massobreloslunes

domingo, 12 de diciembre de 2010

Nice memories, I


- ¿Sabes cuál es una de las cosas más bonitas que me han dicho en mi vida?
- Sorpréndeme.
- Pues a ver, en cuarto de carrera me echaba una loción en la cara para el acné que olía fatal, como a óxido... Y encima estaba horrible, con la piel toda despellejada.
- Pobre...
- Un día estaba con un chico enfrente de la catedral, de noche, no se me olvida, aunque no sé qué hacíamos allí parados, besándonos. Ya tenía mérito el chaval, que yo parecía Freddy Kruger y aun así le gustaba. Y no sé por qué salió lo del olor a óxido aquél y le pregunté si le importaba.
- ¿Y qué te dijo?
- Algo como "qué va... si voy a acabar chupando columpios cuando te eche de menos".
- Jo, es muy bonito.
- ¿Verdad que sí?

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Texto y subtexto


Prometo no mandar más cartas

(ni más mails)

y no pasar por aquí

(aunque no paso yo, es tu imagen la que viene).

Prometo no llamarte más

(ni mandarte mensajes al móvil)

y no inventar ni mentir

(ni manipular, ni buscar razones o pretextos donde no los hay).

Prometo no seguir viviendo así

(con esta tristeza aleatoria y persistente)

prometo no pensar en ti

(ni en Ishiguro, ni en los parques, ni en la miel con vinagre balsámico).

Prometo dedicarme solamente a mí

(a mi meditación, mis libros, mis pacientes).


Prometo que a partir de ahora lucharé por cambiar

(por ser más buena y sensata, más callada y coherente).

Prometo que no me verás, que no voy a molestar

(seré una santa).

Y sabes que lo digo de verdad

(esta vez sí, te lo juro),

que no voy a fallarte en nada

(te dejaré tranquilo de una vez).

Tengo mucha fuerza de voluntad

(estudié mañana y tarde durante meses, saqué el número 12 del PIR),

no te fallaré en nada

(tampoco me dejas).


Prometo no seguir así

(porque es patético),

prometo que no voy a pensar en ti

(y yo lo que prometo lo culpo),

prometo dedicarme solamente a mí

(qué remedio).


Y el aire que me sobra alrededor

(me sobra aire vacío, no sólo de ti, vacío de muchas cosas)

y el tiempo que se queda en nada

(se me disuelven los días y no tengo ni idea de a dónde van).

Nunca más escucharé tu voz

(y, de hecho, no la recuerdo),

energía nunca liberada

(que se queda conmigo y me consume los huesos).

Palabras que se perderán entre estas cuatro paredes

(¿dónde van las palabras cuando no las escucha nadie?),

como lágrimas en la lluvia se irán

(y pasará el tiempo, y nos cubrirán los años, y nos haremos viejos...).


Se irán, se perderán, se irán, se perderán, se irán, se perderán,

se irán, se perderán, se irán, se perderán...

Como lágrimas en la lluvia...


¿Dónde estabas entonces?

jueves, 2 de diciembre de 2010

Fregados


En general se me da bien desconectar de los pacientes adultos, pero a los niños los llevo peor. Los niños me dan mucha penita. Los veo tan dependientes e indefensos que no puedo evitar que se me estruje el corazón cuando lo pasan mal.

Ayer tuve a uno que venía por sospecha de déficit de atención y que a mí me huele a que pueda ser algo más grave, y cuando pedí una interconsulta con la otra psicóloga del centro para que me diera su opinión la madre se me acojonó. Yo intenté disimular con el rollo de "soy nueva y torpe, y si pido una segunda opinión es por eso, no porque piense que tu hijo pueda tener algo", pero ella se dio cuenta y se le caían los lagrimones en mi despacho.

Tuve también a un niño al que están acosando en el colegio, y ver a un chaval de doce años que se pasa las tardes durmiendo a oscuras porque se siente amenazado es duro. Luego están las tardes en la UCI pediátrica, cuando te cuenta una madre que a su niña se le han salido las tripas hacia el pulmón, y a ti no te parece muy grave porque la semana anterior viste a un lactante con un cáncer terminal en el cerebro.

Viva y bravo todo.

Aquí no hablo mucho de mi trabajo porque no sé muy bien cómo hacerlo. No quiero ponerme excesivamente dramática, ni que parezca que me hago la interesante, ni utilizar las historias de mis pacientes para crear humor o drama. Pero lo cierto es que toda esa desdicha y tragicomedia humana es parte de mi vida y, ya os digo, hoy estoy cansada y un poco sobrecargada.

