massobreloslunes

martes, 9 de octubre de 2012

Me desvanezco de sueño, así que sólo algunos datos provisionales sobre la encuesta para lectores.

1) Ya van 42 respuestas (¡¡gracias!!). Es decir, que quedan ocho incautos por convencer para que escriba un libro este noviembre. Animad a conocidos y amigos, a ver si sale algo.

2) Normal que no tenga novio, si de esos 42 lectores sólo 8 son hombres. ¡¡Así no llegamos a ninguna parte, gente!!

3) Por otro lado, un 30% de mis lectores piensan que me quejo demasiado por no tener novio, así que voy a intentar ocultar mi profunda y desesperada necesidad de afecto un poco mejor.

[En esa misma línea de pensamiento, os comunico que esta noche he soñado que tenía un perro. ¡¡¡No un novio!!! ¡¡¡Un perro!!! Ni mi subconsciente piensa que vaya a conseguir una pareja JAMÁS]

4) Os gusta tela la psicología y la autoayuda, lo que me motiva para retomar Psicosupervivencia. A ver si me animo a ello.

5) Sin embargo, el libro ganador, de momento, es una novela, que según la mayoría de lectores debería vender a un precio digno, porque peores cosas y más caras se ven por ahí. Os agradezco vuestra valoración de mi trabajo (insertar besitos).

Gracias de nuevo a todos. La encuesta no deja de ser un enorme y colectivo masaje a mi ego, pero es cierto que eso se necesita de cuando en cuando. Creo que a todos nos gusta una palmadita en la espalda después del esfuerzo y, aunque parezca que no, yo me esfuerzo mucho. Pero de buen rollo, que ya sabéis que me gusta.

Hale, a dormir. Muchos besitos. Shmuak, shmuak.

lunes, 8 de octubre de 2012

Dibujar y mirar

Saber pintar es saber decir las cosas. Es una frase de un cuento infantil: Julieta y la caja de colores. Como frase es bonita, pienso cuando la leo, pero no tengo claro que sea cierto. Saber pintar es saber mirar las cosas.

Estoy dibujando últimamente, ya os lo dije. Ahora mismo es la actividad que más me relaja. Se supone que si uno dibuja con toda su atención, el hemisferio izquierdo, el verbal, no tiene más remedio que callarse, y el derecho, que es visual y creativo, campa a sus anchas por la página en blanco.

No debes dibujar las cosas como crees que son, sino como son, me decía J. cuando íbamos lápiz en mano a las plazas del Albayzín. El problema es que desde pequeños hemos generado un sistema de símbolos para los objetos que nos rodean. Simplificamos, y cuando tenemos que copiar la realidad acudimos al primitivo sistema que utilizábamos cuando éramos pequeños. La cabeza es un redondel, los ojos están arriba, la nariz es un triángulo. Es necesario aprender a mirar de nuevo y darse cuenta de que los ojos quedan en mitad de la cabeza, que el cuello es más ancho de lo que pensábamos, que los ojos no son dos almendritas separadas en los extremos de la frente.

Dibujar es saber mirar las cosas, y curiosamente me acuerdo también de J. y de cuando fuimos a visitar iglesias románicas en el Valle de Liébana. Yo observaba las pinturas planas, la representación infantil de las personas, la ausencia de perspectiva, y me preguntaba si aquella gente no sabía mirar el mundo bien. Si realmente veían así la realidad y no se les había ocurrido algo tan sencillo como copiar sus líneas con toda la exactitud posible para intentar representarla de forma ajustada.

Yo dibujo, y mientras dibujo intento olvidarme de cómo pienso que es el mundo. Es una buena lección para la vida. La realidad no es como te gustaría que fuera. Dibujo personas y retratos, y después me entero de que es la mejor forma de empezar. A la mayoría de la gente las personas le resulta lo más difícil, el modelo que plantea un mayor desafío, así que si uno es capaz de dibujar personas, después se atreverá con cualquier cosa. Las áreas visuales del cerebro están engranadas con una precisión que asusta. Es fácil desconcertarlas: una línea un poco más larga o más oscura de lo que debería, o colocada unos milímetros más a la izquierda, y nuestro cerebro sabe que algo va mal, aunque al principio no sepa definir bien qué.

