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miércoles, 22 de febrero de 2012

La soledad y la escalada: llevando el frikismo un poco más allá

No sé exactamente qué hora es, pero digamos que algún momento entre las cinco y las siete de la tarde. Estoy en una tienda de alimentación del centro de Puerto Real. En estos momentos mi aspecto es el siguiente: trenza despeluchada, pantalones de deporte grises hasta la rodilla, camiseta de tirantes, una rebeca larga de lana morada y un pañuelo al cuello. Los pies de gatos puestos, aplastándome los dedos en la puntera. La cara y las manos llenas de magnesio, con las uñas pintadas de rojo destacando en medio del polvo blanco.

La razón de que lleve esta pinta de loca y no me haya quitado ni los gatos para ir a comprar agua es que ahora mismo me quedan siete minutos, medidos por el cronómetro del Kpot, para la siguiente serie de veinte movimientos en el desplome del roco. Cuando terminen los siete minutos sonará la alarma que hemos elegido, algo como una sirena de submarino en estado de emergencia, y me tocará colgarme de nuevo para que me marque otra vía.

El tema es que el amigo Kpot y yo no estamos leyendo un libro sobre entrenamiento para la escalada. Que no se puede ser más frikis. Que él vale, porque hace 8a y está muy fuerte y tal, pero ¿yo? Metro y medio de ex rubia sedentaria que cualquier día se lesiona y se tiene que poner a hacer ganchillo. Pero yo qué sé, vi el libro y me llamó la atención, lo compré, luego se lo presté al Kpot y este mediodía me ha recogido del hospital con un planning en Excel de lo que iba a ser a partir de ahora mi entrenamiento de escalada. Algo como: lunes y jueves nadar a muerte, sábado y domingo escalar a muerte, martes y miércoles en el roco a muerte. Ha diseñado series de movimientos con dificultad ascendente, descansos entre vías y entrenamiento de los músculos antagonistas. "Serás mi cobaya", me ha dicho. Y hemos echado la tarde con el cronómetro zumbando cada X tiempo, él marcándome vías y yo tirada de risa, apretando a muerte y sintiéndome como Patxi Usobiaga.

Me comenta Silvia en el post anterior que es complicado construir los vínculos necesarios para acabar con la soledad. Hoy he terminado el libro, y la verdad es que la conclusión es poco esperanzadora. Las herramientas no están claras, y aunque a veces parece que el fin de una soledad grave llega como resultado del esfuerzo de la persona, otras veces sucede de manera casi fortuita. Te cambias de trabajo, conoces a tu pareja en un bar o te apuntas a un curso de escalada de fin de semana, y bueno, los vínculos aparecen y la soledad se va. Más o menos.

La escalada ayuda porque es un deporte que necesita de la gente. No se puede ser un escalador independiente; como mínimo, necesitas a un compañero que te asegure desde abajo. Y asegurar o que te aseguren, de por sí, es una experiencia. Pones tanta confianza en la persona que dejas tu vida en sus manos. Confías en que responderá cuando lo necesites, en que te prestará toda su atención y sabrá amortiguar el dolor cuando te caigas. Aunque no sea más que una metáfora, creo que de alguna forma ayuda a que tu subconsciente construya esos vínculos y esa imagen de los demás como personas que están ahí para respaldarnos.

El tema del post de hoy es que bueno, yo parecía una loca en la tienda de comestibles. El dependiente me miraba contar monedas con las manos temblorosas y llenas de magnesio y no creo que se imaginara que soy la psicóloga de la Unidad de Agudos, y que por las mañanas hago cosas serias como valorar si un paciente tiene o no la intención de suicidarse. Y que es muy divertido y muy motivante ir al roco con un plan hecho, marcarse objetivos, querer mejorar y ser capaz de entrenar tres horas porque realmente no hay ningún otro sitio en el mundo en el que te apetecería estar.

Pero lo que de verdad me ha conmovido del día de hoy es el hecho de que el Kpot se haya parado a pensar un plan para mí. Porque yo me paso la vida en constante autocoaching. Que si escribe todos los días, que si estudia una tarde por semana, que si intenta meditar algo aunque sea antes de dormir. Que si ahora voy a planear mis menús para esta semana o a buscar en Google cómo cojones se cambia la bombilla del techo del baño. Vivo en la autosuficiencia. Y cuando alguien hace algo así por mí sin que yo se lo pida pues oye, me llega. Lo demás, teacher, no tiene tanta importancia: los minutos entre series,  el peso de las mancuernas, la cantidad de movimientos. Lo esencial ya lo tenemos.

Así que bueno, Silvia, no sé cómo se construyen vínculos. Es triste, pero creo que la suerte tiene mucho más que ver de lo que pensamos. Pero a veces sucede. A veces sientes esa conexión. Con una actividad, con una pasión, con una o varias personas. Y cuando sucede es tan estupendo que lo único que puedes hacer es agradecerlo así casi con disimulo y cuidarlo con todo el esmero del que seas capaz, porque es algo raro y valioso. Porque sabes que no es fácil. Porque merece la pena.

La habitación vacía



Este post es bastante largo (oh, oh, novedad de la vida, con lo breve que eres tú siempre, Marina). Además, me resulta un poco espeso. Pero repasándolo, no encuentro nada que quiera cortar o resumir. Llevo todo el día dándole vueltas al tema y me resulta importante compartirlo con vosotros. Así que os animo a que lo leáis, aunque a priori parezca un tostón.