No creo que ser psicóloga me haga mejor persona. Trabajo en esto porque quiero y me gusta, creo que tengo capacidad para sobrellevarlo y si yo no estuviera aquí hay 2600 personas (mínimo) que se pegarían por ocupar mi puesto. Pero no quita que este trabajo sea duro a veces. Tóxico. Y hoy me he venido al hospital pensando en el niño raro, en el niño acosado, en otro al que su padre lo manda textualmente "ar caraho" y, en fin, en todos los niños tristes del mundo.

La cuestión es que después de comer he bajado en el ascensor a tomarme un café y he coincidido con dos limpiadoras. Hemos parado en la cuarta planta y las puertas se han abierto, pero no ha salido nadie. Las limpiadoras se han quedado mirando el suelo recién fregado que se veía a través de la puerta.

- Se nota cuando no pisa nadie, ¿verdad? Lo bien que se queda - ha dicho una de ellas.
- Desde luego. Es que digo yo que al menos podían pisar por la orillita, que se nota menos.
- Ya, pero es que parece que ni nos ven. Yo a veces pienso que somos invisibles.

Se ha abierto la puerta, he salido y me he despedido de ellas, porque aunque lleve pijama blanco yo en realidad también soy personal minoritario en el hospital. A veces también me siento como si fuera invisible. Y me he ido hacia la cafetería pensando que en esta vida, como dice Mafalda, "cada quién tiene su pequeña o gran preocupación".


EDITADO: Diez minutos después de terminar de escribir esta entrada, me pegué una hostia impresionante sobre el suelo recién fregado de la UCI pediátrica. La vida es una cachonda.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Pitonisa de autobús


Yo miro mucho a la gente. Tanto, que a veces creo que se sienten incómodos. Pero me gusta, que le vamos a hacer: soy una voyeur de lo cotidiano.

Cuando salgo del trabajo, coincido en la parada de autobús con la salida de un instituto. Me gusta observar a los adolescentes, perdidos en esa soledad aturdida y pasmosa de la ESO. Hoy se me ha escapado el autobús de menos cuarto por muy poco, y sentía oleadas de autocompasión mientras el viento húmedo y frío me azotaba la cara. Los alumnos del instituto han empezado a llegar, todos acné, hormonas, charlas y zapatillas de tela, rollo no-me-importa-que-se-me-mojen-los-pies-mientras-mis-zapatos-molen.

A los que cogen el autobús los tengo medio fichados. Está Divina, siempre pintada, con el pelo planchado y el móvil en la mano; Me Creo Guay, que aparenta diez años, viste como si tuviera dieciocho y siempre me parece grotesco; Lánguido, que se apoya en una farola con las greñas tapándole los ojos y los auriculares puestos, y Grandullón, que siempre va con Mejor Amiga Gorda (lo siento, mis motes no son exactamente un derroche de compasión).

Hoy llega Grandullón primero. Tiene los hombros estrechos, el culo gordo, gafas y el pelo en forma de casco. Lo tiene todo, el pobre. Entonces aparece uno al que no tengo controlado y al que llamaremos Sex Bomb. Es fibroso y moreno, tiene un bonito cuello rodeado de colgantes, le asoma la barba de tres días y los vaqueros le quedan estupendos. Llama a Grandullón por su nombre, se le acerca y se ponen a hablar de nosequé. Hace un frío que pela, pero Sex Bomb va en camiseta y se le ven unos bíceps bien formados. "Illo, ponte argo", le comenta alguien, pero él no hace ni caso.

Les miro charlar. Grandullón con los ojos tímidos y enormes asomando tras las gafas. Sex Bomb fumando tranquilo un cigarro y aplastándolo con desenfado cuando llega el autobús. Nos subimos y yo pillo el último asiento que queda libre, en el centro de la fila de atrás. Desde allí puedo ver todo el autobús y escuchar el murmullo de las conversaciones.

Miro a Grandullón y a Sex Bomb y pienso en que son dos personas con distintos envoltorios, y en cómo esos envoltorios están seguramente condicionando la vida que tienen, lo luminosa o desconcertante que está siendo su adolescencia. No sé si es justo o injusto, pero es. Un abismo entre esos dos modelos de humano. Imagino su vida futura, y me pregunto qué será de ellos.

