massobreloslunes

jueves, 22 de diciembre de 2011

El olvido, esa cosa con plumas

Cuando mi mejor amigo A. dejó de hablarme, hace ahora dos años, pensé que me moría. Al principio no le di mucha importancia, porque creí que era un berrinche y se le pasaría pronto, pero cuando me di cuenta de que realmente tenía intención de No Volver a Hablarme Nunca, se me partió el corazón.

Yo no soy nada rencorosa. Dicen que para serlo hacen falta buena memoria y fuerza de voluntad, y yo no tengo ni una cosa ni otra. El rencor ajeno, por lo tanto, me resulta extraño y sobrecogedor. Vale que mi mejor amigo dejó de hablarme por mi puñetera y grandísima culpa, y vale que yo tendría que haber hecho las cosas de otra manera pero, ¿dos años? ¿Cómo puede alguien estar enfadado tanto tiempo? ¿No se aburre?

Hoy quería escribir sobre esto no por contar el asunto en sí, que es demasiado íntimo y escabroso incluso para este blog, sino para hablar del proceso. Porque aunque la realidad me siga atravesando con sus uñas de bruja, y aunque aparezcan nuevos niveles de dolor y puteo que desconocía, pienso que si pude con lo de A. podré con todo.

Porque fue un proceso muy difícil. El silencio me saca de quicio, ya lo he dicho alguna vez. Me gusta el lenguaje, la comunicación, y prefiero cualquier tipo de enfrentamiento a la dolorosa ausencia de palabras. Ahí estaban todos mis sentimientos: mi rabia, mi ira, mi culpa, mis fantasías de perdón y de venganza. Pero estaban solos. Se estrellaban contra la nada de su silencio y se quedaban así, removidos y hambrientos de que alguien los escuchara.

El dolor iba y venía, por oleadas. Había veces que pasaba semanas levantándome y acostándome con mi amigo en la cabeza, y me preguntaba qué iba a ser de mí, si me iba a seguir doliendo siempre. Porque la intensidad no disminuía con el tiempo: cada vez que reaparecía la pena, era igual de fuerte que la vez anterior, y por más que pasaban los meses me veía incapaz de arrancarle de mi cerebro.

Intenté muchas estrategias. Ignorarle, escribirle aunque él no me contestara, escribir yo sola en mi ordenador largándolo todo sin pudor cuando sabía que nadie iba a leerme. Mi casa estaba llena de objetos que me recordaban a él. El libro de ajedrez que me regaló cuando quise aprender a jugar. El cubo de rubik de competición que me compró por ebay. La pulsera y la rosa de los vientos que me trajo de Túnez. Con todas aquellas cosas yo mantenía una relación ambivalente: quería que estuvieran por allí, y al mismo tiempo cada vez que las miraba me pinchaba el corazón. Pero esconderlas o tirarlas suponía renunciar por completo a la presencia de mi amigo en mi vida, y no estaba dispuesta a hacer eso.

Los sentimientos se me iban revelando como las capas de una cebolla. Al principio, la culpa y la vergüenza no me dejaban respirar. No quería más que volver atrás en el tiempo o darme cabezazos contra la pared por haber sido tan estúpida. Luego llegué a un punto en que fui capaz de perdonarme, y entonces empecé con la autocompasión. Recuerdo que le decía en silencio "no lo harías si supieras cuánto me duele", lo que era mentira, porque él sabía perfectamente cuánto me dolía y aun así seguía haciéndolo. No por nada, sino porque no podía ser de otra manera. Después de la autocompasión vino una rabia tremenda y me cabreé mucho.

No sé en qué punto empezó a dejar de doler, pero fue mágico. Como cuando una muela te está haciendo polvo y te tomas un ibuprofeno, y cuando el dolor deja de sacudirte es como si se hubiera producido un minimilagro en tus nervios. Llevaba tanto tiempo sufriendo por ese asunto que de repente me notaba relajada y ligera.

Tampoco sé muy bien qué ayudó. Creo que por una parte fue el tiempo. No hay mal ni bien que cien años dure, es verdad; la vida sigue, nos llenamos de nuevas experiencias, conocemos a otras personas y al menos cambiamos de preocupaciones. Mi amigo A., sencillamente, ya no forma parte de mi vida; ya no le computo. Me costó un montón llegar a ese punto, porque antes absorbía cada gota de información que podía conseguir de él por otras vías. Un día dejé de preguntar, sin más, y todo fue más fácil.

También me di cuenta de que él ya no me quería. Yo no creo en el amor de ida y vuelta, ya lo he dicho. No entiendo ni entenderé jamás que los sentimientos puedan cambiar de esa manera. He estado muy cabreada, pero sigo queriendo a mi amigo o, por lo menos, a su recuerdo. Sigo pensando que era un encanto cuando me invitaba a comer a su casa o me dejaba elegir bar de tapas; extraño su risa y su sentido del humor, ir al cine con él y negarme a compartir palomitas; me sigue enterneciendo el recuerdo de su sensibilidad, de cómo le gustaban Calvin y Hobbes o tocaba a Beethoven en su piano eléctrico. Pero, noticias frescas, no todo el mundo siente como yo, y parece ser que hay quien es capaz de dejar de querer. Y a mí mi amigo A. ya no me quiere.

