massobreloslunes

sábado, 14 de mayo de 2011

Grandes cuestiones hipnagógicas

Me pregunto, se dice Él abrazándola bajo las sábanas, invulnerable al sudor fino que les recubre la piel. Me pregunto cuánto tiempo durará esto de dormirnos abrazados una vez que nos casemos o nos vayamos a vivir juntos. ¿Cuatro, cinco años? ¿Cuánto pasará antes de que uno se harte y prefiera descansar bien después de un día agotador, antes de que esta necesidad de ella se desvanezca y la pasión se largue?

Me pregunto, piensa Ella, buscando una zona fresca en las sábanas con la punta del pie izquierdo. Me pregunto cuánto tendrá que pasar después de irnos a vivir juntos para poder dejar este coñazo de dormir abrazados, que se me recuelga de la espalda como un monito necesitado y me da dolor de cervicales. ¿Seis meses, un año? ¿Cuánto antes de poder decirle que así no descanso y que mañana hay que madrugar sin que me mire mal? ¿Cuánto antes de que el amor tranquilo y seguro se mida en algo más que la necesidad de contacto?

Y los dos se duermen, ignorantes de la distancia entre sus pieles pegadas.

viernes, 13 de mayo de 2011

Concierto


Fede Comín es pequeño, más que bajito. “Es un comin-o”, bromea Luna, mientras la camarera toma nota de nuestras bebidas y le vemos ir y venir entre las mesas del Libertad 8. Llevamos ya tres días vagando por Madrid, revolviendo el rastro, comiendo en restaurantes étnicos en Lavapiés. También atracando el Sephora, claro, y engullendo cafés y galletas en el Starbucks, y mirando libros. Yo hoy no quería venir, lo confieso: un concierto de cantautor es como la caja de bombones de Forrest Gump. Nunca sabes lo que te va a tocar. Hubiera preferido meterme en el cine y desconectar un ratito de la realidad. Quizá temía que el concierto fuera demasiado verdadero.

Pero ya estoy aquí, y miro el escenario con la silla y la guitarra y después al público. Creo que no llegamos a diez, literalmente. Es lunes, e incluso en el gran Madriz la gente parece tener cosas más importantes que hacer. Mañana es mi cumpleaños y me siento tan perdida. Cumplo veintiséis, y de repente es como si hubiera dado el paso que desequilibra la balanza de los veintitantos hacia el lado de los veintimuchos. Quiero hacer tanto y el tiempo, de repente, parece pasar tan deprisa.

Fede Comín se sube al escenario y se vuelve enorme. “Tengan cuidado, no se me amontonen”, bromea antes de arrancarse. Me engancha cantándole a Granada en la primera canción y sigue con Argentina, con el fútbol, con los marcianos. De los diez que somos, al menos cuatro se saben las letras y corean bajito, y como somos pocos él se turna para mirarnos a los ojos con los suyos, que son oscuros y se arrugan en las esquinas cuando sonríe. Yo ni me muevo en la silla, entro en un momento de esos que ahora en psicología se llaman flow o mindfulness o cualquier otro anglicismo y sencillamente escucho y el tiempo se para.

Cuando termina le compro un disco y le pido que me lo firme. “En un cuarto de hora será mi cumpleaños”, le digo, como si le importara. Se me olvida la asimetría del artista: la situación tan injusta de que los demás sepan tanto de ti y tú no sepas nada de los demás. Cómo los extraños pueden creer que te conocen y decirte algo tan idiota como que cumplen años en quince minutos.

Hay algo de pornográfico, algo de exhibicionismo insano en contar las miserias en un blog o sobre un escenario. Lo entiendes sólo cuando eres público y compartir esa intimidad te consuela de una forma extraña, y entonces deja de ser raro y se vuelve generoso, porque te hace pensar que no será tan mala la vida cuando hay otro que se emociona como tú. Y aunque me muero de vergüenza mientras espero a que me escriba una dedicatoria en la carátula, espero que comprarle un disco, y pedirle que me lo dedique, y contarle algo de mí para no ser una completa extraña, exprese aunque sea un poquito lo agradecida que me siento por haberle visto cantar hoy. Por la generosidad de su corazón en bandeja.

El flow se deshace despacio mientras Luna y yo caminamos hacia el metro. En la privacidad de la calle me atrevo a sacar el disco y leer la dedicatoria. “Gracias por ser testigo de esta intimidad”, ha escrito Fede, que se ha pasado una hora y media dejándose la garganta para diez gatos. Auguro que me iré de Madrid con su disco sonando en el ipod, comprobando si también se escucha su sonrisa a través de los auriculares.

Gracias a ti por crearla, pienso.

martes, 10 de mayo de 2011

¡Cumpleaños! ¡¡¡Viva yo!!!

¡Hoy cumplo 26!

Escribiría algo más profundo, pero estoy en Madrid, en casa ajena, y en realidad este post sólo es una excusa para que me lluevan felicitaciones y alabanzas.