La primera vez que vi "La habitación vacía" en la librería, hace como un mes, me sobrecogió. Acababa de tener el accidente de moto y llevaba diez días metida en casa. Apenas habían venido a verme un par de amigos, y dedicaba mis horas a leer, dormir, escribir y arrastrarme cojeando al Covirán a comprar provisiones. La segunda mitad de 2011 había sido genial. Conocer gente, aprender a escalar, hacer amigos, viajar. Pasar fines de semana fuera, recuperar el campo, respirar, divertirme mucho, mucho, mucho. La sensación de pertenecer a un grupo. Los chistes compartidos, las tardes entrenando, la página del roco en Facebook, los illoooooo de treinta segundos. La cena de navidad, la cuerda de equilibrio, las noches con la guitarra, las catas de vino de más de un euro y menos de dos.

Y, de repente, estaba otra vez sola. Otra vez se me acumulaban los días sin ver a nadie más que a mí misma. Mi parte racional sabía que era transitorio y que tenía que ver con las lesiones físicas; a mi parte emocional todo aquello le sonaba demasiado como para no tener miedo. Así que cuando ojeé la contraportada del libro y vi de qué trataba, a saber: de la experiencia de la autora con la soledad crónica, me negué a compralo. No quería saber nada del tema porque no quería estar sola; confiaba en recuperar, junto con la movilidad del tobillo y de las rodillas, la apaciguadora sensación de comunidad que había creado los últimos meses.

Según Emily White, ésta es una de las principales características de la soledad. Nos resistimos a nombrarla. Es un tabú. No nos gusta reconocer que estamos solos ni que los demás lo sepan. En ese momento, aunque pareciera absurdo, coger ese libro de la estantería y pagar por él me resultaba no tanto humillante como casi gafe.

El viernes pasado, sin embargo, decidí llevármelo. Había vuelto a entrenar y a escalar, llevaba un mes trabajando en Agudos y entusiasmada con los locos, me sentía fuerte para leer sobre la soledad. Hoy martes ya casi he terminado el libro. He tenido poco trabajo y he podido leer casi toda la mañana y toda la tarde. De vez en cuando levantaba la mirada, estremecida. Tenía tanto que ver conmigo y con la gente que me rodeaba. Podía identificar mi soledad, la soledad de muchas personas a las que quiero e incluso la de mis pacientes.

El primer mensaje del libro es que la soledad existe. Como problema con entidad propia. Es distinto a la depresión, a la ansiedad, a la tristeza. No es un trastorno del ánimo, sino de las relaciones. No es una debilidad de carácter, sino una experiencia emocional muy dura a la que todos podemos vernos abocados en un momento dado. No sé si alguno habéis pasado por la experiencia de estar realmente aislado. Yo sí. Por fin he podido poner nombre a lo que sentí desde que me fui a Barcelona a estudiar periodismo hasta que empecé en serio con J., casi tres años después. Yo no estaba deprimida. Yo estaba muy, muy, muy sola.

Ahora, desde la distancia, me resulta complicado recordarlo y explicarlo. Sólo sé que mi soledad no disminuía con la compañía. En Barcelona, yo vivía con compañeras de piso, iba a clase con un montón de alumnos de mi edad, tenía amigas de Málaga que también estudiaban allí y un novio estupendo pero tristemente lejano. Y me sentía totalmente apartada. No me integré con mis compañeras de piso, no me integré en la facultad y desplazarme al centro me daba muchísima pereza. Salir con gente me horrorizaba. Los jueves, cuando toda la Vila Universitària donde yo vivía se llenaba de estudiantes con ganas de fiesta, yo sólo quería meterme en mi habitación y enterrar la cabeza en la almohada. Paseaba sola por Barcelona, montaba sola en tren; la única sensación de vínculo la tenía con MQEN, y eso era horrible, porque él siempre se iba.

Cuando llegué a Granada pensé que aquello iba a cambiar. Que podría sentirme unida a alguien. Recuerdo haberle preguntado a mi compañera de piso, que ya llevaba allí un año, cuánto tiempo había tardado en hacer amigos en su facultad. Pero tampoco encajé en el primer curso de Psicología. En una asignatura nos pidieron que hiciéramos una lista con las personas de la clase con las que sentíamos más afinidad. Luego teníamos que preguntarles su opinión sobre una serie de temas para ver hasta qué punto coincidíamos. De las tres personas que escogí, ninguna me había elegido a mí; de hecho, nadie en la clase lo hizo. Al año siguiente cambié de turno, pero tampoco logré enganchar con la gente de la mañana. Todos los viernes me despedía alegremente de mis compañeros exclamando "¡Buen finde!", y en realidad sabía que yo no haría nada interesante con el mío. Y es raro, porque tenía amigos, buenas compañeras de piso e incluso mi relación con J. empezaba a dar sus primeros coletazos, pero seguía estando muy, muy sola.

El concepto a lo mejor es difícil de entender. Yo misma no sé muy bien qué hace que no te sientas vinculado en una etapa determinada de tu vida, porque probablemente ahora paso más tiempo sola que entonces y, sin embargo, no me siento sola. Pero todos estamos en riesgo de llegar a ese punto. No depende de lo sociables, interesantes o atractivos que seamos: quien me conozca en persona sabe que no soy ni tímida ni torpe. Pero te cambias de ciudad, o lo dejas con tu pareja, o pierdes el trabajo, o tus amigos se casan y, cuando te quieres dar cuenta, la soledad ha golpeado y no sabes cómo salir de ella. Siempre he tenido la teoría de que mi vida habría sido distinta de haberme tocado otro piso en la Vila Universitària: un piso con estudiantes de primero con las que haber podido hacer piña. O de haber acertado con la carrera a la primera y haberme sentido identificada con mis compañeras de clase. Sin embargo algo no cuajó, y la soledad atacó de una forma tan profunda que no conseguí quitármela de encima en años.

