massobreloslunes

miércoles, 9 de noviembre de 2011

PK, hoy es tu cumple... sé muy feliz, PK...


Ésta es una de esas noches en las que estoy muy cansada y un poquito triste, así que necesito, NECESITO hablar de algo que sea bonito y buenrollante para no tirarme de mi segundo piso y en lugar de matarme quedarme gilipollas.

Así que hoy vamos a hablar de la PK. Típico post que a los que no la conocéis os importa un carajal, y encima típico post que no debería ni de escribir porque si a alguien en mi vida le he hecho canciones, odas, homenajes, dibujos, cartas, poesías y rituales de adoración en general es a la PK. Es una agonías. Pero hoy es su cumpleaños y pensar en ella me alegra, así que escribamos.

La PK y yo nos conocemos desde hace ya casi veinte años, que se dice pronto. Nos hemos visto crecer y hemos intercambiado frases del tipo de "tía, no me crecen las tetas", "pues a mi sí". Resumir veinte años de amistad en un post es ambicioso, porque encima ha sido una amistad intensa, full time, nada de vernos un par de veces al año; hemos compartido clase como diez años seguidos, nos hemos ido juntas de campamento mil veces, hemos vivido un año juntas. Así que haré lo que pueda por escribir este post-homenaje y pararé cuando tenga demasiado sueño.

La PK no conoce el miedo. Ni el miedo, ni el frío, ni la incomodidad, ni prácticamente el hambre. La PK es como Chuck Norris, lo que es muy gracioso porque, como su propio nombre indica, es una chica pecosa y supermona, de rizos largos y piel muy blanca. Pero es dura, la cabrona: cuando yo necesito un abrigo tres cuartos, ella va por la vida con una rebeca corta de pelo de llama que ni siquiera tiene botones, diciendo "es que la llama abriga que no veas". Ya, vale, PK, abrigará, pero no es mágica y estamos en febrero.

La PK es muy, muy divertida. En orden ascendente de personas que me hacen reír está la gente, está la gente graciosa, luego está(ba) mi mejor amigo, que ya no me habla, y reinando en la parte de arriba del todo, la PK. Su humor es un poco como el mío: completo, surrealista, absurdo e imperecedero. No hay nada de lo que le avergüence reírse. Es torcida y maligna, como yo a veces, y cuando digo barbaridades a causa de mi impulsividad y mi tendencia a pasar de los sentimientos de la gente en aras del humor, escucho cómo sus carcajadas bajitas y descontroladas celebran que ella entiende exactamente de qué estamos hablando.

La PK es... bueno, no sé, la PK es total. Dice que SÍ por defecto. Nada le avergüenza, ninguna idea le parece demasiado estúpida. Con la PK he celebrado fiestas del papel en el baño del colegio, tirando papel higiénico al techo y soplando después para mantenerlo en el aire. He jugado a "la meada más punky del verano", que consiste en que meas en la calle y todo el mundo te ve, pero a ti no te importa. He bailado, sí, pero no en bares o en fiestas como la gente normal: en mi casa, por la noche, en pijama, las dos solas, poniendo en bucle vídeos italianos en el youtube mientras el Húngaro y quien anduviese por allí de visita nos miraban como diciendo "por favor, repartid lo que sea que os hayáis fumado".

Tiene una piel alucinante, blanca, rosada, pecosa e infernalmente suave, que siempre cuida con cremitas naturales que huelen bien. Sus ojos son verdes preciosos y su nariz es perfecta. Es el tipo de persona que SABE hacer maletas. Yo, por ejemplo, llevo ropa estándar que combine todo con todo y me paso el viaje en vaqueros. La PK hace una maleta que abulta la mitad que la mía y después aparece con una faldita, medias de colores, un fular divino y unos pendientes que tiene desde que era pequeña porque, ojo al dato, la PK NUNCA pierde pendientes. Porque es muy cuidadosa y ordenada, y tiene reglas para la vida del tipo de "todo lo que te eches en el pelo tiene que ser del tamaño de un garbanzo".

