lunes, 19 de julio de 2010
EEUU
sábado, 17 de julio de 2010
A puerta cerrada
La nueva chica de administración subió al archivo a colocar las historias clínicas. Eran las dos y media de la tarde y casi todos los trabajadores del centro (psiquiatras, psicólogos, enfermeras y auxiliares) habían terminado de pasar consulta. Apenas llevaba dos o tres días en el centro de salud mental y no le disgustaba. Era un edificio de nueva construcción, muy moderno y limpio. Había menos trasiego de gente que en el centro de salud normal y se estaba fresquito a pesar de los treinta y pico grados que había en la calle.
La chica terminó de meter las carpetas amarillas en los cajones. Entonces se le ocurrió una idea traviesa. Cerró la puerta con el pie y sacó el contenido de una de ellas. Tenía muchísima curiosidad por saber qué tipo de cosas se anotaban allí. “Paciente de 32 años que acude a consulta con sintomatología alucinatoria simple y delirios no estructurados, sensación de angustia, ánimo decaído y brotes de auto y hetero agresividad”.
La chica sintió un escalofrío y guardó los papeles de nuevo en su carpeta. Había que estar loco para trabajar allí. Nunca mejor dicho.
Salió de la pequeña habitación de archivo y se dirigió a la puerta del estar de personal. Al intentar abrirla, se dio cuenta de que estaba cerrada con llave. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón para ver si la llevaba y recordó que no. Mierda, pensó. Alguien debe de haber subido al baño, no se ha dado cuenta de que yo estaba aquí y ha cerrado la puerta al salir.
Echó una ojeada alrededor. Había un par de ventanas, pero no se podían abrir, como las de los hospitales; imaginó que para evitar que los enfermos se tiraran. Pensó que alguien se daría cuenta de que no había bajado y subiría a abrirle y se sentó en el sofá del estar. A los dos minutos se levantó de nuevo, inquieta. Ella era nueva. Nadie la esperaba para desayunar ni para salir después. Se dijo que verían su bolso colgado en el perchero de administración. Pero ¿y si a nadie se le ocurría pensar que era el suyo? ¿Y si la gente no tenía interés por saber de quién era el bolso que iba a quedarse allí toda la tarde y lo único que querían era irse a sus casas a comer?
Sintió una punzada de angustia en el estómago y empezó a martillear la puerta con las manos. Después se puso a gritar
Alberto estaba sentado en la sala de espera, aguardando a que le atendiera la doctora Gálvez. Ya no quedaban más pacientes esperando, pero Alberto estaba acostumbrado. Llevaba años yendo a aquella consulta cada tres o cuatro meses. La doctora le reconocía desde lejos, “¡Hola, Alberto!” le decía amablemente, y después le pedía por favor que le disculpara un ratito que tenía pacientes que atender.
Él veía entrar al resto de la gente. Entraban, salían, entraban, salían, y con cada crujido de la puerta él escuchaba las voces que le decían: “cuando entres no vas a salir”, “¿vas a tirarte esta vez a la doctora?”, “eres un salido, un ser repugnante”. Ya no se tapaba los oídos ni les tenía tanto miedo. Aquellas voces asquerosas. Canturreaba y pensaba en la Virgen y en su madre. Y cuando la doctora le preguntaba si las seguía oyendo, él negaba con la cabeza y sonreía.
Por fin, la psiquiatra le hizo pasar.
- ¿Cómo estamos, Alberto? - le preguntó, con las manos bajo la barbilla.
- Bien, doctora, bien.
- ¿Qué tal la medicación?
- Bien también... un poco gordo, ¿no, doctora?
- Ya, Alberto, pero sabes que eso es por los efectos secundarios. ¿Estás comiendo bien?
- Sí, doctora, mucha ensalada. Ensalada, verdura... eso.
- Muy bien, Alberto, muy bien. Oye – la doctora cruzó los brazos y se acomodó en la silla -. ¿Y cómo van esas voces?
Alberto se quedó unos minutos callado. Normalmente decía que bien, bien, miraba hacia otra parte e ignoraba los gritos de las voces, que le decían “está con ellos, la muy zorra”, “¡tíratela ya, maricón!” y cosas por el estilo. Pero hoy había algo que tenía que contarle a la psiquiatra.
- Mis voces bien, bien, se han ido, casi siempre, creo... pero hay alguien en el piso de arriba, doctora. Da golpes, da golpes y grita: “¡Estoy aquí, estoy aquí!”. Pero esto es verdad, no son mis voces, doctora. A mis voces las conozco, estas son nuevas, se escuchan fuerte, como usted, ¿me entiende?
La doctora Gálvez enarcó las cejas y miró a Alberto detrás de la mesa. Observó su aspecto extraño de niño gigante e hinchado por los neurolépticos, con la expresión bovina que se les pone a los esquizofrénicos de larga duración. Parecía preocupado de verdad por aquellas voces nuevas.