Disfruto de este ejercicio de observación atenta y del vacío repentino que se crea en mi cabeza. Recuerdo también las tardes del taller que hice en Granada, cuando me sentaba en un rincón de una plaza y pasaba tres horas seguidas sin levantar la cabeza del papel. Aquellas tardes, las tardes dibujando, fueron pocas pero extrañamente felices. Yo iba Reyes Católicos arriba con la carpeta tamaño A3 atravesada sobre mi espalda y después simplemente dibujaba. No recuerdo a ninguno de mis compañeros de taller: ni sus nombres, ni sus caras, ni lo que hacían. Sólo a la profesora, que se llamaba Alhambra, como la Alhambra, y a mí encontrando un placer desconcertante en callar al siempre hiperactivo caudal de mi cabeza.

Encuentro un tutorial sobre dibujo de retratos en Internet. Me llama la atención que diga muchas de las cosas que yo ya había pensado: que dibujar es más una facultad de la vista que de la mano, y que si uno lo intenta lo suficiente, después esa capacidad de mirar sin juicio se puede trasladar a lo que nos rodea. Intento ser dibujante cuando no dibujo: me miro en el espejo y, por una vez, dejo que se marchen las ideas preconcebidas que tengo sobre mí misma. Siempre he pensado que tenía los ojos de mi padre. ¿Cómo son los ojos de mi padre? Con las pestañas cortitas y claras, los párpados más bien estrechos, la mirada viva. La sonrisa de mi madre: una sonrisa horizontal de la que J. se reía siempre, porque la parte superior de los labios no termina de curvarse. La proporción entre el cuello y los hombros, entre la cadera y la cintura. Tomo nota de un ejercicio que consiste en dibujar un autorretrato mirándose en un espejo, y aunque creo que me queda mucho para estar preparada para eso, sé que sería interesante en algún momento del futuro.

Como siempre, pienso que aprender es la mitad de la felicidad. Aprender cosas nuevas y alejadas de la imagen de nosotros que siempre hemos tenido. Nada de salsa, percusión o esas habilidades relativamente sencillas de taller de fin de semana. Apunta alto. Aprende ballet, violín, pintura al óleo. Aprende algo para lo que pensabas que no servías en absoluto.


Es lunes y estoy contenta. Y para seguir el resto de la semana con el mismo buen pie, me voy a dormir antes de que se me haga demasiado tarde, no sin antes enseñaros mi última obra.


viernes, 5 de octubre de 2012

Ideal lifestyle

Quiero pasear por la playa por las mañanas. O nadar en la piscina, o entrenar; quiero hacer deporte por la mañana.

Quiero pasar una gran parte del tiempo al aire libre. Que mi despacho tenga ventanas al exterior. Poder tomar el sol un rato a lo largo de la mañana.

Quiero parar para comer cuando tenga hambre.

Quiero poder permitirme hacer parte de mi trabajo gratis. Quiero que me paguen bien por el resto.

Si acabo como psicóloga, querría poder trabajar con mi pareja. Me gustaría que también fuera psicólogo y poder pensar juntos a nuestros pacientes.

Si termino como escritora, espero no terminar con un escritor. Habría sangre.

Quiero tener jardín/ huerto y a) un maromo que lo cuide o b) suficiente dinero como para que alguien lo cuide. No sirvo para cuidar un jardín/ huerto. Lo sentimos.

Quiero libertad para coger vacaciones o días libres. No necesariamente muchos, pero sí cuando y como yo quiera. 

Quiero viajar.

Quiero volverme más fuerte, más ágil y más resistente para poder disfrutar de la naturaleza.

Quiero que alguien me limpie la casa. Tampoco sirvo para mantener una casa limpia.

Quiero mejorar tocando el piano y aprender algún otro instrumento.

Quiero vivir en un país extranjero y aprender el idioma.

Quiero una furgo más grande. En algún momento.

No quiero necesariamente niños. Son una opción, sí, pero una opción que engulle una cantidad de tiempo preocupante. Y me encanta el tiempo.

Sí quiero una pareja. Además, quiero que sea absolutamente fabuloso.

Quiero gatos. 

No quiero perros. Pero podría tenerlos. Creo que aprendería a amarlos.

Quiero paz interior. Aunque no estoy segura de lo que estoy dispuesta a hacer para lograrla.

¡Quiero escalar! (¿Alguien lo dudaba?)

Quiero escribir. Lo anoto ahora porque lo daba tan por supuesto que no me he molestado en ponerlo al principio.