El invierno pasado me lo encontré en Granada cuando fui de visita. Nos cruzamos por casualidad y charlamos unos minutos, y en realidad fue como si nos hubiéramos visto el día anterior. Fue bonito. Entonces él me dijo que si quería quedar luego para tomar algo, y aunque yo no podía ver mi cara, porque eso es imposible, la sentí iluminarse como un árbol de navidad. Claro, dije, claro que quiero, dame el toque luego y nos vemos en el centro. Y bajé Cartuja ilusionada como una niña, sólo de imaginarme que tomaba café con mi amigo en el Bohemia o en algún otro bonito bar granadino, que podía mirarle a los ojos oscuros, reírme con él y contarle cómo estaba siendo mi nueva vida en Cádiz.

No llegamos a quedar. Se evadió con excusas ese día, y después en Málaga en vacaciones, y al final me mandó un mail en el que puso que creía que ya no tenía nada que decirme. Y no me molestó tanto descubrir que me odiaba, que era algo que yo más o menos intuía, sino que me dolió la forma en que él había agarrado mi ilusión y la había estrellado contra el suelo. Creo que ése fue más o menos el momento de insight: cuando te das cuenta de que alguien te está haciendo daño de una manera tan frontal y directa que tú, si tienes un mínimo de sentido del autocuidado, no puedes permitir que suceda.

A partir de ahí todo fue más fácil. Guardé el libro, el cubo, la pulsera y demás objetos transicionales en el cajón inferior del armario, dentro de una bolsa de plástico. Quité su número del móvil, renunciando al breve alivio que me producía verlo cuando buscaba un teléfono con la letra A. Le borré por fin del messenger, porque cada vez que veía su nombre en la pantalla y él no me hablaba era un nuevo rechazo. En realidad, me dedicaba a borrarle y añadirle cada cierto tiempo, pero llegó un día en que no sentí la necesidad de añadirle otra vez.

Escribo esto porque es navidad, hace ya dos años que no nos hablamos y barajo la idea de escribirle por si le apetece tomar algo. Es raro, porque ya no siento que esté poniendo mucho en juego. Sé que, me conteste lo que me conteste, no me va a dejar con esa sensación de puñetazo en el estómago que me daban antes sus respuestas. Ya no tiene ese poder porque ya no es parte de mi vida ni parte de mí. Pero me da un poco de pereza que me mande otra vez a la mierda. Y ni siquiera sé si me apetece mucho verle.

También escribo esto porque me ha parecido importante compartir el proceso. El mágico proceso de sanación de los corazones, oh ah uh. El indicador definitivo de que ya pasó es que hace meses que no sueño con él, cuando hubo una época en que me pasaba casi todos los días. Le veía en sueños, estábamos bien y entonces yo le decía: "¿Esto es real, no es un sueño? Porque tú no me hablas". Y él sonreía con sus ojos redondos y me decía: "Es real, te lo juro." Así de puteante era mi inconsciente.

Y a pesar de todo esto, pasó. Pasó y ha pasado y ya no duele. Ahora duelen otras cosas, claro, porque mientras el apego permanezca, el sufrimiento seguirá encontrando su camino a través de mi pequeño y cansado corazoncito. Pero está bien recordar nuestra capacidad de salir adelante, sobre todo en días como hoy, cuando la navidad me está estrujando el cerebro como si fuera un estropajo y no quiero más que acurrucarme en la cama en posición fetal y desear que algunas cosas sean de otra forma.

martes, 20 de diciembre de 2011

Querida Lucía Etxebarria:

Me he leído por lo menos cuatro libros tuyos, así que no pienso que lo hagas del todo mal. Para mí, leer tus novelas es el equivalente a comerme una palmera de chocolate o una bolsa de cheetos: te lo comes si tienes hambre, entra bien, pero ni es alta cocina ni a la larga es bueno para tu salud física y mental.

Aun así, respeto a la gente que es capaz de escribir una o varias novelas y, sobre todo, que es capaz de escribir novelas que mi déficit de atención y yo queramos terminar. Dicho esto, me parece que lo de anunciar públicamente que dejas de escribir ficción para adultos por la piratería ha sido una columpiada tamaño pirámides de Bisbal.

No se trata sólo de que en estos momentos, cuando la gente las está pasando putas putas, pero putas de verdad, tú vayas por ahí diciendo que te puedes permitir dejar un trabajo que en teoría amas y te llena, sólo porque consideras que las condiciones no son lo bastante buenas. Lucía, corazón: el sábado pasado vi en consulta a un señor que se había tomado una caja de diazepam porque lleva dos años buscando trabajo, se le acaba el dinero de la indemnización y no sabe cómo sacar adelante a sus hijas. Estamos hablando de un señor con dos carreras y quince años de experiencia laboral que va a hacer entrevistas de trabajo a Murcia, a Sevilla, a Alicante; que se fue en verano a Londres a ver si le salía algo. Estamos hablando de que cuando la ambulancia lo recogió estaba tan hecho polvo que tenía una puntuación de cuatro en una escala, la escala de Glasgow, que va del tres al quince.