Le gusta viajar, le gusta leer, le gusta la gente. Además, le gusta de verdad, no como a mí, que después me vuelvo una nazi y no aguanto a la mitad del mundo. Es peculiar y atrae a los peculiares. Hace amigos en el Polo Sur si hace falta. Llega a un sitio, pone en marcha el imán PK para gente personaje y en dos semanas tiene un grupo de amigos con el que organiza partidos de fútbol y cenas internacionales. Porque es una chica SÍ y porque tiene buena estrella.

Puedo guardar fácilmente mil fotos de la PK, de las cuales al menos quinientas son de la PK y yo. La PK y yo comiendo toblerone, fumando ibuprofeno, haciendo portés de Fama, cogidas de la mano en el Dragón Khan. Disfrazadas de hippies, de cabareteras, de futuristas, de flamencas. La PK y yo en Málaga, en Granada, en Italia, en Salamanca, en Asturias.

La vida muchas veces es una hija de puta y te separa de la gente a la que quieres, o te presenta a gente estupenda y luego los coloca en otra ciudad o en otro país. Pero otras veces te dice: aquí tienes una persona que te va a acompañar siempre, alguien con quien compartirás tantos momentos que al final os unirá una amistad total, tan polimorfa y completa que lo resistirá todo. No concibo pelearme con la PK o dejar de hablarme con ella. Podría decir que es porque nos conocemos demasiado y nunca nos haríamos daño y blablabla, pero creo que sencillamente se trata de que tengo acumulado tanto amor hacia ella que no puedo deshacerlo. Está fosilizado, fundido con mi existencia, enhebrado en tantos momentos de mi vida que sería imposible eliminarlo. No puedo dejar de quererla.

PK: eres genial de principio a fin. Lo sabes, ¿no? Sabes que cuando acaricio tu cabecita y te abrazo, y huelo tu champú y toco tus jerseys bonitos, y te digo que te quiero mucho y te estrujo aunque tú te quejes porque eres un poco rancia... sabes que lo digo en serio, que te quiero. Que eres mi sangre, mi hermana. Que tu cumpleaños es el único que no se me olvida NUNCA, y que digo yo que será por algo.

Cumple muchos más, mi niña. Y que yo lo vea.

PD: Me encuentro mucho mejor. Escribir es mágico y la PK más.

martes, 8 de noviembre de 2011

Sobre ver, mirar y mi preocupante sistema nervioso

Comentaba Pab al leer el post de ayer que se alegra de no ser el único que es testigo de momentos increíbles y extraños. Para mí está bastante claro que percibir o no esos momentos no es un tema de suerte, sino de tener los ojos muy abiertos y de darles la suficiente importancia como para registrarlos en la memoria.

Yo vivo en la activación mental. El otro día lo comentaba con DDM. "Yo tengo una capacidad ilimitada para entretenerme solo", me decía él, "podría quedarme una semana en mi casa y no me aburriría o, más bien, aunque me aburriera no me importaría". A mí también me pasa, pensé, pero no sé si lo dije, porque no quise entrar en el juego del "pues a mí". Le expliqué que hay teorías que dicen que las personas que buscan activación externa lo hacen porque su sistema nervioso está demasiado tranquilito, mientras que los que necesitan (necesitamos) poca estimulación tenemos de por sí el cerebro en modo turbo.

A mí me pasa. Yo voy por la vida a tope de manera casi preocupante. Hoy estaba frente al ordenador, iba a sacar el pen drive y me he quedado un rato con la mano encima, sintiendo cómo se apagaba la vibración minúscula del plástico cuando el ordenador anunciaba que podía desconectarlo. Y he pensado "por el amor de Dios, Marina, la vibración del pen drive... que no es que vayas por la vida abrazando árboles, no; es que acabas de flipar con el zumbido eléctrico de un microchip". Por la tarde he ido a una tienda de ultramarinos que hay cerca de la piscina a cambiar veinte euros para la máquina de tickets. Mientras esperaba a que la tendera me pusiera la media docena de huevos y, de paso, reflexionaba sobre los huevos y sus cajas, he olfateado el aire: olía a pescado, pero en plan agradable si es que eso es posible, y he visto una caja de arenques en salmuera justo a mi lado, y mirando los arenques enormes y amarillentos he pensado: cómo me mola la vida.

