massobreloslunes

domingo, 29 de julio de 2012

El buen regalar

Pienso en todos los regalos malos del mundo. Regalar algo que te sobra, o algo que te habías comprado para ti, o algo que en realidad eres tú quien usará pero regalas porque así tienes la excusa para comprarlo. En regalar algo que no te cuesta dinero porque te hacen descuento o porque tenías un vale. Algo que pensabas tirar igualmente. Algo que alguien se dejó en tu casa. En dar dinero para que la otra persona compre algo. En esperar a que la otra persona se compre algo y después ingresarle el dinero en su cuenta. En esos regalos que indican que no has dedicado un solo momento a la persona a la que se lo das. Cuando me regalaron un pañuelo que esa misma noche le vi igual a mi abuela (verídico). Cuando me regalaron unos pendientes dorados a mí, que NUNCA llevo nada dorado, diciendo "pero si estás la mar de guapa" cuando consentí probármelos.

(No dejan de tener estos regalos cierto valor, ojo. Dar siempre es bonito, e incluso en estas situaciones existe cierta voluntad de hacer bien al otro)

Luego pienso que a ti, precisamente a ti, querría hacerte un buen regalo. No sé muy bien qué. Siempre he pensado que regalar es un arte delicado, una artesanía del querer. Tiene un primer paso de observación y un segundo de elaboración. Que sea fabricado o comprado, que te haya costado diez o cien euros, da un poco igual; lo importante es hasta qué punto se amolda al deseo de la persona que lo recibe. Pero creo que a ti querría hacerte una variante de regalo todavía más intensa. Querría regalarte algo mío, algo que me guste de verdad, algo cuya falta me duela. Entonces tendría sentido. Me gustaría, de verdad, sacrificar una pequeña parte de mi bienestar para que lo tuvieras tú. Algo que no pueda volver a comprar, que sea irremplazable, valioso, que esté lleno de significado y de historia. Algo que no vuelva a ver nunca si decides alejarte de mí. No sólo para que lo disfrutes, no sólo para que me recuerdes. Para recordarte yo a ti en el vacío doloroso de esa ausencia. Porque quiero que estés bien y que tengas cosas bonitas. Y porque bueno, a estas alturas, creo que la ausencia va a ser siempre la única forma que me quede de tenerte cerca.

jueves, 26 de julio de 2012

Yeeeeah

¡Hemos vuelto!

Con más ganas que nunca, más fieros que nunca, más vivos, subversivos, despóticos, anarquistas, revolucionarios... llenos de lunes y de viernes, de domingos y de jueves, de VIDA, vosotros y yo, los personajes, las personas y todas las palabras del mundo.

Welcome back.

PD: Iré colgando los post antiguos poco a poco, a medida que vaya teniendo tiempo.

Islas

Si había algo que Javi sabía seguro es que no quería tener hijos. Se alegró de que los pensamientos fueran privados e intangibles, porque si alguien le hubiera visto aquella mañana remando en la piragua con Celia detrás, él tan moreno, ella tan rubia y tan bonita, una imagen idílica que podría pertenecer a la portada de una revista para padres e hijos, y hubiera sabido que rumiaba cabreado sobre el control de la natalidad, le creería una muy mala persona. No querer hijos es políticamente incorrecto. A veces Javi lo soltaba en las reuniones sociales sólo para ver cómo reaccionaban los de alrededor y sonreír cuando alguien, sistemáticamente, le decía "ya cambiarás de opinión" o "nunca digas de este agua no beberé".

Él ni siquiera quería llevarse a Celia a navegar. Pero cualquiera le decía que no a Silvia cuando se le metía algo entre ceja y ceja. Había hecho trampa, además: se lo había propuesto delante de los niños ("¿Quién quiere ir con el tito a dar una vuelta en piragua?") sin darle elección. Mateo era demasiado pequeño, así que Silvia y él se quedaron echando la siesta en la toalla mientras Javi se llevaba a una poco entusiasmada Celia a visitar las islas de arena que la marea baja dejaba al descubierto.

A quien Dios no le da hijos, el diablo le da a los sobrinos de su novia, pensó, sonriendo un poco mientras hendía la pala en las olas. Celia era una niña rara que parecía preferir los libros a las personas, y él no tenía ni idea de cómo sacarle conversación a sus nueve años, así que para entretenerse mientras remaba, iba enumerando en su cabeza las razones para no procrear

Uno: ya somos muchos. Es como los refugios de animales. Esterilizan a los bichos porque bastantes hay ya en el mundo pasándolo mal. Mejor que los que ya hemos caído en este valle de lágrimas nos dediquemos a pasar por esto de la forma más digna posible. 

