A no ser que quieras suicidarte, la única opción que te deja la vida es seguir. El otro día estuve a punto de comprarme un libro (cuyo nombre, por cierto, no recuerdo) sólo porque la primera frase me pareció buenísima. Algo así como: "Es muy simple el trabajo del corazón. Late un día detrás de otro hasta que, al final, se para". En eso se resume todo: tenemos que seguir y seguir hasta que al final nos paremos.
Escribiendo, digo yo, es más o menos lo mismo. Seguir es la única opción que nos queda. He llevado a cabo algunos actos de desbloqueo importante este fin de semana. He comido helado de chocolate con cookies, mandando al carajo el Whole30 en un muy honroso día 19. Lo he hecho no porque me haya superado la tentación, sino en un deliberado acto a favor de no volverme loca pensando que vivía una vida muy triste y sin dulzura. Definitivamente: lo estricto no va conmigo.
También he intentado escalar el Mosaico dos veces. Me encantan esas vías: Mosaico y su hermanita, No es broma, que ya encadené el año pasado con sangre, sudor y lágrimas. Inciso para decir que últimamente, cuando escribo sobre escalada, me imagino al señor Rorschach saltándose los párrafos sin pudor. El Mosaico es una vía de lo que se denomina continuidad, es decir: aguantar el tiempo máximo subiendo antes de que tus antebrazos se congestionen tanto que no puedas sostener el agarre. Los antebrazos se "petan" porque la hinchazón no deja que la sangre retorne bien, o algo parecido, y lo cierto es que al final se te caen las manos de la pared como si las tuvieras tontas. Son vías que te colocan al límite de tus fuerzas, te obligan a respirar hondo, a ser valiente, a arriesgar y a gruñir, te hacen sentirte mortalmente viva y vibrante mientras tu compañero de cordada está abajo gritándote "venga, tía, venga, que tú puedes". Después he pasado ochenta y cinco kilómetros descojonándome casi sin parar en el coche con mis amigos. La vida, algunos sábados por la tarde-noche, puede ser maravillosa.
Hoy he comido en un tailandés tallarines con cacahuetes y escrito dos mails largos e importantes. He meditado los primeros veintitrés minutos que recuerdo en los últimos ocho meses. He traído la bicicleta de casa de mi tía y acabo de volver de dar un paseo corto por el carril bici de San Fernando. Mientras rodaba me he acordado de Anxo y de sus metáforas al inconsciente: montar en bicicleta, además de ser divertido, relajante, cardioprotector y mil historias, le dice a tu cerebro que te sigues moviendo. Me han venido a la mente todos los recuerdos relacionados con bicicletas que tengo. Cuando cogí una bici con J. después de un montón de años porque él me dijo: Marina, las bicicletas son la felicidad. Cómo iba él delante, ágil y espabilado, subiendo los bordillos con un elegante salto, y yo detrás, temblorosa y perdiendo el equilibrio, parándome frente a las aceras para superar los desniveles con paso torpe. Cuando me lleve la bicicleta a Granada y me iba a casa de MQEN y mi amigo A., el que no me habla, a ver películas en su salón grande y oscuro, y volvía a través de las calles heladas un martes o un miércoles cualquiera a medianoche sintiéndome tan total y absolutamente libre que tenía ganas de cantar.
Es curioso, porque el último recuerdo que ha llegado a mi mente es en realidad el primero en orden cronológico. Es mi familia saliendo en bicicleta de paseo los domingos, durante una breve época que seguramente marcó nuestro apogeo como núcleo socioafectivo. Nos levantábamos, desayunábamos y salíamos hacia desde nuestra casa en el Palo hasta el Club Mediterráneo, en el otro extremo de Málaga. Quedábamos con otras familias amigas de camino e íbamos todos en línea como una comitiva feliz y bucólica de peli americana. La bici de mi padre era negra, la de mi madre rosa, la de mi hermano azul y la mía morada. Uno miraba las cuatro bicis con los cuatro colores y tenía la sensación de que todo iba bien, de que las cosas ocupaban su lugar en el universo. Y mientras pedaleaba detrás de la comitiva larguísima de bicis y niños y padres y quizá algún perro, me sentía parte de algo bueno y sano. No sé si aquellas excursiones duraron mucho, porque seguro que perdimos el hábito pronto, pero mientras duraron fueron bonitas.
Seguir es la única respuesta. Me han escrito algunos lectores en estos días dándome consejos, apoyo e ideas. Nombres de páginas webs con listas de temas (¡gracias, Silvia!), recomendaciones acerca de cambiar las rutinas (¡gracias, Pilar!), sabias palabras con experiencia y ya algo de oficio en esto del escribir (¡gracias, Enzo!). Pero al final es lo que nos queda: seguir, seguir adelante, seguir rodando, escribir más, escribir mejor, empezar antes, no llegar tan cansada, meter de una puta vez la moleskine* en el bolso, rebuscar ideas, pensar más alto, soñar más fuerte y seguir, seguir, seguir. No hay otra respuesta. No hay otro refugio.
Así que aquí estoy. Por si alguien se lo había temido: no voy a dejar el blog, NUNCA voy a dejar el blog. Si lo dejo algún día será más bien algo orgánico, algo como que los post se irán espaciando y quizá me haya quedado embarazada de mi novio californiano alto, escalador, meditador y de ojos verdes llamado Adam (o Alan), y sencillamente el blog deje de respirar. Pero no voy a dejarlo voluntariamente porque no es su naturaleza y, sobre todo, porque no puedo.
Resumiendo: que por aquí habrá Marina durante mucho más tiempo. Como si alguien se hubiera creído lo contrario.
Os quiero. Que tengáis un muy feliz lunes.
*Lo siento, Míchel.
domingo, 23 de septiembre de 2012
Seguir
jueves, 20 de septiembre de 2012
Seca
Me estoy quedando seca, de verdad. Llevo media hora aquí sentada y así me siento: seca. No sé qué me pasa ni qué necesito para seguir adelante. Literariamente hablando, quiero decir; el resto de la vida me va razonablemente bien.
