Sigue leyéndome en MarinaDiaz.Net.
sábado, 29 de noviembre de 2014
viernes, 10 de octubre de 2014
Escribe mejor, bitch
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(Y sí, por eso nos mola tanto actualizar el estado de Facebook)
Hoy me ha entrevistado Victoria, de Masviva.net, y la experiencia ha sido tan satisfactoria como me esperaba, si no más. ¡Casi una hora hablando de mí, de lo estupenda que soy y del éxito de mi blog! Que es un éxito discreto, sí, pero profundo. Mi volumen de lectores es modesto, pero son tan amorosos que abultan el triple.
Ya os avisaré cuando Victoria, que es un encanto, publique la entrevista en su blog. Mientras tanto, espero que no le importe que divague un poco sobre lo que hemos hablado hoy. Me ha preguntado qué aconsejaría a la gente que quiere escribir. Tengo un post larguísimo sobre el tema aquí, pero mi opinión se resume en:
Escribe mejor, bitch.
¿Qué es escribir mejor?
Es escribir, para empezar. No seas uno de esos escritores que habla de escribir todo el rato y después no escribe. No pienses que deberías estar escribiendo: agárrate de tu propia coleta y siéntate a escribir. Escaquéate, pero vuelve siempre. Sé constante en tu inconstancia.
Es leer mucho, leer un montón. Leer a los escritores y blogueros que te gustan y averiguar por qué te gustan. Son claros y directos, ¿cómo lo consiguen? Son personales y te hacen reír, ¿dónde está el secreto? No es magia. Es técnica, trabajo y un soplo de talento. Siempre es mejor copiar algo bueno que innovar con basura.
Es revisar, revisar, revisar. Le decía a Victoria que si saber vestir es pasarse una hora pensando en qué vas a ponerte, y que luego parezca que te has puesto lo primero que has pillado, saber escribir es pasarte tres horas revisando tu texto y que parezca que te sale natural. No sale natural. NO. Escribe un borrador, olvídate del crítico y deja volar a tu imaginación... pero cuando llegue el momento de publicar, trae de vuelta al crítico y no tengas piedad.
Es, al mismo tiempo, ser bueno contigo mismo. Porque si te pasas con el crítico y te puede el perfeccionismo, nunca aprenderás de tus errores. "Lo mejor es enemigo de lo bueno", dice mi padre, y he ahí el problema de querer ser perfecto: que paralizarte no te ayuda a escribir mejor.
Es no tener miedo. Hacer caso a Hemingway cuando decía: "Write hard and clear about what hurts". Es identificar todos los "yo creo que", "en mi humilde opinión" o "bajo mi punto de vista" y tacharlos de un plumazo. Es convertir lo tibio en caliente o en frío.
Es que no te dé pereza buscar en la RAE, o leerte tres páginas de debate en un foro sobre gramática antes de decidir si quieres empezar tus frases con conjunciones. Es documentarse cuando toca. Es imaginar cuando toca.
Es ser tu mismo, sabiendo que, en realidad, tú no le interesas a nadie. Cuando un lector invierte en ti su tiempo, se pregunta "¿y qué saco yo de esto? ¿Qué tiene que ver lo que escribes tú conmigo?". Así que sé tú mismo si eso significa ser un humano empático, observador y entretenido. Si ser tú mismo quiere decir masticar tus neuras y hacer fotos con filtro a tu desayuno, entonces, por favor: ahórratelo.
Es no buscar excusas, y ser consciente de que aunque hay mucha gente escribiendo regular, hay poca gente escribiendo bien, y en en el extremo de la campana de Gauss todavía queda mucho sitio. Es escribir para la gente, no para Google. Es darlo todo cada día por hacerlo algo mejor, sabiendo que no es cuestión de suerte que te encuentren: es cuestión de practicar en la dirección correcta y tener un poquito de paciencia.
¿Quieres que te presten atención? Conviértete en alguien digno de ser atendido. ¿Quieres que te lean? Pues escribe mejor, bitch.
lunes, 6 de octubre de 2014
Ya no tengo miedo de algunas cosas
En esta vida puedes hacer las cosas por dos razones: por deseo y por miedo. Y curiosamente Psicosupervivencia, mi estupendo blog sobre psicología y autoayuda, era un blog basado en el miedo. Miedo a que no me fuera bien como escritora, a que nadie quisiera contratarme, a terminar debajo de un puente. Era una especie de "seguro": una plataforma profesional para ganarme la vida como se supone que debo hacerlo.
Como algunos ya sabréis, hace unos cuantos días anuncié el cierre temporal de la página. Es un cierre simbólico, porque se queda ahí para quien quiera leerse los artículos, pero viene a decir básicamente que por un tiempo voy a pasar de la psicología y a ser ser solo escritora y escaladora. No está mal.
Hace un rato hemos salido Pablo y yo a pasear. Ayer fuimos a escalar, y apretamos nivel no poder abrir tarros hoy, así que me he tomado el día de descanso. Cuando no escalo, Pablo me saca por las tardes de paseo como a las maris que tienen alto el colesterol. Paseamos por la carretera, que es algo como muy de pueblo. Al principio, caminábamos por el arcen de la calzada principal, por la que apenas pasan coches. ¿Sabes cuando vas con el coche por la montaña, y de repente ves a un señor o señora caminando, y te preguntas "a dónde irá este"? Yo ahora lo sé: el señor es de pueblo y la carretera es su calle. Pero ahora cruzamos el puente que hay frente a casa hasta otra carreterita pequeña, que cruza entre olivos junto al río y por la que sí que no pasa nunca nadie. Mientras paseamos, comemos moras silvestres, señalamos las nubes bonitas y nos desviamos cuando vemos algo interesante. Si llueve, jugamos a sacudir las gotas de lluvia que se han quedado suspendidas en las flores.
