massobreloslunes

sábado, 23 de julio de 2011

11. Vida.

Tenía preparada una mini entrada muy ocurrente sobre mi epitafio perfecto. Pero qué va, paso. Me da mal rollo. No quiero morirme; no ahora. Así que pensad en mí, que esta noche estaré durmiendo en Bolonia, al abrigo del viento de poniente dentro de mi tienda Quechua. Pensad en mí trepando, bañándome en la playa, tomando el sol y sonriendo todo el rato. Morid de envidia, o no, porque quizá también vosotros estéis haciendo cosas bonitas. Y esperad a mañana, que prometo escribir más.

viernes, 22 de julio de 2011

10. Aquí/así vivo yo

Alguien me pidió hace un tiempo que comprobara cuántos de estos propósitos había cumplido. En lugar de eso, voy a hablaros de mi casa tal y como es, sin compararla con ninguna casa ideal. Porque las casas ideales, como las personas ideales, no existen.

Mi casa es fabulosa de principio a fin. Es pequeña, pero yo también, así que nos entendemos. El salón está pintado en burdeos y verde, que cualquiera diría que vaya horror de combinación de colores. Pues qué va: quedan de puta madre, porque mi casa es cien por cien luminosa y ni los colores más oscuros del mundo consiguen apagarla. Por el balcón se ven tejados blancos gaditanos, sucios de humedad y de viento, y como delante no tiene ningún edificio le da el sol toda la tarde. Por eso en verano es un hornito, pero a mí no me importa, porque enciendo el aire acondicionado y me abstraigo o, mejor aún, agarro la silla de playa y me voy a tirarme al sol a Cortadura.

Lo que más me gusta de mi casa, 1: el sofá. Ya hablé de él en el post de las siestas. Es el sofá perfecto, porque tiene chaise longue para leer, y cuando te echas la siesta en la parte no chaiselonguera puedes extender la almohada por la parte chaise longue y no se cae al suelo. Es blandito y amplio, y como soy pequeña quepo estirada de sobra. Y no hay nada como siestear en el sofá sabiendo que nadie va a interrumpirte.

La cocina es un armario. Verídico. Se abre y se cierra y es diminuta. Tiene dos fuegos, un fregadero de un seno (jijiji ha dicho seno), una mininevera y una mesita auxiliar que parece una tabla de planchar. Lo bueno es que desde que hago paleodieta ya no cocino tanto y mis hábitos están más bien simplificados (fríete algo y aliña algo), así que con mi cocina-armario me basta y sobra. Además, tiene el modo negación: cuando no quiero asimilar que tengo platos sucios desde ayer, cierro el armario y hala: ya no hay cocina. Y yo puedo dormir la siesta en mi sofá chaiselonguero.

Además de la mininevera, que lleno de botellas de agua para que no me falte agua fresquita en verano, también tengo una nevera grande con frigopoesía pegada. El paraíso es no tener que compartir la nevera con nadie, que lo sepáis.

Luego está la despensa, que se organiza por estratos. En los estratos más oscuros tenemos aquello que estaba aquí antes de que yo llegara, y que no tengo claro lo que es. Recipientes extraños, insecticidas contra insectos desconocidos, botes de pintura burdeos y verde. Luego están los estratos de comida no-paleo y comida regalada por el Carrefour cuando le dio por regalar comida y la chica de la caja me obligaba a llevármela. Si alguien quiere un kilo de galletas María, por favor, que se ponga en contacto conmigo. Mi despensa es uno de esos lugares de mi casa que siempre digo que ordenaré y nunca ordeno. Como el altillo de mi armario, por ejemplo.

El baño es pequeñito, lo cual está bien porque se limpia en un plis. Cada dos meses o así me da la neura de que tengo demasiados potingues acumulados y tiro la mitad. Aun así, no me resisto a comprar porquerías nuevas en el Carrefour cada vez que voy, y acabo con los cajones llenos de guarradas que no uso nunca, tipo keratina y exfoliantes para la cara que no puedo ni oler. En la ducha tengo un surtido de geles que voy alternando según el estado de ánimo. Si me siento ni fu ni fa, pues un gel super soso de Sanex y un champú chungo Pantene, ambos transparentes. Son sosos hasta en el color. Que estoy depresiva y/o muy animada, pues un gel de Lush que huele a jazmín como si te hubieras revolcado en una biznaga gigante, un champú que es como lavarse con zumo de naranja y mola mil, o un exfoliante de vainilla que rasca mucho pero huele genial.

