massobreloslunes

miércoles, 29 de agosto de 2012

SSHP 7: Viviendo en modo gatuno


Me despierto en Polientes en medio de un silencio absoluto, en la oscuridad, debajo de dos mantas. Es la segunda noche consecutiva que me levanto con la sensación de haber dormido profundamente, y es cojonudo. De camino al baño me encuentro con que me ha bajado la regla; qué buen rollo lo de no tener sexo, en el sentido de que ni siquiera llevaba la cuenta de cuándo me tocaba para prever posibles hijitos no deseados.

En el salón están Carlos, el andaluz exiliado que me aloja, y Maika, una amiga suya de Jaén que lleva todo el verano trabajando aquí. Los dos están como unas maracas y son alegres de una forma absurda y sanota. Muy jienenses. Bea, una chica que trabaja en el mismo lugar que Carlos y vive arriba, nos saluda por la ventana de la cocina mientras riega su albahaca. “Os espero a las once y cuarto en la puerta”, nos recuerda a Maika y a mí, porque va a llevarnos de ruta por un robledal cercano.

Hace un sol y un calor de flipar. Empiezo a pensar que lo del Norte frío y húmedo es todo propaganda. mientras me asfixio al subir el cortafuegos que da comienzo a la ruta. ¿Estoy mayor? ¿Tengo toda la sangre acumulada en el útero? Caminamos entre robles durante horas y nos hacemos fotos en el interior de un tronco centenario, y le explico a Maika que en Jaca subí a un monte con la cámara y el trípode y me estuve sacando un reportaje mientras la gente me miraba con cara de “qué pobre, no tiene amigos”. 
Bea nos explica la diferencia entre los distintos tipos de roble y Maika persigue a los insectos con su Nikon maldiciendo la falta de macro. Me cuenta que se apuntó a un curso de fotografía, pero que se equivocó y trataba sólo de retratos. “A mí es que me gustan los bichos”, me explica. Yo alucino con eso de que hay gente para todo, porque a mí me fascinan las caras y las mentes de la gente, y que alguien se pueda apasionar por cosas como las hojas de roble o los hemitórax de los insectos me resulta tierno en su frikismo. “Los insectos son tan pequeños y tienen una vida tan grande”, me explica Maika, entusiasmada.

A la vuelta me zambullo en mi camita con mantas a echarme la siesta. Parece que toda mi energía se concentra en eliminar los restos inservibles de sangre uterina. Espléndido. Dos horas de sueño, medio litro de colacao fresquito y un espidifén más tarde soy casi persona. Viene a recogernos Carlos en su furgo para llevarme de ruta por el valle. Valderredible quiere decir algo como “Valle en torno al río Ebro”, y recorremos la carretera escuchando todo el rato el rumor del agua. A mí, como a buena andaluza, lo de que haya agua así corriendo en libertad sin nadie que abra grifos ni que proteste por la sequía me fascina.

Me llevan a un pueblito que parece un belén, con cascadas cayendo en pozas azules como en un cuento de hadas. Luego subimos a unas formaciones rocosas que moldea el deshielo a través de las paredes. Visitamos una ermita rupestre de arenisca y acabamos en una casa abandonada llena de trastos viejos. Yo me alumbro la cara con la linterna del móvil para asustar a Bea. “¿Sabes? - le digo -, yo en realidad empecé mi viaje en invierno. Había neblina y hielo en la carretera, y al tomar una curva me salí... y ahora viajo de Couchsurfing por los pueblos de Cantabria para advertir a la gente”. Bea se ríe, chilla, se queja a Carlos de que “la couchsurfer es siniestra”.

De camino a la furgo, no sé por qué, empezamos a cantar “Bajo el mar”, y resulta que Carlos tiene en el mp3 la mayor recopilación de canciones Disney que he visto en mi vida, así que acabamos chillando en grupo grandes éxitos como “Vaya tiarrón es Gastón” o “El genio genial”. Carlos se sabe todas las canciones a la perfección, incluyendo coros y voces secundarias. Hay algo decididamente tierno en este andaluz flaquito y animalófilo que lleva el peluche de un urogallo en el salpicadero.

Volvemos a casa y Bea se marcha a preparar unas verduras con cuscús que va a invitarnos a comer en su casa. Parece ser que es mi fiesta de despedida y bienvenida. “Despenida... o binvedida”, propongo yo, con mi habitual fanatismo neológico. Corto queso de Arriel en la cocina, preparamos una ensalada y Carlos saca unas patatas fritas jienenses que tiene en reserva en las profundidades de la despensa. Las patatas jienenses están brutales, el cuscús de Bea también, y mientras escuchamos reggae tumbados en el sofá y dejo que la cena se me digiera despacio en el estómago, me digo que esto es bueno. Esto de aceptar la vida tal y como viene, lo que la gente te ofrece generosamente. En los cursos de Vipassana no se permite pagar nada, entre otras cosas porque se supone que eso te predispone a aceptar las condiciones como son, sin esperar nada a cambio de tu dinero. Aquí, en esta casa ajena, bebiendo y comiendo lo que me dan, asistiendo a las visitas que me proponen, viendo los sitios a donde me llevan y cantando lo que me ponen en el coche, me siento un poco así. Capaz de no esperar más de lo que la vida me va dando, que es muchísimo, sin necesidad de esperar, de retener, de ajustar la realidad a mis perspectivas. Teniendo como única misión ser agradecida y generosa a la vez con lo que yo sí puedo dar: queso, alegría, escucha, fregar platos.