Quiero sol la gran mayoría de los días del año.

Quiero dormir en la oscuridad y en silencio.

Quiero estanterías abarrotadas de libros. Me la pela mucho el formato electrónico. Quiero libros de papel de todos los tipos y tamaños, animando mis días y velando mis sueños.

Quiero vivir un montón de años, pero quiero estar sana.

No quiero morir. De momento. Seguramente nunca me apetezca mucho.

jueves, 4 de octubre de 2012

Gordos, soledad y novedades sobre el Acné del Averno

En esta vida hay muchas causas por las que luchar, así que elige una y lucha por ella. En mi caso, yo lucho por disminuir la cantidad de sufrimiento mental que tiene que aguantar la gente. Y ahora mismo, en concreto, mientras roto por Endocrino, soy una mujer en una misión, a saber: evitar la cirugía bariátrica.

La cirugía bariátrica, o reducción de estómago, consiste en que después de haber intentado perder peso un montón de tiempo con un montón de dietas bienintencionadas, sin que nadie te ayude a descubrir qué se esconde detrás de ese hambre que te devora, aterrada de vergüenza y de culpa, hundida porque te parece que el mundo no va a entender ni a aceptar nunca a nadie como tú... decides que lo único que puede hacerse contigo es abrirte en canal y cerrarte el estómago. Anular una parte de estómago y otra de intestino, disminuir tu hambre, limitar la absorción de nutrientes y obligarte por cojones a comer como es debido.

La gente adelgaza, ya lo creo que sí. También se desnutre con frecuencia preocupante, tiene diarreas, vomita, desarrolla problemas de imagen corporal, continúa teniéndole miedo a la comida y a su propio apetito. En mi opinión personal, la cirugía bariátrica es un puto drama. Y lo es porque, en realidad, es cierto que ahora mismo es la medida más efectiva contra la obesidad, y es cierto también que la obesidad en sí es un desastre. Para la imagen, la autoestima y la salud. Recordemos que no estamos hablando de personas con unos kilitos de más, sino de hombres y mujeres con ciento veinte, ciento cincuenta, doscientos kilos.

A mí me gustaría evitar aunque fuera una. Como Dios en Sodoma y Gomorra. Sacar a alguien de esa carnicería. Yo estoy convencida de que la relación con la comida es un noventa por ciento coco y un diez por ciento metabolismo, problemas de salud, genética o llámalo X. Hablas con las pacientes y todas te cuentan lo mismo: la ansiedad, la culpa, la vergüenza. Comer por aburrimiento, por impulso, porque "total, qué más me da". El horror de imaginarse una vida a dieta, las miradas de la gente por la calle y los niños que le dicen a la madre "mira, mami, mira ésa qué gorda". Por el amor de Dios: si incluso el MIR que ha entrado hoy a la consulta con la endocrinóloga ha dicho, literalmente, "qué asco de gordos".

Me generan mucha compasión. Igual que yo con mi AA (que, por cierto, creo que ha vuelto; más detalles en unos párrafos), los gordos se ven obligados a llevar su sufrimiento delante de la gente. Han tenido la desgracia de encontrar para consolarse algo que deja huella. Los demás pueden imaginar la cantidad de donuts, galletas y helados que se han comido y no deberían haber comido. Pueden apuntarles con el dedo y decir: "si tan sólo pusieras un poquito más de tu parte".

Como decía, creo que el AA ha vuelto. No puedo decir que me sorprenda, ni tampoco que no me importe. Creo que es el típico rebrote de otoño, combinado con los altos niveles de estrés que tuve que aguantar este verano, combinado con algún tipo de efecto secundario psicosomático de mis complejos y angustias. Así que estoy otra vez liada con lo mismo: que si mis dietas, mis ejercicios, mi relajación, mi paleofrikismo... mis cuatro cosas de sufridora cutánea. Y bueno, el lunes pasado pedí cita para mi médico de cabecera con un plan: pedir una derivación al dermatólogo y, posteriormente, arrastrarme sobre mis rodillas todo lo que hiciera falta para conseguir una receta de Roacután. Verídico. Era algo como "por el amor de Dios, se me está pasando la vida con esta puta enfermedad de los huevos". No podía más. Sencillamente, no podía más: no podía sola.