Dos: la crisis, el calentamiento global, el Apocalipsis. Él no tenía ganas de engendrar a una criatura que podía morir achicharrada por la falta de ozono, con el cerebro a control remoto en una dictadura distópica y plausible, corriendo delante de uno de los Cuatro Jinetes con los cabellos en llamas. La cosa en el planeta cada vez iba a peor. Ya tendría suerte él si conseguía vivir los setenta y tantos años que le correspondían sin contemplar horrores planetarios.

Tres: incluso sin sufrimientos fuera de carta, la vida tal cual ya le parecía bastante deprimente. Nacer y atravesar una infancia que era como los primeros días en una residencia de estudiantes: llena de putadas que uno no tenía más remedio que aguantar indefenso. La adolescencia, las inseguridades; la carrera, con suerte una pareja, una madurez de frustraciones... y que luego llegara todo lo que a él le aterraba y que tenía que ver con dientes caídos, calvicie, dolores, enfermedad, incontinencia y morirse entre las sábanas tiesas de un hospital público. No recordaba quién (¿Delibes?) había dicho que la vida tenía su interés, pero que para tirar cohetes tampoco era, y él estaba pero que muy de acuerdo. Traer niños al mundo era como recomendar una película que a él mismo no le parecía demasiado buena.

Cuatro: la brusca bajada de coeficiente intelectual de todos los padres que conocía. La inmediata absorción por el fenómeno "tener un hijo es la ostia y tú no puedes entenderlo". De repente parecía que nadie más había tenido niños sobre la faz de la tierra, y que la pequeña existencia del papá o la mamá se volvía significativa y plena de sentido por algo que llevaba pasando millones de años. Él quería que su vida tuviera sentido por sí misma, no por mera replicación.
- Tengo calor.

Javi se volvió.
- Échate un poco de agua en la cabeza, anda. 
- ¿Y la sombrilla?
- Joder, es verdad. Digo, jolín, es verdad. No le digas a tu tía que he dicho joder.

Celia soltó una risita.
- Sé lo que son las palabrotas.
- Seguro que sabes un montón de palabras - Javi sonrió mientras remaba - con lo que lees... Pero bueno, abre la sombrilla, que como te quemes tu tía me mata.

Silvia le había dado a la niña una sombrilla pequeña para que la abriera si picaba el sol. Javi miraba la piel blanquita de la cría, que a aquellas alturas del verano empezaba a adquirir un tono dorado, y pensaba que la gente pálida estaba menos evolucionada: seguro que morirían antes en su futuro imaginado postaniquilación de la capa de ozono.
- ¿Cuándo llegamos?
- Ya estamos casi al lado. ¿Estás pasándolo bien?
- Sí.

Venga, va, se lo cuentas a otro, pensó Javi. Pero le conmovieron un poquito sus ganas de agradar. Efectivamente, ya atracaban en la primera isla de arena húmeda, así que se bajó de un salto de la piragua y agarró el cordel que había enganchado a la parte delantera.
- Quédate ahí y yo te llevo, ¿vale?
- ¿Como a una princesa?
- Pues... digo yo que sí, claro. Como a una princesa.

Caminó alrededor de la isla tirando de la piragua con las piernas hundidas hasta la pantorrilla. Celia había abierto la sombrilla y lo miraba todo con un nivel de interés casi alto para una niñita intelectual como ella. Javi sonrió.
- ¿Te gusta?
- Está bien, aunque es una isla pequeñita, ¿no?
- Sí, es una isla pequeñita.
- ¿Podríamos vivir aquí si naufragáramos?
- Pues no, porque cuando sube la marea, la isla se hunde.
- Así que nos ahogaríamos y moriríamos.
- Digo yo que sí.
- ¿Has leído Dos años de vacaciones?
- Ummm... creo que no.
- Es de Julio Verne. Trata de unos chicos que naufragan y acaban en una isla, y de cómo sobreviven a pesar de las penurias.

