Estamos de vuelta en Margalef. El European Rock Trip ha sido alarmantemente corto: apenas una semana de furgo, escalada e intentos de producir el sonido nasal en francés. ¿Por qué?
Es difícil de explicar. Tienes que ser una escritora en paro, aspirante a emprendedora literaria y silenciófila para preferir estar en tu casa antes que viajando. Ahora mismo no es mi momento para tomarme vacaciones. Lo intenté con fuerza para acompañar a Pablo, que ha trabajado muchísimo este año y se las merece, pero me estaba poniendo nerviosa y me picaban en los dedos las ganas de escribir. Así que hemos vuelto, aunque probablemente él se marche de nuevo en un par de días porque lo que le pica a él en los dedos es el magnesio.
Estoy contenta, no os creáis. Mi vida cotidiana mola demasiado como para que me dé pena no viajar. Como dice el Ezcritor: trabajar en lo que quiero todo el año serán mis vacaciones. Y esas me las voy a tener que ganar.
Sé que llevo diciendo esto desde hace meses, pero después de superar mi asqueroso burnout laboral, terminar el PIR, mudarme y volverme del viaje de los sueños de casi cualquiera, esto va a arrancar en serio. Sigo trabajando en marinadiaz.net, que abrirá más o menos a mediados de septiembre. Por cierto, quiero comentar en la lista de correo mis ideas y dudas respecto a la página nueva, así que apúntate si te interesa colaborar. Mientras más seamos, más nos divertiremos.
Gracias por estar ahí, y también a los que os habéis preocupado por nuestra integridad. Estamos bien. Seguimos adelante.
lunes, 4 de agosto de 2014
martes, 29 de julio de 2014
Escribiendo en el aire
Es de noche y estamos en un camping del suroeste de Francia, sentados en la furgo, preparando seitán a la plancha para la cena. Yo pico muy fino un diente del ajo gigante y violeta que hemos comprado en la tienda, y Pablo me pasa cuando se lo pido los objetos que están en su lado de nuestro salón-cocina: la sartén, el aceite, la pimienta.
- Y entonces – dice él, como si retomáramos una conversación de antes -, ¿cómo se hace para escribir sobre un recuerdo y que no quede aburrido?
Al mediodía, mientras yo dormía la siesta bajo el techo elevable de la furgo, él ha estado escribiendo. No tengo ni idea de qué. Lleva y trae de un lado a otro el ordenador y “Writing Down the Bones”, como si él y Natalie Goldberg anduvieran conspirando en secreto.
- Pues... no sé. Depende. Utilizas los detalles, supongo. ¿Qué recuerdo?
- Por ejemplo, la tarde de hoy. Pienso en cómo la contaría y suena aburrido.
Cubro con aceite el fondo de la sartén y enciendo el fuego al mínimo.
- Lo importante – digo, mientras sostengo la mano unos centímetros encima del aceite – no es contar lo que pasó, sino transmitir qué significa para ti lo que pasó. Los lectores quieren identificarse contigo, que eres el protagonista.
- ¿Y cómo se hace eso?
- A ver. ¿Qué querrías tú recordar de esta tarde?
- No sé – arruga la boca y mira hacia arriba -. La aproximación al sector, que era muy bonita. Las raíces de los árboles a las que había que agarrarse para subir, el tronco con muescas que habían colocado para que hiciera de escalera, el bosque... Luego contaría cómo tú has empezado a escalar, y de repente se puso a llover, y tú no podías seguir, y yo me estaba cagando de frío... Porque era un poco como... ¿catrasca existe acá?
- ¿Catrasca? No, ¿qué es?
- Cuando alguien es muy... no sé, que se va dando golpes con todo, y va a escalar y le llueve, y luego no puede desmontar la vía.
- ¿Torpe? ¿Gafe?
- No, no exactamente...
- ¡Yo no soy gafe! Un poco torpe sí, lo admito.
- No vos, la situación era catrasca. Bueno, pues eso quería contar, que tardamos un montón y nos mojamos, y que luego para bajarte de la vía te soltaste de la pared porque querías hacer un péndulo, y eso me levantó a mi también y nos partimos de risa. Que tú colgabas de un lado a otro gritando: “¡Uiiiiiii!”, pero luego vi toda tu cara de pánico cuando casi te das contra la pared, y nos empezamos a enredar los dos en la cuerda y parecíamos tarados.
Mientras Pablo habla, yo corto el seitán en lonchas finitas sobre la tabla de plástico naranja.
- Lo que pasa – continúa – es que todo eso lo escribo y es aburrido. Si lo leo dentro de... qué sé yo... un año, me va a parecer una estupidez. Como esa gente que tiene blogs de escalada y que cuenta: fuimos a tal sitio y a tal otro, hicimos tal y tal vía, se puso a llover y nos tuvimos que ir. ¿A quién le importa eso?
- ¿Qué es lo más importante para ti de todo eso? Pásame la sal, porfa.
- Creo... - me alarga el tarro de sal marismeña que compramos en Cádiz – que la idea es que estaba ahí asegurándote, muerto de frío, y después no me esperaba lo del péndulo. No pensaba que iba a salir volando. Después los dos nos quedamos mirando a la chica que escalaba en la vía de al lado y eso me motivó, me dieron ganas de escalar más. Pero ¿ves? Dicho así suena estúpido.
- A ver... - pongo un poco de pimienta a los champiñones que se rehogan en la otra sartén -. A veces yo empiezo a escribir un post y sé cuál va a ser el final. El cierre, por así decirlo. Ese es el mensaje del post, lo que tú quieres comunicar con él. En tu caso, yo me quedaría con... Cómo lo expresaría... Algo como “a veces para escalar no hace falta escalar”, o “para divertirse escalando no hace falta escalar”. Quizá lo diría de una forma más sutil. No sé.
- Lo tenías pensado, eso. Confiesa.
Suelto una risita.
- Empezaría contando que el camino era... “como la entrada al país de las Maravillas”, u otra imagen potente que evoque algo al lector. Diría que “nunca pensé que utilizaría las raíces de un árbol como agarres”, para que puedan imaginarte trepando por ellas. Después... no sé, quizá comenzaría con un tono bucólico, profundo, explicando lo mucho que te motiva verme escalar, porque “es casi como si escalaras tú”... pero después, todo empieza a salir mal. Yo enseguida estoy colgando de la cuerda porque no me salen los pasos, y la lluvia me está empapando las gafas y no veo. Tú tienes frío y te aburres, y piensas que vaya mierda, que cuando yo escalo NO es como si escalases tú, que tú quieres escalar, y no estar ahí parado en el pie de vía bajo la lluvia helada.
Pablo se ríe. Yo, entusiasmada, doy vueltas al seitán y sigo hablando:
- Entonces, en medio de todo eso, de tú todo negativo y mosqueado, y después de una hora para montar y desmontar la vía bajo la lluvia, a la tarada de tu novia le da tirarse en el aire a hacer un péndulo, y tú, que estabas pensando ya en tomarte un café calentito en el bar del pueblo, te encuentras volando por los aires. Describes “su repentina cara de terror al darse cuenta de que un péndulo tiene dos direcciones – yo también me estoy riendo ahora – y, aunque una de ellas estaba limpia de obstáculos, la otra la trae de vuelta contra la roca a toda velocidad”. Terminaría contando un poco sobre la chica que escalaba al lado, pero poquito, para no aburrir al lector. Después concluiría con la frase que te dije... Algo como “mientras bajábamos empapados hacia la furgo, preguntándonos cómo se diría colacao en francés, pensé que lo bueno de la escalada es que a veces escalar ni siquiera hace falta”.
Pablo esboza una media sonrisa. Yo doy la vuelta a las lonchas de seitán y subo un poco el fuego. La luz dentro de la furgo es cálida y amarilla; más allá de las ventanas, todo es oscuridad y silencio.
