Todo tiene un comienzo.
Mira a la gente de la calle y piensa que todos han sido bebés. Piénsalo de verdad. Imagínalos en el vientre de sus madres. Imagínalos como diminutos seres calvos que hacían pucheros, que se cagaban en el pañal y que recibían carantoñas y mimitos de la gente de alrededor. Todos. Rajoy. La Reina Sofía. Tu jefe. Boris Izaguirre.
Observa a las parejas que van cogidas de la mano y que toman café en los bares. Piensa que en algún punto aún no se conocían y después coincidieron en el tiempo y en el espacio. Imagina los primeros momentos de indecisión. El tonteo, las dudas, el miedo compartido. Quizá fue un rollo veloz y fulminante de una noche de discoteca que acabó llevando a algo más serio. Quizá estuvieron enamorados en secreto durante años, o él tenía una novia a la que dejó, o ella no quería salir con él porque su último amor la había dejado hecha polvo. Aun así, reunieron el valor para encontrarse.
Mira los objetos que tienes. Piensa en cuando los fabricaron. En el momento en que formaron parte de una cadena de montaje, en cómo se unieron las piezas, se remataron los bordes, se pintó la superficie. Imagínalos en cajas con otros muchos iguales como ellos, viajando hacia la tienda donde los compraste, transportados después en una bolsa hacia tu caja, tu armario o tu coche.
Todo tiene un final.
Imagina a esas mismas personas moribundas. Todas se irán algún día. Habrá un momento en que todos, absolutamente todos los que pisamos el planeta estaremos muertos. Imagínanos viejos, heridos, enfermos. Rotos en un accidente. Deteriorados en una cama.
Recuerda que el amor se termina. Imagina a esas parejas rompiendo por una infidelidad, divorciándose por cansancio, separándose después de un tiempo en la distancia. Piensa que uno de los dos morirá antes que el otro. Piensa en el viudo o la viuda que se quedará después, echando de menos en la cama el calor del cuerpo que ha pasado tantos años allí.
Ten presente que todos los objetos están ya rotos. Que, por muy caro que sea tu iPhone, por mucha garantía que te hayan ofrecido con tu ordenador, su destino final es acabar averiados o perdidos. Tu coche, tan precioso, tan querido, irá al desguace. Tu ropa la llevará otra gente o la triturará la basura.
Todo empieza. Todo termina. Aquí estamos nosotros, justo en medio, creyéndonos absurdamente eternos. A pesar de que sabemos todo lo anterior, no terminamos de entenderlo. Aun así, nos empeñamos en hacer las cosas bien. Porque hemos decidido que, como decía Woody Allen, esta experiencia, lo que hay entre el principio y del final, nos interesa. Es necesario, entonces, que seamos consecuentes. Es necesario que nos plantemos con firmeza entre esas dos incertidumbres. Y que justo antes del abismo, y hasta siendo conscientes de que nada importa nada, nos demos cuenta de que en realidad sí, en realidad todo importa muchísimo, y seamos capaces de vivir creyendo en eso.
lunes, 28 de enero de 2013
La gata Mia, volumen I
Después de que mi gatita Clementina se escapara de casa, barajé la idea de adoptar otro gato. Lo aplacé porque ahora mismo es complicado encajar un animal en mi estilo de vida, pero también porque me daba mucha pena sustituir a la gatusa. La Clemen tenía mucha personalidad. Su manera de estar, de mirarte casi cabreada, de pedir jamón york de pie junto al frigorífico o de tumbarse sobre tu panza mientras dormías la siesta. Cómo bajaba los escalones bamboleando su tripota. Cómo se colocaba detrás del portátil, asomando la cabeza por un lado y la cola por otro. El día que se cayó de la cama con un golpe tremendo y tuvo a J. partiéndose de risa todo el fin de semana.
De las dos gatas que viven ahora conmigo, Mia es sin duda mi favorita. Me vendo fácil, porque Musa es una rancia que apenas deja que le acaricies la barbilla y Mia es toda amor. Le gusta tumbarse en mi cama, y maúlla mientras canturreo cuando no hay nadie en casa. Es una gata muy molesta, las cosas como son. Ayer estuve fabricando unas pseudocortinas para las ventanas y no hacía más que enredarse entre las telas. Se juega la vida cruzándose entre tus piernas, y cualquier día Cris o yo nos la pegaremos intentando esquivarla.
El viernes por la noche me puse muy malita. No sé qué me pasó, pero me desperté a medianoche y vomité varias veces. Cuando volví a la cama y me tumbé bocarriba muerta de frío, la gatita se coló por la puerta mal cerrada y se subió a la cama. Me quedé muy quieta, sintiendo cómo acomodaba su peso sobre mis piernas, y me dormí tranquila con su calor silencioso.