El libro explica que la soledad es peligrosa. Por una parte, porque por sí misma puede conducir a más soledad: te mantiene en un estado de miedo, de alerta. Te vuelve obsesivo, controlador, casi paranoide. Te dificulta establecer nuevas relaciones sociales: mientras más solo estás, más te cuesta buscar compañía porque, paradójicamente, tu soledad se convierte en un lugar donde puedes estar seguro. Al final de mi estancia en Barcelona, paseaba por las zonas del campus lejanas a mi facultad para no encontrarme a nadie conocido. Me sentía intensamente atacada por todo el mundo. No creía que contar mis problemas o intentar profundizar en las amistades que tenía fuera a solucionar nada. La soledad también tiene consecuencias devastadoras para la salud. Por sí sola, deteriora la función cognitiva, deprime el ánimo, empeora el sistema inmunitario, aumenta el riesgo de complicaciones cardiacas.

Y estar solo no es deseable. La autora nos plantea que en este mundo que nos están vendiendo, donde el individualismo está a la orden de día, donde se transmite la idea de que si uno se lo curra, en realidad, no necesita a nadie, parece que es un estado del que hay que disfrutar por narices. Que si no suena la flauta y no somos capaces de sentirnos emocionalmente unidos o socialmente integrados, no pasa nada: preparemos un baño, compremos cosas ricas para cenar, veamos una buena película. Disfrutemos de nuestra propia compañía. Cuando la realidad es que estamos preparados para socializar igual que para respirar o para comer. Que nuestro sistema nervioso, nuestra sensación de identidad y nuestro cuerpo necesitan la compañía ajena y la sensación de seguridad que proporcionan las relaciones.

Siempre me quejo de que la autoayuda y la psicología contemporáneas son muy individualistas. Como si nos diera miedo contar con los demás, porque no estamos seguros de tenerles. Todo pasa deprisa, la gente llega a nuestro lado y se marcha muy rápido. Nos cuesta esforzarnos para mantener las relaciones que tenemos o para crear otras nuevas. Nos cuesta sacrificar espacio o recursos para darnos a otras personas, nos cuesta arriesgarnos a que nos partan el corazón. Lo más importante que me ha transmitido el libro es que debemos meter a los demás en nuestra ecuación de la felicidad. Da miedo, porque los demás no son nosotros y porque no sabemos lo que van a hacer. Son impredecibles y a veces duelen. Pero no podemos hacerlo solos. No debemos hacerlo solos.

Quería escribir esta entrada para todos los que os podáis estar sintiendo solos ahora mismo o lo hayáis sentido en algún punto. Para que tengáis la oportunidad de ver la situación con cierta perspectiva. Si cuando vivía en Barcelona alguien me hubiera dicho que cada movimiento hacia el aislamiento me hacía más propensa a seguir sola, empeoraba mis habilidades sociales y me estresaba más profundamente, a lo mejor me habría esforzado más por vincularme. Si hubiera podido admitir en estos últimos años que socializar y tener gente en la que apoyarme es un objetivo lícito y deseable, a lo mejor me habría sentido no sé si menos sola, pero sí menos perdida. Es un tema importante. Merece toda nuestra atención. Leed el libro.

(Y con esto me despido, que ya llevo colándome en términos de tiempo y espacio por lo menos cinco párrafos.)

lunes, 20 de febrero de 2012

Terapias

"A ver por dónde empiezo, que para mí no es fácil contarlo... estoy un poco nervioso, de hecho. Yo es que no creo en los psicólogos, ¿sabe? Pero bueno, se lo cuento y punto.

>> Que todo empezó por una contractura en el cuello. El típico día que te levantas y dices "habré cogido una mala postura", y te pasas la mañana frotándote el hombro con disimulo. Luego van pasando los días y cada vez te duele mas, y te frotas, te encoges, el hombro cada vez más pinzado y tú hecho polvo... y al final alguien me propuso lo de ir al fisio. Pedí un número, llamé, me dieron cita y allí que me planté.

>> La fisio era una chica alta, más bien grande, de rasgos dulces aunque no especialmente guapa. Me gustaron sus manos potentes y me gustó la música clásica que salía de los altavoces camuflados en el techo. Me masajeó con una mezcla muy apropiada entre placer y dolor: a ratos me clavaba los dedos en los puntos sensibles y me hacía aullar, pero después calentaba la zona con toda la palma y yo me relajaba como un niño.

>> Seguí yendo una vez por semana para que me tratara la contractura. Cuando se me quitó, iba simplemente a que me masajeara la espalda y deshiciera los pequeños nudos de la vida cotidiana. Entonces me torcí el tobillo y alguien me recomendó a otro fisio distinto, y pensé: "por qué no probar".

>> Y, sin darme cuenta, los jueves eran el día de la espalda y los martes del día del tobillo. El tipo de los martes era un hombre bajito pero recio, que masajeaba poco pero que me colocaba después unos electrodos que transmitían una corriente eléctrica la mar de curiosa. Al principio me daba por reír cuando empezaba, pero después me acostumbré.

>> A los martes del tobillo les siguieron los miércoles de la reflexología, donde una chica dulce de pelo moreno me tocaba las plantas de los pies para equilibrarme los órganos. Los lunes encontré a una chinita diminuta que caminaba por mi espalda y la hacía crujir, incluso aunque los jueves la primera fisio siguiera masajeándome con suavidad. Para los viernes encontré a un terapeuta craneosacral que me colocaba las manos en la cabeza y las movía con sutileza hasta conseguir marearme.

