Cuando era pequeña me quemé la yema de un dedo con una cerilla. Lo hice porque quería saber qué se sentía al tocar el fuego. Todavía recuerdo la ampolla que se formó y cómo se metía la arena debajo de la piel muerta cuando empezó a cicatrizar. A veces lo pienso y me sorprende ser capaz de identificar el momento en que descubrí algo tan básico como que el fuego quemaba.
Hoy, con veintiséis años, cuando pensaba que me quedaban pocos instantes de esa simplicidad mágica, he sido capaz de ver el momento justo en que surgía el amor.Cómo en mi corazón, en un lugar donde antes no había nada, ahora hay una llamita potente de un cariño intenso y nuevo que no va a hacer más que crecer.
Hoy he conocido a Tahira.
Enhorabuena, Els. Y gracias.
miércoles, 31 de agosto de 2011
jueves, 25 de agosto de 2011
El viaje interior y el viaje exterior
Escribir sobre viajar me resulta complicado. Creo que es porque pienso que a los lectores no les va a interesar, ya que cuando la gente me cuenta sus viajes a mí sólo me interesa moderadamente. Eso me lo dijo una vez mi amigo A., el que no me habla, que tenía entre sus virtufectos (palabra que acabo de inventarme y que quiere decir que algo es a la vez una virtud y un defecto) que era muy sincero. Me dijo: "Enséñame las fotos de tu viaje si quieres, pero en realidad las fotos de otra gente me interesan poco". Dejando de lado su crudeza, no le falta razón.
Yo no soy una gran viajera. No sé si es porque no me interesa mucho o porque no he viajado lo suficiente como para que me pique el gusanillo. Decir que viajar no te interesa mucho es como decir que no te gustan los perros: un tabú en nuestra sociedad. Ojo, que no es que no me guste viajar; me gusta un montón. Simplemente, no lo priorizo. En los últimos años he dedicado gran parte de mi tiempo libre y mi dinero disponible a meditar. Mi amiga Elsa dice que a lo mejor ya hemos ocupado muchas vidas pasadas en tener experiencias emocionantes e irnos de fiesta, y que en ésta toca el viaje interior. No tengo ni idea. A mí me ha cuadrado así y ya está.
El tema del viaje interior versus el viaje exterior para mí ha estado claro por lo siguiente: yo no era feliz. Cuando uno no es feliz no importa lo mucho que huya: su infelicidad le perseguirá como su sombra. Creo que ya os he hablado alguna vez de mi gran enemiga existencial la angustia. Estar angustiado es horroroso. Cuando leí "Espartaco", en la parte final, cuando los crucifican a todos en la Via Apia, el autor habla de que hay quien se daba golpes en la cabeza contra el madero para morirse antes. Así me siento yo con la angustia. Quiero golpearme la cabeza contra la pared para que desaparezca. Ahora me pasa menos, pero antes de empezar a meditar tenía épocas en las que me pasaba así semanas. Semanas ininterrumpidas de querer golpearte contra un muro. Imaginadlo.
Cuando tenía veintidós años me di cuenta de que mi vida era estupenda: tenía un bonito piso en el Realejo, un novio moderadamente guay, una carrera que me encantaba, amigos, aficiones, una ciudad soñada y una familia disfuncional a nivel estándar que me quería bastante. Y aun así estaba angustiada. Ahí fue cuando decidí que me iba a meditar y mi vida cambió para siempre. Ahora considero que tuve un montón de suerte. Si mi novio hubiera sido un capullo o mi carrera una mierda, habría pensado que bastaba con cambiar eso para ser feliz. O que necesitaba irme a otro país o a otra ciudad. En lugar de eso, empecé a meditar. Goenka, el industrial birmano que organizó los cursos a los que yo voy, dice algo así en la introducción de un libro sobre Vipassana: "Cuando descubrí la meditación, fue como si toda mi vida hubiera vagado por calles oscuras y de repente alguien hubiera encendido la luz".