Ahora llevaba un rato aquí sentada, tratando de escribir. He escrito sobre pasear por Madrid y sobre el cine. He borrado los dos textos porque me parecían muy malos. Me encontraba (me encuentro) paralizada. Estoy asustada por varias cosas. Me asusta la posibilidad de que me guste alguien otra vez, con todo lo que eso implica, ahora que estaba empezando a disfrutar de haber saldado mis cuentas. Me asusta que mi abuela está ingresada y que todos intuimos que lleva despidiéndose un tiempo. No me asustan esas cosas por ese orden, obvio, pero hoy estaba frente al espejo del baño pensando que quizá mi abuela se marche y que yo tengo que seguir haciendo lo que le corresponde a mi edad y mi condición, seguir arriesgándome y tratando de construir una vida, signifique eso lo que signifique. De alguna forma, si mi abuela se muere coloca algo sobre mis hombros. Una nueva responsabilidad, un nuevo peso. No sé si me explico.
El caso es que estaba yo aquí delante del ordenador, asustada como el infierno, ya os digo, y entonces la gata Mia se me ha subido al regazo y se ha quedado ahí. Lo hace todas las noches. Espera a que lleve aquí un rato y después se me monta encima. Apenas se la siente respirar; está muy, muy quietecita. Yo había bajado las manos, esperando a la inspiración o a su sucedáneo, y ella ha apoyado su cuellecito oscuro contra mi muñeca. A ella le da igual que tú estés incómodo. Mia es una gata y piensa que se lo merece todo. No tiene conflictos, no tiene problemas ni piensa que sea o no digna de mi regazo o del de cualquiera. Se irá cuando le apetezca y volverá si quiere.
Como si me entendiera, Mia se levanta y baja al suelo. Luego sube de nuevo y yergue la cabeza, mirando la pantalla como si quisiera enterarse de lo que escribo sobre ella. Puedo oler desde aquí su piel de gatita. Me recuerda a la mía, a mi Clementina. Le agradezco que esté aquí hoy, conectándome con el sentimiento gatuno de sentir que uno simplemente se merece las cosas. Que lo que está aquí ahora puede no estarlo en el momento siguiente. Y que a veces hay que subirse a los sitios sin pedir permiso, apoyar la cabeza confiando en que habrá un respaldo y meterse entre las piernas de la gente, aunque sólo sea para que se den cuenta de que estás allí.
De las dos gatas que viven ahora conmigo, Mia es sin duda mi favorita. Me vendo fácil, porque Musa es una rancia que apenas deja que le acaricies la barbilla y Mia es toda amor. Le gusta tumbarse en mi cama, y maúlla mientras canturreo cuando no hay nadie en casa. Es una gata muy molesta, las cosas como son. Ayer estuve fabricando unas pseudocortinas para las ventanas y no hacía más que enredarse entre las telas. Se juega la vida cruzándose entre tus piernas, y cualquier día Cris o yo nos la pegaremos intentando esquivarla.
El viernes por la noche me puse muy malita. No sé qué me pasó, pero me desperté a medianoche y vomité varias veces. Cuando volví a la cama y me tumbé bocarriba muerta de frío, la gatita se coló por la puerta mal cerrada y se subió a la cama. Me quedé muy quieta, sintiendo cómo acomodaba su peso sobre mis piernas, y me dormí tranquila con su calor silencioso.
Ahora llevaba un rato aquí sentada, tratando de escribir. He escrito sobre pasear por Madrid y sobre el cine. He borrado los dos textos porque me parecían muy malos. Me encontraba (me encuentro) paralizada. Estoy asustada por varias cosas. Me asusta la posibilidad de que me guste alguien otra vez, con todo lo que eso implica, ahora que estaba empezando a disfrutar de haber saldado mis cuentas. Me asusta que mi abuela está ingresada y que todos intuimos que lleva despidiéndose un tiempo. No me asustan esas cosas por ese orden, obvio, pero hoy estaba frente al espejo del baño pensando que quizá mi abuela se marche y que yo tengo que seguir haciendo lo que le corresponde a mi edad y mi condición, seguir arriesgándome y tratando de construir una vida, signifique eso lo que signifique. De alguna forma, si mi abuela se muere coloca algo sobre mis hombros. Una nueva responsabilidad, un nuevo peso. No sé si me explico.
El caso es que estaba yo aquí delante del ordenador, asustada como el infierno, ya os digo, y entonces la gata Mia se me ha subido al regazo y se ha quedado ahí. Lo hace todas las noches. Espera a que lleve aquí un rato y después se me monta encima. Apenas se la siente respirar; está muy, muy quietecita. Yo había bajado las manos, esperando a la inspiración o a su sucedáneo, y ella ha apoyado su cuellecito oscuro contra mi muñeca. A ella le da igual que tú estés incómodo. Mia es una gata y piensa que se lo merece todo. No tiene conflictos, no tiene problemas ni piensa que sea o no digna de mi regazo o del de cualquiera. Se irá cuando le apetezca y volverá si quiere.
