jueves, 20 de enero de 2011
MI segundo objeto favorito en el mundo mundial
miércoles, 19 de enero de 2011
Eres más triste que un policía en Suecia

Hoy voy a haceros una recomendación literaria. Igual es un post tostón que no interesa a nadie, pero me apetecía escribir sobre ello, y además así puedo usar la etiqueta “Cosas absurdas que sólo me interesan a mí”.
Estoy leyendo Cortafuegos, una de las diez novelas de Henning Mankell que tienen al inspector Wallander de protagonista: un inspector de policía que vive en Ystad, en el sur de Suecia, y resuelve con brillantez crímenes macabros.
Novela policiaca sueca... ¿os suena un poco a Los hombres que no amaban a las mujeres? Pues Henning Mankell mola doscientos millones de veces más que la trilogía Millenium. Yo me leí los tres libros de Larssen porque pillé la gripe A y no me apetecía levantarme de la cama, y porque Lisbeth Salander es un personaje molón; pero, francamente, el autor es un tipo con un sentido de la narratividad nulo capaz de pasarse tres páginas enumerando muebles de Ikea y otras dos describiendo comidas guarreteosas suecas con pepinillos, panecillos, albóndigas y mermelada de arándanos.
Una vez que tenemos claro esto, sigamos.
¿Por qué engancharse a Wallander?
Para empezar, porque Henning Mankell no escribe súper-mega-bien, pero tiene mucho oficio. Sabe lo que se hace: no se lía con chorradas, avanza con agilidad y termina cada capítulo con una frase emocionante que te hace morirte de ganas de seguir leyendo. Cuando tienes uno de los libros de Wallander en el bolso estás deseando encontrar un huequecito libre para leer un poco. Son novelas adictivas. Además, son muchas: nueve o diez, creo. Y gordas. Esto quiere decir que si te enganchas al Universo Wallander, tendrás una fuente abundante de material policiaco adictivo y divertido para momentos de necesidad, como enfermedades, hastío vital o largos viajes en avión.
Por último, el Universo Wallander mola mucho porque está bien construido y bien ambientado. Esto quiere decir que leerse una novela de Henning Mankell es como hacerse un viajecito a Suecia, a un lugar que conoces, con personajes familiares de los que no consigues aprenderte los nombres y calles suecas de nombres raros que empiezan a sonarte. Y en la lectura, como en la vida, está bien tener un lugar al que volver.
Ahora bien, hay cosas que uno debe saber si se va a adentrar en el Universo Wallander por su cuenta y riesgo.
La primera es que en las novelas de Wallander siempre hace mal tiempo. ¡Es Suecia, por el amor de Dios! Siempre hay vientos huracanados, frío intenso, oscuridad y escarcha, y te lo está recordando todo el rato con constantes miradas al termómetro del coche y alusiones a los jerseys que llevan todos. Y las pocas veces que hace buen tiempo, los personajes se pasan todo el rato preguntándose por qué hace tan buen tiempo en esa época del año, con la típica actitud de “coge una chaquetita por si acaso”.
Además de frío, en las novelas de Mankell a uno le entra sueño. Esto es básicamente porque Wallander nunca jamás puede dormir lo suficiente mientras está en una investigación. Se acuesta a las seis de la mañana después de haber pasado toda la noche en comisaría revisando el caso y le llaman a las siete porque ha aparecido un cadaver, y claro, Wallander se levanta más reventado de lo que se acostó. Bebe café y más café y nunca duerme. Agota nada más de leerlo.
[Nota: anda, que buena inspectora de policía iba a ser yo: “Sí, de verdad que yo luego entrevisto al sospechoso, pero NECESITO mi siesta”]
Para terminar de castigar a su pobre personaje, Henning Mankell siempre le manda enfermedades como un dios vengador. En la novela anterior a la que estoy leyendo a Wallander le diagnostican diabetes. En la de ahora parece que está consiguiendo controlar la diabetes, y resulta que en el segundo capítulo le entran anginas. Y claro, en cada párrafo el autor te explica que cuando traga saliva le duele, que necesita concentrarse y no puede por la fiebre, y te mueres de la angustia.
Todo esto se debe a que Wallander es un personaje muy torturado, que sufre todo el rato. Sufre antes de empezar las investigaciones, porque se aburre y tiene problemas existenciales, su mujer le dejó, su padre se ha muerto, su hija pasa de él y su piso está sucio. Sufre mientras investiga porque se pasa todo el rato maldiciendo la barbarie humana y empatizando a tope con todo el mundo: con las víctimas, con los familiares de los asesinos y con sus compañeros policías. Y sufre cuando resuelve el caso porque sabe que seguirá existiendo la maldad, y porque además los suecos no respetan a la policía como en los viejos tiempos. Ya ves tú. En España te quería yo ver.
Pues eso, que Wallander sufre todo el rato, pero es muy buen policía, y aunque en verdad no le gusta, se siente atado a su destino como un Sísifo moderno y sueco, así que ahí está el pobre, novela tras novela, arrastrándose de su piso cochambroso a su oficina cochambrosa en un coche cochambroso que se le ha roto en el cuarto capítulo de esta novela (lo que en verdad no importa, ¡¡¡porque a Wallander le hace falta andar para controlar su diabetes!!!).
En fin, que a pesar de esto yo recomiendo a Henning Mankell a tope. No decepciona y divierte incluso aunque Wallander sea un triste. Yo he estudiado para exámenes con un libro de Henning Mankell abierto bajo la mesa, intercalando páginas de apuntes con capítulos de la novela, como cuando estaba en el colegio y leía bajo el pupitre y los profesores me regañaban. Y esa dulce adicción, la necesidad de leer como quien quiere respirar, la vía de escape a un mundo paralelo oculto bajo las cubiertas de un libro... eso, queridos, no tiene precio.
jueves, 13 de enero de 2011
Querido sobrino barrita a:
Hace apenas cinco días que me enteré de que existías. Es curioso pensarlo: ya eres un cacahuetito dentro de la tripa de tu madre, mi amiga. Si pudiéramos atravesar su panza con rayos X veríamos el pequeño conjunto de células que eres ahora. Y, si todo va bien, te vas a convertir en una personita completa, con tus propios pensamientos y sentimientos, con una cara y un nombre.
miércoles, 12 de enero de 2011
De semanas y ciclos