Agradecería propuestas, desafíos, ideas, explicaciones... cualquier cosa que me sirva para moverme un poco.
Entretanto, me voy a dar un descanso y a no escribir aquí hasta que sienta verdaderas ganas. No creo que eso me deje sin escribir para siempre (de hecho, cuando me propongo no escribir suelo morirme de ganas e inspiración al minuto siguiente, así que seguramente postee antes de lo previsto). En fin.
Hasta pronto ;)
Agradecería propuestas, desafíos, ideas, explicaciones... cualquier cosa que me sirva para moverme un poco.
Entretanto, me voy a dar un descanso y a no escribir aquí hasta que sienta verdaderas ganas. No creo que eso me deje sin escribir para siempre (de hecho, cuando me propongo no escribir suelo morirme de ganas e inspiración al minuto siguiente, así que seguramente postee antes de lo previsto). En fin.
Hasta pronto ;)
miércoles, 19 de septiembre de 2012
Lo que realmente quiero hacer hoy
Podría decir que quiero escribir sobre las sonrisas. En serio, es cursi a morir, pero últimamente exploto el poder de mi sonrisa como si fuera un arma de destrucción masiva. Siempre me han dicho que la tengo bonita, y es lo mínimo después de la pasta que se gastaron mis padres en ortodoncia. El caso es que sonrío con absoluto candor y entusiasmo a compañeros, pacientes, dependientes: a todo el mundo. Y oye, funciona. La gente también te sonríe, a veces con una cualidad desconcertada, rollo "qué coño le pasa a esta con la alegría matutina".
Podría decir que con la escritura últimamente me pasa como con el amor: como si hubiera un manantial de verdad y belleza en algún lugar y yo no tuviera permitido el acceso. La sensación más recurrente en estos días es el cansancio. Estar demasiado cansada cuando me pongo a escribir como para sacar algo decente.
Podría hablaros de Anxo y de su terapia compasiva y juguetona, y de cómo me está enseñando que la única salida frente a nuestras obvias limitaciones como psicólogos es, textualmente, dejarnos los huevos. De que a veces, igual que en Sodoma y Gomorra, con un sólo hombre justo o un sólo terapeuta compasivo se puede salvar toda una residencia.
Pero en realidad lo que quiero ahora mismo, ahora, ya, es tumbarme en la cama, ponerme una peli de risa y dormirme prontito, porque mañana tengo que madrugar y no quiero que me falten las fuerzas.
Podría decir que con la escritura últimamente me pasa como con el amor: como si hubiera un manantial de verdad y belleza en algún lugar y yo no tuviera permitido el acceso. La sensación más recurrente en estos días es el cansancio. Estar demasiado cansada cuando me pongo a escribir como para sacar algo decente.
Podría hablaros de Anxo y de su terapia compasiva y juguetona, y de cómo me está enseñando que la única salida frente a nuestras obvias limitaciones como psicólogos es, textualmente, dejarnos los huevos. De que a veces, igual que en Sodoma y Gomorra, con un sólo hombre justo o un sólo terapeuta compasivo se puede salvar toda una residencia.
Pero en realidad lo que quiero ahora mismo, ahora, ya, es tumbarme en la cama, ponerme una peli de risa y dormirme prontito, porque mañana tengo que madrugar y no quiero que me falten las fuerzas.
martes, 18 de septiembre de 2012
Reflexiones poco coherentes sobre currar en un hospital, volumen 1
Es curioso, pero la enfermedad mental me genera mucha más compasión que la física. Es ir por el hospital viendo a todos esos ancianos pluripatológicos y mi sensación, más que de comprensión y solidaridad por su sufrimiento, es que algo va muy, muy mal. "La esperanza de vida ha aumentado gracias a los avances en medicina", me dice mi madre, orgullosa, y yo pienso que para ser una especie de zombi dolorido que se mantiene vivo a base de insulina, estatinas y antihipertensivos, aliñado con analgésicos que van del gelocatil a la morfina, y regado todo ello con una generosa dosis de omeprazol que evite que se te agujeree el estómago, prefiero morirme.
Hoy estábamos atendiendo a un anciano en la interconsulta. Interconsulta quiere decir que te avisan de otros servicios del hospital porque los pacientes necesitan ayuda psicológica o psiquiátrica. Del rollo de "paciente ingresado durante un año dice estar deprimido" (lógico) o "paciente de 27 años con intervención de quiste medular que ha resultado en paraplejia verbaliza sintomatología ansiosa" (y quién no). El anciano de hoy, más que deprimido, estaba cabreado. "Si es que yo no he bebido nunca alcohol, señorita", decía, "ni fumado tabaco. Yo esperaba poder disfrutar de mi vejez y mi vejez me ha engañado". Luego decía que se le estaba clavando la cuña en la espalda y gritaba algo como "¿usted se cree que se le puede hacer esto a un cristiano?".
Su puntito histriónico lo tenía, el buen señor.
Los martes por la tarde me quedo en la UCI pediátrica, y como ahora paso toda la mañana dando vueltas por el hospital, procuro salir a comer fuera para despejarme. Hoy estaba el día un poco nublado, y como ahora me he vuelto nortéfila, casi agradecía el punto melancólico y el relativo fresquito del mediodía. Camino hacia la orilla de la playa, extiendo el pañuelo con estrellitas que llevaba en el cuello esta mañana y me siento encima con las piernas cruzadas. Me tomo mi cartón de gazpacho del Mercadona y unos pastelitos de bonitato y salmón que cociné ayer en el horno.
Después entro otra vez en el hospital, me pongo la bata, suspiro. Lo de ponerse la bata está lleno como de resignación, y al mismo tiempo te da cierto poder extraño. La bata dentro del hospital te cambia. Los médicos te saludan aunque no te conozcan, la gente te deja sitio en el ascensor, todo el que te ve caminar asume que tienes algo que hacer y que es importante.
