massobreloslunes

martes, 26 de noviembre de 2013

Siete mil palabras

Eso es lo que me queda para terminar el NaNoWriMo, oh, ciruelos y ciruelas. Parece que quizá este año, por fin, llegue al final de esta aventura de otoño.

Ya haré una reflexión profunda sobre escribir una novela en treinta días, pero he de admitir que la experiencia es, cómo decirlo... desigual. Hoy estás en la cima del mundo y mañana te quieres tirar a la basura. La web tiene un foro donde las nanovíctimas se consuelan unas a otras; uno de los subforos se llama "NaNoWriMo ate my soul" (NaNoWriMo se comió mi alma), y en él la gente se queja de lo hartos que están de escribir. Hace unos días, alguien comenzó un hilo titulado "My novel is so bad", en el que había que terminar la frase con cómo de mala crees que es tu novela. Había algunos muy buenos, como "mi novela es tan mala que una editorial para autopublicación la ha rechazado", o "mi novela es tan mala que el gato caminando por el teclado, de hecho, la mejoró".

Hoy yo tenía uno de esos días de querer tener un gato para que caminara por el teclado. Me parecía todo de lo más unidimensional. Estaba asqueada de los personajes, de mi estúpida historia, de los agujeros enormes que deja en tu argumento escribir a este ritmo y, en fin, de no escribir nada importante ni sesudo que legar a la Humanidad. Así que he decidido leer todo lo que llevaba escrito hasta ahora, y de paso ajustar el recuento de palabras. He tardado tres horas, y al final de esas tres horas puedo decir sin pudor que MI NOVELA MOLA.

Ya lo he dicho. Para haberlo escrito en menos de un mes, está muy bien. Es una novela que yo querría leer si la hubiera escrito otra persona. Sigue teniendo agujeros de tipo tunel de tren en la trama, y algunas frases escritas con prisa me dan ganas de sacarme los ojos pero, en general, no es un primer borrador del que avergonzarse. Para nada.

Además de cierto orgullo, otra emoción me ha inundado a medida que leía del tirón toda mi sarta de despropósitos. No sé bien cómo definirla. Estaba entusiasma, o conmovida, o una mezcla de ambos. Me acordaba de un post que leí el otro día en el foro. En él, Adhara mencionaba este post y hablaba de cómo cada vez que abandonas una idea por pensar que todavía no está lo suficiente madura o que no es lo suficientemente seria, Dios mata a una novela. Y es verdad.

Sé que en unos días, cuando se me pasen la Dignidad y el Entusiasmo que sentía hoy al releer lo que he escrito, volverá la Vergüenza. Y la Vergüenza me dirá que nadie en su sano juicio escribiría algo tan intrascendente y trivialmente contemporáneo como lo que he escrito hoy. Cuando la pura verdad es que sólo ahora puedo escribir de lo que escribo ahora. Sólo si supero esa Vergüenza y escribo de lo que quiero escribir ahora, verán la luz mis pobres personajes, esas criaturas tiernas y perdidas que tienen una historia que contar. Quizá no sea la historia con más trascendencia del mundo, pero es la suya, y a ellos les importa. A mí también.

Para los que tienen curiosidad: en la novela hay blogs, y viajes, y ciudades, y amor. Hay diálogos campechanos y párrafos no muy largos, para que nadie se agote. No hay nada experimental ni innovador, del tipo no utilizar la letra E. Hay referencias a mi culturilla cutre de chica despistada. No hay sesudas reflexiones filosóficas. Hay sexo. Hay trucos sucios para enganchar vuestro interés. Hay neologismos absurdos, chistes malos y siglas. Muchas siglas.

Mi novela es lo más.

Me quedan siete mil palabras y (lo más difícil) todo un arco argumental que cerrar antes de declararme oficialmente ganadora. Yes, baby. Después os contaré cuáles son mis planes para su (auto)publicación y distribución. Si pasas por aquí, querido lector, y no puedes soportar la idea de no ser el primero en enterarte el día que la publique, por favor: apúntate a la lista de correo hecha para la ocasión. Soy demasiado vaga como para spamearte.

Emocionada me hallo.