Luego está el tema de la gente. Yo sintonizo emocionalmente con un apio, ya lo he dicho, y con la gente me pasa de una manera muy cafre. Eso está muy bien para mi profesión, pero a veces, cuando voy en moto por las mañanas y me voy fijando en las caras de los conductores y los peatones, y puedo percibir de manera casi violenta el hastío, o la alegría, o el enfado, me siento tan abrumada que me pregunto si no seré una especie de idiot savant de la empatía. El momento que describí ayer duró medio segundo. De hecho, hay detalles que he añadido para darle consistencia a algo que a mí me llegó como un relámpago medio inconsciente.

Así que no sé, no sé si observo mucho porque soy así, no sé si tengo el sistema nervioso como las maracas de Machín ni sé si en realidad empatizo o simplemente invento. Lo que sé es que la vida así es bastante más interesante. Que me quedo prendida en los rostros anónimos, en los grafitis de las calles o en el olor tranquilizador del cloro de la piscina, y que igualmente no importa, que son sólo sensaciones e interpretaciones incorpóreas y efímeras... y, sin embargo, de alguna forma hacen más nutritivos mis días, como la levadura de cerveza en las ensaladas, y me ayudan a pasar por este valle raro de tristeza sin morirme demasiado de hambre.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Momentos

Es sábado por la noche, y aunque aún es temprano ellos tres ya van borrachos. O drogados, a saber, que la juventud está fatal. No tendrán más de dieciocho años: una chica no muy guapa, con el pelo largo y castaño y el culo un poco gordo. Dos chicos: uno guapo, alto, con greñas cuidadas alrededor de una mandíbula cubierta de barba suave. Otro más normalito, con el pelo tieso de gomina, un poco de acné y los hombros demasiado estrechos.

Yo camino a unos metros, y aunque intento ir despacio para quedarme sola con mis pensamientos profundos sobre el amor, la vida y la escalada, ellos dan rodeos o se paran, y al final acabo teniéndoles enfrente todo el rato, mientras rodeo el perímetro de la ciudad en dirección a mi casa. Caminan alegres y desordenados. El chico guapo coge a ratos de la mano a la chica no muy guapa mientras el otro revolotea delante y detrás.

Al rato la chica está andando sola delante y los chicos charlan entre sí en voz baja. Ella parece distraída, se acerca a la barandilla, mira al mar y de vez en cuando les apresura a voces sin girar la cabeza. Ellos hablan, se ríen y se suben jugando a los pies de las farolas.

De pronto los dos chicos ralentizan la marcha, siguen riéndose, se miran. El chico no muy guapo agarra de la nuca al otro, que enarca las cejas, alarmado, pero sigue sonriendo. La presión en la nuca se hace más fuerte y el guapo señala con la coronilla a la chica, que camina sola y ajena a todo. El no guapo se encoge de hombros y abre las mandíbulas como en un gruñido del león de la Metro, pero no llega a tocar al guapo; simplemente juntan las frentes casi con violencia durante un momento breve, tan breve que no sé si me lo he inventado, y después el guapo se despega y tuerce un poco la cabeza, como excusándose, y se va hacia la chica, que sigue andando, dando tumbos y bebiendo despacio de la cerveza que tiene en la mano.

Y mientras caminamos los cuatro en dirección a la Viña y el viento norte nos congela las esquinas de la cara, sólo puedo pensar que es curioso cómo algunos momentos contienen dentro de sí toda la extraña complejidad de la vida.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Fuerte






Nunca en mi vida había estado tan fuerte como ahora. De hecho, nunca en mi vida había estado fuerte. De hecho, si me apuráis, nunca en mi vida había pensado que mi cuerpo tenía el potencial de cambiar y ponerse fuerte, o que mi mente podría obligar a mi cuerpo a hacer el ejercicio suficiente como para que cambiara. Tú sabes, la posibilidad siempre está ahí: cualquier día me apunto al gimnasio y me vuelvo una tía buena. Pero en lo profundo de mi corazón no me veía manteniendo la motivación el tiempo suficiente como para observar un cambio real. Me imaginaba creciendo y evolucionando de joven redondita a adulta redonda, embarazada hinchona, madurita degradada y anciana lastimosa.

A ver, yo nunca he estado gorda, gorda tal cual. Pero siempre he sido... cómo lo diría... blandita.