¿Ha dicho penurias?, se preguntó Javi, sobrecogido de espanto ante aquella enana razonable. 
- Pues me temo que aquí palmaríamos los dos. ¿Sigues teniendo calor?
- No, estoy bien. ¿Cómo se llama la isla?
- No sé, ¿cómo quieres que se llame?
- No sé.

Javi probó con el recurso fácil.
- La isla de Celia.

Ella, en contra de sus expectativas, no levantó una ceja con desprecio. En vez de eso, sonrió: una sonrisa verdadera de niña de nueve años cuyo ego acaba de ser suavemente masajeado. 
- ¿Se lo vas a decir a la gente cuando yo me vaya y tú vengas otra vez?
- ¿Que es la isla de Celia? Claro.
- Aunque a lo mejor ya tiene otro nombre.
- Pero eso no lo sabemos, así que nos quedamos con el nuestro.
- A lo mejor está registrada.

Uf, pensó Javi.
- Si quieres cuando volvamos a casa miramos si alguien ha registrado ya la isla, ¿vale?
- ¿Dónde se mira eso?
- No sé, ¿en Google?

Celia rió con franqueza y Javi rió un poco también. Siguieron avanzando en silencio y atravesaron una balsa de agua que separaba la isla de otra más pequeña. 
- Mira, desde aquí se ve la playa. Por ahí deben de andar la tita y Mateo.
- ¿Nos verán?
- A lo mejor ven un puntito muy, muy pequeño. 
- ¿Nos oirán si gritamos?
- Pues no sé, ¿lo intentamos?

Empezaron a gritar como locos, "'¡¡¡eoeoooooooooooo!!!",  "¡¡¡Tita Siiiiilviaaaaaa!!!", "¡¡¡Mateeeeeoooooooo!!!", "¡¡¡Hemos naufragaaaaadooooooo!!!" (idea de Celia, este último). Al final, con las gargantas doloridas, concluyeron que desde la orilla no se escuchaba nada.
- Oye, a esta isla tienes que ponerle tú el nombre, ¿eh?
- Vale.

La niña se quedó callada un rato mientras Javi empezaba a rodear la arena en sentido contrario para emprender el camino de vuelta.
- Ya sé cómo se llama.
- ¿Cómo?
- La isla de Javi.

De imaginación va justa, la cría, pensó Javi y, sin embargo, él también sonrió, seguramente como un niño de nueve años con el ego masajeado. Caminó un rato bajo el sol, tirando de la piragua. A ratos volvía la cabeza y la observaba, absorta y seria, sujetando la sombrilla sobre su cabeza como una digna princesita asiática. Y entonces supo que no quería tener hijos porque si alguna vez tenía un hijo, si alguna vez salía de sus entrañas un ser pequeño y misterioso, y quizá repelente pero también un poco dulce, de piel dura o delicada, de cabecita inextrincable y con tendencia a la insolación, él habría podido dar un brazo por ese ser, o la vida por ese ser, y hoy por hoy no quería dar ni su brazo ni la vida.

Aunque bueno, luego volvieron a la orilla, rememorando las conquistas y discutiendo sobre si sería o no posible registrar las islas en Google, y pensó que quizá la próxima vez que hiciera el amor con Silvia no es que fuera a fecundarla con entusiasmo, qué va, pero igual sí que la embestía con cierta ilusión de imaginar en un futuro (lejano, muy lejano) un encuentro de semillas tan problemático como interesante.

jueves, 28 de junio de 2012

Sacrificio

Así que se han ido a pasar el día a la playa. Van en coche hasta la costa escuchando los Beach Boys (contextualizar la música, lo llama ella) y después caminan un rato hasta una cala no muy transitada. Lo justo para apartarse de la masa acrítica, pero también para que él no se canse de llevar la nevera. Toman el sol durante todo el día. A ella le gusta tirarse sin hacer nada, pero él se aburre y a cada rato sale a correr, a darse un baño, a hacer un castillo de arena. La llama como un niño pequeño. Mira cómo cojo esta ola. Mira qué torre más alta he construido.

Ella no se atreve a explicarle que en la playa él no le gusta. Por la crema bronceadora, más que nada: tapa su olor, e imagina que algún surtidor secreto de esas feromonas que le vuelven loca, y le convierte en un moreno flaco más de tantos. A pesar de eso, el amor permanece, así que ella le mira con cariño mientras le sirve gazpacho de bote en el vaso de plástico blanco.

