Llevo unos cuantos meses sintiendo que para que mi vida mejorara necesitaba aprender a tener mi casa limpia y recogida. Vivo fuera de casa desde hace doce años, y mi nivel de limpieza ha oscilado entre limpísima a la fuerza, cuando la persona con la que vivía padecía un trastorno obsesivo-compulsivo, y guarra-a-más-no-poder-porque-total-esto-es-un-piso-de-estudiantes-que-nadie-limpia.
A mi favor tengo:
- No me importa tirar cosas y nunca me ha importado. Es más: me relaja, y a veces acabo tirando más de la cuenta. Tengo anti-Diógenes.
- Como resultado, tengo relativamente pocos objetos. Cuando la casa se desordena, es un desorden superficial que se puede arreglar en un rato. No entro en una espiral de degeneración sin fin.
- No soy ordenada, pero sí organizada. Más o menos. Me gusta que las cosas tengan su sitio y crear sistemas.
- Me molesta la suciedad. Que la tolere no quiere decir que me haga feliz.
En mi contra, sin embargo, tengo:
- Soy un poco vaga, las cosas como son. Nunca encuentro el momento de ponerme a ordenar y limpiar.
- Mis sistemas de organización me duran poco.
- No soy sistemática. Me paso tres noches recogiendo la cocina antes de dormir, y a la cuarta digo: "a la mierda, tengo sueño", y me acuesto con todo por medio.
Pablo hace mucho en casa. Esto es gracias a que hay bastantes tareas que a él le interesan personalmente y a mí me dan igual, así que sabe que si no las hace él, no las hace nadie: por ejemplo, hacer la compra y la comida, o poner el lavavajillas. Yo puedo sobrevivir de restos fríos y arroz con leche del Mercadona, y lavar sin fin a mano el único cuenco que estoy usando. En una fase de mi vida, decidí dejar de comer alimentos que hiciera falta colar para no tener que limpiar el escurridor. Él, como es vegano, necesita cierto nivel de elaboración alimentaria para no morirse de asco/desnutrición.
Con este panorama, he decidido mutar a la sobrina que Mary Poppins y Bree Van De Kamp nunca tuvieron. Y, como buena Matilda que soy, busco la solución en mis amigos los libros.
El primero que me he leído ha sido "La Magia del Orden", de Marie Kondo. Marie Kondo, que parece un nombre de chiste tipo Paco Jones o Francisco Lorinco Lorado, es una japonesa obsesionada con el orden y la organización desde que tenía cinco años, que ahora se gana la vida enseñando a la gente a ordenar sus casas. Ha escrito un libro para difundir su método de organización: el método Konmari.
Yo tengo debilidad por las cosas bien pensadas y reflexionadas, y el método Konmari es todo eso y mucho más. Es original, radical y un poco mágico. Marie es sintoísta y piensa que los objetos tienen alma, así que su método incluye instrucciones como "doblar bien los calcetines para que puedan descansar", "agradecer a tus objetos antes de tirarlos" o "no tener cosas que no utilizas, porque se ponen tristes". Explica que cuando ella era pequeña se sentía un poco sola por ser la hermana mediana, y que piensa que por eso desarrolló relaciones tan fuertes con sus objetos.
Si leéis reseñas de Amazon, veréis que la mayoría de gente piensa que Marie Kondo tiene un buen método pero está como un cencerro. Yo creo que es un genio. Puedo identificarme perfectamente con eso de que los objetos tienen alma (nota mental: ¿hacerme sintoísta?). Hace mucho tiempo, un chico cuya identidad secreta no puedo desvelar, pero a quien los lectores antiguos de este blog conocísteis en su día, me regaló un par de objetos: una mochila y una magnesera. La relación con el chico en sí no fue bien, así que cada vez que veía la mochila y usaba la magnesera, que encima no cerraba bien, pensaba en él y me cabreaba. Por otra parte, no quería tirarlas, porque pensaba que las pobres no tenían la culpa de que las cosas no hubieran salido bien entre nosotros.
Verídico.
Por otra parte, te creas o no lo del alma, los humanos necesitamos este tipo de ritos, personalizaciones y excusas. Lo que Marie te está diciendo cuando te anima a que des las gracias a esos zapatos que te hacen daño por producirte emoción cuando las compraste, y luego los tires, es: sé que te sientes culpable por haber gastado dinero, pero fue un dinero bien empleado y, en cualquier caso, ya no tiene remedio, así que tira esos zapatos y sigue con tu vida.
Además, Marie dice que el criterio para elegir si te quedas o no con algo no debe ser si lo usas o si está en buen estado. Debe ser: ¿me hace feliz? En inglés la expresión es "does it spark joy?", que tiene que ver con producir alegría. No sé qué matices tendrá en japonés. Pero el mensaje está claro: cuando vives rodeado de objetos y ropa que no te producen alegría, los mantienes contigo por otras razones: por miedo, por apego al pasado, porque sientes la obligación con la persona que te los regaló. Según Marie, esto se traduce a la forma en que te relacionas con la gente y con la vida. El libro se llama "La Magia del Orden" porque, según ella, ordenar tus objetos es hacer magia. Es el primer paso para ordenar tu vida.
Me leí el libro en dos horas. Estaba tan emocionada que no me podía dormir. Por fin entendía lo que había ido mal toda mi vida en mi relación con los objetos, y también entendía por qué llevo tanto tiempo sintiendo que tengo que poner en orden mi realidad física para poder sentirme bien en mi realidad mental.
Mañana os cuento cómo me está yendo el método Konmari. Ayer empecé con la primera fase (ropa) y hoy estoy con la segunda (libros). Incluiré fotos del antes y el después... si me apetece, que ya he dicho que estoy en una fase de blogging rebelde-vago.