Me resulta curioso que, a estas alturas de la vida y después de haber jurado que no quería ser médico, esté trabajando ahora en un hospital. Me siento un poco como jugando a Anatomía de Grey, y tengo que esforzarme por recordar que mi misión en esta vida no es entender cómo se insuliniza a un paciente. Me doy cuenta una vez más de que las cosas que nos interesan a mí y a mis locos compañeros de Salud Mental, en general al resto de la gente le importa un pimiento. A mí me resulta extraño lo de los médicos. ¿Cómo se pueden disociar los síntomas físicos de la vida de la persona? ¿Por qué no les entra curiosidad por saber qué hace que la obesa mórbida no pueda dejar de comer, o que el adolescente se niegue a controlarse la diabetes?
Puede sonar raro, pero me sentía mucho más cómoda en Agudos. Los locos son ciento cincuenta millones de veces más interesantes, sorprendentes, variados y (para mi gusto) dignos de compasión que los enfermos somáticos. Que te cuenten que les duele mucho la planta de los pies porque no les llega el riego sanguíneo no se puede comparar a que te cuenten que, de repente, todos los policías de la comisaría del pueblo se han convertido en zombis. Supongo que sobre gustos no hay nada escrito.
En general, en estos días, al llegar a casa tengo que sacudirme el poso de la enfermedad como si fuera un olor persistente que se te ha quedado pegado. Mirarme los pies y congratularme de que no tengan úlceras, agradecer a mi páncreas su funcionamiento razonablemente eficiente, tocarme la cintura para asegurarme de que no acumulo michelines que me van a llevar a la diabetes. Recordar que nada de lo que haga es un seguro para que la vejez no me traicione y, a la vez, que no debo aplazar las cosas.
Interesante currar en un hospital, cierto. Pero me alegro de que mañana sea miércoles, que son los días de Vejer, de la terapia con Anxo y de esos momentos en los que te das cuenta de que las palabras son tan poderosas como las estatinas, y de que con cuatro paredes, imaginación y un poco de amor por el riesgo y de amor a secas, en una buena consulta de psicologia puede pasar cualquier cosa.
Hoy estábamos atendiendo a un anciano en la interconsulta. Interconsulta quiere decir que te avisan de otros servicios del hospital porque los pacientes necesitan ayuda psicológica o psiquiátrica. Del rollo de "paciente ingresado durante un año dice estar deprimido" (lógico) o "paciente de 27 años con intervención de quiste medular que ha resultado en paraplejia verbaliza sintomatología ansiosa" (y quién no). El anciano de hoy, más que deprimido, estaba cabreado. "Si es que yo no he bebido nunca alcohol, señorita", decía, "ni fumado tabaco. Yo esperaba poder disfrutar de mi vejez y mi vejez me ha engañado". Luego decía que se le estaba clavando la cuña en la espalda y gritaba algo como "¿usted se cree que se le puede hacer esto a un cristiano?".
Su puntito histriónico lo tenía, el buen señor.
Los martes por la tarde me quedo en la UCI pediátrica, y como ahora paso toda la mañana dando vueltas por el hospital, procuro salir a comer fuera para despejarme. Hoy estaba el día un poco nublado, y como ahora me he vuelto nortéfila, casi agradecía el punto melancólico y el relativo fresquito del mediodía. Camino hacia la orilla de la playa, extiendo el pañuelo con estrellitas que llevaba en el cuello esta mañana y me siento encima con las piernas cruzadas. Me tomo mi cartón de gazpacho del Mercadona y unos pastelitos de bonitato y salmón que cociné ayer en el horno.
Después entro otra vez en el hospital, me pongo la bata, suspiro. Lo de ponerse la bata está lleno como de resignación, y al mismo tiempo te da cierto poder extraño. La bata dentro del hospital te cambia. Los médicos te saludan aunque no te conozcan, la gente te deja sitio en el ascensor, todo el que te ve caminar asume que tienes algo que hacer y que es importante.
Me resulta curioso que, a estas alturas de la vida y después de haber jurado que no quería ser médico, esté trabajando ahora en un hospital. Me siento un poco como jugando a Anatomía de Grey, y tengo que esforzarme por recordar que mi misión en esta vida no es entender cómo se insuliniza a un paciente. Me doy cuenta una vez más de que las cosas que nos interesan a mí y a mis locos compañeros de Salud Mental, en general al resto de la gente le importa un pimiento. A mí me resulta extraño lo de los médicos. ¿Cómo se pueden disociar los síntomas físicos de la vida de la persona? ¿Por qué no les entra curiosidad por saber qué hace que la obesa mórbida no pueda dejar de comer, o que el adolescente se niegue a controlarse la diabetes?
Puede sonar raro, pero me sentía mucho más cómoda en Agudos. Los locos son ciento cincuenta millones de veces más interesantes, sorprendentes, variados y (para mi gusto) dignos de compasión que los enfermos somáticos. Que te cuenten que les duele mucho la planta de los pies porque no les llega el riego sanguíneo no se puede comparar a que te cuenten que, de repente, todos los policías de la comisaría del pueblo se han convertido en zombis. Supongo que sobre gustos no hay nada escrito.
En general, en estos días, al llegar a casa tengo que sacudirme el poso de la enfermedad como si fuera un olor persistente que se te ha quedado pegado. Mirarme los pies y congratularme de que no tengan úlceras, agradecer a mi páncreas su funcionamiento razonablemente eficiente, tocarme la cintura para asegurarme de que no acumulo michelines que me van a llevar a la diabetes. Recordar que nada de lo que haga es un seguro para que la vejez no me traicione y, a la vez, que no debo aplazar las cosas.
