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martes, 11 de octubre de 2022

Detox digital, II: redes sociales y mail


El primer paso del detox digital es decidir qué vas a usar y cuándo vas a usarlo, así que voy a empezar a hacer una lista de las maneras en las que Internet y mi teléfono están arruinando mi vida, y cómo planeo mitigarlo tanto durante el periodo de desintoxicación, como después.

Instagram

IG y yo vamos por fases. Tengo una cuenta anónima sin publicaciones para seguir a gente que me interesa, y tan pronto borro la aplicación como la reinstalo y me paso todo el día enganchada.


Tengo claro que debe salir de mi vida, así que lo eliminaré por completo en el detox y aspiro a que se quede así.

Facebook

También tengo una cuenta sin apenas información para unirme a grupos: por ejemplo, sobre los lugares a los que viajamos o sobre WorldSchooling.

Apenas lo miro, no tengo la app en el teléfono y ahora mismo mi nivel de adicción es minúsculo. Lo eliminaré en el detox a no ser que no haya otra forma de lograr determinada información o comunicarme con alguien (por ejemplo, con la futura profesora de la guardería de Alana en Tailandia), pero veo factible mantenerlo después.

Twitter

Hace unos meses decidí hacer crecer mi cuenta de Twitter y llegué a 20000 seguidores en muy poco tiempo, pero la pura realidad es que Twitter no me gusta. No lo miro nunca y no me cuesta trabajo no hacerlo.

Aspiro a eliminarlo por completo, tanto durante el detox como después.

Navegar por Internet

Ya hace mucho que no busco información de lo que me interesa en artículos de blog y similar; suelo irme a podcasts o a libros. Lo que me gustaría eliminar es la compulsión de mirar inmediatamente pequeñas dudas, o de abrir el ordenador cuando llego a casa, o de buscar inmediatamente la opinión de otra gente sobre libros o películas antes de formarme la mía.

Durante el detox, iré anotando lo que quiero consultar en una libreta y solo usaré Internet los fines de semana durante una hora cada día, como mucho. Haré excepciones si realmente hay algo que no puedo buscar o gestionar de otra manera (billetes de avión o comprar algo en Amazon).

Correo electrónico

El correo es el mal. Mi cuenta de trabajo está constantemente demandándome tiempo y atención; la personal es como una papelera llena hasta los topes que huele mal y que, aun así, no encuentro el momento de vaciar.

Antes del detox quiero encontrar un rato para borrarme de TODAS las listas de correo que recibo. Aún no sé si haré alguna excepción. Estoy harta de newsletters. Estoy harta de usarlas como sucedáneo de los libros y son las principales culpables de que siempre tenga correos nuevos y, por tanto, siempre esté revisando mi cuenta.

Durante el detox, miraré la cuenta profesional domingo, martes y viernes, y cuando me conecte para mirarla la dejaré a cero. No abriré la cuenta si en ese momento no puedo responder correos. Con la cuenta personal haré lo mismo, pero la miraré solo una vez por semana. 

Desintalaré las aplicaciones de mail del teléfono y voy a intentar con todas mis fuerzas no instalarlas de nuevo, aunque cada vez que intento esto, acabo encontrando una razón por la que tengo que ser capaz de enviar mensajes desde el móvil. 

Después del detox, aspiro a mantener los mismos hábitos. Me parecen sostenibles y sanos.

Kindara

Kindara es una app para registrar el ciclo menstrual que te permite compartirlo con otras mujeres para daros apoyo mutuamente. Es el mal por varias razones: primero, porque alimenta la compulsión de «no tengo nada que hacer, voy a mirar Kindara». Segundo, porque fomenta la obsesividad preconcepcional. Tercero, porque te da la impresión de que todo el mundo tiene problemas para concebir y ochocientos abortos y problemas, pero claro: la que se quedó preñada a la primera y tuvo a su bebé no anda en una app mirando con lupa la consistencia de su moco cervical.