"Nuestra vida es como una droga de diseño", me decía Pablo hoy. Él no tiene angustias ni neurosis respecto a vivir aquí. En mis días malos, yo le pregunto si acabaremos solos y aislados, porque no vamos a tener hijos, la gente con hijos no querrá ser amiga nuestra y si seguimos mudándonos cada dos por tres, todos nos olvidarán. Él no se preocupa por eso y tampoco por acabar debajo de un puente. Se limita a vivir como un mercenario de la roca, escalando con quien le ofrece el mejor seguro, a declarar todo el rato que es súper-feliz y a repetir las tres palabras que sabe en catalán (perro, ensalada y agua).
Hoy, mientras olfateaba el aire de otoño y escuchaba el río, yo tampoco tenía preocupaciones. Todo va a salir bien. Esta mañana he escrito 4698 palabras de mi novela, y cuando releía antes de comer me he echado a reír un par de veces. Con mi propia novela. Con gente que solo existe en mi cabeza. ¿No es eso genial? Escribir esta novela no nace del miedo: nace del deseo, en el mejor sentido de la palabra. Y ya he dicho muchas veces que no va a ser una obra maestra de la literatura, porque es demasiado banal y desvergonzadamente romántica, pero me chupa un pie. Si vosotros también os reís leyéndola, me daré a mí misma un high five virtual y estaré más que preparada para irme debajo del puente. Total, lo tengo enfrente de mi casa.
Gracias por la parte que os toca. Me siento cuidada y querida por vosotros, mis lectores. Muchos de los suscriptores de Psicosupervivencia se han unido también a esta lista de correo: son amor. Os saludo y os doy la bienvenida. Este blog ha sido (casi) siempre fruto del deseo, así que quizá la experiencia de lectura sea diferente.
Ahora todos mis planes, mis proyectos y mis ideas se resumen en una frase: voy a escribir libros y a venderlos. Además, no pienso preocuparme por la parte dos hasta que no haya terminado la uno. Y entretanto, me pienso poner inhumana de fuerte con ayuda de un plan de entrenamiento que hemos elaborado Pablo y yo.
Así que ya sabéis. Que tiemblen las estanterías virtuales de Amazon. Y los tarros de conservas.
Como algunos ya sabréis, hace unos cuantos días anuncié el cierre temporal de la página. Es un cierre simbólico, porque se queda ahí para quien quiera leerse los artículos, pero viene a decir básicamente que por un tiempo voy a pasar de la psicología y a ser ser solo escritora y escaladora. No está mal.
Hace un rato hemos salido Pablo y yo a pasear. Ayer fuimos a escalar, y apretamos nivel no poder abrir tarros hoy, así que me he tomado el día de descanso. Cuando no escalo, Pablo me saca por las tardes de paseo como a las maris que tienen alto el colesterol. Paseamos por la carretera, que es algo como muy de pueblo. Al principio, caminábamos por el arcen de la calzada principal, por la que apenas pasan coches. ¿Sabes cuando vas con el coche por la montaña, y de repente ves a un señor o señora caminando, y te preguntas "a dónde irá este"? Yo ahora lo sé: el señor es de pueblo y la carretera es su calle. Pero ahora cruzamos el puente que hay frente a casa hasta otra carreterita pequeña, que cruza entre olivos junto al río y por la que sí que no pasa nunca nadie. Mientras paseamos, comemos moras silvestres, señalamos las nubes bonitas y nos desviamos cuando vemos algo interesante. Si llueve, jugamos a sacudir las gotas de lluvia que se han quedado suspendidas en las flores.
"Nuestra vida es como una droga de diseño", me decía Pablo hoy. Él no tiene angustias ni neurosis respecto a vivir aquí. En mis días malos, yo le pregunto si acabaremos solos y aislados, porque no vamos a tener hijos, la gente con hijos no querrá ser amiga nuestra y si seguimos mudándonos cada dos por tres, todos nos olvidarán. Él no se preocupa por eso y tampoco por acabar debajo de un puente. Se limita a vivir como un mercenario de la roca, escalando con quien le ofrece el mejor seguro, a declarar todo el rato que es súper-feliz y a repetir las tres palabras que sabe en catalán (perro, ensalada y agua).
Hoy, mientras olfateaba el aire de otoño y escuchaba el río, yo tampoco tenía preocupaciones. Todo va a salir bien. Esta mañana he escrito 4698 palabras de mi novela, y cuando releía antes de comer me he echado a reír un par de veces. Con mi propia novela. Con gente que solo existe en mi cabeza. ¿No es eso genial? Escribir esta novela no nace del miedo: nace del deseo, en el mejor sentido de la palabra. Y ya he dicho muchas veces que no va a ser una obra maestra de la literatura, porque es demasiado banal y desvergonzadamente romántica, pero me chupa un pie. Si vosotros también os reís leyéndola, me daré a mí misma un high five virtual y estaré más que preparada para irme debajo del puente. Total, lo tengo enfrente de mi casa.
