massobreloslunes

viernes, 30 de julio de 2010

El mal capilar

Los peluqueros/as tienen su mérito. Son los únicos profesionales que consiguen progresar en su profesión haciendo lo que les sale de los cojones/ovarios en lugar de lo que les pide el cliente. Quiero decir, que si yo voy al frutero y le digo "póngame usted medio kilo de tomates y uno de cebollas" y él me dice "pues no, le voy a poner fresas y calabacines" lo normal sería que yo le mandara a la mierda. El peluquero/a hace exactamente lo mismo y no sólo no le mandas a la mierda, sino que le pagas una pasta y finges que te gusta.

¿Por qué? ¿Por qué esa reducción de asertividad en la peluquería? ¿Nos baja la tensión después del lavado de cabeza?Mi opinión personal es que una se da mucha pena a sí misma cuando se ve en el espejo, con esas batas de plástico que al menos a mí me quedan gigantes, el pelo mojado envuelto en una toalla y una chica divina con las mechas recién puestas revoloteando a tu alrededor tijera en mano.

En realidad, mi relación con los peluqueros del mundo estaba atravesando una etapa dulce desde que me enganché al Llongueras de Málaga. Ellas saben lo que se hacen. Mis ideas capilares van directamente desde mi cabeza a... bueno, a mi cabeza, de hecho. El problema es que ahora me he mudado y tengo que jugar de nuevo a la ruleta rusa de la peluquería.

Mi primer intento lo he hecho hoy con el Llongueras de aquí. He ido después de trabajar en plan "ayer cobré y me voy a la pelu, ¿parezco Carrie Bradshaw o qué?". Me han atendido dos chicas jóvenes, monísimas y vestidas de negro. Hasta ahí, bien: muy Llongueras.

Pregunto si me pueden cortar, aunque imagino que sí, porque en la peluquería no hay nadie. Me dejan pasar como quien te hace un favor, repitiendo varias veces que "es rarísimo que un viernes por la tarde no haya nadie, normalmente estamos hasta los topes". Yo voy en plan "amo Llongueras desde hace años, he venido a vosotros porque sé que es garantía de calidad, blablabla". A ver, voy a poner mi pelo en sus manos. Un poco de peloteo no sobra nada.

Una de las peluqueras desaparece misteriosamente. La otra me lava el pelo y está a punto de dejarme tetrapléjica. Imaginad luego una peli sobre mi vida, rollo Ramón Sampedro, y que las tristes escenas del momento en que mi existencia se torció transcurran en el lavacabezas de una peluquería. Triste, triste. Yo pienso que al menos me dará el típico masaje capilar, que es una seña de identidad Llongueras, pero me frota un poco alrededor de las orejas durante unos tres segundos y hala, a tomar viento.

Después, la peluquera me lleva al sillón y me pide que le explique mi idea. Yo llevo una semana componiendo en mi cabeza lo que quiero que me haga en el pelo. Es una idea sencilla que consta de varias subideas también sencillas. A saber:
- Quiero la raya en medio. La raya al lado me hace la cara gorda.
- Quiero que me quites volumen. Tengo calor.
- Quiero el pelo corto por detrás. Como a mitad del cuello. Tengo calor.
- Quiero el pelo un poco (poco) más largo por delante. El pelo muy corto por delante me hace la cara gorda.
- Quiero el flequillo corto. Si no, tarda exactamente dos semanas en metérseme en los ojos.
- Quiero que me desfiles los mechones. No me lo dejes rollo tabla ("¿Texturizado?", pregunta ella. Yo hasta el momento sólo sabía texturizar la soja, pero asiento, relativamente conforme). El pelo rollo tabla me hace la cara gorda.

Resumiendo: un corte fresquito que no me haga la cara gorda. No es difícil, ¿no?

Cuando he conseguido exponerle mi idea, mientras me escuchaba con paciencia como si le estuviera haciendo perder su valioso tiempo creativo, agarra sus tijeras y se pone al lío. Aquí sé que estoy vendida y que no va a volver a preguntarme hasta que termine. De mis maravillosas y precisas instrucciones probablemente ha almacenado una o dos, y el resto va a salir de su prodigiosa mente peluqueril.

Lo que yo os diga: ruleta rusa. Casi puedo oír el sonido del cargador rodando entre mis dedos.