Es decir, que este señor no es que perciba poco por lo que trabaja, Lucía: es que no puede trabajar. No puede. Y está tan desesperado que casi se mata. Eso es lo que hay ahora en España: eso es lo que veo yo todos los días. Me preguntaron que por qué no escribía sobre actualidad: bueno, porque la actualidad, a pie de calle, en vivo y en directo, sin periódicos de por medio, es una puta mierda. Así que si todos los que creen que sus condiciones de trabajo son malas o que cobran menos de lo que merecen dejaran de trabajar... bueno, pues no curraría nadie, eso es así. Tienes todo el derecho del mundo a tu opinión, pero en en el clima social que estamos viviendo me parece una falta de sensibilidad y sensatez que un personaje público suelte algo como esto.

Tienes razón, Lucía, en que hay que pagar por aquello de lo que se disfruta. Yo creo que lo gratis no existe; que, casi siempre, lo gratis se basa en aprovecharse del esfuerzo ajeno. También opino que la solución, en este punto, no es criminalizar ni culpabilizar a los internautas. Creo sinceramente que entre todos tenemos que encontrar la manera de generar cultura sostenible, encontrando modelos de negocio que hagan que al usuario le compense pagar esa cantidad. Por ejemplo: yo estoy suscrita a Spotify por no oír publicidad. A mí me compensa. Así, poquito a poco, podremos ir cambiando la mentalidad de que por las cosas de Internet no se paga; igual que pagas diez euros por tomarte unas tapas, los puedes pagar por escuchar música todo el mes.

También creo, Lucía, que a lo mejor como escritora tienes que cambiar la mentalidad. A lo mejor ahora escribir ya no da para vivir. Bueno, mujer, pues es lo que hay. No sé en qué mundo vives, pero saca tu cabeza de tu piso de Lavapiés y échale un ojo al panorama cultural de ahora. Yo fui hace unos meses a un concierto buenísimo de Fede Comín en Madrid y éramos menos de diez personas. A diez euros por cabeza, menos lo que se llevaba el bar, no creo que ganara más de sesenta o setenta euros por tocar dos horas. Y es bueno, de verdad. Fede ha utilizado el concepto de micromecenazgo para financiar su último disco: donaciones pequeñas que retribuye con regalitos y participaciones en sorteos. También ofrece a su banda para tocar en fiestas privadas. No se le caen los anillos con tal de seguir adelante y poder vivir, mal que bien, de su música.

Así hay tela de gente, Lucía. Gente que no tiene por qué ser peor artista que tú; simplemente, ha tenido menos suerte, menos acierto o no ha estado en el momento adecuado y en el lugar adecuado. Mi colega Fuckowski ha estado vendiendo y enviando uno por uno ejemplares de sus libros durante años. Javier Malonda ofrece contenido gratuito, vende sus libros en formato electrónico y da la posibilidad de donar por Flattr. Laura Pacheco, tan brillante como su hermana Carmen, empezó a dibujar gratis en Tumblr y ha sacado su primer libro de cómics hace unos días, al parecer con un éxito razonable.

La gente, en resumen, se está buscando la vida. Gente que no tiene nombre ni fama más allá de los círculos de Internet. Qué no podrás hacer tú, que dices una parida del calibre de ésta en tu Facebook y sales literalmente en los periódicos. ¿Que no vendes novelas? Pues monta talleres, da charlas, métete en la facultad. Si no te gusta el sistema de distribución de tus libros o el porcentaje que percibes por ellos, hazte tú cargo. Quique González montó su propio sello cuando se cabreó con su discográfica y no le va mal. Deja de llorar por cómo están las cosas, porque las cosas están así, y tú y tus colegas pro canon y persecución policial no hacéis más que hostilizar a la peña.

Aun así, Lucía, lo que más me entristece de tu declaración, y creo que me decepcionaría si me pudiera considerar fan tuya, es el tema de dejar de escribir. No se deja de escribir. No. O, por lo menos, no se anuncia así. Uno lee ese anuncio y se siente estafado, como cuando ves los trucos que esconde el mago o la cara vieja y cansada detrás del maquillaje de los actores. Uno quiere creer que los escritores a los que admira son apasionados, que escriben porque no pueden hacer otra cosa, que existe cierto atisbo de generosidad y belleza en lo que hacen. Creo que ése ha sido tu mayor error. Trivializar tanto la escritura como para poder decir que la dejas con esa tranquilidad. Eso es lo que a mí me huele chungo en tu discurso y creo que por ahí va a ir la boca que hará que tu pez se muera.

Por último, quiero decir que a mí no me da ningún miedo que se dejen de publicar libros. Primero, porque ya hay un montón de libros en el mundo, más de los que voy a poder leer en mi vida. Segundo, porque creo que la cultura y la belleza no se van a morir nunca, porque veo cultura y belleza todos los días por estos mundos internáuticos del Señor. Salen a paletadas de mentes brillantes que tengo la suerte de vislumbrar sin intermediarios que las filtren.

En fin, Lucía, bonita, que me imagino que se te pasará pronto la pataleta ésta del "pues ahora no respiro". Que dices que escribirás novelas para niños: cuidado, porque los niños ven una cosa llamada tele que es preocupantemente gratis. Que escribirás teatro; bueno, espero que luego no vayas por ahí apedreando pasacalles o festivales de entrada libre. No sé, la verdad. Allá tú. Pero no olvides nunca lo que daríamos muchos por estar donde tú te hayas. No seas desagradecida, Lucía, que está muy feo.