Confesión: llevo sin meditar un montón de tiempo. No sé exactamente por qué. MQEN dice que con esto de la meditación dar un paso hacia atrás es dar veinte. Es muy, muy fácil dejarse ir, sobre todo si uno se encuentra moderadamente bien. Mi madre dice que para meditar hay que encontrarse un poquito mal: si te encuentras bien, no meditas porque piensas que no te hace falta, y si te encuentras mal no puedes meditar porque estás muy desequilibrado. Yo ya he dicho que creo que últimamente estoy un poco desequilibrada, pero al menos es un desequilibrio en plan inocuo y guay. También creo que no voy a hacer nada de lo que no esté muy convencida. Meditar es duro de narices. Si no estás convencido se convierte en una tortura. Aun así, yo sé que volveré a meditar. Está ahí. También sé que todo el esfuerzo que he hecho hasta ahora ha dado frutos, aunque tenga que cuidarlos para que no se pochen.
¿A qué venía esto? Creo que al tema del viaje interior y el viaje exterior. De un tiempo a esta parte sí me apetece más viajar por fuera. Creo que estoy más preparada. Cuando uno viaja es fácil ponerse en modo aferrar. Aferrar experiencias, sensaciones, momentos. Estar todo el día con la cámara de fotos en la mano, querer probar todos los platos típicos aunque revientes, machacarse los pies en los museos, arrasar con la tienda de recuerdos. Ahora viajo distinto. Es una buena manera de experimentar la impermanencia, de fluir de una forma diferente. Saber que el sitio en el que estás y las personas a las que conoces se irán relativamente pronto. Encontrar un equilibrio entre aprovechar el tiempo y no asfixiarlo tanto entre los dedos como para que se te muera.
Últimamente también me da vueltas la idea de hacer un Gran Viaje cuando termine el PIR. Claro, que también me molaría hacer un Gran Viaje Interior e irme a vivir a un centro de meditación unos meses. Y también querría escribir una novela. Supongo que ahí está mi tema. La mayoría de la gente elegiría el Gran Viaje Normal. Entre irse tres meses a recorrer Sudamérica e irse tres meses a poner el culo en un cojín, o quedarse un año tecleando en silencio frente a un portátil, estoy convencida de que la mayoría elegiría Sudamérica. A mí el cojín y el portátil me parecen viajes igual de alucinantes. No sé.
Lo que sí sé es que para mí estar bien por dentro es condición indispensable para estar bien por fuera. Cuando tienes paz, la tienes en cualquier sitio, y entonces no es que los viajes molen: es que todo se convierte en un viaje. Y esa es la forma que a mí me gusta de vivir mi vida.
martes, 23 de agosto de 2011
El Mal Vacacional
Mis grandes defectos están todos relacionados con lo mismo. Soy despistada, desordenada y estoy empanada en general. Lo compenso con dos grandes virtudes: la primera es que soy bastante tolerante con los defectos ajenos. No me enfado porque se olviden de mi cumpleaños ni porque la gente llegue tarde cuando queda conmigo. Los ordenados-puntuales-centrados suelen ser bastante tiquismiquis con los demás, rollo "si yo puedo hacerlo, ¿por qué tú no?". Supongo que es como me pasa a mí con la gente torpe. Mi otra gran virtud es que soy una máquina de generar soluciones alternativas (o, como dice mi amigo José Luis, de "arreglarlo"). No me haría falta esa virtud si de entrada hiciera las cosas bien, pero es lo que hay.
Así que cuando ayer, en mi casa de Cádiz, con los sudores chorreándome por mis rubios cabellos, ocho kilos de equipaje absurdo sobre mi modesta espalda y la hora de salida del tren pegada al culo, descubrí que había perdido la tarjeta de embarque de mi vuelo desde Sevilla, no me inmuté.
Tranquilidad en las masas, Marina, me dije. Tienes tres horas entre el tren y el vuelo. Buscas un ciber en Sevilla, imprimes otra vez la tarjeta de embarque y andando. Ahora sal de casa, monguer, que vas a perder el tren después de haberte levantado con cuatro horas de antelación.
Llegué a Sevilla toda zen a pesar de los treinta y muchos grados de calor que asolaban la ciudad. Mi plan era sencillo. Uno: mear (la filtración renal ultrarrápida es otro de mis defectos). Dos: sacar dinero, porque iba sin un duro. Tres: encontrar el ciber. Cuatro: comprar chocolate. Cinco: ir al aeropuerto y vagar por el Duty Free probando colonias caras de las que luego aberrar en silencio.