[DISGRESIÓN: Esto me recuerda a la peor frase que me ha dicho nunca un tío, y que ya os dije que os contaría en algún momento.

Situación: en la cama, semidesnudos, chico cuyo nombre no voy a revelar intenta convencerme para que tengamos sexo porque yo no lo veo claro. En un momento dado, me agarra alguna parte carnosa del cuerpo, tipo muslo, o culo, o algo.
YO: Este curso, como no he hecho deporte, me he quedado un poco más blandita.
ÉL: Ya...

Obviamente, no mojó. Lectores varones, apuntad en vuestro manual de seducción que la mejor manera de tratar a una mujer es no diciéndole nunca jamás bajo ninguna circunstancia que está gorda. De hecho, como me dijo una vez mi hermano, la frase perfecta es "a ti te faltan un par de kilos". FIN DE LA DISGRESIÓN]

Una de las muchísimas cosas que me molan de escalar es que me está dando la posibilidad de ser una yo que nunca había pensado que pudiera ser. Una yo física. Si a mí me dicen que iba a estar comentando por Facebook vídeos donde un tipo noruego hace dominadas con un dedo, me habría reído. ¿Moi? Yo soy una intelectual. Yo anido en el mundo abstracto y difuso de las ideas, y utilizo el cuerpo básicamente para llevar las gafas.

Me lo decía IA: que no eres una gafapasta, mujer, que tú eres deportista, que una cosa no está reñida con la otra. Pero no creo que sea deportista. Sigo subiendo a los pisos en ascensor y paso de ir en bici al curro teniendo la moto. Creo que lo único que pasa es que escalar me gusta lo suficiente como para que no me suponga un esfuerzo de la voluntad. La diferencia entre sudar en un gimnasio deseando con todas mis fuerzas que el tiempo pase, y sudar en el roco deseando poder transplantarme la piel de las manos para seguir entrenando, es parecida a lo que hablábamos ayer de follar con un chico anodino o con un DDM (como categoría, no como persona concreta).

Desde que escalo estoy más musculosa por todas partes; de hecho, ahora el chico del diálogo anterior no podría decir "Ya", porque no sería cierto y porque, además, podría darle una paliza. Se me ha ensanchado la espalda, me lo noto en las chaquetas de invierno. Además, me han salido callos en las manos y ni siquiera me importa; me los limo con primor cada vez que me hago la manicura. También se me está formando el juanete del escalador en la parte externa del dedo gordo del pie. Si me llegan a decir que sacrificaría la estética magnífica de mis pies sagrados por algo que no fueran taconazos maravillosos, no me lo habría creído.

Todos estos cambios no sólo no me molestan, sino que me gustan. Y me encanta estar fuerte, como si hubiera algún tipo de continuidad entre la mente y el cuerpo. Como si mis nuevos bíceps pudieran servirme para aguantar el peso del resto de la vida.

¿Hay moraleja? Siempre. Es la siguiente: vive como si no hubiera mañana y también como si no hubiera ayer. Como si haberte pasado la vida huyendo del deporte no te impidiera convertirte ahora en una guerrera de la roca. La existencia está llena de posibilidades sorprendentes y el mayor límite está en ti, en tu coco. Os lo digo mientras escribo con los antebrazos doloridos, desde el orgullo de mis agujetas, tocando alucinada mis bíceps bajo la piel de mis brazos.

Nota: La de los vídeos soy yo, obvio. Cuando aún era rubia. Son muy cortitos porque con la mierda del HD ocupan un montón y no puedo subirlos más largos. Pero así me veis escalar, que me hace ilusión. Y veis la espalda que estoy echando. Que yo antes no era así, de verdad: Elsa, MQEN, dad testimonio.