Besos para todos.

sábado, 9 de noviembre de 2013

NaNoWriMo 2013

Estoy sentada en mi salón con el culo entumecido. Cada vez que hable de mi salón, por cierto, tenéis que imaginar las olas del mar sonando suavemente de fondo. Yo pensaba que me gustaba el sonido del silencio, pero todavía no sabía lo que es tener el mar encendido todo el día.

Pablito está aterrizando en Filadelfia ahora mismo, y yo le echo de menos tanto que estoy escribiendo una novela para distraerme. Viva y bravo por mí. En efecto: este año he vuelto a apuntarme al NaNoWriMo. Pero esta vez tengo fe. Llevo 12503 palabras, y teniendo en cuenta que empecé el día cuatro, no voy demasiado retrasada sobre el horario previsto. Estoy participando en los foros, he donado veinticinco dólares y he comprado el libro del jipi que empezó toda la movida hace algunos años. Cien por cien compromiso y automecanismos psicológicos para evitar el abandono.

¿Qué puedo decir sobre la novela? Ahora mismo es un engendro y no tiene ningún tipo de sentido, pero le tengo fe. Al menos, tengo fe en el proceso. SÉ que este año voy a terminar, aunque no sé si el resultado será digno de ser publicado. Iré actualizando. Por cierto: recuerdo que creé una lista de correo para dar información sobre mi posible futuro libro con artículos del blog, y asumo que los que querían saber de ese libro, también querrán saber de la novela. Los que se apuntaron y aún no han recibido NADA, sencillamente porque no he escrito NADA digno de ser publicado, os pueden asegurar que es una lista 100% spam-free. En algún momento escribiré un libro de algo, así que si te interesa recibir información cuando eso suceda, tú también puedes apuntarte aquí.

Hoy he escrito unas siete mil palabras además de estas, así que me temo que lo voy a dejar. La buena noticia es que quizá la ausencia y lejanía de mi Pablo (oh, dolor y destrucción) me dejen el cerebro libre para actualizar con más frecuencia.

Os quiero, ciruelos y ciruelas.

jueves, 31 de octubre de 2013

Por qué no escribo

¿Dónde está Marina? Esa pregunta recorre sin parar la blogosfera circula por las cabezas de los tres lectores que me quedan. En este blog hay un silencio casi absoluto. Psicosupervivencia avanza a trancas y barrancas. La gente que me conoce sabe que no me he muerto. Y se preguntan: ¿dónde está esta chica? Se le llenaba la boca con la escritura y lo importante que era para ella su blog. ¿En serio nos ha abandonado por su nuevo novio? Y se contestan: qué va. Estará escribiendo una novela, o algo.

Nada más lejos de la realidad (me encanta esa expresión).

¿Qué estoy haciendo con mi vida?

1. Trabajar. Penosamente. Quiero terminar el PIR. Me quedan seis meses. Cada uno de estos días de trabajo se desliza despacio, como una gota al final de una estalactita. Necesito terminar el PIR, lo digo en serio y, mientras eso llega, me agobio por tener que dedicarle mis mejores horas al SAS. Estoy hasta el potorro de ser residente, y me da igual quién lea esto. Jefes, tutores y compañeros: estoy. hasta. el. potorro.

Esa situación laboral me tiene la energía por los suelos. Llego a casa a las tres y pico con ganas de dormir la siesta y morirme, por ese orden. Yo sé que esto es muy de buscar excusas, pero creo de corazón que la cosa escritora va a mejorar cuando pueda sacudirme de encima las manos pegajosas de la sanidad pública.

2. Morir de amor. Lo que nadie te dice cuando encuentras al amor de tu vida es la de tiempo que requiere. De repente es como descubrir una afición nueva. O una religión. Desde que estoy con Pablo, soy una conversa: me he convertido al Pablismo. Y claro, el Pablismo tiene sus rituales, como los veinte minutos de acurrucamiento matutino pre-laboral, las pausas para abrazos en cualquier actividad compartida, las excursiones al Royalty para tomar tarta de limón y (oh, sí, wait for it) el SEXO.

Por no hablar de la escalada a dos. Pero de eso trataremos en el siguiente punto.