lunes, 10 de enero de 2011
Reflejo
jueves, 6 de enero de 2011
¿No es bonito pensar hoy...
... en todos los niños en sus camitas, cerrando fuerte los ojos para dormirse antes, con la ilusión de que vengan Los Reyes?
miércoles, 5 de enero de 2011
El mal capilar II: El Flequillo Venganza
Obviamente, había tres peluqueras y me ha tocado la NF. La parte buena es que hoy estaba muy llena la peluquería y no me ha parecido que fuera una tapadera de un negocio de venta de drogas, como la vez anterior.
Yo hoy no estaba por hacerme mala sangre. La NF me ha dado el catálogo de peinados Llongueras, que me sé ya entero y que no sé para qué miro, si en general parece que a todas les hayan cortado el pelo de rapideo para mandarlas a la guillotina. En fin. Le he explicado a la NF más o menos lo mismo que la vez anterior, pero introduciendo una peligrosa innovación. Chachán.
- Nazi Flequillil, te explico: llevo como cinco años con el flequillo más o menos igual y querría innovar. Quiero probar con un flequillo inclinado. Tú sabes: la raya un poco al lado y una línea que descienda suavemente a lo largo de mi frente divina.
La idea que yo tenía en mi mente era más o menos así:

La próxima vez le llevo la foto.
- Claro, claro – ha contestado la NF en un tono sospechosamente sumiso.
Ha empezado a texturizarme la cabeza como una chalada, lo cual está guay, porque la última vez no me texturizó y tuve que texturizarme yo en casa con unas tijeras de cocina, que tiene huevos si has pagado treinta y cinco pavos para que te corten el pelo. Yo levantaba de vez en cuando la vista del Hola y me iba gustando el resultado.
[Inciso: yo no sé por qué la gente dice que ir a la peluquería le sube la moral. Personalmente, cada vez que paso más de cinco minutos leyendo una revista del corazón acabo deprimidísima porque Halle Berry me saca veinte años y está bastante más buena que yo, porque nunca tendré la cara de Natalie Portman y porque Carlota Casiraghi está de vacaciones en el Caribe mientras yo me caliento los pies con una bolsa de cereales. Fin del inciso.]
Y hemos llegado a la parte delicada. El flequillo. Me lo ha recortado levemente de forma inclinada y luego ha empezado a secarme.
- ¿Podrías dejarme el flequillo más corto?
- Sí, sí, lo miramos en seco.
Me tendría que haber callado, porque la asertividad en la peluquería, como ya expliqué, tiene una reserva limitada, y para qué desperdiciarla cuando el flequillo me lo pensaba mirar en seco. Me ha empezado a secar tirándome del pelo como si me odiara, pero el resultado molaba bastante y me he dejado hacer.
Entonces hemos llegado al flequillo. Me lo ha recortado un poco y me ha preguntado qué tal, en un derroche de humildad anormal en su especie.
- ¿Me lo podrías dejar más corto? - Ahora sí, asertividad: haz tu aparición.
Y aquí la cagamos. Porque en ese momento entra en acción el Flequillo Venganza (en adelante, FV). El FV se define como aquel flequillo que te dejan las peluqueras cuando el primero que te hicieron no te ha gustado. Es un rollo “con que no te gusta, ¿eh? Pues ahora te vas a cagar”.
Cuando me ha enseñado el resultado, me he dado cuenta de que tenía dos opciones.
1) Decirle que no me gustaba y arriesgarme a un flequillo aún más vengador. Un nivel de venganza muy superior, un Kill Bill de los flequillos. He temblado sólo de pensarlo.
2) Callarme como una perra e intentar arreglarlo en casa.
Obvio que he escogido la opción 2. Las otras peluqueras revoloteaban a mi alrededor diciéndome que había quedado divina de la muerte, y de hecho el resto del corte está bastante chulo. Supertexturizado. Sin embargo, el Flequillo Venganza... bueno, es muy vengador.
Así de vengador:
Lo peor es que volveré.
Aunque sólo sea por tener temas para el blog.