Como si me entendiera, Mia se levanta y baja al suelo. Luego sube de nuevo y yergue la cabeza, mirando la pantalla como si quisiera enterarse de lo que escribo sobre ella. Puedo oler desde aquí su piel de gatita. Me recuerda a la mía, a mi Clementina. Le agradezco que esté aquí hoy, conectándome con el sentimiento gatuno de sentir que uno simplemente se merece las cosas. Que lo que está aquí ahora puede no estarlo en el momento siguiente. Y que a veces hay que subirse a los sitios sin pedir permiso, apoyar la cabeza confiando en que habrá un respaldo y meterse entre las piernas de la gente, aunque sólo sea para que se den cuenta de que estás allí.
jueves, 24 de enero de 2013
Ni lo titulo de la pena que da
Va, de verdad, lo prometo, me voy a concentrar muy fuerte y NO voy a convertir este blog en una crónica de mi patético acoso a ChMM, porque me conozco y luego todo va mal, y me flipo enseguida, y después todos tienen novia o sucedáneo, o pasan de mí y lloriqueo, así que va, en serio, lo juro por la gata Mia, que está sentada en la cama haciéndose una limpieza de piel a lengüetazos, y lo juro por mi Olivetti rosa que me mira desde el escritorio, que voy a poner todo mi esfuerzo en respirar cual preñada y no contar que ChMM me hace reír de una forma criminal y que eso me desarma desde siempre, que es muy, muy gracioso incluso para alguien como yo que se ríe de una farola, y voy a beber agua a ver si bajo las endorfinas de combinar el entrenamiento con el tonteo, y me voy a sumergir los genitales en hielo o lo que haga falta, pero de verdad que es verdaderamente Muy Mono, tiene los ojos de algún color entre azul y verde, y la gata Mia se me acaba de subir al regazo como diciendo que estoy jurando en falso por su vida gatuna, pero a ver, Mia, es que además es Ingeniero y está haciendo el Doctorado y la inteligencia me pone casi tanto como la risa porque, ¿te he dicho ya que me hace reír muchísimo?
Esto va a acabar fatal.
Esto va a acabar fatal.
miércoles, 23 de enero de 2013
Abu
Mi abuela tiene un carácter difícil. Sin más. Nunca ha sido la típica abuela que te hace comidas ricas y muchos regalos. Es más bien el tipo de abuela que te regaña porque no vas a verla, que te ignora mientras escucha la COPE y que en la nevera guarda medio aguacate, un paquete de actimel y cinco botellines llenos de agua fría. Mi hermano la llama la antiabuela.
Ahora tiene noventa años y está perdiendo la cabeza. Lo más curioso es que se le nota porque se está volviendo muy, muy simpática. Que me alegro mucho de saber de ti, Marina, me dice hoy al coger el teléfono. ¿En qué trabajas? Soy psicóloga, abu, le explico. Vaya, así que tú también te dedicas a esas cosas, ¿no? Intuyo que se refiere a mi prima, que es terapeuta ocupacional. Sí, abuela, a ayudar a la gente. Es el rollo que a mí me mola. Así me gusta, cariño.
Te quiero, abu, le digo antes de colgar. Yo a ti también, hija, me contesta, y creo que es la primera vez que me dice algo así en... no sé, quizá en su vida.
Cuando mis padres consiguieron la plaza fija en Málaga me mandaron a mí primero para que empezara el nuevo curso mientras ellos completaban el traslado desde Córdoba. Viví un tiempo sola en casa de mi abuela y dormía con ella todas las noches. Recuerdo que me agarraba a su brazo derecho como un koalita mientras ella escuchaba el transistor tumbada bocarriba. Nunca me había planteado lo incómodo que debe ser permanecer bocarriba con una niña de siete años colgada de tu brazo.
Está bien que se esté demenciando hacia la simpatía. Es mejor que volverse (más) cascarrabias y que todos la recordemos como un infierno de mujer. Ahora se desdibuja la antiabuela, la matriarca resistente que vivió en el Sahara con su marido y con sus seis hijos, y aparece un ser más tierno y más indefenso. Me da pena la otra, sin embargo: mi abuela con mal carácter, mi abuela raruna. Se ha ido y supongo que ya no volverá. Esta señora es un poco otra persona, y me parece que vamos a tener que aprender a conocerla de nuevo antes de que se vaya. Ya no habla de política, porque se cabrea; ahora escucha Radio María todo el rato. Mi madre dice que se está poniendo en paz con Dios.