Puedo entender a los pacientes que se quieren reducir el estómago. Si yo me pudiera trasplantar entera la piel de la cara, lo haría. El problema es que no puedo, y que el Roacután, de hecho, es un tratamiento muy agresivo con muchos efectos secundarios, que te fríe el hígado, te daña las articulaciones, te reseca las mucosas y es tan perjudicial para un posible embarazo que te obligan a firmar un documento asegurando que vas a tomar la píldora. Y si yo realmente fuera al dermatólogo y le llorara por una receta de Roacután, sería un poco bastante hipócrita: dejándome la salud por el camino para tener una cara bonita durante un tiempo variable (porque el AA es como el mar: siempre vuelve).

Así que bueno, es una mierda esto de tener que llevar el propio dolor a la vista de todos. De verdad, es un ascazo. La pérdida de control, la vergüenza, el picor, el miedo. Leí hace poco la experiencia de otra chica con acné que utilizaba la expresión "inflicting my face on people". Algo como infligir mi cara a la gente. Es exactamente así como me siento en los días malos, y es (insisto) un sentimiento de mierda. Aun así, no os creáis; no lo llevo ni la mitad de mal que otras veces. Ando aquí experimentando con la enésima dieta superrestrictiva, durmiendo un montón y procurando tomarme la historia con calma. Ya se curará (o no).

Creo que ya lo conté, pero una de mis líneas de investigación sobre el AA fue la lectura de un libro sobre enfermedades psicosomáticas de la piel llamado Skin Deep. En él hablaba de que los problemas de piel cumplen una función en la vida de la persona, y tenías que buscar cuál era la que pensabas que se identificaba más contigo. Yo elegí dos. La primera era "your skin is playing sexual policeman", es decir: hacer de policía sexual. Creedme que es mucho más fácil pensar que la gente no te quiere por tu piel horrible que porque no les gusta cómo eres. Cuando me siento mal por el AA, ni siquiera me planteo intentar mínimamente ligar con alguien. No miro a los tíos a la cara.

La segunda era "your skin is telling the world you're not perfect". Tu piel le dice al mundo que no eres perfecta. Hay que joderse, pienso yo. ¡Claro que no soy perfecta! Claro que sufro. Sufro porque a veces me siento sola y tengo miedo del futuro, y a veces me da miedo la muerte, o que se me pase la vida, o que nadie más vuelva a abrazarme NUNCA, y la pobreza, y tener que volver a la casa familiar. Me da miedo la enfermedad mental, que toda la gente a la que quiero algún día se alejará o morirá. Me da miedo quedarme sola mientras todo el mundo forma hermosas familias felices, me da mucho, mucho miedo pasarme la vida probando dietas y milagros para librarme de esta puñetera lacra, pendiente de cómo me sientan las cosas, sin ser capaz de salir, tomarme una cerveza y un trozo de pizza, acostarme tarde y dormir poco.

Hoy es uno de esos días en los que me pregunto de qué coño va esto de la radical sinceridad bloguera, y qué clase de placer perverso encuentro en contaros mi vida. No lo sé. Algunas personas lo hacemos. Pienso en Geneen Roth, una autora que escribe precisamente sobre problemas de alimentación y que habla de su vida, sus desamores, sus problemas familiares y sus sentimientos con una crudeza impactante. Algunos lo hacemos. Pienso en cómo me siento cuando la leo y en qué misterioso mecanismo hace que saber que otras personas también pelean dificultosamente para salir adelante te haga sentir mejor.

Al final, lo malo de la gordura, del acné, de la diabetes, de otros mil problemas, otras mil historias de salud, es que nos aíslan. Me hablaba hoy una paciente de cuando le pusieron a dieta siendo niña y de cómo veía a las demás desayunar mientras ella sólo podía tragarse una pastillita verde con un vaso de agua. Dice que cree que lleva desde entonces intentando alimentar la privación de esa niña. Igual que ella quería sentarse a desayunar con las demás, yo a veces sólo quiero poder pedirme un mollete con aceite y un café con leche, y no preocuparme del gluten, del cortisol y la cafeína, de las proteínas y hormonas de la leche, de la inflamación, la hipoglucemia y todas esas mierdas.

Lo malo del AA es el aislamiento. Así que digo yo que esa es la respuesta: por eso lo escribo.

Pero supongo que al final todos estamos solos.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Rubifén

Aquella noche había fiesta en casa del Berni, porque los padres se habían ido de crucero a los fiordos noruegos. No me sorprendió ver aparecer a Francesca del brazo del Alber. "Mirad a quién me he encontrado en la heladería", dijo él.