El problema es que la interfaz de la app es mi favorita para registrar el ciclo. Si logro resistir la tentación de abrir la parte de community, todo irá bien, pero no sé si seré capaz.

Durante el detox, probaré a no abrir la parte de comunidad; si no soy capaz de resistirme, desinstalaré la aplicación del teléfono y usaré la del ordenador; si, aun así, sigo enganchada, anotaré mi ciclo a mano. 

Después del detox, me gustaría seguir ignorando la parte de red social y utilizarla solo para registrar mis ciclos.



Mañana sigo: me quedan las apps de mensajería (WhatsApp, Telegram y Signal), el Kindle y los podcasts

No me extraña que ya apenas lea. Maldita tecnología.

lunes, 10 de octubre de 2022

¡No me he ido!

Ayer SE ME OLVIDÓ por completo escribir aquí.

Mediante artimañas solo moderadamente censurables, conseguimos acoplar a la niña en casa de una amiguita y disponer de cinco horas gloriosas para nosotros solos.

¡Cinco horas de domingo por la tarde! No teníamos algo así desde... desde nunca, en realidad. La niña pasa tiempo fuera de casa, en el cole y tal, pero siempre es por la mañana mientras tenemos que trabajar.

¿Qué hicimos? ¿Sexo salvaje? Nah, ahora que estamos en el Limbo Preconcepcional tenemos una cantidad muy respetable de sexo. 

En lugar de eso, nos dimos al lujo decadente de ver una película entera, de principio a fin, con palomitas deluxe que me supieron a gloria.

La elegida fue Parásito: coreana, oscarizada y extraña a más no poder. Pero entre una cosa y otra, ni me acordé del blog.

Hoy es lunes y los lunes ahora se nos complican porque es el único día que la nena no está en la ludoteca-guardería a la que va. Se ha despertado a las seis y media rascándose unas picaduras de mosquito como monedas de euro y de ahí hasta ahora ha sido un no parar.

Aun así, quería dejar claro que no me he ido ni ha empezado el detox digital aún. Sigo aquí.

Mañana hablamos.

sábado, 8 de octubre de 2022

Detox digital, I: yo de esta me ilumino

Ahora que me jubilo, me estoy preguntando cuál es mi siguiente meta en la vida.

Los éxitos terrenales no me interesan demasiado. No porque haya aniquilado a mi ego y ya esté iluminada, sino porque una y otra vez he comprobado que no dan la felicidad.

He conseguido algunas cosas en los últimos años. No muchas, pero sí algunas:

Ninguna de ellas me ha hecho feliz, de una vez y para siempre, aunque me hayan dado satisfacción y placer momentáneo.

Así que no es una cuestión de estar muy iluminada, sino de que pensar que lo que de verdad, de verdad me va a dar felicidad duradera es publicar un best-seller y ver mi cara en Times Square, escalar 8A o dar una charla TED con millones de visitas sería estúpido.

Y yo soy muchas cosas en la vida, pero estúpida no.

Así que voy a acortar camino y a irme directamente a por la paz interior y la ecuanimidad.

En realidad, yo esto a los veintitrés ya lo pensaba. Después de hacer mi primer curso de meditación, estaba tan impactada que andaba por ahí diciendo: en la vida están el propósito exterior y el interior, y a mí el que me interesa es el de dentro.

Lo que pasa es que a los veintitrés era joven e inexperta, y es difícil renunciar a lo que no has probado. ¿Estás de verdad tan segura de que el dinero, el estilo de vida, el maromo de ojos azules o la familia ideal no van a ayudar a que te levantes cada mañana como en un anuncio de leche de soja? 

¿SEGURA?

El mundo terrenal ofrece tantos objetos brillantes y tan variados que es muy fácil despistarse. Crees que es más honorable perseguir una meta de escalada que una de lujo o poder, pero en realidad es exactamente lo mismo.