Os quiere desde la capital,

M.

martes, 3 de mayo de 2011

I will love again, que decía Tina Turner


De un tiempo a esta parte sólo me interesan hombres inconvenientes. Son muy mayores o muy menores, tienen pareja, son amigos de mis exes o los conozco en un contexto meditador y antisexual. Me pregunto qué me pasa. A mi alrededor a la gente parece resultarle más o menos fácil encontrar pareja. A mí me parece que tienen que darse unas casualidades cósmicas tan raras en el espacio-tiempo para que me eche otro novio que ahora mismo me resulta ciencia ficción.

Mi teoría es que cuando las cosas no van es por algo; que hay algo en mí que está rechazando la posibilidad de tener pareja. Sé que podría pedir algo más light, un rollete, pero hay que tener en cuenta que yo establezco vínculos emocionales con un apio. Soy el tipo de persona que le da besitos a las paredes de su casa porque la quiere mucho. Si meto a un tío en mi cama con cierta frecuencia es más que probable que en tres días empiece a planear la boda en mi cabeza.

Así que si me enredo con alguien será porque piense que hay posibilidades de morir de amor para siempre. Y claro, siempre es mucho tiempo, especialmente cuando te pasa como a mí ahora y tienes el corazón escarmentado.

Por otra parte, yo soy una kamikaze del amor. Si un tío me mola me convierto en el caballo de Atila: por donde piso no crece la hierba. No tengo orgullo ni sentido común, ni pienso en el futuro ni en las consecuencias a corto-medio plazo. Así que opino que si conociera a un chico que me gustara de verdad y que estuviera mínimamente disponible, no habría historias de miedo al compromiso o a que me hagan daño. Me tiraría a la piscina y ya me arrepentiría después.

Así que no sé. Me gustaría tener pareja en algún momento. Creo que soy una buena novia, aunque J. me dejara por borde. Cocino demasiado bien como para quedarme sola. Tengo mucho que dar. Y a pesar de eso, sigo sintiéndome como si hubiera puesto una barrera invisible entre mí y la posiblidad de sentir, y el universo se estuviera dando cuenta de eso y estuviera alejando de mi camino a los hombres convenientes.

(O a lo mejor sólo necesito salir un poquito más).

domingo, 1 de mayo de 2011

Hogar

Estoy en Málaga, en casa. Donde el tiempo se para. Siempre querría no haber salido nunca o no haber vuelto nunca. Tardo cinco minutos en desordenar mi habitación, pero es tan grande que no se nota mucho. Al menos, me digo, he conseguido cumplir el objetivo que me marqué al emanciparme: alquilar un piso más grande que mi cuarto. Aunque no mucho más.

La semana post-curso ha sido ho-rro-ro-sa. No podía ni mirar mi tarjeta de personal del SAS sin que se me saltaran las lágrimas. La meditación me ha sacudido y aún estoy intentando poner en su sitio los trozos, y nunca había sido tan candidata al Plenur como en estos días. Ahora, en la casa materna, estoy un poco más animada pero también más confusa.

¿Dónde se ha ido mi vida? Debería haber estudiado filología. Debería haberme casado con J. Debería haber escrito una novela mientras fingía estudiar el PIR. Debería haberme casado con MQEN. Debería haberme quedado en Málaga y haber ahorrado todos mis sueldos desde que empecé a trabajar.

Estaría igual de triste, pero al menos tendría coche.

Rebusco entre las cadenas y los pendientes de oro que me regalaron en mi comunión y fantaseo con la idea de venderlos. Se me engancha en el dedo mi pulserita de recién nacida, con mi nombre y la fecha de nacimiento grabadas. Pienso que es increíble que mi muñeca cupiera ahí dentro. Pienso en el viaje que he hecho desde entonces y me pregunto para qué ha servido. Venir al mundo, nacer, crecer, reproducirnos. Llorar, reír, llorar, llorar.

Dice Buda que si se juntaran las lágrimas que hemos derramado en todas nuestras vidas por los seres queridos que han muerto, llenarían lagos. Que si se juntaran los huesos de todos esos seres queridos, formarían montañas. Lo dice para motivarnos hacia la iluminación, aunque si me preguntan a mí diré que como coaching me resulta un poco siniestro. No sé si tiene razón y debería sentarme en un cojín hasta que me salgan ampollas en el culo.

Lo que sí sé, y esto lo pienso mientras se me parte el corazón viendo mis objetos del pasado, mientras pienso en todas mis decisiones y me pregunto si fueron las correctas... lo que sé es que a veces pienso que lo único que quiero conseguir en la vida es cierto sentimiento de seguridad y pertenencia, y que al parecer eso es lo más difícil de lograr de todo.

miércoles, 27 de abril de 2011

Transportada

La moto para cantar Extremoduro.
El bus para escuchar a Quique.
La moto para hablar sola.
El bus para pensar.
La moto para llegar antes.
El bus para dejar que te lleven.
La moto para no aparcar.
El bus para no aparcar.
La moto para el calor.
El bus para el frío.
La moto para sentir el aire.
El bus para mirar el mar.