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Hay material muy interesante sobre piratería en el blog de Centinel. Aquí hay un artículo de Javier Malonda hablando sobre modelos alternativos de financiar un blog que también está muy bien.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Escribirlo todo

En este vídeo dice Adam Ondra, un escalador que se parece preocupantemente a Harry Potter, que él quiere escalarlo todo. Paredes verticales, desplomadas, boulder, deportiva... todo.

Así me siento yo con la escritura. Yo quiero escribirlo todo.

Quiero escribir novelas policiacas, románticas, de humor, dramones tremendos que al final se arreglen en un final feliz. Quiero escribir poesía rimada, humorística, seria, poesía de Dios Se Me Está Partiendo el Corazón Ahora, sucedáneos de Luis García Montero, acrósticos, verso libre. Quiero escribir ensayos sobre literatura o psicología. Quiero escribir biografías de gente conocida e inventarme una para mí. Quiero escribir mis diarios, siempre, y cuentos cortos y largos, incluso algún microrrelato, aunque se me den fatal.

Quiero escribir realismo sucio, con descripciones escuetas de escenas urbanas que terminen en un final inquietante y Carveriano. Quiero escribir sencilla, como Auster, y a veces dejarme ir con metáforas coloridas y largas, a lo Belén Gopegui o Isabel Allende. Quiero tener una imaginación desbordante y también la capacidad de atenerme a lo real. Inventarme mundos extraños y explorar el que ya tenemos. Escribir con ilusión Coelhiana o cinismo a lo Buckowski, con ironía a veces, con sencillez, con pasión siempre.

Quiero relatar lo que me pasa todos los días e inventarme lo que me gustaría que pasara. Quiero contar las historias de la gente que se me cruza por la calle, hablar de mis amigos y de la gente linda, explicar por qué me parecen importantes casi todas las cosas. Quiero escribir sobre nadar, sobre escalar, quiero contar mis recetas de cocina favoritas y la mejor manera de pintarse las uñas. Quiero escribir en primera persona, en un tú indefinido, en narrador omnisciente. Quiero escribir bellas historias de amor y sucias escenas de sexo.

Quiero escribir por las mañanas, cuando me levanto y todo está silencioso y frío, mientras se hace el café en mi cocina-armario y se despierta el sol por detrás de la Catedral. Quiero escribir en el trabajo, en los ordenadores corporativos que no me dejan abrir más que el bloc de notas chungo porque no tienen Office, o en las libretas con publicidad de los laboratorios. Quiero escribir por las tardes, ahora que anochece temprano y está bien quedarse a veces en casa, protegido por la luz del flexo. Quiero escribir de noche, cuando todos se han callado, no me queda nada por hacer y puedo escuchar mis pensamientos alinearse tranquilos y claros.

Quiero escribir en mi moleskine, en los asientos traseros de un autobús de línea o en un avión, justo antes de que empecemos a aterrizar y las azafatas me obliguen a cerrar la mesita. Quiero escribir en mi Mac blanco de teclas suaves o en teclados antiguos que hagan mucho ruido cuando los pulse rápido con mis dedos de uñas pintadas. Quiero escribir en libretas grandes de anillas, con hojas blancas o de rayas (cuadros no, cuadros nunca).

Quiero escribir sola en casa, en talleres rodeada de gente, en bares. Quiero escribir en mi salón mientras un hombre guapo también escribe o quizá lee, o cocina algo rico mientras me mira a ratos de reojo. Quiero escribir desnuda o con mitones en las manos porque hace muchísimo frío. Quiero escribir despacio, parando en cada párrafo para mirar el Facebook, o deprisa, dejándome llevar mientras se me olvida el resto y pienso en que cuando tecleo a gusto la boca me sabe a sangre.

Quiero escribirlo todo.

(El tema, supongo, es que hay que vivir un poco también. Qué pereza.)

sábado, 17 de diciembre de 2011

Baños

Le propongo los baños árabes porque tengo frío y porque es la única manera que se me ocurre de mirarle mucho rato (casi) desnudo. Lo justifico porque estamos cansados, hace ya tiempo que se hizo de noche y no hay muchas otras formas de pasar el tiempo en la ciudad helada. Vamos en ropa interior, porque a ninguno se nos ha ocurrido traernos bañadores en diciembre. Menos mal que los dos somos fans de la sencillez, así que él lleva unos boxer negros elásticos y ajustados y yo llevo sujetador y bragas negras. Podría pasar por un bikini, quiero pensar.

Es curioso cómo en verano andamos paseándonos por ahí con toda la carne al aire, pero cuando nos acostumbramos a sentir la piel bajo las capas de ropa, despojarnos de ellas se convierte en una provocación abierta. Así que cuando salimos de los vestuarios y nos encontramos en el pasillo, nos miramos con curiosidad y sonreímos un poco. El suelo está caliente y todo huele a incienso dulzón y un poco a cloro. La música relajante no es demasiado cutre, así que me siento casi digna cuando atravieso la cortinilla que da entrada al recinto de baños y le noto a él pisándome los talones.