Nota para quien entienda de escalada básicamente IA: Es en San Bartolo, Bolonia, en el sector Mosaico, probando por primera vez "No es broma, es kanfor", 6a+. La pared es de arenisca y es una pasada, con cantos y regletas, pelín desplomada y muy bonita. ¡Y voy de primera! Aunque dejé las dos primeras cintas puestas porsiaca.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Necesidad de compartir esto ahora

"Annie lo intentó por última vez.
- Lo siento. No sé qué decir. Sé que... el amor tiene que ser algo capaz de transformarte. - Ahora que había utilizado la palabra, sintió que se le aflojaba la lengua -. Y así es como trato de ver esto. Así. Exactamente. Y a mí me ha transformado, y cómo haya sucedido no tiene mayor importancia. Puedes irte o quedarte, y esto no habrá dejado de suceder. He estado tratando de mirarte como a una metáfora de algo. Pero no funciona. Lo terrible es que, sin ti aquí, todo vuelve a ser como antes. No puede ser de otra manera. Y he de decir que los libros no me han ayudado mucho en esto. Porque cuando lees algo sobre el amor, cuando tratas de definirlo, siempre sale a relucir un estado, o un nombre abstracto, e intentas pensar en ello de esa forma. Cuando en realidad el amor es... bueno, el amor es tú. Y cuando te vas, el amor se ha ido. No hay nada abstracto en ello."

Nick Hornby - Juliet, desnuda

martes, 1 de noviembre de 2011

El mal capilar IV: Los tintes

Sé que lo primero que vais a hacer todos es rular esta entrada hacia abajo para ver cómo me queda el pelirrojo. Venga, va, mirad la foto, quitadle la emoción al post, ignorad mis esfuerzos por llevaros suavemente a través de mi periplo capilar hasta el resultado. ¿Ya? Va, pues ahora a leer.

Decía un monólogo de Anabel Alonso que ir a la peluquería no es quitarse la depresión: es cambiársela de sitio. Yo esta mañana me he levantado... a ver, no deprimida, pero sí alterada. Con el SPM a tope. Desde que puedo predecir cuándo me va a bajar la regla, me paso la semana de antes hecha un energúmeno, no sé si por las hormonas o porque me sugestiono.

Me he sentado en el portátil a ver si empezaba con la Nanovela. Es como una de esas pesadillas en las que tienes que ir a un examen y no te sabes la lección. He repasado mis notas previas y me he vuelto a repetir que NO estoy capacitada para escribir una novela y que NO me apetece una mierda. Luego he pensado: pues me vuelvo pelirroja.

Ni corta ni perezosa (¿no os encanta esa expresión?) he agarrado la moto y me he plantado en el Corte Inglés a buscar un tinte. Porque si algo tengo claro es que si me tiño, me tiño YO, no alguna peluquera desquiciada y daltónica con problemas para seguir instrucciones sencillas. He pasado media hora delante del estante de los tintes del Hipercor, dándole vueltas al pelirrojo óptimo para mi rubia melena. Yo nunca nunca me he teñido porque mi pelo es precioso, ya lo he dicho, así que no sabía que hubiera tantas opciones: que si con amoniaco, que si sin amoniaco, que si permanente, que si reflejos, que si crema, que si mousse... un mundo. Mi objetivo era algo impermanente, como la felicidad, porque si algo tengo claro es que antes muerta que renunciar para siempre a mi rubio camomilado y estupendo.

Después de dar muchas vueltas, me he quedado entre dos tonos: el rubio dorado y el ámbar. El rubio dorado prometía cierta pelirrojez, y el ámbar pelirrojez entera. He aquí las imágenes.




Me gustaba más el rubio dorado, pero luego he pensado que si yo ya soy rubia dorada, para qué narices me tiño. Me he dicho lo que me digo antes de escalar: ¿qué somos, mujeres o gallinas? Y me he contestado que mujeres y he comprado el ámbar.

Llegando a mi casa estaba hecha un flan. Últimamente tengo una fase de verme fea. No es por el Acné del Averno ni nada: simplemente me veo fea, con la cara como muy redonda y principios de arrugas y flacidez cutánea. Claro, que igual son paranoias mías. Pero iba pensando: si ya me veo fea, si ya siento que nadie nunca jamás me querrá, si IA ya no es ni I ni A y DDM prefiere a una griega desconocida, si encontrar el amor verdadero es un privilegio reservado a unos pocos Y ENCIMA me pongo pelirroja y resulta que estoy horrenda... entonces psicotizaré.

Así que he sacado a la luz el espíritu científico que me caracteriza y he decidido no arriesgar. He cortado un mechón de mis rubios cabellos y lo he teñido (verídico) para ver el resultado. Además de ser un poco grimoso teñir un mechón de pelo así aislado, el resultado no me disgustaba. Un pelín oscuro, quizá, pero bueno: era un cambio.