El dormitorio está pintado de un celeste un poco intensito, para mi gusto. Hace poco que le compré sábanas de adulta a la cama, muy suaves y con rayas de color pastel. Mi cama es lo segundo que más me gusta de mi casa. Es sencillamente perfecta. Está completamente firme, no le suenan los muelles y es gigante y toda para mí. Me permite hacer la X y cambiar saludablemente de posición toda la noche. Mi cuarto es como el cuarto de los niños de los Simpson después de que Sherry Bobbins limpie: si respiras, todos los trastos que tengo guardados en sitios semiocultos saltarán y devorarán el poco espacio que quede libre.

Me olvidaba de la terraza. En ella está el tendedero, que siempre tiene ropa porque soy una floja y odio recogerla, y mis tres plantas, que después de pasar un glorioso invierno bajo la lluvia ahora se mueren de inanición porque me olvido de regarlas. Son una albahaca, una hierbabuena y un geranio (puedo comerme dos de tres, es un buen porcentaje). Me gustaría ser una persona capaz de cuidar las plantas, pero no lo soy, qué le vamos a hacer. Puedo fantasear con que algún día tendré un huerto, pero teniendo en cuenta que soy la única persona del planeta que fue capaz de matar de sed un cactus, no creo que eso suceda nunca.

Me encanta mi casa. Me encanta y me encanta, y a veces cuando me voy a trabajar le doy besitos y le digo que volveré pronto, que no se preocupe. La cuido poco, en el sentido de que la desordeno mucho y limpio lo justo, pero creo que ella me comprende, a mí y a mi atolondramiento perpetuo. Siempre está dispuesta a poner la cocina en modo negación y acogerme en el sofá, o a que haga un hueco en la mesa del salón, coloque el portátil entre un montón de objetos raros y me ponga a escribir.

Para terminar, he seleccionado algunas fotos que hice en mi casa cuando estaba aprendiendo a manejar la reflex. No son gran cosa como fotos en sí, pero espero que al menos os hagáis una idea.


Mi sofá el día que me puse reyes a mí misma.


Frigopoesía.


A veces compro flores. En verano no, porque se pochan.


Haciendo el monguer en el sofá con las exposiciones largas. Creo que una de las Marinas soy yo y la otra es mi ego monstruoso.


Mañanas de paleodesayuno y Anatomía de Grey en el portátil.


El interior de la cocina armario. La taza de la vaca es mi favorita.


Secando calcetines y leyendo a Harold Brodkey.


Mis plantas, esplendorosas cuando el cielo se encargaba de regarlas por mí.


Una de mis estanterías. Juro que el libro de Shopaholic no es mío.


Sofá, Anagrama y mantita. Nostalgias invernales.


Mi guitarra. Normalmente está en su funda, pero así quedaba más molona.


Cielos de Cádiz desde mi ventana.


Recuerdo cuando soñaba con tener mi casita durante la carrera. Con no tener que aguantar fiestas Erasmus, con no encontrarme la lavadora ocupada cuando reunía el valor para poner una, con que el Húngaro no me robara los huevos cuando yo no miraba. Con escribir en el salón sin que me interrumpiera nadie y dormir la siesta en el sofá ídem. A veces echo de menos vivir con gente, pero en general estoy estupendamente bien aquí. Los sueños se van cumpliendo poco a poco, que lo sepáis.

PD: En realidad, he cumplido bastantes propósitos.
PD2: Este post es largo y con fotos porque el de mañana va a ser muy corto. Avisados estáis.

jueves, 21 de julio de 2011

9. Encuentro inesperado

Estoy sentada en mi cuarto de estar, con los antebrazos doloridos y los dedos despellejados, incrédula y sonriente. A Santiago Segura le preguntaron después de estrenar Torrente que si estaba preparado para el éxito que había supuesto la película. Él contestó que por supuesto que estaba preparado para el éxito; para lo que no estaba preparado era para el fracaso.

Así que yo no estoy preparada para la soledad ni para el sufrimiento. Estoy preparada para conocer a personas como tú. Estoy preparada para la felicidad y diseñada para vivir como vivo últimamente, agradecida y sorprendida a cada momento por la de cosas buenas y bonitas que me están pasando. Por poder escribir aquí todos los días y tener las palabras suficientes para hacerlo. Por poder agrandar los momentos para que todos quepamos en ellos. Por escalar, por las heridas, por el dolor en los antebrazos.