Paro un momento de escribir para recalentar la infusión de hierbabuena con miel de brezo que me estoy tomando. En el valle hay un silencio profundo. Carlos y Maika se han acostado hace un rato, e intuyo que Bea también duerme en el piso de arriba. Podría hacer esto mucho tiempo, me digo, esto de viajar. Quiero decir, que tengo ganas de volver a Cádiz, pero no por nada, sino por estar en Cádiz, porque Cádiz me encanta y me gusta estar allí, porque quiero ver a mis pacientes y escalar con mis amigos. Pero no siento todavía esa necesidad de estar en Mi Cama, en Mi Casa, con Mis Cosas; estoy a gusto levantándome en camas ajenas aún sin tener muy claro hacia qué lado tengo que sacar los pies.

Me reafirmo en el convencimiento que tengo últimamente de que lo que hace de la vida algo curioso, divertido y digno de ser vivido, lo que la distingue de ser un puto erial asqueroso y lleno de decepciones, es la gente. Nuestra capacidad de relacionarnos, comunicarnos y sentir con otros. No importa que la gente también pueda ser la parte cabrona. Este viaje no será Jaca, ni las paredes de Vadiello, ni el monte Oroel, ni el barranco de las Peoneras, ni los encadenes, ni los robles, ni el urogallo, ni los sobaos pasiegos, ni la piedra en seco. Este viaje serán Cris, Mauricio, la PK, Antonio, Ro, Erika, Serbal, Lobito, Bloguero/a Misterioso/a, Jorge, Arriel, Aitor, Lucía, Arkaitz, Marta, Ann, Aoiffee, Raquel,Tomás, Carlos, Maika, Bea y los que me queden por conocer. Gente linda que me ha dado sólo por ser yo: tortilla, vino, fajitas, queso, ánimos para escalar, aseguramiento, barrancos, más vino, kilómetros en furgo, pateos, fotos, agua, pan y muchas más cosas.

Hace unos días leí algo sobre los gatos, y cómo van por la vida como si se lo merecieran todo. Yo soy mucho más gatuna que perruna, y algún día expondré detalladamente por qué, pero una de las cosas que me mola de ellos es eso. Ese caminar por la vida conscientes de que ocupan el espacio que necesitan y reclaman, ni más ni menos, y que merecen mimitos, comida, rascadas en la barbilla, calor y cosas buenas sólo por ser bonitos y estar vivos, sin necesidad de hacer nada más que eso. Me gusta ser gatuna y existir digna y agradecida en medio de cuscús, infusiones de brezo y vías de escalada.

¿Por dónde siguen los planes del SSHP?

Mañana planeo levantarme, descargar en mi mp3 todas las canciones Disney de Carlos y tirar millas dirección Asturias. Ya van picando las yemas y es cuestión de volver a escalar. Por allí cuento con Joaquín, un gijonés que acaba de volver de Yosemite y ha prometido llevarme a trepar, así que si da señales de vida antes de la tarde es posible que acabe por alguna de las escuelas de allí mordiendo la pared como una desesperada.

Estos cuatro días que me quedan querría dormir en la furgo. Lo de las camas ajenas mola, pero me apetece amortizar la Dobloneta y despertarme con los pies sucios y el corazón contento. Tengo unas ganas locas de llegar a Asturias. Allí también voy a conocer a Nieves, mi bloguera fotógrafa favorita, a la que voy a intentar arrancar el secreto de su arte y quizá (sólo quizá) unos cuantos culines de sidra.

Lo único que va mal en el viaje es la búsqueda del sobao pasiego hipercalórico. Me voy a encomendar a los dioses viajeros para que mañana pongan unos cuantos en mi camino. Ah, bueno, y lo de la noche de pasión que en teoría me gané a fuerza de perderme por los campos de Conil para buscar a Cris. Pero he llegado a la conclusión de que de un tiempo a esta parte emito unas vibraciones célibes o Celivibraciones que apartan de mi camino a los machos en disposición de dar bambú, así que me resignaré a sublimarlo en la comida y la escalada hasta que cambie el viento.

Me despido y me marcho a dormir en mi cama con sabanitas de franela. Se os quiere.

martes, 28 de agosto de 2012

SSHP 6: Sábanas de franela

Esta mañana, por primera vez en semanas (o quizá meses), he dormido nueve horas del tirón. Con mantita. En medio de una absoluta oscuridad. Al despertar, me ha costado un poco menos orientarme que en días anteriores: sigo en Jaca, mis músculos ya no duelen tanto, hoy me marcho de aquí. Miro la hora: no me puedo creer que sean las diez. Y yo que quería madrugar y salir tempranito. Pero bueno; qué prisa hay. Estoy de vacaciones.

Jorge me dice que él también ha dormido estupendamente. Nos comunicamos los mutuos estados de nuestro estómago: parece ser que los dos nos medio intoxicamos de tragar agua en el barranco (nota mental: añadir razón para no volver a hacer barranquismo jamás) y ayer pasamos el día con la tripa levantada. Compartimos un desayuno de tostadas, café y queso de Arriel en el salón inundado de sol de su piso. Recojo mis cosas, que en cuatro días parecen haberse reproducido por su casa, cargo la furgo y nos despedimos. Jorge me desea suerte, yo le prometo que para cuando nos reencontremos habré aprendido algo de escalada clásica y nos podremos ir por ahí a subir muros espectaculares.