Empieza a cortar. No ha tenido la decencia de ofrecerme ni una mísera revistita de cotilleos, así que agarro mis manos trémulas y las coloco en el regazo, mientras intento no mirarme al espejo para no verme cara de idiota. Es imposible no poner cara de idiota en la peluquería, supongo que a no ser que seas Kate Moss o alguna de ésas.

Primera alarma:
- De atrás te corto un trozo, ¿no?

Esto es bueno, porque pregunta en lugar de seguir en su embolado mental de peluquera, pero es malo, porque no se ha enterado de nada. A ver, corazón. Si el pelo me llega por debajo de los hombros y quiero que me llegue por la nuca, ¿tienes que cortar un trozo? Yo pienso que sí.

Sigue cortando, iguala, despunta, y yo, que ya no sé que hacer con las manos, tengo la terrible sensación de que me está cortando poco. Siempre que me cortan poco pienso que es una terrible treta para hacerme volver en poco tiempo y me encabrono. Pero pienso: no, me cortará más cuando empiece a texturizar.

Segunda alarma:
- ¿El flequillo lo quieres por encima de las cejas?

"Claro, cojones. ¿No te lo he dicho antes?", pienso. Pero soy educada y contesto:
- Sí, por favor.

Pone cara rara y dice:
- Es que aquí dejamos el flequillo a nivel de ceja.

¿Perdona? ¿Aquí? ¿Qué clase de política flequillil fascista es ésa? ¿Todos los flequillos? ¿Es marca de la casa, o qué?
- Ya, pero es que si no me crece enseguida y me molesta.

Se encoge de hombros y me corta el flequillo. Luego sigue recortándome las puntitas de la melena. Yo no la veo texturizar, pero mantengo la esperanza y, por otra parte, a lo mejor no he entendido muy bien el concepto.

Al cabo de cinco minutos, aprox., , me da un espejito y me dice: "hala, ¿te gusta?". Compruebo que, efectivamente, de los conceptos básicos de mi peinado ha pillado dos: más largo por delante y raya en medio. Punto pelota. Estoy a punto de encogerme de hombros e irme a mi casa, pero rebusco en los más profundos almacenes de mi asertividad y consigo decir:
- Házmelo igual, pero tres dedos más corto.

Guau. Estoy tan orgullosa de mí misma. Lo que le cambia a una salir del ceroeurismo.

En cualquier caso, la peluquera del mal empieza a cortar con saña. Y mientras yo estoy ahí, en esa peluquería tan rara, sin más clientes que yo y con una música bajita saliendo de un transistor, pienso: mira que si estoy en un falso Llongueras. Mira que si esto es una tapadera para un negocio sucio.

La PdM termina su trabajo. Me seca destrozándome el cuero cabelludo, pero en eso no se diferencia de cualquiera de las peluqueras de la galaxia. Cuando termina, miro mi pelo. El largo está bien. El volumen está regular. Y, definitivamente, no ha texturizado una mierda.
- Estoy estupenda - digo. Busco mis reservas de asertividad. Están regenerándose después de la demostración hercúlea de hace diez minutos.
- ¿Te texturizo más el flequillo?
- Sí, sí - ésta es mi oportunidad para decir "y, de paso, el resto del pelo, zorra estúpida". Pero, no sé exactamente por qué, la dejo escapar.

Me texturiza el flequillo y me quita la bata, sin darme más oportunidades de expresar mi opinión. Infiero que quiere irse a comer. En la peluquería no ha entrado nadie desde que llegué, y entre eso, la brevedad del masaje capilar y el concepto fascista de flequillo, mi hipótesis de la tapadera cada vez cobra más fuerza.

Sonrío. Me levanto. Pago. La chica me toma los datos por alguna misteriosa razón. Bueno, misteriosa no; supongo que para mandarme publicidad. Yo se los doy mientras pienso en por qué la PdM de la peluquería tapadera sabe ahora cómo me llamo, dónde vivo y mi número de teléfono. Mi asertividad sigue de vacaciones.

Y me voy a mi casa cabreada, pensando en que me sigue pesando el pelo y sigo teniendo calor. Tendré que volver en un mes, y encima tendré que buscar otra peluquería, porque mucho Llongueras mucho lo que sea, pero no siento en mi corazón el brinco de reconocimiento mutuo que tiene lugar cuando encuentras a tu peluquero ideal.