Gracias por la parte que os toca. Me siento cuidada y querida por vosotros, mis lectores. Muchos de los suscriptores de Psicosupervivencia se han unido también a esta lista de correo: son amor. Os saludo y os doy la bienvenida. Este blog ha sido (casi) siempre fruto del deseo, así que quizá la experiencia de lectura sea diferente.
Ahora todos mis planes, mis proyectos y mis ideas se resumen en una frase: voy a escribir libros y a venderlos. Además, no pienso preocuparme por la parte dos hasta que no haya terminado la uno. Y entretanto, me pienso poner inhumana de fuerte con ayuda de un plan de entrenamiento que hemos elaborado Pablo y yo.
Así que ya sabéis. Que tiemblen las estanterías virtuales de Amazon. Y los tarros de conservas.
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| Este no es nuestro paseo nocturno. Es la bajada a Espadelles, uno de nuestros sectores favoritos. |
viernes, 3 de octubre de 2014
Por qué me ha encantado "Open" (las memorias de Agassi)
¿Por qué alguien como yo, que ha visto tres partidos de tenis en su vida, que dio clases durante un mes con resultados nefastos y que puede nombrar como mucho a una docena de tenistas, se interesaría por la biografía de Agassi?
Está claro: por culpa de Internet. Porque leí aquí que era una lectura recomendable para todos los públicos, así que me descargué el fragmento de prueba de Amazon, y cuando llegué al final, ya estaba vendida.
"Open" es una muestra clara del poder de ofrecer intimidad. Después de un verano mediocre en lo que a lecturas se refiere, Agassi (y su colaborador, el Pulitzer Moehringer) me han tenido pegada al Kindle durante tres días seguidos. Todo por el oscuro encanto de mirar dentro de las tripas de alguien.
Me cae bien Andre, o la imagen de Andre que da el libro. Me da la impresión de que pertenece al club de los imperfectos: a las albahacas existenciales. Es de los que no llega a las cosas por el camino recto, y eso me gusta. Me recuerda a mí misma, que siento que voy por la vida como si esquiara: quizá vaya en la dirección correcta, pero me desvío hacia los lados constantemente.
El estilo es directo, sencillo, pulido. Consigue resumir partidos y más partidos, temporadas enteras de tenis, en unos cuantos párrafos que no aburren. Cuando describe un partido más despacio, lo hace dándole el peso de una épica batalla de gladiadores.
Lo que más me gusta de la buena escritura es su capacidad para convertir algo que te importa un carajo (el tenis) en una emoción universal con la que se puede identificar cualquiera. No importa que yo en mi vida haya jugado un partido profesional, me haya codeado con estrellas de Hollywood o haya oído a miles de personas corear mi nombre. Agassi habla de amor, de pérdida, de victorias y derrotas. Convierte una afición friki en un lenguaje universal. Consigue importarte y que quieras que todo le vaya bien. Cuando Pablo, que jugó mucho al tenis en su adolescencia, me contó que su favorito era Sampras, le dije: "¿Sampras? ¿En serio? ¡Pero si es el malo!"
Gracias, Agassi, por compartir tu verdad con tanta crudeza. Me has hecho sentir que vamos todos en el mismo barco, y que como leí una vez en un libro sobre meditación, la vida es una sucesión de sensaciones agrables, desagradables y neutras para todos: para ti, para mí, para Brad Pitt y para Obama. ¿Sabes qué pienso, de hecho? Que lo más importante ha sido que sacaras el coraje de escribirlo todo. Porque ahora tu vida no es solo ese conjunto de sensaciones. Ahora es una historia. Las historias son tristes, alegres o estremecedoras, pero sobre todo son buenas o malas. Y la tuya es buena.
martes, 30 de septiembre de 2014
No toméis pastillas para el mareo
He de dejar de leer autoayuda anglosajona, sobre todo ahora que me he retirado (temporalmente) de la psicología. ¿Por qué? Pues porque esa pandilla de chungos millonarios que viven de sus ingresos pasivos te cuentan su vida como una sucesión de escalones sencillos y blancos hacia el desarrollo personal. Unas iStairs de la felicidad.
Yo me parezco más a la albahaca de mi balcón. Una semana la riego mucho y se pone estupenda. Luego se me olvida y amenaza con morir. Después un día, sin que haya habido ningún cambio en su régimen de regamiento-cuidados, decide mustiarse. Al siguiente se le pasa. Así soy yo.
Cuando empecé mi último reto de autosuperación, a saber: escribir mil palabras al día, estaba contenta. Aguanté las primeras tres semanas sin problema. Había cogido carrerilla con mi novela, y normalmente apretaba el botoncito de la app que he usado para llevar la cuenta a eso de las nueve de la mañana. Estaba contenta, orgullosa. "Así que he formado un hábito", me decía. Ya no era una albahaca ciclotímica. Me estaba convirtiendo en gurú.
Entonces me fui a Cancún, y decidí que allí también iba a seguir con mi reto. Establecí una rutina: cada noche llegábamos deponernos como cerdos cenar en el bufé, Pablo se tendía con aire insinuante en la cama king size mientras sostenía en la boca una chocolatina del minibar y yo le decía: "Quieto ahí. Tengo que escribir". Me sentaba con el ordenador, divagaba durante un rato y para cuando terminaba, Pablo ya llevaba un rato roncando. Entonces yo me iba a dormir el sueño de los justos, sintiéndome muy satisfecha con mi fuerza de voluntad.