Gracias a todos los que me teníais en vuestros misteriosos sistemas de feed :) Es muy reconfortante sentirse en casa de nuevo.
Besitos y abrazos!
domingo, 19 de julio de 2015
sábado, 18 de julio de 2015
Vale, una pequeña introducción
Yo escribía aqui y eso me hacía feliz. Después decidí tomarme lo de escribir más en serio y abrí este blog. ¿A que es bonito? Me encantan el dibujo de la cabecera, la tipografía y el diseño. Conseguí tener unos 700 suscriptores en medio año; no es muchísimo, pero no está mal. Pero escribir ahí no me hacía nada feliz. De hecho, era lo más parecido a dejar que me arrancasen muelas sin anestesia.
También mandaba una newsletter todos los lunes. Escribir las newsletter en sí me gustaba. Pero es que escribir una newsletter no es solo escribirla: tienes que configurarla, maquetarla, buscar una imagen y enviarla.
[Párrafo que te puedes saltar si no envías newsletter ni tienes blogs]
Encima, yo uso dos servicios distintos de correo porque mando demasiadas newsletters como para usar Mailchimp. Mailchimp es carísimo si te pasas de 2000 suscriptores, y yo tengo varios blogs. Así que utilizo Mailchimp para maquetar las newsletter y se las envío ahí a parte de mi lista, y el resto lo hago con Sendy. Sendy es una locura de barato, porque utiliza los servicios de envío web de Amazon; pago menos de dos euros al mes por enviar literalmente miles de correos. Pero también es un poco coñazo para según qué cosas.
[Fin del párrafo que te puedes saltar]
Total, que enviar newsletters también era como que me hicieran una endodoncia sin anestesia. Me estaban amargando los lunes, que suele ser mi día favorito de la semana.
Finalmente, hace ahora un mes decidí parar. Parar del todo: de escribir posts y de enviar newsletters. De pensar en el blog y de ponérmelo como tarea pendiente.
Fue un alivio.
Descubrí varias cosas:
- Que puedes tener una vida sin tener un blog personal. Sé que esto parece obvio, pero llevaba blogueando más de diez años casi sin parar. Estoy acostumbrada a contarme a mí misma en Internet.
- Que, de repente, me apetecía hacer otras cosas con mi vida literaria, como escribir mi novela y leer best-sellers chungos.
- Que MarinaDiaz.Net, por alguna razón, no me estaba funcionando.
Soy muy analítica y me gusta hacer listas como la de arriba, pero aun así me propuse no hacer ninguna lista sobre por qué no me estaba funcionando MarinaDiaz.Net. Simplemente, no quería pensar más en ese blog durante un tiempo.
Aun así, mi cerebro estaba inconscientemente elaborando su propia lista. Y hace un par de semanas decidí que quería volver a escribir un blog personal, y que mi necesidad de comunicarme de esta forma era mayor que mis neuras. Ahí fue donde saqué mi lista inconsciente de por qué MarinaDiaz.Net no me está funcionando.
Era esta:
- Porque no tengo un rato en el que incorporar el hábito de escribir. Cuando no tenía pareja, y vivía sola escribía por la noche, después de cenar. Era fantástico y me hacía irme a la cama con una sensación buenísima. Después se me juntó compartir piso con conocer a Pablo e irme a vivir con él. A mí, en realidad, me gustaría poder llevar dos vidas paralelas: en una de ellas vivo sola, y en otra con Pablo. Porque vivir con Pablo me encanta, es divertidísimo, es un poco como estar todo el rato de campamento de verano. Pero vivir sola también me encantaba. Me fascinaba la sensación de poder cerrar la puerta de mi casa y que no entrara nadie si yo no lo decidía así.
Ahora, después de cenar estoy con Pablo. Nos tiramos a leer en el sofá o vemos alguna peli. Y no me apetece cambiar eso para ir a encerrarme sola en mi habitación.
- Porque ese blog me intimida. ¡Tiene mi nombre y apellidos escritos en letras enormes! Y cada vez que escribo un post lo comparto en Twitter, y en Facebook, y en todas partes. ¿Qué puedo escribir ahí que sea realmente sincero?
- Porque ese blog no está hecho para ser un blog personal. Está hecho para ser un blog publicitario. La idea de profesionalizar un poco el blog y ponerlo bonito tenía que ver, entre otras cosas, con que en algún momento publicaré la novela que estoy escribiendo y quería tener lo que hoy en día se llama "una plataforma de autor". De ahí mi nombre, foto, etc. Así que llegó un punto en que sentía la obligación de mantener "la silla caliente" en el blog para cuando termine la novela.
[Nota: la novela es real, ya voy por el tercer borrador y llevo escritas 110000 palabras de ella. Avanza despacio, pero avanza]
- Porque me paso todo el puñetero día escribiendo. Ahora mismo mi trabajo consiste en escribir mails en una web de terapia por email. Además, escribo el blog de esa web, mi otro blog sobre psicología y la novela, a un ritmo de un capítulo por lustro, más o menos.
- Porque me resultaba agotador escribir con la idea de atraer lectores, poner los posts bonitos, buscar imágenes con Creative Commons License, incluir enlaces, etc. Tardaba un montón.
Así que se me han ocurrido algunas ideas para superar mi bloqueo creativo.
A saber:
- Escribir por las mañanas. Las mañanas son el rato del día en el que estoy sola, porque Pablo se acuesta y se levanta un par de horas más tarde que yo. Antes me resistía porque pensaba "tengo que empezar a currar YA". Pero bueno, me apetece. Será el equivalente a hacer yoga matutino y empezar el día con buen pie.