Eso sí: al menos no se me ve la cara gorda.

jueves, 29 de julio de 2010

Vida después de J.

En estos días extraños y alentadores de mi nueva vida en Cádiz me he dado cuenta de que he pasado los últimos cuatro años y medio fluctuando entre dos polaridades: estar con J. o no estar con J. El resto de mi vida transcurría con tranquilidad razonable, pero la duda siempre estaba ahí. ¿Seguir con J.? ¿Cortar con él? ¿Volver con él? Las despedidas estaban llenas de apego y de rabia. Los reencuentros estaban llenos de dudas y miedo. Y en todo eso a mí el vaivén de sentimientos me compensaba. Era mejor tener eso que no tener nada.

Porque luego pasas a no tener nada y te quedas vacía. Te aburres. Sientes que no se trata sólo de que te amen y te digan cosas bonitas al oído. Se trata también de que quieres a alguien a quien amar (o lo que tú crees que es amar), a quien cuidar (o lo que tú crees que es cuidar). Es duro enfrentarse a ese vacío. A no poder poner ningún nombre enlazado al tuyo con una y griega. Al miedo terrible de no importarle a nadie sobre la faz de la tierra.

En mi caso, ahora parece que la tristeza y el miedo, por fin, han desaparecido. De momento. Y es como si estuviera sintiendo fluir hacia mis venas toda la energía que he entregado a mi relación a lo largo de estos años. Mi tiempo, mi creatividad, lo que escribía, lo que decía, lo que pensaba... porque todo fluctuaba entre esos dos polos terribles: estar con J., volver con J. Recuerdo una dedicatoria que le escribí en un cuento mío. "Para J. Porque casi siempre escribo para ti". Y lo peor es que era cierto. Uno siempre escribe para alguien, y yo llevaba ya años escribiendo para él. Incluso aunque no me leyera.

Y quiero a J., de verdad. Porque es bueno, porque hemos pasado mucho juntos y porque algo tendrá el muchacho para haberme llevado por este camino de locura. No me alegra haberme separado de él. Me alegra haberme desembarazado de esa forma de ver la vida tan en blanco y negro y de todo el sufrimiento que llevaba detrás. Lo malo no era él: eran mi apego, mi miedo y mis dudas.

Bueno, y he de reconocer que él también tenía lo suyo.

La putada es que no sé los nuevos errores que me quedan por cometer. Voy viendo con claridad los que he dejado detrás, pero mi capacidad de equivocarme es vasta y diversa. Así que tampoco creo que este momento tan especial que estoy viviendo ahora (no sólo por J., claro, pobrecito, sino en general por todo lo que me está pasando) suponga un cambio definitivo y que a partir de aquí mi historia vaya a escribirse sólo con renglones rectos. Creo que no es tan fácil. Pero también creo que he dado un paso importante.

martes, 27 de julio de 2010

Ligeros Desfases Vitales

Debería...
... escribir más y mejor. Escribir relatos. Empezar una novela.
... meditar más.
... fregar los platos justo después de comer.
... tomar más ensalada y más fruta.
... barrer todos los días.
... estudiar. Algo. Por Dios.
... leer libros sesudos y no sólo de Anagrama.
... comerme primero lo que lleva más tiempo en la nevera.
... desarrollar mi ecuanimidad auditiva con mis vecinos bakalas.
... descubrir mi individualidad como persona y no pensar en tíos en un año.
... superar cosas. Perdonarme. Ya.

Quiero...
... dibujar con lápices de colores.
... que mis novelas se escriban solas.
... una casa autolimpiable o alguien que limpie por mí.
... comer en platos de plástico.
... tener sexo con jovencitos.
... trabajar tres días en semana.
... llegar al Nirvana sin esfuerzo, o al menos en una sola vida.
... comer pasta china, galletas Oreo y macarrones de sobre.
... matar a mis vecinos bakalas.
... que Paul Auster saque más libros.
... superar cosas. Ser perdonada. Ya.

lunes, 26 de julio de 2010

Personajes de Cádiz, I: Vieja Loca

Todas las mañanas cojo el autobús exactamente a las ocho horas y trece minutos, excepto una vez a la semana (aprox.), que me permito esperar al siguiente para ahorrar algunos minutos de infumable desayuno corporativo. Cádiz es en general un caos, pero el autobús pasa con puntualidad inglesa. Y con puntualidad inglesa hace todas las mañanas su aparición en la parada Vieja Loca.