- Quedó muy bueno. Me gustó. Me gustó lo que escribiste en el aire.
- Gracias.
- Aunque suena demasiado a ti.
- Probablemente.
- Y entonces – dice él, como si retomáramos una conversación de antes -, ¿cómo se hace para escribir sobre un recuerdo y que no quede aburrido?
Al mediodía, mientras yo dormía la siesta bajo el techo elevable de la furgo, él ha estado escribiendo. No tengo ni idea de qué. Lleva y trae de un lado a otro el ordenador y “Writing Down the Bones”, como si él y Natalie Goldberg anduvieran conspirando en secreto.
- Pues... no sé. Depende. Utilizas los detalles, supongo. ¿Qué recuerdo?
- Por ejemplo, la tarde de hoy. Pienso en cómo la contaría y suena aburrido.
Cubro con aceite el fondo de la sartén y enciendo el fuego al mínimo.
- Lo importante – digo, mientras sostengo la mano unos centímetros encima del aceite – no es contar lo que pasó, sino transmitir qué significa para ti lo que pasó. Los lectores quieren identificarse contigo, que eres el protagonista.
- ¿Y cómo se hace eso?
- A ver. ¿Qué querrías tú recordar de esta tarde?
- No sé – arruga la boca y mira hacia arriba -. La aproximación al sector, que era muy bonita. Las raíces de los árboles a las que había que agarrarse para subir, el tronco con muescas que habían colocado para que hiciera de escalera, el bosque... Luego contaría cómo tú has empezado a escalar, y de repente se puso a llover, y tú no podías seguir, y yo me estaba cagando de frío... Porque era un poco como... ¿catrasca existe acá?
- ¿Catrasca? No, ¿qué es?
- Cuando alguien es muy... no sé, que se va dando golpes con todo, y va a escalar y le llueve, y luego no puede desmontar la vía.
- ¿Torpe? ¿Gafe?
- No, no exactamente...
- ¡Yo no soy gafe! Un poco torpe sí, lo admito.
- No vos, la situación era catrasca. Bueno, pues eso quería contar, que tardamos un montón y nos mojamos, y que luego para bajarte de la vía te soltaste de la pared porque querías hacer un péndulo, y eso me levantó a mi también y nos partimos de risa. Que tú colgabas de un lado a otro gritando: “¡Uiiiiiii!”, pero luego vi toda tu cara de pánico cuando casi te das contra la pared, y nos empezamos a enredar los dos en la cuerda y parecíamos tarados.
Mientras Pablo habla, yo corto el seitán en lonchas finitas sobre la tabla de plástico naranja.
- Lo que pasa – continúa – es que todo eso lo escribo y es aburrido. Si lo leo dentro de... qué sé yo... un año, me va a parecer una estupidez. Como esa gente que tiene blogs de escalada y que cuenta: fuimos a tal sitio y a tal otro, hicimos tal y tal vía, se puso a llover y nos tuvimos que ir. ¿A quién le importa eso?
- ¿Qué es lo más importante para ti de todo eso? Pásame la sal, porfa.
- Creo... - me alarga el tarro de sal marismeña que compramos en Cádiz – que la idea es que estaba ahí asegurándote, muerto de frío, y después no me esperaba lo del péndulo. No pensaba que iba a salir volando. Después los dos nos quedamos mirando a la chica que escalaba en la vía de al lado y eso me motivó, me dieron ganas de escalar más. Pero ¿ves? Dicho así suena estúpido.
- A ver... - pongo un poco de pimienta a los champiñones que se rehogan en la otra sartén -. A veces yo empiezo a escribir un post y sé cuál va a ser el final. El cierre, por así decirlo. Ese es el mensaje del post, lo que tú quieres comunicar con él. En tu caso, yo me quedaría con... Cómo lo expresaría... Algo como “a veces para escalar no hace falta escalar”, o “para divertirse escalando no hace falta escalar”. Quizá lo diría de una forma más sutil. No sé.
- Lo tenías pensado, eso. Confiesa.
Suelto una risita.
- Empezaría contando que el camino era... “como la entrada al país de las Maravillas”, u otra imagen potente que evoque algo al lector. Diría que “nunca pensé que utilizaría las raíces de un árbol como agarres”, para que puedan imaginarte trepando por ellas. Después... no sé, quizá comenzaría con un tono bucólico, profundo, explicando lo mucho que te motiva verme escalar, porque “es casi como si escalaras tú”... pero después, todo empieza a salir mal. Yo enseguida estoy colgando de la cuerda porque no me salen los pasos, y la lluvia me está empapando las gafas y no veo. Tú tienes frío y te aburres, y piensas que vaya mierda, que cuando yo escalo NO es como si escalases tú, que tú quieres escalar, y no estar ahí parado en el pie de vía bajo la lluvia helada.
Pablo se ríe. Yo, entusiasmada, doy vueltas al seitán y sigo hablando:
- Entonces, en medio de todo eso, de tú todo negativo y mosqueado, y después de una hora para montar y desmontar la vía bajo la lluvia, a la tarada de tu novia le da tirarse en el aire a hacer un péndulo, y tú, que estabas pensando ya en tomarte un café calentito en el bar del pueblo, te encuentras volando por los aires. Describes “su repentina cara de terror al darse cuenta de que un péndulo tiene dos direcciones – yo también me estoy riendo ahora – y, aunque una de ellas estaba limpia de obstáculos, la otra la trae de vuelta contra la roca a toda velocidad”. Terminaría contando un poco sobre la chica que escalaba al lado, pero poquito, para no aburrir al lector. Después concluiría con la frase que te dije... Algo como “mientras bajábamos empapados hacia la furgo, preguntándonos cómo se diría colacao en francés, pensé que lo bueno de la escalada es que a veces escalar ni siquiera hace falta”.
Pablo esboza una media sonrisa. Yo doy la vuelta a las lonchas de seitán y subo un poco el fuego. La luz dentro de la furgo es cálida y amarilla; más allá de las ventanas, todo es oscuridad y silencio.
- Quedó muy bueno. Me gustó. Me gustó lo que escribiste en el aire.
- Gracias.
- Aunque suena demasiado a ti.
- Probablemente.
sábado, 26 de julio de 2014
European Rock Trip 2104: pistoletazo de salida
En la casa más pija de Margalef, un tranquilo pueblo de la comarca del Priorat, se libra en estos momentos una extraña guerra fría. Sentada en su secreter, Marina escribe. No es que tenga nada demasiado importante que decir; además, le pican los ojos, porque lleva todo el día en el ordenador ultimando un Proyecto Literario Secreto del que ya os informará en su momento. Pero sabe que Tiene que escribir; no solo se lo debe a sus lectores, sino que ha recibido un tuit de Rafa Fernández, enfant terrible de la literatura underground, que dice que está esperando una actualización. Una no puede ignorar así como así un tuit de Rafa Fernández.
Pablo, por su parte, un argentino que hace un año estaba tan tranquilo en Utah y ahora, sin comerlo ni beberlo, se ve aguantando a la escritora a jornada completa, acaba de salir de su estudio. Se dirige despacio al de Marina y llama a la puerta. Entra descalzo, con el ordenador en las manos y cara de sueño.
- Che - le dice -, tu mochila, mañana, ¿qué onda?
Marina vuelve la cabeza y arquea una ceja. Mañana es el primer día del European Rock Trip: un viaje que ambos llevan un mes posponiendo con la excusa del trabajo de Pablo y del Proyecto Literario Secreto, pero que les ha permitido agarrarse como koalas al piso más pijo de Margalef. A un observador imparcial podría parecerle que Pablo solo quiere saber, de manera casual y desinteresada, cómo lleva ella la mochila del viaje. Un traductor Pablo-Español, sin embargo, nos daría la siguiente versión.