Programo el GPS para Polientes y cojo la carretera. Hace un día tan luminoso que cuando paso junto a Pamplona cualquiera diría que estoy en Marbella. Esto no es El Norte, que me lo han cambiado. Paro a comer en un área de descanso en la frontera entre Navarra y Álava, junto a un riachuelo y una cueva enorme donde en teoría se escala. En la práctica, parece que hoy nadie tiene ganas de freírse en las paredes. Me preparo un poco de puré de patatas para mi estómago chungo, leo un rato en mi ebook a la sombra de los árboles, lavo los platos en el riachuelo frotándolos con arena en plan trampero-jipi-no contaminante.

A partir de Vitoria, el GPS me lleva por carreteras secundarias y estrechas a través de un paisaje que mezcla el norte verde con la Castilla extensa y árida. Me cruzo literalmente con cinco o seis coches en todo el camino. Paro en Oña para comprar algo de comida, porque no me fío del tamaño de los pueblos que me quedan hasta Polientes. Recuerdo cuando estuvimos de campamento con los scouts por la zona de Burgos. Habíamos programado una ruta calculando las compras de comida en función de los pueblos que aparecían en el mapa. Cuando nos dimos cuenta de que en Burgos un pueblo equivalía a tres casas y una vaca, ya era demasiado tarde y tuvimos que pasar una semana comiendo arroz blanco.

Oña es un pueblo bastante animado con un monasterio gigante que ni de coña me apetece visitar. El día sigue absurdamente azul, y los paisanos se agrupan en las terrazas con cara desconcertada. Yo voy tienda por tienda recolectando comestibles: jamón y morcilla en la charcutería, aceite y leche en el súper, media barra de pan en la panadería. Entonces paso junto a una plaza con una fuente que queda justo en medio de un chorro de sol. A un lado, en el suelo, se ha sentado una niña de unos trece años, con cuerpo patilargo de adolescente y un rostro extraño, casi ido. Se ha remangado la falda sobre los muslos y se los moja con agua de la fuente. Me quedo mirándola, echando de menos la cámara y preguntándome qué piensa mientras se moja las piernas al sol, qué es de su vida, a quién espera.

En general, si miras la vida con la suficiente atención, te das cuenta de que todo el mundo tiene un pequeña o gran preocupación, lo que no es más que una forma distinta de decir que todo el mundo tiene su pequeña o gran historia. Cuando viajas lo percibes todavía con más potencia. Qué lleno está el mundo de personitas, y qué importantes y triviales son todas. También es fácil darse cuenta de que el dolor está muy cerca en casi todo el mundo: que lo que marca la frontera entre no conocer y conocer a alguien es darte cuenta de que, como todos, está roto en alguna parte. Esto voy pensando yo mientras camino por Oña, y me pregunto si no será un requisito para ser un buen escritor o un buen psicólogo: reconocer la dignidad y la belleza de todas las historias, reconocer y rendirse ante la presencia del dolor.

Sigo camino hacia Polientes. Conduzco fascinada y tranquila por las carreteritas del norte de Castilla; está claro que lo que hace estresante conducir es el hecho molesto de tener que compartir la carretera con más coches. Carlos, el chico que me aloja, me ha advertido de que Valderredible, el valle donde está su pueblo, no es la típica zona verde norteña que yo tengo asociada en mi cabeza a Cantabria, así que a medida que me acerco y el paisaje sigue plano y amarillo, me resigno a que el norte me siga escamoteando el verde. Pero de repente en un cartelito pone "Cantabria", el camino gira hacia la izquierda y aparece un valle encantador con el Ebro al fondo, lleno de vegetación, bosquecitos y campos de cultivo. ¡Pero qué bonito es esto!, exclamo en voz alta. Paro la furgo en un merendero junto al río y me preparo un bocadillo de jamón y dos colacaos, dos (pero sólo porque las tazas de mi furgo son muy pequeñas. En serio).

A las ocho y media aparece Carlos en una furgo blanca. Viene de hacer surf en Asturias y es encantador de principio a fin. Vive en un piso grande y destartalado en el único edificio de Polientes que alquila habitaciones, y enseguida me instala en un cuarto de camas gemelas y me deja meter mi comida en su nevera. Nos reunimos en el salón con otras dos amigas suyas. Parecen gente linda, gente sana que estudió medioambientales y ama cosas raras, como los animales o las cortezas de los árboles. A mí me entra una nostalgia tonta de Jaca, que al lado de Polientes parece Nueva York, pero enseguida me fascino por la Cantabria profunda y me engancho a leer los cómics que Carlos dibuja en las tarde de invierno.

Ahora estoy sentada en la cama, que acabo de hacer con las sábanas de franela que me ha prestado Carlos. Sábanas de franela. Qué arte. Me imagino poniendo sábanas de franela en Agosto en Cádiz y me pica el cuerpo. Estoy instalada en la habitación de los deportes: el cuarto donde Carlos guarda la bici, la tabla de surf, los cascos de bici, los pies de gato, y una vez más me sorprende esta constatación de la de vidas que hay en el mundo y la extraña presencia que tienen las cosas cuando sus dueños no están.