Interesante currar en un hospital, cierto. Pero me alegro de que mañana sea miércoles, que son los días de Vejer, de la terapia con Anxo y de esos momentos en los que te das cuenta de que las palabras son tan poderosas como las estatinas, y de que con cuatro paredes, imaginación y un poco de amor por el riesgo y de amor a secas, en una buena consulta de psicologia puede pasar cualquier cosa.
lunes, 17 de septiembre de 2012
Ola de pena
Esta mañana me he levantado tristona. En plan como se levanta la gente normalmente los lunes. Iba caminando por mi calle en plan me aprietan los vaqueros, estoy más que harta de la paleo dieta estricta, tengo frío pero no voy a subir otra vez a casa por la chaqueta, es súper temprano, me queda un montón indecente de horas antes de volver a mi dulce hogar, es SÚPER TEMPRANO, no quiero ver diabéticos hoy, echo de menos viajar. And so on.
De camino a la parada del autobús, todavía de noche, el primer día de escuela se iba haciendo notar. Paso junto al colegio que hay al lado de mi casa y alguien está abriendo la puerta en la oscuridad. Ni siquiera le veo la cara. Es esa persona de cuya existencia ni te percatas cuando eres pequeño, porque para ti el colegio simplemente está abierto siempre, está ahí. Después, al cruzar la calle, tres niños de unos once o doce años esperan junto a un coche a que el padre baje para llevarlos. Las mochilas parecen enormes, y ellos tienen las caras extrañadas del madrugón. "No he dormido nada esta noche", le escucho decir a uno mientras paso al lado frotándome los brazos.
El primer día de colegio no es malo. Te sorprende el fresquito de la mañana, eso sí, porque tú ya te creías que la temperatura no bajaba del calorazo que te encuentras cuando te levantas tardísimo en Andalucía un día de septiembre. Pero he aquí la cruda realidad: ya refresca, y estas horas también son ahora tus horas. Metías lo básico en la mochila: un cuaderno, la carpeta delgadita con hojas en blanco, el estuche con un surtido de bolis y rotuladores. El primer día de colegio yo todavía pensaba que podía ser, por una vez en la vida, organizada, ordenada y eficiente, así que lo apuntaba todo con mucho primor en la primera hoja de mi cuaderno y me proponía llevar siempre ordenada mi carpeta clasificadora. Después el caos se iba apoderando de mí y terminaba con todo mezclado y doblando los bordes de los libros que había olvidado forrar.
La verdad, desde que trabajo vivo desorientada. Antes estaba muy claro: vacaciones era igual a verano, estudiar era igual a todo lo que no era verano. Podía situarme bien en el calendario. Ahora septiembre me cuesta: buen tiempo y trabajar, ¿de qué me suena esto? ¿no lo he hecho ya en junio y en julio? ¿dónde estoy? Ya empieza a sonar la navidad como referencia temporal, y a mí se me pone la carne de gallina. Me he apuntado a un curso de Vipassana para esa fecha, pero aún no sé si tendré plaza.
Hoy ha sido como un primer día de colegio para mí. En el sentido de que ha sido el típico día en que te das cuenta de que, por muchas novedades que aparezcan, por contenta que te sientas en general, algunas cosas siguen, y siguen, y no se paran, y los días al fin y al cabo no son más que una sucesión de pequeñas tareas que tú te esfuerzas por terminar a tiempo. Extraño la libertad. Iba caminando por la calle y me he cruzado con un chico que se parecía a Jorge, mi anfitrión de Jaca, y he recordado la sensación cuando llegué al pueblo y le encontré con sus amigos jugando al ultimate frisbee. El estado mental de sorpresa y alegría que me acompañó durante todo el proyecto, y que te puede convertir en una verdadera yonki de viajar, de moverse, de no tener una lista que tachar al final del día.
Hago una pausa para intercambiar unos cuantos whassap con Joaco, que me agradece las fotos de la manifestación que he colgado en Facebook. Me pregunta por mis obesos y los llama "fartones" (porque se fartan). Oh, echo de menos a ese chico, las cosas como son, y mira que le conocí poco. Pero echo de menos justo eso: la sensación de ir conociéndole, su acento asturiano, su energía desmesurada.
Vuelvo a mis escritos y pienso en qué me falta ahora, y en realidad, hoy lo iba pensando, el mayor problema que tengo de un tiempo a esta parte es que me siento creativamente seca. Muy, muy seca. Es decir, que vengo aquí, me exprimo el cerebro y algo sale, porque tengo práctica, pero me falta un impulso, un proyecto, algo más profundo e intenso que estos posts. Y no sé de dónde sacarlo porque no tengo tiempo ni espacio mental; y también porque ya lo escribí hace bastante tiempo: para escribir con intensidad parece que necesito al amor o al desamor, y ahora mismo no tengo ninguna de las dos cosas.
En fin. No os dejéis engañar por este post: la ola de pena de otoño nos alcanza a todos y es difícil quedarse impertérrito cuando te cubre la cabeza con su melancólica espuma de anochecer temprano. Habrá proyectos. Habrá alegría. Y vive dios que habrá amor y/o desamor, porque mi corazón entusiasta no va a dejar que sea de otra manera.
De camino a la parada del autobús, todavía de noche, el primer día de escuela se iba haciendo notar. Paso junto al colegio que hay al lado de mi casa y alguien está abriendo la puerta en la oscuridad. Ni siquiera le veo la cara. Es esa persona de cuya existencia ni te percatas cuando eres pequeño, porque para ti el colegio simplemente está abierto siempre, está ahí. Después, al cruzar la calle, tres niños de unos once o doce años esperan junto a un coche a que el padre baje para llevarlos. Las mochilas parecen enormes, y ellos tienen las caras extrañadas del madrugón. "No he dormido nada esta noche", le escucho decir a uno mientras paso al lado frotándome los brazos.