Me ha hecho falta lesionarme tres veces en tres meses para darme cuenta de que nada externo te puede dar la felicidad por la sencilla razón de que nada externo es tuyo. Tú haces tus planes, convencida de que puedes tener las cosas bajo control, y no es así.

Total: que ahora ya solo quiero ser sabia.

«Solo». 

El primer paso es volver a meditar dos horas al día y ya lo estoy haciendo.

El segundo, básico y fundamental, es recuperar mi cerebro de las procelosas aguas del mundo online.

Es otra meta que tengo desde hace años y años pero que me resultaba difícil cumplir trabajando por Internet. Ahora que estoy jubilada, puedo por fin y sin remordimiento de conciencia apartarme del mundanal ruido e ignorar a todo el mundo.

Así que me estoy leyendo Digital Minimalism, de Cal Newport, y he decidido hacer un detox digital durante noviembre.

¿Por qué noviembre? Porque así lo engancho con el curso de Vipassana al que iré dentro de un par de semanas y maximizo el efecto de los diez días de Noble Silencio y total desconexión.

Voy a usar este blog para planificar el detox, porque no es tan fácil como «nada de tecnología más allá de palomas mensajeras». Analizaré para qué estoy usando ahora mismo Internet, cuáles son las actividades que más me perjudican y qué quiero mantener durante el detox porque o bien no es tan malo, o me hace falta de verdad.

Hale, mañana sigo.

PD: Sobra decir que con detox o sin él, escribiré en este blog. Sería típico y patético volver a Más sobre los lunes y dejarlo un mes después porque te estás desintoxicando de Internet.

viernes, 7 de octubre de 2022

Lo que más echo de menos de Costa Rica





Una cosa buena o, como mínimo, curiosa del nomadismo es descubrir que muchas cosas que siempre has deseado y pensabas que eran imposibles existen, solo que en otro país.

Un ejemplo: la duración perfecta de los días y noches.

Sé que estoy muy sola en esto, pero ODIO los días largos de primavera y verano. La gente quiere tomar cañitas en las terrazas y yo quiero oscuridad para poder relajar mi desquiciado sistema nervioso. 

Desde que tengo una hija, el odio se ha reconcentrado y ahora me lo tomo como algo personal. Sacudo mi puñito contra el cielo mientras exclamo: «¡tengo una hija! ¡Necesito ponerla a dormir! ¿Podrías apagar de una vez el p**o sol?». 

Cuando Alana era pequeña, nos apañábamos. A eso de las siete bajábamos persianas y la nena, que tenía la memoria de Dory la de Nemo, se dormía tan pancha poco después. 

Ahora cualquiera la lleva a la cama.

But it's not dark yet! —exclama, destrozada por la injusticia.

(Desde que estuvimos en Texas, Alana habla en inglés la mayor parte del tiempo)

Por otra parte, como a mí en realidad nada me cuadra, cuando llega el otoño me hacen feliz los atardeceres tempranos, sí, pero detesto las mañanas oscuras y frías porque da perezón levantarse de la cama.

Y cuando crees que eres tú la que está mal hecha... conoces Costa Rica.

Allí a las seis de la mañana es pleno día. Brilla el sol en el cielo como en una mañana de primavera. Está todo el mundo en la calle como una moto listo para comerse el mundo. 

Bueno, para comerse el mundo estilo tico.

La cuestión es que yo salía a esa hora a pasear por mi urbanización y la vida ya estaba en marcha.

Pero luego, por la noche, a una hora decente de persona... el sol decía adiós y se ponía, y mi alta sensibilidad y yo nos sentíamos un poquito mejor.

Por no hablar de que, lujo de los lujos... en Costa Rica no cambian la hora.

No hay dos días al año que te joden la vida durante una semana. No te entra una mala ostia descomunal cuando las tardes ya largas se hacen todavía más largas, o al revés si eres una de esas personas incomprensibles a las que el cambio que no les gusta es el de noviembre.