>> Todo habría ido bien. No me importaba gastar dinero. Ahorraba en comida, ahorraba en gasolina: empecé a ir al trabajo en bicicleta, y luego le pedía a la chica de los jueves que me masajeara los gemelos y los muslos. Habría ido bien, y no creo que tuviera ningún problema. Simplemente, me gustaba cuando toda aquella gente me tocaba. Me gustaba que se ocuparan de mí y de mi dolor. El tema es que un día el terapeuta craneosacral me vio entrando en la consulta de la reflexóloga y me miró ofendido, como si le hubiera puesto los cuernos. Yo balbuceé alguna excusa sobre acompañar a un familiar, pero no me creyó. La siguiente vez que me atendió, entre suaves manipulaciones de mi cráneo, me sonsacó que veía a otros durante la semana. Y no sé si fue por ego o porque lo pensara realmente, pero al final me dijo que tenía un problema. Que más que un fisioterapeuta, lo que yo necesitaba era un psicólogo.

>> Y bueno, por eso estoy aquí, no sé, usted verá. Si lo necesito o no, yo qué sé. La verdad, ya se lo he dicho: no creo que sea un problema. No creo que haga daño a nadie. Que debería hacer más amigos; pues quizá. Que debería llamar a Marta y explicarle lo mucho que la echo de menos; pues a lo mejor. Tranquila, ya le contaré quién es Marta. Pero no sé. Tanto como un psicólogo... Me pongo en sus manos, en cualquier caso."

El paciente tomó aliento y se arrellanó en la silla. Se quedó mirando satisfecho a la psicóloga cognitivo-conductual que le había recomendado un compañero. Era guapa y parecía simpática, aunque tendría que aceptar cambiar las citas de día, porque si no iba a pisarse con el psicoanalista de los jueves. Y sumando al coach de los lunes y a la terapeuta gestalt de los viernes, ya solo le quedaba un día que llenar para tener de nuevo completa la semana.

domingo, 19 de febrero de 2012

Soledad y amor (II)

El primer día que hablé con IA no pude dormir. Bueno, sí, algo dormí, digo yo, pero es cierto que pasé un montón de rato en la cama, con los ojos abiertos como platos, pensando que aquello era algo fuerte. Algo distinto. Un lector que te escribe y que al día siguiente te llama por teléfono y que, sin tú tener muy claro cómo ni por qué, te atrapa el corazón desde la primera frase.

La conexión fue brutal, creo que por ambas partes. A mí me encantaba su voz con acento del norte, su dulzura y su forma de decir "¿qué pasó, pequeña?" cuando se cortaba la conversación y tenía que volver a llamarle. También me encantaba el moreno de ojos verdes que me miraba desde las fotos suyas que había visto. Aquellas primeras semanas hablábamos por teléfono todos los días durante horas, nos escribíamos mensajes, chateábamos por el Facebook y nos mandábamos fotos al móvil. Era algo muy, muy raro pero muy, muy bonito.

Pero lo más importante que me dio IA cuando le conocí fue la inocencia. Todo era sencillo. Yo llamaba y él contestaba y si no, llamaba él. Yo le escribía mensajes y sabía que él me los respondería. A él le interesaba yo. Leía mi blog. Buscaba fotos de Cádiz para imaginarme allí. Me regaló sin venir a cuento la capacidad de ilusionarme y de pensar que a alguien le gustaba tal y como era. Que alguien quería acercarse a mí, compartirme, saber qué hacía, qué pensaba, qué música escuchaba, en qué ciudades quería vivir.

Yo estaba tan, pero tan flipada que llegué literalmente a pellizcarme durante el día para saber si estaba soñando. No podía escuchar canciones tristes o de desamor; me dolía. Tampoco podía pensar en otros tíos, ni reales ni ficticios: el post de los personajes de ficción, por ejemplo, no habría podido escribirlo, porque sencillamente no había otros ni falta que hacía: él estaba ahí y le gustaba yo y era una persona alucinante. En ese momento pensaba que me alucinaba su capacidad de arriesgarse conmigo, de dejarse conocer, de conocerme, y también todo lo que me iba revelando a medida que hablábamos. El puente con palabras que estábamos construyendo: las historias de montaña que contaba, cómo me aconsejaba sobre material de escalada, cómo me relataba despacio su fuerza, su coraje, su intento valiente y doloroso de vivir una vida con sentido. Ahora pienso que quizá me alucinó por lo que me permitió sentir: porque después de años y años de marear la perdiz con J., de liarla parda con otros, de cinismo, de prevención, de ofuscación y de miedo, ahora podía ser completamente niña e idiota, dejarme mecer en aquella ola inesperada de encanto mutuo aún sin tener ni puta idea de hacia dónde iba a llevarme.

Luego... bueno, resumamos. No me gusta hablar de las partes feas. Digamos simplemente que aquello no había por dónde cogerlo: yo en Cádiz, él en el rudo Norte y cada uno en etapas muy, muy distintas de nuestra vida. Yo acababa de cortar emocionalmente con J. y estaba libre, abierta y valiente. Había empezado a escalar, me sentía capaz de casi cualquier cosa. Me planté en su ciudad sin tener claro qué iba a pasar pero dispuesta a vivirlo todo. Él no estaba en ese punto y lo entiendo.

Lo que pasé entre la nube de felicidad drogadicta y la comprensión clara de que él no quería seguir adelante fue el miedo más tremendo y frío que he vivido en mucho tiempo. Y no era solo miedo a perderle. A él no le había tenido durante toda mi vida. Dos meses antes no sabía ni que existía. A lo que tenía miedo era a aquello en que iba a convertirme yo si perdía la inocencia y la ilusión que él me había regalado.

