massobreloslunes

sábado, 12 de febrero de 2011

Cuento deprimente de San Valentín

NOTA: Sé que todavía no es SV, pero soy una chica sin paciencia.


La mañana del día de San Valentín se despertó con un nudo en el estómago. Abrió los ojos despacio, procurando no moverse. Sabía que él tenía el sueño ligero y se despertaría en cuanto ella se diera la vuelta: abriría deprisa los ojos de cervatillo, como si no hubiera llegado a quedarse dormido, y la miraría sonriendo. Y no se acordaría.

Ella tenía los regalos escondidos en el cuarto de invitados. Unas zapatillas para estar por casa y unos pantalones de bicicleta. No estaba muy segura de haber acertado, porque a lo mejor eran regalos demasiado útiles, no muy románticos en el sentido estricto de la palabra. Las zapatillas eran un poco maternales. Odiaba que siempre anduviera por casa descalzo o, todavía peor, con las botas de montaña. “Son los zapatos más cómodos que tengo”, decía siempre él cuando le regañaba. Los pantalones de bicicleta daban el toque lúdico. Él quería ir en bici, pero nunca se acordaba de comprarse unos pantalones anchos y los estrechos le hacían muy delgado. Con esos pantalones podrían ir juntos en bicicleta.

Si lo pensaba bien, eran regalos llenos de futuro.

Había pasado toda la semana dándole vueltas al asunto del dichoso San Valentín. Ella quería regalar y también quería regalos. No soportaba ese rollo de “es un día comercial inventado por el Corte Inglés y blablablá”. Opinaba que los que pensaban así lo hacían porque eran demasiado vagos para pensar un regalo o demasiado tacaños para gastarse el dinero. Él era un poco de cada.

Ella soñaba con un San Valentín donde la despertaran con un desayuno en la cama y un ramo de rosas. Soñaba con que le sorprendieran con algo que deseaba desde hace mucho tiempo, como el último libro de Murakami o un cuchillo profesional de cocina. Soñaba con que alguien la quisiera tanto, tanto, tanto, que la observara despacito y en silencio para hacer una lista de lo que ella necesitaba para ser feliz y no tenía todavía.

No le habría importado hacer el ridículo. Si él se hubiera escrito “te quiero” en la cara, si hubiera escondido anillos dentro de pasteles, si hubiera repartido por la calle poemas con su nombre... nada de eso le habría parecido demasiado. Violines, pasteles, aviones.

Pero él iba a olvidarse otro año. Estaba tan, pero tan segura. Y ella se enfadaría. Y él pediría perdón. E intentaría compensarla. Y ella fingiría que estaba bien así. Fingiría que le daba los regalos porque le quería incondicionalmente. Fingiría que también pensaba que el día de San Valentín era un invento del Corte Inglés.

Anticipó todo el guión en la cabeza, respiró hondo y se dio la vuelta en la cama.

Y ahí estaba él, con los ojos abiertos y limpios de legañas, sonriente, fresco como una lechuga.

- Buenos días, mi amor – dijo.

- Buenos días – ella se estrelló despacio contra su boca. Nunca entendería cómo se apañaba para oler tan bien por las mañanas.

Remolonearon un rato entre las sábanas hasta que él se levantó para darse una ducha. Entonces ella fue al otro cuarto y trajo los regalos. Los colocó sobre la cama y pensó que quedaba un poco pobre, así que agarró una libreta azul de propaganda que había en la mesilla de noche y unas tijeras para las uñas y se puso a recortar corazones. Era fácil hacerlos con la punta curvada de las tijeras. Cuando tuvo unos cuantos los esparció a su alrededor y se quedó sentada en medio, desgreñada y seria, una especie de mártir cabizbaja de San Valentín.

Él llegó de la ducha, resplandeciendo húmedo bajo la toalla blanca. En momentos como aquél, cuando parecía salido de un anuncio de colonia masculina, ella se sentía afortunada de una forma intensa y breve. Él la miró, miró los corazones azules esparcidos por la colcha de Ikea, sonrió y, justo después, abrió mucho los ojos en una mueca de pánico.