Y sin más me despido, que mañana me llevan a una ruta hacia un bosque de ¿hayedos? ¿robles? No lo tengo claro. Mi amor por la naturaleza es inversamente proporcional a mi interés por sus detalles teóricos. Sed felices. Viajar es bonito. Se ven más cosas, se vive más, todo se amplía y el tiempo se extiende en tu mente por el benéfico efecto de la dopamina cerebral. Viajad, viajad, malditos. Y contadlo luego.

lunes, 27 de agosto de 2012

SSHP 5: Recordadme que la próxima vez que me ofrezcan hacer un barranco me niegue en redondo

Me despierto en mi cama de Jaca y compruebo constantes vitales. La respuesta de mi cuerpo es clara. Dolor. Voy probando músculo por músculo. ¿Gemelos? Dolor. ¿Cuádriceps? Dolor. ¿Bíceps, tríceps, dorsales? Dolor, dolor, dolor. Yo que ya pensaba que este pobre cuerpo mío se estaba acostumbrando a recuperar rápido, y me encuentro en una de esas resacas deportivas horribles que ya hacía tiempo que no vivía.

Me paso toda la mañana sin poder moverme. Verídico. Nivel no querer abrocharme el sujetador. Jorge me dice de ir a escalar esta tarde, y lo peor es que todavía tengo el valor de pensármelo. ¿Escalar, Marina? Seamos objetivos: no puedes andar, así que resígnate a descansar hoy. El resto de la mañana transcurre en medio de objetivos concretos y pequeños: paracetamol. Agua. Dormir.

Por la tarde recupero parecialmente las ganas de vivir y voy a visitar la quesería de la familia de Arriel, el compañero de piso de Jorge. Nos enseña las instalaciones y el obrador y nos da a probar el queso. Las ocas que compraron para hacer foie siguen vivas porque les dieron pena, y amenazan con alas abiertas y chillidos salvajes a cualquiera que ose acercarse a ellas. A Arriel le gusta el trabajo y se le nota; "ojalá no me gustara, porque así huiría de aquí", dice justo antes de explicar, encantado, cómo su madre y él charlan de las cosas del día mientras rellenan los moldes de queso antes de meterlos en la prensa.

Mañana me marcho de Jaca en dirección a Polientes, en Valderredible, al sur de Cantabria. Me da penita irme, porque es curioso lo poco que se tarda en habituarse a un sitio y a una gente. Un viaje es una buena metáfora de la vida: gente que llega y que se va, conocer y encariñarte con algo y perderlo justo después. Vivir muy consciente el presente porque sabes que nunca va a ser lo mismo que esto: nunca vas a vivir de nuevo la experiencia de llegar aquí sin conocer a nadie y que te traten bien porque sí, que te lleven a escalar, que te den las llaves de una casa. Hoy he leído que la vida no va de merecerse, sino de permitir. Permitir que te pasen cosas buenas: el amor, la amistad y la generosidad. Creo que a mi autosuficiencia esta generosidad tan gratuita del couchsurfing le está sentando bien. Es como un bálsamo que te ofrezcan cosas sin esperar más que los mínimos.

De todas formas, me apetece seguir viaje. Mañana la Dobloneta y yo saldremos temprano en dirección a Cantabria. Mis planes cántabros se vertebran sospechosamente en torno a buscar y consumir la mayor cantidad posible de sobaos pasiegos. Sobaos que rezumen mantequilla. Sobaos que pesen en mis manos como diciendo: aquí estoy, soy una bomba calórica, ven a mí. Y entre sobao y sobao, quizá dar algún paseíto y demás. Allí me alojaré con Carlos, un andaluz exiliado que sale los fines de semana a buscar y fotografiar animales.

Seguimos informando. Me da la impresión de que las agujetas causadas por la parte Hill del proyecto se están cargando la calidad literaria de la parte Steinbeck, pero qué le vamos a hacer.

domingo, 26 de agosto de 2012

SSHP4: Arkaitz y las sardinas picantes

Son las cuatro de la tarde y Jorge, Arkaitz y vamos en furgo después de salir de hacer barranquismo en Las Peoneras, en la sierra de Guara. Llevo despierta desde las seis y dando trechas por las rocas desde las nueve, así que estoy básicamente que no puedo con mi vida. El estado de mi estómago podría definirse  como "tengo un hueco aquí".

Arkaiz es un vasco con ojos de abuelo y sonrisa de niño que nos ha hecho de guía por el barranco. Tiene una tranquilidad pastoril, de esta que parece que sólo puedes adquirir si te pasas la infancia en un caserío y la edad adulta siendo guía de montaña. Ahora nos vamos los tres a trepar, pero antes barajamos la posibilidad de hacernos unos bocatas. Me parece bien, porque creo que mis reservas calóricas de una semana se las ha tragado el barranco.

Paramos en una gasolinera para comprar pan, nos sentamos en el bordillo y Jorge saca unas cuantas latas de sardina, un tarro de foie gras y una navaja. Arkaitz trae una cocacola y empezamos a comer con entusiasmo. "Qué rico", dice Arkaitz mientras saca las sardinas picantes con las manos. Se está comiendo la lata como si fuera la primera persona en la tierra que ha comido sardinas, o como si le hubieran servido un plato de diseño en el Bulli.

Nos ha contado hace un rato que en 2006 se cayó bajando una vía porque al que se aseguraba se le terminó la cuerda. Se precipitó desde unos 13 metros y se partió el coxis, una vértebra, los calcáneos y no sé qué otras cosas. Dice, sin embargo, que empezó a estar contento desde el mismo momento en que se dio cuenta de que podía mover y sentir los pies. Mientras caía, explica, le dio tiempo a pensar que se iba a reventar por dentro, que se quedaría paralítico y no podría volver a trepar ni a hacer montaña. En el hospital, mientras se recuperaba, se sentía feliz.