El primer día de colegio no es malo. Te sorprende el fresquito de la mañana, eso sí, porque tú ya te creías que la temperatura no bajaba del calorazo que te encuentras cuando te levantas tardísimo en Andalucía un día de septiembre. Pero he aquí la cruda realidad: ya refresca, y estas horas también son ahora tus horas. Metías lo básico en la mochila: un cuaderno, la carpeta delgadita con hojas en blanco, el estuche con un surtido de bolis y rotuladores. El primer día de colegio yo todavía pensaba que podía ser, por una vez en la vida, organizada, ordenada y eficiente, así que lo apuntaba todo con mucho primor en la primera hoja de mi cuaderno y me proponía llevar siempre ordenada mi carpeta clasificadora. Después el caos se iba apoderando de mí y terminaba con todo mezclado y doblando los bordes de los libros que había olvidado forrar.
La verdad, desde que trabajo vivo desorientada. Antes estaba muy claro: vacaciones era igual a verano, estudiar era igual a todo lo que no era verano. Podía situarme bien en el calendario. Ahora septiembre me cuesta: buen tiempo y trabajar, ¿de qué me suena esto? ¿no lo he hecho ya en junio y en julio? ¿dónde estoy? Ya empieza a sonar la navidad como referencia temporal, y a mí se me pone la carne de gallina. Me he apuntado a un curso de Vipassana para esa fecha, pero aún no sé si tendré plaza.
Hoy ha sido como un primer día de colegio para mí. En el sentido de que ha sido el típico día en que te das cuenta de que, por muchas novedades que aparezcan, por contenta que te sientas en general, algunas cosas siguen, y siguen, y no se paran, y los días al fin y al cabo no son más que una sucesión de pequeñas tareas que tú te esfuerzas por terminar a tiempo. Extraño la libertad. Iba caminando por la calle y me he cruzado con un chico que se parecía a Jorge, mi anfitrión de Jaca, y he recordado la sensación cuando llegué al pueblo y le encontré con sus amigos jugando al ultimate frisbee. El estado mental de sorpresa y alegría que me acompañó durante todo el proyecto, y que te puede convertir en una verdadera yonki de viajar, de moverse, de no tener una lista que tachar al final del día.
Hago una pausa para intercambiar unos cuantos whassap con Joaco, que me agradece las fotos de la manifestación que he colgado en Facebook. Me pregunta por mis obesos y los llama "fartones" (porque se fartan). Oh, echo de menos a ese chico, las cosas como son, y mira que le conocí poco. Pero echo de menos justo eso: la sensación de ir conociéndole, su acento asturiano, su energía desmesurada.
Vuelvo a mis escritos y pienso en qué me falta ahora, y en realidad, hoy lo iba pensando, el mayor problema que tengo de un tiempo a esta parte es que me siento creativamente seca. Muy, muy seca. Es decir, que vengo aquí, me exprimo el cerebro y algo sale, porque tengo práctica, pero me falta un impulso, un proyecto, algo más profundo e intenso que estos posts. Y no sé de dónde sacarlo porque no tengo tiempo ni espacio mental; y también porque ya lo escribí hace bastante tiempo: para escribir con intensidad parece que necesito al amor o al desamor, y ahora mismo no tengo ninguna de las dos cosas.
En fin. No os dejéis engañar por este post: la ola de pena de otoño nos alcanza a todos y es difícil quedarse impertérrito cuando te cubre la cabeza con su melancólica espuma de anochecer temprano. Habrá proyectos. Habrá alegría. Y vive dios que habrá amor y/o desamor, porque mi corazón entusiasta no va a dejar que sea de otra manera.
domingo, 16 de septiembre de 2012
Analizando profundamente Los Puentes de Madison: yo estoy mal
Nota previa: para entender este post tienes que haber visto Los Puentes de Madison. Si no la has visto y, aun así, quieres seguir leyendo, aviso: SPOILERS.
Esta mañana, después del desayuno, he estado releyendo Los Puentes de Madison County. Sí: existe un libro además de la peli y sí: me lo he leído. Sé que eso eleva mis niveles de cursilismo a tres mil, pero no me importa. Lo releía porque hace poco comentaba con alguien el fragmento en el que Robert le dice a Francesca: "estás guapísima como para que los hombres salgan corriendo, gritando por la desesperación de no poseerte”. La imagen me hace mucha gracia: un montón de hombres ahí corriendo como chalados con las manos en la cabeza, gritando a todo volumen: "¡¡Francescaaaa!!". Eso es un piropo y lo demás tonterías.
(Y sí, me sé trozos de memoria. Dios.)
Yo con Los Puentes de Madison (la peli y, por extensión, la historia en sí) (en adelante LPM) tengo varios problemas. El primero es que, como dice mi madre, Clint Eastwood sale incapaz. Meryl la Magnífica está preciosa, con su belleza espiritual y austera, con esos ojos que te hacen pensar: no sólo soy guapa y famosa, sino que además tengo una rica vida interior y un sentido del humor muy agudo. [Por cierto: ¿qué pasa con Meryl Streep? ¿Alguna vez habéis conocido a alguien a quien no le guste? ¡Nos gusta a todos! Muy probablemente es uno de los pocos puntos unánimes de la humanidad.]
En cambio Clint... uf, Clint está mayor. Esas arrugas. Esas greñas. ¿En serio alguien puede enamorarse perdidamente del Clint madisonero? Yo qué sé.
Además, LPM es una peli cuyo final hace que arañes con las uñas el asiento del sofá. En plan: Francesca, por el amor de Dios, ¿eres boba? Bájate AHORA del coche y súbete AHORA con Clint y sus greñas y pírate por ahí a vivir la vida. Tu familia sobrevivirá. ¿Por qué quieres ir de salvadora de la Humanidad? Sobrevivirán y tendrán sus propias familias taradas, y a tu marido abandonado irán a verle las vecinas con tarta de manzana y probablemente se lo rifen las viudas jóvenes o las solteronas del pueblo. Y entretanto tú andarás por ahí teniendo sexo increíble con Clint, viendo mundo y sintiendo en tus carnes el amor verdadero.