- ¡Cariño! ¡Se me había olvidado! Quiero decir, que lo sabía, pero no sé, pensaba que no ibas a regalarme...

Ella se encogió de hombros.

- No sé, me apetecía comprarte algo... pero no te preocupes, no pasa nada.

Se dio cuenta de que la posibilidad de la sorpresa había estado ahí hasta hacía un momento. No muy grande, no muy fuerte, pero ahí, agazapada detrás de la puerta del dormitorio. La posibilidad de rosas, aviones y violines acababa de morir en aquel instante, y ella se sintió muy triste de repente.


Estaban en la cola de las palomitas. Después de que él suplicara perdón todo el día, fingiera que era su esclavo incondicional y le pidiera que, porfavorporfavor, pensara qué podía hacer para compensárselo, ella había decidido que irían al cine a ver una peli romántica. Nada de intelectualismo gafapastil o de películas serias. Una comedia de esas completamente estúpidas. A poder ser, con Jennifer Aniston.

Ahora esperaban para comprar palomitas en una cola formada por parejas jóvenes. Las chicas se agarraban como náufragas de la mano de los chicos, que procuraban expresar lo más claramente posible con sus caras que estaban allí por obligación y con la esperanza de tener sexo después.

Ella le miraba a él como si fuera un desconocido. Le miraba pedir las palomitas, contar las monedas con los dedos y hablar con la chica del mostrador, y pensaba como en sordina que no soportaba su manía de hacerse el gracioso frente a los desconocidos. De llevar los billetes en la cartera y las monedas sueltas en el bolsillo. De comerse la mitad del paquete antes de entrar en la sala.

Él se dio la vuelta y le hizo entrega del paquete mediano. Palomitas separadas. Una de las reglas que habían mantenido su pareja en pie hasta aquel día.

- ¿Estás contenta, mi amor?

Sí, pensó ella. Estoy de puta madre. Es de puta madre que te olvides de regalarme algo, y es de puta madre que luego ni siquiera seas capaz de pensar algo para compensar, y que me digas que “lo que yo quiera” sin darte cuenta de que dejar que lo piense yo no es un favor: es pura pereza. Sí. Todo es genial.

- Mucho – dijo, y se puso un poco de puntillas para besarle en los labios. Quería, deseaba con todas sus fuerzas ser una más de las chicas que esperaban en la cola. Quería que aquel cine fuera sólo una parada más en un camino que no tenía por qué terminarse. Quería noches en zapatillas, quería paseos en bicicleta. Quería un futuro.

La película era mala con avaricia. Ni dentro de su género era pasable. Los protagonistas sobreactuaban, el argumento era una mezcla entre absurdo y predecible y ni siquiera salía Jennifer Aniston. Pero terminaba bien y ofrecía esperanza y, sobre todo, era ella una de las mitades de las agrupaciones de dos que llenaban la sala. Por un momento, con la cabeza apoyada en el hombro de él, sintió que todo era como debía ser.

Entonces se encendieron las luces y él la miró, sonriente.

- ¿Estás contenta, mi amor? ¿Estás contenta con tu regalo?

Y ella supo que aquello se había acabado.


No dijo nada esa noche. Tampoco estaba segura de querer decir nada a la mañana siguiente, ni todas las mañanas que quedaban. Llegaron a casa y saboreó el regusto tranquilizador de esas dos palabras, “a casa”, y se pusieron los pijamas, y él estrenó sus zapatillas, y luego echaron un polvo rápido porque a la mañana siguiente había que trabajar.

Mientras intentaba quedarse dormida imaginando que tenía una vida distinta en un lugar diferente, pensó que era curioso todo. Se dio la vuelta y le vio a él tumbado boca arriba, durmiendo con la cara seria, como si estuviera muy pensativo. Le gustaba la forma en que sus párpados descansaban tranquilos sobre sus ojos. Le gustaba callado. Pensó que no importaba lo que pasara a la mañana siguiente, o a la semana siguiente, o al mes siguiente. Aquella noche estaban juntos y ella podía mirarle dormir y sentir el calor tranquilo de su piel bajo las sábanas.