Así que eso es lo que más anhelo de vivir allí: los cocos frescos diarios, no las largas olas cálidas del Pacífico tropical, sino la sólida estabilidad de mis ritmos circadianos.

Quién sabe. Igual tú también sientes que no estás hecho para el mundo y simplemente no estás hecho para tu país. 

jueves, 6 de octubre de 2022

El Limbo Preconcepcional



Estamos intentando tener un segundo hijo. Es algo que no debería contar porque como que lo gafa y le añade presión, supongo, pero lo cuento porque tengo un plan y es el siguiente:

  1. Intentar tener un hijo durante seis ciclos (ahora mismo vamos por el segundo). 
  2. Si no me he quedado embarazada, valorar mi estado mental. ¿Me he convertido en una loca obsesionada por las tiras de ovulación? ¿Está mi vida detenida en un Limbo Preconcepcional del que necesito salir? ¿O, por el contrario, me encuentro bien, tranquila y contenta de tener una Semana Oficial del Sexo todos los meses y no me importa seguir intentándolo?
  3. Si estoy bien, probar otros seis meses y pasar al punto cinco. 
  4. Si estoy locaza, ir directamente al punto cinco. 
  5. Se acaban los intentos de procreación. Pablo se hace una vasectomía. Seguimos con nuestras vidas.
¿Por qué este abordaje racional y cuasi-clínico de la situación? ¿No sería mejor «dejar que las cosas fluyan, y que sea lo que tenga que ser?

Yo sé que hay gente que fluye. Que tiene sexo y ya está, y de repente un día está embarazada y ni se había dado cuenta de que le tenía que venir la regla.

En mi caso es imposible porque me he tomado la Píldora Roja de la Conciencia Procreadora, que es un término que me acabo de inventar y que significa que sé cuáles son mis días fértiles y cuando me tiene que venir la regla. Esa información no la puedes olvidar. Es literalmente imposible para mí tener sexo y no saber exactamente si ese mes podría o no estar embarazada. 

Si no estoy previniendo de forma activa un embarazo, estoy en el Limbo Preconcepcional, y el Limbo Preconcepcional es lo peor. 

¿En qué consiste?

Fase 1: la regla

La primera semana tienes la regla y eso significa que no estás embarazada, por lo al principio puedes ponerte un poco tristona. 

Pero si eres como yo, te sobrepones y piensas: «¡otro ciclo = otra oportunidad! ¿Qué puedo hacer este mes?». Compras un nuevo suplemento y te pones calcetines para dormir, que la medicina china dice que es bueno para la fertilidad. Cruzas los dedos y esperas.

Fase 2: tus cinco días al mes de vida normal

En este momento, no estás embarazada, no tienes la regla y tampoco eres fértil, así que puedes, más o menos, hacer tu vida. Una parte de ti sigue pensando en cómo aumentar tus posibilidades: tomas más suplementos y comes bien para que tu cuerpo sienta que vives en la abundancia pro-bebés, pero en general estos son los cinco mejores días del mes. 

Fase 3: la maquinación sexual

Tu ovulación se acerca y tú empiezas a calcular cómo os vais a organizar para el sexo. Tenéis una hija y no es tan fácil: habrá que hacerlo por las mañanas, mientras está en la guardería pero, ¿y si cae en fin de semana? Para ti lo ideal es el sexo madrugador matutino, pero tu marido lo odia. El sexo nocturno tiene menos probabilidades de fecundarte. ¿Y llamar a la canguro para que se lleve a la niña al parque? 

Mientras maquinas, empiezas a acechar a tu maromo. «¿Estás preparado?». Él te mira sin tener la más mínima idea de qué estás hablando, hasta que se acuerda: ah, sí, lo del hijo. Suspira, pero al mismo tiempo se alegra porque después de todo, ¡SEXO!