- Escribir aquí. Este blog no me intimida. Está en un rinconcito de la blogosfera y ni siquiera tiene su propio dominio (aunque massobreloslunes.com es mío).
- No publicar nada en redes sociales. De hecho, puede ser que borre mis cuentas. O quizá no; aún no lo tengo claro.
- Publicar sin imágenes ni historias raras. Escribir y punto. Los libros no tienen imágenes y la gente bien que se los lee. Pondré imágenes cuando me apetezca, pero no siempre, para así tardar menos en publicar y hacerlo más a menudo.
- Escribir aquí porque sí, y no para hacerle publicidad a la novela. Enlazaré la lista de correo porque sé que hay gente que quiere que les avise cuando la publique, pero no estaré todo el rato dando por saco con la lista de las narices.
- Escribir lo que a mí me apetezca y que lo lea quien quiera.
Así que mis brillantes ideas, salvo escribir por las mañanas son exactamente lo mismo que estaba haciendo hace tres años con éxito total :)
En fin, si has llegado hasta aquí es que me aprecias de verdad. ¡Gracias! Ahora mismo no voy a decir en ningún lado que estoy escribiendo aquí, por si me harto de nuevo en unos días. Quizá has llegado hasta aquí porque me tienes en alguno de esos sistemas misteriosos de feed que nunca llegué a dominar. En cualquier caso, mantén tus expectativas bajas :D
Abracitos y welcome back.
También mandaba una newsletter todos los lunes. Escribir las newsletter en sí me gustaba. Pero es que escribir una newsletter no es solo escribirla: tienes que configurarla, maquetarla, buscar una imagen y enviarla.
[Párrafo que te puedes saltar si no envías newsletter ni tienes blogs]
Encima, yo uso dos servicios distintos de correo porque mando demasiadas newsletters como para usar Mailchimp. Mailchimp es carísimo si te pasas de 2000 suscriptores, y yo tengo varios blogs. Así que utilizo Mailchimp para maquetar las newsletter y se las envío ahí a parte de mi lista, y el resto lo hago con Sendy. Sendy es una locura de barato, porque utiliza los servicios de envío web de Amazon; pago menos de dos euros al mes por enviar literalmente miles de correos. Pero también es un poco coñazo para según qué cosas.
[Fin del párrafo que te puedes saltar]
Total, que enviar newsletters también era como que me hicieran una endodoncia sin anestesia. Me estaban amargando los lunes, que suele ser mi día favorito de la semana.
Finalmente, hace ahora un mes decidí parar. Parar del todo: de escribir posts y de enviar newsletters. De pensar en el blog y de ponérmelo como tarea pendiente.
Fue un alivio.
Descubrí varias cosas:
- Que puedes tener una vida sin tener un blog personal. Sé que esto parece obvio, pero llevaba blogueando más de diez años casi sin parar. Estoy acostumbrada a contarme a mí misma en Internet.
- Que, de repente, me apetecía hacer otras cosas con mi vida literaria, como escribir mi novela y leer best-sellers chungos.
- Que MarinaDiaz.Net, por alguna razón, no me estaba funcionando.
Soy muy analítica y me gusta hacer listas como la de arriba, pero aun así me propuse no hacer ninguna lista sobre por qué no me estaba funcionando MarinaDiaz.Net. Simplemente, no quería pensar más en ese blog durante un tiempo.
Aun así, mi cerebro estaba inconscientemente elaborando su propia lista. Y hace un par de semanas decidí que quería volver a escribir un blog personal, y que mi necesidad de comunicarme de esta forma era mayor que mis neuras. Ahí fue donde saqué mi lista inconsciente de por qué MarinaDiaz.Net no me está funcionando.
Era esta:
- Porque no tengo un rato en el que incorporar el hábito de escribir. Cuando no tenía pareja, y vivía sola escribía por la noche, después de cenar. Era fantástico y me hacía irme a la cama con una sensación buenísima. Después se me juntó compartir piso con conocer a Pablo e irme a vivir con él. A mí, en realidad, me gustaría poder llevar dos vidas paralelas: en una de ellas vivo sola, y en otra con Pablo. Porque vivir con Pablo me encanta, es divertidísimo, es un poco como estar todo el rato de campamento de verano. Pero vivir sola también me encantaba. Me fascinaba la sensación de poder cerrar la puerta de mi casa y que no entrara nadie si yo no lo decidía así.
Ahora, después de cenar estoy con Pablo. Nos tiramos a leer en el sofá o vemos alguna peli. Y no me apetece cambiar eso para ir a encerrarme sola en mi habitación.
- Porque ese blog me intimida. ¡Tiene mi nombre y apellidos escritos en letras enormes! Y cada vez que escribo un post lo comparto en Twitter, y en Facebook, y en todas partes. ¿Qué puedo escribir ahí que sea realmente sincero?
- Porque ese blog no está hecho para ser un blog personal. Está hecho para ser un blog publicitario. La idea de profesionalizar un poco el blog y ponerlo bonito tenía que ver, entre otras cosas, con que en algún momento publicaré la novela que estoy escribiendo y quería tener lo que hoy en día se llama "una plataforma de autor". De ahí mi nombre, foto, etc. Así que llegó un punto en que sentía la obligación de mantener "la silla caliente" en el blog para cuando termine la novela.
[Nota: la novela es real, ya voy por el tercer borrador y llevo escritas 110000 palabras de ella. Avanza despacio, pero avanza]
- Porque me paso todo el puñetero día escribiendo. Ahora mismo mi trabajo consiste en escribir mails en una web de terapia por email. Además, escribo el blog de esa web, mi otro blog sobre psicología y la novela, a un ritmo de un capítulo por lustro, más o menos.