Fuera de coña. Hoy, leyendo el libro así a trozos (las partes bonitas e intensas), me he fijado en otro párrafo de esos que todos deberíamos anotar por si alguna vez se lo podemos decir a alguien paraque moje las bragas conquistar su corazón. A saber:
Finalmente se abrazaron durante largo tiempo. Y él le susurró:
—Sólo tengo una cosa que decir, una sola; nunca volveré a decírsela a nadie, y te pido que la recuerdes: en un universo de ambigüedades, esta certeza viene una sola vez, y nunca más, no importa cuántas vidas le toque a uno vivir.
Ahí lo llevas, Francesca.
En ese sentido, yo soy completamente Roberesca. Él había visto más mundo y sabía positivamente lo difícil que es encontrar a alguien especial y además darse cuenta, y que ese alguien se diera cuenta también. Estaba dispuesto a liarse la manta a la cabeza porque era consciente de que si uno ve un billete de quinientos euros en la calle, no puede dejarlo ahí pensando que seguro que hay otro un poco más adelante.
"Yo apostaría fuerte", le decía el otro día a un amigo hablando del mismo tema. Y mira que me gustan mi independencia y mis cosas, mi Cádiz, la vida que me he construido con bastante esfuerzo y, aun así, si yo tuviera esa certeza de una vez en la vida y encima tuviera la suerte de ser correspondida, me pararía al borde del camino, dejaría mis bártulos y le diría a mi Francesco: aquí estás y aquí estoy yo. Me quedo contigo.
Cuando volví de Gijón con Alejandro, uno de mis viajeros de coche compartido, se me ocurrió preguntarle cuál era la lección más importante que había aprendido en la vida. A mi favor diré que había dormido una hora, llevábamos ocho viajando y me patinaban un poco las neuronas. Le dije que si me contaba su lección más importante, la que transmitiría a sus hijos en su lecho de muerte, yo le contaría la mía. Pensó un rato y me dijo su lección: "sigue adelante en la inercia libre de miedo". Me explicó que para él la inercia funciona en las cosas bellas: amar, trabajar, ser generoso, construir, viajar. Uno empieza y la propia fuerza de esos actos los va retroalimentando. Y que si uno funciona sin miedo en esa hermosa inercia, puede ser feliz.
Yo le dije que mi lección más importante es que en esta vida casi todo va sobre la gente. Que los problemas que me cuentan en consulta, la mayoría de las veces lo que tienen detrás del todo es a las demás personas y nuestras relaciones con ellas. Y que esas personas son lo único que no puede sustituirse, ni manejarse, ni crearse de la nada: lo único independiente de nuestros deseos y proyectos, lo único tan verdadero como nosotros mismos. Hay mucha gente y mucha gente linda, pero al mismo tiempo todos son insustituibles. Y si, por ejemplo, mi amigo A. el que no me habla insiste en no hablarme, dará igual la de gente con la que me encariñe en mi vida o los SSHP que pueda emprender alrededor del mundo: no habrá nunca jamás nadie como él.
Así que yo me iría con Robert, Francesca; qué quieres que te diga. Yo apostaría fuerte. Es una pena que todo el capital amoroso que estoy dispuesta a invertir se quede muerto de risa en mi corazoncito, porque de verdad que es mucho. Soy como el chino que, al parecer, quiso comprar hace poco un parque de bomberos en Cádiz porque habían puesto como protesta unos carteles en los que se leía "en venta". El chino creía de verdad que podía comprar el parque porque tenía dinero suficiente para ello, pero resulta que no le dejaban. Vale, reconozco que es una comparación un poco traída por los pelos, pero no doy para más.
Y con esto y unbizcocho snack paleo libre de aditivos y gluten, me despido y os deseo un feliz lunes, mucha energía y el suficiente valor como para apostar bien alto si alguna vez os llega una buena mano.
Esta mañana, después del desayuno, he estado releyendo Los Puentes de Madison County. Sí: existe un libro además de la peli y sí: me lo he leído. Sé que eso eleva mis niveles de cursilismo a tres mil, pero no me importa. Lo releía porque hace poco comentaba con alguien el fragmento en el que Robert le dice a Francesca: "estás guapísima como para que los hombres salgan corriendo, gritando por la desesperación de no poseerte”. La imagen me hace mucha gracia: un montón de hombres ahí corriendo como chalados con las manos en la cabeza, gritando a todo volumen: "¡¡Francescaaaa!!". Eso es un piropo y lo demás tonterías.
(Y sí, me sé trozos de memoria. Dios.)
Yo con Los Puentes de Madison (la peli y, por extensión, la historia en sí) (en adelante LPM) tengo varios problemas. El primero es que, como dice mi madre, Clint Eastwood sale incapaz. Meryl la Magnífica está preciosa, con su belleza espiritual y austera, con esos ojos que te hacen pensar: no sólo soy guapa y famosa, sino que además tengo una rica vida interior y un sentido del humor muy agudo. [Por cierto: ¿qué pasa con Meryl Streep? ¿Alguna vez habéis conocido a alguien a quien no le guste? ¡Nos gusta a todos! Muy probablemente es uno de los pocos puntos unánimes de la humanidad.]
En cambio Clint... uf, Clint está mayor. Esas arrugas. Esas greñas. ¿En serio alguien puede enamorarse perdidamente del Clint madisonero? Yo qué sé.
Sí, sí, pero mi pelo brilla.
Fuera de coña. Hoy, leyendo el libro así a trozos (las partes bonitas e intensas), me he fijado en otro párrafo de esos que todos deberíamos anotar por si alguna vez se lo podemos decir a alguien para
Finalmente se abrazaron durante largo tiempo. Y él le susurró:
—Sólo tengo una cosa que decir, una sola; nunca volveré a decírsela a nadie, y te pido que la recuerdes: en un universo de ambigüedades, esta certeza viene una sola vez, y nunca más, no importa cuántas vidas le toque a uno vivir.
Ahí lo llevas, Francesca.
En ese sentido, yo soy completamente Roberesca. Él había visto más mundo y sabía positivamente lo difícil que es encontrar a alguien especial y además darse cuenta, y que ese alguien se diera cuenta también. Estaba dispuesto a liarse la manta a la cabeza porque era consciente de que si uno ve un billete de quinientos euros en la calle, no puede dejarlo ahí pensando que seguro que hay otro un poco más adelante.