Vieja Loca tiene un aspecto razonablemente normal. Andará allá por los sesenta y pocos y es rechoncha, con el pelo corto, la piel morena y las típicas batitas de verano de las que la vecina comenta "qué batita más mona", y después Vieja Loca contesta: "uy, sí, y es de fresquita... por cuatro euros me la compré en el Piojito*".

Vieja Loca llega todos los días a eso de las ocho y once minutos y se sienta en la parada muy sonriente. Entonces empieza el que intuyo es el momento cúspide de su día. La secuencia transcurre así:

1. Pasa el autobús.
2. Le abre la puerta a Vieja Loca y a los posibles demás viajeros.
3. Vieja Loca saca una voz que parece el cantante de los Estopa, saluda jovialmente al conductor y le grita algo así como: "¡¡¡Borrasho!!! ¡¡¡Yo no me monto contigo que llevas ya tres cervezas en lo alto!!!".
[Variantes: "¿Ya te has tomado tu carajillo?", "¿Cuántas copas llevas ya?", o mi favorita: "¡¡¡Borrashoooo!!! ¡¡¡Que eres un borrashoooo!!!".]
4. El conductor se ríe, también jovialmente, y le pregunta a Vieja Loca si va a subir.
5. Vieja Loca contesta con el mismo tono cazallero: "¡No, voy a esperar a mi hija!".
6. Los dos se ríen, se despiden y el autobús se va.

Yo pensaba que esta escena, de por sí bizarra, sucedía sólo cuando pasaba el dos por delante de Vieja Loca. Inmediatamente después pasa el siete, que es el que cojo yo, y la dejo ahí sentada con la suposición razonable de que pillará el siguiente dos que pase. Sin embargo, el otro día llegué bastante tarde y perdí el autobús de las 8.13 y el de las 8.20. Y cuál no sería mi sorpresa al ver que Vieja Loca seguía allí después de subirme yo al de las 8.30, saludando como una chalada a todos los conductores.

Vieja Loca, en serio, ¿tienes una hija? ¿a qué hora llega? ¿por qué no llegas a esa hora en lugar de quince minutos antes? ¿por qué te dedicas a mancillar jovialmente el honor de los autobuseros gaditanos? ¿no tienes vecinas de la escalera con las que charlar?

Es por gente como Vieja Loca por lo que la vida no deja de sorprenderme. Gracias, Vieja Loca.

*El Piojito, o Piohito, es el mercadillo de Cádiz (N. de la T.).

domingo, 25 de julio de 2010

Mi vida mola diez mil

Hoy estoy particularmente contenta y expansiva. Me suele pasar por las noches. Me levanto por las mañanas hecha una energúmena malhumorada y triste, pero a esta hora soy amor. Tengo la mente clara y el corazón tranquilo, y en mi calle ha dejado de atronar la rumba pachanguera del vecino de enfrente.

Éste ha sido un fin de semana interesante. He visto a Kiko Veneno en concierto, me he quemado los dedos de los pies en la playa, he dibujado mandalas con Erika y he experimentado un momento de gran pasión platónica por un chaval de una edad que no voy ni a decir porque me da vergüenza.

Me he dado cuenta de que no tengo ningún problema. A ver, tengo un par de situaciones que necesitan ser resueltas. Pero están en stand by, esperando a que las circunstancias mejoren. Problemas, lo que se dice problemas, no tengo ninguno. De hecho, si me paro a pensar, y dejando de lado las SNR (Situaciones No Resueltas) mis mayores preocupaciones ahora mismo son las siguientes:

- Me duele la rodilla izquierda y creo que es de correr y de meditar. Me gustaría no dejar de hacer ninguna de las dos cosas, así que estoy ligeramente preocupada.
- He pegado la tapadera del váter al propio váter en sí con una cosa que se llama "Pattex, barrita arreglatodo". Dice la publicidad: "Se moldea como plastilina, se endurece como la piedra". Bueno, pues ahora resulta que se me ha roto parte de la tapa y no puedo despegar la otra parte del váter en sí. Doy fe de que se endurece como la piedra.