No solo eso: sexo fácil. Sexo en el que puede acercarse a ti sin haberse duchado en tres días, con calzoncillos de abuelo y los calcetines puestos, que tú le saltarás encima como si fuera Maxi Iglesias. 

Fase 4: la Semana Oficial del Sexo

Aquí hay de todo: polvos espectaculares que te hacen pensar que oye, después de todo no está tan mal lo de intentar concebir, y otros en los que lo que quieres es dormir, o leer, o prepararte un sándwich, y te sientes culpable por la poca poesía que le estás poniendo al asunto.

Cuando, por fin, confirmas que has ovulado y que ya no podéis hacer más este mes, se lo dices a tu marido. Secretamente, suspiráis aliviados y volvéis a vuestra lamentable frecuencia sexual de pareja casada que, después de todo, es la mar de cómoda.

Fase 5: La espera

Ahora ya solo te queda esperar. Te haces amiga online de mujeres desconocidas que comparten demasiada información sobre su moco cervical. Miras fijamente tu app de fertilidad esperando que te dé alguna pista. Deseas que el día que os quedasteis fritos en plenos preliminares le hubierais puesto más ganas al asunto, porque SEGURO que ESE era el día en que tu óvulo rodó trompas de falopio abajo en todo su glorioso esplendor.

La espera, al menos, no requiere de ti nada más que... esperar. Y tarde o temprano se acaba. Si estás embarazada, empieza otro catálogo de miseria humana que, al menos, es distinto. Si no lo estás, vuelta a la casilla de salida.

Con Alana tuvimos suerte y el Limbo Preconcepcional fue breve, pero ahora tengo treinta y siete añazos y poca paciencia. Si no me voy a quedar embarazada, prefiero centrar cuando antes mi energía en la iluminación, el Pulitzer y tener hombros como cabezas de bebé. De ahí mi plan pim-pam-pum en cinco pasos y mi despreocupación al compartir esto con vosotros.

Ahora mismo estoy en la fase de espera: a entre tres y seis días de saber si me he quedado o no embarazada. Tengo montones de síntomas aunque es físicamente imposible tener síntomas a estas alturas, así que me he resignado a que mi tendencia a somatizar me confundirá a menudo en este proceso. 

Ya os contaré.


miércoles, 5 de octubre de 2022

La venganza de la mediana edad


No recuerdo pensar mucho en mi edad hasta los doce años.

En ese momento, compré mi primera Super Pop y pensé: «¿soy demasiado joven para comprar la Super Pop?». Creo recordar que escribí una carta a la revista preguntándolo y que nadie me contestó. 

Yo quería ser adolescente. La adolescencia sonaba intensa y emocionante, llena de canciones desgarradas y besos a medianoche. Contaba los días hasta cumplir los trece; después, hasta los quince y, por último, hasta cruzar la ansiada frontera de los dieciocho.

De repente, a los veintitrés, empecé a darme cuenta de que los años se seguían acumulando. Un día entré en Bershka y reflexioné, sorprendida: «esta ropa ya no es para mí». ¿Desde cuándo la Marina que nunca llenaba los sujetadores era demasiado mayor para algo?

El resto de la veintena todavía estaba sólidamente anclada en la época de la inmortalidad. Cumplí treinta y, de la forma menos original posible, entré en crisis y quise tener un hijo. Los años pasaron y empezó a ser «demasiado tarde para». 

Para convertirme en una enfant terrible de la literatura.

Para ser madre joven.

Para tener familia numerosa.

Para aparecer en 20 under 20 o en 30 under 30

Y un día miré una foto de unos años atrás y pensé: ya no soy joven o, más bien: ya no tengo esa juventud. Esa frescura indescriptible, ese brillo que ignoras mientras lo tienes porque te preocupan demasiado los granos, la grasa del pelo o los kilos que crees que te sobran.

Estos últimos años me los he pasado en un duelo desesperado por la juventud perdida.

Solo quería volver a la veintena, recuperar la inmortalidad, disfrutar de la suave vibración de sentir todas las posibilidades abiertas frente a ti.