Podría pensarse que a partir del accidente Arkaitz fue capaz de saborear la vida como está saboreando ahora mismo las sardinas en lata, pero no lo creo. Opino que él ya era así antes, y que si cuando se cayó le dio por alegrarse en vez de por pensar en la putada que es romperse todos esos huesos, es porque lo llevaba de serie: mirar el lado bueno, agarrarse a la parte viva. Eso pienso mientras le veo saborear un cortado de máquina con entusiasmo mientras nos mira y dice, muy serio: "de verdad, que esto es un buen café":

Cuando terminamos de trepar y volvemos a Jaca, yo estoy tan cansada que ni siquiera tengo claro si respiro. Apoyo la cabeza en la ventanilla y me adormilo mientras escucho cómo Jorge y Arkaitz charlan tranquilamente y con muchas eses sobre conocidos comunes y cómo les va a cada uno. Hay algo reconfortante en esta serenidad norteña. A medida que cruzamos el puerto de Monrepós y los Pirineos aparecen al fondo, Arkaitz puntea la conversación con exclamaciones de asombro. Señala las montañas, las llama por su nombre y habla de lo bonito que es el color del cielo, como si fuera la primera vez, y no la enésima, que cruza ese puerto.

Estoy en una nube de "todo esto es tan genial". Podría ponerme friki y decir que viajar escalando es muy guay: que ciertos rituales, maneras, lenguaje y espíritu parecen ser comunes en todas partes y crean un vínculo especial a través de la cuerda. Podría hablar de lo bonito de los viajes compartidos, los sofás ofrecidos y, en general, la amable solidaridad que permanece a pesar (o quizá a causa de) esta crisis asquerosa. Pero si me tengo que quedar con algo hoy es con el entusiasmo de Arkaitz por los montes que conoce, los barrancos que ha hecho mil veces y las sardinas picantes. Porque aunque piense que le viene de fábrica, no deja de tener mucho mérito.

sábado, 25 de agosto de 2012

SSHP 3: De donde no hay...

... mmmm.... he tenido una... una cena mexicana o parecido... con ¡¡fajitas!! Fajitas de morcilla. El norte es raro. Y... vino, había vino, seguro, y esta mañana he subido un monte aaaaalto aaaaalto y por la tarde he estado escalando en un sitio con... ¡con un arroyo! Flipa. Y la gente decía que hacía calor. Nononono, perdona, calor es tener que meterte en una acequia para no morir. Y mañana voy a hacer un barranco y... no estoy para hacer barrancos, francamente, pero.... todo es fluir. ¡Y después a Rodellar! Qué fuerte. La gente del norte es muy maja. Graciosa. He aprendido una expresión nueva: "fornicio intersectorial". La gente del norte tiene el mismo plomillazo que los del sur.

 Creo que he tomado demasiado vino.

El SSHP mola diez mil.

viernes, 24 de agosto de 2012

SSHP 2: Serbal, Lobito y el picnic del frisbee

Me despierta la PK en Chamberí poco antes de irse a currar. Se te nota un montón la marca del bikini, cabrona, me dice mirándome dormitar sobre la cama gigante de la habitación Virginiawolfiana. ¿Te caliento pan? Qué genial, pienso, me recuerda a cuando vivimos juntas. Está tan mayor y tan guapa con su falda castaña y una camiseta de rayitas en tonos azules. Me despierto, desayuno con ella y le compongo un mínimo de dos odas con la música de "Amigos para siempre", de Los Manolos, mientras gruñe mitad avergonzada y mitad (sospecho) contenta de tenerme cerca.

A las once he quedado en la calle Ferraz con Serbal y Lobito, mis dos pasajeros de hoy. Son sus nicks de la web de compartir coche, obvio, pero me encantan los nombres, y desde que ella me los escribió yo les llamo así en mi mente: Serbal y Lobito. Serbal es alta y guapísima: camina sobre sus chanclas moviendo con suavidad una falda de colores y me mira desde detrás de unos ojos dulces y pelín tristes. Lobito tiene cinco años y medio y observa la furgo medio hosco debajo de su pelo castaño. Beltza, la perra de los dos, se acomoda rápido en la parte trasera y emprendemos el viaje.

Serbal y Lobito marchan a una granja del Pirineo a cambiar trabajo por comida y alojamiento. "Llevo dos años dormida y he despertado en primavera", me explica Serbal. Desde el asiento de detrás, Lobito interrumpe la conversación con un ritmo sincopado de "tengo calor-estoy mareado-me aburro-quiero parar". Pide comida dulce y llora a ratos. En menos de doscientos kilómetros he averiguado que Lobito, igual que yo, tiene un problema con los helados, así que le prometo uno gigante de chocolate blanco en cuanto lleguemos a Zaragoza si es capaz de no pedir paradas más de una vez cada hora. Lo voy sobornando poquito a poco con bizcochitos All Bran, música variada y refuerzo positivo, y así hacemos  las tres primeras horas de camino mientras nos vamos contando las vidas.

Serbal es dulce a morir, o a lo mejor es que a mí esto del acento del norte me puede. Me cuenta que en realidad no sabe cuánto tiempo se quedará en la granja o si les irá bien. Está un poco nerviosa, confiesa, pero contenta de haberse puesto por fin en movimiento. "En Madrid me estaba mustiando", dice. Apunta en una libretita algunas de las cosas de las que hablamos: la página de couchsurfing, la dirección de mi blog, Spotify. Es como si llevara mucho tiempo encerrada y ahora tuviera que acostumbrarse de nuevo a ver el mundo.