Mi abuela, mi única abuela, que ha sobrevivido veintiséis años a la más longeva de todos los demás. Que hace dos años decidió que quería usar pantalones y pidió un chándal por reyes, pero más como muestra excéntrica de su carácter que como una señal adorable de no querer envejecer. Que se rompió por dentro cuando la guerra y no se ha vuelto a recomponer. Se irá y espero que nos acordemos de esta señora más amable que nos hace sonreír en vez de mosquearnos.
[Si algo me consuela, por otra parte, es que al final ha vivido lo suficiente como para cumplir su deseo de no morirse con Zapatero en el gobierno]
Ahora tiene noventa años y está perdiendo la cabeza. Lo más curioso es que se le nota porque se está volviendo muy, muy simpática. Que me alegro mucho de saber de ti, Marina, me dice hoy al coger el teléfono. ¿En qué trabajas? Soy psicóloga, abu, le explico. Vaya, así que tú también te dedicas a esas cosas, ¿no? Intuyo que se refiere a mi prima, que es terapeuta ocupacional. Sí, abuela, a ayudar a la gente. Es el rollo que a mí me mola. Así me gusta, cariño.
Te quiero, abu, le digo antes de colgar. Yo a ti también, hija, me contesta, y creo que es la primera vez que me dice algo así en... no sé, quizá en su vida.
Cuando mis padres consiguieron la plaza fija en Málaga me mandaron a mí primero para que empezara el nuevo curso mientras ellos completaban el traslado desde Córdoba. Viví un tiempo sola en casa de mi abuela y dormía con ella todas las noches. Recuerdo que me agarraba a su brazo derecho como un koalita mientras ella escuchaba el transistor tumbada bocarriba. Nunca me había planteado lo incómodo que debe ser permanecer bocarriba con una niña de siete años colgada de tu brazo.
Está bien que se esté demenciando hacia la simpatía. Es mejor que volverse (más) cascarrabias y que todos la recordemos como un infierno de mujer. Ahora se desdibuja la antiabuela, la matriarca resistente que vivió en el Sahara con su marido y con sus seis hijos, y aparece un ser más tierno y más indefenso. Me da pena la otra, sin embargo: mi abuela con mal carácter, mi abuela raruna. Se ha ido y supongo que ya no volverá. Esta señora es un poco otra persona, y me parece que vamos a tener que aprender a conocerla de nuevo antes de que se vaya. Ya no habla de política, porque se cabrea; ahora escucha Radio María todo el rato. Mi madre dice que se está poniendo en paz con Dios.
Mi abuela, mi única abuela, que ha sobrevivido veintiséis años a la más longeva de todos los demás. Que hace dos años decidió que quería usar pantalones y pidió un chándal por reyes, pero más como muestra excéntrica de su carácter que como una señal adorable de no querer envejecer. Que se rompió por dentro cuando la guerra y no se ha vuelto a recomponer. Se irá y espero que nos acordemos de esta señora más amable que nos hace sonreír en vez de mosquearnos.
[Si algo me consuela, por otra parte, es que al final ha vivido lo suficiente como para cumplir su deseo de no morirse con Zapatero en el gobierno]
martes, 22 de enero de 2013
Tuesday, happy tuesday
Os voy a contar mi martes así sin ningún tipo de pretensión literaria, simple y llanamente porque ha sido un buen martes.
A primera hora he tenido supervisión de casos, que consiste en que nos reunimos diez jipis trabajadores en el rollo este absurdo de la salud mental a debatir cómo le podemos arreglar la vida auna pobre víctima un paciente. Que todos estemos ahí empeñados en encontrar la manera de que la persona funcione mejor, siempre de la forma más respetuosa y honesta posible, me conmueve y me hace creer en la buena intención de la gente. A mitad de la supervisión empieza a nevar por la ventana, y el frente andaluz-sureño de los residentes sale al exterior a hacerse fotos con los iPhones y atrapar copos con la punta de la lengua.
Después, en el hospital, un paciente MEJORA, y eso es un súper-milagro. Consigue dormir sin que le añadan más somníferos después de hablar con su familia de lo que le procupa y de una intervención paradójica, algo como "póngase usted a pensar en el cáncer y en la muerte media hora de reloj antes de dormir". La paradoja es El Bien y mis pacientes, como vosotros, son puro amor.
Luego vengo a casa y almuerzo sola rollo mindful, que son los deberes que nos han mandado en un taller que estamos haciendo en la rotación y que consisten en intentar estar completamente presente con la comida. Ayer, en el taller, nos pasamos cinco minutos comiéndonos una pasa: la olisqueamos, la hicimos sonar junto al oído, la colocamos al trasluz y después le dimos mini bocaditos hasta tragarla. Fue curioso. Hoy intento una versión rapidita, porque me tengo que comer un puré y una ensalad, pero también va bastante bien.