De momento, vamos a dejarlo en que amar requiere tiempo y un preocupante y profundo cambio de estado mental. Nunca me había sentido tan unida a alguien como a este chico. Es muy raro. No se trata sólo de sentir cosas y hacer cosas; como ya he explicado en algún otro post, siento que se ha ampliado mi conciencia. Que yo sigo pensando lo mismo, pero que esos pensamientos resuenan en Pablo, y que de alguna manera también pienso sus cosas. Es raro. Entra en la cama a las cinco de la mañana, después de haber estado trabajando toda la noche, y sus pies están helados, como imagino que estarán los pies de los cadáveres. Yo se los caliento con los míos mientras le susurro "muahaha, ¡¡siente lo que es ser mujer!!", y sé que estaba tan concentrado frente al ordenador que se le ha olvidado que tenía frío, y que puedo imaginar perfectamente que le pase algo así.

Quiero mucho a este chico, lo digo en serio.

Pero, volviendo al tema, que se me olvida, el amor me ocupa tiempo. Porque, además, yo soy una novia entregada. Soy una novia ardiente como una Juana de Arco del amor. Tonterías, las justas.

3. Escalar, entrenar, etc. Cuidado con lo que deseas. Es decir: si deseas un novio que ame enfermizamente la escalada, cuidado, porque podrías acabar con un novio que ame enfermizamente la escalada. Y si quieres a alguien con quien entrenar y trepar, cuidado, porque podrías terminar compartiendo entrenamientos inhumanos de cuatro horas con un argentino chiflado que, cuando estás hasta el mismo e intentas estirar en el suelo, te pregunta, como quien no quiere la cosa, si has hecho suspensiones en los romos y lo bien que te vendrían unos abdominales antes de acabar.

Mirad qué bien que nos lo pasamos.



El problema es que la escalada es una amante mucho más exigente que Pablo.

Escalar es genial, pero pulveriza una proporción de tiempo y energía enorme. Que no me importaba cuando no tenía que hacer un hueco en mi agenda con el rótulo "besos", pero ahora se suma a todo lo demás.

4. Poco más. En serio. Es que no sé dónde se van mis días. Me acuesto hecha polvo y sin haber parado un momento, ni a tirarme en el sofá a ver Grey, ni a leer. Nada. Alguien se está fumando mi tiempo, y lo digo en serio.

Y os dejo, porque como parte integral de mi enésimo intento por volver a mi camino, ahora estoy levantándome con las gallinas y escribiendo antes de irme al trabajo. Y, como sospechaba, no hay nada bueno en eso, porque justo ahora, que estoy aquí más a gusto que un arbusto, tengo que levantar mi culo en pijama de la silla e irme al hospital a escuchar una charla de tres horas sobre la entrevista estructural de Otto Kernberg.

Matadme.

sábado, 19 de octubre de 2013

Me alegro

Me alegro de todas las veces que salió mal. De todos los que tenían novia, mujer o ex omnipresente. De los capullos engreídos, los emocionalmente distantes y los fríos de corazón. De los cobardes, los falsamente valientes y los que no comían ni dejaban comer.

Me alegro de los rechazos y las cobras. Agradezco profundamente no haberle gustado lo suficiente a nadie. Creo que me tocó la lotería cada vez que di más de lo que recibí o me senté a esperar mensajes y mails que no llegaron nunca. Respiro aliviada cada vez que imagino que lo que pudo haber sido hubiera decidido, de hecho, ser.

Me parecen una bendición todas y cada una de las noches que pasé acurrucada en mi lado de la cama, imaginando que alguien se acercaba desde detrás y me abrazaba. Me alegro de haber contado los meses que habían pasado desde la última vez. Estoy segura de que el karma estaba de mi parte cada vez que quedé con un chico y fue decepcionante, aburrido o directamente ridículo.

Porque imagina que hubiera salido bien con alguno de ellos. Imagina que hubiera empezado algo con cualquiera que no fueras tú. Nuestro destino era como una de esas largas cadenas de fichas de dominó, y un sólo fallo podría haberlo echado todo a perder. Estuve en riesgo muchas veces y me escapé.