Después de comer y de echar una siesta perezosa bajo la sombrilla, él insiste en que den un paseo por las rocas. De acuerdo, dice ella, aunque teme resbalarse con sus chanclas fúcsia. No te preocupes, contesta él, yo te ayudo. Y, de hecho, trota con elegancia siempre una roca por delante de ella, y cuando la ve dudar extiende su mano y deja que la coja para seguir avanzando.
- No me agarras bien - dice entonces ella.
- ¿Qué quieres decir?
- Tu mano. Está muy fláccida.
- Hay que joderse.

La palabra fláccida no le hace mucha gracia, aunque se aplique a su mano. No termina de entenderlo.
- ¿Qué importancia tiene? Te puedes agarrar igual.
- No se trata sólo de que pueda agarrarme. Se trata de sentir que me sostendrás si me caigo.

Él intenta poner la mano y el brazo tensos.
- Ahora estás tirando demasiado fuerte.
- No hay quien te entienda.
- A ver, lo que quiero es firmeza - aclara ella -. Sentir que tengo donde apoyarme.

Él resopla e intenta encontrar ese equilibrio entre suavidad y tensión que ella parece buscar. Pasean un rato por los alrededores de la cala. Luego la marea empieza a subir, ella se asusta y regresan a las toallas.

Por la noche han decidido echar los sacos y dormir al raso. Cenan los restos del almuerzo y un par de bombones helados que él trae de un quiosco tras un paseo de media hora. Sin embargo, piensa que le compensa mientras mira cómo parte los trozos de chocolate sólido con los dientes y después chupa la nata con su lengua rosada. Al cabo de un rato se meten en los sacos, se achuchan un rato (abrazos inofensivos, que les corta el rollo que pueda verles alguien) y cierran los ojos para dormir.
- Gracias por el bombón - dice ella, después de un rato de silencio.
- Ha sido un placer.
- No, en serio. ¿Sabes por qué te lo agradezco?
- ¿Por qué?
- Porque sé que no te hacía ni puta gracia. Sé que el quiosco estaba lejos y que has pensado que por qué se me antojaba a mí un bombón helado y que podríamos vivir sin ello. Sé que te gusta prescindir de lo prescindible y, aun así, has ido.
- Claro.
- Es el sacrificio, ¿sabes? Es la clave.
- Sacrificio es una palabra muy fea.
- Qué va - parece convencida -. Es una palabra preciosa. Hacer algo por alguien que cuesta esfuerzo. Es lo que diferencia al amor de todo lo demás.
- Bueno, pero eso se sobreentiende, ¿no?
- Qué va. La gente sólo reparte sus sobras. Sus sobras de dinero, de tiempo, de afecto. Y lo que diferencia a la pareja de todos los demás es que te da algo que le cuesta. Algo que le duele. A ti te han dolido los bombones.
- Va, tampoco te pases, no estaba tan lejos.
- Lo importante es el trasfondo del asunto.

Él hace un ruidito con la lengua, pero en el fondo está algo de acuerdo. Su mente de ex estudiante de latín rebusca para encontrar la raíz de la palabra. Sacrum facere, recuerda. Hacer algo sagrado. Mira sus ojos cerrados a la luz de la noche de verano, y la siente pequeña y precaria buscando brazos firmes y bombones helados traídos con dolor. Le acaricia suavemente el pelo por detrás de las orejas y la curva de la nariz. Luego se la arrima al pecho (porque a lo mejor así puede además protegerla de algo) y se esfuerza por quedarse también dormido, aunque tiene que confesar que el sonido de las olas le molesta un poco.

miércoles, 27 de junio de 2012

Lo inexpresado

Yo sé que puede parecer increíble, pero hay cosas que no cuento a nadie. Estoy sentada junto a alguien a quien quiero y, sencillamente, elijo no decir esto o aquello porque para esas palabras no veo esperanza. No pienso que vayan a servir para nada. El MIR me regaña. Habla con la gente, Marina, me dice. Cuéntales lo que sientes. ¿Qué arreglo con eso, MIR?, le pregunto yo, repasando con el dedo el borde de mi cocacola. No lo sabrás hasta que no lo intentes, me contesta, con su sonrisa de carnavales y su manía de hacer fácil lo que yo hago difícil pero que en realidad es fácil.

