, sí, pero también muy miserable. De hecho, si me pongo a mirar año por año, tampoco es que haya sido la época de mi vida. En primero estaba deprimida post-Barcelona. En segundo estaba enajenada por J. En tercero seguía enajenada por J. y además tenía ansiedad recurrente y aburrimiento patológico. Cuarto es una de las pocas épocas de mi vida que borraría entera sin remordimientos. Quinto estuvo bastante bien. Así que creo que no es mala idea empezar de nuevo en un sitio distinto. ¿En serio querría hacer la residencia allí? ¿Con mi yo del pasado sentada en los bancos de las plazas? ¿Con la ausencia de mis amigos gritándome desde los bares de tapas?

El último día quedé con el Húngaro. También a él le veía descontextualizado, como recortado de una revista y pegado con photoshop. Me contó una historia sobre los conflictos de Europa del Este sobre la que piensa hacer la tesis y de la que entendí la mitad. Luego me dijo que él también se da cuenta de que todo ha cambiado, que incluso sus profesores se han ido al extranjero por la crisis, que en Granada ya apenas queda nadie.

Me puse muy triste cuando le abracé antes de irme. Mi Hungarito. Me entristece volver a ver a la gente y que las conversaciones se conviertan en resúmenes acelerados de lo que ha sido tu vida en el último año. Dani era mi compañero de piso. Le daba un beso de buenas noches antes de dormir. Le oía gruñir desde su cuarto cuando se despertaba de resaca. Me contaba historias de Venezuela mientras almorzábamos y me perseguía al baño sin parar de hablar hasta que yo le regañaba y le cerraba la puerta en las narices. La PK y yo nos reíamos de él y de su manía de cenar tres veces, ensuciar media vajilla y luego no entender por qué tenía que fregar él siempre los platos. Ahora está ahí, recortado sobre un bar en el que no había estado antes, contándome que en breve quiere irse a viajar por Europa para hacer su tesis. Quejándose de que pronto no quedarán pisos en Granada que nos alojen.

La ciudad esta vez me parece dura, casi hostil. Será el frío. Me siento estafada mientras miro a los estudiantes tomando tapas en los bares que eran míos. Te crees que va a durar para siempre y va y se acaba. Tú creces, tus amigos se marchan y entran a ocupar su espacio chavales que ahora te parecen demasiado jóvenes.

Así que me alegro de haberme ido, aunque suene un poco a justificación. Seguro que también me alegraría de haberme quedado. No existiría esta brecha. Trazaría nuevos caminos por las calles de la ciudad (de mi casa al trabajo, por ejemplo) y no extrañaría el mar ancho de Cádiz porque no lo conozco. Pero ahora me alegro de haberme ido, porque la tristeza pesa mucho. Necesito distancia.

Porque lo triste no es haberme ido yo. Lo triste es que se ha ido casi toda la gente a la que quiero.
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Esta ciudad de huelga intermitente,
sus avenidas largas como látigos,
y plazas que recuerdan viejas citas
y nombres que los tiempos han borrado.

Esta ciudad con obras infinitas,
con bosques de cemento amurallado,
con lluvias de neón y agua bendita
y muertos que descansan solitarios.

Esta ciudad que sabe de nostalgias,
de poderes, de guerras que han pasado,
de copas, de bohemia, de la noche,
de música y poemas entregados.

Esta ciudad que baila con tu cuerpo
a ritmo de boleros o de tangos,
que sueña con tus labios, se emborracha
y luego llora cuando te has marchado.

Esta ciudad sin duda no es la nuestra,
o tal vez se parezca demasiado.

(Javier Benítez - Esteban Valdivieso).




miércoles, 15 de diciembre de 2010

Me voy de permiso

Hoy ha sido mi primer día de vacaciones. De vacaciones de verdad, que la otra mitad me la pasé en un sitio muy raro haciendo cosas extrañas y poco vacacionales.

Tenía planeado hacer la maleta esta mañana, recoger la casa, limpiar la nevera, depilarme y esperar fantástica de la muerte a que llegue mañana para irme de viajecito a MI Granada.