Llegamos a Zaragoza en medio de un sol de justicia. Allí he quedado con bloguero/a-misterioso/a-cuya-identidad-secreta-no-puedo-desvelar y, por lo mismo, no puedo dar muchos detalles. Sólo diré que disfruto de buena comida y buena charla junto a la basílica del Pilar, y que para cuando terminamos encuentro a Serbal y a Lobito zambullidos en una de las fuentes públicas que hay en la plaza. Le saco fotos al enano, que gatea encantado en gayumbos en el estanque y caminamos los cuatro (cinco, si contamos a Beltza) en dirección a la furgo para seguir viaje. Serbal es de estas personas que puede ser elegante en chanclas, con una falda de colores y una camiseta de algodón: camina cimbreando despacio las caderas, asentando bien cada pie que pone en el mundo, sonriendo al sol.

Continuamos hacia Huesca, y cuando se perfilan al fondo los Pirineos yo empiezo a emocionarme. Carreteras de montaña, picos gigantes en el horizonte y yo de nuevo sobrecogida por ese miedo a que algo pueda ser tan grande y tan indiferente a mi pequeña vida. Serbal y Lobito se quedan en Sabiñánigo. Allí el amigo que ha venido a recogerles me regala tomates ecológicos y me invita a colacao mientras me explica la rivalidad entre Huesca y Zaragoza, y que a los de Huesca se les llama Almendraleros, o algo parecido. Serbal le pregunta por el trabajo de la granja y su amigo le explica algo sobre vigilar cabras con espíritu pirenaico. Lobito señala entusiasmado a unas gallinas. "Marina", me dice, "¿has visto a esas pitas?". Me da la impresión de que va a ser feliz en su nueva vida de niño campestre, aunque mientas le veo comer el segundo helado del día me pregunto cómo va a llevar lo de sobrevivir sin Magnum Doble Chocolate. "Algunos helados dan ganas de saltar", me dice, mientras bota contento alrededor de nuestra mesa.

Cuando veo marchar a Serbal y a Lobito se me encoge un poco el corazón. No sé, hay algo trágico en ellos, algo que da muchas ganas de protegerles y llevarles con cuidado igual que les he llevado en la furgo desde Madrid. Les deseo mucha suerte y me da penita verdadera ver cómo se van. Después llamo a Jorge, mi anfitrión en Jaca, para que me explique cómo localizarle y me subo otra vez en la furgo. Últimamente mi vida es un bucle de meter la primera una y otra vez.

Doy un par de vueltas por Jaca, que está muy animado porque hoy ha llegado la vuelta ciclista, y por fin localizo a Jorge y a sus amigos, que juegan un partido de frisbee al final de un parque enorme. Aquí a lo mejor ha llegado el momento de explicar lo que es el couchsurfing y cómo exactamente me lo voy a montar en estos días norteños. Couchsurfing.org es una página para viajeros donde gente de todo el mundo se inscribe para viajar y ofrecer alojamiento y contacto en sus ciudades. En función de tus gustos y tu disponibilidad puedes ofrecer sofá, compañía, un café o lo que te apetezca. Cuando decidí que me iba al norte cayera quien cayese, busqué a gente en couchsurfing desde Picos de Europa hasta Pirineos en cuyo perfil apareciera la palabra climbing, y me dediqué a explicarles que quería escalar, que traía equipo, furgo y ganas, y que lo único que necesitaba era alguien que me enseñara las escuelas y se ofreciera a asegurar. La respuesta fue increíblemente generosa, y al final conseguí perfilar un plan de viaje que empieza hoy en Jaca y que ya he dicho que os iré desvelando a medida que transcurre.

Mientras Jorge termina el partido de frisbee, yo paseo por el parque, miro los montes e intento imaginarme cómo será vivir aquí siempre, cuando en invierno sople el viento frío a través de los árboles y a estas horas la gente esté metida en sus casas con la chimenea (o la calefacción) encendidas. Cuando regreso han terminado de jugar y en cero coma han montado un picnic de veinte notas multiculturales encima de un par de alfombras. Hay cinco tipos de tortilla, un par de tabouleh, un postre irlandés hecho de cereales y chocolate fundido, una cosa llamada pan de pera que a mí me sabe un poco a morcilla. Ofrezco el jerez dulce que he traído de Cádiz y Jorge y yo nos lo vamos pimplando mientras hablamos de escalada. Antes de darme cuenta ya he confesado mis niveles de frikismo (tipo tengo la biografía de Lynn Hill o tipo este viaje se llama el Summer Steinbeck-Hill Project). Jorge asiente y sonríe bastante; no sé si le he caído bien o es el jerez.

Ahora estoy en su piso, en la habitación que tiene para invitados, intentando que la brisa que se cuela por la ventana refresque el aire. Aquí también está haciendo más calor que en mucho tiempo, y parece que no puedo escapar de los áticos recalentados. Le he explicado que tengo que escribir al final de cada jornada, y también que quiero enseñarle mi relato sobre un podólogo, ya que él trabaja en eso. Por cierto, que también he podido preguntarle qué coño motiva a una persona para querer pasarse la vida mirando pies; la respuesta es compleja e interesante, pero me la guardo para dejaros con la intriga y que tengáis que buscar a vuestro propio podólogo.