No iba mal hasta que apareció la biodramina. El tercer o cuarto día de nuestro viaje, decidimos hacer una excursión a Isla Mujeres, una isla cercana a Cancún, que incluía hacer snorkel con los corales y un paseo por un pueblito pintoresco. La excursión la haríamos en el Trimarán Lupita: un barco de aspecto dudoso cuya tripulación parecía estar formada por expresidiarios.
Antes de llegar al Trimarán Lupita, mi madre sacó de su bolso una caja de biodraminas: las pastillas para el mareo que me daba cuando era pequeña. Me la envolvía en un chicle Boomer de fresa ácida; a partir de entonces, los chicles Boomer me empezaron a dar mareo.
- ¿Quieres una? - me preguntó.
Reflexioné y recordé que el día anterior me había mareado por balancearme en la hamaca mientras leía.
- Sí, por favor.
Nos montamos en el Trimarán Lupita, donde saqué unas cuantas fotos a Pablo. Se había comprado una gorra y unas gafas de sol, y parecía un famoso al que persiguen los paparazzi. Era inevitable sacarle fotos.
Aguanté sin mareo, bebiendo V8 como una posesa, hasta que llegamos a Isla Mujeres. Snorkeleamos sin estridencias y después atracamos en una calita para turistas, donde podríamos hacernos fotos con un tiburón y comer en un bufé libre.
El tiburón estaba encerrado en una piscina y medio muerto, así que boicoteamos la actividad no haciéndonos fotos con él. En comparación con nuestro hotel y sus cuatro tipos de melón, el bufé libre parecía el rancho de la cárcel de nuestra tripulación, pero comimos algo. Entonces empecé a sentir cierta somnolencia.
- Me caigo de sueño - dije -. ¿Será el jet-lag?
- Eso es la biodramina - dijo mi madre.
- ¿Qué? ¿La biodramina da sueño?
Entonces pasé de tener algo de modorra a estar casi en coma. Sentía el medicamento fluir por mi cerebro. Me sugestiono pronto.
- Necesito tumbarme.
Pablo me llevó a la última hamaca que quedaba libre. Mi madre se sentó en una silla a leer y él se echó en el suelo. Una parte de mi cerebro registró que debía cederle el sitio a mi madre, pero todo me daba igual. Me sentía DROGADA.
Medio segundo después, Pablo me llamó.
- Cariño - dijo -, el barco se va.
- Me da igual. Me quedo aquí a vivir. Dormiré en la tumbona y comeré bufé carcelario.
Me arrastró de nuevo hacia el Trimarán Lupita, donde me tapé la cabeza con mi pareo y me quedé dormida en cubierta.
Mi tarde continuó como sigue:
- Visita a Isla Mujeres = arrastrarme a un bar y tomarme un sorbete de fresa bajo el ventilador.
- Regreso en el Trimarán Lupita = siesta.
- Llegada al hotel = ???
- Cena = ???
Entonces llegó el momento de las mil palabras. No iba a flaquear. Tenía que cumplir mi compromiso, aunque solo fuera por apuntarlo en mi app. Pablo, que estaba hecho polvo de sol y de arrastrarme por ahí, se quedó dormido enseguida, sin hacerme siquiera su numerito sexy. Yo me senté en la cama, coloqué el portátil en mis rodillas y empecé a escribir.
Lo que siguió fue seguramente la sesión de escritura más lamentable de mi vida. Consistía en escribir un párrafo, quedarme dormida, despertarme bruscamente y tener que releer el párrafo para recordar qué narices estaba escribiendo.
Después de luchar durante un rato, conseguí escribir las mil palabras y me fui a dormir. Al día siguiente, revisé el texto y encontré frases como esta:
"Me juraba que no iba a probar la rata de coco. Pero lo sigo probando."
¿Qué es la rata de coco? ¿Algún plato mexicano exótico? ¿Lo habría probado la noche anterior?
Mi error fue corregir sobre la marcha la mayoría de las burradas que escribí. Debería haberlas dejado y convertirme en una Jack Kerouac de las vacaciones de lujo.
Seguí con las mil palabras todos los días, y me mantuve alejada de los barcos y de las sustancias. El día de nuestra vuelta, con el desfase horario y el estrés del avión, me salté un día de mi desafío. Pensé: no pasa nada, ya lo recuperaré mañana.
Y hasta hoy.
Pero bueno, qué le vamos a hacer. Sigo siendo una plantita existencial. Tengo mis días y necesito un cuidado constante. Por otra parte, qué queréis que os diga: tiene mucho más encanto mi albahaca que una estúpida escalera de diseño.
Yo me parezco más a la albahaca de mi balcón. Una semana la riego mucho y se pone estupenda. Luego se me olvida y amenaza con morir. Después un día, sin que haya habido ningún cambio en su régimen de regamiento-cuidados, decide mustiarse. Al siguiente se le pasa. Así soy yo.
Cuando empecé mi último reto de autosuperación, a saber: escribir mil palabras al día, estaba contenta. Aguanté las primeras tres semanas sin problema. Había cogido carrerilla con mi novela, y normalmente apretaba el botoncito de la app que he usado para llevar la cuenta a eso de las nueve de la mañana. Estaba contenta, orgullosa. "Así que he formado un hábito", me decía. Ya no era una albahaca ciclotímica. Me estaba convirtiendo en gurú.