Se veía venir desde el día anterior, cuando el Alber había tirado la pelota de palas en la toalla de la guiri guapa que se bronceaba a solas. Entonces, como siempre, me había preguntado qué se sentiría al ser él. Levantarse por la mañana, mirarse en el espejo y ver lo que veía el Alber cada día: los abdominales marcados, el pelo revuelto, la sonrisa traviesa, los ojos verdes y estrechos. El Chino, le llamábamos de pequeños, pero resultó que aquellos ojos oblicuos a las tías les encantaban. "Tiene mirada de niño, ¿no te das cuenta?", me había explicado una de sus trescientas amantes, mientras yo contenía las ganas de preguntarle si le iba la pederastia.

No es que me gustara la italiana, aunque tenía cierta cualidad serena que me atraía y, sobre todo, unas teta gloriosas asomando debajo del bikini. Simplemente, me jodía aquel guión y el papel que me había tocado en él. Durante todo el verano el Alber había sido el guapo y yo el tímido. Francesca era la guapa. Yo sabía que el guapo se liaba con la guapa, pero que en una peli al final a la guapa le habría gustado más el tímido. En una realidad más compasiva, al menos, habría tenido una amiga menos guapa que se habría enrollado con el tímido. Aquella realidad, sin embargo, era cruda: a la guapa le gustaba inequívocamente el guapo y, además, viajaba sola.

Cuando el Alber me ofreció la pastilla yo ni lo pensé. ¿Qué es?, pregunté justo después de metérmela en la boca. Rubifén, me explicó. Se lo dan a los niños para que estudien mejor. Es como las anfetas, pero más barato. Cojonudo, dije. La fiesta seguía en su apogeo, pero  nosotros tres habíamos coincidido en el porche: ellos dos acurrucados en un columpio colgante, yo en una silla de mimbre de jardín. Francesca se levantó para ir al baño.
- ¿Qué te parece? Está buena, ¿verdad?
- ¿La italiana o la pastilla?
- Anda, Fer, no me jodas.
- Sí, sí, está muy buena. Todas están muy buenas.
- Las italianas están bien. No son como las brasileñas, claro. Ninguna es como las brasileñas. Ya te lo he contado, ¿verdad? Lo del ocho.
- Sí, me lo has contado.
- Es una cosa que aprenden allí, no sé de quién. Igual se lo enseñan las madres, a saber, que allí están todos salidos. Se te colocan encima y...
- Que sí, joder, Alber, que me has contando lo del ocho mil veces.

El Alber se rió. Una risa franca, sonora, casi tan infantil como sus ojos rasgados. Francesca apareció por detrás de la puerta corrediza del porche. Yo empezaba a notar el efecto de la pirula. Era como diez cafés mezclados con la voz de tu madre diciéndote que todo va a salir bien, mezclado con una brasileña cachonda que te ha prometido hacerte el ocho apenas pongas los pies en el dormitorio. El Alber sonreía y Francesca le buscaba el cuello con los labios. Apuesto a que ella también ha tomado, pensé, y después me di media vuelta porque tenía clarísimo que quería bailar.

Pasaron las horas y me acosté porque tenía que acostarme. Todo el mundo había empezado a subir por las escaleras en dirección a la enorme buhardilla acristalada y, sin saber bien cómo, me vi tumbado junto a la pared sobre una mezcla indistinguible de cojines, colchonetas y toallas de playa. Me quedé un rato observando el cielo a través de los cristales. Todo era cojonudo. Yo era uno con el universo. No tenía ningún sueño, pero todas y cada una de esas estrellas era una galaxia entera en sí misma, y yo podía pasarme toda la noche mirando esas galaxias, y eso me hacía feliz. Las conversaciones se fueron apagando, y un rato después todos dormían o fingían dormir. Un par de figuras se hicieron un hueco a mi lado. Giré la cabeza y no podría decir que me sorprendí cuando vi que eran Francesca y el Albert. "Ciao, Fer", soltó ella, y se quedó tumbada bocarriba en silencio, con los ojos cerrados, sonriendo como si se estuviera contando un chiste. Un momento después se giró y empecé a escuchar sonidos acuáticos: el Alber haciéndole a la italiana una endoscopia lingual con todas las de la ley.