Y efectivamente, dolió. Dolió un huevo (ahora diría mi amigo el Kpot: "¿y por qué te dolió un huevo, si lo que te habían partido era el corazón?"). La situación degeneró. El cinismo no tuvo más remedio que volver. Mi mente no entendía las cosas y se rebelaba: por qué me ha tenido que pasar esto a mí, me preguntaba. Por qué, por qué he vivido esto, con esta intensidad; por qué ha sido tan bonito y después tan terrible. Ojalá esto no hubiera pasado, con lo bien que estaba yo antes de conocerle. Me sentía como si fuera la primera persona del planeta a la que le ha gustado un tío que después ha resultado no ser tan maravilloso como parecía al principio: el tamaño de mi decepción era absoluto, se extendía al mundo, me hacía perder la fe en la humanidad entera.

Sobre la soledad y sus tendencias absurdas. Cuando estaba a punto de viajar por primera vez para conocer a IA, pensaba muchas veces en cuánto iba a echar de menos esos momentos una vez que nos hubiéramos visto en persona. Algo dentro de mí me decía: no puede ser real, no puede ser tan bueno, no va a salir bien. E intentaba convencerme: que no, que te mereces esto, Marina, te mereces que este chico sea así de lindo y de guapo, te mereces gustarle, te mereces que apueste por ti. No mucho, pero sí un poco. No sé si era mi parte sola la que se empeñaba en aguarme la fiesta. Sí sé que al final resultó que era verdad, que no podía ser real, que no podía ser tan bueno y que no salió bien.

Así que llevo meses haciendo el duelo por eso. Por esa inocencia recuperada y esa fe tan súbita que se perdieron casi tan rápido como habían nacido. Y que no son culpa de IA, al fin y al cabo; creo que él lo hizo lo mejor que pudo. Es que la vida es así, o a lo mejor mi vida es así, o a lo mejor tengo que dedicar más tiempo a imaginar que es posible. No con él, sino conmigo. Que es posible que algún día pueda quedarme con alguien y que ese alguien se quede conmigo; que me prefiera a todas las demás personas.

Mientras tanto, escribo aquí. La semana pasada, a pesar de todo, fue una buena semana. Digamos que entendí cosas porque él me las explicó, lo cual es bueno y es sano. Entender ayuda, siempre. Escribí que contaría lo que pasó cuando hubiera dejado de importarme. Y bueno, eso no es exactamente así, claro que me importa, pero ahora estoy menos en guerra con la situación. Más tranquila. Y en realidad lo que tenía que contar no es tanto lo que ocurrió: qué hice yo, qué hizo él, en qué consistieron los días que pasamos juntos. Eso es nuestro. La historia con IA resonó en mi vida por lo que me hizo sentir, por el lugar que ha ocupado. El momento en que apareció y el que eligió para marcharse. Eso es lo que quiero compartir aquí. Eso y lo que tiene que ver con la soledad de la que hablaba y con la capacidad peligrosa que tiene el amor para mentirnos y decirnos: que no, que no estás sola, que todo va a salir bien.

Y luego me acuerdo de las noches en que he dormido de espaldas a otra persona, acurrucada en una esquina de la cama y pensando que estaba muy lejos, y deseando solamente que se acercara un poco no por nada, sino porque yo tenía mucho, mucho frío... y me doy cuenta de que ni aun ahí estaba la respuesta. Que dice Anónimo76 que dos personas tienen que haberse acercado al abismo para tener la capacidad de conectar. Y que digo yo que igual ni eso, porque hay tantos abismos y están tan lejanos, y todos tenemos una manera tan particular de ser infelices...

sábado, 18 de febrero de 2012

Soledad y amor, I

Estoy leyendo "La habitación vacía", un libro sobre la soledad. Lo vi hace un par de semanas en la librería y me llamó la atención, pero no me atreví a comprarlo. Me pareció demasiado triste, y yo no estaba en mi mejor momento. Ayer pasé de nuevo por la librería y decidí que me lo llevaba.

La estructura del libro es sencilla: a partir de su propia experiencia con la soledad, la autora lo plantea e investiga como un problema psicológico más. Lo diferencia de la depresión: no es lo mismo estar triste que sentirse solo. Todavía no llevo avanzado mucho del libro, pero tal y como yo lo entiendo lo que ella plantea es un sentimiento muy profundo de desconexión del resto que, además, lleva a inhibirse cada vez más y a arriesgarse menos en los contactos sociales.

La verdad es que da miedo.

También habla del estigma. De lo difícil que es reconocer que uno está o se siente solo. A veces me lo planteo, sobre mí misma. Si me siento o no sola, si me siento o no conectada. Creo que tengo tendencia a la soledad, incluso a esa soledad patológica de la que habla la autora. Cuando era pequeña pasaba sola muchísimo tiempo. Leía mucho, sí, pero también caminaba sola por el jardín o me iba a pasear por el campo cuando comíamos en alguna venta. Recuerdo un día en que subí un montecito sin la compañía de nadie, cómo me iba alejando de las voces del restaurante y entrando en el silencio quieto y amarillo del campo andaluz. No me sentía mal, ni tenía miedo: aquella soledad me sobrecogía un poco, pero me parecía entrar en un mundo donde mis propios pasos tenían más entidad, más resonancia.

El miedo a la soledad, o quizá la premonición de que acabaría sola, han planeado siempre sobre mi cabeza. No sé bien por qué. Cuando tenía dieciséis años nos hicieron dibujar cómo nos veríamos a los treinta. Recuerdo muy bien mi dibujo: yo sentada frente a un ordenador con una larga melena rubia y sin nadie cerca. No era capaz de visualizar ni concebir una familia, un trabajo en equipo o una pareja. También tenía que ver con que me gustara escribir, claro, pero me veía sola. E incluso cuando he tenido pareja lo he vivido un poco como una farsa, en el sentido de que sabía que en algún punto esa soledad golpearía otra vez.