Se acercó a él y le echo el brazo por encima. Él se removió un poco sin gruñir, saliendo del sueño un momento para hacerle un hueco. Ella le abrazó y olfateó el olor a jabón del pijama y el olor de él, el resto de la colonia mezclado con la humedad del cuello. Estaba tan calentita y tan segura.

Y, por un momento, se sintió terriblemente feliz.

domingo, 6 de febrero de 2011

Un piso antes del séptimo cielo



El viernes bajaba en ascensor y me acordé de ti.

Me acordé de cuando negociábamos en el portal de mi casa. "Sube", "No puedo", "Que subas", "Después me odiarás", "No te odiaré, te lo prometo", "¿Seguro?", "Sube". Curioso cómo desaparece el mundo en esas situaciones, ¿no te parece? Como en las películas, el zoom estaba en nosotros, yo subida el escalón para ponerme a tu altura, tú metiéndome las manos en los bolsillos del abrigo, y las personas que pasaban junto a nosotros aquella noche de lunes, o de miércoles, tenían tan poca importancia como unos extras mal pagados.

Cuando aceptabas yo abría el portal deprisa para que no te arrepintieras, y llegábamos al ascensor como quien llega a la tierra prometida. Lo que dan de sí nueve pisos, ¿verdad? En cuanto las puertas se cerraban te tirabas sobre mí y me inmovilizabas en una esquina con tu lengua en el fondo de mi boca. Yo te tocaba la espalda, lo recuerdo, buscando el contacto con la piel lisa y morena de debajo de tu camiseta. Te contaba las costillas con los dedos y te pasaba la lengua por los labios, y después te mordía la barbilla, el cuello, las esquinas de la cara.

Nos comportábamos como si no hubiera vida después de ese ascensor. Como si después de abrirse las puertas no nos quedara el resto de la noche y el nórdico sobre mi cama de noventa. Creo que nos gustaba la idea de aquellos nueve pisos de tiempo entre paréntesis, o plantar una frontera artificial entre las negociaciones del portal y la desvergüenza de mi dormitorio.

Porque cuando salíamos del ascensor, recorriendo a trompicones el pasillo, tirando al suelo las llaves de pura impaciencia, con los pelos tiesos y los labios hinchados, ya no nos acordábamos del suelo, y quedaba muy lejos el viaje de vuelta, los nueve pisos de descenso que harías tú solo de madrugada y yo sola a la mañana siguiente.

El viernes bajaba en ascensor y me acordé de ti.

Y, en realidad, a ratos pienso que extraño más escribir sobre ti que follar contigo.
No sé qué escribir.

A lo mejor he llegado realmente a mi límite. A lo mejor debería cerrar el blog. Hay muchos casos de gente a la que le pasa: un día se agotan y no tienen nada más que decir.

A lo mejor debería hacerme un twitter.

sábado, 5 de febrero de 2011

Algunas cosas que me han pasado esta semana, no necesariamente interesantes o importantes

He ido en moto al trabajo todos los días. Me he pintado los ojos también todos los días.

Comer chocolate me pone nerviosa, y estar nerviosa me da ganas de chocolate. Es como el bucle del miope, solo que encima engorda.

He ido a nadar, y nadar me gusta porque respiro y porque floto. Y porque puedo mirar a los tíos semidesnudos mientras hago estiramientos.

El Acné del Averno no ha desaparecido por completo, pero se ha estabilizado en un nivel que puedo manejar.

He escrito varios post, pero no he colgado ninguno porque eran un tostón.

He empezado a apuntar mis sueños, con el fin de hacer un inventario y descubrir en qué medida estoy perturbada.

He soñado con mi amigo A. el que no me habla dos veces, con bebés y niños varios dos veces, con meditar una vez y con hombres que me gustan y me ignoran dos veces. También he soñado con un happening de gente con túnicas de colores que cantaban "Oh Maria".

Una paciente ha estado a punto de hacerme perder los nervios de verdad. Pero de verdad de verdad. Ha llegado un momento en que he pensado "Pues si se suicida, que se suicide".