Están en algún lugar de mi mente, todas mis palabras no dichas, que yo imagino como pelotitas semitransparentes apilándose en un hueco muy profundo. Hoy voy pensando en ellas mientras camino del hospital al lugar donde aparco la furgo, y que está aproximadamente en el quinto carajo porque paso de pagarle al gorrilla todas las mañanas. Entonces me adelanta una Harley y precisamente es el MIR, como un Hell Angel de mi bienestar emocional. Le abrazo, le doy un beso y me lesiono al chocar con su casco. ¿Qué tal?, me pregunta. Pues regular, contesto. Me he dado cuenta de que no tolero el conflicto. ¿Y eso? Ya te contaré. Me encojo de hombros y vacilo un poco: supongo, digo, que no se puede ser rubia, lista, guapa y fuerte como los limones y además tolerar el conflicto. Se ríe. Qué bien tenemos la autoestima, ¿no? Contesto con un tú sabes gaditano, nos despedimos y cada uno sigue su camino.

Mi no conflicto está hecho de todas esas palabras no dichas. Forman un colchón cómodo que, en realidad, está fabricado de la falta de expectativas de que alguien de hecho lo entienda. De la falta de ganas de gastar saliva. Y bueno, quizá sea una elección cobarde o quizá tenga que ver con que sospecho que en lo más profundo de mi corazón estoy emocionalmente tarada. Pero es la forma que he elegido para vivir. Y, para mal o para bien, de momento me sirve.

lunes, 25 de junio de 2012

CT

Estoy sentada junto a la orientadora laboral que viene una vez al mes a la Comunidad Terapéutica. Le he dicho que quiero verla trabajar, así que observo cómo aconseja a los pacientes para insertarse en el mundo laboral.

La Comunidad Terapéutica es un poco como el sótano de unos grandes almacenes, en el sentido de que por mucho que bajes, ya no hay nada más. Te has quedado sin recursos, y todo lo que le queda al paciente después de los intentos por tratarle ambulatoriamente, después de las crisis espectaculares y los ingresos en Agudos, es esto. Vivir allí o acudir a media pensión, pasar la mañana en talleres variados, pasear por los pinares y aprender a gestionar su propia medicación. Si pueden, insertarse en la vida con el porcentaje de minusvalía que les corresponda.

Si os digo la verdad, ahora pienso que antes de empezar el PIR no tenía ni puta idea de en qué consistía. Al menos desde el punto de vista existencial. No sabía que el sufrimiento mental podía ser tan intenso y tener tantas caras. Ahora creo que uno va por los distintos dispositivos y que a cada uno debe encontrarle un sentido. Los objetivos de cada rotación, los que te enumeran en el BOE para aprobarte después el curso de residencia, son secundarios; lo importante es hallar tu tarea principal en cada lugar.

En Agudos, por ejemplo, yo trataba de entender. No desde un punto de vista biológico, en plan que si el eje dopaminérgico se hiperactiva y tú te pones a delirar como un chalao, sino desde un punto de vista más intuitivo, más visceral. Qué ha llevado a esta persona a acabar amarrada en una cama llamándole George Clooney al psicólogo de la planta. Suele haber mucho más detrás; el delirio es falso, las alucinaciones son malas pasadas de tu cerebro, pero el sufrimiento es real y ésta es la única forma que estás encontrando para expresarlo. Así que aunque a veces sintiera que no podía hacer mucho más que esperar a que esponjara el Risperdal, al menos intentaba entender, abría mucho los oídos y los ojos, y de esa forma por lo menos no me sentía inútil. Si me apuráis, creo que sencillamente comprender a alguien, comprenderle de verdad y desde tus huesos, le da una entidad a su sufrimiento y le ayuda de una forma silenciosa.

Ahora, en la Comunidad Terapéutica, busco mi misión. Las dos primeras semanas casi me deprimo en serio. Aquello es menos estrambótico que la planta, pero mucho más duro. Los pacientes van de un taller a otro mirando el reloj para ver cuándo llega la hora de marcharse a fumar un cigarro. Y si te fijas en sus caras abotargadas por la medicación, te das cuenta de que la mayoría no es que esté aburrido, ni enfadado. La mayoría tiene la cara triste: están muy, muy tristes.