- Che - el traductor respeta los localismos -, te conozco y sé que no has empezado siquiera a pensar en hacer la mochila. Mañana nos levantaremos y tardarás tres horas, porque tienes que llenarla con gomillas de pelo, tapones para los oídos, Espidifén y ropa para todas las variedades climáticas posibles. ¿Por qué no dejás de pelotudear y la hacés ahora, antes de que yo me empiece a poner nervioso porque vamos a llegar a la fucking Francia por la noche, y nos perderemos, y encima vamos sin GPS, y la vamos a liar?
La silla giratoria de Marina da la vuelta despacio, como la de un mafioso de película. Se levanta y camina hacia Pablo.
- Mi mochila... yo qué sé. Lo de siempre, ¿no? - se encoge de hombros - Mañana me levanto y la hago, ya está. Como hacemos siempre que vamos a escalar. Tampoco voy a llevar tantas cosas.
Pablo se rasca la cabeza. Por supuesto, podría interpretar literalmente las palabras de Marina y quedarse tranquilo. Pero él también ha implantado en su cabeza un traductor Marina-Español. Lo que escucha es lo siguiente:
- Ni De Coña me voy a poner a hacer la mochila ahora. Y no porque tenga sueño, que lo tengo, pero me da igual, porque acabo de pasarme media hora leyendo los comentarios de un vídeo de Youtube. No voy a hacer la mochila ahora porque va contra mi religión hacer la mochila la noche antes. Me sienta mal, me cabrea y se me olvidan cosas, y además en cuanto empiece me va a entrar un sueño terrible y voy a empezar a gruñir. Por supuesto que mañana voy a tardar un montón, ¡¡nos vamos un mes a Europa!! Los europeos están locos y allí llueve todo el tiempo, y ¿qué pasa si me quedo sin tapones para los oídos? Aun así, no voy a ponerme a hacer la mochila ahora. Ni hablar.
- Ok - contesta Pablo.
Aquí el traductor Pablo-Español lo tiene más difícil, pero después de unos segundos procesando el pequeño fragmento de discurso, le manda a Marina la siguiente información:
- Sos DE TERROR. Vamos a salir a las tantas, vamos a llegar a las tantas, nos desorientaremos y encima estaremos rodeados de franceses, que nos son hostiles. Pero no te puedo decir nada, porque no me vas a hacer ni caso y, para variar, harás lo que vos quieras. Quién me mandaría a mí mudarme a gallegolandia. Menos mal que tenés un lindo orto. La concha de tu madre... no, no, no te estaba insultando; tu mamá se llama literalmente Concha.*
Marina retira con suavidad el ordenador de las manos de Pablo y lo deja en la cama. Le echa los brazos al cuello: está tan guapo cuando va descalzo. Le gusta cómo le asoman los antebrazos debajo de la camiseta, y el olor a champú de tío en el hueco de su cuello. Él la besa, distraído, porque se está meando, y luego se da la vuelta para ir al baño y cenar algo. Ella vuelve al ordenador y abre el editor de blogger.
Mañana empiezan el European Rock Trip.
Nadie dijo que viajar en pareja fuera fácil.
*Verídico.
Pablo, por su parte, un argentino que hace un año estaba tan tranquilo en Utah y ahora, sin comerlo ni beberlo, se ve aguantando a la escritora a jornada completa, acaba de salir de su estudio. Se dirige despacio al de Marina y llama a la puerta. Entra descalzo, con el ordenador en las manos y cara de sueño.
- Che - le dice -, tu mochila, mañana, ¿qué onda?
Marina vuelve la cabeza y arquea una ceja. Mañana es el primer día del European Rock Trip: un viaje que ambos llevan un mes posponiendo con la excusa del trabajo de Pablo y del Proyecto Literario Secreto, pero que les ha permitido agarrarse como koalas al piso más pijo de Margalef. A un observador imparcial podría parecerle que Pablo solo quiere saber, de manera casual y desinteresada, cómo lleva ella la mochila del viaje. Un traductor Pablo-Español, sin embargo, nos daría la siguiente versión.
- Che - el traductor respeta los localismos -, te conozco y sé que no has empezado siquiera a pensar en hacer la mochila. Mañana nos levantaremos y tardarás tres horas, porque tienes que llenarla con gomillas de pelo, tapones para los oídos, Espidifén y ropa para todas las variedades climáticas posibles. ¿Por qué no dejás de pelotudear y la hacés ahora, antes de que yo me empiece a poner nervioso porque vamos a llegar a la fucking Francia por la noche, y nos perderemos, y encima vamos sin GPS, y la vamos a liar?
La silla giratoria de Marina da la vuelta despacio, como la de un mafioso de película. Se levanta y camina hacia Pablo.
- Mi mochila... yo qué sé. Lo de siempre, ¿no? - se encoge de hombros - Mañana me levanto y la hago, ya está. Como hacemos siempre que vamos a escalar. Tampoco voy a llevar tantas cosas.
Pablo se rasca la cabeza. Por supuesto, podría interpretar literalmente las palabras de Marina y quedarse tranquilo. Pero él también ha implantado en su cabeza un traductor Marina-Español. Lo que escucha es lo siguiente:
- Ni De Coña me voy a poner a hacer la mochila ahora. Y no porque tenga sueño, que lo tengo, pero me da igual, porque acabo de pasarme media hora leyendo los comentarios de un vídeo de Youtube. No voy a hacer la mochila ahora porque va contra mi religión hacer la mochila la noche antes. Me sienta mal, me cabrea y se me olvidan cosas, y además en cuanto empiece me va a entrar un sueño terrible y voy a empezar a gruñir. Por supuesto que mañana voy a tardar un montón, ¡¡nos vamos un mes a Europa!! Los europeos están locos y allí llueve todo el tiempo, y ¿qué pasa si me quedo sin tapones para los oídos? Aun así, no voy a ponerme a hacer la mochila ahora. Ni hablar.
- Ok - contesta Pablo.
Aquí el traductor Pablo-Español lo tiene más difícil, pero después de unos segundos procesando el pequeño fragmento de discurso, le manda a Marina la siguiente información:
- Sos DE TERROR. Vamos a salir a las tantas, vamos a llegar a las tantas, nos desorientaremos y encima estaremos rodeados de franceses, que nos son hostiles. Pero no te puedo decir nada, porque no me vas a hacer ni caso y, para variar, harás lo que vos quieras. Quién me mandaría a mí mudarme a gallegolandia. Menos mal que tenés un lindo orto. La concha de tu madre... no, no, no te estaba insultando; tu mamá se llama literalmente Concha.*
Marina retira con suavidad el ordenador de las manos de Pablo y lo deja en la cama. Le echa los brazos al cuello: está tan guapo cuando va descalzo. Le gusta cómo le asoman los antebrazos debajo de la camiseta, y el olor a champú de tío en el hueco de su cuello. Él la besa, distraído, porque se está meando, y luego se da la vuelta para ir al baño y cenar algo. Ella vuelve al ordenador y abre el editor de blogger.
Mañana empiezan el European Rock Trip.
Nadie dijo que viajar en pareja fuera fácil.
*Verídico.
jueves, 17 de julio de 2014
El Dúplex de Lujo, Vol. I
Hace un par de días vinieron a vernos unos amigos de Cádiz, y cuando vieron nuestra casa, fliparon. "No nos imaginábamos algo así", decían. Yo también pensaba que venirme a vivir a un pueblo supondría estar en una casa antigua, con muebles apolillados y cuadros horribles en las paredes. En lugar de eso, hemos dado con un dúplex precioso que en cualquier ciudad te costaría una pasta, y que nosotros alquilamos por 100 euros más de lo que valía mi habitación en Madrid.
Lo que más me gusta de la casa nueva es mi habitación. Todos los adultos deberíamos tener una habitación, como cuando éramos adolescentes: un lugar con paredes que llenar de fotos y de pósters, estanterías para colocar libros y adornos y, sobre todo, una puerta que cerrar. Cuando era pequeña, siempre pensaba que pobres mis padres, conformándose con una aburrida habitación para los dos en la que solo se podía dormir (por favor: que nadie haga referencia a las otras cosas que mis padres hacían en ese dormitorio. Llevo 29 años con la idea de mis padresteniendo sexo haciendo esas cosas sepultada en un búnker de mi mente, y pienso seguir así).