He visitado neonatología del hospital y he sentido mucha grimita al ver a los prematuros. No son monos. Son siniestros.

Me he comprado unos zapatos. Me he pasado definitivamente al tacón.

Mi casa tiene el aspecto de haberse vomitado encima.

El traumatólogo me ha dicho que mi rodilla no está MAL, pero tampoco está BIEN. Que quizá debería aceptar que no podré correr nunca y dedicarme a ver Barrio Sésamo.

El calentador de mi casa se estropeó, recé y se arregló solo (verídico).

Estoy haciendo un cursillo acelerado en Carnavales, y ya sé la diferencia entre una comparsa, una chirigota, un cuarteto y un coro.

Me he comprado el libro del Señor K. por Internet.

He tocado la guitarra en el baño para probar la acústica.

Se me ha cagado una paloma en el bolso.

He escuchado el cuarto movimiento de La Ley Innata por lo menos diez veces.

Se me caen los ojos de sueño.

Estoy cansada.

Pero contenta.

lunes, 31 de enero de 2011

viernes, 28 de enero de 2011

Él no pidió nacer


A mí en el curro me tendrían que poner un compasiómetro. Un aparatito rollo como los que salen en las películas que miden, qué te digo yo, los niveles de radiactividad del entorno para ver si es peligroso. El compasiómetro mediría mis niveles de compasión y el riesgo que hay que que abofetee al paciente que tengo delante en plan: "¡Plas, plas! ¡Reacciona!".

Me revientan especialmente los niveles de compasión las madres y padre de los niños. Porque los pacientes adultos, pues a ver, quién más y quién menos es medio responsable de su vida y ha tenido polvos con los que buscarse esos lodos. Pero los críos me dan penita. Esos niños a los que traen a consulta porque "se portan fatal", cuando resulta que a su alrededor no hay normas, ni tranquilidad, ni una rutina adecuada, ni estímulo positivo, ni nada en absoluto.

Yo no sé qué tipo de madre sería, y probablemente cometería mis fallos, como todo el mundo. Pero, aun así, me atrevería a apuntar unas cuantas normas básicas que mejorarían mucho la educación de cualquier niño.

1) Si refuerzas a un niño, no le digas: "¿ves lo bien que lo haces cuando quieres?" Eso no es refuerzo, es una crítica. Le estás dando a entender que hasta ahora no lo hacía bien porque no quería, y seguramente no lo hacía bien porque no sabía o no podía.
Otros ejemplos de crítica disfrazada de refuerzo:
- "Muy bien, a ver si no lo haces mal la próxima vez".
- "Hombre, por fin, ya era hora de que me hicieras caso".
- "Hoy te has portado bien, pero con un día no vale, lo tienes que hacer siempre".

Pues como esas, todo el rato, todos los días, en la consulta enfrente de mí. Y yo sentada encima de mis manos para no empezar a repartir hostias como panes.

2) "Es que este niño me pone de los nervios". A ver, vamos a ser claritos. Si un niño de seis, siete, ocho o nueve años te pone de los nervios, no haberlo tenido. De los nervios te pones tú. Aprende a controlarte y probablemente el niño también aprenda a controlarse.

Yo entiendo que tener hijos tiene que ser muy duro. Vale, pero es que nadie te obligaba. Así que si tienes ansiedad, estás sobrecargado o no puedes con el asunto, apúntate a yoga o vete a meditar. No lo pagues con tu hijo y me pidas que lo entienda.

3) Sí, por raro que te parezca, el agente de cambio en la vida de tu hijo debes ser tú. Ni yo, ni su profesor, ni su orientador, ni Pocoyó, ni nadie: tú, porque eres su modelo, la persona que pasa más tiempo con él, quien más le importa, quien mejor le conoce. Así que deja de delegar y ponte las pilas.

4) Puedes tener charlas con tu hijo hasta que se te seque la boca, pero hasta que el niño no entienda que sus acciones tienen consecuencias claras y no te vea a ti como un modelo a seguir, no va a cambiar absolutamente nada.