Ingenua de mí, lectores. Noticias frescas: es más fácil encontrar hielo en el desierto, al Dr. Livngstone o al monstruo del Lago Ness que un ciber en Sevilla, cerca de la estación de trenes y abierto al mediodía. Para colmo, mi tarjeta del banco se había desmagnetizado OTRA VEZ, sospechosamente desde que me compré mi cartera nueva, que aun así me niego a cambiar porque es superbonita.
No pasa nada, me dije. Me envío dinero a mí misma por Hal Cash, que no será la primera vez dado que mi cartera/bolso/Satán se empeñan en desmagnetizarme las tarjetas. Ahora imaginad la estampa: yo, Sevilla, Agosto, mochila. Caminando por las calles sin un céntimo para comprarme ni una cocacola. Luchando contra el servicio de reconocimiento de voz automatizado de mi banco, que se empeñaba en no oírme, no entenderme o colgarme mientras yo gritaba desquiciada: "Quiero que me pasen con un gestor, con un gestor, ¡¡¡con un gestoooor!!".
Conseguí enviarme dinero a mí misma. Encontré un ciber y estaba cerrado. Entré en una tienda de informática por afinidad temática y me encontré al señor más parecido al protagonista de Clerks que he visto en mi vida. Pero en gordo. Y en harto de la vida.
- ¿Sabe dónde hay un ciber?
- Ahí, a la vuelta de la esquina. Lo que no sé es si está abierto.
- No, ya lo he mirado yo y está cerrado. ¿Aquí tienen Internet?
- ¡No! (definición de milisegundo: tiempo que transcurrió entre la palabra "Internet" y la negativa de Gordoclerks).
- Es que necesito imprimir un billete, tengo que irme ya al aeropuerto y estoy a punto de llorar, Gordoclerks, si insistes suficiente quizá te enseñe una teta.
A partir de ahí el corazón de Gordoclerks se ablandó, lo que no mejoró en nada la situación porque 1) para ser informático era la persona más inútil que he visto con Internet y 2) Ryanair, la Compañía del Mal, no me dejaba reimprimir el billete. Total, que me tuve que ir para el aeropuerto descompuesta, sin novio y con cinco kilos menos de peso que me había dejado en forma de sudor chorreante por las calles de Sevilla.
Llegué al aeropuerto pensando con lógica: a ver, yo ya he facturado online. No me pueden cobrar por imprimir. Ya he facturado. El tema es facturar, no imprimir. NO PUEDEN COBRARME POR IMPRIMIR. Me repetía esas frases como un mantra, pero en lo más profundo de mi corazón sabía que no iba a ser tan fácil. Efectivamente, me cobraron por imprimirme la tarjeta de embarque.
Voy a callarme aquí lo que pienso de Ryanair porque en el mismo momento en que dejaba mis cuarenta y tres euros en el mostrador de sus oficinas del Mal decidí que no iban a amargarme las vacaciones con su inmoral política recaudadora. Con mi tarjeta de embarque en la mano me fui al Duty Free, me eché colonia cara y me compré una tableta de chocolate con naranja que me costó un riñón. Claro, que al menos ellos me dieron chocolate a cambio, no como Ryanair, que me cobró por NADA.
Aquí termina la parte de maltrato institucional consustancial a viajar con Ryanair y comienza la parte de "hoy Dios me odia y yo no sé qué le he hecho".
Con mi tableta de chocolate en una mano y un libro de Steinbeck en la otra, me puse en la cola para embarcar en el avión. Era la típica cola tan larga que te preguntas si todos vais a caber dentro o si a los que se pasen con las dimensiones del equipaje los meterán en la bodega después de hacerles pagar un suplemento.