En lugar de esto, me he pasado la mañana perreando, la tarde trabajando (no me preguntéis por qué, ya sé que he dicho que estoy de vacaciones, pero la vida del PIR es dura) y la noche hablando con MQEN. Después de colgar, en lugar de ponerme a recolectar ropa como una chalada, me he pintado los ojos porque me apetecía y me he sentado a escribir y a ver vídeos de los Piratas.

Al final, lo sé, me iré con la casa manga por hombro. Me da pena dejar sola a mi casita veinte largos días. Mi piso me gusta tanto que a veces le doy besos en los marcos de las puertas, a pesar de mi desorden patológico y de que lavo los platos con mucha menor frecuencia de la que debería.

Aun así, quiero mortalmente irme de vacaciones. Me apetece necesito dejar de ser psicóloga por unos días. Estoy harta de ser comprensiva, asentir y decir "¿cómo te sientes al contarme esto?". Lo que en realidad quiero decir ahora es "me importa un carajo tu vida, espabila, deja de quejarte y sé feliz". No more empathy for me today.

También quiero ir a Málaga, a que el duendecillo de lavar la ropa vuelva a hacer su aparición, a encender la chimenea y a ver a mi familia y mis amigos. La navidad me parece un invento del maligno, y estas vacaciones me gustarían aún más si no las adornaran un dios en el que no creo y un gordo de rojo al que no conozco, pero intentaré sacar a pasear los pocos restos de espíritu que me quedan y disfrutar aunque sea de los mantecados.

En fin. Poco más. Mañana me reencontraré con Granada, mi ciudad soñada, mi paraíso voluntariamente perdido. Podría estar allí. No sé si mejor o peor, pero allí. En cambio, aquí estoy, en Cádiz, en medio de la humedad del aire, rodeada de agua, sumergida en el viento. No sé si mejor o peor, pero aquí. Ya os contaré cómo llevo el reencuentro.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Nice memories, I


- ¿Sabes cuál es una de las cosas más bonitas que me han dicho en mi vida?
- Sorpréndeme.
- Pues a ver, en cuarto de carrera me echaba una loción en la cara para el acné que olía fatal, como a óxido... Y encima estaba horrible, con la piel toda despellejada.
- Pobre...
- Un día estaba con un chico enfrente de la catedral, de noche, no se me olvida, aunque no sé qué hacíamos allí parados, besándonos. Ya tenía mérito el chaval, que yo parecía Freddy Kruger y aun así le gustaba. Y no sé por qué salió lo del olor a óxido aquél y le pregunté si le importaba.
- ¿Y qué te dijo?
- Algo como "qué va... si voy a acabar chupando columpios cuando te eche de menos".
- Jo, es muy bonito.
- ¿Verdad que sí?

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Texto y subtexto


Prometo no mandar más cartas

(ni más mails)

y no pasar por aquí

(aunque no paso yo, es tu imagen la que viene).

Prometo no llamarte más

(ni mandarte mensajes al móvil)

y no inventar ni mentir

(ni manipular, ni buscar razones o pretextos donde no los hay).

Prometo no seguir viviendo así

(con esta tristeza aleatoria y persistente)

prometo no pensar en ti

(ni en Ishiguro, ni en los parques, ni en la miel con vinagre balsámico).

Prometo dedicarme solamente a mí

(a mi meditación, mis libros, mis pacientes).


Prometo que a partir de ahora lucharé por cambiar

(por ser más buena y sensata, más callada y coherente).

Prometo que no me verás, que no voy a molestar

(seré una santa).

Y sabes que lo digo de verdad

(esta vez sí, te lo juro),

que no voy a fallarte en nada

(te dejaré tranquilo de una vez).

Tengo mucha fuerza de voluntad

(estudié mañana y tarde durante meses, saqué el número 12 del PIR),

no te fallaré en nada

(tampoco me dejas).


Prometo no seguir así

(porque es patético),

prometo que no voy a pensar en ti

(y yo lo que prometo lo culpo),

prometo dedicarme solamente a mí

(qué remedio).