5) Nociones básicas sobre cómo funciona un psicólogo, volumen uno: el psicólogo no llega, charla con el niño y le arregla la cabeza (véase punto 4). El psicólogo te dará pautas que tienes que aplicar tú. Y aplicarlas requiere esfuerzo y constancia. No me vale que pases del tema y luego me vengas diciendo que no funciona o que tu hijo no tiene remedio. Ya que estamos, revísate también el punto 2.

6) Deja de culparle. Probablemente el niño quiere portarse bien, pero no sabe cómo, o bien tú has hecho que no le merezca la pena.

En serio.

Hoy me he visto metida en una de estas entrevistas familiares en las que la madre se ha apañado para convertir cada frase que se decía allí en una crítica al hijo. Ha llegado un momento en que le ha dicho que no debe dormir con la luz encendida porque "si ella tiene que pagar luz, no llegan a fin de mes, y entonces tiene que dejar de comer para que coma él, y entonces le baja el azúcar y tiene que ir al médico a pincharse". Verídico. Y sí, las negritas eran necesarias.

Fragmento de conversación:
YO: Tienes que reforzar las cosas buenas que haga tu hijo.
ELLA: Pero es que él de refuerzo sólo quiere dinero (crítica).
YO: No me refiero a eso, sino a que le digas las cosas que hace bien.
ELLA: Pero es que a él eso le da igual (crítica).
YO: No es bueno tratar a los niños como si fueran un caso perdido.
ELLA: Pero es que él es un caso perdido (MEGACRÍTICA).

Y ahora la familia se va a casa y la culpa de todo la tiene ese crío, que tiene destrozadas las puntas de los dedos porque se los muerde de la ansiedad que tiene. Y yo aquí como una gilipollas dándole vueltas a cómo debe de ser vivir en un entorno donde nadie confía en ti y todo lo que digas o hagas está siempre mal.

Desde luego, si existiera el compasiómetro ahora mismo estaría pitando como un demonio.

PD: Yo SÉ que no debería escribir esto, y SÉ que los padres tampoco tienen la culpa, y SÉ que mi función como profesional es precisamente encontrar la manera de promover ese cambio. Pero permitidme que me ponga el modo psicóloga off y me cague un rato en los muertos de todo el mundo.

PD2: La imagen del post no pega mucho con el tono, pero intento compensar la mala hostia que traigo hoy. Así, queridos. Así hay que tratar a los hijos.

miércoles, 26 de enero de 2011

Amor dos punto cero


Empecé este blog el 26 de Abril de 2005, hace ahora más de cinco años. “Mas sobre los lunes” es el título de un capítulo de mi libro sobre escritura favorito ever, “El gozo de escribir”, en el que la autora cuenta que durante un tiempo se reunía con una amiga para escribir los lunes por la tarde. Hablaba de cómo en los días en los que la mayoría de la gente está ocupada por el trabajo y angustiada por la rutina, ellas habían sabido abrir un hueco para dedicarlo a la escritura. El espíritu del blog, por tanto, es un poco ése: igual que hoy en las playas de Cádiz se veía un hueco entre el mar y las nubes por donde se filtraba la luz con inesperada fuerza, la escritura puede abrir espacios de claridad en la maraña del día a día.

A lo largo de estos cinco años sólo he parado de escribir aquí una vez: durante el tiempo que me preparé el PIR. Después lo retomé, al principio despacio, casi con miedo, con entradas cortas, y después acabé por importar otra vez el material antiguo y subirme al carro con todas las consecuencias. De todos los proyectos que he llevado entre manos en mi vida, creo que éste es sin duda el que más me ha durado, y todavía me asombra mi constancia. La explicación es, supongo, que el beneficio es inmenso y el coste es reducido.

Casi todas las entradas las escribo del tirón; después, más que añadir, recorto sin piedad párrafos enteros, como una samurai de las teclas. Sé que hay posts más inspirados que otros. Mi amigo A., el que no me habla, me dijo un día con crudeza no exenta de razón: “Me gusta mucho cómo escribes, pero no siempre lo que escribes”. Pero creo que el tema de un blog, más que buscar la perfección en cada una de las entradas, es mantenerse en movimiento. Al final todo, lo bueno y lo malo, va quedando sepultado por las entradas nuevas, por la nueva vida. Como las distintas capas de suelo sobre la superficie de la tierra. No te queda más remedio que desapegarte de tu obra y dejarla fluir.