En esto que se me acerca una señora Gallega, Gorda y vestida de Rosa; en adelante, GGR. Conste que ninguno de los tres adjetivos tiene intención de discriminar, sino sólo de dibujaros su estampa de forma más acertada. Esta señora iba acompañada de una Gallega Vieja vestida de Negro, también conocida como GVN o como su Madre. Yo ya las había visto en la cola de facturación y también habían tenido que pagar por imprimir el billete. Eran de estas personas un poco llamativas que sabes que serán problemáticas y que además sabes que te perseguirán todo el viaje. Es un consuelo para mí saber que este tipo de personas, a pesar de lo que puedan decir los prejuicios populares, no siempre son andaluzas.
Total, que se me coloca detrás GGR y empieza a interrogarme.
- ¿Ésta es la cola para Santiago?
- Sí.
- ¿Seguro? Es muy larga.
- Sí, seguro... yo pensaba lo mismo que usted, me he acercado al principio y pone "Santiago" (yo soy amable hasta la muerte, excepto con el servicio de reconocimiento de voz de ING direct).
- No, no, si te creo. Anda, mamá, siéntate ahí mientras avanza la cola - le dijo a la GVN en gallego.
Yo me enfrasqué en la lectura de "Viajes con Charley", que por cierto es un libro que mola mil, y en el comer chocolate indiscriminadamente mientras la señora murmuraba contra Ryanair.
Entonces me dijo:
- Perdona, ¿me puedes mover la maleta mientras voy al baño?
- Claro, sin problema - soy superamable, en serio, tengo un problema con eso.
GGR se mete en el baño, la cola empieza a avanzar y en esto que su madre se me coloca al lado y empieza a observarme con mirada aviesa. Yo caminaba, arrastraba la maleta y la señora anciana se movía detrás de mí y me miraabaaa largamente sin decir nada. Pensé "ya está, me han colocado una maleta-bomba, voy a ser una mártir de la Yihad gallega y esta señora está aquí para asegurarse de que todo va como es debido, porque total, a su edad no tiene mucho que perder".
GGR salió del baño y me aclaró que su madre pensaba que yo le estaba robando la maleta. Sí señora, le estaba robando la maleta despacito para que nadie se enterara y en dirección al avión que también usted va a coger, y de paso me va a detener mirándome de forma insistente hasta que embarquemos. Me encogí de hombros, le di la maleta a GGR y seguí a lo mío.
GGR y GVN se quedaron atrapadas en la puerta de embarque por el tamaño de sus maletas (no me sorprendió) y yo, después de tener que meter todas mis pertenencias en un solo bulto, medir y pesar dicho bulto varias veces, tocarme la nariz con la punta del dedo, enseñar la tarjeta de embarque más cara de la historia y declamar en gallego que adoro a Ryanair y a la madre que le parió, conseguí embarcar. Viva y bravo. Me siento junto al pasillo, coloco mi único bulto de menos de diez kilos de peso a mis pies porque obviamente ya no queda hueco en los portaequipajes y saco mi moleskine para manejar el estrés a base de escribir.
Pues a que no sabéis quién se me sienta al lado, pasillo de por medio. Por supuesto: GGR. Y ¿quién se sienta delante, separada por unos cuantos pasajeros inocentes? Su Madre. Mirándome aviesamente. Pensé en cambiarle el asiento a su madre para que estuvieran juntas, pero estaba tan agotada que me daba perezón, y ahí Dios me castigó por tener el corazón duro cual director de compañía aérea low cost.
El avión empezó a moverse por la pista durante un montón de rato. Siempre que hace eso me imagino que viajamos por tierra sin despegar nunca y me hace mucha gracia la estampa del avión rodando por las carreteras españolas lleno de turistas pobretones y apretados. Al final despegamos, y en esto que GGR saca un enorme abanico verde que contrasta con su enorme camiseta rosa, echa la cabeza hacia atrás y empieza a abanicarse ostensiblemente y a sudar como un pollo. Si algo sé yo como psicóloga del SAS es de señoras con sobrepeso que sudan y se abanican. Ansiosa en crisis de ansiedad fulminante. Pero como estoy de vacaciones, resistí la tentación de gritar "¡¡tranquilos, soy psicóloga!!" y ponerme a darle instrucciones de relajación y me dediqué a mi moleskine.