- Porque me resultaba agotador escribir con la idea de atraer lectores, poner los posts bonitos, buscar imágenes con Creative Commons License, incluir enlaces, etc. Tardaba un montón.
Así que se me han ocurrido algunas ideas para superar mi bloqueo creativo.
A saber:
- Escribir por las mañanas. Las mañanas son el rato del día en el que estoy sola, porque Pablo se acuesta y se levanta un par de horas más tarde que yo. Antes me resistía porque pensaba "tengo que empezar a currar YA". Pero bueno, me apetece. Será el equivalente a hacer yoga matutino y empezar el día con buen pie.
- Escribir aquí. Este blog no me intimida. Está en un rinconcito de la blogosfera y ni siquiera tiene su propio dominio (aunque massobreloslunes.com es mío).
- No publicar nada en redes sociales. De hecho, puede ser que borre mis cuentas. O quizá no; aún no lo tengo claro.
- Publicar sin imágenes ni historias raras. Escribir y punto. Los libros no tienen imágenes y la gente bien que se los lee. Pondré imágenes cuando me apetezca, pero no siempre, para así tardar menos en publicar y hacerlo más a menudo.
- Escribir aquí porque sí, y no para hacerle publicidad a la novela. Enlazaré la lista de correo porque sé que hay gente que quiere que les avise cuando la publique, pero no estaré todo el rato dando por saco con la lista de las narices.
- Escribir lo que a mí me apetezca y que lo lea quien quiera.
Así que mis brillantes ideas, salvo escribir por las mañanas son exactamente lo mismo que estaba haciendo hace tres años con éxito total :)
En fin, si has llegado hasta aquí es que me aprecias de verdad. ¡Gracias! Ahora mismo no voy a decir en ningún lado que estoy escribiendo aquí, por si me harto de nuevo en unos días. Quizá has llegado hasta aquí porque me tienes en alguno de esos sistemas misteriosos de feed que nunca llegué a dominar. En cualquier caso, mantén tus expectativas bajas :D
Abracitos y welcome back.
sábado, 29 de noviembre de 2014
viernes, 10 de octubre de 2014
Escribe mejor, bitch
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(Y sí, por eso nos mola tanto actualizar el estado de Facebook)
Hoy me ha entrevistado Victoria, de Masviva.net, y la experiencia ha sido tan satisfactoria como me esperaba, si no más. ¡Casi una hora hablando de mí, de lo estupenda que soy y del éxito de mi blog! Que es un éxito discreto, sí, pero profundo. Mi volumen de lectores es modesto, pero son tan amorosos que abultan el triple.
Ya os avisaré cuando Victoria, que es un encanto, publique la entrevista en su blog. Mientras tanto, espero que no le importe que divague un poco sobre lo que hemos hablado hoy. Me ha preguntado qué aconsejaría a la gente que quiere escribir. Tengo un post larguísimo sobre el tema aquí, pero mi opinión se resume en:
Escribe mejor, bitch.
¿Qué es escribir mejor?
Es escribir, para empezar. No seas uno de esos escritores que habla de escribir todo el rato y después no escribe. No pienses que deberías estar escribiendo: agárrate de tu propia coleta y siéntate a escribir. Escaquéate, pero vuelve siempre. Sé constante en tu inconstancia.
Es leer mucho, leer un montón. Leer a los escritores y blogueros que te gustan y averiguar por qué te gustan. Son claros y directos, ¿cómo lo consiguen? Son personales y te hacen reír, ¿dónde está el secreto? No es magia. Es técnica, trabajo y un soplo de talento. Siempre es mejor copiar algo bueno que innovar con basura.
Es revisar, revisar, revisar. Le decía a Victoria que si saber vestir es pasarse una hora pensando en qué vas a ponerte, y que luego parezca que te has puesto lo primero que has pillado, saber escribir es pasarte tres horas revisando tu texto y que parezca que te sale natural. No sale natural. NO. Escribe un borrador, olvídate del crítico y deja volar a tu imaginación... pero cuando llegue el momento de publicar, trae de vuelta al crítico y no tengas piedad.
Es, al mismo tiempo, ser bueno contigo mismo. Porque si te pasas con el crítico y te puede el perfeccionismo, nunca aprenderás de tus errores. "Lo mejor es enemigo de lo bueno", dice mi padre, y he ahí el problema de querer ser perfecto: que paralizarte no te ayuda a escribir mejor.
Es no tener miedo. Hacer caso a Hemingway cuando decía: "Write hard and clear about what hurts". Es identificar todos los "yo creo que", "en mi humilde opinión" o "bajo mi punto de vista" y tacharlos de un plumazo. Es convertir lo tibio en caliente o en frío.
Es que no te dé pereza buscar en la RAE, o leerte tres páginas de debate en un foro sobre gramática antes de decidir si quieres empezar tus frases con conjunciones. Es documentarse cuando toca. Es imaginar cuando toca.
Es ser tu mismo, sabiendo que, en realidad, tú no le interesas a nadie. Cuando un lector invierte en ti su tiempo, se pregunta "¿y qué saco yo de esto? ¿Qué tiene que ver lo que escribes tú conmigo?". Así que sé tú mismo si eso significa ser un humano empático, observador y entretenido. Si ser tú mismo quiere decir masticar tus neuras y hacer fotos con filtro a tu desayuno, entonces, por favor: ahórratelo.
Es no buscar excusas, y ser consciente de que aunque hay mucha gente escribiendo regular, hay poca gente escribiendo bien, y en en el extremo de la campana de Gauss todavía queda mucho sitio. Es escribir para la gente, no para Google. Es darlo todo cada día por hacerlo algo mejor, sabiendo que no es cuestión de suerte que te encuentren: es cuestión de practicar en la dirección correcta y tener un poquito de paciencia.