Y, por fin, a los treinta y siete, algo ha cambiado: de repente, la gente joven ha empezado a aburrirme. Me sorprendo escuchando las conversaciones de los escaladores veinteañeros de la isla:

—¿Qué tal acabaste ayer?

—Uf, ni me acuerdo.

Y pienso: my God, qué aburrimiento más grande.

Paso el rato con mujeres con menos de treinta y, sobre todo, que todavía no tienen hijos, y me dan ganas de agitar con suavidad sus bonitas seseras llenas de ideas clarísimas sobre la vida. Solo ahora puedo intuir lo insoportable que debía de ser yo a esa edad.

A los jóvenes les faltan matices.

Y no es que yo tenga todavía suficientes, pero me sorprendo buscando entrevistas y libros de gente mayor que yo y pensando que ellos sí que saben y que a ver si me enseñan sobre la vida para evitarme los patinazos.

Así que, persona joven, que lo sepas: quizá tú estás mirando hoy a alguien mayor y compadeciéndote de las arrugas, las canas y las lorzas, y esa misma persona te mira a ti y piensa que no eres lo bastante interesante.

Es la venganza de la mediana edad y aunque pueda parecer una tabla desesperada a la que agarrarse mientras el brillo de tu piel desaparece para siempre, te aseguro que no se está mal aquí. 

PD: Soy consciente de que leeré esto dentro de diez años y pensaré que la Marina de treinta y siete era joven y estúpida.

A grandes males


Hace cinco meses dije que iba a volver y, obviamente, no volví.

Es ridículo y vergonzoso tanto para mi faceta de escritora, como para la de psicóloga. Si fuera una escritora comprometida, mi pasión desbordante por el oficio me traería aquí cada día, pero si al menos fuera tan solo una buena psicóloga, podría convencerme a mí misma para hacerlo aunque no me apeteciera.

Sin embargo, ¡las cosas han cambiado, lectores! ¡Hay futuro para Más sobre los lunes!

En un alarde de a grandes males, grandes remedios, he dejado mi trabajo. BUM. He cerrado mi empresa (estoy en ello, más bien) y voy a dedicarme un tiempo a mis labores. No lo he hecho para escribir aquí, o al menos no en apariencia pero, ¿y si en realidad sí? ¿Y si todas mis justificaciones no son más que una elaborada fachada que oculta el deseo ardiente de retomar este blog?

En mayo de 2023 hará diez años que conocí a Pablo, y todos sabemos que eso tuvo la culpa de que yo dejara de escribir aquí. Lo dice Elizabeth Gilbert en su entrevista con Tim Ferriss: la gente abandona la escritura cuando descubre que otras cosas pueden cumplir la misma función. Master Card, Muffin, Merlot, Men. En mi caso, fue un hombre, y ni siquiera el hecho innegable de que es un hombre bueno me absuelve de la vergüenza de haber abandonado la escritura.

Así que he dejado el trabajo y, esta vez sí, voy a volver. Hoy he iniciado una nueva rutina: todas las mañanas, después de levantarme, vendré a Sofrano, una cafetería para escaladores de la isla griega en la que vivo, y escribiré aquí. Será lo primero que haga y no fallaré salvo por causas de fuerza mayor.

(Ejemplo de causa de fuerza mayor: en un par de semanas me voy a un curso de meditación donde no podré hablar, ni usar el teléfono, ni hacer otra cosa que no sea poner mi culo en el cojín y perseguir el Nirvana)

Hoy es mi primer día de mi nueva rutina. Me acabo de zampar un desayuno con: rúcula, huevos duros, queso griego, pan, mantequilla y miel. A veces me pregunto si no me he ido de España porque los desayunos en el extranjero son mejores. 

Para inaugurar esta nueva rutina y demostrarme a mí misma que yo puedo, voy a escribir no uno, sino DOS posts. 

A por el segundo.