Quiero a mi blog más que a muchas personas. En su conjunto, me gusta el cuadro que compone: la firme voluntad de decir mi verdad en cada momento. Grace Paley dijo de sus primeros cuentos: “Los escribí con toda la verdad y la belleza de la que fui capaz”. Así escribo yo esto, desde el principio.

Nunca ha sido un blog muy leído. Aun así, he podido conocer a bastantes personitas curiosas por aquí, y puedo decir que mis lectores son un público reducido pero entregado. Gracias a este blog llegó a mi vida J., una de las personas más importantes de mis últimos años. He quedado con algunos lectores (no siempre con fines de guarreo, que conste), he charlado con otros por messenger o he intercambiado mails, y siempre ha sido una experiencia enriquecedora y divertida. Esa magia absurda y feliz de encontrar a alguien que se conmueve de la misma manera que tu.

“Lo que escribiré en la siguiente entrada del blog” es un concepto que me da vueltas en la cabeza casi todo el día y, aunque os parezca mentira, creo que es una parte importante de todo aquello que me mantiene cuerda. Porque los actos de uno son tan banales. Y si uno vive una vida finita, unidireccional, todo se va tan rápido por el desagüe. A mí a veces me crujen los huesos bajo el peso de todas las vidas que no he vivido, y también bajo el peso de la mía, de los momentos que han venido y se han marchado, de las personas a las que he querido y ya no están. ¿Dónde están los besos que le daba a J. por las noches, mi manera de abrazarle mientras se quedaba dormido, de sostener los sobresaltos de su cuerpo mientras se deslizaba en el sueño? ¿Dónde estamos A. y yo estudiando juntos en la biblioteca de aparejadores, saliendo a descansar a la cafetería, dónde está él riéndose cuando veía que me había llenado el jersey de migas con la palmera de chocolate? ¿Dónde está Málaga, dónde está Granada, dónde estoy yo? No tengo nada. Pero si lo escribo, por lo menos tengo eso. Y menos da una piedra.

Escribir aquí me ha salvado siempre. Cuando tengo un día de mierda o estoy convencida de que moriré sola y comida por los perros, me siento aquí y escribo algo. Puede ser bueno o puede ser una basura, pero mientras lo escribo no pienso en otra cosa. De repente mi miseria sirve para algo, como el abono que hace crecer las flores, y sé que éste es el verdadero sentido de mi vida. Sentarme aquí y crear. Construir algo nuevo donde antes no había nada.

Así que mientras recorro uno a uno los días de mi semana, ese camino veloz que va de lunes a domingo y que a veces se esfuma sin que uno sepa dónde fue, pienso en lo próximo que escribiré aquí. Planeo hablar de mi trabajo, de música, de libros. De las cosas que amo. He aquí lo que me gustaría que dijeran de mi blog: aquí están las cosas que Marina amó. Pienso en quién me leerá, en quién me mirará; porque existimos en la mirada del otro. Porque en vuestra mirada yo existo.

Ayer hablaba con mi R2 de lo rápido que aprenden los bebés. Son pequeñas maquinitas de asimilar, su trabajo a tiempo completo es acumular información sobre el mundo. En ese sentido, yo sigo siendo la Niña de Agua de la canción de Ana Belén: “Desde el alba dispuesta hasta la aurora/ descubres todo y todo te impresiona”. Paso el día vegetando tras el escritorio y de repente un paciente dice algo que me abre el corazón. Voy de camino a casa en el autobús, muerta de hambre, y me sorprende la claridad del cielo justo encima del mar, aunque el levante y la lluvia azoten sin piedad el paseo.

Me sorprende siempre la luz de la vida y escribo aquí para intentar compartirla. Y supongo que todo el post puede resumirse en esta última frase.