Y el aire que me sobra alrededor

(me sobra aire vacío, no sólo de ti, vacío de muchas cosas)

y el tiempo que se queda en nada

(se me disuelven los días y no tengo ni idea de a dónde van).

Nunca más escucharé tu voz

(y, de hecho, no la recuerdo),

energía nunca liberada

(que se queda conmigo y me consume los huesos).

Palabras que se perderán entre estas cuatro paredes

(¿dónde van las palabras cuando no las escucha nadie?),

como lágrimas en la lluvia se irán

(y pasará el tiempo, y nos cubrirán los años, y nos haremos viejos...).


Se irán, se perderán, se irán, se perderán, se irán, se perderán,

se irán, se perderán, se irán, se perderán...

Como lágrimas en la lluvia...


¿Dónde estabas entonces?

jueves, 2 de diciembre de 2010

Fregados


En general se me da bien desconectar de los pacientes adultos, pero a los niños los llevo peor. Los niños me dan mucha penita. Los veo tan dependientes e indefensos que no puedo evitar que se me estruje el corazón cuando lo pasan mal.

Ayer tuve a uno que venía por sospecha de déficit de atención y que a mí me huele a que pueda ser algo más grave, y cuando pedí una interconsulta con la otra psicóloga del centro para que me diera su opinión la madre se me acojonó. Yo intenté disimular con el rollo de "soy nueva y torpe, y si pido una segunda opinión es por eso, no porque piense que tu hijo pueda tener algo", pero ella se dio cuenta y se le caían los lagrimones en mi despacho.

Tuve también a un niño al que están acosando en el colegio, y ver a un chaval de doce años que se pasa las tardes durmiendo a oscuras porque se siente amenazado es duro. Luego están las tardes en la UCI pediátrica, cuando te cuenta una madre que a su niña se le han salido las tripas hacia el pulmón, y a ti no te parece muy grave porque la semana anterior viste a un lactante con un cáncer terminal en el cerebro.

Viva y bravo todo.

Aquí no hablo mucho de mi trabajo porque no sé muy bien cómo hacerlo. No quiero ponerme excesivamente dramática, ni que parezca que me hago la interesante, ni utilizar las historias de mis pacientes para crear humor o drama. Pero lo cierto es que toda esa desdicha y tragicomedia humana es parte de mi vida y, ya os digo, hoy estoy cansada y un poco sobrecargada.

No creo que ser psicóloga me haga mejor persona. Trabajo en esto porque quiero y me gusta, creo que tengo capacidad para sobrellevarlo y si yo no estuviera aquí hay 2600 personas (mínimo) que se pegarían por ocupar mi puesto. Pero no quita que este trabajo sea duro a veces. Tóxico. Y hoy me he venido al hospital pensando en el niño raro, en el niño acosado, en otro al que su padre lo manda textualmente "ar caraho" y, en fin, en todos los niños tristes del mundo.

La cuestión es que después de comer he bajado en el ascensor a tomarme un café y he coincidido con dos limpiadoras. Hemos parado en la cuarta planta y las puertas se han abierto, pero no ha salido nadie. Las limpiadoras se han quedado mirando el suelo recién fregado que se veía a través de la puerta.

- Se nota cuando no pisa nadie, ¿verdad? Lo bien que se queda - ha dicho una de ellas.
- Desde luego. Es que digo yo que al menos podían pisar por la orillita, que se nota menos.
- Ya, pero es que parece que ni nos ven. Yo a veces pienso que somos invisibles.

Se ha abierto la puerta, he salido y me he despedido de ellas, porque aunque lleve pijama blanco yo en realidad también soy personal minoritario en el hospital. A veces también me siento como si fuera invisible. Y me he ido hacia la cafetería pensando que en esta vida, como dice Mafalda, "cada quién tiene su pequeña o gran preocupación".


EDITADO: Diez minutos después de terminar de escribir esta entrada, me pegué una hostia impresionante sobre el suelo recién fregado de la UCI pediátrica. La vida es una cachonda.