Escribo un rato, aparece Cris, le echo una mano para colocar las cosas. Trae sus trastos y a sus gatas, Mía y Musa, que son amor. Después echo a correr hacia el roco, a través del aire helado de la tarde madrileña, y me paso dos horas escalando con tanto ímpetu que en algunos momentos tengo ganas de vomitar (verídico) y admirando la estructura ósea de ChMM que, por cierto, sí que es guapo (o quizá es mera exposición).
A la vuelta vengo charlando por teléfono con la PK, que se va a la India (flipa), y me encanta escucharla aunque se me estén quedando las manos heladas de sujetar el teléfono. Es un frío muy honesto el de Madrid. Compro dos copas de chocolate y nata en el Día, que por lo que cuestan deben de estar hechas de grasa extraída de las arterias de gordos muertos y harina de algarroba, pero que me apetecen mucho después de entrenar como si me creyera la versión quintogradista de Lynn Hill. Subo, preparo arroz con pescado y leche de coco y cenamos Cris y yo frente a dos copas de Jerez dulce. Me tomo la copa de grasa arterial, que está muy buena, y me vengo frente al escritorio como un condenado a galeras.
Mía se me sube al regazo y me paso cinco minutos de reloj abrazándola para sentir cómo ronronea, verídico, mientras pienso que igual mi futuro de solterona rodeada de gatos tampoco es tan terrible. Inspiran mucho amor estas bolitas de pelo. Ahora escribo esto mientras se me seca en las uñas el esmalto rojo, no sólo porque no tenga nada concreto que quiera contaros, sino porque me gusta que se empiecen a perfilar las rutinas felices de Madriz.
Ha sido un día awesome. Nieve, gatos, chocolate, pintaúñas, roco, chicos guapos y pacientes que son amor. Un día de estos que hace que firmes por seguir muchos, muchos años subida a este planeta loco. Uno de esos así con tanta belleza que me hace acordarme de este post de Golfo y de su último párrafo:
Es todo tan hermoso que de pronto no me importa que entre tú y yo no hayan ido bien las cosas, al menos no todo lo bien que podrían… después de todo, creo que no soy yo precisamente quien se está perdiendo un paraíso.
Y esto no va para nadie, que conste, que ahora mismo no tengo cuentas pendientes y vivo feliz en mi gatunismo sentimental. Es, simplemente, que me gusta el concepto y que bueno, cualquier excusa es buena para que leáis a Golfo.
Feliz miércoles, queridos.
A primera hora he tenido supervisión de casos, que consiste en que nos reunimos diez jipis trabajadores en el rollo este absurdo de la salud mental a debatir cómo le podemos arreglar la vida a
Después, en el hospital, un paciente MEJORA, y eso es un súper-milagro. Consigue dormir sin que le añadan más somníferos después de hablar con su familia de lo que le procupa y de una intervención paradójica, algo como "póngase usted a pensar en el cáncer y en la muerte media hora de reloj antes de dormir". La paradoja es El Bien y mis pacientes, como vosotros, son puro amor.
Luego vengo a casa y almuerzo sola rollo mindful, que son los deberes que nos han mandado en un taller que estamos haciendo en la rotación y que consisten en intentar estar completamente presente con la comida. Ayer, en el taller, nos pasamos cinco minutos comiéndonos una pasa: la olisqueamos, la hicimos sonar junto al oído, la colocamos al trasluz y después le dimos mini bocaditos hasta tragarla. Fue curioso. Hoy intento una versión rapidita, porque me tengo que comer un puré y una ensalad, pero también va bastante bien.
Escribo un rato, aparece Cris, le echo una mano para colocar las cosas. Trae sus trastos y a sus gatas, Mía y Musa, que son amor. Después echo a correr hacia el roco, a través del aire helado de la tarde madrileña, y me paso dos horas escalando con tanto ímpetu que en algunos momentos tengo ganas de vomitar (verídico) y admirando la estructura ósea de ChMM que, por cierto, sí que es guapo (o quizá es mera exposición).
A la vuelta vengo charlando por teléfono con la PK, que se va a la India (flipa), y me encanta escucharla aunque se me estén quedando las manos heladas de sujetar el teléfono. Es un frío muy honesto el de Madrid. Compro dos copas de chocolate y nata en el Día, que por lo que cuestan deben de estar hechas de grasa extraída de las arterias de gordos muertos y harina de algarroba, pero que me apetecen mucho después de entrenar como si me creyera la versión quintogradista de Lynn Hill. Subo, preparo arroz con pescado y leche de coco y cenamos Cris y yo frente a dos copas de Jerez dulce. Me tomo la copa de grasa arterial, que está muy buena, y me vengo frente al escritorio como un condenado a galeras.