"La meva casa es diu Riu". Ya he repetido esta frase un montón de veces en mi catalán precario, porque mi casa tiene nombre y se llama Río. Da al Montsant: el río que pasa por delante de Margalef y en que Pablo y yo nos bañamos después de escalar. También da a los huertos de los vecinos y al monte.
| Afortunadamente, por la carretera pasan como tres coches al día |
Lo que más me gusta de la casa nueva es mi habitación. Todos los adultos deberíamos tener una habitación, como cuando éramos adolescentes: un lugar con paredes que llenar de fotos y de pósters, estanterías para colocar libros y adornos y, sobre todo, una puerta que cerrar. Cuando era pequeña, siempre pensaba que pobres mis padres, conformándose con una aburrida habitación para los dos en la que solo se podía dormir (por favor: que nadie haga referencia a las otras cosas que mis padres hacían en ese dormitorio. Llevo 29 años con la idea de mis padres
Mi habitación, de hecho, es casi un apartamento. Está dividida en dos por un armario, y tengo una cama en la parte de detrás y el estudio delante. La cama no la uso (todavía aguanto al porteño robándome la manta a medianoche), pero el estudio son diez metros cuadrados de puro éxtasis. Os lo enseño:
Al fondo está el secreter que compré hace dos años en una tienda de segunda mano. Un secreter es un escritorio con secretos: se abre y cierra, tiene cajones misteriosos y da a cualquier habitación un aire decimonónico y decadente. Este es el mío:
Desde que Ikea conquistó España, sus muebles están en muchos pisos de alquiler, lo que hace que te sigas sintiendo en casa aunque vivas en lugares distintos. Esta estantería, por ejemplo, me da buen rollo porque es igual que la que tenía en mi piso de San Fernando: el Zulo Autolimpiable.
En mi estantería tengo: libros variados; todos los papeles importantes (primer recuadro a la izquierda); al Buda para ver si un día de estos me animo a meditar; eltarot de Osho un microscopio; la caja con esmaltes de uñas... "No hay mañana" es la frase que usaba cuando empecé a escalar para motivarme, y me sigue pareciendo un buen lema. El abanico me recuerda a Andalucía, la postal es de Boulder, el cuadrito que hay detrás de la vela es de Granada y en el marcapáginas pone: "No hay como Cádiz para el mar. No hay como el mar para el amor". Era la frase que me animaba cuando estaba ultra-sola en Cádiz y echaba de menos a Pablo aunque aún no le conociera.
[Ahora diría "No hay como Utah para el desierto. No hay como el desierto para el amor]
Aquí voy a escribir miles de posts, varias novelas fabulosas y otros textos impredecibles.
Me pregunto si Virginia Woolf pensaba que tener una habitación propia era importante para las mujeres en particular o para los escritores en general. No sé si es por ser mujer, pero en el último año me he dado cuenta de que tengo que poner límites para no fusionarme con Pablo y seguir escribiendo. Es raro, porque se supone que el deseo de escribir no debería tener que ver con la arquitectura, pero sin una habitación es difícil sentirse lo bastante sola.
En Cádiz, por ejemplo, escribía en el salón; Pablo entraba y salía a veces, y la puerta estaba directamente en mi línea de visión. Cuando comíamos, tenía que quitar el portátil de la mesa. Sentarme allí y saber que la oportunidad de comunicarme y de ser escuchada estaba a unos pasos de distancia me quitaba las ganas de escribir. ¿Quién quiere esforzarse para lanzar palabras al vacío si tiene un oyente de verdad, con ojos y boca, que responde a lo que le dices y te da una opinión benévola?
Ahora tengo la hipótesis de que si me siento aquí el rato suficiente y miro al monte, olvidando que hay una puerta a muchos, muchos metros de mi secreter, la urgencia por decir algo al mundo me ayudará a escribir. Aquí aún no conocemos a mucha gente. No nos gusta ir al bar, y eso nos hace un poco raros. Vamos de casa a la roca y de la roca a casa. En algún lado tendré que colocar mis ganas de charlar con alguien.
En estos días seguiré enseñando la casa y hablando poco a poco de mi proyecto de vida. Al final vamos a acortar el European Rock Trip a un mes (las grandes novelas no se escriben solas) y probablemente salgamos la semana que viene, si conseguimos despegar el culo de este piso y esta roca. Voy a extrañar mi habitación propia cuando estemos por ahí. Pero bueno. Si todo va como debe, estará esperándome a la vuelta.
[Nota: después de una experiencia desagradable con una lectora, voy a moderar los comentarios, así que no saldrán inmediatamente cuando los escribáis. Tened paciencia y los publico en cuanto los apruebe. Aprobaré todo lo que no me falte al respeto a mí o a otro lector. ¡Gracias por vuestra comprensión!]
Al fondo está el secreter que compré hace dos años en una tienda de segunda mano. Un secreter es un escritorio con secretos: se abre y cierra, tiene cajones misteriosos y da a cualquier habitación un aire decimonónico y decadente. Este es el mío:
| No era el más decadente, pero sí el más barato |
En él se acomodan: mi portátil; la máquina de escribir rosa, que compré hace tiempo en un mercadillo; un pingüino de peluche que me regaló una amiga y que se llama como mi ex jefe, y otras cosas que me inspiran: fotos o mi llavero de Matilda.
También tengo un sofá para mí solita. Está muy bien para echarse siestas lejos de la mirada de censura de Pablo.
El cuadro sobre el sofá es horroroso, lo sé, pero por alguna razón está pegado al armario.
También tengo un sofá para mí solita. Está muy bien para echarse siestas lejos de la mirada de censura de Pablo.
| Es pequeñito, pero yo también |
El cuadro sobre el sofá es horroroso, lo sé, pero por alguna razón está pegado al armario.
Luego tengo una estantería de Ikea.
Desde que Ikea conquistó España, sus muebles están en muchos pisos de alquiler, lo que hace que te sigas sintiendo en casa aunque vivas en lugares distintos. Esta estantería, por ejemplo, me da buen rollo porque es igual que la que tenía en mi piso de San Fernando: el Zulo Autolimpiable.
En mi estantería tengo: libros variados; todos los papeles importantes (primer recuadro a la izquierda); al Buda para ver si un día de estos me animo a meditar; el
[Ahora diría "No hay como Utah para el desierto. No hay como el desierto para el amor]
Aquí voy a escribir miles de posts, varias novelas fabulosas y otros textos impredecibles.
Me pregunto si Virginia Woolf pensaba que tener una habitación propia era importante para las mujeres en particular o para los escritores en general. No sé si es por ser mujer, pero en el último año me he dado cuenta de que tengo que poner límites para no fusionarme con Pablo y seguir escribiendo. Es raro, porque se supone que el deseo de escribir no debería tener que ver con la arquitectura, pero sin una habitación es difícil sentirse lo bastante sola.
En Cádiz, por ejemplo, escribía en el salón; Pablo entraba y salía a veces, y la puerta estaba directamente en mi línea de visión. Cuando comíamos, tenía que quitar el portátil de la mesa. Sentarme allí y saber que la oportunidad de comunicarme y de ser escuchada estaba a unos pasos de distancia me quitaba las ganas de escribir. ¿Quién quiere esforzarse para lanzar palabras al vacío si tiene un oyente de verdad, con ojos y boca, que responde a lo que le dices y te da una opinión benévola?
Ahora tengo la hipótesis de que si me siento aquí el rato suficiente y miro al monte, olvidando que hay una puerta a muchos, muchos metros de mi secreter, la urgencia por decir algo al mundo me ayudará a escribir. Aquí aún no conocemos a mucha gente. No nos gusta ir al bar, y eso nos hace un poco raros. Vamos de casa a la roca y de la roca a casa. En algún lado tendré que colocar mis ganas de charlar con alguien.