Entonces me fui a Cancún, y decidí que allí también iba a seguir con mi reto. Establecí una rutina: cada noche llegábamos de
No iba mal hasta que apareció la biodramina. El tercer o cuarto día de nuestro viaje, decidimos hacer una excursión a Isla Mujeres, una isla cercana a Cancún, que incluía hacer snorkel con los corales y un paseo por un pueblito pintoresco. La excursión la haríamos en el Trimarán Lupita: un barco de aspecto dudoso cuya tripulación parecía estar formada por expresidiarios.
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| No he encontrado fotos de la tripulación |
Antes de llegar al Trimarán Lupita, mi madre sacó de su bolso una caja de biodraminas: las pastillas para el mareo que me daba cuando era pequeña. Me la envolvía en un chicle Boomer de fresa ácida; a partir de entonces, los chicles Boomer me empezaron a dar mareo.
- ¿Quieres una? - me preguntó.
Reflexioné y recordé que el día anterior me había mareado por balancearme en la hamaca mientras leía.
- Sí, por favor.
Nos montamos en el Trimarán Lupita, donde saqué unas cuantas fotos a Pablo. Se había comprado una gorra y unas gafas de sol, y parecía un famoso al que persiguen los paparazzi. Era inevitable sacarle fotos.
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| Casi me hace pagar por la exclusiva |
Aguanté sin mareo, bebiendo V8 como una posesa, hasta que llegamos a Isla Mujeres. Snorkeleamos sin estridencias y después atracamos en una calita para turistas, donde podríamos hacernos fotos con un tiburón y comer en un bufé libre.
El tiburón estaba encerrado en una piscina y medio muerto, así que boicoteamos la actividad no haciéndonos fotos con él. En comparación con nuestro hotel y sus cuatro tipos de melón, el bufé libre parecía el rancho de la cárcel de nuestra tripulación, pero comimos algo. Entonces empecé a sentir cierta somnolencia.
- Me caigo de sueño - dije -. ¿Será el jet-lag?
- Eso es la biodramina - dijo mi madre.
- ¿Qué? ¿La biodramina da sueño?
Entonces pasé de tener algo de modorra a estar casi en coma. Sentía el medicamento fluir por mi cerebro. Me sugestiono pronto.
- Necesito tumbarme.
Pablo me llevó a la última hamaca que quedaba libre. Mi madre se sentó en una silla a leer y él se echó en el suelo. Una parte de mi cerebro registró que debía cederle el sitio a mi madre, pero todo me daba igual. Me sentía DROGADA.
Medio segundo después, Pablo me llamó.
- Cariño - dijo -, el barco se va.
- Me da igual. Me quedo aquí a vivir. Dormiré en la tumbona y comeré bufé carcelario.
Me arrastró de nuevo hacia el Trimarán Lupita, donde me tapé la cabeza con mi pareo y me quedé dormida en cubierta.
Mi tarde continuó como sigue:
- Visita a Isla Mujeres = arrastrarme a un bar y tomarme un sorbete de fresa bajo el ventilador.
- Regreso en el Trimarán Lupita = siesta.
- Llegada al hotel = ???
- Cena = ???
Entonces llegó el momento de las mil palabras. No iba a flaquear. Tenía que cumplir mi compromiso, aunque solo fuera por apuntarlo en mi app. Pablo, que estaba hecho polvo de sol y de arrastrarme por ahí, se quedó dormido enseguida, sin hacerme siquiera su numerito sexy. Yo me senté en la cama, coloqué el portátil en mis rodillas y empecé a escribir.
Lo que siguió fue seguramente la sesión de escritura más lamentable de mi vida. Consistía en escribir un párrafo, quedarme dormida, despertarme bruscamente y tener que releer el párrafo para recordar qué narices estaba escribiendo.
Después de luchar durante un rato, conseguí escribir las mil palabras y me fui a dormir. Al día siguiente, revisé el texto y encontré frases como esta:
"Me juraba que no iba a probar la rata de coco. Pero lo sigo probando."
¿Qué es la rata de coco? ¿Algún plato mexicano exótico? ¿Lo habría probado la noche anterior?
Mi error fue corregir sobre la marcha la mayoría de las burradas que escribí. Debería haberlas dejado y convertirme en una Jack Kerouac de las vacaciones de lujo.
Seguí con las mil palabras todos los días, y me mantuve alejada de los barcos y de las sustancias. El día de nuestra vuelta, con el desfase horario y el estrés del avión, me salté un día de mi desafío. Pensé: no pasa nada, ya lo recuperaré mañana.
Y hasta hoy.
Pero bueno, qué le vamos a hacer. Sigo siendo una plantita existencial. Tengo mis días y necesito un cuidado constante. Por otra parte, qué queréis que os diga: tiene mucho más encanto mi albahaca que una estúpida escalera de diseño.
domingo, 21 de septiembre de 2014
Cancún para gafapastas
¡Hola, queridos!
Por fin consigo sentarme a escribir algo coherente en mi retiro hedonista cancunés. En estos días he estado cumpliendo mi reto de las mil palabras con textos medio dormidos que escribo antes de irme a la cama, con la cabeza embotada de sol y bufé libre. El resultado es impublicable incluso para los estándares de este blog.
Hoy, sin embargo, ha habido tormenta a mediodía y he aprovechado para dormirme la siesta, así que me encuentro fresca y con ganas de charlar. Además, funciona la wifi en la habitación. Que un hotel que te sirve tres tipos de salmón en el desayuno tenga una wifi tan horrible es algo que escapa a mi entendimiento.
¿Qué opino de la experiencia Cancún-resort-de-lujo-todo-incluido? ¿Qué puede esperar una pseudointelectual de este parque temático para adultos?