Los peores momentos ocurrieron cuando estudiaba en Barcelona. Ahí mi sentimiento de falta de vinculación era tan potente que me pasaba los días vagando por el campus sin hablar con nadie. Además, como dice la autora, mientras más te aíslas más te cuesta conectar. Me volví casi paranoide. Odiaba con todas mis fuerzas a aquellos estudiantes modernitos que parecían encajar con tanta facilidad.

Ahora pienso que a lo mejor los primeros años de facultad, que fueron tan duros, no tenían tanto que ver con la depresión como con la soledad. Porque en Granada también daba vueltas sola por el parque García Lorca y acariciaba las rosas de colores con la punta de los dedos. La distancia que me separaba de J. también tenía que ver con eso. ¿Sabéis lo de la profecía autocumplida? Quiere decir que lo que piensas sobre ti mismo se acaba haciendo real. A veces creo que mis novios siempre estaban lejos porque en el fondo yo no podía creer que alguien quisiera quedarse a mi lado.

Es un tema curioso, la verdad. No sé con qué tiene que ver. Mi problema con la soledad mejoró mucho después de empezar a meditar. La mente se tranquiliza y es más fácil sentirse conectado. El ego se relaja un poco y no tiene que demostrar todo el rato que a los demás les importa. Te sientes menos solo, en el sentido de que sientes que compartes tu funcionamiento imperfecto y doloroso con la mayor parte de la humanidad; esto puede sonar chungo, pero en realidad no lo es tanto. Escribir también ayuda. Al fin y al cabo, es la razón por la que no escribo un diario, sino un blog: parte de la necesidad de sentir que puedo establecer vínculos con gente.

Ahora creo que el tema, más que una soledad emocional, o sentir que nadie me comprende o algo parecido, lo que menos me gusta es la sensación de que tendré que apañarme sola para todo. Me gustaría algo más de ayuda puramente instrumental. Que alguien me aconsejara para elegir coche/furgo; que alguien me cambiara la luz del baño; que alguien se ocupara de tender mi ropa o hacerme la comida algún día. Pero eso es un poco circunstancial, digo yo. Últimamente, también intento dejar que la gente me haga favores, que es algo que siempre me ha horrorizado. Que me recojan en coche, que me presten una cuerda de escalada, que me dejen dinero si no me ha dado tiempo a sacar. Lo hago de forma consciente, para convencer a mi coco de que sí, que los demás van a estar ahí cuando los necesite.

La gente del roco también ha ayudado. Es una curiosa forma de sentirse vinculada. Mi problema, creo yo, es que muchas veces me aburro con la gente, es decir: hago el esfuerzo, quedo con alguien y en realidad me aburro como un mono porque no me apetece estar allí o hablar de esos temas. Con la gente del roco, en general, me lo paso bien todo el rato. Me siento parte de algo. Siempre tenemos algo que hacer o de qué hablar, y está guay porque no se trata de juntarse porque sí para comer o beber, sino de juntarse para hacer algo que a todos nos entusiasma. Por eso, cuando a principios de años me torcí el tobillo y luego me caí de la moto, me puse muy triste. Por una parte, temía que mi cuerpo no fuera capaz de escalar, pero por otra temía que en realidad todo lo que había conseguido el año pasado, los amigos, las risas, sentirme parte de algo, se fuera a la mierda porque en el fondo nunca me había pertenecido.

Quiero seguir leyendo el libro para ver de dónde viene todo esto. Para ver por qué hay personas que crecen y van por la vida con el convencimiento íntimo de que los demás no van a querer quedarse a su lado. Igual tiene que ver con la infancia, con los modelos familiares, con la propia personalidad. Igual es hasta genético, según dice la autora. Pero existe.

Me gustaría saber vuestras opiniones. Si pensáis que realmente hay gente más solitaria. Si todos nos sentimos solos. Si formar vínculos solos es una capacidad o tiene que ver con el azar.

Mañana seguiré hablando del tema, que creo que se me quedan cosas en el tintero. Me ha quedado una entrada como muy seria, ¿no? Pero bueno, así compenso la sarta de chorradas de ayer con lo de los personajes de ficción.

Os mando besitos. Shmuak, shmuak,

Top nine de personajes de ficción a los que amé

Esta entrada es muy, muy friki. Una de esas entradas que habrá quien entienda y habrá quien no. ¿Se puede uno enamorar de personas que no existen? Ayer le contaba al señor M. que yo a veces pienso que la entidad que le damos a los seres depende un poco de nosotros, es decir: ¿por qué para mí tiene que ser más real, por ejemplo, Rania de Jordania que Sherlock Holmes? Nunca conoceré en la realidad a ninguno de ellos. Puedo elegir pensar, en la parte chalada de mi mente, que Sherlock Holmes existe en una realidad paralela y que a Rania se la han inventado con photoshop.

Establecidos estos supuestos, vamos con el top nine de personajes a los que he amado y que en realidad no existen (excepto en la mencionada realidad paralela). Es un top nine porque no me acordaba de más, aunque estoy segura de que habrá otros, puesto que mi mente es amplia y ridícula.


9. Gigi, el vagabundo de Momo

A mí Momo es un libro que me inquieta. Creo que me lo leí demasiado mayor. Cuando eres pequeño puedes leerte los cuentos sin hacerte preguntas. No se trata de que te los creas: asumes que no son ciertos, pero aceptas las reglas de esa realidad paralela. Con Momo, sin embargo, yo no paraba de hacerme preguntas del tipo: ¿Pero quién es Momo? ¿Dónde están sus padres? ¿Por qué no la recogen los Servicios Sociales? ¿Por qué da tanto yuyu? ¿Dónde se ducha?

El personaje de Gigi, sin embargo, me encantaba. Me gustaba cómo cuidaba de ella y cómo se ganaba la vida contando historias sobre el anfiteatro como si fueran reales. Mentiras hermosas que la gente intentaba creerse. Me lo imaginaba como un tipo así larguirucho con un punto sexy bohemio molón.