Hoy he ido otra vez al roco, ¿sabes? Bueno, claro que lo sabes, te lo he contado al volver, mientras daba vueltas por mi casa espídica y entusiasmada, con el móvil en una mano y el yogur en la otra. Nunca he sido deportista. En las clases de educación física del cole había dos grupos: uno de niños que jugaban al fútbol y otro de niñas que jugaban al mate. Yo me iba con las niñas y jugaba mal. Ahora resulta que voy al roco con tíos musculosos y ágiles, y de verdad de verdad que no lo hago por ver si pillo cacho, sino porque me gusta un montón. Y estoy ahí con los gatos puestos, cubierta de magnesio, gritando cuando me caigo en los colchones y pensando: quién me ha visto y quién me ve. Subiéndome a la pared sin miedo aunque ella se empeñe en escupirme.

Y hoy hablo contigo y me sorprende la frescura de tu voz al otro lado del teléfono, me sorprende que no se te acabe la conversación y esa mezcla encantadora entre sinceridad y timidez. Me dan ganas de decirte: vámonos por ahí, joder, me cojo las vacaciones MAÑANA (y sí, en mi mente son mayúsculas) y me llevas al Naranjo de Bulnes o a donde sea. Para eso sí estoy preparada. Para lo que no estoy preparada es para pasar los días adormecida en la consulta del médico de cabecera, sin saber cómo sentarme en la silla, mientras el sol hace su recorrido detrás de las ventanas sin que yo pueda verlo.

Pero va, también estoy agradecida por eso, porque atención primaria es entretenido y salgo prontito, y al fin y al cabo me gusta mi trabajo aunque sea entre cuatro paredes, y después puedo ir y venir en mi moto y pasarme las tardes en la playa en completa holgura craneal, mientras escucho música, o leo un libro, o charlo contigo sobre acosadoras virtuales y traumas infantiles con la natación.

Así que bueno, este post es todo inconexión, pero qué quieres que te diga: es tarde y sólo he cenado un yogur. Además, en realidad no es más que una excusa. Sólo quería darte los buenos días.

miércoles, 20 de julio de 2011

8. Mis vacaciones ideales (sé que parece el título de una redacción del cole)



Primero me voy una semana al Caribe, a un hotel de estos de pulserita con todo incluido. Me paso el día en la playa en un estado de absoluta holgura craneal. Voy con amigos de confianza, preferentemente el tipo de amigos que te deja tu espacio y que no se molesta si quieres pasarte el día leyendo o dormitando. Tengo una aventura breve pero intensa con un monitor de actividades que no está demasiado moreno ni demasiado petado, y que me lleva a ver el atardecer sobre el mar desde acantilados especiales y secretos. Como ensaladas ricas y frutas tropicales en un bufé que compensa su poca calidad con su mucha variedad y con la espléndida sensación de creerte que estás comiendo gratis. Estoy tan relajada que mi cerebro debe de tener la consistencia de una medusa.

Después voy a Málaga unas cuantas semanas, las suficientes como para sentir que tengo unos años menos y estoy de vacaciones universitarias. Me paso el día entre el Balneario, la casa de Metemary, el Café con Libros y calle Granada. Visito a mi amiga Julia y nos echamos las cartas de Osho, medito con MQEN y cenamos en el vegetariano de la Merced, me echo una cerveza con el Señor K. porque nuestro contrato de ciber-amistad establece que debemos vernos en persona una vez cada dos años, mínimo. Voy a ver a mis tías a Torre del Mar y me ceban a pescaíto frito y leche con sirope de fresa. Me voy con mi primo de fiesta y me emborracho, porque es a la única persona del mundo a la que no le sé decir que no bebo alcohol. Me gasto la paga extra en esmaltes de uña de Kiko, libros raros de la FNAC, guarradas olorosas de Lush y demás productos exóticos que no puedo encontrar en Cádiz. Voy con las niñas al Elementus a oír flamenco y comer tapas ricas. Le toco a Elsa la panzota de ocho meses y pongo la oreja para ver si escucho cómo nada Tahira en su casita submarina.

Después me voy a Dhamma Neru, porque ya me vale, que no medito desde que era chica. Hago un curso sentada y después sirvo unos días, a ver si consigo inyectar en mi cerebro algo parecido a la firme determinación. Aprovecho que estoy allí y me quedo unos días en Barcelona visitando a la gente que conocí en el último curso y a la que seguro habré conocido en éste. Vagabundeo por la ciudad ardiendo, visito el Parc Guell y el de la Ciutatella, desayuno pa amb tomaquet todos los días a pesar de la paleodieta.

Luego paso unos días en el campo, preferentemente en los Pirineos, aunque no tengo muy claro cómo ni con quién. Lo que sé es que camino, escalo, me baño en las pozas y duermo al raso. Mi acompañante o mis acompañantes son gente maja, sencilla y con buen humor, gente física y bronceada que no saben que yo en realidad soy una gafapasta y tengo un blog donde me las doy de interesante. Quizá conozca a algún chico majete, un chulazo moreno que me asegure en vías facilitas para que vaya de primer y luego monte vías chungas para inspirarme deseos muy sucios mientras le veo trepar sin camiseta.