Hoy iba con Pablo a alquilar un coche para visitar mañana los cenotes de Tulum y le he dicho que una cosa que me gusta de él es su capacidad para disfrutar de todos los planes, sean los que sean. Pablo es feliz en un hotel de cinco estrellas y en una tienda de campaña. En el ambiente hipster de mi generación, queda como mal meterse en un todo incluido a beber cocolocos. No te integras con la cultura local ni aspiras el ambiente del entorno. Pablo va por ahí tan contento, jugando al voley-playa y poniéndose de un bonito moreno dorado, y le da lo mismo ver ruinas que tirarse en la hamaca a leer Antifrágil. Y yo me enamoro más de él a cada día que pasa.
La experiencia está superando mis expectativas. Me imaginaba algo más bien cutre, con gente muy borracha y bufé libre de perritos calientes y pasta bolognesa. En cambio, el hotel es muy elegante, con un ejército de personal amabilísimo que mantiene por las nubes tus niveles de hidratación. Hay algunos huéspedes borrachuzos, pero no son la mayoría. Pablo y yo nos mantenemos fieles al agua con limón, y yo me he vuelto adicta a los V8: unos jugos vegetales parecidos al zumo de tomate. El primer día me dieron asco, y ahora ando persiguiendo por los pasillos a los del carrito del minibar para que me den latas extra.
(Esto ya me lo hizo Bertín con el gazpacho. Si es que no aprendo)
La piedra filosofal de la experiencia pulseril es la falta de fricción. Una psiquiatra amiga mía de Cádiz decía que el problema de la vida es que está llena de detalles molestos. Aquí esos detalles no existen. Te quejas, por ejemplo, de que los postres son distintos cada día, y entonces no puedes repetir el que te gustó ayer; o de que con el sol se te calienta muy rápido la bebida que te acaban de traer a tu tumbona; o de que el agua de una de las tres piscinas no está lo bastante fresca.
Es decir: que mi recomendación es que mientras más descompresión necesite tu vida, mejor te sentará una estancia de todo incluido. Yo soñaba con algo así cuando me pasaba el día escuchando penas en Salud Mental. Ahora lo estoy disfrutando mucho, pero el contraste con el resto de mi vida es menor. No estoy deprimida pensando en volver al trabajo porque vuelvo a mi vida de escritora, escaladora y emprendedora full-time.
Ahora voy a contestar a una lista de FAQs que me he inventado, porque a nadie le importan tanto mis vacaciones como para preguntarme por ellas:
Pregunta: ¿No te aburres?
Respuesta: No. Al contrario. ¿Y sabéis por qué? Porque tengo LIBROS. La mayor lujuria del mundo para mí es leer, y aquí estoy leyendo un montón. En una hamaca, en una tumbona, en la cama del hotel: leo, leo y leo, y eso me hace feliz.
Además, no solo estamos playeando; también hemos viajado en barco, visto ruinas, cenotes, arrecifes de coral y pintorescos puestecitos de artesanía.
P: ¿Vale lo que cuesta?
R: Me resulta difícil de juzgar, porque vengo invitada. Si fuera mi dinero, seguramente no lo haría, porque me sentiría culpable dejándome meses de subsistencia en una semana a todo trapo.
Opino que este tipo de viajes solo pueden (y deben) hacerse si no comprometen tu estabilidad económica. Yo casi me arruino cuando fui a EEUU, pero no me importaba porque era la ilusión de mi vida y me pasé tres semanas vagabundeando por allí. Además, me traje un souvenir interesante.
P: ¿No te sientes mal porque otra gente limpie tu basura y te traiga cocolocos? ¿Acaso no es injusto?
R: A ratos tengo ráfagas de culpa, pero no es por eso. Es culpa porque considero que llevo una vida buenísima y que he tenido una suerte enorme, y no solo me veo más afortunada que los que trabajan en el hotel, sino que la mayoría de los huéspedes; esto quizá sea un sesgo egocéntrico, pero estoy muy satisfecha con mi vida últimamente. Por otra parte: ¿quién soy yo para juzgar las elecciones de los demás, o la felicidad que obtienen con lo que hacen? Así que me encojo de hombros y trato de aceptar que cada uno tiene su propio karma.
P: ¿Alguna queja?
R: Como siempre, mis quejas son de tipo acústico. Desde la mujer que consideró apropiado ponerle a su hijo "el Pollito Pío" en el móvil a todo trapo mientras los demás desayunábamos, hasta la competición entre hoteles de hoy por ver qué orquesta al aire libre tocaba más alto. Pero nada que no se pueda tolerar con paciencia, asertividad y tapones para los oídos.
P: ¿Recomiendas la experiencia?
R: En general, sí. Es divertido, y hace menos daño al medio ambiente que los pañales de los hijos de muchos hippies. Además, aunque no te aporte mucho en términos de conocer la cultura del país o de meterte hasta el último rincón sórdido o pintoresco, te da otras cosas. Las playas, por ejemplo, son brutales, y una playa semiprivada no es en absoluto lo mismo que la Caleta llena de maris jugando al bingo. La tranquilidad de no tener que decidir demasiado te ahorra broncas con tus compañeros de viaje, lo que está muy bien si tu grupo es tan dispar como el nuestro. La comida es deliciosa y sana, y te ahorra tener el estómago hecho mierda; cuando fui a EEUU acabé no pudiendo tomarme ni el café de Starbucks. En el hotel se lo curran para entretenerte, y si te dejas llevar por el ambientillo, te lo puedes pasar bien.