8. Stach, de El rey de Katoren.



Esta ilustración no le hace justicia


El rey de Katoren es un libro precioso de El Barco de Vapor en el que un chaval tiene que superar siete duras pruebas para convertirse en el rey de su país. Las pruebas transcurren en distintas ciudades del reino que tienen problemas extraños y nombres a juego, como Ecúmene, la ciudad de las iglesias errantes, que caminan por el pueblo y arrasan lo que hay a su paso; Pituita, donde unos mosquitos pican las narices de la gente y se las hinchan de forma grotesca; Humoacre, donde un dragón de tres cabezas tiene aterrorizados a los habitantes; Palenque, que tiene un granado gigante que suelta granadas de verdad que explotan cuando quieren. El nivel de recuerdo de los detalles del libro os dará una idea de cuántas veces me lo he leído.

El caso es que Stach es joven, es guapo (en mi mente), aventurero y decidido. Yo me lo imagino con el pelo rebelde y la nariz un poco respingona, moreno y vacilón, resolviendo todos los problemas de su reino y convirtiéndose después en un rey postadolescente y cool. Lo único malo es que en el transcurso del libro Stach se echa una novia, Kim, a la que yo de momento rebauticé como "ese zorrón". Pero bueno.


7. Lupin.

Un ladrón de guante blanco/ que se burla de la ley/ nadie tiene tanta clase/ como él.

Así empezaba la canción de Lupin... serie de la que, por otra parte, no recuerdo mucho más que a este maromo. Es alto, es razonablemente guapo para ser un dibujo y tiene una mezcla de vacilón y buenazo que me encanta. Yo quería ser una ladrona y trabajar con Lupin, que me admirara por mi ingenio e inteligencia y después casarme con él.

Ahora, con veintiséis años, me he dado cuenta de una cosa.

Lupin tiene pinta de empotrar.



A las pruebas me remito.


6. Casper.

¿¿¿¿¿Pero cómo te puedes enamorar de un personaje que durante la mayoría de la peli es un fantasma de animación?????

No lo sé. Yo es que de pequeña estaba como unas maracas.

El caso es que cuando vi Casper en el cine, allá por el año de la pera, me quedé prendada de la versión humana del fantasma, que para colmo sólo sale al final de la peli durante cinco milésimas de segundo. Pensad en lo bonitísimo de la historia: te enamoras de un fantasma que tenía tu edad cuando murió, que es adorable de principio a fin y que está tremendo... y que sólo puede materializarse durante el tiempo suficiente como para dejar alucinados a tus compañeros de instituto por el pedazo de maromo que te has agenciado.

Te perdono lo del pelito, Casper. Y a ti lo de la frente, Christina


Lo que pasa es que imaginar que Casper nunca nunca más iba a estar vivo y a ser humano, y por tanto no podría casarse con la protagonista o en su defecto conmigo, me perturbaba mucho. Así que me imaginaba finales alternativos donde Casper revivía o la prota moría y podía casarse con él, y por otra parte la prota era yo, claro. Muy loca.



5. Friedrich, el de Sonrisas y Lágrimas



Con Friedrich podríamos aplicar el concepto "antiempotrar", o "expotrar"


Que esto yo ya no sé de dónde salió, la verdad, porque Friedrich es el antimorbo. Ese niño rubito vestido de tirolés que canta muy agudo porque aún no le ha cambiado la voz. Ya podía haberme enamorado de Rolf, el chico sexy de los telegramas que luego se vuelve malo y nazi pero que sigue estando cañón, y que además le da un morreo a Liesl, la hija mayor, después de una preciosa canción a dúo, que la deja como diciendo "oh-dios-mío-ahora-no-sé-si-estoy-embarazada".

Pero no. A mí me gustaba Friedrich, y me imaginaba que viajaba a Austria y me hacía amiga de la familia Von Trapp, y por supuesto la Segunda Guerra Mundial no estallaba y a mí me integraban en la familia y yo podía cantar y amar a Friedrich para siempre. Ahora creo que era una cuestión de pura edad. Por aquel entonces, Rolf era viejuno para mí; a Friedrich lo veía más asequible. Si por asequible entendemos personaje ficticio austriaco ambientado en peli de hace cincuenta años, claro.

Y ahora estoy en esa triste edad en que me tiraría al Capitán Von Trapp, al que en su momento no habría tocado ni con un palo. Snif.



4. Juan Anguera, "Flanagan"

¿Habéis leído los libros de Flanagan? Debéis. Son geniales. Literatura juvenil, sí, pero buena. Flanagan es un personaje de Andreu Martín y Jaume Ribera: un chaval que trabaja como detective en sus ratos libres y que acaba metido en brutales fregados. Además, va por ahí partiendo corazones y también se lo parten a él unas cuantas veces. Se enrolla con amigas y clientas y es adorable por su intensidad. Escucha música que le recuerda a sus amantes perdidas y titula la cinta recopilatoria "Música para masocas".

Juan, sobre todo, es divertido, muy listo y con unas ocurrencias muy chaladas. Es una mezcla entre héroe y antihéroe, le pegan palizas, las mujeres le abandonan y nunca nadie sabe que es él quien resuelve los misterios, porque si lo reconoce se meterá en líos y porque la policía se niega a admitir que le pueda un adolescente. Es amor en estado puro y yo me lo imagino guapo pero cutre, así flaquito y desgarbado, con el pelo castaño, nariz con carácter y manos bonitas.

¡¡Te amo, Flanagan!! Incluso aunque ahora podría ser un delito que me enrollara contigo si existieras.