Mía se me sube al regazo y me paso cinco minutos de reloj abrazándola para sentir cómo ronronea, verídico, mientras pienso que igual mi futuro de solterona rodeada de gatos tampoco es tan terrible. Inspiran mucho amor estas bolitas de pelo. Ahora escribo esto mientras se me seca en las uñas el esmalto rojo, no sólo porque no tenga nada concreto que quiera contaros, sino porque me gusta que se empiecen a perfilar las rutinas felices de Madriz.
Ha sido un día awesome. Nieve, gatos, chocolate, pintaúñas, roco, chicos guapos y pacientes que son amor. Un día de estos que hace que firmes por seguir muchos, muchos años subida a este planeta loco. Uno de esos así con tanta belleza que me hace acordarme de este post de Golfo y de su último párrafo:
Es todo tan hermoso que de pronto no me importa que entre tú y yo no hayan ido bien las cosas, al menos no todo lo bien que podrían… después de todo, creo que no soy yo precisamente quien se está perdiendo un paraíso.
Y esto no va para nadie, que conste, que ahora mismo no tengo cuentas pendientes y vivo feliz en mi gatunismo sentimental. Es, simplemente, que me gusta el concepto y que bueno, cualquier excusa es buena para que leáis a Golfo.
Feliz miércoles, queridos.
lunes, 21 de enero de 2013
La postura del loto
- Así que nos sentamos todas en la posición del loto - dice el profesor -. Quien no pueda ponerse en loto completo, que cruce una sola pierna.
Carolina cruza las dos. Siempre ha sido muy flexible. Le hace gracia ese "todas", y mira al único alumno masculino de la clase: Jonathan, un colombiano la mar de majo que se pasa todo el rato hablando de su novia de ultramar, en un intento desesperado (piensa Carolina) por demostrar su homosexualidad.
Se siente sudorosa y cansada. Quedan diez minutos para que acabe la clase y no se ha relajado ni un poco. Todas cierran los ojos, y ella pasea la vista por el círculo de señoras extrañamente sentadas. Alguna gruñe al notar la tensión en las rodillas. Carolina piensa que vaya pandilla de inadaptadas son todas, obligadas a que alguien les diga cómo relajarse y cómo estar presentes. Piensa que tiene que correr después del trabajo para llegar a la clase, y que tiene que correr al salir de clase para no perder el último autobús, así que se pregunta si no estará anulando con tanta carrera el efecto supuestamente beneficioso del yoga.
- Ahora quiero que visualicéis una escena - dice el profesor -. Debe ser una escena que tenga que ver con lo que os ha traído a estar hoy aquí. A tomar la decisión de inscribiros en esta clase.
Carolina no sabe si ha entendido bien las instrucciones, pero le tiran los muslos en la posición del loto y, sin darse cuenta, ya está pensando en Jaime. No tiene nada que ver con lo que le ha llevado a estar en esta clase, pero todo aquello le aburre tanto, le aburren tan inmensamente la docena de señoras perimenopáusicas que intentan escapar de la frustración retorciéndose los cartílagos, que decide que al menos se dará el capricho de fantasear. Y fantasea. Recuerda la última vez que estuvieron juntos. Les recuerda sentados en el sofá uno junto a otro, viendo una película, los calcetines de ella sobre el regazo de él.
- Visualizad bien la escena - insiste el profesor -. Imaginad todos los detalles.
Ella piensa en la cara de Jaime cuando empezó a frotarle los talones en la entrepierna, y su eterno "no creo que esto sea una buena idea", y ella contestando que todavía estaba a tiempo de levantarse e irse. Después se recuerda incorporándose sobre él, recorriéndole el perfil de la cara con el índice mientras él cerraba los ojos y alzaba la cabeza, mientras la película seguía sonando sin que nadie la escuchara.
- Pensad en todos los que están presentes en la escena, si es que hay otras personas además de vosotras.
Carolina piensa que eran dos, tres si contamos el televisor, y que a pesar de la resistencia inicial tampoco es que él tardara mucho en quitarse la camiseta y los pantalones de chándal o en sacarle a ella el vestido por encima de la cabeza. Después se recrea despacio mientras el profesor dice nosequé chorrada de acompasar la respiración y ella se da cuenta de que todo eso le da tan igual que no estaría allí si ahora mismo pudiera teletransportarse otra vez a la cama de Jaime.
- Permaneced presentes en la escena, totalmente presentes.
Ella sabe que no habría podido estar más presente aunque quisiera y que casi se le secan los ojos de tanto abrirlos. Que cada vez que puede hundir los dedos en la carne magra de Jaime, que le puede recorrer con la lengua los huesos de las caderas, que puede mirarle con los ojos muy abiertos mientras él se mueve sobre ella, no hay ni una célula de su cuerpo que no sea consciente de su presencia.
- Ahora, preguntaos cuál es vuestra intención. Qué intención tenéis en ese momento. Qué os ha llevado hasta donde estáis.