"Yo apostaría fuerte", le decía el otro día a un amigo hablando del mismo tema. Y mira que me gustan mi independencia y mis cosas, mi Cádiz, la vida que me he construido con bastante esfuerzo y, aun así, si yo tuviera esa certeza de una vez en la vida y encima tuviera la suerte de ser correspondida, me pararía al borde del camino, dejaría mis bártulos y le diría a mi Francesco: aquí estás y aquí estoy yo. Me quedo contigo.
Cuando volví de Gijón con Alejandro, uno de mis viajeros de coche compartido, se me ocurrió preguntarle cuál era la lección más importante que había aprendido en la vida. A mi favor diré que había dormido una hora, llevábamos ocho viajando y me patinaban un poco las neuronas. Le dije que si me contaba su lección más importante, la que transmitiría a sus hijos en su lecho de muerte, yo le contaría la mía. Pensó un rato y me dijo su lección: "sigue adelante en la inercia libre de miedo". Me explicó que para él la inercia funciona en las cosas bellas: amar, trabajar, ser generoso, construir, viajar. Uno empieza y la propia fuerza de esos actos los va retroalimentando. Y que si uno funciona sin miedo en esa hermosa inercia, puede ser feliz.
Yo le dije que mi lección más importante es que en esta vida casi todo va sobre la gente. Que los problemas que me cuentan en consulta, la mayoría de las veces lo que tienen detrás del todo es a las demás personas y nuestras relaciones con ellas. Y que esas personas son lo único que no puede sustituirse, ni manejarse, ni crearse de la nada: lo único independiente de nuestros deseos y proyectos, lo único tan verdadero como nosotros mismos. Hay mucha gente y mucha gente linda, pero al mismo tiempo todos son insustituibles. Y si, por ejemplo, mi amigo A. el que no me habla insiste en no hablarme, dará igual la de gente con la que me encariñe en mi vida o los SSHP que pueda emprender alrededor del mundo: no habrá nunca jamás nadie como él.
Así que yo me iría con Robert, Francesca; qué quieres que te diga. Yo apostaría fuerte. Es una pena que todo el capital amoroso que estoy dispuesta a invertir se quede muerto de risa en mi corazoncito, porque de verdad que es mucho. Soy como el chino que, al parecer, quiso comprar hace poco un parque de bomberos en Cádiz porque habían puesto como protesta unos carteles en los que se leía "en venta". El chino creía de verdad que podía comprar el parque porque tenía dinero suficiente para ello, pero resulta que no le dejaban. Vale, reconozco que es una comparación un poco traída por los pelos, pero no doy para más.
Y con esto y un
viernes, 14 de septiembre de 2012
Couchsurfing para principiantes
Ayer vine de Cádiz en coche con Matej, mi huésped esloveno. Qué encanto de chaval, de verdad. Qué dulzura la suya y vaya cabecita privilegiada para su corta edad. Hicimos el viaje a noventa por hora para ahorrar gasolina, charlando en inglés sobre la vida, el trabajo y la inmortalidad del cangrejo. Después le dejé a un par de calles de distancia de su hostal, haciéndole jurar que me llamaría si necesitaba algo. Creo que el pobre estaba un poco sobrepasado con mi amabilidad postviajera.
Hoy voy a romper una lanza a favor del couchsurfing. Que sepáis que no es sólo una página o una forma de viajar barato: es un movimiento. Tiene muchísimas cosas buenas. Te pone en un estado de generosidad cuando acoges y de aceptación cuando viajas, y los dos estados son, creo yo, sanos para la mente. El agradecimiento couchsurfero es de una clase especial: la que te surge cuando estás solo en una ciudad desconocida y sabes que podrás llegar a una casa con una ducha calentita, comida decente y alguien amable con quien charlar.
Couchsurfing nace de la confianza y también de la libertad. Una de las cosas buenas que tiene es que no estás obligado a nada; puedes dar hasta donde se te antoje. Si no os sentís cómodos metiendo a extraños en casa, podéis probar a ofreceros para tomar café o enseñar la ciudad. Son también bonitas maneras de compartir algo sin sentirse demasiado expuesto. La página también dispone de un sistema de verificación de identidad y de localización, de forma que si realmente-realmente te da miedo lo que los guiris puedan hacer en tu piso, puedes optar por alojar o buscar alojamiento sólo con personas cuya identidad esté verificada.
De todas formas, yo opino que en la vida en general uno puede pecar de desconfiado o de confiado. Si pecas de confiado, tendrás mil experiencias buenas por cada una mala y, sobre todo, tu corazón estará más tranquilo. Couchsurfing también tiene un sistema de valoraciones similar al de Ebay que motiva bastante a ser un buen huésped y/o anfitrión y sirvecomo sistema detector de psicópatas.
La experiencia couchsurfera, tanto alojando como buscando alojamiento, ha sido muy reveladora para mí. Como dice Matej: life-changing. Te hace confiar otra vez en la bondad de la gente y en su voluntad de ayudar a otros. Te vuelves humilde, adaptable y fluido cuando viajas; y también generoso, ingenioso y amable cuando recibes. Saca lo mejor de ti. Cuando viajas es genial, pero también lo es cuando puedes acoger a quien está viajando y compartir su alegría y su sorpresa. Me ha encantado explicarle a Matej hasta dónde llega Cádiz-Cádiz, por qué a los de San Fernando se les llama cañaíllas o de dónde proviene la mafiosa influencia que mi gruísta de confianza ejerce en la Isla (ya os contaré más sobre esto último en próximos posts).