Y en esto que, sin previo aviso, GGR empieza a vomitar. Mucho. En el pasillo. Preocupantemente cerca de mi único bulto de menos de diez kilos de pso. Ahí tuve que hacer malabarismos éticos para aparentar preocupación y al mismo tiempo apartar mi mochila del camino de la mujer potadora. Cuando terminó y yo ya pensaba que Dios había terminado de reírse de mí, le ofrecí una toallita y agua (amabilidad patológica). Entonces se me cayó la botella de agua y rodó por la pota de GGR (¡¡verídico!!) hasta dos o tres filas de asientos más atrás. Un señor agarró la botella por el tapón y me la devolvió, mientras medio pasaje me miraba con expectación. Yo, muy digna, sequé la botella con una toallita, la coloqué en el suelo y le di una patada secreta.
En esto que se acercan los tripulantes de la compañía del Averno a intentar arreglar aquello con toallas de papel y bolsas de basura.
- ¿Está usted bien? - le preguntó una azafata a GGR.
- Ay, señorita, verá, es que a mí los aviones me dan mucha ansiedad... y además, no me he podido sentar al lado de mi madre... y ¡he tenido que pagar cuarenta euros por la tarjeta de embarque! ¡Y por el exceso de equipaje!
Ahí ya no pude más. Empecé a reírme por lo bajo mientras escribía en mi moleskine y el señor de al lado me miraba como si estuviera loca. Todo el día se agolpó en mi mente (el calor, Gordoclerks, los low cost del Averno, la anciana del Hezbolá gallego y, sobre todo, la indisposición causada por el abuso de poder de Ryanair) y pensé que joder, que la vida es muy, muy graciosa y que a pesar de los cuarenta euros me lo estaba pasando bastante bien.
Un atracón de chocolate con naranja, ocho páginas de moleskine y veinticinco anuncios de Ryanair después llegué a Santiago. Todo era verde, morriñoso y gallego. Crislaquviveensantiago me esperaba en la puerta de embarque como en las pelis. Me encanta que me reciban en las puertas de embarque (no, IA, no es una indirecta) y me recuerda a Love Actually. Me despedí mentalmente de GGR y de GVN.
Seguía misteriosamente contenta. Estaba de vacaciones y me esperaban cuatro días en Santiago y tres días por ahí de furgoneteo escalador. El chocolate con naranja valía lo que costaba. Pero, a pesar de mi optimismo natural, mi amabilidad patológica y mi desapego al dinero, podéis tener muy pero que muy clara una cosa:
La vuelta a Cádiz la hago en autobús.
¡Vacaciones!
Queridos todos:
En primer lugar, muchas gracias por vuestra paciente escucha discursil y por vuestros acertados comentarios. Estoy terminando de pulir el asunto y creo que al final quedará bien. Sobre todo porque en realidad son mi familia, me quieren y estarán bien predispuestos.
Estoy en Santiago de Compostela con Crislaqueviveensantiago. Todo es supergenial y supergallego, incluido el tiempo: me siento como si me hubieran teletransportado al otoño. ¡Hoy he dormido con edredón! Después de la última levantera gaditana amenazando con volverme loca, ha sido fabuloso.
Tengo pendiente contaros cositas, como la especie de gymkana física y emocional a la que me sometieron ayer los de Ryanair, pero estoy aquí de invitada y me parece de mala educación. Así que no sé cuándo podré volver a actualizar. Que conste que no es que no quiera, ¿eh? Yo no necesito vacaciones de mi blog. Lo de darse vacaciones de blog es como darse un descanso de la pareja: si necesitas descansar, será que no te mola tanto, creo yo. Aunque son mis ideas nazis y a lo mejor no todo el mundo las comparte.
Después de esta dosis matutina de incoherencia, voy a vestirme y a prepararme para turistear Santiago física y gastronómicamente. Prometo que si en algún momento de estos días veo un ciber, o si percibo en el ambiente que puedo ponerme a escribir sin que Cris y su chorbo piensen que soy una autista rara, lo haré. Hasta entonces, os quiero tela y os extraño más.
Pasadlo bien :D
domingo, 21 de agosto de 2011
37'5. Otra versión
Vale, seguramente éste sea el discurso definitivo, porque me gusta bastante y no tengo mucho más tiempo. Casi lloro leyéndolo, no os digo más. La boda va a ser un festival de la lágrima, que mi primo es un tierno.