Ahora estás aquí, sentado frente a mí, tecleando con furia en tu portátil. Yo me como el trozo de tarta de limón que me has traído del Café Royalty y recorro tu mandíbula con los ojos. A ratos nos miramos y nos sonreímos. Y yo agradezco todo lo que me ha llevado hasta aquí, porque creo que nunca lo sabremos de verdad. Creo que nunca seremos del todo conscientes de lo cerca que estuvimos de que nada de esto sucediera nunca.

domingo, 29 de septiembre de 2013

A veces, escribir es un trámite

Hace mucho que no escribo aquí, y supongo que es porque no sé muy bien cómo empezar. Cuando una pasa mucho tiempo sin escribir, el cúmulo de experiencias por contar pierde nitidez, y se convierte en una masa informe de la que es difícil sacar detalles.

Estoy con Pablo en el salón de nuestra casa nueva. Se escucha el mar al otro lado de la terraza. Es ridículamente estupenda, nuestra vida juntos. Ridícula, de verdad. Despertarnos juntos, desayunar, navegar las horas de este domingo en un fluido indistinto de sueño, charlas y sexo. Cocinar crema de calabaza y fideos chinos; leer juntos en el sofá, hechos un nudo. Enfilar el camino hacia el roco con las manos agarradas y las mochilas a la espalda. Soy absurdamente feliz. Verídico.

Hace tiempo, cuando me dolía el cuerpo en Madrid de soledad y de frío, trataba de recordar todo lo malo de tener una pareja. Esos momentos malos que son horribles, porque te hacen sentirte acorralada y no ser capaz de recordar quién eras cuando estabas sola. Intentaba mantener la cabeza fría y saber que la felicidad no depende de estar sola o en pareja; que, al final, acabas sintiéndote más o menos igual.

Lo retiro. Estar con Pablo es bastante mejor que estar sola. De hecho, si me apuráis, diría que estar con Pablo es como estar sola, pero mejor. Nos gusta el silencio compartido. Están mi mente, su mente y la mente de los dos, que es el valle de espacio común donde resuenan nuestras ideas. Yo escribo, él lee y a cada rato comentamos alguna frase o nos preguntamos la opinión sobre un tema. 

Vivir con él es una sensación muy rara. Es... no sé. Es divertido. Después de un tiempo viviendo sola y de mis desastrosas últimas experiencias de convivencia, pensé que me había quedado tarada; nadie iba a aguantarme ni yo aguantaría a nadie. Pero Pablo tiene las mismas manías que yo, y le entiendo casi todo el rato. 

No sé qué más contar. Es el típico post de actualizar después de un montón de tiempo y contar lo que está pasando en tu vida para poner a los lectores al día. O de obligarte a escribir después de un fin de semana sin haber hecho ni la mitad de lo que te habías propuesto. Todavía tengo las cajas de la mudanza desperdigadas por la casa, y lo poco que hemos arreglado se lo debo a Pablo y al set de destornilladores que se ha comprado. El curro bien, sin estridencias. Me desapego de la vida PIR, sabiendo que apenas me queda ya medio año antes de ir a engrosar las filas del paro.

Así que aquí sigo. Disfruto de las pequeñas cosas. Reúno despacio algo de fuerza de voluntad para escribir más y espero que la inspiración no dependa de mi infelicidad. Porque, francamente, mientras escribo esto, y siento cómo Pablo respira al otro lado de la habitación, y planeo los próximos minutos de lavarme los dientes, ponerme el pijama y arrastrarle con o sin su colaboración a nuestro estupendo colchón nuevo de IKEA, me parece difícil sentirme lo bastante desgraciada como para atraer a las musas. 

martes, 10 de septiembre de 2013

Amor-raro-llorar-Roma

Si pudiera hablar ahora con la Marina de hace un año, la de "me siento sola, y cuándo encontraré a alguien, y tengo que conseguir ya un gato", y un largo etcétera, le diría: relájate. Encontrar el amor no soluciona nada.

Encontrar el amor, de hecho, es una experiencia bien rara.