¿Quieres que te presten atención? Conviértete en alguien digno de ser atendido. ¿Quieres que te lean? Pues escribe mejor, bitch.
lunes, 6 de octubre de 2014
Ya no tengo miedo de algunas cosas
En esta vida puedes hacer las cosas por dos razones: por deseo y por miedo. Y curiosamente Psicosupervivencia, mi estupendo blog sobre psicología y autoayuda, era un blog basado en el miedo. Miedo a que no me fuera bien como escritora, a que nadie quisiera contratarme, a terminar debajo de un puente. Era una especie de "seguro": una plataforma profesional para ganarme la vida como se supone que debo hacerlo.
Como algunos ya sabréis, hace unos cuantos días anuncié el cierre temporal de la página. Es un cierre simbólico, porque se queda ahí para quien quiera leerse los artículos, pero viene a decir básicamente que por un tiempo voy a pasar de la psicología y a ser ser solo escritora y escaladora. No está mal.
Hace un rato hemos salido Pablo y yo a pasear. Ayer fuimos a escalar, y apretamos nivel no poder abrir tarros hoy, así que me he tomado el día de descanso. Cuando no escalo, Pablo me saca por las tardes de paseo como a las maris que tienen alto el colesterol. Paseamos por la carretera, que es algo como muy de pueblo. Al principio, caminábamos por el arcen de la calzada principal, por la que apenas pasan coches. ¿Sabes cuando vas con el coche por la montaña, y de repente ves a un señor o señora caminando, y te preguntas "a dónde irá este"? Yo ahora lo sé: el señor es de pueblo y la carretera es su calle. Pero ahora cruzamos el puente que hay frente a casa hasta otra carreterita pequeña, que cruza entre olivos junto al río y por la que sí que no pasa nunca nadie. Mientras paseamos, comemos moras silvestres, señalamos las nubes bonitas y nos desviamos cuando vemos algo interesante. Si llueve, jugamos a sacudir las gotas de lluvia que se han quedado suspendidas en las flores.
"Nuestra vida es como una droga de diseño", me decía Pablo hoy. Él no tiene angustias ni neurosis respecto a vivir aquí. En mis días malos, yo le pregunto si acabaremos solos y aislados, porque no vamos a tener hijos, la gente con hijos no querrá ser amiga nuestra y si seguimos mudándonos cada dos por tres, todos nos olvidarán. Él no se preocupa por eso y tampoco por acabar debajo de un puente. Se limita a vivir como un mercenario de la roca, escalando con quien le ofrece el mejor seguro, a declarar todo el rato que es súper-feliz y a repetir las tres palabras que sabe en catalán (perro, ensalada y agua).
Hoy, mientras olfateaba el aire de otoño y escuchaba el río, yo tampoco tenía preocupaciones. Todo va a salir bien. Esta mañana he escrito 4698 palabras de mi novela, y cuando releía antes de comer me he echado a reír un par de veces. Con mi propia novela. Con gente que solo existe en mi cabeza. ¿No es eso genial? Escribir esta novela no nace del miedo: nace del deseo, en el mejor sentido de la palabra. Y ya he dicho muchas veces que no va a ser una obra maestra de la literatura, porque es demasiado banal y desvergonzadamente romántica, pero me chupa un pie. Si vosotros también os reís leyéndola, me daré a mí misma un high five virtual y estaré más que preparada para irme debajo del puente. Total, lo tengo enfrente de mi casa.
Gracias por la parte que os toca. Me siento cuidada y querida por vosotros, mis lectores. Muchos de los suscriptores de Psicosupervivencia se han unido también a esta lista de correo: son amor. Os saludo y os doy la bienvenida. Este blog ha sido (casi) siempre fruto del deseo, así que quizá la experiencia de lectura sea diferente.
Ahora todos mis planes, mis proyectos y mis ideas se resumen en una frase: voy a escribir libros y a venderlos. Además, no pienso preocuparme por la parte dos hasta que no haya terminado la uno. Y entretanto, me pienso poner inhumana de fuerte con ayuda de un plan de entrenamiento que hemos elaborado Pablo y yo.
Así que ya sabéis. Que tiemblen las estanterías virtuales de Amazon. Y los tarros de conservas.
Como algunos ya sabréis, hace unos cuantos días anuncié el cierre temporal de la página. Es un cierre simbólico, porque se queda ahí para quien quiera leerse los artículos, pero viene a decir básicamente que por un tiempo voy a pasar de la psicología y a ser ser solo escritora y escaladora. No está mal.
Hace un rato hemos salido Pablo y yo a pasear. Ayer fuimos a escalar, y apretamos nivel no poder abrir tarros hoy, así que me he tomado el día de descanso. Cuando no escalo, Pablo me saca por las tardes de paseo como a las maris que tienen alto el colesterol. Paseamos por la carretera, que es algo como muy de pueblo. Al principio, caminábamos por el arcen de la calzada principal, por la que apenas pasan coches. ¿Sabes cuando vas con el coche por la montaña, y de repente ves a un señor o señora caminando, y te preguntas "a dónde irá este"? Yo ahora lo sé: el señor es de pueblo y la carretera es su calle. Pero ahora cruzamos el puente que hay frente a casa hasta otra carreterita pequeña, que cruza entre olivos junto al río y por la que sí que no pasa nunca nadie. Mientras paseamos, comemos moras silvestres, señalamos las nubes bonitas y nos desviamos cuando vemos algo interesante. Si llueve, jugamos a sacudir las gotas de lluvia que se han quedado suspendidas en las flores.