No me molestó. Yo era uno con el universo, recordadlo, y aquello era amor, joder, aquello eran mi amigo y una italiana que estaba buenísima dándose amor. El universo tenía sus razones para haberle dado al Alber los ojitos rasgados y los abdominales, y en aquel momento sentía como si tumbado junto a él y a Francesca les estuviera protegiendo. Era un ángel de la guarda

Ella se giró hacia mí con los ojos cerrados. Sí que se han hartado pronto, me dije, pero entonces vi cómo extendía una pierna morena encima del cojín que nos separaba y escuché el roce de la ropa y pensé: joder, y luego ya no pensé nada. Mi cerebro había perdido toda capacidad para el pensamiento discursivo. Entendía de una forma intuitiva y directa que el Alber se estaba follando a la italiana ahí, a medio metro de mi cara. Le levantó la camiseta y apareció una teta que casi dejó oír un "boing", como los del porno manga. Yo estaba tan absorto en esa teta, en la rodilla moviéndose sobre el cojín, en la sonrisa de placidez bajo los ojos cerrados, que me costó un rato darme cuenta de que el Alber me miraba. Estaba concentrado y serio, pero no había ninguna duda: me miraba, y los ojos verdes le brillaban en la oscuridad. Mi capacidad de reflexión seguía detenida, así que yo también le miré muy fijamente, casi esperando una telepatía del follar que me revelara un significado secreto en mitad del silencio nocturno.

Entonces mi mano derecha comenzó a levitar. Lo juro, yo no tuve nada que ver: miré casi divertido cómo viajaba hasta mi polla y empezaba a tocarla, arriba y abajo, arriba y abajo al ritmo de las tetas de Francesca. Ella abrió un momento los ojos y observó cómo me la cascaba con la mirada perdida. El Alber seguía mirándome fijamente a la cara hasta que cerró fuerte los párpados y ahogó una exclamación; se había corrido, y yo tuve que parar un segundo para tomar aire. Todo se quedó quieto, con el Alber respirando fuerte y la italiana tendida, inerte, como muerta. Entonces él la agarró del hombro y la cadera y la giró en un movimiento diestro como una maniobra de salvamento. Todavía tenía bajadas las bragas del bikini.

No hizo falta mucho más. Un toque de barbilla del Alber, un levísimo alzar de cadera de la italiana y, igual que antes había levitado mi mano, ahora mi polla se encaminaba hacia ella como teledirigida. Me corrí mucho antes de lo que habría querido y mucho después de lo que las circunstancias habrían hecho prever. Ni tan mal.

Y bueno, podría haber quedado así la historia, podría ser un mero relato sórdido y drogadicto de un trío o, más bien, de un sexo por turnos. Me habría quedado satisfecho después de correrme con la italiana, porque además creo que ella también se corrió, tocándose por delante con mano experta. Habría quedado satisfecho, ya te digo, y habría dormido como un bendito a pesar del Rubifén, mientras ella se acurrucaba entre los dos, con las estrellas sobre mi cabeza y pensando que era uno con el universo, si no fuera por él. Si no fuera por una media sonrisa que no acababa de entender muy bien. Si no fuera por sus ojos verdes, abiertos frente a mí mucho rato después de que Francesca se hubiera dormido.

martes, 2 de octubre de 2012

Port Aventura

La última vez que viajamos con mi padre fue a Port Aventura. Lo gracioso es que ya habíamos estado allí antes. Yo, concretamente, dos veces: una con mis padres, con los dos, cuando era tan pequeña que no llegaba a la línea que marcaba el límite para montarse en las atracciones peligrosas. Recuerdo cómo miraba de lejos el Dragón Khan, intentando imaginarme el calibre de la experiencia de sentir mi cuerpo manejado en esas direcciones, a esas velocidades. Después volví en el viaje de fin de estudios del colegio y por fin me atreví a subirme en el Dragón Khan, y hasta compré la foto de recuerdo, en la que salimos la PK y yo agarradas de la mano. Era de noche, era nuestro último viaje de la jornada y recuerdo cómo puse todos mis sentidos en aquel momento, intentando cristalizar una felicidad que se me escapaba.