Por último, vuelvo a Cádiz. Paso los últimos días de vacaciones durmiendo hasta tarde, meditando, leyendo y tostándome en Cortadura. Compro salmón fresco en el mercado y me lo como a la plancha con ensalada de aguacate y gazpacho, mientras asomo los pies desnudos por el balcón abierto. Paseo por el Baluarte de la Candelaria cuando anochece y observo cómo choca el agua del mar contra los muros, y luego vuelvo a casa, olfateando la dama de noche a través de las verjas cerradas del Parque Genovés. Cuando llego a casa entra el vientecito de poniente por la ventana y se escuchan amortiguados los sonidos de la calle, y yo paso lo que queda de día escribiendo, charlando por el facebook de chorradas, canturreando a todo volumen música hortera en el spotify y tocando la guitarra. Luego me tumbo en mi cama de matrimonio, hago la X justo en el centro, y cuando me he hartado de mantener una postura que uso básicamente para expresar lo mucho que me gusta dormir sola, me giro a un lado, me acurruco sobre las manos juntas y me duermo escuchando (ya lo sabéis) cómo el viento toca los edificios con su sonido de flauta monstruosa.

(Ahora acepto sugerencias sobre qué hacer con mis reales y escasos veintiséis días de vacaciones. Snif, snif.)

martes, 19 de julio de 2011

7. Sueño

Últimamente sueño con chicos que hablen poco. Sueño con un tío sano, alegre y buena persona, que me acepte como soy y que no quiera que rellene sus expectativas como si fuese masa en el molde de su mente. Sueño con poder llevar junto a alguien vidas paralelas, como Frida Kalho y Diego Rivera en sus casas comunicadas por un puente. Sueño con un compañero de cordada que me asegure desde el suelo mientras yo trepo, de forma literal y metafórica. Sueño con echarme un amante entre semana y tener los fines de semana para mí. O viceversa. Sueño con que me miren y me vean, y también con polvos estrambóticos en sitios inesperados. Sueño con chicos guapos, claro. Puestos a soñar.

lunes, 18 de julio de 2011

6. La inutilidad laboral

Hoy ha vuelto a mi consulta el chico de la alopecia. El dermatólogo le ha mandado un montón de lociones y pastillas, trankimazin incluído, y le ha dicho que se rape. Ahora se le ven todas las calvas y no quiere salir de su casa.

La consulta de hoy ha sido extraña. Él estaba cabreado con el mundo, y yo creo que me encontraba demasiado sobrepasada por la empatía como para servir de algo. Además, tengo los músculos y la mente un poco trillados después de escalar todo el fin de semana, y en realidad no quería más que irme a casa a cenar una tortilla de ibuprofenos.

Intentaba pensar a toda velocidad qué podía decirle que le sirviera de algo. ¿Qué me habría servido a mí en los primeros tiempos del Acné del Averno?

1) Aléjate de los dermatólogos como de una plaga de escorpiones. Son unos inútiles que sólo tratan síntomas sin buscar causas.
2) Tienes derecho a pasarlo mal y a cabrearte. Que "sólo" sea un problema estético no quiere decir que no vaya a hacerte sufrir.
3) Es tu problema, y es tu responsabilidad. Te ha tocado esto como podía haberte tocado otra cosa y es una putada, pero ahora eres tú quien se tiene que hacer cargo.
4) Entiendo tu dolor.

He omitido 1) porque a lo mejor dan con la solución para el pobre chaval. 2) y 4) creo que quedan bien, pero me da la impresión de que 3) le ha deprimido un poco. Mola ser una víctima cuando tienes dieciséis años. Mola pensar que si sólo tuvieras una piel mejor o un pelo lustroso, tu vida se arreglaría. Y mola tener la esperanza de que en algún lugar de la tierra hay alguien que te va a coger tiernamente en sus brazos y te lo va a arreglar todo.

Al final me he sentido inútil por varias razones. Porque no es mi problema, sino el suyo, y no puedo tratarle como si me estuviera tratando a mí. Porque no puedo pedirle al chaval que se sobreponga cuando yo le saco diez años y una carrera de psicología y todavía hay días en que el estado de mi piel es lo único en que pienso. Porque por mucho que yo quiera comunicarle algo de lo que he aprendido, en realidad él tendrá que aprenderlo por sí mismo, y no sirve de nada que yo intente inyectarle en el cerebro sabiduría de enferma crónica en media hora de consulta. Ha sido muy frustrante.