Nada de líos raros, establecimos antes de venir. Sin confusiones. Somos amigos, punto; amigos que van a pasar un fin de semana juntos a una ciudad desconocida. Yo le deseo de forma digamos inofensiva, como se desea a Brad Pitt o al marido de tu hermana: con la resignación tranquila de lo imposible. Ahora mismo, en realidad, sólo quiero meterme en el agua.

Hay varias piscinas con diferentes grados de calor y, en el centro, una de agua fría que corre desde una pequeña cascada. Se trata de ir alternando temperaturas, nos ha contado la señora de la recepción mientras nos daba las llaves de la taquilla. Es bueno para la circulación. Así que empezamos en una piscina templada y rectangular. No tiene mucha altura: la justa para que él tenga que agacharse bastante para mojarse el pelo y después salga del agua como un diosecillo moreno y guapo que me sonríe tras las pestañas mojadas. Y su sonrisa me destruye, pero yo aguanto y también me agacho, y me echo la melena mojada hacia atrás pensando que a lo mejor, si me concentro mucho mucho, puedo convertirme en una diosa sexy y atractiva de esas que salen en los anuncios de perfume.

Porque a él no le gusto. Si algo tengo claro en esta noche de invierno, en este viaje improvisado en el que nos hemos embarcado, es que a él no le gusto. Porque sólo me dice "estás guapa" a veces, cuando me he cambiado el peinado o cuando me pongo falda, pero utiliza el verbo estar y no el verbo ser, y eso, unido al tono casi de sorpresa con que lo dice, me convencen de que no le gusto. No pasa nada. Ningún planeta se ha acabado por eso.

Vamos a la piscina fría. Nos reímos mientras competimos por ver quién tarda menos en ser capaz de meterse en el agua helada, y al final gano yo, que soy tan estoica en el amor como en la temperatura. Él baja los ojos hasta mi sujetador, "¿tienes frío o te alegras de verme?", bromea. "No me hagas mirarte los gayumbos", sigo yo la broma, y salgo corriendo del agua para volver al calor. Esta vez nos metemos en la segunda piscina, un poco más caliente que la primera, y el contacto con la piel fría después del último baño hace que un cosquilleo ingrávido me envuelva el cuerpo. Siento como si mi piel se dilatara y me dejo flotar en la superficie del agua.

Él está sentado en una esquina. Me coloco enfrente. "Ponte a mi lado, ¿no?", me dice, y de repente se enciende una alarma en mi cerebro. Ponte a mi lado. Porque yo no le gusto y lo sé, y no sé si quiero ponerme a su lado porque con el pelo mojado está tan guapo que no puedo respirar. Porque sus ojos claros me miran desde encima de su sonrisa golfa y le brillan en las pupilas los anzuelos que podría clavarme si quisiera.

Así que me evado, sonrío, me levanto, me voy de nuevo a la piscina fría y después a la tercera más caliente, que me sigue pareciendo agradable porque me encanta el agua ardiendo. Ahora es él quien se sienta a mi lado, charlamos un poco, nos quedamos en silencio. Me mira, y no quiero decir que sus ojos se cargan de significado porque me parece una mierda de expresión, un topicazo, pero es así. Y entonces yo comprendo que quizá no le guste, pero que en este momento, en este lugar, no sé si por el aumento de circulación de las dos aguas o por el pelo mojado o por el conjunto bragas y sujetador con relleno, le gusto. Y eso me aterra.

Piscina fría, piscina caliente y él ya empieza a decir que tiene un poco demasiado calor, y yo no sé cómo interpretarlo. Porque esta vez se sienta a mi lado, pero a mi lado de verdad, con una porción considerable de su muslo tocando mi muslo, de su brazo tocando mi brazo. Entra otra pareja y se meten en la primera piscina. Yo miro al frente muy seria, él sonríe, me aparta con la mano el pelo de la cara, y entonces es cuando yo no puedo creer a la voz que sale de mi boca y dice no, de verdad, no, dijimos que amigos, no estropeemos las cosas, de verdad, no. Y entonces él se queda muy serio, y a mí se me ocurre que la única forma de que no me siga es mudarme a la última piscina, la más caliente de todas, y eso hago, no sin antes meterme en el agua fría por razones que a estas alturas son bastante obvias.

Pero me sigue, y aunque frunce el ceño al meterse en el agua ardiendo, vuelve a acercarse a mí. Esta vez su cuerpo no toca el mío y sigue sin sonreír. Yo le miro interrogante, sin atreverme a preguntar si se ha enfadado. No quiero empezar una retahíla de explicaciones, así que bajo un poco el culo, apoyo la cabeza en el borde y cierro los ojos.

Entonces siento su mano en mi estómago, y para cuando abro los ojos y le miro ya es demasiado tarde. Porque me atraviesa serio con sus ojos mientras sus manos juegan con mi ombligo y con mi vientre. Su mano grande, que cubre entera casi toda mi cintura y que es morena, nudosa y muy suave. Intento sonreír, preguntarle qué hace, pero se me mueren las palabras a mitad de camino y miro al frente, porque de repente ya no siento nada en ninguna parte: sólo el burbujeo en la superficie de la piel y en la tripa una bomba, una araña, una serpiente gigante.