Espero que os guste y no doy más la brasa con el tema. Ahí va.
37. Mi primer podcast, Chispas
Bueno, peña, pues aquí seguimos con el texto del amor de los cojones el regalo inspirador y cariñoso para el bodorrio de mi primo. Me gustaría tener vuestra opinión, a ser posible pronto porque lo tengo que enviar mañana como muy tarde. Yo sé que me ha pillado el toro, lo sé, pero lo sabía hace exactamente un año cuando me lo propusieron y ya es demasiado tarde para arrepentimientos.
Para que os motivéis a tope (tú también, Anónimo76) y para recrear al máximo el efecto lectura en boda, he decidido lanzarme al mundo podcast y ofreceros en primicia primiciosa una grabación de mi voz.
Aviso: mi voz es fea. J. decía que la primera vez que me oyó por teléfono pensó que parecía una camionera. Pues él tampoco es que fuera Constantino Romero, tócate los pies. Pero bueno, lo importante, insisto, es el efecto lectura en boda.
Este primer intento es una especie de cuento sobre el amor que me he inventado yo basándome en el capítulo de un libro que leí ayer en la librería, justo antes de que mi primo me llamara. Bucay, no es tan difícil. El cuento es cortito, así que seguramente añada más cosas. Seguiré un poco con las pajas mentales sobre el amor, después hablaré de que mi primo es genial, luego declamaré que creo en el amor mientras rasgo mis vestiduras azul petróleo... un completo, vamos.
Espero que funcione el enlace, que me ha costado la misma puñeterísima vida descubrir cómo grabar, exportar, alojar y publicar el podcast de las narices. Voy a abrir hasta una etiqueta nueva por si me mola esto del podcasteo los días que no tenga ganas de escribir (a quién quiero engañar, si siempre tengo ganas de escribir).
Ahí va:
sábado, 20 de agosto de 2011
36. El amor en los tiempos del levante
Llevo un día rarísimo. Desde ayer hace un levante del Averno asqueroso que me ha dejado toda la noche sin dormir, tirada en el sofá y encendiendo el aire acondicionado a intervalos de media hora. Esta mañana he ido a mirar más vestidos para el bodorrio, con un resultado que podríamos calificar suavemente de escasito. Al final me he metido en la librería y me he sentado en una esquinita a ojear novedades caras. Estaba enfadada con la existencia, no sé si por la falta de sueño o por el levante molesto.
Entonces ha sonado el teléfono. Era mi primo Sergio, que está en Málaga unos días para las vacaciones y quería saber si nos veríamos. Le he dicho que no, que me quedo en Cádiz hasta el lunes, que viajaré a Santiago a ver a una amiga y a su Corte Inglés con ventanas, pero que en cualquier caso nos vemos prontito en el bodorrio. Me ha contestado que guay, y que a ver si le envío el texto a nosequé amigo que va a hacer un cuaderno conmemorativo con todo lo que se lea en la ceremonia.
- ¿Lo tienes ya listo?
- Mshssí, algo tengo ya medio preparado - lo que, traducido al castellano, quiere decir: he pensado vagamente sobre el tema y lo he comentado en mi blog, pero sigo sin tener ni puta idea de qué decir.
- Pues envíalo ya, anda, que tiene que estar diecisiete días antes.
¿Diecisiete? What the fuck! Si la boda es el diez eso quiere decir básicamente que tenía que estar para antesdeayer, como quien dice
Pero hablar con mi primo me pone de buen humor, y al fin y al cabo está nublado con un calor del copón y un levante de 34 km/h que hace que donde mejor se esté hoy en Cádiz sea en casa de uno con el aire puesto. Así que me he ido a casa, sin vestido pero toda llena de buenas intenciones. Me he hecho una jarra de limonada con hierbabuena y un tazón de helado de chocolate hecho en casa con receta inventada y me he puesto a escribir.