El caso es que mi padre decidió ir allí, no sé por qué. Le había cogido el gusto a las montañas rusas desde que le convencí para probar el Space Mountain, en Eurodisney. Creo que para mi padre las montañas rusas fueron como para mí la escalada: la prueba de que todavía podía ser otro tipo de persona. Continuamos con el Jaguar, en Isla Mágica; si queréis mi opinión, las montañas rusas colgantes están a años luz de las normales. Creo que el balanceo compensa la fuerza centrífuga y la sensación es mucho más descafeinada.

No recuerdo mucho de aquel viaje. Lo que sí recuerdo es que sólo saqué un par de fotos. Mi padre dejó de hacer dos cosas en los viajes cuando se separó: una era poner música en el coche, y la otra hacer fotos de los viajes. Luego, directamente dejamos de viajar todos juntos, pero bueno; eso fue ya hace demasiado tiempo como para ponerme melancólica. También recuerdo que el segundo día compramos unas pulseras rojas que te daban prioridad para montarte en las atracciones importantes: el Dragón Khan, una barca gigante que se tiraba desde un volcán y te ponía chorreando y nosequé otros sitios. Y cuando cruzamos las puertas de entrada con nuestras pulseras en las muñecas, mi padre dijo algo como: "A ver, por favor, que alguien nos vaya apartando pobres", y a mí me hizo mucha gracia.

Me encantaría volver a Port Aventura. No sé si habrá hueco para eso en mi apretada agenda de viajes de escalada/ jippys/ couchsurferos/ low cost, pero en algún punto de mi vida me gustaría gastarme el absurdo precio de la entrada y quizá el absurdo precio de una pulserita de ricos, y entrar en ese universo controlado de experiencias de imitación. Restaurantes que imitan a mexicanos. Espectáculos que imitan las danzas indonesias. Enormes montañas rusas que imitan las mariposas en el estómago, o las emociones, o quizá el amor.

Me gustan mucho, mucho, mucho las montañas rusas. Ninguna otra atracción se les parece: ni las caídas libres, ni las ruedas infernales. Las montañas rusas son un viaje. Va, recordadlo ahora. Cómo te subes, te colocan las protecciones de seguridad y algún empleado desganado les pega un tirón para ver si están bien fijas. Luego eres tú quien se pone a dar tirones para probar mientras subes la primera cuesta, esa que va tan despacito y que te hace plantearte qué coño pintas aquí, pudiendo estar abajo hartándote de nachos de imitación. Te preguntas qué harías si te dieras cuenta ahora de que tus protecciones están sueltas. ¿Te oirían si chillaras? ¿Podrías bajarte y descolgarte por los hierros? Después empieza el recorrido, la velocidad, el miedo controlado y el cielo mezclado con la tierra. Gritar sin censuras; ahora que lo pienso, a lo mejor la gracia de las montañas rusas está en poder gritar.

Recuerdo otra cosa de Port Aventura con mi padre. Volvimos en coche desde Salou hasta nuestro hotel en Barcelona, ya de noche. A mi padre nunca le ha gustado conducir de noche, y creo que de ahí he heredado yo una precaución casi supersticiosa a viajar cuando está oscuro. Mi hermano se había quedado frito en el asiento trasero; me lo imagino tirado con el cuello torcido y la boca abierta, como dormía de pequeño. Mi padre me prohibió dormirme. "Necesito que hables conmigo durante el viaje - me dijo - para no dormirme yo y que no tengamos un accidente". Y no sé de qué hablaríamos: supongo que del Dragón Khan, de lo que queríamos ver en Barcelona o de lo divertido que había sido jugar a ser ricos con nuestras pulseras prioritarias. Pero sí recuerdo las luces en la carretera, la intuición del silencio detrás de los cristales y esa sensación, ahora tantas veces repetida, de que con mis palabras estaba cumpliendo una misión importante.


PD: Me chivó mi hermano hace poco que hay una nueva montaña rusa en Port Aventura y acabo de buscarla en Google. Se llama Shambhala, y aunque me dé pena que a su lado el Dragón Khan parezca hasta pequeñito, me encantaría probar en algún momento sus enormes y salvajes curvas blancas.




domingo, 30 de septiembre de 2012

Más sobre los lunes

¿Alguna vez he explicado por qué este blog se llama así? Seguramente se me haya colado en alguna entrada.