En estos días seguiré enseñando la casa y hablando poco a poco de mi proyecto de vida. Al final vamos a acortar el European Rock Trip a un mes (las grandes novelas no se escriben solas) y probablemente salgamos la semana que viene, si conseguimos despegar el culo de este piso y esta roca. Voy a extrañar mi habitación propia cuando estemos por ahí. Pero bueno. Si todo va como debe, estará esperándome a la vuelta.
[Nota: después de una experiencia desagradable con una lectora, voy a moderar los comentarios, así que no saldrán inmediatamente cuando los escribáis. Tened paciencia y los publico en cuanto los apruebe. Aprobaré todo lo que no me falte al respeto a mí o a otro lector. ¡Gracias por vuestra comprensión!]
sábado, 12 de julio de 2014
Sobre cómo acabé viviendo en un pueblo de 110 habitantes
Últimamente actualizo este blog tan poco que no sé muy bien qué os he contado y qué no, así que empecemos desde el principio.
El año pasado, cuando volvimos a Cádiz después de mi extraña época en Madrid, Pablo y yo vivíamos mirando a una luz al final del túnel llamada "cuando termine el PIR". Se convirtió en un caldero dorado lleno de posibilidades difusas. De algún lugar de ese caldero, surgió una idea: pasar algún tiempo escalando, antes de que nuestras articulaciones digan basta, el metabolismo nos traicione y yo entre en la menopausia. Lo sé, tengo veintinueve, pero veintinueve son casi treinta, treinta son casi cuarenta y cuarenta es casi la menopausia. ¡No hay tiempo que perder!
No creáis que nos sentamos en la mesa del salón a hacer listas de posibilidades y a barajar pros y contras. La cosa fue más o menos así:
Primero pensamos en pasar un tiempo largo viajando. El problema de ese plan era que... bueno, que yo no quiero viajar. Quiero trabajar. Por trabajar entendemos escribir. Llevo cuatro años con las ganas de escribir más quemándome en los dedos: tengo mi novela a medias y unas cuantas ideas para escribir otras. No voy a perder el tiempo en estupideces como viajar. Además, soy básicamente pobre. Me mantiene el Estado. Tengo que buscarme la vida y no puedo gastarme mis ahorros en mariposear por el planeta.
Entonces se nos ocurrió un plan B: vayámonos a vivir cerca de algún sector de escalada. Yo podría escribir, Pablo trabajaría a distancia y nos pondríamos inhumanamente fuertes. Esa idea flotaba en nuestra mente de forma imprecisa cuando un día, escalando en Loja, nos encontramos con unos amigos de Cádiz y les contamos nuestros planes. "Deberíais iros a Margalef - dijeron -. Hemos estado allí este verano y es lo mejor". Nos contaron que el pueblo era precioso, la escalada genial, la gente estupenda y, en fin, que era un paraíso en la tierra con millones de vías hermosas.
"Ok", dijimos nosotros. "Lo miraremos."
Fast forward a las navidades. De repente, descubro que me han salido días libres de debajo de la manga porque el SAS me debe horas. Pensamos en irnos a trepar a Tenerife, pero sale carísimo. "¡Vayamos a Margalef! - le digo a Pablo -, y así vemos si nos gusta para mudarnos allí". Confirmamos en 8a.nu que era buena época para escalar en la zona, reservamos habitaciones en una casa rural y para allá que nos fuimos con la Dobloneta.
Margalef era como el Disneyland de la escalada. Hermosas formaciones de piedra asomaban entre los pinos y los matorrales. Todas las mañanas, decenas de escaladores desafiaban al frío y a los elementos y se ponían a trepar por moles inhumanas. Pablo y yo hacíamos lo que podíamos.
A eso de las cinco, cuando anochecía, volvíamos a nuestra casa rural, que estaba calentita por la estufa de butano, y nos dedicábamos a leer, a decir chorradas o a dibujar en Paper. Luego cenábamos los increíbles platos caseros que preparaba la dueña de la casa y nos íbamos a dormir prontito bajo kilos de mantas.
Volvimos a Cádiz. Un tiempo después, Pablo se fue un día a escalar con unos colegas, en la furgo equipada de uno de ellos. Volvió diciendo que quería una furgo equipada y que por qué no comprábamos una y viajábamos aunque fuera un par de meses. Después podíamos irnos a Margalef, o a donde fuera que nos gustara, y yo escribiría unos cuantos best sellers que nos solucionaran la vida.
Con la idea de la furgo en la mente, volvimos a Margalef en febrero para mis últimas vacaciones como PIR. Allí decidimos que sí, que nos gustaba y que nos íbamos unos meses. "Total - pensábamos -, si nos hartamos, siempre nos podemos ir. No nos vamos a comprar una casa, ni a aceptar un trabajo, ni a meter a ningún hijo en el colegio." Así que antes de darnos cuenta, teníamos a la fantástica dueña de la casa rural buscándonos casa en el pueblo.
Mientras, en Cádiz...
... nos obsesionamos buscando una furgo. Durante más o menos un mes, vivimos y respiramos furgos. Aumentábamos el presupuesto cada día. Se nos antojaba TODO. Después de mucho dar vueltas y de un par de experiencias traumáticas con vendedores dudosos, Pablo se plantó en Lleida y se trajo a la que hemos bautizado como Tofuneta: porque, entre otras cosas, tiene una nevera que mi querido novio vegano atiborra de tofu antes de cada excursión.
De alguna forma, firmamos el contrato de un piso en Margalef para seis meses prorrogables. Una parte de mí era consciente de que nuestros planes sonaban surrealistas. "¿Qué vas a hacer cuando termines?", me preguntaban amigos y familares. Esperaban una respuesta como: "hacer la tesis/ montar una privada/ ver si sale algo". Yo contestaba: "nos vamos de viaje con la furgo y luego a vivir a un pueblo". La gente meneaba la cabeza, con una divertida mezcla entre envidia y escepticismo.
El 19 de mayo terminé el PIR y me quedé como se deben de quedar las madres después del parto: a gusto. Pasamos el siguiente mes en Cádiz: mi intención era terminar millones de proyectos y acabé no haciendo ninguno. Pero bueno; shit happens, y al menos fui a la playa.
Llegó la hora de la mudanza, y Pablo y yo, que siempre nos habíamos considerado minimalistas, nos dimos cuenta de que en nuestras dos furgos apenas nos cabían los trastos. Llevábamos, entre otras cosas: dos escritorios, una silla, un colchón de matrimonio, un crashpad para hacer búlder, lámparas, muchos más libros de los que estoy dispuesta a admitir y sustrastos aparatos de cocina vegana. Después de un viaje de once horas conduciendo una furgo cada uno, en el que casi nos matamos mandándonos mensajes de voz por whatsapp, llegamos a Margalef.
Así es como hemos acabado viviendo en un pueblo de 110 habitantes (112 ahora).
Si uno analiza la concatenación de hechos, es bastante rara. ¿Y si no nos hubiéramos encontrado con nuestros colegas en Loja? ¿Y si los billetes para Tenerife hubieran sido más baratos? Entonces no estaría mirando el hermoso paisaje del Priorat por la ventana desde mi nuevo estudio. Porque YES, tengo un estudio, y después de medio año escribiendo en el salón, es estupendo poder encerrarme en una habitación como cuando era adolescente.
Pero de nuestro piso os hablaré más adelante. De momento, quedaos con esta introducción a lo que llamaremos mi ENV: Extraña y Nueva Vida.
Próximamente...
... "Nuestro espectacular dúplex", o "Por qué mi piso de pueblo de 110 habitantes es la mejor casa que he tenido nunca, incluyendo la de mis padres".