Ciclo de la escritura frustrante: escribo diez minutos, doy vueltas por mi casa hablando sola, escucho Vetusta Morla en bucle. Me grabo en el ordenador leyendo un texto antiguo para ver cómo suena mi voz y calibrar si haré el ridículo en la ceremonia con mi acento andaluz. Escribo veinte minutos. Pienso que todo es una basura, lo borro, saco el helado de chocolate homemade del congelador y le doy un pegue. Me pregunto por qué no sabe como el de las heladerías, obviando el hecho de que me he inventado la receta y me he dedicado a mezclar derivados de la leche con un montón de cacao puro y un chorro de sacarina líquida (antes muerta que tomar azúcar). Saco la guitarra y toco Vetusta Morla en bucle. Abro el blog y me pongo a contaros mis penas.
¿Qué escribiría yo sobre el amor? Yo creo en el amor a tope. En el amor y en el matrimonio, tócate los pies, que estaría guay decir que soy una jipy que piensa que no existe el amor para toda la vida y que, como decía Woody Allen en Manhattan, somos como las palomas y estamos destinados a ir cambiando de pareja every now and then. Que los bodorrios son un paripé y un invento absurdo del Corte Inglés para sacarnos dinero a todos y plegarnos a las convenciones establecidas.
Bueno, pues no. A mí me gustan los bodorrios. Me parece muy admirable que alguien sea capaz de afrontar ese compromiso. Joder, ojalá a mí me pase. Ojalá alguien confíe tanto en mí y piense que soy tan guay que me va a aguantar para siempre, aunque me vaya haciendo progresivamente más gruñona y maniática, aunque engorde y se blanquee mi maravilloso pelazo rubio. Ya os dije que yo creo en un amor inocuo, incondicional y para siempre, y que alguien tenga los huevos de unirse a otro para poner en práctica ese difícil ejercicio del corazón me parece como para hacerle la ola.
Qué queréis que os diga. Yo creo que el amor es la respuesta. El fin último de todo. Y, de hecho, cuando uno es capaz de mirar así la vida, se vuelve mucho más fácil y enriquecedora. Se empieza a pensar en los demás en vez de pasarse todo el día manoseándose metafóricamente el ombligo y todo cobra más sentido.
El amor es el sentido de mi trabajo. Hace unos meses tuve un paciente un tanto personaje que me decía que "el aerobic era su gran pasión". Se trataba de un tío grande como un camión, con una melena rubia y rizada hasta los hombros y un poco de cara de empanamiento. Me lo imaginaba haciendo aerobic con una cintita en la cabeza y tenía que hacer grandes esfuerzos para no desconojarme en su cara. Le di el alta cuando me fui del equipo y llevo unos cuantos días seguidos encontrándomelo a la salida de la piscina municipal, porque va a correr por ahí. Pues ayer lo vi en la clase de aerobic, supermotivado, siguiendo la música perfectamente y con cara de felicidad jadeante. Y sentí amor, verídico, amor por mi paciente y porque estuviera lo suficientemente bien como para estar haciendo lo que le gusta.
El amor me ha salvado esta mañana, cuando estaba hasta el culo de levantes, de vestidos azul petróleo y de las luces indignas de los probadores. Me ha llamado mi primo y me he alegrado tanto de oír su voz que he recordado que lo del vestido es secundario, que lo que importa es ir a su boda y compartir su felicidad unas horas, hacerle la ola por tener los huevos de casarse y, de paso, escribir algo precioso precioso que no olvide nunca.
El amor le da sentido a escribir y hasta a meditar. A escribir porque al final la escritura acaba siendo un regalo, para mi primo este caso, pero también para Elsa, para MQEN, para IA y en general para todos vosotros, que estáis disfrutando de esto. A meditar porque uno no medita sólo para sí mismo, sino para los demás: para ser capaz de distribuir su alegría y de querer mejor.
Tengo mucho que decir del amor, y casi todo son ideas cursis y estúpidas que me hacen quedar como una naive medio colocada. A pesar de ser atea, me repito la última parte de la "Oración simple", de San Francisco, que siempre me ha gustado. "Señor, haz que yo no busque tanto ser consolado, sino consolar. Ser comprendido, sino comprender. Ser amado, sino amar." Hazme fuerte y generosa. Hazme inocua y unidireccional. Y, por lo que más quieras, dame inspiración para escribir el texto. Y búscame un vestido bonito, que voy a tener que ir en vaqueros.
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