Acabo de pintarme las uñas color café. He hecho un primer intento con el coral, pero resulta que después de quitarme el último esmalte, color azul, también mis uñas han quedado azules y parece que estoy muerta. Y el coral no es lo bastante oscuro para tapar el azul, así que he probado con el café. Pintarme las uñas color café quiere decir que me estoy reconciliando con el otoño. De un año para otro me cuesta recordar lo mal que me sienta la llegada del frío. Estoy muerta de calor, deseando poder dormir con el edredón, y se me olvida de que los cambios de tiempo me ponen los nervios de punta, como a los ancianos.

Mientras se secaban las uñas, he abierto mi ejemplar de "El gozo de escribir". No me había dado cuenta de que estuviera tan viejo ya. Lleva conmigo unos doce años: le ha cambiado el olor de las páginas y las cubiertas están rajadas por los bordes. Lo ojeaba para ver si encontraba un fragmento sobre conocer a los demás. Algo como que un amigo de la autora le decía: este libro debería tener mucho éxito, porque al acabarlo uno siente que conoce a quien lo ha escrito. Quería encontrar ese fragmento a cuenta de la encuesta, porque alguien me ha preguntado sobre su finalidad. La finalidad de este blog, al final, es que me conozcáis; la de la encuesta, más o menos, es conoceros yo a vosotros.

"Conectar con otros, relacionarse con otros, es una de las principales fuentes de satisfacción de la vida", me decía el otro día Anxo mientras conducía hacia Vejer. Es verdad. Yo no sé qué tiene de bueno el vínculo, ni sé por qué a mí me interesa saber de las vidas de otra gente y a otra gente de la mía. Pero es así. Es como tantas otras cosas que no hace falta comprender para saber que son ciertas.

No he encontrado el fragmento que buscaba, pero he aprovechado para releer el capítulo titulado "Más sobre los lunes". Es gracioso, porque como mi blog se llama así desde hace tanto tiempo, se me olvida que el capítulo estaba antes y por un instante pienso que vaya coincidencia.

Siempre he dicho que hablo de los lunes porque me parece que están hechos de una sustancia muy parecida a la vida. Levantarse temprano, el olor de los bares a café y tostadas, el susurro triste del autobús camino del curro. Los rostros serios de la gente, los paseantes voluntariosos junto a la playa, la rutina descolgándose despacio frente a nuestros ojos cansados porque el domingo, para variar, nos acostamos más tarde de la cuenta.

Cuando estaba en Málaga estudiando el PIR, J. siempre me pedía que me quedara a dormir con él los domingos. Decía que la víspera del lunes dormía fatal. Digo yo que el estado de ánimo de tu domingo por la tarde dice mucho de la calidad de vida de tus lunes pero, aún así, yo entendia a J., y solía pasar las noches de los domingos acariciándole la espalda. Él se sobresaltaba un par de veces entre mis brazos y se quedaba frito; a veces se despertaba inquieto a media noche y siempre se alegraba de verme allí.

Hoy ha sido un día muy, muy raro. Ha empezado saliente de guardia, conmigo soñando despierta en la cama de la habitación de residentes. Por la mañana estaba muy triste, nivel de verdad que no puedo sola con esto, entendiendo esto como gestionar mis días sobre la tierra de forma decente. Luego he visto el nuevo capítulo de Anatomía de Grey, que también es como para cortarse las venas: ¿podrías, por favor, Shonda Rhimes, dejar de matar gente de una vez? Menos mal que a las cinco he conducido hasta la casa de mi tío Quique para pasar la tarde dibujando. Ha montado un taller gratuito como protesta pacífica contra la crisis: si me quitan dinero, yo enseño gratis. No es muy práctico como revolución, pero me gusta la idea.

Ahora estoy de vuelta, más tranquila que en toda la semana, y de verdad que todo esto nos lleva a alguna parte. A que más sobre los lunes tiene que ver también con hacer los lunes más tolerables. Quiero escribir para quitarle a los domingos la angustia y poder empezar las semanas extremadamente avionil. Quiero escribir como única arma que me queda ante el miedo y la rutina, porque incluso cuando me parece que estoy exprimiéndome el cerebro como un limón seco, hay una parte de mí que sabe más que yo y que se alegrará de leer esto en el futuro.

Más sobre los lunes porque los domingos por la noche nadie debería estar solo. Y escribir aquí ahora mismo es la única forma que se me ocurre de poner en esa empresa mi granito de arena.

Por último, os enseño mi dibujo de esta tarde. Sí, sé que lo mío es obsesión más que amor; qué le vamos a hacer :)  



Hu ha artístico :D