Así que me he puesto el tinte con la misma sensación de la Teniente O Neill rapándose la cabeza frente a la cámara. En plan "estás como una regadera, Marina querida".

Café mientras espero a que la cosa agarre. Ducha espeluznada al ver la cantidad de sustancia extraña que se desprendía de mi cabeza. Secado preocupante con la toalla y mirada al espejo en plan "post reconstrucción facial después de un terrible accidente".

Qué me aspen, gente. Soy castaña. Si los tintes, al igual que los hombres, tampoco cumplen lo que prometen, ¿qué me queda en esta vida además de seguir buscando el chocolate perfecto?

Venga, va, y ahora la foto. Decidme, por favor, en qué realidad paralela feliz este tono es ámbar.



Mi expresión facial es una mezcla entre el sueño y el escepticismo; no la juzguéis con dureza.

Ahora no sé qué hacer. En realidad me veo guapa, pero es que yo no quiero ser castaña: yo quiero ser pelirroja, al menos un ratito. La castañez no me inspira. Por otra parte, quizá probablemente debería dejarme de chorradas y ponerme a escribir ya. Así que aquí estoy, tomándome otro café, comiendo chocolate con chile (¿la solución definitiva a mis problemas con el tamaño de las raciones?) y reflexionando sobre ir o no ir al Corte Inglés a buscar otro tono.

Seguiré actualizando. Os quiero.

lunes, 31 de octubre de 2011

Nanowrimo: la víspera

Si tuviera que apostar por mí misma escribiendo la Nanovela, iría a por el no en un 90% de las posibilidades. Digamos que hoy es lunes por la noche, no he cobrado, estoy premenstrual como el Averno, odio a los hombres y el hecho de tener sentimientos, me duelen las yemas de los dedos de escalar en arenisca y me siento gorda. Mañana es el primer día de noviembre. Planeo levantarme no muy temprano, hacerme un buen desayuno y ponerme a escribir. Lo que sea. Dos mil palabras, más si puedo.

He estado pensando en echarme reflejos pelirrojos. En mis veintiséis años de vida, nunca jamás he teñido ni uno solo de mis dorados cabellos. Sólo les echo camomila para que el invierno no me los deje castaños. Mi rubiez es parte de mi identidad: me encanta ser rubia y que me brille el pelo al sol refulgentemente, me encanta que me digan "rubia" así como con cariño y que a veces me confundan con una guiri. Por otra parte, siempre he querido ser pelirroja, y al mismo tiempo siempre he pensado que seguro que me queda fatal.

Y ahora os preguntaréis: Marina de mi alma, tú eres una escritora con experiencia que sabe lo que es la cohesión en un texto, así que explícame por favor qué tiene que ver el primer párrafo con el segundo.

Pues tiene que ver en que he estado planteándome muy seriamente teñirme de pelirroja mañana, así a lo loco, y después ponerme a escribir mi novela. Como si la yo pelirroja fuera la yo capaz de escribir cincuenta mil palabras en un mes. De alguna forma, es como si todo se decidiera mañana. No tengo más que unas cuantas ideas, esbozos de personajes y un atisbo levísimo de algo que no es una trama, sino como mucho un hilo argumental. Por no tener, no tengo ni motivación ni excesivas ganas. Así que si mañana me pongo a escribir y saco algo en claro, si soy capaz de escribir dos mil palabras absurdas, quizá esto tenga algún futuro. Si veo que me atasco y/o si me puede la ansiedad frente a la hoja en blanco, terminaré por abandonar.

Y me pregunto por qué no he abandonado ya, si en realidad no me apetece, si no tengo la idea nada clara, si encima me han puteado esta mañana inscribiéndome en un curso complementario de la residencia que es mortal de la vida. Creo que es porque en el fondo tengo esperanzas sobre la novela; no sobre el resultado, sino sobre el hecho de escribir. Tengo esperanzas sobre sentirme feliz escribiendo y disfrutar del proceso. Pienso que puedo hacerlo si encuentro el valor necesario para seguir adelante sin saber lo que hago.

Os contaré mañana cuántas palabras he escrito. Y prometo sacar fotos si al final me tiño el pelo.