"Mi intención, querido, es que este hombre haga conmigo lo que quiera durante lo que me queda de vida", piensa Carolina, y se le escapa una sonrisa mientras piensa en las escenas anodinas de la cabeza de todas esas perimenopáusicas y en cómo ella se está escapando a su oasis particular, a su spa mental donde Jaime no puede irse a ningún lado una vez hayan terminado.
El profesor hace sonar la campanilla, les dice que reorienten su atención al exterior y les pregunta qué tal la experiencia. Ellas (y Jonathan) descruzan las piernas despacio, quejándose de las artritis y las condromalacias, y comienzan a andar hacia el vestuario.
Y Carolina se siente casi bien, casi contenta, casi nada frustrada por pasarse las tardes en clase de yoga y las noches sola comiendo verdura frente al televisor, y podría irse así con esa sensación tan agradable, de no ser porque, en ese momento, Puri, la más perimenopáusica de todas, la que se pasa la vida comentando los precios de la colección fitness del Decathlón, yergue la cabeza, sonríe y dice, dirigiéndose a todas y a ninguna al mismo tiempo:
- Que levante la mano la que no estaba pensando en sexo.
Carolina cruza las dos. Siempre ha sido muy flexible. Le hace gracia ese "todas", y mira al único alumno masculino de la clase: Jonathan, un colombiano la mar de majo que se pasa todo el rato hablando de su novia de ultramar, en un intento desesperado (piensa Carolina) por demostrar su homosexualidad.
Se siente sudorosa y cansada. Quedan diez minutos para que acabe la clase y no se ha relajado ni un poco. Todas cierran los ojos, y ella pasea la vista por el círculo de señoras extrañamente sentadas. Alguna gruñe al notar la tensión en las rodillas. Carolina piensa que vaya pandilla de inadaptadas son todas, obligadas a que alguien les diga cómo relajarse y cómo estar presentes. Piensa que tiene que correr después del trabajo para llegar a la clase, y que tiene que correr al salir de clase para no perder el último autobús, así que se pregunta si no estará anulando con tanta carrera el efecto supuestamente beneficioso del yoga.
- Ahora quiero que visualicéis una escena - dice el profesor -. Debe ser una escena que tenga que ver con lo que os ha traído a estar hoy aquí. A tomar la decisión de inscribiros en esta clase.
Carolina no sabe si ha entendido bien las instrucciones, pero le tiran los muslos en la posición del loto y, sin darse cuenta, ya está pensando en Jaime. No tiene nada que ver con lo que le ha llevado a estar en esta clase, pero todo aquello le aburre tanto, le aburren tan inmensamente la docena de señoras perimenopáusicas que intentan escapar de la frustración retorciéndose los cartílagos, que decide que al menos se dará el capricho de fantasear. Y fantasea. Recuerda la última vez que estuvieron juntos. Les recuerda sentados en el sofá uno junto a otro, viendo una película, los calcetines de ella sobre el regazo de él.
- Visualizad bien la escena - insiste el profesor -. Imaginad todos los detalles.
Ella piensa en la cara de Jaime cuando empezó a frotarle los talones en la entrepierna, y su eterno "no creo que esto sea una buena idea", y ella contestando que todavía estaba a tiempo de levantarse e irse. Después se recuerda incorporándose sobre él, recorriéndole el perfil de la cara con el índice mientras él cerraba los ojos y alzaba la cabeza, mientras la película seguía sonando sin que nadie la escuchara.
- Pensad en todos los que están presentes en la escena, si es que hay otras personas además de vosotras.
Carolina piensa que eran dos, tres si contamos el televisor, y que a pesar de la resistencia inicial tampoco es que él tardara mucho en quitarse la camiseta y los pantalones de chándal o en sacarle a ella el vestido por encima de la cabeza. Después se recrea despacio mientras el profesor dice nosequé chorrada de acompasar la respiración y ella se da cuenta de que todo eso le da tan igual que no estaría allí si ahora mismo pudiera teletransportarse otra vez a la cama de Jaime.
- Permaneced presentes en la escena, totalmente presentes.
Ella sabe que no habría podido estar más presente aunque quisiera y que casi se le secan los ojos de tanto abrirlos. Que cada vez que puede hundir los dedos en la carne magra de Jaime, que le puede recorrer con la lengua los huesos de las caderas, que puede mirarle con los ojos muy abiertos mientras él se mueve sobre ella, no hay ni una célula de su cuerpo que no sea consciente de su presencia.
- Ahora, preguntaos cuál es vuestra intención. Qué intención tenéis en ese momento. Qué os ha llevado hasta donde estáis.
"Mi intención, querido, es que este hombre haga conmigo lo que quiera durante lo que me queda de vida", piensa Carolina, y se le escapa una sonrisa mientras piensa en las escenas anodinas de la cabeza de todas esas perimenopáusicas y en cómo ella se está escapando a su oasis particular, a su spa mental donde Jaime no puede irse a ningún lado una vez hayan terminado.