"Nuestra vida es como una droga de diseño", me decía Pablo hoy. Él no tiene angustias ni neurosis respecto a vivir aquí. En mis días malos, yo le pregunto si acabaremos solos y aislados, porque no vamos a tener hijos, la gente con hijos no querrá ser amiga nuestra y si seguimos mudándonos cada dos por tres, todos nos olvidarán. Él no se preocupa por eso y tampoco por acabar debajo de un puente. Se limita a vivir como un mercenario de la roca, escalando con quien le ofrece el mejor seguro, a declarar todo el rato que es súper-feliz y a repetir las tres palabras que sabe en catalán (perro, ensalada y agua).
Hoy, mientras olfateaba el aire de otoño y escuchaba el río, yo tampoco tenía preocupaciones. Todo va a salir bien. Esta mañana he escrito 4698 palabras de mi novela, y cuando releía antes de comer me he echado a reír un par de veces. Con mi propia novela. Con gente que solo existe en mi cabeza. ¿No es eso genial? Escribir esta novela no nace del miedo: nace del deseo, en el mejor sentido de la palabra. Y ya he dicho muchas veces que no va a ser una obra maestra de la literatura, porque es demasiado banal y desvergonzadamente romántica, pero me chupa un pie. Si vosotros también os reís leyéndola, me daré a mí misma un high five virtual y estaré más que preparada para irme debajo del puente. Total, lo tengo enfrente de mi casa.
Gracias por la parte que os toca. Me siento cuidada y querida por vosotros, mis lectores. Muchos de los suscriptores de Psicosupervivencia se han unido también a esta lista de correo: son amor. Os saludo y os doy la bienvenida. Este blog ha sido (casi) siempre fruto del deseo, así que quizá la experiencia de lectura sea diferente.
Ahora todos mis planes, mis proyectos y mis ideas se resumen en una frase: voy a escribir libros y a venderlos. Además, no pienso preocuparme por la parte dos hasta que no haya terminado la uno. Y entretanto, me pienso poner inhumana de fuerte con ayuda de un plan de entrenamiento que hemos elaborado Pablo y yo.
Así que ya sabéis. Que tiemblen las estanterías virtuales de Amazon. Y los tarros de conservas.
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| Este no es nuestro paseo nocturno. Es la bajada a Espadelles, uno de nuestros sectores favoritos. |
viernes, 3 de octubre de 2014
Por qué me ha encantado "Open" (las memorias de Agassi)
¿Por qué alguien como yo, que ha visto tres partidos de tenis en su vida, que dio clases durante un mes con resultados nefastos y que puede nombrar como mucho a una docena de tenistas, se interesaría por la biografía de Agassi?
Está claro: por culpa de Internet. Porque leí aquí que era una lectura recomendable para todos los públicos, así que me descargué el fragmento de prueba de Amazon, y cuando llegué al final, ya estaba vendida.
"Open" es una muestra clara del poder de ofrecer intimidad. Después de un verano mediocre en lo que a lecturas se refiere, Agassi (y su colaborador, el Pulitzer Moehringer) me han tenido pegada al Kindle durante tres días seguidos. Todo por el oscuro encanto de mirar dentro de las tripas de alguien.
Me cae bien Andre, o la imagen de Andre que da el libro. Me da la impresión de que pertenece al club de los imperfectos: a las albahacas existenciales. Es de los que no llega a las cosas por el camino recto, y eso me gusta. Me recuerda a mí misma, que siento que voy por la vida como si esquiara: quizá vaya en la dirección correcta, pero me desvío hacia los lados constantemente.
El estilo es directo, sencillo, pulido. Consigue resumir partidos y más partidos, temporadas enteras de tenis, en unos cuantos párrafos que no aburren. Cuando describe un partido más despacio, lo hace dándole el peso de una épica batalla de gladiadores.
Lo que más me gusta de la buena escritura es su capacidad para convertir algo que te importa un carajo (el tenis) en una emoción universal con la que se puede identificar cualquiera. No importa que yo en mi vida haya jugado un partido profesional, me haya codeado con estrellas de Hollywood o haya oído a miles de personas corear mi nombre. Agassi habla de amor, de pérdida, de victorias y derrotas. Convierte una afición friki en un lenguaje universal. Consigue importarte y que quieras que todo le vaya bien. Cuando Pablo, que jugó mucho al tenis en su adolescencia, me contó que su favorito era Sampras, le dije: "¿Sampras? ¿En serio? ¡Pero si es el malo!"
Gracias, Agassi, por compartir tu verdad con tanta crudeza. Me has hecho sentir que vamos todos en el mismo barco, y que como leí una vez en un libro sobre meditación, la vida es una sucesión de sensaciones agrables, desagradables y neutras para todos: para ti, para mí, para Brad Pitt y para Obama. ¿Sabes qué pienso, de hecho? Que lo más importante ha sido que sacaras el coraje de escribirlo todo. Porque ahora tu vida no es solo ese conjunto de sensaciones. Ahora es una historia. Las historias son tristes, alegres o estremecedoras, pero sobre todo son buenas o malas. Y la tuya es buena.
martes, 30 de septiembre de 2014
No toméis pastillas para el mareo
He de dejar de leer autoayuda anglosajona, sobre todo ahora que me he retirado (temporalmente) de la psicología. ¿Por qué? Pues porque esa pandilla de chungos millonarios que viven de sus ingresos pasivos te cuentan su vida como una sucesión de escalones sencillos y blancos hacia el desarrollo personal. Unas iStairs de la felicidad.
Yo me parezco más a la albahaca de mi balcón. Una semana la riego mucho y se pone estupenda. Luego se me olvida y amenaza con morir. Después un día, sin que haya habido ningún cambio en su régimen de regamiento-cuidados, decide mustiarse. Al siguiente se le pasa. Así soy yo.