Eso es todo desde el hermoso Caribe. Además, este artículo ya tiene más de mil palabras y al final me ha entrado sueño.
Se os quiere.
Por fin consigo sentarme a escribir algo coherente en mi retiro hedonista cancunés. En estos días he estado cumpliendo mi reto de las mil palabras con textos medio dormidos que escribo antes de irme a la cama, con la cabeza embotada de sol y bufé libre. El resultado es impublicable incluso para los estándares de este blog.
Hoy, sin embargo, ha habido tormenta a mediodía y he aprovechado para dormirme la siesta, así que me encuentro fresca y con ganas de charlar. Además, funciona la wifi en la habitación. Que un hotel que te sirve tres tipos de salmón en el desayuno tenga una wifi tan horrible es algo que escapa a mi entendimiento.
¿Qué opino de la experiencia Cancún-resort-de-lujo-todo-incluido? ¿Qué puede esperar una pseudointelectual de este parque temático para adultos?
Hoy iba con Pablo a alquilar un coche para visitar mañana los cenotes de Tulum y le he dicho que una cosa que me gusta de él es su capacidad para disfrutar de todos los planes, sean los que sean. Pablo es feliz en un hotel de cinco estrellas y en una tienda de campaña. En el ambiente hipster de mi generación, queda como mal meterse en un todo incluido a beber cocolocos. No te integras con la cultura local ni aspiras el ambiente del entorno. Pablo va por ahí tan contento, jugando al voley-playa y poniéndose de un bonito moreno dorado, y le da lo mismo ver ruinas que tirarse en la hamaca a leer Antifrágil. Y yo me enamoro más de él a cada día que pasa.
La experiencia está superando mis expectativas. Me imaginaba algo más bien cutre, con gente muy borracha y bufé libre de perritos calientes y pasta bolognesa. En cambio, el hotel es muy elegante, con un ejército de personal amabilísimo que mantiene por las nubes tus niveles de hidratación. Hay algunos huéspedes borrachuzos, pero no son la mayoría. Pablo y yo nos mantenemos fieles al agua con limón, y yo me he vuelto adicta a los V8: unos jugos vegetales parecidos al zumo de tomate. El primer día me dieron asco, y ahora ando persiguiendo por los pasillos a los del carrito del minibar para que me den latas extra.
(Esto ya me lo hizo Bertín con el gazpacho. Si es que no aprendo)
La piedra filosofal de la experiencia pulseril es la falta de fricción. Una psiquiatra amiga mía de Cádiz decía que el problema de la vida es que está llena de detalles molestos. Aquí esos detalles no existen. Te quejas, por ejemplo, de que los postres son distintos cada día, y entonces no puedes repetir el que te gustó ayer; o de que con el sol se te calienta muy rápido la bebida que te acaban de traer a tu tumbona; o de que el agua de una de las tres piscinas no está lo bastante fresca.
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| Cosas así |
Es decir: que mi recomendación es que mientras más descompresión necesite tu vida, mejor te sentará una estancia de todo incluido. Yo soñaba con algo así cuando me pasaba el día escuchando penas en Salud Mental. Ahora lo estoy disfrutando mucho, pero el contraste con el resto de mi vida es menor. No estoy deprimida pensando en volver al trabajo porque vuelvo a mi vida de escritora, escaladora y emprendedora full-time.
Ahora voy a contestar a una lista de FAQs que me he inventado, porque a nadie le importan tanto mis vacaciones como para preguntarme por ellas:
Pregunta: ¿No te aburres?
Respuesta: No. Al contrario. ¿Y sabéis por qué? Porque tengo LIBROS. La mayor lujuria del mundo para mí es leer, y aquí estoy leyendo un montón. En una hamaca, en una tumbona, en la cama del hotel: leo, leo y leo, y eso me hace feliz.
Además, no solo estamos playeando; también hemos viajado en barco, visto ruinas, cenotes, arrecifes de coral y pintorescos puestecitos de artesanía.
P: ¿Vale lo que cuesta?
R: Me resulta difícil de juzgar, porque vengo invitada. Si fuera mi dinero, seguramente no lo haría, porque me sentiría culpable dejándome meses de subsistencia en una semana a todo trapo.
Opino que este tipo de viajes solo pueden (y deben) hacerse si no comprometen tu estabilidad económica. Yo casi me arruino cuando fui a EEUU, pero no me importaba porque era la ilusión de mi vida y me pasé tres semanas vagabundeando por allí. Además, me traje un souvenir interesante.
| Fuck yeah. |
P: ¿No te sientes mal porque otra gente limpie tu basura y te traiga cocolocos? ¿Acaso no es injusto?
R: A ratos tengo ráfagas de culpa, pero no es por eso. Es culpa porque considero que llevo una vida buenísima y que he tenido una suerte enorme, y no solo me veo más afortunada que los que trabajan en el hotel, sino que la mayoría de los huéspedes; esto quizá sea un sesgo egocéntrico, pero estoy muy satisfecha con mi vida últimamente. Por otra parte: ¿quién soy yo para juzgar las elecciones de los demás, o la felicidad que obtienen con lo que hacen? Así que me encojo de hombros y trato de aceptar que cada uno tiene su propio karma.
P: ¿Alguna queja?