Además, como os decía, creo que couchsurfing es un todo un movimiento, y que está formado por gente que se sale de la norma. Porque la norma hoy es el individualismo, el miedo y el reservar semanas de hotel a pensión completa por módico precio. Salirse de las reglas, ofrecer a cambio de nada, no consumir ni producir y, aun así, pasarlo bien y enriquecerse, es casi subversivo. Además, es fácil olvidar la de posibilidades que tiene la vida cuando te pasas las mañanas entre cuatro paredes rodeada de gente que se dedica a planear sus bodas. La gente que conoces de couchsurfeo suele ser peculiar, tener proyectos raros, estar un poquito al margen del mundo. Contactar con ellos, que son la sal de la tierra, es sano y necesario si quieres tener un coco mínimamente alternativo, en el buen sentido de la palabra.
¿Consejos para viajeros? Fluye. Acepta. Di que sí. Sonríe mucho. Mejor pasarte de agradecido que de desagradecido. Friega los platos. Cocina algo de tu tierra. Deja algún detalle si te vas. Intégrate. Pregunta. Abre bien los oídos y los ojos. Di otra vez que sí, aunque te parezca una locura. Piensa que te lo mereces. Vincúlate. Aprende cuatro palabras del idioma. Enamórate un poco en cuanto veas una mínima oportunidad.
¿Consejos para anfitriones? Fluye. Ofrece. Sé creativo. Busca ideas. Siéntete orgulloso. Redescubre tu ciudad y tu vida. Involucra. Incluye. Cocina algo de tu tierra. Canta algo típico. Enseña palabras. Mejor pasarte de generoso que de agarrado. Ten sábanas limpias. Cuida. Encaríñate. Llámale "home" a tu casa. Comparte. Enamórate también, aunque sea con calma.
Y sin más, me despido. Si pasáis por San Fernando y me mandáis una buena solicitud couchsurfera, tenéis un sofá asegurado en el zulo más autolimpiable de la Isla.
Hoy voy a romper una lanza a favor del couchsurfing. Que sepáis que no es sólo una página o una forma de viajar barato: es un movimiento. Tiene muchísimas cosas buenas. Te pone en un estado de generosidad cuando acoges y de aceptación cuando viajas, y los dos estados son, creo yo, sanos para la mente. El agradecimiento couchsurfero es de una clase especial: la que te surge cuando estás solo en una ciudad desconocida y sabes que podrás llegar a una casa con una ducha calentita, comida decente y alguien amable con quien charlar.
Couchsurfing nace de la confianza y también de la libertad. Una de las cosas buenas que tiene es que no estás obligado a nada; puedes dar hasta donde se te antoje. Si no os sentís cómodos metiendo a extraños en casa, podéis probar a ofreceros para tomar café o enseñar la ciudad. Son también bonitas maneras de compartir algo sin sentirse demasiado expuesto. La página también dispone de un sistema de verificación de identidad y de localización, de forma que si realmente-realmente te da miedo lo que los guiris puedan hacer en tu piso, puedes optar por alojar o buscar alojamiento sólo con personas cuya identidad esté verificada.
De todas formas, yo opino que en la vida en general uno puede pecar de desconfiado o de confiado. Si pecas de confiado, tendrás mil experiencias buenas por cada una mala y, sobre todo, tu corazón estará más tranquilo. Couchsurfing también tiene un sistema de valoraciones similar al de Ebay que motiva bastante a ser un buen huésped y/o anfitrión y sirvecomo sistema detector de psicópatas.
La experiencia couchsurfera, tanto alojando como buscando alojamiento, ha sido muy reveladora para mí. Como dice Matej: life-changing. Te hace confiar otra vez en la bondad de la gente y en su voluntad de ayudar a otros. Te vuelves humilde, adaptable y fluido cuando viajas; y también generoso, ingenioso y amable cuando recibes. Saca lo mejor de ti. Cuando viajas es genial, pero también lo es cuando puedes acoger a quien está viajando y compartir su alegría y su sorpresa. Me ha encantado explicarle a Matej hasta dónde llega Cádiz-Cádiz, por qué a los de San Fernando se les llama cañaíllas o de dónde proviene la mafiosa influencia que mi gruísta de confianza ejerce en la Isla (ya os contaré más sobre esto último en próximos posts).
Además, como os decía, creo que couchsurfing es un todo un movimiento, y que está formado por gente que se sale de la norma. Porque la norma hoy es el individualismo, el miedo y el reservar semanas de hotel a pensión completa por módico precio. Salirse de las reglas, ofrecer a cambio de nada, no consumir ni producir y, aun así, pasarlo bien y enriquecerse, es casi subversivo. Además, es fácil olvidar la de posibilidades que tiene la vida cuando te pasas las mañanas entre cuatro paredes rodeada de gente que se dedica a planear sus bodas. La gente que conoces de couchsurfeo suele ser peculiar, tener proyectos raros, estar un poquito al margen del mundo. Contactar con ellos, que son la sal de la tierra, es sano y necesario si quieres tener un coco mínimamente alternativo, en el buen sentido de la palabra.
¿Consejos para viajeros? Fluye. Acepta. Di que sí. Sonríe mucho. Mejor pasarte de agradecido que de desagradecido. Friega los platos. Cocina algo de tu tierra. Deja algún detalle si te vas. Intégrate. Pregunta. Abre bien los oídos y los ojos. Di otra vez que sí, aunque te parezca una locura. Piensa que te lo mereces. Vincúlate. Aprende cuatro palabras del idioma. Enamórate un poco en cuanto veas una mínima oportunidad.
¿Consejos para anfitriones? Fluye. Ofrece. Sé creativo. Busca ideas. Siéntete orgulloso. Redescubre tu ciudad y tu vida. Involucra. Incluye. Cocina algo de tu tierra. Canta algo típico. Enseña palabras. Mejor pasarte de generoso que de agarrado. Ten sábanas limpias. Cuida. Encaríñate. Llámale "home" a tu casa. Comparte. Enamórate también, aunque sea con calma.
Y sin más, me despido. Si pasáis por San Fernando y me mandáis una buena solicitud couchsurfera, tenéis un sofá asegurado en el zulo más autolimpiable de la Isla.
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