... "Viviendo en la naturaleza", o "Cómo Pablo ha salido hace dos horas a dar un paseo y me acaba de escribir diciendo que cree que se ha perdido".
... "Escalar (casi) todos los días", o "Me estoy poniendo más fuerte que el vinagre y nunca pensé que eso me pasaría a mí".
... "Mi futuro profesional", o "Paso de la psicología: voy a escribir novelas".
... "European Rock Trip", o "No sé si dos meses conviviendo en la Tofuneta acabarán en matrimonio o en separación definitiva".
(Nota: por quincuagésimoctava vez en los últimos meses, me propongo escribir más a menudo. ¿Lo conseguiré? ¿Decepcionaré de nuevo a mis tristes decenas de lectores? Descúbrelo apuntándote a la lista de correo)
El año pasado, cuando volvimos a Cádiz después de mi extraña época en Madrid, Pablo y yo vivíamos mirando a una luz al final del túnel llamada "cuando termine el PIR". Se convirtió en un caldero dorado lleno de posibilidades difusas. De algún lugar de ese caldero, surgió una idea: pasar algún tiempo escalando, antes de que nuestras articulaciones digan basta, el metabolismo nos traicione y yo entre en la menopausia. Lo sé, tengo veintinueve, pero veintinueve son casi treinta, treinta son casi cuarenta y cuarenta es casi la menopausia. ¡No hay tiempo que perder!
No creáis que nos sentamos en la mesa del salón a hacer listas de posibilidades y a barajar pros y contras. La cosa fue más o menos así:
Primero pensamos en pasar un tiempo largo viajando. El problema de ese plan era que... bueno, que yo no quiero viajar. Quiero trabajar. Por trabajar entendemos escribir. Llevo cuatro años con las ganas de escribir más quemándome en los dedos: tengo mi novela a medias y unas cuantas ideas para escribir otras. No voy a perder el tiempo en estupideces como viajar. Además, soy básicamente pobre. Me mantiene el Estado. Tengo que buscarme la vida y no puedo gastarme mis ahorros en mariposear por el planeta.
Entonces se nos ocurrió un plan B: vayámonos a vivir cerca de algún sector de escalada. Yo podría escribir, Pablo trabajaría a distancia y nos pondríamos inhumanamente fuertes. Esa idea flotaba en nuestra mente de forma imprecisa cuando un día, escalando en Loja, nos encontramos con unos amigos de Cádiz y les contamos nuestros planes. "Deberíais iros a Margalef - dijeron -. Hemos estado allí este verano y es lo mejor". Nos contaron que el pueblo era precioso, la escalada genial, la gente estupenda y, en fin, que era un paraíso en la tierra con millones de vías hermosas.
"Ok", dijimos nosotros. "Lo miraremos."
Fast forward a las navidades. De repente, descubro que me han salido días libres de debajo de la manga porque el SAS me debe horas. Pensamos en irnos a trepar a Tenerife, pero sale carísimo. "¡Vayamos a Margalef! - le digo a Pablo -, y así vemos si nos gusta para mudarnos allí". Confirmamos en 8a.nu que era buena época para escalar en la zona, reservamos habitaciones en una casa rural y para allá que nos fuimos con la Dobloneta.
Margalef era como el Disneyland de la escalada. Hermosas formaciones de piedra asomaban entre los pinos y los matorrales. Todas las mañanas, decenas de escaladores desafiaban al frío y a los elementos y se ponían a trepar por moles inhumanas. Pablo y yo hacíamos lo que podíamos.
![]() |
| Moles inhumanas. No, nosotros no escalamos eso |
A eso de las cinco, cuando anochecía, volvíamos a nuestra casa rural, que estaba calentita por la estufa de butano, y nos dedicábamos a leer, a decir chorradas o a dibujar en Paper. Luego cenábamos los increíbles platos caseros que preparaba la dueña de la casa y nos íbamos a dormir prontito bajo kilos de mantas.
Volvimos a Cádiz. Un tiempo después, Pablo se fue un día a escalar con unos colegas, en la furgo equipada de uno de ellos. Volvió diciendo que quería una furgo equipada y que por qué no comprábamos una y viajábamos aunque fuera un par de meses. Después podíamos irnos a Margalef, o a donde fuera que nos gustara, y yo escribiría unos cuantos best sellers que nos solucionaran la vida.
Con la idea de la furgo en la mente, volvimos a Margalef en febrero para mis últimas vacaciones como PIR. Allí decidimos que sí, que nos gustaba y que nos íbamos unos meses. "Total - pensábamos -, si nos hartamos, siempre nos podemos ir. No nos vamos a comprar una casa, ni a aceptar un trabajo, ni a meter a ningún hijo en el colegio." Así que antes de darnos cuenta, teníamos a la fantástica dueña de la casa rural buscándonos casa en el pueblo.
Mientras, en Cádiz...
... nos obsesionamos buscando una furgo. Durante más o menos un mes, vivimos y respiramos furgos. Aumentábamos el presupuesto cada día. Se nos antojaba TODO. Después de mucho dar vueltas y de un par de experiencias traumáticas con vendedores dudosos, Pablo se plantó en Lleida y se trajo a la que hemos bautizado como Tofuneta: porque, entre otras cosas, tiene una nevera que mi querido novio vegano atiborra de tofu antes de cada excursión.
![]() |
| La furgo en todo su esplendor. También la usamos para secuestrar personas |
De alguna forma, firmamos el contrato de un piso en Margalef para seis meses prorrogables. Una parte de mí era consciente de que nuestros planes sonaban surrealistas. "¿Qué vas a hacer cuando termines?", me preguntaban amigos y familares. Esperaban una respuesta como: "hacer la tesis/ montar una privada/ ver si sale algo". Yo contestaba: "nos vamos de viaje con la furgo y luego a vivir a un pueblo". La gente meneaba la cabeza, con una divertida mezcla entre envidia y escepticismo.
El 19 de mayo terminé el PIR y me quedé como se deben de quedar las madres después del parto: a gusto. Pasamos el siguiente mes en Cádiz: mi intención era terminar millones de proyectos y acabé no haciendo ninguno. Pero bueno; shit happens, y al menos fui a la playa.
Llegó la hora de la mudanza, y Pablo y yo, que siempre nos habíamos considerado minimalistas, nos dimos cuenta de que en nuestras dos furgos apenas nos cabían los trastos. Llevábamos, entre otras cosas: dos escritorios, una silla, un colchón de matrimonio, un crashpad para hacer búlder, lámparas, muchos más libros de los que estoy dispuesta a admitir y sus
Así es como hemos acabado viviendo en un pueblo de 110 habitantes (112 ahora).
Si uno analiza la concatenación de hechos, es bastante rara. ¿Y si no nos hubiéramos encontrado con nuestros colegas en Loja? ¿Y si los billetes para Tenerife hubieran sido más baratos? Entonces no estaría mirando el hermoso paisaje del Priorat por la ventana desde mi nuevo estudio. Porque YES, tengo un estudio, y después de medio año escribiendo en el salón, es estupendo poder encerrarme en una habitación como cuando era adolescente.
Pero de nuestro piso os hablaré más adelante. De momento, quedaos con esta introducción a lo que llamaremos mi ENV: Extraña y Nueva Vida.
Próximamente...
... "Nuestro espectacular dúplex", o "Por qué mi piso de pueblo de 110 habitantes es la mejor casa que he tenido nunca, incluyendo la de mis padres".
... "Viviendo en la naturaleza", o "Cómo Pablo ha salido hace dos horas a dar un paseo y me acaba de escribir diciendo que cree que se ha perdido".
... "Escalar (casi) todos los días", o "Me estoy poniendo más fuerte que el vinagre y nunca pensé que eso me pasaría a mí".
... "Mi futuro profesional", o "Paso de la psicología: voy a escribir novelas".
... "European Rock Trip", o "No sé si dos meses conviviendo en la Tofuneta acabarán en matrimonio o en separación definitiva".