- Alberto... - dijo, alargando la mano hacia su talonario de recetas -. Me parece muy bien que me hayas contado lo de estas nuevas voces.
- ¿Sí, doctora? ¿Van a sacar al que está ahí arriba encerrado?
- Claro, claro – la doctora Gálvez asintió con vigor -. Ahora subimos y le sacamos.
Alberto sonrió, satisfecho.
- Pero antes – dijo la doctora, haciendo salir con un clic la punta del bolígrafo – te vamos a subir un poquito el Risperdal.
martes, 13 de julio de 2010
La rutina, mi tía y la silla caletera

Hoy me he comprado una silla de playa, una de estas bajitas de lona a rayas. En Cádiz casi todo el mundo tiene silla. Imagino que es porque cuando salta el levante y te tumbas en la toalla no haces más que comer arena; en la silla, sin embargo, sólo te da el viento, y puedes mantener una dignidad razonable mientras comentas con tu vecina que hay que ver el levante que lo de detrás lo pone delante.
El caso es que después de darle vueltas durante dos meses a si era excesivamente marujil-viñero lo de la silla, me he liado la manta a la cabeza y me he comprado una a rayas rojas y naranjas. La he sacado del plástico al llegar a mi casa y la he colocado en el centro del salón para probarla. Lo bien que voy a estar yo en la Caleta por las tardes en mi silla naranja con un libro en las rodillas, he pensado al sentarme. Se me van a poner hombros caleteros, que son los hombros siempre rojizos porque es donde te da el sol de media tarde. Después me he tumbado en el sofá a leer, luego he estado hablando por teléfono con MQEN y, por último, he abierto el Open Office para intentar escribir algo.
Últimamente tengo averiado el chip de la ficción. Que no es que lo haya tenido yo nunca súper activo, que soy más una escritora realista (prosa de la experiencia, que diría García Montero). Pero en mis tiempos era capaz de escribir algún que otro cuento, no como ahora, más concretamente desde que me puse con el PIR, que no me sale nada que no sea mi vida. Que es bastante estupenda, cierto, pero no deja de ser unidimensional, y para contar la única vida que me ha tocado vivir sobre la tierra, pues escribo un diario.
Y yo hoy estaba empeñada en escribir ficción, pero no me salía. Tampoco se pueden escribir cuentos con prisas, la verdad. Me puede la impaciencia. Así que me he sentado en mi silla de playa a ver si se me ocurría algo. Oye, en la gloria se estaba ahí, con el balcón abierto y el vientecito de poniente, que me traía el olor del mar y de la hierbabuena que compré el otro día en la Plaza de las Flores. Y me he acordado de mi tía Maripaz, la de Madrid, que lleva treinta años pasándose las noches de verano en la terraza de su piso de Torre del Mar, jugando a las cartas, comiendo pipas, charlando y mirando pasar a la gente.
Me pregunto cómo es la vida cuando se compone de esas rutinas tan prolongadas. Que hoy en día se nos está yendo un poco la pinza con la ausencia de rutina y parece que vivimos vidas revueltas, sacudidas, como si tuviéramos miedo de quedarnos quietos mientras el mundo se agita y se expande a nuestro alrededor. Me pregunto si la rutina es una vida limitada o si esconde la profundidad del espacio que proporciona, del amplio margen para el ensayo de los gestos, las conversaciones; de colocarle al tiempo unos límites tan amplios que te parezca que no pasa. Me acuerdo de las noches de verano mirando por la ventana y esperando a que pasara el camión de la basura y, mucho más tarde, a que llegaran mis primos de estar de marcha en el Copo.
Sigo filosofando sentada en mi silla de playa, en mitad de mi mini-salón. Pienso en mi tía y en las cantidades industriales de amor que tengo para ella. Me llama casi todos los días y me pregunta cómo me va y qué me he hecho de comer o de cenar. Luego yo le pregunto a ella: ¿tú qué vas a poner? No qué has hecho, no, sino qué vas a poner, que es una construcción mucho más bonita. Y me explica sus platos perfeccionados a lo largo de años y años de ser ama de casa. Voy a poner lentejas, pero el chorizo lo cuezo aparte, porque así le quito la grasa y engordan menos. ¿Y tú qué lentejas pones? Yo las chiquititas. Yo también, a mí me gustan más. Sí, quedan más tiernas y se deshacen menos.
Al final me levanto y me digo: bah, Marina. Escribe cualquier cosa. Cualquier mierda, actualiza, para eso tienes el blog, para actualizar con chorradas y mantenerte activa. Empieza por la silla de playa. Y me encuentro con que me conmueve pensar en mi tía de Madrid, que ahora no puede estar de pie porque tiene una hernia en la columna y le duelen las piernas, pero que al menos puede seguir sentándose en la terraza en las noches de verano, incluso aunque ya sus hijos no vuelvan tarde del Copo.
Y pienso que no es ficción, vale, pero menos da una piedra.