Me gusta ir en moto y bus por la Ciudad del Viento.

martes, 26 de abril de 2011

Minutos



Nota previa: éste es un post un poco raro, que seguramente sólo será comprendido por completo por los freaks de la meditación. Pero me apetecía escribirlo.
Nota previa 2/mini-glosario: un sankhara es una reacción de deseo o aversión, lo que se intenta eliminar cuando meditas. El metta es el amor compasivo que envías a los demás después de meditar. Servir en un curso, aunque suene raro, es ir allí a ayudar de voluntario en la organización, la limpieza, la cocina etc.




No sé qué edad tiene. No sé su apellido. No sé a qué se dedica. Nos hemos pasado diez días sirviendo juntos en un curso de meditación y desconozco la mayoría de los datos básicos sobre él, de lo que "se debe saber" de una persona.

Los dos somos managers del curso, es decir: somos las personas encargadas de solucionar los problemas de los meditadores. Desde querer una manta hasta querer dejar el curso: todo pasa por el manager. Es un trabajo muy bonito pero muy exigente: meditas muchas horas, tienes la cabeza en mil sitios y eres la primera barrera contra la que se estrellan las negatividades de los estudiantes.

Él y yo, por tanto, somos compañeros de fatigas. Entre el poco tiempo libre que tenemos y que las comidas las hacemos separados, la verdad es que apenas cruzamos cinco o diez frases al día. Nada de larguísimos monólogos explicándonos lo que creemos que somos o lo que esperamos de la vida. En las pausas entre meditación y meditación cambiamos una mirada, una sonrisa, una frase. La sentada debe empezar a una hora concreta y él y yo somos los encargados de tocar el gong. Mientras miramos el reloj esperando a que llegue el momento, me dice "aquí me he dado cuenta de lo mucho que dura un minuto". Yo sonrío, y desde entonces miro mis minutos con cariño y silenciosa admiración, como si cada uno de ellos fuera una enorme moneda redonda.

A la hora de la siesta siempre coincidimos en la cocina. Nos levantamos diez minutos antes que los demás para dar el gong y nos tomamos un rooibos y restos de postre lactovegetariano. Ahí intercambiamos algo más de información: sobre mi trabajo, sobre su vida, sobre la importancia de fluir, el miedo al compromiso, el miedo al cambio. Es dulce. No es borde, ni trata de ser ingenioso, ni me desafía: es simplemente dulce, simplemente bueno.

Tiene rastas. No me gustan los chicos con rastas: me parecen antihigiénicas y no veo que favorezcan. Además, es como superhippy. De estos que compran pañuelos en la India (y dicen "India" en vez de "la India") y luego los venden en el mercadillo. Y es mayor. Bueno, no muy mayor, pero tendrá sus treintaytantos fáciles. Pero es moreno. Me gustan los morenos. Tiene los hombros anchos, y la manera en que sus pies descalzos caminan por la sala de meditación es extrañamente sexy.

Sin embargo, no he venido al curso a ligar, así que observo. Observo mis sensaciones y procuro no buscar más de lo necesario sus ojos castaños en las pausas entre horas. Le pillo mirándome a veces mientras comemos. Yo a veces también le miro a él. Pero no tonteo, no digo frases con segundas intenciones, no me pongo guapa. Sólo soy yo misma, pequeña y ajetreada, de la sala de meditación a la cocina, intentando centrarme en la práctica. Aun así, me noto la calidez en el pecho cuando me sonríe, el nudo en el estómago cuando nos acercamos más de lo normal.

Nos contamos historias de Buda en los intervalos. Me explica que han tenido que sacar un nido de hormigas de la sala y que se le partía el corazón al ver cómo se agrupaban en el camino de tierra para darse calor. También me cuenta cómo cierra y abre las ventanas de la sala en los descansos: "con intención, que la gente medite bien cuando las cierro, que el aire limpie los sankharas cuando las abro". Le escucho traducir las preguntas de los estudiantes a la profesora, que no sabe castellano. Cuando ella responde en inglés él traduce intentando imitar su tono para transmitir el metta.

Me da pena irme. No tendría sentido fuera del curso. Por las rastas, por India, porque él tiene miedo al compromiso y yo tengo miedo al miedo. Así que me da pena que se rompa este vínculo tan frágil, esta burbuja de cariño mudo que hemos construido estos diez días. Una burbuja rara de freaks del Dhamma.

El último día estamos coordinando a los estudiantes en equipos para la limpieza del centro. Él se encarga de la cocina, y cuando paso por allí camino a los baños, con el cubo en una mano y la fregona en la otra, me mira sonriente.
- ¿Dónde estás? - me pregunta, refiriéndose a los equipos de limpieza. Me da la sensación de que es un poco por decir algo, por saludarme.

Yo le miro a los ojos.
- Estoy aquí - le digo, y sonrío.

Él se queda desconcertado un segundo y luego también sonríe.
- Aquí y ahora, ¿no?
- Sí, aquí y ahora.

Y ese minuto, de repente, dura un siglo.