Cuando empecé mi último reto de autosuperación, a saber: escribir mil palabras al día, estaba contenta. Aguanté las primeras tres semanas sin problema. Había cogido carrerilla con mi novela, y normalmente apretaba el botoncito de la app que he usado para llevar la cuenta a eso de las nueve de la mañana. Estaba contenta, orgullosa. "Así que he formado un hábito", me decía. Ya no era una albahaca ciclotímica. Me estaba convirtiendo en gurú.
Entonces me fui a Cancún, y decidí que allí también iba a seguir con mi reto. Establecí una rutina: cada noche llegábamos deponernos como cerdos cenar en el bufé, Pablo se tendía con aire insinuante en la cama king size mientras sostenía en la boca una chocolatina del minibar y yo le decía: "Quieto ahí. Tengo que escribir". Me sentaba con el ordenador, divagaba durante un rato y para cuando terminaba, Pablo ya llevaba un rato roncando. Entonces yo me iba a dormir el sueño de los justos, sintiéndome muy satisfecha con mi fuerza de voluntad.
No iba mal hasta que apareció la biodramina. El tercer o cuarto día de nuestro viaje, decidimos hacer una excursión a Isla Mujeres, una isla cercana a Cancún, que incluía hacer snorkel con los corales y un paseo por un pueblito pintoresco. La excursión la haríamos en el Trimarán Lupita: un barco de aspecto dudoso cuya tripulación parecía estar formada por expresidiarios.
Antes de llegar al Trimarán Lupita, mi madre sacó de su bolso una caja de biodraminas: las pastillas para el mareo que me daba cuando era pequeña. Me la envolvía en un chicle Boomer de fresa ácida; a partir de entonces, los chicles Boomer me empezaron a dar mareo.
- ¿Quieres una? - me preguntó.
Reflexioné y recordé que el día anterior me había mareado por balancearme en la hamaca mientras leía.
- Sí, por favor.
Nos montamos en el Trimarán Lupita, donde saqué unas cuantas fotos a Pablo. Se había comprado una gorra y unas gafas de sol, y parecía un famoso al que persiguen los paparazzi. Era inevitable sacarle fotos.
Aguanté sin mareo, bebiendo V8 como una posesa, hasta que llegamos a Isla Mujeres. Snorkeleamos sin estridencias y después atracamos en una calita para turistas, donde podríamos hacernos fotos con un tiburón y comer en un bufé libre.
El tiburón estaba encerrado en una piscina y medio muerto, así que boicoteamos la actividad no haciéndonos fotos con él. En comparación con nuestro hotel y sus cuatro tipos de melón, el bufé libre parecía el rancho de la cárcel de nuestra tripulación, pero comimos algo. Entonces empecé a sentir cierta somnolencia.
- Me caigo de sueño - dije -. ¿Será el jet-lag?
- Eso es la biodramina - dijo mi madre.
- ¿Qué? ¿La biodramina da sueño?
Entonces pasé de tener algo de modorra a estar casi en coma. Sentía el medicamento fluir por mi cerebro. Me sugestiono pronto.
- Necesito tumbarme.
Pablo me llevó a la última hamaca que quedaba libre. Mi madre se sentó en una silla a leer y él se echó en el suelo. Una parte de mi cerebro registró que debía cederle el sitio a mi madre, pero todo me daba igual. Me sentía DROGADA.
Medio segundo después, Pablo me llamó.
- Cariño - dijo -, el barco se va.
- Me da igual. Me quedo aquí a vivir. Dormiré en la tumbona y comeré bufé carcelario.
Me arrastró de nuevo hacia el Trimarán Lupita, donde me tapé la cabeza con mi pareo y me quedé dormida en cubierta.
Mi tarde continuó como sigue:
- Visita a Isla Mujeres = arrastrarme a un bar y tomarme un sorbete de fresa bajo el ventilador.
- Regreso en el Trimarán Lupita = siesta.
- Llegada al hotel = ???
- Cena = ???
Entonces llegó el momento de las mil palabras. No iba a flaquear. Tenía que cumplir mi compromiso, aunque solo fuera por apuntarlo en mi app. Pablo, que estaba hecho polvo de sol y de arrastrarme por ahí, se quedó dormido enseguida, sin hacerme siquiera su numerito sexy. Yo me senté en la cama, coloqué el portátil en mis rodillas y empecé a escribir.
Lo que siguió fue seguramente la sesión de escritura más lamentable de mi vida. Consistía en escribir un párrafo, quedarme dormida, despertarme bruscamente y tener que releer el párrafo para recordar qué narices estaba escribiendo.
Después de luchar durante un rato, conseguí escribir las mil palabras y me fui a dormir. Al día siguiente, revisé el texto y encontré frases como esta:
"Me juraba que no iba a probar la rata de coco. Pero lo sigo probando."
¿Qué es la rata de coco? ¿Algún plato mexicano exótico? ¿Lo habría probado la noche anterior?
Mi error fue corregir sobre la marcha la mayoría de las burradas que escribí. Debería haberlas dejado y convertirme en una Jack Kerouac de las vacaciones de lujo.
Seguí con las mil palabras todos los días, y me mantuve alejada de los barcos y de las sustancias. El día de nuestra vuelta, con el desfase horario y el estrés del avión, me salté un día de mi desafío. Pensé: no pasa nada, ya lo recuperaré mañana.
Y hasta hoy.
Pero bueno, qué le vamos a hacer. Sigo siendo una plantita existencial. Tengo mis días y necesito un cuidado constante. Por otra parte, qué queréis que os diga: tiene mucho más encanto mi albahaca que una estúpida escalera de diseño.