Este viaje está siendo terriblemente genial y divertido y sólo llevo dos días. Me preocupa. No tengo ni idea de qué vamos a hacer mañana, ni me importa. Creo que Jorge anda dándole vueltas a ver a dónde se lleva a trepar a la gaditana zumbada fanática esta que lleva una foto de Lynn Hill como salvapantallas del móvil. A ver qué pasa.

Y me voy a dormir sumamente feliz y dejándome fluir con las cosas divertidas y sorprendentes que tiene el mundo. Ya os contaré mañana. Sed felices y disfrutad de esta cosa bonita llamada vida.

jueves, 23 de agosto de 2012

SSHP 1: La tatuadora enamorada y el fluflú de invitados

Me suena el movil a las seis de la mañana. He dormido en ciclos sucesivos de despertarme muerta de calor-poner el aire-despertarme muerta de frío-quitar el aire, y me despierto sintiendo una mezcla entre sueño, resaca y entusiasmo ridículo. Mi casa parece Hiroshima. Ayer me dediqué a dar vueltas por la Bahía pagando las compras del viaje con monedas de dos euros autorrobadas de la hucha que me regaló mi padre, y cuando llegó el momento de hacer el equipaje me había convertido en un manojo inservible de sueño y hambre. Me cociné los restos que encontré en la nevera y me eché a dormir con todo por medio y sin mucho cargo de conciencia. Es mi viaje y me lo follo cuando quiero.

Pero no es exactamente así, porque he quedado a las ocho en Chiclana para recoger a una pasajera con la que voy a compartir coche. Me lo sugirió mi hermano y me pareció una buena idea desde el principio, sobre todo cuando hice el cálculo de cuánto iba a gastar en gasolina si pretendía cruzarme España con la furgo. A las nueve y media, en teoría, deberíamos llegar a Sevilla para recoger al segundo pasajero, que además se ha ofrecido para turnarse conduciendo.

Salgo tarde, como siempre, pero estoy tan contenta de hallarme ya en camino que ni me importa. Enfilo la autovía camino de Chiclana. La zona entre Chiclana y Conil está poblada de asentamientos dispersos, y cuando intento localizar los sitios por aquí es como una versión sólo un poco menos amenazante de "Carretera Perdida". Cris, la pasajera de Chiclana, es una madrileña que me llamó ayer por la tarde explicándome que no tenía forma de llegar hasta San Fernando tan temprano. "Tú tranquila - le dije -, que yo te recojo". Desde que empecé a preparar en serio el SSHP no quiero más que generar buen karma. Como iré desvelando en los próximos días, el proyecto se basa en gran medida en la buena voluntad ajena, así que estoy dispuesta a ponerlo todo de mi parte para devolver generosidad al universo.

Doy vueltas por Chiclana mientras amanece despacio detrás de los campos. La neblina cubre un sol de un amarillo apagado y yo disfruto de la novedad de no tener que poner el aire. Cuando, después de unas cuantas vueltas, llego a la venta donde habíamos quedado, me reciben un chico con rastas y cara de buena persona y una chica alta y pálida con el cuerpo lleno de tatuajes. Ella coloca la mochila en la furgo y, mientras escribo al chico de Sevilla para avisarle de que llegaremos tarde, se come al chaval a besos en la puerta del bar. Hay algo muy tierno en los besos, algo mucho más cariñoso que apasionado, y yo no sé si mirar a otro lado o negarme a ser el volante ejecutor que separe a estos dos chicos tan lindos. En el porche de la venta, unos cuantos hombres mayores toman café y observan el paisaje quieto, mientras la luz de Cádiz va tiñendo el campo del resplandor hiperrealista que me enamora.

Cogemos la carretera que cruza los cultivos. El chico nos sigue en un ciclomotor, y Cris asoma medio cuerpo con la ventanilla mientras le dice adiós con la mano. "Vaya disgusto que tengo", susurra cuando perdemos de vista al chaval, y después empieza a llorar mientras me explica que ella en realidad es una chica dura y fría y sin sentimientos, pero que ahora mismo lo siente muchísimo pero no puede hacer otra cosa.

La historia es de best seller. Se conocieron porque ella, que es tatuadora, entró en el estudio de él, que también es tatuador, cuando estaba pasando unos días en Conil con unas amigas. Se encantaron, ella volvió a Madrid, después regresó a pasar cinco días y ya lleva allí quince. No se quiere ir. Llegó siendo una urbanita escéptica y ahora llora campo a través mientras me explica cómo es la casa del chico, la máquina que ha inventado para destilar el agua, los jabones que fabrica y su costumbre de llevarla por ahí a ver atardeceres y estrellas. Cris ya odia Madrid, la ciudad y todo lo que no tenga que ver con el chico de las rastas y con su corazón atrapado en los campitos de Conil.