Grandullón estudiará Informática y será virgen hasta muy tarde. Luego se pondrá a régimen y adelgazará; no será guapo, pero ganará autoestima. Cuando todos sus colegas hayan perdido la esperanza y estén debatiendo si pagarle una prostituta, Grandullón aparecerá con una novia Emo súper mona que ha conocido en un foro. Después se casarán, tendrán hijos medianamente agraciados y empezarán a pagar una hipoteca.

Sex Bomb se meterá en Publicidad, Diseño, Bellas Artes... Tendrá a las mujeres locas y practicará sexo bizarro y variado. Será un inútil emocional hasta los treinta o así, momento en que verá que se está quedando calvo y pedirá en matrimonio a la novia de entonces. También se casarán, tendrán hijos (más guapos que los de Grandullón) y empezarán a pagar una hipoteca.

No sé qué conclusión sacar. Me dan ganas de acercarme y decirles a los dos que al final la vida es más de lo mismo para todos. Que la adolescencia parece eterna, pero se acaba, y llega un momento en que te sientes increíblemente adulta y sensata, sentada en el autobús después del curro, mirando con sapiencia a los chavales y pensando "por dios, Sex Bomb, ponte un jersey, que te vas a resfriar".

domingo, 28 de noviembre de 2010

Ayer fue un día muy útil. Aprendí:
1) A partir cocos.
2) A hacer enfoques selectivos con mi nueva cámara.

He aquí la prueba.



lunes, 22 de noviembre de 2010

La vida me supera (otra vez)


Ya he comentado alguna vez que mi ánimo se divide entre los días en que pienso que me puedo comer la vida y otros en que la vida se me come a mí. Hoy ha sido un día del tipo B, así que estoy cansada y desmoralizada, preguntándome qué sentido tiene todo esto, hacia dónde voy y de dónde vengo. MQEN dice que la vida sirve porque aprendes cosas. ¿Cosas para qué? Para vivir mejor. ¿Y para qué quiero vivir? Para aprender cosas. Y así, sucesivamente.

Por las mañanas cojo el autobús en el paseo marítimo. Cruzo la calle, me acerco al malecón y observo el mar, la ciudad y el amanecer tras los edificios. Es tan bonito que no se puede describir y, al mismo tiempo, cada mañana pienso que es una mierda que no pueda absorberme por completo en el cielo y el agua, porque estoy demasiado preocupada por lo que pasará cuando llegue al trabajo.

Entonces llega el autobús, me subo y miro por la ventanilla. A esa hora suelo encontrarme entre animosa y tensa. Mi trabajo es impredecible. Puedes saber qué pacientes tendrás, pero no qué te va a traer cada uno de ellos o qué clase de marrones confusos te pueden endosar tus compañeros o superiores, así que es difícil un entusiasmo sin fisuras.

Observo la playa mientras escucho en el ipod alguna canción que me haga sentir que hay vida detrás de las paredes grises del Centro de Salud Mental. Miro a las gaviotas en la orilla y a los gatos tumbados en el murete que separa el paseo de la arena y me da envidia su tranquilidad plácida. Me acuerdo de ese pasaje de la Biblia en el que Jesús decía algo así como “si Dios cuida de los pájaros del campo, ¿no va a cuidar de vosotros, que sois más importantes?”. Como razonamiento es una puta mierda, sobre todo viendo cómo se desarrollaron los hechos desde entonces para los humanos, pero reconforta en el sentido poético. Después miro a la gente que pasea o corre por la orilla. Los desocupados, o los que entran a trabajar tarde, quién sabe, y también me dan envidia por poseer un trozo de tiempo que ahora no es mío.

Odio los días como hoy, en los que la vida me parece sobre todo insatisfactoria. Aunque sepa que normalmente llegan otros en los que me parecerá bella, rica y significativa. Porque luego llegan más días en los que me vuelve a parecer insatisfactoria. Es el cuento de nunca acabar.

Hoy me lloraba una niña en consulta porque no quería separarse de su madre para pasar un test de inteligencia. Al final hemos hecho un trato. Yo ponía la alarma cinco minutos después. Su madre salía. Si cinco minutos después ella seguía llorando, llamaríamos a la madre. A los cinco minutos la alarma nos ha sorprendido a las dos pendientes de algo totalmente distinto. Por supuesto, la niña no lloraba.

Todo será cuestión de aplicarme el cuento.