Yo me parezco más a la albahaca de mi balcón. Una semana la riego mucho y se pone estupenda. Luego se me olvida y amenaza con morir. Después un día, sin que haya habido ningún cambio en su régimen de regamiento-cuidados, decide mustiarse. Al siguiente se le pasa. Así soy yo.
Cuando empecé mi último reto de autosuperación, a saber: escribir mil palabras al día, estaba contenta. Aguanté las primeras tres semanas sin problema. Había cogido carrerilla con mi novela, y normalmente apretaba el botoncito de la app que he usado para llevar la cuenta a eso de las nueve de la mañana. Estaba contenta, orgullosa. "Así que he formado un hábito", me decía. Ya no era una albahaca ciclotímica. Me estaba convirtiendo en gurú.
Entonces me fui a Cancún, y decidí que allí también iba a seguir con mi reto. Establecí una rutina: cada noche llegábamos de
No iba mal hasta que apareció la biodramina. El tercer o cuarto día de nuestro viaje, decidimos hacer una excursión a Isla Mujeres, una isla cercana a Cancún, que incluía hacer snorkel con los corales y un paseo por un pueblito pintoresco. La excursión la haríamos en el Trimarán Lupita: un barco de aspecto dudoso cuya tripulación parecía estar formada por expresidiarios.
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| No he encontrado fotos de la tripulación |
Antes de llegar al Trimarán Lupita, mi madre sacó de su bolso una caja de biodraminas: las pastillas para el mareo que me daba cuando era pequeña. Me la envolvía en un chicle Boomer de fresa ácida; a partir de entonces, los chicles Boomer me empezaron a dar mareo.
- ¿Quieres una? - me preguntó.
Reflexioné y recordé que el día anterior me había mareado por balancearme en la hamaca mientras leía.
- Sí, por favor.
Nos montamos en el Trimarán Lupita, donde saqué unas cuantas fotos a Pablo. Se había comprado una gorra y unas gafas de sol, y parecía un famoso al que persiguen los paparazzi. Era inevitable sacarle fotos.
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| Casi me hace pagar por la exclusiva |
Aguanté sin mareo, bebiendo V8 como una posesa, hasta que llegamos a Isla Mujeres. Snorkeleamos sin estridencias y después atracamos en una calita para turistas, donde podríamos hacernos fotos con un tiburón y comer en un bufé libre.
El tiburón estaba encerrado en una piscina y medio muerto, así que boicoteamos la actividad no haciéndonos fotos con él. En comparación con nuestro hotel y sus cuatro tipos de melón, el bufé libre parecía el rancho de la cárcel de nuestra tripulación, pero comimos algo. Entonces empecé a sentir cierta somnolencia.
- Me caigo de sueño - dije -. ¿Será el jet-lag?
- Eso es la biodramina - dijo mi madre.
- ¿Qué? ¿La biodramina da sueño?
Entonces pasé de tener algo de modorra a estar casi en coma. Sentía el medicamento fluir por mi cerebro. Me sugestiono pronto.
- Necesito tumbarme.
Pablo me llevó a la última hamaca que quedaba libre. Mi madre se sentó en una silla a leer y él se echó en el suelo. Una parte de mi cerebro registró que debía cederle el sitio a mi madre, pero todo me daba igual. Me sentía DROGADA.
Medio segundo después, Pablo me llamó.
- Cariño - dijo -, el barco se va.
- Me da igual. Me quedo aquí a vivir. Dormiré en la tumbona y comeré bufé carcelario.
Me arrastró de nuevo hacia el Trimarán Lupita, donde me tapé la cabeza con mi pareo y me quedé dormida en cubierta.
Mi tarde continuó como sigue:
- Visita a Isla Mujeres = arrastrarme a un bar y tomarme un sorbete de fresa bajo el ventilador.
- Regreso en el Trimarán Lupita = siesta.
- Llegada al hotel = ???
- Cena = ???
Entonces llegó el momento de las mil palabras. No iba a flaquear. Tenía que cumplir mi compromiso, aunque solo fuera por apuntarlo en mi app. Pablo, que estaba hecho polvo de sol y de arrastrarme por ahí, se quedó dormido enseguida, sin hacerme siquiera su numerito sexy. Yo me senté en la cama, coloqué el portátil en mis rodillas y empecé a escribir.
Lo que siguió fue seguramente la sesión de escritura más lamentable de mi vida. Consistía en escribir un párrafo, quedarme dormida, despertarme bruscamente y tener que releer el párrafo para recordar qué narices estaba escribiendo.
Después de luchar durante un rato, conseguí escribir las mil palabras y me fui a dormir. Al día siguiente, revisé el texto y encontré frases como esta:
"Me juraba que no iba a probar la rata de coco. Pero lo sigo probando."
¿Qué es la rata de coco? ¿Algún plato mexicano exótico? ¿Lo habría probado la noche anterior?
Mi error fue corregir sobre la marcha la mayoría de las burradas que escribí. Debería haberlas dejado y convertirme en una Jack Kerouac de las vacaciones de lujo.
Seguí con las mil palabras todos los días, y me mantuve alejada de los barcos y de las sustancias. El día de nuestra vuelta, con el desfase horario y el estrés del avión, me salté un día de mi desafío. Pensé: no pasa nada, ya lo recuperaré mañana.
Y hasta hoy.
Pero bueno, qué le vamos a hacer. Sigo siendo una plantita existencial. Tengo mis días y necesito un cuidado constante. Por otra parte, qué queréis que os diga: tiene mucho más encanto mi albahaca que una estúpida escalera de diseño.
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