Tardamos unos veinte kilómetros en empezar a filosofar de la vida y del amor, y yo empleo todo mi kamizakismo sentimental en animarla. Que es muy difícil esto que te ha pasado, le explico. Enamorarte, que se enamoren de ti y que ambas cosas pasen con la misma persona. Encontrar esta magia pequeña pero potente que te ha sucedido en Cádiz. Esto que te ha cambiado. Que te tomes tu tiempo, claro, pero joder, que de verdad, yo lo daría todo si me pasara algo así. "El día que te encuentre en el camino/ yo dejo todas mis cosas, me quedo contigo", cantaba un tipo al que vi hace unos meses en Youtube. Y es así, de verdad: el día que Te encuentre, lo juro, yo me paro, dejo mis cosas, me quedo contigo. Porque para todo lo demás hay sustitutos, Cris, de verdad: que me lo digan a mí, que me voy sola a escalar y a viajar tirando de Internet y de la buena voluntad de la peña, que trabajo y escribo y vivo como quiero. Pero un ser así no te lo puedes inventar. No puedes escribirlo de la nada, ni moldearlo con arcilla ni diseñarlo por ordenador. Te tiene que pasar, y si te pasa hay que ser agradecido.

Sólo llevamos una hora de viaje y la cosa ya se está poniendo intensa, así que agradecemos que se incorpore Mauricio, el tercer pasajero. Adaptamos la conversación, que imagino que el chaval estará flipando al entrar a las diez de la mañana en un coche cargado de confesiones femeninas, feromonas y resaca emocional. Los tres conectamos bien. Mauricio es desarrollador de videojuegos y me explica cómo eran los frikis antes de que existiese Internet: una tribu que intercambiaba disquetes vía correo y que cubría los sellos con papel celo para poder quitarle después el matasellos con salivilla y reutilizarlos.

Nos coordinamos como una pequeña familia transitoria. Cris duerme a ratos en el asiento trasero y Mauricio conduce un par de horas mientras yo saco fotos con la réflex. Charlamos sobre cooperación, democratización de la cultura, trueques, huertos ecológicos, micromecenazgo. Mauricio está lleno de una fe pragmática en que esta época es un nuevo Renacimiento. Éste también es su primer viaje compartido y va encantado; "me van a faltar estrellitas para valoraros positivamente en la web", me explica.

Para cuando llegamos a Madrid, Cris se ha ofrecido a acompañarme a mirar pies de gato cerca de su casa, Mauricio me llama "comerrocas" y quiere presentarme a amigos que escalan y los tres hemos sucumbido al típico síndrome post-experiencia compartida de "jo-ahora-me-da-pena-que-nos-separemos". Así que aterrizamos en Lavapies, aparco la furgo y esperamos en casa de Cris a que se limpie el tatuaje que su amor chiclanero le hizo llorando ayer. Le extiendo el Bepanthol con suavidad mientras sus gatas nos observan desde el suelo del piso, bebemos algo de agua fría frente al ventilador y salimos en dirección a la calle del Rastro. Allí visitamos varias tiendas de montaña, y al final consigo unos gatos interesantes por muy buen precio mientras me aterrorizo pensando en el porcentaje de sueldo que se me va a quedar el año que viene en estas calles. Volvemos despacio hacia mi furgo y antes de llegar compramos helado para los tres. "No es de Donetes, pero no está mal, ¿no?", dice Mauricio, porque lleva escuchándome hablar del helado de Donetes desde Mérida.


Mía y Musa, las gatas de Cris

Nos despedimos con penalegría: dícese del sentimiento de pena porque se acaba un rato bueno con gente linda, alegría porque algo ha salido bien. Mientras cruzamos la plaza de Lavapiés, Cris me explica que ayer estuvo a punto de coger un autobús para Madrid, pero que decidió que si encontraba a alguien que la trajera en coche, se quedaba una noche más. "Así que gracias por una noche más", me dice, "ha sido un gran favor, has hecho buen karma". Yo levanto la vista al cielo: "es decir, que el Destino me debe una noche de amor en este viaje, ¿no? Al menos una". Cris y Mauricio están de acuerdo: ya hemos decidido los tres que, por lo menos hoy, el destino está de nuestra parte.

Después de casi morir conduciendo por las calles de Madrid, llego a casa de la PK. Allí es todo pues... como estar con la PK, que es genial de principio a fin. Nos alimentamos exclusivamente de vino y brownies de chocolate, jugamos al bingo, bailamos sevillanas, encadenamos chorradas que muy probablemente no le harían gracia a nadie más. Me lleva encantada a la cocina y me enseña el bote de spray con agua fría que guarda para las noches madrileñas. Después saca otro: "es el fluflú de invitados y es para ti", me explica. Doy palmitas, entusiasmada, y pasamos el resto de la noche flufluseándonos alternativamente.

Ahora estoy escribiendo en la habitación de la abuela de la PK, que podría ser perfectamente la habitación propia de la que hablaba Virginia Woolf. Es enorme y tiene una cómoda, una mesa camilla y un armario más grande que mi casa. La PK ha gruñido un poco cuando me he retirado a escribir, pero le he explicado que TENGO que escribir hoy, que es parte del proyecto. Me apetece contar este día. Ha sido un buen día. Así que insisto y me siento aquí, frente al enorme armario de espejos, a teclear deprisa y con sueño. Barajo la idea de servirme una última copa de vino, pero mañana hay que conducir de nuevo.

 Dándome al fluflú en mi habitación Virginiawolfense

El SSHP ha empezado estupendamente. Con su parte Hill (comprar gatos y acariciar embelesada el material de montaña) y su parte Steinbeck (ahora), con gente linda, helados, vino, risa y baile. Va, Jesusito, con que se mantenga así me conformo. Hasta te puedo perdonar el asunto de esa noche de pasión que me debes.

Mañana más, pero no mejor.

Nota: estoy sacando fotos medio decentes con la réflex, pero tendréis que esperar al final del viaje para que las suba.