Su mano baja, cruza la frontera de las bragas, explora y se hunde entre los pequeños montículos de carne. Yo cierro los ojos, suspiro y me deslizo un poco más en el banco, abriendo las piernas. Porque no es que quiera o que ni quiera: es que sé que en este momento no tengo opción, que podría derrumbarse el techo, que la pareja de la piscina uno podría sentarse ahora mismo en nuestra piscina y yo seguiría sin más opciones que quedarme ahí quieta, con las piernas abiertas y los ojos cerrados. Sigue moviendo despacio los dedos y se mantiene lo bastante alejado de mí como para que su mano sea lo único que me toca. Y me mira, me mira, me sigue mirando, lo noto a través de mis ojos cerrados como el calorcillo persistente de un flexo. Sus dedos se introducen y salen, escarban, dan vueltas con suavidad y yo no puedo creerme que esto esté pasando, y querría girarme y comerle esos labios oscuros que tiene, la frontera dudosa de su sonrisa, pero simplemente no puedo, porque él está serio, tan serio...

Y mientras sigue moviendo los dedos en círculo, abro los ojos, giro la cabeza y veo sus ojos helados clavados en mí, su cara sin un atisbo de sonrisa. Y no son sus dedos diestros los que hacen que al final yo me disuelva en un orgasmo incrédulo y acuático: es eso, es la seriedad que ha tatuado en su cara, la importancia abismal con que me mira.

Huevos kinder

Un euro diez había costado el huevo kinder, y mientras ella le mira rasgar el papel con ojos entusiasmados, se pregunta cómo ha subido tanto el precio, o si valía tanto cuando ella era pequeña. Entendiendo, más o menos, por qué sus padres lo consideraban un artículo de lujo y no se lo compraban casi nunca; por eso y porque ella se dejaba la mitad del chocolate y se iba enseguida a por el juguete.

Él hace lo mismo. Deja las dos mitades del huevo abiertas sobre la mesilla de noche y coloca el otro huevo, el amarillo pequeñito, en la palma de su mano. Está sentado con las piernas cruzadas sobre el edredón, sonriente y espídico, mientras ella, tumbada, apoya la mejilla en la mano y piensa en dormir otro rato.

Sacude el huevo amarillo. Ella comienza a darle mordisquitos al chocolate, que le parece absurdamente fino y dulce, y tan poco motivador como en su infancia. Él pega el oído para ver si consigue averiguar lo que tiene dentro.
- Me gusta cuando suena a piezas, a que hay muchas piezas que se pueden montar.

Ella sonríe. Por fin, él abre el huevecito y saca los papeles de instrucciones y las piezas. La pieza, para ser más exactos. Es un llaverito con forma de coche de carreras. Pero no es un coche, sino la silueta de un coche, y todo lo que hay que hacer es pegarle la imagen del coche real encima y engancharlo a las llaves que todo niño actual debe tener.

Él frunce el ceño.
- Esto es una mierda de regalo - dice, mientras despega el papel y lo adhiere al llaverito de plástico -. ¿Ahora es esto lo que regalan con los huevos kinder? No me lo puedo creer.
- A ver, yo qué sé, ¿qué esperabas? Son regalitos cutres, te parecían mejores antes porque eras pequeño.
- No, no, no es eso - protesta él -. Cuando era pequeño los regalos eran mucho mejores. Traían maquinaria de metal y todo. ¡Traían hasta poleas!
- ¿Poleas? Pues seguramente alguien habrá decidido que era peligroso y las habrán retirado. Es más difícil que los niños se metan el llavero por la nariz que una polea metálica.

Él se ha puesto de pie y da vueltas por la habitación, indignado, mientras agita al inocente llaverito como si quisiera arrancarle alguna confesión.
- Pero es que si por lo menos fuera un coche de verdad... pero es que ni siquiera es un coche, ¡¡es la foto de un coche!!
- No es para tanto, cariño. Tranquilo.

Ella no sabe si reírse o preocuparse, porque la imagen de él, en pantalones de pijama y sin camiseta, con el pelo ligeramente canoso brillando al sol de la mañana y el llavero colgando del dedo índice, le resulta un poco cómica.
- Sï que es para tanto. ¡Son los niños, es su ilusión! ¿Tú te crees que a un niño le puede apetecer jugar con esto? Un niño necesita algo que montar, algo que construir. Necesita piezas. No se puede jugar con un llavero.
- Yo creo que estás exagerando, ¿eh? Los niños juegan con todo.

Él resopla y da vueltas por la habitación, y a ella se le ocurre que a ver si encuentra trabajo de una vez y desfoga toda la energía contenida que está volcando ahora mismo en el huevo kinder. Porque esta escena le parece profundamente rara.
- Voy a llamar al teléfono del consumidor. O a poner una hoja de reclamaciones.
- ¿A quién?
- Pues yo qué sé, a la fábrica kinder o a quien sea. Es que no me parece bien, mi amor, en serio.
- Estás como unas maracas.