(Nota: por quincuagésimoctava vez en los últimos meses, me propongo escribir más a menudo. ¿Lo conseguiré? ¿Decepcionaré de nuevo a mis tristes decenas de lectores? Descúbrelo apuntándote a la lista de correo)
jueves, 12 de junio de 2014
Granada contigo
"Lo increíble de Europa es que ustedes viven aquí", dice Pablo, mientras observa el Albayzín con cierto asombro.
Llevamos dos días en Granada, en lo que yo he dado en llamar un Finde de Amor y Lujo o FAL (y sí, sé que es un acrónimo poco elegante). Hemos pasado la mañana huyendo del calor en los bosques de la Alhambra y, después de vaguear unas horas en la piscina del hotel, hemos visto la puesta de sol desde la muralla de la ciudad. Ahora bajamos por la Cuesta Alhacaba en dirección al Arco de Elvira, que él rastreó ayer en la Wikipedia. "Es increíble - insiste -, porque ustedes se levantan por la mañana y ven monumentos con siglos de antigüedad. Es una locura".
Sin él saberlo, me recuerda a Krista, la canadiense meditadora que vino a visitarme en quinto de carrera y que repetía lo mismo, anonadada: "This is YOUR city... you LIVE here". Ahora, sin embargo, no siento el orgullo de propietaria de entonces. No me siento exactamente turista, pero no poseo a la ciudad. En los dos días del FAL, intento darle a Pablo una panorámica exacta. Es una visita más sentimental que cultural: le enseño los balcones de los pisos donde viví, los cafés donde desayunaba y los bancos donde me sentaba a leer. Sé que me imagina en todos esos lugares, y también sé que la imagen que pueda formarse de mí, la ilustración unidimensional de la chica rubia y mona que pasea o lee, no tiene nada que ver con mi experiencia. Para mí era inmenso. Era toda la textura de la vida contenida en un instante.
Incluso aquí, ahora, me cuesta explicar lo que sentía yo esos años. Nunca he hecho surf, pero imagino que un surfista, después de dejar pasar un montón de olas, ser arrollado por unas y quedarse atrás en otras, da en ocasiones con el momento en que se coloca en la ola y la posee. La doma. Está justo en su cresta. Yo poseía Granada. Era mía. Aquel momento era cien por cien mío, eran los adoquines de mis calles y las tazas de mis cafeterías, su gente era mi gente, sus libros, sus películas, la fritanga de sus bares: todo eso era mío y yo no podía ni quería estar en otro lugar.
Me sigo explicando fatal y espero que lo disculpéis. En estos días, mientras observaba a los estudiantes en la calle y me preguntaba si se me ve mucho más vieja que ellos, sentía algo parecido a la lástima. Por ese sucedáneo de vida que te construyes cuando eres estudiante. O bueno, no es un sucedáneo: es tu vida, en ese momento, no tienes otra y, sin embargo, te crees tan grande. Tan sabio. Tan al otro lado. Tampoco mereces lástima. Juegas a adulto con pocos riesgos, y está bien. El mundo es eso: un patio de juegos gigante en el que tú mueves ficha sin ser del todo consciente de las consecuencias.
Ya os conté una vez que hace mucho tiempo, justo antes de que mi amigo José Luis se marchara a estudiar a Madrid, nuestro profesor de teatro contemporáneo, un tipo huesudo de nariz larga y voz grave, le dijo algo como: "Ahora te toca averiguar cómo quieres vivir. Qué quieres hacer con tu tiempo y tu dinero. Si quieres o no beberte esa copa, si quieres o no follarte a esa chica". La entrada continuaba conmigo diciendo que quería elegir cómo vivir, con frases así de rimbombantes:
Quiero ser capaz de mirar el tiempo que tengo por delante obviando el que me queda detrás, mi trayectoria, todo lo que se supone que soy y que me define.
Ahí es nada.
Me acordaba de esta entrada porque, a lo tonto, fue hace ya casi dos años, y de alguna forma me da la impresión de que ya he decidido. Al menos en esta jugada, este movimiento. Mi amigo Anxo siempre dice que en la terapia (como en la vida, como en el ajedrez) hay que hacer cada movimiento con intención. Ahora, después de decidir sobre unas cuantas cosas importantes, coloco de nuevo mis fichas y espero asombrada a ver qué pasa.
Pienso que a lo mejor esa distancia líquida que me separa ahora de Granada no es más que esa capacidad de mirar el tiempo que tengo por delante obviando el que me queda atrás. Estoy muy en ese modo últimamente. Lo cierto es que no tengo muchas ganas de trabajar como psicóloga ahora mismo, más allá de escribir sobre el tema, y esto suena muy chalado si pensamos que me he pasado los últimos diez años preparándome para eso. Pero me siento absurdamente desapegada al respecto, como si la yo psicóloga no hubiera sido realmente yo. Con la intuición de que la yo-yo siempre fue escritora.
Hemos pasado un bonito FAL en Granada, mi Pablo y yo. Como dos piezas de un rompecabezas que encajan en otra parte, si es que encajan en alguna. Recorriendo la luz dorada y quieta de sus calles, parándonos en los rincones, con ampollas en los talones de tanto caminar. Engullendo comida vegana y comprando chocolate. José Luis, el amigo del que os hablaba antes, me dijo una vez que Granada es una bonita ciudad para entristecerse. Pablo me dijo el sábado que era una bonita ciudad para enamorarse. Yo, que durante años he pensado que era una bonita ciudad para amar, decepcionarse, pasear, leer, escribir, aprender, desesperarse, bloguear, llorar, oír música, cantar en la calle, congelarse de frío y sudar desesperado de calor, me quedo con que es, sin duda, una bonita ciudad.
Llevamos dos días en Granada, en lo que yo he dado en llamar un Finde de Amor y Lujo o FAL (y sí, sé que es un acrónimo poco elegante). Hemos pasado la mañana huyendo del calor en los bosques de la Alhambra y, después de vaguear unas horas en la piscina del hotel, hemos visto la puesta de sol desde la muralla de la ciudad. Ahora bajamos por la Cuesta Alhacaba en dirección al Arco de Elvira, que él rastreó ayer en la Wikipedia. "Es increíble - insiste -, porque ustedes se levantan por la mañana y ven monumentos con siglos de antigüedad. Es una locura".
Sin él saberlo, me recuerda a Krista, la canadiense meditadora que vino a visitarme en quinto de carrera y que repetía lo mismo, anonadada: "This is YOUR city... you LIVE here". Ahora, sin embargo, no siento el orgullo de propietaria de entonces. No me siento exactamente turista, pero no poseo a la ciudad. En los dos días del FAL, intento darle a Pablo una panorámica exacta. Es una visita más sentimental que cultural: le enseño los balcones de los pisos donde viví, los cafés donde desayunaba y los bancos donde me sentaba a leer. Sé que me imagina en todos esos lugares, y también sé que la imagen que pueda formarse de mí, la ilustración unidimensional de la chica rubia y mona que pasea o lee, no tiene nada que ver con mi experiencia. Para mí era inmenso. Era toda la textura de la vida contenida en un instante.
Incluso aquí, ahora, me cuesta explicar lo que sentía yo esos años. Nunca he hecho surf, pero imagino que un surfista, después de dejar pasar un montón de olas, ser arrollado por unas y quedarse atrás en otras, da en ocasiones con el momento en que se coloca en la ola y la posee. La doma. Está justo en su cresta. Yo poseía Granada. Era mía. Aquel momento era cien por cien mío, eran los adoquines de mis calles y las tazas de mis cafeterías, su gente era mi gente, sus libros, sus películas, la fritanga de sus bares: todo eso era mío y yo no podía ni quería estar en otro lugar.