3. Mark Sloan, el de Anatomía de Grey.




En Grey hay muchos guapos, pero Sloan se los merienda a todos: en belleza y en clase. Es guapo no, guapísimo: mayorcete, sí, pero interesante y con cuerpazo. Muy rico, claro, porque es cirujano en EEUU. Muy inteligente, habilidoso y convencido de que la cirugía plástica puede ser un bien para la humanidad. Creído, zalamero, con una pinta de empotrar que te cagas. Y tan conmovedoramente enamorado de Lexie Grey todo el rato que quieres llorar y decirles: por el amor de dios, CASAOS YA y dejad de marear la perdiz. Una pareja que empezó así como a lo tonto y que se ha convertido en la reina de la Tensión Sexual No Resuelta de la serie.

Me encanta Mark, me encanta y me encanta, y sin embargo el actor así, a secas, no me gusta tanto, porque tengo la intuición de que en la realidad debe ser un cacho carne. A mí me gusta el doctor Sloan, punto.


2. Robin Hood.

Cuando estábamos consiguiendo parecer medio normales, con un tío guapo y contemporáneo que por lo menos es de carne y hueso cuando no interpreta a su personaje, volvemos al universo friki.

De pequeña me pude leer "Las aventuras de Robin Hood", de Howard Pyle, unos seiscientos millones de veces. Porque ME ENCANTABA Robin. Un tipo alegre, juerguista, así con encanto rubito y atlético, que vivía EN EL PUTO BOSQUE, por el amor de Dios. Que era un hacha con el arco, que se lo pasaba pipa con los colegas, que hacía básicamente lo que quería, engañaba al Sheriff, seducía a las doncellas y podía acertar con una flecha a nosecuántos millones de yardas, o millas, o como quiera que funcione el sistema métrico inglés.

¿¿¿Era la flecha una sutil metáfora sexual??? Preguntas inquietantes que planteo en el presente.

Además, Robin tenía buen comer: siempre andaba zampando venado y trasegando cerveza. Pero su metabolismo debía de ser óptimo, porque continuaba delgado y atlético. Sobre todo me gustaba porque parecía un auténtico pedazo de pan: no se enfadaba nunca, ni cuando le arreaban palizones (cosa que le sucedía a menudo, porque era un poco como Mark Zuckerberg: no podía hacer tantos amigos sin crearse algún enemigo). Pero él se reía del que le había arreado el palizón y le invitaba a unirse a la banda.

Yo me imaginaba que me unía a los Alegres Proscritos (¿¿¿no es un nombre genial para una banda???) y que Robin se quedaba sorprendido por mi manejo del arco, y me reclutaba para las misiones donde debía camuflarse una chica rubia con aspecto inofensivo, pero letal con una flecha entre los dedos. Hu ha.

Al final del libro, Robin palma desangrado porque la zorra de su prima malvada le hace una sangría en las arterias. Es decir, que no sólo muere, sino que muere de una forma completamente indigna para un hombre como él. Yo me lo imaginaba mirándose los brazos mientras pensaba que algo no iba bien con tanta sangre y se me partía el corazón. Menos mal que al final Pequeño John le encuentra y lo sostiene en sus brazos mientras llora y Robin muere... y con su último aliento, dispara una flecha en el lugar donde quiere que se cave su tumba, en el bosque de Sherwood. ¿Estáis llorando ya? La peor muerte ficticia ever, más traumatizante que la de Mufasa.


Ilustración original del libro. La de mi libro está arrasada por las lágrimas.




1. Sherlock Holmes.



Él tiene que ser el number one. Amo a Sherlock. Y ni siquiera al Sherlock modernito, al Robert Downey Junior risueño, truhán y con pinta de empotrar. No. A mí me mola el clásico, el misógino, el que quiere olvidar que la tierra es redonda porque le ocupa demasiado sitio en la mente. El que es capaz de escribir un tratado sobre las distintas cenizas de puros, cigarros y pipas. El que tiene como cerebro un poderoso procesador de estímulos.

Y me da igual que sea un drogadicto, un misógino y un flacucho pálido y con un carácter de perros. Yo no necesitaría follarme a Sherlock. Yo le mirará en silencio, le escucharía tocar el violín mientras piensa. Seguiría admirada sus brillantes razonamientos y suspiraría en silencio junto a la puerta del 221B de Baker Street.

Sería un amor-felpudo... o siempre podría convertirme en su Irene Adler y ser una asesina mala y lista que mereciera su respeto. No me importa. Todo sea por Sherlock.


Y con esta sarta de chorradas, me despido hasta mañana.

jueves, 16 de febrero de 2012

Explicaciones

Queriditos:

Disculpad lo de la privatización momentánea. Ha sido un berrinche. He tenido un momento de crisis y de "qué cojones estoy haciendo contando mi vida en Internet". Privatizar el blog era el equivalente literario a taparme la cara para que nadie me viera llorar. Pero ya se me ha pasado.

No sé muy bien si voy a cambiar el enfoque del blog en adelante. Creo que voy a borrar todo lo relativo al trabajo y los pacientes, por si acaso. Es una pena, porque son experiencias muy bonitas que me gustaría compartir. Pero el mundo es muy pequeño y no quiero liarla. Sobre la gente que me rodea y/o mi propia intimidad, pues seguiré intentando decidir a cada momento qué escribo, por qué, a quién puede dañar y si me compensa. Quizá me vuelva a equivocar en algún punto, pero bueno; todos tenemos que correr riesgos.

Os agradezco mucho a todos haber mostrado interés y cariño por mí y por el blog a lo largo del día de hoy, porque lo necesitaba. También quiero agradecerle a Silvia Plah su regalito, que me ha llegado hoy (sí, ¡mis lectores me mandan regalos!).

Muchos besos y a partir de mañana retomamos la programación habitual.