Ella se ha sentado en la cama y decide que definitivamente la situación le parece graciosa. Le hace gracia cuando él se pone a repasar los papelitos que venían con el regalo, buscando un número de teléfono al que llamar para protestar. Le hace gracia cuando llama a información telefónica preguntando a quién le puede decir que los regalos del huevo kinder de ahora son una basura. Le hace gracia verle todo sulfurado, repitiendo una y otra vez "¡es que ni siquiera es un coche!". Pero entonces él cuelga el teléfono y suspira. Se sienta en el borde de la cama, se encoge de hombros, acaricia el llavero con resignación y casi con cariño.
- No se puede jugar con un llavero - repite, bajito.

Y es en ese momento cuando a ella la cosa deja de hacerle gracia, y no sabe por qué.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Adicta

Escribir todos los días es el mal. Es el bien, claro, pero es el mal porque te das cuenta de que vuelves tarde de una cena con la roquipandi, estás hecha polvo, mañana tienes que madrugar y, aun así, te sientas delante del ordenador a escribir algo. Porque te haces adicta.

Adicta a pasarte el día recolectando imágenes, impresiones e ideas, a apuntar en la libreta de tu coco (porque la libreta física nunca te acuerdas de cogerla) posibles títulos de post.

Adicta a escribir con la mente, a ir relatando con palabras los momentos de tu día y pensando en cómo podrías describir las escenas para que los demás puedan verlas con tus ojos. Cómo puedes describir tu sensación sentada en el autobús a las ocho de la mañana camino del hospital, rodeada de universitarios, mientras te preguntas si tú podrías pasar por universitaria, te contestas que sí y miras el cielo de la bahía naranja y rosa sobre el mar en calma.

Adicta a hacer cosas raras, como salir del trabajo y caminar hacia el paseo marítimo, hundir tus botas de tacón en la playa y luego tumbarte junto a la orilla, con el bolso como almohada, sin importarte que las bragas se te estén llenando de arena, sólo porque sabes que tienes cierto compromiso extraño contigo misma y con tus lectores de vivir la vida así, porque ésas son las cosas que luego se escriben, porque son las pequeñas cosas que marcan la diferencia.

Adicta a sentarte aquí y entrar en el flujo extraño de la escritura. Al proceso misterioso por el que las ideas se transforman en palabras, y cómo tú contemplas la forma en que tu cerebro ordena, escoge y compone para acabar formando frases que al final describen tu realidad de una forma más o menos digna.

Adicta a vuestros comentarios después, a vuestras palabras siempre amables, al honor de formar parte de las rutinas ajenas. A la posibilidad de seguir conociendo a gente bonita que tiene el detalle de emocionarse con lo mismo que tú.

Adicta al exhibicionismo, a la sinceridad, al corazón roto y abierto y esparciendo sangre entre las letras, a la calidez, a la ternura, a la rabia, al humor, al no puedo creerme que otra vez esté hablando de uñas, al vergüenza de tus hijos Marina como lea esto DDM te vas a tener que suicidar. Adicta a la ingravidez deliciosa de los dedos sobre el teclado. Adicta a la suerte gigante de tener una pasión, algo que amas mucho mucho mucho mucho y que puedes hacer siempre siempre siempre siempre.

Adicta a escribir. O a bloguear. Llámalo X.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Mamá, yo quiero ser santa

Esta entrada se la dedico a Neikos y a su dulce y recién nacido Mateo. Sed felices, pequeños.

Yo no sé en qué punto de mi perturbado cerebro infantil nació la idea de ser santa. Ya os digo que creo que era una mezcla entre querer coger buen sitio en el cielo, por un lado, y pretender ser siempre la mejor en todo y también en la religión y la bondad. Igual que quiero sacar dieces, pues quiero ser santa: así funcionaba yo.

Mi inspiración era clara: Santa Teresa de Jesús, la santa que fundó mi colegio, las Teresianas. Santa Teresa así grosso modo era muy muy buena de pequeña, y su madre se murió, y luego quería irse a África para ser mártir y que le cortaran la cabeza, pero la pillaron saliendo de Ávila y se tuvo que confirmar con ser santa a secas. Creo que me gustaba porque había empezado a ser santa desde pequeña, que era lo que quería yo. Por otra parte, yo tenía bastante claro que quería ser santa, no mártir, que he tenido mi época religiosa, pero sufrida no he sido nunca.

De pequeña el rollo religioso me gustaba mucho. ¿Por qué? Pues no sé, me resultaba reconfortante. Había cosas buenas y cosas malas, tú te limitabas a hacer las buenas, Dios siempre estaba ahí, te escuchaba y tú podías pedirle cosas aunque no te hiciera ni caso. Y si la liabas, pedías perdón y punto. Yo hablaba mucho con Dios y le contaba mis problemas. A lo mejor de haber podido escribir un blog de pequeña no habría necesitado la religión, quién sabe. Pero así tenía como una especie de amigo invisible superpoderoso que encima me prometía cosas bonitas para después de la muerte. Recuerdo que entonces la muerte me daba cero miedo; más bien sentía curiosidad, y algunas veces hasta me entraban ganas de suicidarme para ver qué pasaba (esto es cien por cien morboso y raro, lo sé y lo siento).