R: Como siempre, mis quejas son de tipo acústico. Desde la mujer que consideró apropiado ponerle a su hijo "el Pollito Pío" en el móvil a todo trapo mientras los demás desayunábamos, hasta la competición entre hoteles de hoy por ver qué orquesta al aire libre tocaba más alto. Pero nada que no se pueda tolerar con paciencia, asertividad y tapones para los oídos.
P: ¿Recomiendas la experiencia?
R: En general, sí. Es divertido, y hace menos daño al medio ambiente que los pañales de los hijos de muchos hippies. Además, aunque no te aporte mucho en términos de conocer la cultura del país o de meterte hasta el último rincón sórdido o pintoresco, te da otras cosas. Las playas, por ejemplo, son brutales, y una playa semiprivada no es en absoluto lo mismo que la Caleta llena de maris jugando al bingo. La tranquilidad de no tener que decidir demasiado te ahorra broncas con tus compañeros de viaje, lo que está muy bien si tu grupo es tan dispar como el nuestro. La comida es deliciosa y sana, y te ahorra tener el estómago hecho mierda; cuando fui a EEUU acabé no pudiendo tomarme ni el café de Starbucks. En el hotel se lo curran para entretenerte, y si te dejas llevar por el ambientillo, te lo puedes pasar bien.
Eso es todo desde el hermoso Caribe. Además, este artículo ya tiene más de mil palabras y al final me ha entrado sueño.
Se os quiere.
miércoles, 17 de septiembre de 2014
El misterio de los perros fantasma
Estoy en el avión de camino a Cancún y, sin embargo, hoy quiero hablaros de algo que nos tiene intrigadísimos a Pablo y a mí: el misterio de los perros fantasma. Lo comparto con vosotros por si alguno sabe darle explicación.
Hace dos días fuimos a escalar por la mañana a Espadelles: una zona en la parte alta de las montañas que rodean Margalef. Eramos los únicos escaladores del sector, y solo se escuchaba el sonido leve del viento entre los matorrales. Trapamos un par de vías, y cuando Pablo estaba en la tercera, comenzamos a oír un ruido lejano de campanas.
“Deben de ser cencerros”, dije yo. A menudo, las zonas de escalada también son áreas de pastoreo. En Grazalema no es extraño ver invadido el sector por varias decenas de cabras y por un pastor que les grita: “¡’Vamos, cabra estúpida! ¡Me voy a cagar en tus muertos!”. [Yo también pensaba que los pastores eran gente sosegada, pero al menos el de Grazalema está muy loco]
Sin embargo, se escuchaba demasiado flojito como para que fuera un rebaño. Entonces aparecieron por detrás de unas plantas tres perros flacos con campanas en el cuello, merodeando despacio a nuestro alrededor. Miré en su dirección, esperando a ver a algún humano acompañante, pero estaban solos. Cuando se acercaron, pude ver que cada uno llevaba un collar naranja fluorescente, otro grueso de tela con un número de teléfono y un nombre, la campana y un dispositivo de plástico negro, parecido a lo que se le pone a la ropa para que no la roben.
Los perros se acercaron a mí, que estaba asegurando a Pablo desde el suelo. Tenían los ojos enrojecidos y el pelaje apagado. No me gustan mucho los perros, así que les solté un par de frases neutras (“¡Hola, perros-oveja!”) y seguí asegurando. Ellos no se detuvieron a mi alrededor, ni pidieron comida, ni ladraron; simplemente, se alejaron en la otra dirección, haciendo sonar sus campanitas.
Al cabo de un rato volvieron. Pablo ya estaba abajo, y como él no comparte mi ¿misocinia? ¿alergia perruna?, empezó a llamar a los perros oveja:
- Vengan-para-acá-gorditos-presiositos - decía.
Los perros pasaban de él. No huían ni se acercaban; simplemente, seguían su extraño ritmo merodeador. Finalmente, se fueron por donde habían venido, hasta que el ruido de las campanas se perdió en la distancia.
Ahora, nuestra tranquila vida campestre está llena de preguntas. ¿Quiénes son esos perros? ¿De dónde vienen? ¿A dónde van? ¿Por qué llevan dos collares, una campana y una especie de antirrobo? ¿Por qué están tan flacos? ¿Por qué no interaccionan con los humanos? ¿Son perros-bomba? ¿Perros espía? ¿Practican en sectores de escalada, para después ser camuflados en misteriosas misiones secretas?
Ayer por la noche, mientras estábamos tumbados en la cama antes de dormir, Pablo dio un respingo y me dijo:
- Boluda - lo sé: los perros son gorditos-presiositos, pero yo soy Boluda -, qué susto. Estaba quedándome dormido y pensé que el ruido del lavaplatos eran los perros de esta mañana, que habían entrado en casa.
Entre eso y Justin Bieber, me acojoné.
Ahora, a cada rato, cuando uno de los dos quiere inquietar al otro, nos decimos: “¡Qué miedo los perros fantasma! ¿Verdad? ¿Qué carajo era eso?”. Y nos morimos del susto.
Ya sé que en nuestra vida infraestimulada cualquier cosita puede sacarnos de quicio; a veces me entretengo en el puente de madera que hay frente a casa para hacer que las luces fotosensibles se enciendan cuando les pongo el pie encima. Pero ¿de qué iban esos perros? ¿Alguien lo sabe? ¿Va a convertirse Massobreloslunes en un blog de terror rural? Agradecería sinceramente la respuesta a todas o a alguna de esas preguntas.
Seguiremos informando.
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