Hace algún tiempo una chica me dijo que, según los budistas, estar loco era una forma inferior de reencarnación, como una penitencia kármica. Me pareció cruel, pero es verdad que cuando uno mira a los pacientes no se puede librar del pensamiento de que sus vidas están recortadas para siempre. Y no me estoy refiriendo al estigma social, al síndrome metabólico de los antipsicóticos ni a los dramas que vive la mayoría en su casa y en su barrio. Me refiero a su sensibilidad, a la capacidad para percibir el mundo y relacionarse con los otros. Parece que les hayan recubierto el alma de corcho, y que los restos de angustia psicótica que les ha dejado la medicación sean lo poco real que les queda.

Entra al despacho uno de los pacientes: un chico jovencito que debutó con un episodio delirante hace un par de años. Es un chico aplicado, que va a todas las actividades aunque le cueste seguirlas, y ahora se nota que está poniendo todo su esfuerzo en enterarse de los talleres que la orientadora le va enumerando. Entonces ella menciona el de vidrieras y le explica que puede aprender a trabajar con cristales de colores como los de las iglesias. A él se le ilumina la cara, y a partir de ahí no quiere saber nada más de los otros talleres, "a mí me ha gustado el de los vidrios", repite. Yo miro sus ojos iluminados y pienso que me gustaría sacarle una foto; la chica no ha encendido la luz del despacho, así que el resplandor grisáceo del nublado se cuela por la ventana y se refleja en su piel. Parece tan sinceramente entusiasmado con los vidrios de colores. A mí se me está partiendo el corazón y no sé por qué.

Lo intuí al principio y lo confirmo ahora. Mi labor en la Comunidad Terapéutica es devolverles la dignidad a mis pacientes. Intentar aceptar en algún lugar de mi corazón que la vida que les ha tocado vivir es ésta, y que yo soy la primera que tiene que darle un valor si quiero que ellos también se lo den. Es complicado, porque la compasión y la condescendencia están demasiado cerca, y una siente en los huesos que la vida es injusta de verdad. Pero intento mentalizarme de esto todos los días, y creo que es lo más importante que puedo aprender aquí. Que todo está iluminado, como la cara de mi paciente pensando en vidrios de colores frente a la ventana del despacho. Que todos importamos. Que todo importa.

domingo, 24 de junio de 2012

El partido del siglo

Estamos sentados en el tejado de tu casa. Ya se nota que va entrando el verano, pero por las noches siempre refresca y se está bien en la calle, así que hoy hemos subido aquí a mirar cómo se va la tarde mientras bebemos cerveza y charlamos. Nos gusta contárnoslo todo. Hablamos del pasado e imaginamos el amor, más como una forma encubierta de examinar si somos compatibles que como un interés verdadero. Aun así, disfrutamos de estar hombro con hombro mientras el sol se desliza cielo abajo, apurando una cerveza que hace ya un rato que se ha quedado sin gas, retrasando como niños el primer beso del día.

Entonces escuchamos un grito que parece salir de lo más hondo de la ciudad, y sólo cuando superamos la impresión de oír cómo chillan a la vez miles de personas nos damos cuenta de que la palabra que los une es gol. ¿Gol de quién?, te pregunto. Digo yo que de España, contestas tú, y nos confesamos que ninguno tiene ni idea de contra quién jugaban hoy.

Después te recuestas un poco sobre la pared encalada de la terraza y me miras como el que va a cazar una mariposa. Tomas aire y empiezas a hablar. A mí no me gusta el fútbol, me explicas, nunca me ha gustado. Siempre fui un niño raro que no tenía de qué hablar con los demás, y ahora en el trabajo también me quedo callado durante las conversaciones del café. Pero, ¿sabes una cosa? Estos son los mejores ratos. Los del partido del siglo. Cuando el mundo está girado hacia otra parte y tú puedes escapar sin que nadie te mire. Así que cuando en un futuro (un futuro lejano, me aclaras) esté casado con la mujer de mi vida, el partido del siglo será el momento.

 ¿Qué momento?, te pregunto, atravesando encantada el capote que me tiendes.

El momento en que la cogeré en brazos, la llevaré escaleras arriba y le recordaré por qué se casó conmigo.

Esa mujer va a tener mucha suerte, te digo. Me acerco y me como con suavidad esos labios mentirosos que tienes. Y pienso, como he pensado antes, como voy a pensar otras muchas veces, que me da igual que estos rollos se los hayas contado a otras mientras ahora me escojas a mí para que los escuche. Pensando que me quedaré contigo mientras me sigas eligiendo, a mi cabeza, a mis oídos. Mientras me elijas.