Me sigo explicando fatal y espero que lo disculpéis. En estos días, mientras observaba a los estudiantes en la calle y me preguntaba si se me ve mucho más vieja que ellos, sentía algo parecido a la lástima. Por ese sucedáneo de vida que te construyes cuando eres estudiante. O bueno, no es un sucedáneo: es tu vida, en ese momento, no tienes otra y, sin embargo, te crees tan grande. Tan sabio. Tan al otro lado. Tampoco mereces lástima. Juegas a adulto con pocos riesgos, y está bien. El mundo es eso: un patio de juegos gigante en el que tú mueves ficha sin ser del todo consciente de las consecuencias.
Ya os conté una vez que hace mucho tiempo, justo antes de que mi amigo José Luis se marchara a estudiar a Madrid, nuestro profesor de teatro contemporáneo, un tipo huesudo de nariz larga y voz grave, le dijo algo como: "Ahora te toca averiguar cómo quieres vivir. Qué quieres hacer con tu tiempo y tu dinero. Si quieres o no beberte esa copa, si quieres o no follarte a esa chica". La entrada continuaba conmigo diciendo que quería elegir cómo vivir, con frases así de rimbombantes:
Quiero ser capaz de mirar el tiempo que tengo por delante obviando el que me queda detrás, mi trayectoria, todo lo que se supone que soy y que me define.
Ahí es nada.
Me acordaba de esta entrada porque, a lo tonto, fue hace ya casi dos años, y de alguna forma me da la impresión de que ya he decidido. Al menos en esta jugada, este movimiento. Mi amigo Anxo siempre dice que en la terapia (como en la vida, como en el ajedrez) hay que hacer cada movimiento con intención. Ahora, después de decidir sobre unas cuantas cosas importantes, coloco de nuevo mis fichas y espero asombrada a ver qué pasa.
Pienso que a lo mejor esa distancia líquida que me separa ahora de Granada no es más que esa capacidad de mirar el tiempo que tengo por delante obviando el que me queda atrás. Estoy muy en ese modo últimamente. Lo cierto es que no tengo muchas ganas de trabajar como psicóloga ahora mismo, más allá de escribir sobre el tema, y esto suena muy chalado si pensamos que me he pasado los últimos diez años preparándome para eso. Pero me siento absurdamente desapegada al respecto, como si la yo psicóloga no hubiera sido realmente yo. Con la intuición de que la yo-yo siempre fue escritora.
Hemos pasado un bonito FAL en Granada, mi Pablo y yo. Como dos piezas de un rompecabezas que encajan en otra parte, si es que encajan en alguna. Recorriendo la luz dorada y quieta de sus calles, parándonos en los rincones, con ampollas en los talones de tanto caminar. Engullendo comida vegana y comprando chocolate. José Luis, el amigo del que os hablaba antes, me dijo una vez que Granada es una bonita ciudad para entristecerse. Pablo me dijo el sábado que era una bonita ciudad para enamorarse. Yo, que durante años he pensado que era una bonita ciudad para amar, decepcionarse, pasear, leer, escribir, aprender, desesperarse, bloguear, llorar, oír música, cantar en la calle, congelarse de frío y sudar desesperado de calor, me quedo con que es, sin duda, una bonita ciudad.
lunes, 19 de mayo de 2014
Viento
Es domingo por la noche, y el MIR y yo acabamos de cenar en el comedor del hospital: carne con patatas, pescado a la plancha y puré de verduras. Después de la cena, salimos a que se fume un cigarro y yo le propongo dar una vueltecita al hospital. Es el paseo simbólico que damos a veces en mitad de las guardias, para no salir al día siguiente pensando que te has pasado venticuatro horas encerrado.
El levante lleva días azotando Cádiz. Pablo y yo moqueamos por la alergia, la terraza está llena de arena y el ruido contra las ventanas nos destroza los nervios. Hace un calor impropio de mayo. Mi última semana trabajando se ha arrastrado como un caracol cojo, y el levante, con sus nubes de arena sobre la playa de Cortadura, parece compartir la cualidad de la angustia de estos últimos días: sabes que va a irse y, al mismo tiempo, parece que no va a acabarse nunca.
La guardia ha sido tranquila. Hemos pasado la mañana leyendo en los sofás del estar, y por la tarde han llamado un par de veces de urgencias. Aún nos quedan por ver dos pacientes antes de dormir, y nos llamarán de madrugada para otros dos, pero eso aún no lo sabemos. Ahora mismo, pensamos que casi ha acabado una guardia tranquila y que tenemos todo el tiempo del mundo para dar una vuelta.
Llevamos todo el día (y todo el mes, y todo el año, y prácticamente toda la residencia) hablando de lo mucho que nos apetece terminar. Al MIR, como a mí, no le gustan las cosas mal hechas. Al mismo tiempo, por la conversación se filtra cierto tono inquieto, como si tocáramos dos veces la alegría con las manos temiendo que se deshaga y dé paso al miedo. Como otras veces, caminamos junto al tanatorio, que hoy tiene un coche fúnebre esperando en la puerta. El maletero está abierto y al pasar miramos el interior vacío, que parece forrado de algo metálico. Yo me toco la cabeza con dos dedos: "madera, madera". "¿Para qué?", dice el MIR. "Tienes razón - contesto -. Supongo que todos terminaremos ahí, tarde o temprano". "Yo espero que más temprano que tarde", dice él, y se ríe con esa risa suya, contagiosa y carnavalera, mientras dejamos atrás nuestro tenebroso futuro.
Giramos la siguiente esquina y nos sorprende un viento frío. Yo me abrocho los botones de la bata. "Ha cambiado el viento - dice el MIR -. Ya no es levante. Ahora es sur. Esta semana que entra bajarán las temperaturas". Me pregunto cómo voy a explicárselo a Pablo, que lleva un tiempo quejándose del calor y preguntándome si a la ciudad aún le falta por mostrar algo de invierno. Cómo le cuento que esto es Cádiz, y que aquí las cosas vienen por donde las lleva el viento.
Como siempre, el aire en movimiento me recuerda las cosas que pasan, la nostalgia prematura del verano y la sensación que tuve el primer día que llegué aquí: que no existe un descanso, que no hay un lugar donde quedarse quieto. Desde que llegué supe que este no era mi hogar, porque no existe realmente un hogar en el que permanecer. El MIR y yo hablamos de nuestros planes. Pablo y yo nos vamos de viaje y después nos mudaremos a un pueblecito de Tarragona para escalar (ya os contaré más sobre eso próximamente). Me dice que va a ser genial. Yo también lo pienso, y al mismo tiempo me quejo de cómo la gente se va quedando atrás en cada sitio que dejo. Cada vez más gente y más distancia. Cada vez más contactos en el Facebook que van siendo barridos por el viento del tiempo.
Mientras entramos de nuevo en el hospital, pienso que me gusta la combinación de alegría y nostalgia que siento ahora mismo. Un poco más de una de las dos arruinaría la mezcla. Claro que me da pena dejar el PIR. Es quien he sido los últimos años. Me da pena no ver más a los pacientes y a mis amigos o, al menos, no verles de la misma forma. Al MIR debajo de su baja blanca. A Anxo en su consulta de Vejer, junto al azulejo que dice que "El cliente siempre tiene la razón". Al mismo tiempo, sé que lo que venga después sólo podrá crecer en el espacio que el PIR deja libre; y es esa libertad, ese espacio, el que no tiene más remedio que llenarse de alegría.
Al final es lo que pasa con viento. ¿Cómo vas a pelearte con él? Es lo que hay. Ni toda la pena, ni todo el miedo, ni toda la precaución del mundo lo podrían hacer cambiar de dirección. Dura lo que dura. Viene, se queda un rato y después se va. Y en la Ciudad del Viento, donde he pasado los últimos cuatro años de mi vida, ¿qué mejor cosa te puede pasar el día que terminas el PIR que el fin del levante? ¿Qué puede aliviarte más que las cosquillas del viento sur colándose por tu bata?
¿Qué mejor augurio que un cambio de viento?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