¿Os podéis creer que no tenga más preocupaciones que ésas? Tengo salud, tengo dinero, tengo amor (aunque no sexo). Mi vida es razonablemente fácil y está llena de momentos placenteros. Me encanta mi trabajo, vivo en una casa preciosa para mí sola, tengo la cara bien desde hace meses.

Como diría Ally McBeal: creo que soy feliz, y me preocupa.

sábado, 24 de julio de 2010

Desencuentros en la tercera fase

- Hay que joderse, milenios para conseguir comunicarnos telepáticamente a través del espacio para esto.
- Yo es que no lo entiendo... ¡Es el único lugar en el que pasa!
- Es que en el resto de los planetas son menos duros de mollera.
- Normalmente nuestros mensajes son recibidos con extrañeza, pero siempre terminan por ser aceptados y divulgados.
- Ya.
- Y sin embargo, en la Tierra, no falla.
- Terrícola con el que contactamos...
- ... terrícola al que diagnostican de esquizofrenia e ingresan en agudos.
- Exacto.
- Qué putada.

lunes, 19 de julio de 2010

EEUU

Hoy estaba viendo las fotos en EEUU de una conocida bloguera y he pensado en las gigantescas ganas que tengo de ir allí. Llevo un día completamente absurdo y absolutamente normal al mismo tiempo. He ido a la compra y después a devolver una camisa a Zara, y he acabado en mi casa con dos camisetas que no pensaba comprarme y un bloc tamaño A3.

Quiero dibujar, así que dibujo. Me pongo Quique González y me paso una hora intentando plasmar en el papel un perfumero celeste que compré en Granada la última vez que estuve allí. En realidad lo que querría es salir a la calle a dibujar, pero entre lo lentísima que soy y que todavía no he ubicado lugares para dibujar en Cádiz, al final me he quedado en casa. En casa con Quique González, mi nuevo bloc tamaño A3 y el perfumero.

Dibujar en Granada es un bonito recuerdo, pero ahora mismo no opino que sea bonito. Ahora mismo, mientras dibujo, la melancolía me pasa por encima como una ola gigante y yo echo el aire por la nariz mientras espero a que pase para salir a respirar. Quiero volver a Granada o, en su defecto, ir a EEUU, y ahora no puedo hacer ninguna de las dos cosas. Pero recuerdo a mi amiga Andrea un día que estuvimos tomando un helado en Puerta Real y hablando de esto. "Las cosas se van haciendo poco a poco", decía. "Míranos a Guillermo y a mí: primero nos compramos el ordenador, luego el coche... poquito a poco. Ya irás a EEUU algún día".

Pienso que tiene razón mientras paseo la vista por mi piso. Mi piso me parece tan sumamente bonito y acogedor que a ratos, cuando no tengo nada que hacer, me siento en el sofá y me quedo mirándolo. Hace dos años ni habría soñado en tener un piso así para mí sola. Y aquí estoy. La soledad no me molesta en absoluto. Me limpia por dentro, como si después de pasarme la mañana escuchando locos necesitara estos ratos en silencio, este no intercambiar información con nadie para poder reacomodar en las neuronas la que he recibido.

Hoy hemos tenido un intento de suicidio, un ansioso, un deprimido, dos esquizofrénicos y un caso de acoso laboral. Entendedme, que cuando digo "un esquizofrénico" realmente debería decir "una persona diagnosticada de esquizofrenia". Para ser políticamente correcta, y tal. Bueno, pues hoy he tenido pacientes diagnosticados de todas esas cosas. Y yo después he seguido en mi día normalísimo y absurdo, durmiendo la siesta, comprando en el carrefour, gastándome demasiado dinero en ropa y pensando que estoy boba, que a ver si a estas alturas me voy a volver yo una fashion victim.

Y planeo ir ahorrando mis euros de a poquito. Porque estoy escribiendo en el Macbook que quería en el piso que anhelaba sobre los locos que un día quise conocer. Pienso, mientras repaso con el lápiz el contorno del perfumero, que a veces los sueños se van cumpliendo despacito. Y estoy tan orgullosa de mí misma que no puedo respirar.

Algún día iré a EEUU. Seguro.