El profesor hace sonar la campanilla, les dice que reorienten su atención al exterior y les pregunta qué tal la experiencia. Ellas (y Jonathan) descruzan las piernas despacio, quejándose de las artritis y las condromalacias, y comienzan a andar hacia el vestuario.
Y Carolina se siente casi bien, casi contenta, casi nada frustrada por pasarse las tardes en clase de yoga y las noches sola comiendo verdura frente al televisor, y podría irse así con esa sensación tan agradable, de no ser porque, en ese momento, Puri, la más perimenopáusica de todas, la que se pasa la vida comentando los precios de la colección fitness del Decathlón, yergue la cabeza, sonríe y dice, dirigiéndose a todas y a ninguna al mismo tiempo:
- Que levante la mano la que no estaba pensando en sexo.
domingo, 20 de enero de 2013
Más sobre los libros con churros
Hace justo un año escribí esto sobre los libros, los churros y las
tardes de invierno. No sabía que un año después me encontraría
leyendo otra vez a Franzen en otra ciudad, también en una tarde de
invierno y también comiendo churros. El mecanismo lectoculinario
sirve exactamente igual. Es importante conservar el meñique limpio
para pasar las páginas y Franzen sigue pareciéndome
devastadoramente bueno.
Llevaba todo el día sola. A media tarde
me saqué a patadas de mi estupendo piso a pesar de la llovizna:
mueve tu culo, Marina, que estás en la capital. Caminé hasta Sol y compré maquillaje,
líquido de lentillas y el libro de Franzen. Luego tenía frío y un
poco de hambre, así que entré en un Café&Té, pedí chocolate
con churros y me puse a leer. Estaba en la planta superior, justo en
el borde, y podía ver las mesas de debajo. Era una perspectiva
bonita: todas aquellas parejas, grupitos o personas solitarias,
tomándose su té, o su café, o su tarta, charlando un rato de las
cosas que les importaban y saliendo después otra vez al frío de
fuera.
Al cabo de un rato, pensé que ya no estaba sola. Era como
si llevara una hora sentada en frente de Franzen escuchándole
hablar. Él me estaba contando, con esa manera animalmente precisa
que tiene de utilizar el lenguaje, sus ideas sobre el amor, la
literatura y la muerte. Me lo imaginé sentado enfrente, con sus
gafas de pasta, quizá animándose a probar los churros. Hablando
despacio y puntuando también sus palabras con comas invisibles.
Tiene un cerebro hermoso, Jonathan Franzen. Dice que un escritor debe escribir en cada momento el mejor libro posible, y que si quiere seguir mejorando no tendrá más remedio que convertirse en la persona capaz de escribir un libro todavía mejor. Escribe también sobre el amor. “Es en el amor donde empiezan nuestros problemas”, afirma, y después explica cómo el amor verdadero y concreto por algo o por alguien nos saca de nuestra caja abstracta y distante de observadores imparciales y hace más fácil, y no más difícil, convivir con nuestra rabia, nuestra desesperación y nuestro dolor. Qué bonito es tener una cabeza capaz de pensar eso y un corazón capaz de sentirlo.
Ahora acabo de subir de tomar un vino con B.,
una lectora de largo recorrido. Intimida saber que alguien lleva
leyéndote cinco años. Cinco años escuchando mentalmente tus
chorradas. Por la mañana había desayunado con M., otra lectora más
reciente pero igualmente fiel. Pienso que, salvando las distancias,
también es como si yo me sentara a tomar café con un montón de
desconocidos (vosotros) que, por alguna razón, tenéis interés por
mis opiniones sobre el amor, la vida y la literatura. Hay un
desajuste en eso, “un desequilibrio”, dice B., imitando una
balanza con sus manos blanquitas. Pero es un desequilibrio en ambos
sentidos, pienso yo: por una parte es verdad que yo de ella, o de
vosotros, apenas sé nada; también es verdad que llevo muchos años
monopolizando la conversación.
Ahora intento construir este
texto. Barajo la esquizofrenia entre lo que escribo y la realidad,
entre la interacción segura y unidireccional de este espacio y el
doloroso contacto cuerpo a cuerpo entre dos humanos imperfectos.
Intento encontrar una conclusión que me sirva de cierre: algo como
que prefiero la palestra de la realidad al mundo seguro e
hiperprotegido de la literatura. Pero luego es mentira, porque si
tuviera que elegir, preferiría leer a Franzen que hablar con él.
Así que si algún día me sucede algo parecido, si algún día
alguien elige leerme a hablar conmigo, quizá no debería lamentarme
por el desprecio a mi vulnerable y defectuoso ser real. Quizá
debería sólo sentirme una escritora fabulosamente buena.
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