Total, que quería ser santa. ¿Qué hacía para conseguirlo? En mi cabeza era bastante fácil: se trataba de ser buena todo el tiempo, punto. También rezaba mucho: por la mañana, por la noche y cuando me acordaba a lo largo del día. Recuerdo perfectamente mi rutina de rezo nocturno: un padrenuestro, tres avemarías, un gloria, angel de la guarda, Jesusito de mi vida y la señal de la cruz. Luego lo fui tuneando a medida que aprendía oraciones nuevas, como una superbonita de la que todavía me acuerdo:

Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea
pues todo un dios se recrea
en tan graciosa belleza
a ti, celestial princesa
Virgen sagrada, María
te ofrezco desde este día
alma, vida y corazón
cuídame con compasión,
¡no me dejes, Madre mía!

Me encantaba la exclamación del final y la pronunciaba mentalmente así como en un éxtasis de fe. Recuerdo que mi abuela me regaló una virgen de escayola pintada a mano para que la colgara en el cabecero de mi cama y tuve una época super friki hardcore de Dios en que por las noches rezaba de rodillas frente a mi Virgen de escayola. Era preciosa y tenía dedos largos largos, que según mi tío Quique tienen que ver con la espiritualidad. Las oraciones me reconfortaban, por el tema poético-lírico, creo yo. Ahora, de mayor, de vez en cuando recito poesías que me sé de memoria porque tranquilizan a mi corazón ateo. La única oración que sigo rezando cuando me acuerdo es la de San Francisco, sobre todo la parte de "Oh, Señor, haz que yo no busque tanto/ ser comprendido, sino comprender/ ser consolado, sino consolar/ ser amado, sino amar." Me gusta, yo qué sé.

Yo debí de ser la única niña de España y del mundo que hizo la comunión firmemente convencida de que quería hacer la comunión, seguir a Jesús e ir al cielo. El momento problemático llegó en la confesión, cuando teníamos que ir a decirle nuestros pecados al cura para comulgar en gracia de Dios. Que es la caña el tema de la religión cristiana: al fin y al cabo, te confiesas y vuelves a quedar limpio, es como meter el alma en la lavadora. Los budistas y su karma infinito e inmutable: eso sí que es complicado.

La cosa es que yo no sabía cómo decirle al cura que yo... en fin... que yo había pensado y hecho cosas llamémosle sucias. Pero sabía que tenía que decírselo porque eso era muy muy malo, y si comulgaba sin confesar eso me iba a freír en las llamas del infierno. Al final lo camuflé entre otros pecados menores, como el típico que va a comprar a la farmacia y dice "tiritas, betadine, condones y esparadrapo". Pues yo dije algo como "he mentido, he pegado, he cometido actos impuros y me he peleado con mi hermano". El cura asintió y no me llamó pervertida ni nada, así que bien. Hice la comunión en gracia de Dios y me puse super contenta de haber lavado el pecado original, y durante una época iba a misa los domingos y rezaba rosarios por las tardes.

Durante la adolescencia mi relación con la religión iba y venía. Seguí creyendo varios años, aunque todo se hacía cada vez más laxo y confiado en la supuesta misericordia infinita de Dios y en que al final me pasaría la mano. Digamos que era muy difícil combinar mis oraciones a la celestial pureza de María con mis pensamientos lujuriosos hacia Leonardo DiCaprio y diversos maromos morenazos dos o tres años mayores que yo. Me separé definitivamente de Dios cuando, en cuarto de ESO, llevamos a cabo una serie de debates sobre anticonceptivos, homosexualidad, masturbación y sexo prematrimonial que me hicieron ver claramente que aquello no era para mí. Me afectó especialmente el tema de la homosexualidad: ¿cómo podía estar Dios en contra del amor? Me resultaba muy ajeno y simplemente dejé de creer.

Tonteé de nuevo con la fe en unos campos de voluntariado religiosos a los que fui con dieciséis años, pero ahora creo que no era la fe, sino las hormonas. La última vez que pensé en Dios fue también haciendo voluntariado, en un centro para enfermos de SIDA de Málaga, porque uno de los enfermos me miró a los ojos de una forma que yo pensé que era Jesucristo. Verídico. Y yo tenía casi veinte tacos, ojo, pero se ve que seguía siendo sugestionable.

Por último decir que ahora no es que no quiera creer; simplemente es que tengo cero fe. Cero. Nada. No me lo trago. La religión cristiana/católica y la Iglesia me parece que están fundadas sobre una serie de mitos y dogmas tan raros y tan absurdos que hace falta ser muy ingenuo para creérselos. Por eso supongo que fui religiosa siendo niña: porque sólo pude creer en Dios mientras creía en los reyes magos o tenía amigos invisibles. En el momento en que perdí mi capacidad de fantasear e imaginar con cierta verosimilitud, perdí la fe.

Hoy pienso que en realidad ser cristiano es superguay, y que ojalá ojalá yo me tragara la historia del Dios que lo creó todo y que vino a salvarnos y que nos va a llevar a un lugar mejor si somos buenos. Ojalá pudiera seguir hablando con Dios por las noches y pensando que le da un sentido a todo. La vida sin Dios da bastante más miedito. Pero bueno. No me va mal. Ahora mismo creo en la Iluminación y en practicar el amor bondadoso y confío en que me irá bien en lo trascendental... y bueno, sólo espero que después de la muerte no pase como decía Mr. Bean en un monólogo que vi una vez: que al final los judíos tenían razón.