No sé cómo explicarlo. Es verdad que han sido muchos cambios. Cambio de lugar de trabajo, de ciudad, de piso. Viajar a otro continente, conocer a Pablo y atraerlo con mis malvadas artes de escaladora hipnotista a esta tierra gallega que nunca le hizo gracia. Pero es mucho más que eso. Yo antes sabía dónde estaba el centro: justo en mi interior, en algún lugar entre mi pecho y mi espalda. Las paredes de mi identidad se construían alrededor de mi mundo y mis experiencias. Yo elegía qué compartir y qué no.

Ahora es como si en mi cabeza cupiéramos los dos, y los dos cupiéramos también en su cabeza y, de hecho, cuando me encuentro mal la experiencia de su amor me transforma, porque es como si yo viviera también de alguna manera en la mente de Pablo. Yo sé que él me quiere todo el rato, y es una sensación muy rara; como si alguien, en un lugar muy remoto, encendiera todos los días una velita por tu alma. Eso es muy bonito, pero también te obliga a buscar un nuevo centro: porque ya no está en ti, ni está tampoco en él; se encuentra en algún lugar muy íntimo, en mitad del espacio que queda entre los dos.

Lo que quiero decir es que estoy pasando una época difícil, incluso a pesar de haber encontrado el amor, y eso es lo más desconcertante de todo. Que no hay premios en esta vida; no hay ningún lugar a donde llegar. Y cada vez que reaprendo eso; cada vez que cambian las condiciones de mi vida y se convierte en lo que siempre quise que fuera y, aun así, la masilla gris y decepcionante de la realidad se filtra entre los ladrillos que yo coloco con tanto cuidado... bueno, entonces me pregunto, como Lionel Shriver, que todo esto para qué.

Pienso mucho en la muerte, últimamente. No me quiero suicidar, ni matar a nadie. Pienso en la muerte como experiencia inescapable, y es como si todos los días tuviera sentado a mi lado al fantasma de la transitoriedad. Hoy hablaba con Pablo sentada en la silla caletera, y lloraba porque me sentía inmensamente triste y, sin embargo, más allá de ciertos problemas con el coche que son sobre todo económicos, y de ciertos problemas laborales que se resumen en que ME ABURRO, lo más preocupante que podía contarle es que con el vestido que voy a llevar a la boda del sábado se ve la marca blanca que ha dejado en mi espalda la camiseta de escalada. "Cuando me pasa algo así - me explica él -, cuando me siento triste y no sé por qué, examino mi vida y me doy cuenta de que no tengo motivos. No hay ningún problema. Entonces me doy cuenta de que tiene que ver con algo más. No puede ser mi vida, porque mi vida está bien; debe ser algo más". 

Así que quizá por eso pienso en la muerte: porque en realidad toda mi vida va bien, va estupendamente bien si la comparamos con un 99% de las vidas humanas que han poblado alguna vez este planeta. Quizá ahí está la clave: he alcanzado algún tipo de meta, sé lo que quiero hacer y sé a quién amo, y ahora sólo puedo preguntarme si eso es todo. Y es una pregunta bastante existencialista y deprimente que hacerse a los 28 años, así que no sé si estaré al borde de algún tipo de importante despertar espiritual.

O quizá sólo es la vuelta al cole. Quién sabe.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Back home

A menudo, cuando no sé qué escribir, comienzo describiendo dónde estoy o lo que tengo enfrente. Ahora mismo, por ejemplo, estoy sentada en la mesa del salón de mi nuevo y temporal hogar en Cádiz. Bebo cacao vegano, resisto las ganas de levantarme a apagar la luz de la cocina y observo con el rabillo del ojo a Pablo, que lee a Paul Auster sentado en el sofá.

Este momento es una buena metáfora. Porque antes mis ratos de escritura sólo nos comprendían a mí y a la escritura. Todo lo que había frente a mis ojos era un espacio vacío, y en ese espacio las palabras resonaban y encontraban su camino hasta mis dedos. Ahora en ese espacio, justo en la esquina de mi campo visual, está Pablo, y eso no es ni mejor ni peor; es. Y digo que es una metáfora porque es exactamente lo que ha pasado en mi vida: no se trata (solo) de tener a alguien a quien abrazar y querer y achuchar y atormentar con mis monólogos. Se trata de que él está al costado de mi mente, en la esquina de mi campo visual, y esa es la nueva forma que elijo de vivir mi vida.