No sé si se ha ido peor de lo que llegó o si algo de lo que le he dicho resonará en su cabeza en algún momento. Espero que sea capaz de sacar el suficiente valor como para no pasarse el resto del verano sin ir a la playa, que asuma su responsabilidad y que intente hacer en casa los ejercicios de relajación. Pero sobre todo, de verdad de verdad, espero que le funcionen los corticoides y el minoxidilo, que le crezca una cabellera larga y espesa y que no tenga que preocuparse por estas chorradas dermoexistenciales nunca jamás.

domingo, 17 de julio de 2011

5. Todos los otros libros

Cuando no me gusta un libro sufro. Mis niveles basales de felicidad en un periodo de tiempo dado (por ejemplo, una semana) tienen mucho que ver con el libro que estoy leyendo. Con un buen libro no estás solo. Con un buen libro nunca te aburres. Con un buen libro la vida adquiere colores, texturas e incluso algo que se parece mínimamente a un sentido. Para mí leer un mal libro es como hacer dieta: me invade una sensación persistente y molesta de miseria espiritual y de ansia por algo que no sé definir bien. Y termino triste y comiendo mucho chocolate.

Normalmente un mal libro tiene remedio. Lo dejas y punto. Ya he dicho alguna vez que no tengo problemas en dejarme un libro a medias si no me está gustando. El peor de los casos posibles es el siguiente:

UN LIBRO MALO QUE ESCRIBIÓ UN AUTOR QUE TE GUSTA.

Porque joder, con ese autor tú has establecido una relación. Te ha hecho pasar buenos ratos. Como si hubiérais echado un polvo estupendo: se ha establecido una poderosa ruta neuronal en tus circuitos del placer literario que le incluye a él. Así que un día llegas a la librería y ves que ha sacado un libro nuevo. Cuando eso sucede, interiormente es como si escuchases una musiquita celestial y se abriese un hueco en el cielo de la librería por el que entra un rayo de sol.

Abres el libro muerta de la ilusión. Escribes tu nombre en la primera página. Lo olfateas, lees la dedicatoria y la cita inicial, compruebas si han traducido el título original de manera literal o se lo han inventado. Empiezas a leer con avidez contenida.

Poco a poco te empieza a embargar la sensación insidiosa de que algo no va bien. Sigues leyendo, no te disgusta, está bien escrito pero no te atrapa. Continúas leyendo por fidelidad, porque todavía está fresco en tu memoria el recuerdo de los buenos ratos pasados con ese autor, pero en el fondo de tu corazón sabes que si el libro lo hubiera escrito otro lo habrías dejado ya. Al final lo terminas en diagonal o lo dejas directamente, decepcionada, estafada y reacia a colocarlo en la librería al lado del anterior, el que te hizo pasar momentos inolvidables.

Todo esto para decirte, Dara Horn, que tu último libro es una puta mierda. Que después de alucinar completamente con "El mundo que vendrá", de pasarme varios días leyendo absorta en los autobuses y soñando con Chagall, y de enfadarme con cierta personita porque me dijo que el libro no le había molado nada, entré en la FNAC, vi tu libro y lo agarré con desesperación. Me gasté veinte euros, veinte, para llevármelo a casa y tenerlo conmigo por siempre jamás.

Los personajes no me podrían dar más igual. La historia de amor es tan poco creíble como carente de emoción. El protagonista es patético y no es que tenga dilemas morales: es que es un monguer que no sabe qué hacer con su vida. El argumento no tiene ningún tipo de sentido. No sabía nada de la Guerra de Secesión y ahora sé todavía menos, porque te explicas tan mal que las partes donde habla del conflicto bélico se parecen demasiado a leer chino. La protagonista femenina me aberra. ¿Por qué todas las mujeres tienen que ser devastadoramente guapas y flacas? ¿Por qué estás obsesionada con el judaísmo?

En fin, no voy a ahondar mucho más en la crítica, porque no mucha gente conoce a la autora y yo escribo esto porque es lo primero que se me ha ocurrido esta noche y necesitaba desfogar un poco mi decepción. Resumo: "El mundo que vendrá" es fabuloso. "Todas las otras noches" es caca de vaca. No entiendo cómo alguien puede escribir con semejante ciclotimia en lo que a calidad se refiere. Entre esto, que Ishiguro es una ruleta rusa entre la magia y el mortal aburrimiento, que la última de Irving Welsh también la tuve que dejar a medias y que Paul Auster se está quedando sin alma, sólo puedo decir que o Nick Hornby sigue manteniendo el listón o una servidora se va a dedicar forever a Marian Keyes, que no decepciona nunca.