Sé que he abandonado esto bastante tiempo, pero ha llegado septiembre y el abandono terminó: volvemos al ring con más furia que nunca. Estos últimos meses han sido difíciles, en el sentido de que no conseguía encontrar mi lugar sobre la Tierra. Madrid me tenía apartada de mi órbita y luchando por recuperar el centro, y la perspectiva de que Pablo se marchara durante vete a saber cuánto tiempo a miles de kilómetros de distancia me encadenaba voluntaria a sus huesitos. Ahora Pablo se queda, y llega el otoño, y volvemos al cole en las frescas mañanas de fin del verano, así que ha llegado el momento de retomar los proyectos como quien empieza una colección por fascículos: con la convicción de que esta vez seguiremos hasta el final.

Ayer llegamos a Cádiz a eso de las cinco, porque habíamos salido temprano de Málaga para eludir el sol de la tarde en los ojos. Colocamos las cosas, echamos una siesta rápida acucharados en la cama y nos fuimos a la playa. Soplaba un levante discreto. Ya está, pensaba yo; ahora Pablo conoce el levante, se da cuenta de lo que es Cádiz de verdad y de lo que soy yo de verdad, y se va. De vuelta a Buenos Aires, después a San Francisco, después a Honolulu, o al punto de la tierra más lejano a mí que encuentre.

Él, por su parte, arrima un poco a la mía su silla de playa y me dice que el viento le gusta. Que le parece agradable el airecito.

Nos giramos de espaldas al mar, para que la luz no le haga polvo los ojos claros, y charlamos arrejuntados toda la tarde. Cuando queda poco para que el sol se ponga, nos damos la vuelta y nos ponemos la ropa sobre los bañadores, porque empieza a refrescar. Yo me enrollo en mi toalla seca y observamos cómo el movimiento del sol hacia el horizonte se nota a ojos vista. Detrás de nosotros, una señora mayor canta a voces: "al sol le llaman Lorenzo, y a la Luna, Catalina". "Welcome to Andalucía", se dice a sí mismo Pablo, y yo me río. "La he contratado yo, para que anime el espectáculo".

El sol baja despacio. "Still there, still there, still there", repetimos nosotros, imitando a Jesse y Céline en Before Midnight, que vimos hace ya un par de meses en un cine de Madrid. La señora cantora exclama: "está el sol hoy redondito, redondito, como una teta mía panza arriba", y nosotros nos reímos, mientras me doy cuenta de que cualquier cosa que cuente de Cádiz no podrá ser nunca una exageración. "Still there, still there, and... it's gone". Los últimos restos se zambullen como una carpa de luz sobre el agua. Nosotros recogemos las sillas y nos vamos a casa.

Hoy hemos pasado la tarde en el centro, haciendo mandaos, lo que antes consistía en mí yendo entusiasmada de un lado a otro y ahora es lo mismo, pero con Pablo de mi mano mirándome con una mezcla entre "eres una maruja y yo esta parte de ti la desconocía" y "pero te quiero. Creo". Yo estoy TAN feliz de estar de vuelta. Madrid me aberró TANTO los últimos meses, que cuando empujo sin querer a una señora y ella me sonríe, y cuando la del Zara Home me aconseja que no compre las sábanas hoy, que mañana vienen más baratas, y cuando el tendero les da una vuelta cuidadosa a los huevos en la caja para comprobar que no están rotos, se me escapa la sonrisa de los labios.

Estoy de vuelta en muchos sentidos. Estoy en casa en muchos, muchos sentidos. Ya es hora, dice Vetusta. Ya es hora de replegar las alas rumbo a casa. Casa es muchas cosas. Es Cádiz ahora, pero sólo por lo que Cádiz significa y porque aquí puedo, por fin, escuchar mis pensamientos. Soy yo aquí sentada, escribiendo de nuevo y comprobando que cabe otra persona en el extremo de mi campo visual. Y Casa es Pablo. Ahora mismo, sobre todo, casa es Pablo, y Pablo está en casa.